Condolerse

(Extracto de una carta recientemente enviada a dos muy queridos amigos que ponen el alma en su trabajo pastoral y en la apuesta –no importa si improbable- por una Iglesia que se decida a ser buena con toda su gente, sin dejar fuera a las víctimas de abuso sexual)

Queridos xxxx y xxxx,

No imagino la decepción y tristeza que debe afligirlos. La vergüenza, que es de tod@s, y no sólo ajena.

Pienso en ustedes por estos días. Y en tantas personas de buen corazón que todavía quieren creer que hay esperanza en la Iglesia. Más todavía, pienso en miles de hombres, mujeres (yo misma), jóvenes, niñas y niños que comparten una historia -y no sólo de abusos sexuales en la Iglesia, sino en otros entornos- y duele, literal, físicamente, el cuerpo entero. El nombramiento de J. Barros es un golpe en las vísceras, los huesos. No podemos entenderlo.

Un cómplice de abusos sexuales, investido como obispo. ¿Qué dice eso de la Iglesia, quienes la conducen, o de nuestro país, y de todos nosotros?

He visto noticias donde se señalan “los supuestos abusos” del “controvertido sacerdote”. La cobardía de estas palabras. Como si Juan Carlos Cruz,James Hamilton (que vivieron abusos terribles, a manos de F. Karadima), Fernando Batlle, José Andrés Murillo, no nos hubiesen compartido su experiencia y su lucha por justicia. A ellos les creimos, les creemos.

J. Barros es cómplice de abusos y estos no son “controversias”. Son crímenes. Deberían serlo, además, de lesa humanidad. Imprescriptibles.

Con todo lo que sabemos y hemos vivido como país, este obispado es una daga. No comprendo el criterio de las autoridades, partiendo por Francisco I. Para qué dañar, si cuesta menos amar (de verdad lo creo así). El sentido común de construir versus destruir. ¿Cómo perderse tan garrafalmente?

Tomas una iglesia mellada, y ahondas en su ruina. Qué propósito tiene imponer, dividir a una comunidad, si luego responder a reproches, recomponer confianzas y asumir más ausencias (de personas extenuadas) es mucho más difícil.

Las consecuencias de ser compasivo pueden ser decepcionantes alguna vez, pero nunca serán oscuras y densas como las que devienen de actos crueles. Crueldad del sumo Pontífice es la revictimización de sobrevivientes de abusos sexuales: cuánt@s niñ@s y jóvenes, hoy adult@s, recordarán sus propias experiencias con otros clérigos, sólo leyendo el nombre del nuevo obispo de Osorno.

Es imposible encontrar coherencia alguna en todo esto. Contraviniendo TODO el mensaje de un buen hombre como Jesús (al que tanto dice amar), el Sumo Pontífice habilita el nombramiento de J. Barros para obispo en nuestro país y compromete a la Iglesia completa –con su peso en la espalda, y miles de adhesiones menos desde el alud de denuncias por ASI que comenzó el siglo pasado-, sin que pareciera importar ninguna consecuencia.

Francisco I (junto a una Nunciatura y Conferencia Episcopal que validan acríticamente las decisiones del Pontífice) no es sólo es responsable de este acto. Es también responsable de insistir en él contra todo buen juicio, desoyendo consejos y súplicas, atendiendo a su obcecación más que a alguna lucidez pastoral (o lucidez a secas).

El Papa parece más aferrado al poder de su investidura que al de esa misericordia que pregona y en la que, a estas alturas, no es posible creer más allá de los límites de una muy bien articulada estrategia de comunicación corporativa. Lo decía el año pasado en un escrito (“la mala espera”, ver). Uno que esperaba fuera el último en la temática de abuso sexual e Iglesia, al menos, desde el recuento de sufrimientos y complicidades con el horror.

De lo que soñaba escribir, algún día, era de una trayectoria distinta: poder decir que la Iglesia y su máxima autoridad habían enmendado el camino y dado un giro al que sólo podíamos responder con gratitud y respeto, al fin. Que las relaciones entre sacerdotes, religiosas, y la infancia, se daban -en ese  futuro- con gozo sólo cristalino, con reverencia por el balance de afectividad/sexualidad humana y la separación nítida de estos universos entre adultez-infancia.

Soñar también, con una voz salida de la propia iglesia, llamando al cuidado de la nueva generación y la protección/promoción de límites exactos (y no sujetos a ninguna relatividad) en los términos de relación física, corporal, emocional, de consciencia, con los más pequeños y jóvenes. Todo esto, se siente como pérdida en estos días.

Si el 2014 la Iglesia se comprometió luego de la condena de la ONU (desde la noción el ASI como tortura), a trabajar seriamente en prevención y en la sanción de abusadores y encubridores, ¿cómo se explica que apenas pasado un año, apoye el nombramiento de un cómplice de abusos sexuales como obispo chileno?

Fin del beneficio de la duda. Game over.

Perdonen la dureza de mis palabras, la pena e impotencia que no pueden disimular. Yo no me pido perdón, no esta vez. Me voy a permitir sentir lo que siento.

Como muchas personas a quienes conozco, he tratado de ser responsable, de no alienar a la Iglesia (e incluso de trabajar en conjunto, en muchas instancias colectivas entre 2011-2014) y de no ser injusta, precipitada o corta de vista.

Ha sido arduo sostener la atención, la fe, y no confundir la frontera que distingue a quienes viven cercanos a la bondad y el servicio a sus prójimos, de aquellas personas que no tienen ojos para el que sufre, que son indiferentes, indolentes.

Son muchos los hombres y mujeres de distinta edades que no han querido correr el riesgo de enfurecer (muy entendible) ni de sumarse a turbas ni discursos mesiánicos, y menos de anular horizontes posibles para toda la humanidad: la visión de una época (en unos años) donde sólo junt@s, incluida la Iglesia, lográramos articularnos como un cerco seguro y amoroso en torno a los niñ@s. Y a quien lo necesite, nosotros también.

Somos interdependientes, todos los seres humanos. Nada es completamente “del otro”, “ajeno”. Nos toca, nos afecta, y también nos puede hacer bien, hacer crecer. En un país con un número importante de católicos, todos y todas entretejemos nuestras vidas con personas a quienes amamos y son aún parte de la Iglesia. ¿Cómo no vamos a desearle bien a su comunidad? 

Pero la buena voluntad es una cosa, y la ceguera es otra. Aunque ver duela, siempre será mejor que ir a tientas. En ciertas oscuridades, hay más peligro que nada. En la acción de la luz, agradecemos.

Ver a Francisco I. VERLO. Y a todos quienes le “obedecen” (ésa ha sido la justificación).

Claro de luz y de duelo. En lo personal, no tuve esperanza cuando fue investido como Papa, y no lo conocía, pero las decepciones sumadas en los últimos pontificados eran suficientes como para justificar una “confianza ultra-condicionada”. Ver para creer. Querer ver, y querer creer también. Ya no.

Muchos hemos persistido mucho más de lo que la elasticidad de nuestras consciencias permitía. Quienes tenemos hijos y sabemos de los miles (acaso millones, no sabemos) de casos de ASI documentados, y de la protección a los abusadores por muchos años ya, desafiamos nuestra propia cordura queriendo confiar en la Iglesia del mundo. Hay quienes además, corren el riesgo de vincular a sus niños con esta institución que sostenidamente los daña e ignora; que les da la espalda y les niega el cuidado.

Si una cafetería, fuente de soda, restorán, teatro, tratara con descuido a un niño, o simplemente colgara un anuncio diciendo “los niños no son bienvenidos”, arderían las redes sociales, habría reclamos y denuncias, y posiblemente, aunque retiraran el letrero y hasta pidieran disculpas, no iríamos ahí, al menos quienes tenemos niños en nuestras vidas.

Es extraño que, en cambio, muchos continúen confiando en una institución que desoye a víctimas infantiles, encubre y hasta recompensa a abusadores y pederastas (con retiros espirituales dentro o fuera de sus países), e inflige nuevas lesiones, desde la indolencia activa, no casual. No podemos confundirnos. La espera ya no es mala: ha dejado de ser.

Esperamos en tanto el Papa Francisco I iba desplegando un primer tramo, luego otro, de autoridad, en su estilo (tan alabada por los medios, su “simpatía”, su carisma). Queríamos salvaguardar nuestros ojos, su brillo; para poder ver algo exacto, sincero, sin vericuetos ni posibles reversas, o transformable según conveniencias o contingencias. Fue en vano. Para mí, ésta es la gota que rebalsa el vaso.

Osorno. No soy creyente, pero en esta noche sólo puedo imaginar que la fuerza de un milagro, y nada menos que un milagro, podría desandar este mal camino.

Apenas quedan tres días para la asunción del nuevo obispo, y es contrario a todo sano juicio pensar que el Papa cambiará drásticamente de rumbo en las próximas 72 horas. Pero la gracia de los milagros es que no saben de tiempos, de sensatez, de nada. Ellos son, simple y maravillosamente, lo que son.

La revocación del nombramiento por el sumo Pontífice –o la renuncia, completamente improbable de parte de J. Barros- podría ser una señal positiva, la única admisible (y siempre desde la confianza aún condicionada). Ninguna otra sirve.

Si llegamos al sábado 21 y el nuevo obispo asume su cargo, Francisco I se habrá desenmascarado completamente, y la trayectoria esperable, será al fin sin espejismos. “No me importa” es lo que se escucha desde acá.

No importan las víctimas, ni sus padecimientos para lograr reconstruirse y no renunciar al amor que, justamente, entraña la voluntad de hacer, trabajar, de seguir en la vida mientras algo a veces cercano a la muerte te habita, respira y roba tu oxígeno, negocia contigo, ganas la mano, cobijas a esa bestia que también trae sus duelos y sigues caminando, sabiendo que no importa cuánto quieras acunarla, va a morderte en el futuro, y vuelta a repetir el rito de apaciguar sus latidos.

Del pasado, nada podemos cambiar. Pero “no me importa” invoca nuestro futuro, y lo lesiona.

Actos como el reciente nombramiento de J. Barros detonan en nuestros esfuerzos por prevenir y erradicar el abuso sexual contra niños y jóvenes no sólo en la Iglesia, sino en toda esfera de convivencia humana.

Entre escombros, más terrible aún, ese nombramiento parece exonerar, para el presente, la comisión de nuevos delitos, o a lo menos, la indiferencia ante ellos. El olvido.

Quizás más de alguien ve el abuso sexual de la Iglesia como un accidente limitado a una época, o a los rostros de un grupo de mujeres y hombres adultos a quienes hemos debido mirar al corazón. No podemos perdernos: el ASI no se ha detenido. Sólo recordemos el año pasado el juicio y sentencia de culpabilidad del sr John O’Reilly quien, no obstante, camina libremente entre nosotros (dondequiera que vayamos, también con nuestros niños).

Tal como el ASI continúa en hogares, escuelas, barrios, la Iglesia no se exime. No hay lugar para superioridades ni arrogancia en esto. Con humildad y aun valorando nuestros progresos -difíciles y modestos- necesitamos reconocer que el ASI habita con nosotros todavía, que no hemos logrado dejarlo atrás en algún siglo perdido. Nos queda trabajo.

“No me importa” es entonces, todavía más inaceptable, e inconcebible el que una autoridad espiritual sea relacionada con ese mensaje cuando se trata de crímenes.

Quizás nuestra concepción de lo “espiritual” dista mucho de lo que quizás Francisco I o el Nuncio o la Conf. Episcopal en Chile entienden. Pero son una autoridad. Y el Papa es la máxima autoridad de la Iglesia Católica en todo el planeta tierra. No debería poder darse el lujo de que no le importe, o dejar el flanco abierto para que sus obras puedan ser interpretadas ni en un 0,00001% como faltas a la justicia y piedad por sus prójimos, en general, y por las víctimas de abusos sexuales, en particular.

Ha sido suficiente. Los seres humanos tenemos solo dos mejillas. Podemos ponerlas ambas, pero son sólo esas, dos nada más. Y puedes poner el cuerpo entero, cada uno de sus milímetros dentro y fuera, y eso también llega a un límite. No hay más dónde. De verdad no hay más.

Condolencia, es lo que queda, y no como resignación, sino como acto portentoso de ver claro, de no negar el dolor, y de ponernos a disposición unos y otros en este momento, y oponer resistencia desde la verdad, el cuidado mutuo.

Ahí nuestro poder. Ahí sentir, acompañarnos, compartir asertivamente la indignación ante esta violencia, reflexionar sobre acciones y decisiones para este momento y otras que vendrán ineludiblemente. Pero también sostener firme el amor y la solidaridad que nos rescata a unos y otros. Ese amor que nos deja reconocer y actuar con toda fuerza por lo que deseamos, lo que nos hace bien, lo que merecemos. Este trato no.

Este trato no nos lo merecemos, ni ustedes, ni yo, ni miles.

La Iglesia y Francisco I, o el Estado Vaticano, o nuestra propia Conferencia Episcopal en Chile, no tienen derecho a actuar como canal de daño. Y ya no solo deberían atender a los pedidos de este tiempo; escuchar otra voz, si es que alguna honorable y franca aún habla con ellos en momentos de plegaria y recogimiento. Hoy, además, la Iglesia debería tal vez pedir perdón por tanta demora, señal errática, tanto daño que no termina. Y por este nombramiento.

Yo debo pedirles perdón por este desahogo, y ojalá esta carta no sea del todo inútil en sus propias trayectorias, dentro de esa Iglesia que sé quieren amar y transformar en un hogar de todos, y en la que sin embargo tantos otros nos hemos sentido ajenos, aunque nunca al punto de perder de vista a personas como ustedes o como los cientos de fieles que en Osorno han sostenido el reproche y el cuidado: lo que piden no viene sino de ese imperativo. Cuidar a las víctimas, cuidar a quienes creen y no creen, a todos quienes comparten una comunidad (y también, a una muy desgastada Iglesia).

Gracias también, y nunca lo imaginé, porque hemos escuchado a sacerdotes, líderes pastorales, jóvenes, parlamentarios, políticos de diversas avenidas, educadores, artistas, madres y padres, incontables familias, el propio Pdte del Senado (y un ex presidente de la Nación). No recuerdo un momento en que esta diversidad de voces se haya expresado así, en Chile, en contra los abusos de la Iglesia, y en abierto cuestionamiento de su máxima autoridad.

Ojalá la inspiración para actuar no se detenga y que muchas capillas, parroquias, pastorales, suspendan sus actividades este próximo fin de semana en todo nuestro país, en solidaridad con Osorno y con las víctimas de ASI a manos de la Iglesia.

Además del grito dolorido, estoy convencida que la dignidad y poder del silencio son de la mayor estridencia. La paz tiene una solemnidad demoledora: las bancas vacías, los altares inmóviles, un sacerdote solo, o muchos de ellos ausentes, en solidaridad con los suyos, sus comunidades, su pueblo, como dijo otro querido amigo hace unos días.

Que se entienda en Roma que la impunidad no es una opción, ni la desmemoria. Que sepan que recordamos, que nos importa, y que en el abandono del Santo Padre y el Estado Vaticano, unos y otros no dejamos de cuidarnos ni concurrir por quienes sufran, mientras declaramos un no categórico el próximo sábado 21, cuando se celebre una ceremonia vergonzante.

En medio de la aberración, la bocanada de vida que es recordarlos a ustedes.

No soy cristiana, pero mucho he aprendido a vuestro lado del amor que profesaba Cristo (y antes de él, Buda, y quizás cuántos otros hombres y mujeres de quienes nunca llegamos a saber). Son también ustedes testimonio vivo de una bondad que necesitamos como especie, porque es ella la que nos permite continuar en la vida. Doy gracias por conocerlos. Mi amistad y mi amor están intactos.

Mis condolencias por este momento, y por la batalla amorosa y justa que en días como hoy parece haberse perdido irreversiblemente.

blake

EL NIÑO PERDIDO
 
“Padre, padre, ¿dónde vas?
Oh, no marches con tanta prisa.
Habla, padre, habla a tu hijito
Que si no me perderé”.
La noche era oscura,
no regresó el padre.
Estaba el pequeño bañado en rocío;
Profundo era el lodo y el niño sollozaba
Y la niebla entonces, desvaneció.

William Blake (1782-1827)

Furia y amor

Escribo con la luz en furia, con lágrimas pero de rabia, algo que me cuesta, y no hablo sólo de indignación ética, sino de ira en estado puro, esa que uno agradece sentir en medio de un bosque lejano, en soledad, y obligada a disimular o contener prontamente porque la salida del colegio se acerca y debo ir a buscar a mi niña que no merece encontrarse con su mamá así.

Esta semana ha sido de dar toques finales a un libro para niñ@s (cuya versión online será descarga de regalo para ell@s) y, a la par, intentar escribir una columna a propósito del proyecto de legislación para la interrupción terapéutica del embarazo por tres causales de salud (riesgo vital para la madre, biológico y/o psicológico como es en el caso de las violaciones, e inviabilidad del feto). Me siento salir disparada al vacío cuando en un día como hoy, reviso la prensa y las redes sociales y encuentro que un parlamentario de mi país ha realizado comentarios reprochables, sobre mujeres que “quizás tomaron unos traguitos de más”, en el contexto de conversaciones sobre violaciones como causal de interrupción terapéutica de embarazos.

Que el parlamentario haya usado diminutivos no hace menos dañinas y violentas sus palabras, y deja la pregunta abierta sobre su mundo, dónde habita, por qué es primero la sospecha (antes que la reflexión o la pregunta compasiva) y cómo concibe el consentimiento, las relaciones entre hombres y mujeres, o de qué manera se plantea frente a la violencia sexual que claramente para él, puede tener atenuantes y hasta justificaciones.

No necesita una violación dejar laceraciones para serlo; y podría no dejar ninguna huella física en víctimas intimidadas o inconscientes. De otras huellas, no imagina el Sr. Lorenzini la magnitud que pueden tener, y todas sus explicaciones y retractaciones no disminuyen un milímetro su negligencia ni el riesgo de haber desencadenado en más de una joven o mujer violada un episodio de re-vivencia traumática. O en un joven u hombre adulto, también.

Adolescentes varones y hombres adultos también pueden ser violados aunque una mayoría de ellos guarde silencio en sociedades donde es escasa la compasión y comprensión, y donde probablemente -y el sr. Lorenzini así lo confirma- antes vendrán el juicio y la sospecha que la pregunta empática sobre cómo se sobrevive a un quiebre así, o cómo habitamos, todavía, entornos donde se abusa y victimiza a otros,  o cuán vulnerables podríamos ser tod@s y no sólo un grupo de seres humanos “más débiles” o “susceptibles de ser abusados” como más de una vez se ha querido proponer inclusive en reflexiones académicas. Vergüenza. Son los contextos los que vulneran, dejemos por favor de poner la responsabilidad o la sospecha en las víctimas.

Más grave y preocupante resulta que en un país, la sospecha e indolencia -y la propia violencia sexual, directa o indirectamente- sean estimuladas en la ciudadanía ni más ni menos que por un representante del Congreso: un servidor público (se supone) más motivado por justificar su incredulidad, desconfianza y advertencias sobre posibles segundas intenciones de mujeres y víctimas, que por guiar una conversación sensible y lúcida entre ciudadan@s.

El parlamentario, ignoro si por arrepentimiento sincero o si conminado a hacerlo, pidió disculpas. Un gesto que puede ser aceptado pero no confundido con absolución y luego pasemos a la próxima oportunidad del exceso y la trasgresión.  Disculpas y derecho a exoneración y no son necesariamente equivalentes. El perdón es una cosa, y las consecuencias de nuestras acciones, otro territorio.

Todos quienes trabajamos sabemos que si cometemos ciertas faltas en nuestros oficios, podemos pedir todas las disculpas del mundo (y está bien, y corresponde, y nunca dejará de ser necesario) pero igualmente enfrentaremos una sanción o el término de nuestro contrato. Si somos desleales en una relación, asimismo podemos pedir perdón y la pareja, amig@, colaborador, aceptarlo y, simultáneamente, cortar su vínculo con nosotros para siempre. Niñas y niños han sido expulsados de sus colegios, porque incluso habiéndose dado cuenta de un error y pedido perdón por él, las reglas de convivencia establecidas estipulaban la cancelación de la matrícula sin derecho a apelación (por ejemplo, cuando la falta involucra daños a terceros).

En distintos entornos, seres humanos de distintas edades debemos hacernos responsables por nuestras acciones, o lamentar el final de relaciones como resultado de nuestras conductas. No puedo comprender por qué el mismo criterio no sería aplicable al trabajo de parlamentario. Más aún, desbordando en el absurdo de que un legislador de la nación incurra en justificar -o abrir el flanco para que eso ocurra- la comisión de delitos tan graves como una violación, así sea en un 0,000001%.

Nos ha costado tanto poder visibilizar la violencia sexual contra niños y niñas, adolescentes, mujeres y hombres también, que no hay forma de excusar declaraciones irresponsables, que confunden. Quienes trabajamos en esta esfera, a diario vemos las consecuencias de la indolencia, las excusas aberrantes hasta para niños pequeños.

“Pero si ella quería meterse en la ducha con el papá”, “pero si los niños igual tienen que iniciarse sexualmente con alguna mujer”, “pero si ella fue a la fiesta y se metió en la boca del lobo”, “ pero si él se dejó hacer”, “pero cómo una mujer de esa edad no iba a saber que ese barrio era peligroso”, y así suma y sigue la crueldad hilada en declaraciones que dan ganas de llorar, gritar, y cubrir los oídos de víctimas y sobrevivientes porque una sabe bien el daño que cada una de esas palabras inflige en sus psiquis, en sus cuerpos (no están separados el cuerpo y la mente), en sus relaciones, en el latido de culpa, vergüenza o esa duda desgarradora de “y si tienen razón, quizás pude hacer más, oponerme, no arriesgarme”. Cuántas ideaciones de muerte han surgido sólo desde el daño de las palabras.

Tal vez el parlamentario sería más responsable con su cargo y con sus dichos si pudiera habitar por un día el cuerpo de alguien que fue violado, y escuchar por otro día, el coro de voces internas, algunas orgánicas, y otras un susurro de preguntas o recriminaciones inmerecidas por demás (nadie tiene derecho a tomar el cuerpo de otro, de ninguna edad, por la fuerza). Sólo 48 horas, y no es mucho. Pero en este lado de la historia, pueden ser siglos.

El diputado debe saber que hoy, debido a sus palabras, muchas y muchos resonamos en la memoria corporal con nuestras violaciones, o las de nuestras hijas, hijos, amigas, personas amadas. Historias tristes sobre delitos, en su mayoría, impunes. Ignoro si habrá tomado consciencia sobre la magnitud del daño que ocasiona con sus dichos. Decir “la embarré” no alcanza a dar cuenta de que así sea.

Comencé a leer no hace mucho un libro llamado “Why some politicians are more dangerous than others?” del hombre más lúcido, a mi parecer, en el tema de la violencia (James Gilligan). Pensaba en Chile, en la responsabilidad no sólo legal, constitucional, lo que es exigible de nuestras autoridades, sino también en el rol de conducir a una comunidad y de sumarnos y velar por TODOS y TODAS en la nación que eligieron liderar y servir (y este verbo lo uso con extrema cautela pues no es evidente el espíritu de servicio público más que en un número muy reducido de parlamentarios y funcionarios del Estado).

Lleguar a la triste conclusión de que en Chile, una mayoría de nuestros políticos nos hace mal, nos hace daño, y no es “victimizarse”, es sólo hablar fuerte y claro. A fin de cuentas, todos estamos volcados en nuestras vidas, nuestros afectos y esfuerzos, y no porque nuestras autoridades muchas veces (demasiadas) no están a la altura, o sean directamente lesivas por acción u omisión, vamos a quedarnos sentados llorando en nuestros hogares.

Pero nos menguan, nos erosionan en pequeñas dosis, a veces a diario, o semanalmente, y en la cuenta final de 25 años de nuestra democracia contamos con pocos nombres que salten espontáneamente a la pregunta de ¿quién recuerda usted que nos haya hecho bien como país, que nos haya invitado a sanar, respirar un momento antes de insultar al otro, que nos haya pedido trabajar juntos de verdad (derecha, izquierda, verdes, morados, tornasoles, quién sea, por ejemplo, por una causa tan universal como la infancia) y a dejar de vernos como enemigos eternos y en cambio como compatriotas, reconociendo lo que nos ha herido, y también lo que nos puede encontrar y hacer sentir orgullosos de ser parte de un colectivo que se llama Chile?

Un señor taxista me dijo una vez: no voté por Piñera, tampoco por Bachelet, pero siempre quiero que a los gobiernos les vaya bien, lo hagan bien, porque así todos nos beneficiamos. Su inteligencia y ética del cuidado superaban por lejos las de nuestras autoridades.

Vivimos tiempos realmente desconcertantes. Uno escucha en un mismo día, en las noticias, las atrocidades de un ejército que parece organizado en el mismo infierno (si existiera), los reportes de inequidad mundial y de una miseria que no tiene ninguna, pero ninguna forma de ser explicada que no sea la codicia fuera de control, o al Pdte. de los Estados Unidos decir “las barbaridades del estdilsmc (sigo negándome a escribirlo), son las mismas que cometía el cristianismo” (¡¡pero en el siglo XI!!), a Francisco I avalando el castigo corporal a los niños, o en un tono acaso tragicómico (más lo primero), a la Presidenta de Argentina tuiteando de “aloz y petlóleo” mofándose de los chinos en una visita de Estado. En nuestro país, un parlamentario relativiza violaciones.

Si todo esto no se siente como esquizofrenia, no sé entonces qué.  Pero en realidad, y aun agradeciendo a las palabras su ayuda en resiliencias, consuelos y corduras, podemos prescindir de ellas y conectar solamente con lo que estamos sintiendo, construyendo o dejando de construir cuando dejamos la memoria en el viento, y no tomamos acción responsable, al menos, sobre lo que podemos tomarla.

No está en nuestras manos detener la barbarie en Oriente, ni en los mercados financieros (distinta, pero asimismo inmisericorde), pero sí poner, expresar, exigir un límite en el trato que recibimos de nuestras propias autoridades.

Una mamá, hace un par de horas, me escribió contándome de su hija: agregaron drogas a su bebida y de otras dos muchachas, las violaron (por supuesto, sin su consentimiento, y tampoco sin mediar resistencia pues estaban inconscientes), y ese crimen quedó en la impunidad, mientras su hija continúa en terapia, sintiéndose culpable, hoy, gracias a un representante del Congreso de su país. ¿Se hará responsable él si esa joven requiere hoy una sesión de terapia de urgencia?

¿Nos haremos responsables tod@s el día en que por la negligencia o los mensajes dañinos de autoridades que nosotros elegimos o de personalidades a quienes nosotros habilitamos como “voceros”, un o una adolescente víctima de violación se quite la vida? Perdón la dureza, pero a veces parecemos olvidar que todo tiene un efecto, y que nuestra complacencia o inacción frente a aquello que pensamos no podemos cambiar (y quizás  justamente: hartos, desmoralizados o agotados), puede tener conscuencias lamentables. Al menos en relación a la infancia, la juventud, los derechos de las personas, necesitamos darnos ánimo uno a los otros y empoderarnos para actuar, en la medida que cada uno y una pueda.

No puedo hablar con pleno conocimiento desde la ley, pero desde el sentido común es inapelable la certidumbre: aquellos parlamentarios que dañen a sus conciudadan@s y que avalen o justifiquen delitos, sencillamente NO deben estar en el parlamento, por más disculpas que expresen. Es un pedido justo: la renuncia de este parlamentario u otros. O tal vez esperable sería de su propio partido, la desvinculación.

Más allá de la situación de hoy, o del parlamentario de turno en los “errores involuntarios”, se trata de detenernos y observar un patrón cuyos contornos ya no podemos eludir o hacer como que no vemos. Esto no es un fenómeno reciente, me refiero a la conducta errática del Congreso y a sus malos tratos hacia l@s ciudadan@s. El punto es cuándo diremos “éste es nuestro estándar, y éste nuestro límite”. El límite final. Y por autocuidado.

Leyes casi ridículas (ipads, memes, cueca, etc) toman -amplificadas por los medios- protagonismo sobre necesidades en verdad urgentes como la protección integral de la infancia. Parlamentarios han aludido a matrimonios de la edad media para justificar que una niña de 11 años, violada, deba llevar adelante un embarazo; o han acusado a funcionarias públicas de “embarazarse” para abusar de beneficios maternales y evitar despidos; y recientemente, varios pidieron un minuto de silencio para homenajear a un dictador responsable -según dictámenes de la justicia nacional e internacional- de crímenes contra los DDHH.

Hoy, una vez más, el daño. Sin consecuencias. La impunidad que nos devora.

Un Congreso Nacional no puede conducirse de esta manera. Estamos hablando de cargos de representación popular (y de remuneraciones desmedidas que se pagan con nuestros impuestos. Uno feliz de ver escuelas, plazas y carreteras, pero no de financiar a personas que nos maltratan). Lo decía hace un rato en las redes y lo sostengo: a estas alturas, amerita como en todo trabajo, una evaluación psicológica obligatoria para al menos descartar psicopatía y evaluar control de impulsos en quienes lleguen al parlamento.

Hemos atestiguado ya suficiente caos, mezquindades, faltas de probidad, agresividad y hasta garabatos en la gestión habitual de los legisladores. Hoy en día, no sólo debemos apagar la televisión en programas subidos de tono frente a nuestros niños, sino en sesiones del Congreso. ¿Qué es eso, por favor?

Recuerdo, mientras escribo, que muchos años atrás, en Irlanda, un país católico, fue el parlamento de la nación quién pidió perdón a las víctimas de abuso sexual infantil a manos de sacerdotes, en nombre de toda la sociedad civil. Qué distancia, esa compasión, del trato que nosotros recibimos de nuestro parlamento.

La vergüenza no es sólo ajena, es nuestra, nuestra vergüenza y responsabilidad en la forma en que votamos (perpetuando a una generación en el Congreso que hace mucho debió permitir el recambio), en que cuidamos nuestra democracia, en que decidimos (o nos restamos de hacerlo) cuáles serán las energías y las personas que la van a alimentar (o desnutrir, en realidad). Nos costó tanto recobrarla, y perdón por la emocionalidad, pero en mi generación, los jóvenes que fuimos, recordamos a nuestros compañeros de clase o de universidad que arriesgaron todo no por una utopía improbable, sino por la sencilla y poderosa razón de soñar una convivencia distinta, de poder traer a nuestros hijos a la vida, en un país en democracia. Para tod@s, sin excepciones.

Me parte el alma pensar en aquell@s compañer@s de generación, y me da vergüenza también, pero no tengo dónde ni cómo ir a pedirles perdón por nuestras insuficiencias. Sólo seguir trabajando, insistiendo en que estamos juntos en esto, y en que la violencia (cualquiera sea su forma), la separación, la insensibilidad, nos hacen mal, y nuestras autoridades, también. Y nada bueno se avizora si no recuerdan el enorme poder que tienen en sus manos, y la tremenda posibilidad que les ha dado el destino, de liderar cómo se escribe una historia buena. Una historia que seguirá pospuesta si seguimos levantando la casa sobre ciénagas. Éste, este país, y no tengo una metáfora más rimbombante, es nuestro hogar, comparable al que compartimos con nuestras familias. No podemos descuidarlo tanto, tratarlo así, tratarnos así.

La semana pasada, independientemente de nuestras adhesiones o posiciones valóricas, creo la Presidenta de la nación dio un discurso firme al momento de presentar un proyecto de ley sobre un tema difícil como la interrupción terapéutica del embarazo. Una semana después, un parlamentario de la coalición gobernante aparece ofendiendo y vulnerando a víctimas de violación, banalizando el debate así como la comisión de delitos sexuales, completamente desalineado, además, de la responsabilidad y cuidado que una legislación delicada como la que va a discutirse, requiere.

Queremos, de verdad muchos añoramos, poder respetar al Congreso, a todos los poderes del Estado, y en el contexto de ese respeto merecido, algún día, poder colaborar (y no sentir que uno lo hace por el adversario político, sino por el país) y también disentir, o expresar indignación cuando es lo que corresponde, como hoy.

Dudo que más allá de disculpas o retractaciones, sigamos sintiendo confianza. Lo sensato, en relación al sr. Lorenzini, sería inhabilitarse. O ser inhabilitado -por la Comisión Ética del Congreso, o su propio partido- sino de modo permanente al menos para la votación del proyecto ley sobre 3 causales de interrupción terapéutica del embarazo. Pero sabemos que lo más probable es que no exista sanción y, como es habitual, se sostenga el tono impune y amnésico en que mejor se cultiva la irresponsabilidad cívica y el daño.

Ahora depende de nosotr@s, y no esperemos a la convocatoria colectiva necesariamente, si cada uno y cada una puede hacer mucho. Hoy existen como nunca antes –y no hablo de las redes sociales, solamente- canales de comunicación entre ciudadanos y las autoridades.

El correo electrónico del Gobierno, la Segpres, el Congreso, los teléfonos, las cartas con sobre y estampilla, nuestra constancia, así sea en vacaciones (un período en que se da por descontado que olvidamos todo, con mayor facilidad aún). Existe una diversidad de caminos para expresar nuestro pedido y reproche (y nuestra gratitud o reconocimiento, también, cuando corresponda).

Actuemos sin dejar de pensar desde el cuidado, en el “para qué”: para qué hacemos lo que hacemos, decimos lo que decimos. Qué país estamos esbozando, añorando, deseando con toda el alma, para nosotros y nuestros niños, en cada acción, en cada palabra. Cómo hacer un pedido, por ejemplo (sea posible o no), de desafuero parlamentario, sin absolvernos de nuestro propio compromiso y voluntad por otro universo posible, sin daños, en el hogar que habitamos y donde aprendemos. La luz puede traer furia, lo decía al comienzo, pero estoy convencida: no necesita renunciar a su amor. No puede.

Un pedazo de cielo…

Comenzó la mañana notando la lluvia torrencial (dicen que podría nevar también) y leyendo sobre la muerte de Pedro Lemebel. El tono del amanecer, pura melancolía.

Hice retuit de un mensaje hermoso de Andrea Insunza, y luego me agarró una pena que se me quedó atorada por horas, desde que preparé a mi hija para el colegio y hasta que regresé a casa.

Recordé de inmediato que hace apenas dos días, 48 horas, un joven diputado, Gabriel Boric, había citado (y honrado) a Lemebel durante una sesión en el Congreso. Ese honor, coincidente con la aprobación del acuerdo de vida en pareja, o pacto de unión civil en Chile (no equivalente al derecho igualitario de todos los ciudadanos al matrimonio, pero un avance al menos),  traía pura vida, pura presencia:

Lemebel fue/es/será por siempre, un grande de las letras. Yo lo leí por primera vez cuando la generación de Gabriel Boric –misma de mi hija mayor- no imaginaba venir al mundo. Pero más que sus letras, fue su congruencia, su lucha y mensaje, su abrirnos los ojos a grafito calado (pulverizando el lápiz en la hoja), lo que se queda aquí.

Su nombre lo conocí vinculado a la oposición a la dictadura, a maestras como Pia Barros y Diamela Eltit. Finalizando mi primer año de universidad, no recuerdo exactamente cuándo, pero sí que circulaba el texto de Lemebel “Hablo por mi diferencia”: un manifiesto único en Chile (incluso con los ojos de este milenio) que describía un universo del cual, entonces, podía comprender sólo algunas claves.

Venía, a mis 18 años, apenas elaborando mi propia historia de los últimos diecisiete, otras pérdidas. La balacera no resonaba solamente fuera, en las calles. La sentía por doquier. Para cambiar los sonidos, siempre las letras. Y recuerdo a Lemebel porque él, sus yeguas del apocalipsis, sus palabras, me llevaron en el cambio de 1986 al 87 a aceptar la inusitada proposición de un amigo -nunca supe por qué- de ir a caminar al barrio de San Camilo.

Caminar, solamente, en un área de la ciudad de la cual yo ignoraba toda existencia; también, de sus habitantes. La presencia de la diversidad sexual, lo he compartido antes, me era cercana desde el ballet, ese mundo bello pero contenido; de todos modos distante. Y algo de marginalidad había ahí, mágica, glamorosa si quieren, pero su lejanía de otros territorios se dejaba sentir. Más allá, otra, otras marginalidades, lejos, o eso creemos, y corremos el riesgo de olvidar. Tanto olvidamos, que de pronto es 2015 y la mitad de la riqueza global está en manos de un 1% de la población (388 personas, ver).

En Chile, es bastante similar la situación: un 1% es dueño de un 35% de la riqueza nacional (ver, “el país más desigual”), y todavía 23% de niños, niñas y adolescentes viven en situación de probreza, esto es, más de un millón de niños (ref: Observatorio Niñez, 2013). La brecha sobrevive, sana y salva, implacable. Lemebel miró detenidamente el margen, lo habitó, no cesó su declamación y resistencia (“A pesar de los homenajes, sigo estando al borde del camino letrado” dijo en 2013)

El margen inagotable en su capacidad de desplazar, o desplazarnos. Pero eso no lo tenía tan claro entonces como ahora.  Aquello de lo que escribía Lemebel treinta, quince, o unos pocos años atrás, no es historia pasada, no del todo, no todavía: distraídos o desconcertados frente al viento de un tiempo tremendo, dispersos unos  y otros, en vez de concurrir a un punto donde sea posible resistir el vendaval, amortiguar soledades, incertidumbres, tantas injustas desprovisiones. Un punto donde sentirnos, constatarnos al fin, iguales: responsables unos y otros de cuidarnos, y en el centro de un círculo de todos, a quienes más necesiten (los niños, por ejemplo. Siempre).

Debería ser el margen sólo hacendoso en delinear prioridades -la vida, los afectos-, protegernos, contenernos. No servir para apenas aferrarse a la supervivencia mínica, o avalar desplazamientos hacia el vacío (o cualquiera sea el lugar de fuga donde perdemos la noción de miles de los nuestros, humanos de todas las edades, sus vidas, sus muertes también).  Hice memoria de esa sensación de divisiones invisibles, innecesarias siempre, y esa salida a caminar con un amigo por San Camilo el 2014, veintiocho años después.

Fue a propósito de la primera marcha por la diversidad del 2014. Alguien me comentó “yo creo que soy bastante más protector que tú con mis hijas” y agregaría: “no sé cómo dejaste que un travesti tomara en brazos y tocara a tu niña”, a propósito de la fotografía donde aparecen juntas mi niña y la artista conocida como “La póstuma muerte” (un cruce de caminos del cual escribí en un posteo pasado “Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual” ). En un correo de comienzos de septiembre, me preguntaba además por cómo lo estaba haciendo con “todas esas realidades a las que mi hija sería expuesta” viviendo en Nva York. Una profesional a quien conocí al llegar, a todas luces moderna y progresista (y full new yorker), me advirtió sobre evitar arrendar en ciertas áreas porque los travestis se paseaban “a plena luz del día”  y “obviamente” las familias con niños debían evitar esa cercanía.

Antes de protestar, o de sentirme juzgada como mamá (y con la culpa en alerta máxima), preferí detenerme y preguntar, en cada ocasión, por qué o dónde veían problema o peligros. En realidad, no había grandes argumentos de peso, pero rondaban palabras como “depravación”, “desviación”, “vida desordenada” y “…quizás qué enfermedades de todo tipo”.

A pesar de todo, llamó mi atención el que en ambos discursos no hubiese odio ni agresividad, y aprendí, disolviendo mi propio prejuicio acerca del “prejuicio”, que no todos –muchos sí, pero no todos- se acompasan ineludiblemente con la violencia o el desdén. Sinceramente, en este hombre y esta mujer, ambos jóvenes, no había desprecio, tampoco afán de exclusión, sólo desconocimiento y temor, tan humano, ante aquello que nos resulta desconocido, justamente.

Fueron buenas conversaciones. Horas bien dedicadas en las cuales todos dejamos atrás pre-nociones, como si hubiesen sido pequeñas y triunfantes pilas de piedritas, cemento y cartón, tal cual los niños cuando ven un pequeño agujero en la muralla y no pueden resistir la tentación de escarbar un poco, y otro, y así, hasta dejar un forado mayor. A veces, hasta poder mirar hacia el otro lado.

A propósito de la aprobación del AVP/PUC en el congreso, me escribió el papá “protector”, valorando el avance, y contándome que finalmente había compartido la foto de “La póstuma muerte” y mi hija con las suyas. “Encontraron a la artista ‘notable’. No me preguntaron nada, no hubo complicaciones…en realidad los niños son harto más generosos que nosotros”. Volver a mirar, con ojos de niño. Ese retrato, Emilia.

El día martes de la aprobación del AVP o PUC en el Congreso, pasamos gran parte de la tarde en un parque con juegos infantiles. Cuando llegaba al máximo mi capacidad de resistir el frío, mi hija pide “cinco minutos más”, no para continuar en los columpios sino para mostrarme algo que había visto con su hermana, unas semanas atrás.

Caminamos un trecho y llegamos a un memorial para veteranos de guerra de este pueblo perdido en las montañas. Sin entender mucho de guerras –su hermana prefirió omitirlo-, me cuenta que ahí están enterrados muchos “viejitos muertos” y que como los querían mucho, les construyeron un puente especial con sus nombres para recordarlos. Pero lo más importante, me dice, es que en este punto (la mitad justa del puente) “se ve el cielo y la puesta de sol más linda”. Era su regalo.

Quedé sin palabras y es cierto que en mis cuarenta y siete años, pocos lugares como éste (en tierra Cherokee) me han emocionado tanto con su cielo y sus distintas luces a diferentes horas del día: especialmente el crepúsculo. Lo que jamás imaginé, a esta edad, es la emoción que vendría con una hija que apenas emprende camino. La felicidad, y la preocupación también, indecible (como para muchos papás y mamás mayores), de poder contar con suficientes años.

Recorriendo el memorial, como si adivinara, comienza un frase con “cuando te mueras como estos viejitos…” y de inmediato, con toda alegría, promete que nada cambiará su amor y que siempre cuidará del árbol que crezca donde yo quede. Entonces agradezco este puente, los cementerios en el camino, y las leyendas cherokee, y todo aquello que hace que mi niña, como muchos niños de su generación, vean la muerte de la mano de la vida, mientras una inútilmente se deshilvana un poco temiendo la mortalidad.

Como a muchos, no se me hace fácil asimilar pérdidas, ni soy buena con los homenajes, y tampoco tengo religión desde donde articular palabras o ritos para este tipo de ausencias. Sólo me queda escribir, buscar entre lo que traigo conmigo y ver qué sirve. Pensé hoy en el cielo que me regaló mi niña, en cualquier cielo, de cualquier color, todos los colores ojalá: un pedazo de cielo o un cielo entero (sin pensar en paraísos improbados, sólo en espacio de vuelo) como ofrenda para Pedro Lemebel en su partida. Y sus propios versos donde mucho antes de nacer, ya existían todos nuestros niños, hijos de todos, que él nos ha pedido también cuidar:

A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

Pedro Lemebel (de Hablo por mi Diferencia)

Antes de las palabras (el cuidado ético)

El mundo sin palabras, cómo sería. Si no pudiésemos hablar, nosotros, de qué forma dejaríamos saber a un otro, otra, que nos duele el corazón, que corremos peligro, que sufrimos.

En The Piano, la protagonista, muda, llevaba una pequeña libreta colgando del cuello para escribir y comunicarse con quienes no conocían el lenguaje de señas. Cómo sería…si sólo contáramos con nuestros ojos y gestos para pedir auxilio, por ejemplo, en una situación de detención arbitraria o de secuestro. Ni imaginar lo que puede ser para alguien encontrarse en estado de coma, o atrapado en su cuerpo, consciente, pero incapaz de articular sonidos.

Son situaciones extremas pero pueden servir para intentar acercarse a la experiencia de los niños pequeños que aún no desarrollan el habla, y necesitan “contarnos” algo de lo que viven. A veces algo excitante, y hemos visto a menores de un año casi perder la respiración en una risa o grito feliz. O bien algo grave, como una situación de maltrato físico o abuso sexual. ¿Cómo, sin palabras, pueden dejarnos saber que necesitan nuestra protección?

Volver a nuestras raíz, en el cuerpo. Lo que compartimos con otras especies.

De tiempo en tiempo, nos maravillamos con noticias sobre mamíferos adoptando cachorros de una especie distinta a la suya: quizás recuerdan de una mamá gata y sus hijas ardillas (aprendieron a ronronear, ver) o la mamá tigre con sus chanchitos (ver). Rara vez sabemos (no recuerdo una sola) de situaciones de maltrato deliberado y perdurable con cachorros, o de emboscadas y asaltos sexuales de mamíferos adultos no-humanos a sus crías pequeñas.

En el reino animal (todos, menos nosotros), la ausencia de violencias sistemáticas y deliberadas contra los cachorros, y la relación entre los cuerpos mamíferos adultos y el de las crías, permite una ventana valiosa a una parte de nuestra propia naturaleza donde  también “sabemos” del cuidado, en el cuerpo, tanto o más que a nivel cognitivo. Combinadas ambas sabidurías, podríamos imaginarnos inmensos, abundantes en recursos para proteger sin riesgo de traicionar ese imperativo del cual depende la vida de los pequeños, y de todos.

Observar los cuerpos de nuestros hijos al nacer, los meses y años que siguen. El cuerpo humano es frágil. Los cuerpos de los niños más, mucho más (pese a sus maravillosas resiliencias). Y todo niño, niña, es vulnerable, especialmente ante los adultos: una característica ineludible del ser niñ@, del habitar un cuerpo de niñ@. Repetirlo mil veces. Cerrar los ojos y volver a ese tiempo.

Saber que aun en la mejor y más idílica de las infancias debe haber habido un momento de fragilidad absoluta, de sentir que las palabras faltaban, o de sentirse a merced de fuerzas mayores, cuerpos mayores, presencias que podían elegir cuidar y nutrir, o descuidar, dañar.

Poder tocar, si tuviera, la piel del amor, o de la memoria. También del horror, ¿sería áspera, húmeda, lacerada, llena de cueritos sangrados? La memoria del tacto bien podría ser más perdurable; mucho más que las decenas y cientos de imágenes que ya hemos visto, seguimos viendo, sin que nos expulsen del letargo. La memoria del oído, el ejercicio de ese sentido en todo su esplendor y superficie, también nos hace falta.

Mucho antes de las palabras y las lenguas, los seres humanos cuidaron. No existía el nombre “vida”, “derechos”, “protección”, pero ya  los recién nacidos eran atendidos, amamantados, cuidados por otros, y no sólo sus madres.

También, antes de las palabras, en la vida de cada ser humano que llega al mundo, habrá llanto, gorjeos, risas, fiebre. Otro universo de sonidos y señales desde el nacimiento y hasta las primeras sílabas de cada niño y niña. Luego vendrá el habla, y todavía más tiempo antes de poder articular una emoción, un duelo, en términos propios, con nombres, frases.

Los padres y madres necesitamos todos los oídos posibles para oír las distintas voces de nuestros niños. Tenemos más que dos: están en todo nuestro cuerpo, dentro y fuera, en la piel, el hueso más diminuto, nuestras células.

Contamos con los oídos del cuerpo, el idioma de las sensaciones, la intuición, nuestro ser mamíferos, el registro de una suerte de “música” que acompaña la vida de cada momento, cada día de los niños.

Los cuerpos de los adultos son determinantes en el tipo de vibración que emiten, según las emociones que los habitan más constantemente: los niños sintonizan, se acomodan a esa melodía, o se desajustan conforme ella falta, desafina, o duele.

La capacidad de sentir y leernos de los más pequeños se hace más clara ya cuando hablan. Quién no ha escuchado a niños decir “la mamá sonríe pero está triste”, o “¿por qué te ríes papá si me estás retando?” (y claro, más de una vez es divertida la situación en que debemos ejercer la autoridad y el cuidado).

Sin acceso al habla todavía, nuestros hijos pequeños nos miran, y si nos alejamos, nos buscan con sus ojos, se orientan en dirección a nosotros -con todo su cuerpo en el afán-  buscando respuestas, gestos, para anticipar, saber qué hacer, disponerse a una acción: nuestras expresiones y movimientos aportan a nuestros hijos una seguridad que ellos requieren para desplegarse, o para esperar, replegarse también.

No sé de auras, pero sí sé de cuerpos que se vuelven faros en el cuidado de nuestr@s hij@s, campos lumínicos que los pequeños perciben. Nosotros también, en ellos.

Niños sin palabras, y un universo de estímulos: observamos sus cambios, su energía inquieta (a veces, semidormidos, sentimos cómo cambian de posición en sus cunas o camas), su decaimiento. Hay señas sutiles, otras, nítidas. Carentes de lenguaje o símbolos para expresarse, los niños usarán cada sistema de su organismo, cada recurso de sus cuerpos, en el esmero de “decir”, de hacernos saber.

En los niños pequeños, el cuerpo, lo sensorial, la intuición, tiene un valor central para la supervivencia, para ir descubriendo, reconociendo y diferenciando espacios y personas que cuidan y aseguran la vida, y otras que no, o mucho menos. Para poder expresar su bienestar, malestar, temor ante peligros.

Ante lo que “no está bien”, o los hace sufrir, los más pequeños pueden expresarse a traves de gestos, formas de moverse, y por favor pongamos cautela en palabras como “maña” porque una vez dichas, abren paso a omisiones que no son triviales, y donde puede comprometerse la integridad física o psicológica de los niños.

Detengámonos a observar: si algo se altera, es distinto en nuestros hijos y no sólo frente a otros adultos (durante o después de la interacción con esas determinadas personas) sino también frente a un lugar, una cierta hora del día, la relación con un amiguito de la plaza. No arriesguemos omisiones, no forcemos así sea desde la buena intención de “estimular” o “ayudar”. No prolonguemos situaciones. Quizás daños que podrían ser evitables, terminarán siendo mayores.

Hagamos caso, al menos pongamos pausa y escuchemos, si sentimos una “corazonada”, una inquietud vaga, un presentimiento que aguijonea (y duele). Insistamos, quedémonos ahí, en el desasosiego aunque sea difícil precisar qué es exactamente lo que sentimos frente a aquello que no podemos dilucidar o traducir de nuestros hijos. Ensayemos alternativas, no dejemos de responder.

Mientras escribo, recuerdo mi hija menor, con dos meses de edad, que lloraba y lloraba. Luego del examen más minucioso (mientras seguía llorando y mi angustia llegaba al techo), encontré un hilito del pilucho que incluía guantes (para no rasguñarse), entre dos de sus dedos. No había un nudo, era una línea de tela mínima, suave, blanda, menos de 5 milímetros. ¿Puede ser esto? Lo removí y dejó de llorar. Le molestaba entre los dedos y no podía, ella sola, sacarlo de ahí. Me costó creerlo y llevó a nuevas alturas mi gratitud por el llanto, qué bueno que exista, qué sabia la naturaleza con este sistema de llamado (en tanto llegan las palabras).

Terminando el año, desde la lealtad y también la angustia del cuidado, un papá –ha habido otros antes, ojalá no deba haberlos más- no podía precisar qué pasaba con su niño, pero “sabía” que algo le pasaba: no podía expresarlo con palabras, pero sí de otras formas.

El padre decidió conectar una cámara de video para conocer, en realidad, cómo interactuaba con su hijo, la ex-cuidadoraAbigail Godoy. La intuición era sombría y no se equivocó, lamentablemente.

La magnitud del abuso físico y psicológico que ha sido conocido no alcanza para decir más; la historia ha sido compartida y sabemos que la perpetradora del abuso fue arrestada y luego dejada en libertad con medidas cautelares entre las que se incluye asistir a una terapia para “mejorar el control de impulsos” (¿?!). Mi hija mayor intentaba explicarme el fundamento jurídico de estas resoluciones, sabiendo que sus palabras caían en un pozo sin fondo. Cuando las medidas no resuelven nada, cuando son inútiles, me vuelvo sorda.

Pensaba en el niño de dos años y cinco meses, en sus  padres, y luego en otros padres, madres que conocieron las imágenes en noticieros o las redes sociales. Y en niños y niñas de mayor edad que pueden haber quedado en silencio, porque no sabían de golpes, o porque llevan ya su registro, al igual que muchos adultos… infancias con el pulso agitado: el antes de; el después.

La memoria corporal, sobresalto interminable. Ese ovillarse en piloto automático cuando alguien levanta la voz, o agita una mano, o cuando la puerta se cierra de súbito. Antes de que el cerebro haya reconocido la voz enfática, la gestualidad histriónica, o la brisa, ya se han activado otros procesos. Como si fuera ayer, el miedo. Pero es hoy. Este año, además. Hasta cuándo.

Termina 2014 y continuamos sin Ley de Protección Integral de la Infancia. La ley de violencia intrafamiliar no es suficiente para casos como el que atestiguamos el último día del año –pues Abigail Godoy no tiene vínculo sanguíneo con el niño de quien abusó- y el código penal no contempla las necesarias distinciones para agresiones físicas a los más pequeños (por favor leer este artículo muy claro en explicar estos puntos, de Marcela Labraña, Directora de Sename). Ante hechos como los conocidos, más negligente parece nuestra demora, e incomprensible nuestra paciencia, nuestra tolerancia como ciudadanos, especialmente quienes somos madres o padres.

Como muchos, no entiendo cómo frente a un delito flagrante, la respuesta sea tan desproporcionadamente menor, o cómo es tan escasa la precaución para otros niños que quizás luego de meses -cuando todo se olvida como suele olvidarse en nuestro país- pudieran terminar a cargo de “cuidadoras/es” ya denunciados y procesados por malos tratos. Quizás debería existir un medio de inhabilitación y consulta comparable al de los ofensores sexuales, para el maltrato infantil físico y psicológico. No lo sé.

Los legisladores deben, ojalá respondan con la debida premura. Pero también nosotros, desde nuestra responsabilidad, podemos engranar en otros afanes como ciudadanos (escribir a diputados y senadores de nuestros distritos) y también como padres, madres, educadores, adultos que se vinculan con pequeños que no cuentan con suficientes palabras todavía. ¿Cuál es la mejor forma para recibir, traducir su voz? ¿Cómo los escuchamos? ¿De qué nos afirmamos?

A veces, ni siquiera habrá señas de nada. Mi hija mayor me contó recién a los 10, 11 años, sobre una nana en casa de su abuela materna quien le había dado un tremendo pellizco, una sola vez. La señora era de temperamento amable, bastante mayor y reposada, con sentido del humor. Estamos convencidas de que en aquella ocasión tuvo un mal día, pero el pellizco fue tan fuerte, impactante, tan fuera de lo conocido o esperable para mi hija -de 5 años entonces-, que no pudo verbalizarlo sino años después. No sé cuál habría sido mi respuesta de saberlo entonces, pero sé que la confianza se habría lesionado, y es probable que la relación hubiese llegado a término, más temprano que tarde.

No es sencillo tomar ciertas decisiones como padres y madres. Primero, está el cuidado de nuestros hijos, y luego las personas con quienes podemos compartir esa responsabilidad. En el examen de ese equilibrio, quizás casos de maltrato como el que conocimos (y muchos otros) puedan alentarnos en escuchar nuestra voz interna, cómo ella nos habla sobre lo que “sabemos” cada vez que nuestros cuerpos indican un malestar, por tenue que éste sea: un malestar o preocupación que merece oídos porque trae sabiduría y utilidad. Nos sirve para tomar decisiones, por ejemplo, terminar con una relación -o prepararse para ello, sabiendo que es el único camino compatible con autocuidarse, o cuidar de otro.

Cuánto tiempo antes de una renuncia (e inclusive de un despido), ya sabíamos que no era ése, nuestro lugar para trabajar. Cuántas parejas han “sentido, sabido” mucho antes de una despedida, que había un@ de ell@s que había partido ya, o se había enamorado de alguien más, o sido desleal. Cuántos seres humanos sentimos hoy, y hace rato, esa sensación indefinible de angustia/urgencia/ganas de gozar el tiempo/buscar refugio/prepararse para lo que venga/querer ver y no ver, todo lo que viene con una era donde el clima refleja los daños de la tierra, guerras suman y suman en territorios lejanos… prefiero no seguir.

Como en otras esferas de nuestras vidas, existen perturbaciones que nos dejan saber que algo ha cambiado en una relación y se ha desplazado –así sea milímetros- de un lugar inequívocamente seguro. Si ese lugar se desdibuja en relación a una persona, o una institución (por ejemplo, un jardín o una escuela), necesitamos detenernos y examinar. Si nuestra sensación  de inquietud viene además con una parte de temor, de sospecha sobre algún daño posible para nuestros niños –golpes y otras violencias: niños a quienes los han encerrado en armarios, o les gritan continuamente, o son mirados con desdén o rabia por sus cuidadores- quizás no necesitamos esperar a constatar eventos, sino darnos permiso de inmediato y acreditar nuestra fisura, nuestro ruido interno, nuestra incomodidad, la sensación de que algo no está bien. Actuar sobre ella.

Me atrevería a decir que una mayoría de nosotros peferirá quedarse con la duda de haber cometido un error (por ejemplo, al terminar la relación con una cuidadora, o una salacuna, desde una “intuición” o sensación de malestar), que con la certidumbre de no haber actuado, protegido o respondido a tiempo a nuestros hijos.

Conocí a una doctora cuya hija durante años se negaba a ir de visita donde unos tíos. De pequeña y adolescente su resistencia fue la misma, aunque ella misma admitía no tener fundamento: “no sé por qué, me tratan muy bien, lo paso excelente… pero no quiero ir ahí, prefiero que mis primos vengan a nuestra casa”. Cuando ella tenía 15, su prima de 17 develó el incesto y abuso sexual que había vivido durante años (el padre era responsable).

Aunque su hija no vivió jamás ni siquiera un tacto inapropiado de parte de ese tío, su madre (la doctora), no podía dejar de reprocharse por haber insistido siempre en las visitas (incluso en cumpleaños-pijama party), ante la ausencia de “razones válidas, de peso” para no ir. Pero esa mamá, asimismo, desde pequeña le dijo a su hija que hiciera caso al cuerpo, a sus intuiciones, a su “guata”. Su hija le creyó, hizo suyo ese aprendizaje, e insistió en expresar su disonancia, todo el tiempo que la sintió.

Existen decenas de historias sobre intuiciones que evitaron un viaje no accidentado, sino solamente ingrato, poco feliz, o bien situaciones realmente trágicas (como no subir a un bus que luego tuvo un accidente). Asimismo, todos tenemos historias donde el corazón nos llevó a conocer a las mejores amigas y amigos, al amor de la vida. Y eso que en muchas de nuestras generaciones, nadie nos habló del cuerpo, ni de intuiciones, y tampoco de buenos o malos tratos, esa distinción que no es tan obvia como podríamos creer y que jamás es prescindible. Muchos hemos debido aprender de adultos (y con no poco dolor) a distinguir entre cariños buenos y dañinos; a mirar el cielo del lenguaje, o sus infiernos, más allá de lo que expresan los nombres y verbos con que nos hablan.

En tanto los niños no cuenten con palabras, sólo podremos guiarnos por ese otro idioma del cuerpo, esa “música” compartida que, al igual que el llanto de los recién nacidos que cada mamá puede identificar (y es fascinante esa exactitud), conocemos y reconocemos en lo profundo, en etapas sucesivas y las más diversas circunstancias, cuando se trata de nuestros hijos. Confiemos en nuestra escucha. Enseñemos, también, a nuestros hijos que esa escucha es importante, que nos vean en su ejercicio. Así también un día no dejarán de atender a la voz de su cuerpo, su alma, las voces de sus prójimos.

Una última reflexión va en el sentido del trabajo: que no haga falta una bronquitis, neumonía o accidente escolar -o tragedias como un cáncer- para que autoricen nuestra ausencia por razones de cuidado de nuestros hijos (el tema de la conciliación es determinante pensando en situaciones donde necesitamos estar presentes quizás, más de una vez, durante el día, en horarios poco convencionales).

No sólo necesitamos ahondar en legislaciones humanas, compatibles con la protección de los niños y firmes en la prevención de abusos o su sanción. También necesitamos legislaciones responsables para quienes cuidan y de quienes dependen los niños: sus familias.

Que no sea un slogan fofo “el interés superior del niño”, mientras el Estado demora y se distrae (y hasta victimiza), o las empresas miran con recelo a madres o padres. Pre y post natal no deben ser un motivo de aprensión para las familias, y algún día será inncesario y absurdo detenerse a dar doscientas explicaciones y disculpas por tener un hijo que nos necesita cuidándolo, y no angustiados en un edificio antiguo o moderno, contando los segundos para poder ir a su lado.

Necesitamos ser una red, un telar mucho más grande. Poner de lado esa ilusión de autonomía, independencia o autosuficiencia que pareciera invocarse como vacuna contra la “debilidad” o vulnerabilidad humana. No somos omnipotentes ni invulnerables.

Nuestra dignidad no es menor ni menos robusta, porque debamos inter-depender los unos de los otros. La vida existe y continúa sólo gracias a esa mutualidad; y nosotros existimos en relaciones, amamos desde vínculos, no desde la cima de una montaña perdida en un planeta far, far away (quizás sólo maestros espirituales y arrieros son capaces de otra existencia, pero también nacieron y fueron cuidados alguna vez, o lo serán antes de morir).

Es muy poco lo que puede sostener en soledad: el cuidado nunca.

Nadie puede estar con un niño las 24 horas del día, todos los días de un año, y dependemos de otros. El hogar concentra horas, el jardín, la escuela, pero si debemos trabajar padres y madres y estar muchas horas lejos, entonces ojalá el cerco del cuidado pudiese ser más que cada uno y su pareja o los abuelos (si se tiene esa fortuna) o la cuidadora/cuidador o empleada de casa particular (que es otro oficio, no equivalente a baby sitter o cuidador).

Siempre puede haber alguien más, huestes paralelas de una o más personas a quienes podemos pedir ayuda (y prodigarla también), para que llamen, o pasen por nuestro hogar brevemente dejando sentir una presencia más vasta. Dejando saber que somos más de dos o diez, quienes ponemos atención por más niños que sólo el nuestro; y quienes creemos que juntos, en verdad, tenemos una mucha mejor oportunidad de protegerlos a todos.

 

(Lecturas recomendadas: Antonio Damasio “The feeling of what happens”, Bessel Van der Kolk “The body keeps the score”, Boris Cyrulnik “De cuerpo y alma, neuronas y afectos en la conquista del bienestar”, Max Colodro “Silencio en la palabra: aproximaciones a lo innombrable”, Peter Levine “Trauma through the Child’s eyes”, entre otras)

 

2280 minutos de silencio

Hay situaciones que dejan en tal estado de perplejidad, que una prefiere esperar. Dejar pasar la primera marea agitada (dispuesta a ir directo al roquerío, donde nada queda), y aguardar otra cadencia, un océano no menos indignado o herido, pero sí capaz de encontrar su voz de otra forma. Para poder escuchar.

Cuando leí en las redes sociales sobre el minuto de silencio que un diputado solicitó en el Congreso de Chile para recordar a Augusto Pinochet a 8 años de su muerte, ni más  ni menos que en el Día Internacional de los DDHH, me costó creerlo.

No podía creer que hubiese alguien  capaz de pedir ese minuto, o alguien capaz de concederlo, de no oponerse (así le costara el cargo o ir a prisión por desacato a no sé qué incomprensible legislación) para cuidar al país entero.

No era un acto privado, ni un grupo de civiles cualquiera. Se trataba del Congreso de la Nación.

Estudios ya han puesto luz sobre la escasa confianza ciudadana en nuestro Congreso (PNUD, 2014) y no somos pocos quienes hemos dejado de sentir aprecio y orgullo por él (sí agradecemos que exista un número de parlamentarios sinceros y trabajadores). Pero confianza más o menos, siempre será exigible, legitimamente esperable de nuestros parlamentarios el que no inflijan ni ahonden en daños a la ciudadanía.

Mirar desde el cuidado ético, desde nuestra salud cívica y nuestra salud mental.

Un congreso claro en su rol, habría evitado ese minuto, para cuidarnos (inclusive al diputado que hizo la solicitud):

cuidar a las víctimas, cuidar la democracia que tanto nos costó recobrar, cuidar los DDHH que están para protegernos a todos, y de cuya defensa, todos también, sin distinciones de ningún tipo, podemos y debemos sentirnos responsables.

Recordé en tiempos de trabajar en un organismo de DDHH dedicado al tratamiento de personas torturadas y de sus familias, haberme sorprendido cuando en tareas de archivo debí procesar Informes de DDHH donde se daba cuenta de situaciones de vulneración grave en otros países, por ejemplo Cuba. Una compañera de trabajo mayor (yo tenia apenas 21 años, y casi todos eran mayores entonces) me dijo “el respeto a los DDHH no es “acomodable”. Es absoluto. Y no existen silencios excusables aquí”. Agradecí estar en ese momento, y como mamá nueva. Las palabras de Mónica son un eco leal hasta hoy.

No hay silencios excusables en DDHH. Tampoco puede ser un arsenal el silencio. Y el silencio de los homenajes públicos, cívicos, debe entrañar dignidad, consideración, empatía. La voluntad y precaución de no-dañar.

Alguna vez leí, en alguna historia, que los minutos de silencio podían ser uno por cada ser humano que hubiese perdido la vida en alguna tragedia. Pensé entonces en que todavía no terminaríamos de callar por cada víctima del Holocausto, hasta llegar a guerras recientes, e historias de cada día en el mundo, los niños y niñas víctimas de criminales solitarios (como en el kindergarten de Sandy Hook, EEUU, el 14 de diciembre del 2012) o ejércitos fundamentalistas (como en la escuela de Peshawar, Pakistan, 16 de diciembre 2014)… sería un silencio ensordecedor

El día 10 de diciembre, iba hacia la universidad y pasaban por mi cabeza otras posibles situaciones demenciales, insanas –porque trizan el sentido común, la cordura, porque hieren deliberadamente, o por omisión consciente a quienes ya han sufrido demasiado.

Jamás pediríamos minutos de silencio por un número de genocidas y tiranos de quienes leemos en textos de historia, con una distancia tenuemente protectora, sólo porque no vivimos en sus eras ni territorios. Tampoco concebiríamos minutos de silencio por asesinos, por pederastas, femicidas, traficantes de seres humanos adultos y niños.

Ese día recordé también a una paciente, sobreviviente de incesto y ASI prolongado, cuando murió su abuelo (responsable del abuso). Ella tenía cerca de cuarenta años. No asistió al funeral, y tampoco los suyos (ni su marido e hijos, y tampoco su madre o sus tíos y primos más cercanos).

Al año siguiente, se realizó una misa de conmemoración y su madre sí asistió esta vez (sentía culpa por no haberse despedido de su padre el año anterior). La hija experimentó la crisis post traumática más seria que había vivido en veinte años, incluidas ideaciones suicidas. Tal fue su herida moral, emocional, y física también (no se sufre en el aire, sino en el cuerpo).

Para las víctimas de crímenes de lesa humanidad en Chile, durante la dictadura, no alcanzo a imaginar lo que pudo ser o cómo pudo sentirse ese minuto de silencio por A. Pinochet. O el que un representante del Congreso, sabiendo lo que sabemos, lo haya solicitado sin compasión ni responsabilidad en una situación donde él no podía anticipar con certeza cuáles podían ser las consecuencias para las víctimas. Y no sólo él fue responsable, sino quienes no evitaron la situación.

El hecho es que representantes de nuestro parlamento, en pleno uso de sus facultades, corrieron el riesgo de re-victimizar a sus compatriotas que habían sufrido tortura, secuestro, prisión, y/o a las familias de detenidos desaparecidos, ejecutados políticos. Familias que talvez el 10 de diciembre volvieron a evocar momentos indecibles, experimentaron flashbacks, crisis de pánico, un regreso forzoso a sus duelos (de manera intensa me refiero, porque hay duelos con los que de todos modos se convive cada día de una vida) por las propias heridas o de seres queridos, o de una comunidad. Esto es muy grave.

Grave, porque cualquier diputado o Senador en ejercicio debe saber –asumiríamos- que el número oficial de víctimas de violaciones a los DDHH y crímenes de lesa humanidad en tiempos de dictadura y con A. Pinochet a la cabeza, es de al menos 40,018. Esas son las víctimas “oficiales” para el Estado de Chile (Informe 2011)

No conocemos el número final. Pero sí sabemos de 40,018 chilenos y chilenas reconocidos oficialmente como víctimas. Dicho reconocimiento se fundamenta en que las personas hayan sufrido: 1) detención y/o tortura por agentes del estado o personal a su servicio; 2) desaparición forzada o ejecución por agentes del estado o personal a su servicio; y 3) secuestro o intentos de asesinato por razones políticas.

En el número “oficial” no están considerados exilios, exoneraciones y cesantías, enfermedades físicas y/o psicológicas, y otros muchos daños para los cuales no existe métrica ni definición. Tampoco están incluidas miles de otras personas cuyas denuncias no han terminado de ser procesadas. O al resto de un país para el cual ha sido lento y doloroso el recorrido de la reconciliación.

Entre las víctimas, recordar a los niños. En los años más tristes –según los Informes Rettig y Valech- 2200 niños vivieron prisión y tortura, al menos ochenta fueron secuestrados, ejecutados y/o desaparecidos, y de otros no conocemos su destino pues pudieron haber nacido durante el cautiverio de sus madres luego desaparecidas.

Son 2280 niños, niñas y adolescentes que quiero creer, nos importan a tod@s, más allá de nuestras edades, creencias o avenidas políticas. En minutos de silencio, si fuese uno por cada un@, serían 2280. Casi dos días. Más mujeres, hombres, padres, madres, abuel@s, monjas y sacerdotes, incluso miembros de las propias FFAA (que no cumplieron órdenes crueles), y tantas otras personas de nuestro país. No sé a cuántos minutos llegaríamos. Los duelos, además, son para siempre.

El 10 de diciembre, conversamos de lo ocurrido sólo en familia, y con dos compañeras de universidad -una de ellas británica, y la segunda, india- que se han vuelto amigas entrañables en estos meses. Las 3 coincidimos en que ningún representante de un Congreso en el mundo civilizado, podría hoy eximirse y desconocer, omitir u olvidar a su conveniencia a víctimas de violaciones de DDHH de su país. Menos pueden ser responsables de actos deliberados de re-victimización de sus conciudadanos. Ni siquiera durante un minuto.

“Uno esperaría otra conducta de países democráticos. Lo siento” y guardaron silencio: un silencio que sí agradecí viniendo de estas dos mujeres lúcidas, tanto como su “lo siento”. Una disculpa franca que habría tenido ganas de compartir o hacer llegar a quienes en verdad correspondía pedir perdón ese día, e ignoro si al momento de escribir esta reflexión, habrá habido una disculpa pública –de parte del diputado responsable, de su partido, de todo el Congreso, de la Presidencia-, pero como mis compañeras, y como much@s, yo también lo siento.

 

minuto de silencio

Escolares de New Delhi, India observan 2 minutos de silencio por las victimas de Peshawar en Pakistan. Dic. 17, 2014 (via The Atlantic)

 

Niñ@s, saudade y soledad

Dónde construir la casa, la ciudad de los niños, dónde la escuela, la vida. No dejar pasar las preguntas que informan cada tiempo y edad sobre la tierra. ¿Desde dónde las prioridades los desvelos, los regocijos?, ¿dónde el horizonte?

Activistas y trabajadores por la niñez han reconocido en el 2014, un año devastador. Unicef lo ha descrito (leer) como  “de una brutalidad indescriptible”.

Árboles de navidad, pesebres, candelabros, linternas en el agua, velas multicolores en kwanza. Festividades en diversas culturas y tratamos de recordar de todas un poco, mientras ponemos el centro en la que mejor conocemos.¿De qué niño era este cumpleaños? y podría escribir un salmo en la emoción de escuchar a mi hija mayor contando una historia a su hermana pequeña. Saltando de Jesús, a Anna Frank, Luther King, y cada familia, o lo que un niño o niña pequeña podría ayudar a cambiar, en cualquier lugar del mundo.

En NY, dos mujeres convocaron a una marcha. Miles respondieron. El sábado asistimos a la #MillionsMarchNYC, no sé cuántas personas éramos (se ha dicho que 10, 20, 50 mil) pero sumaban cuadras y cuadras, desde el mediodía y hasta la noche. Más que contra la brutalidad policial solamente, sus voces eran contra toda violencia… la violencia mayor de que existan aún en estos tiempos tantas diferencias, tanto sufrimiento.

Ese mismo día, era el día de “Santa-Con”. Otras decenas, o cientos de personas jóvenes disfrazadas de Santa Claus o con trajes alusivos a navidad, caminaban por la ciudad, y en muchas cuadras casi paralelamente a la marcha por los derechos civiles. Los “viejitos pascueros” iban de juerga, bar-hopping, de bar en bar el festejo.

En una esquina, a una muchacha activista, otro joven vestido de “Santa” (y algo ebrio) le dijo “get a job”, como si a las manifestaciones asistieran sólo personas que no tienen nada mejor que hacer, o son desempleadas, flojas, o “débiles” y dependientes de beneficios sociales: esa “carga” para el país que veía el candidato -y supremacista, en realidad- Romney, esos “otros” de quienes habló con desprecio en un acto privado de la campaña presidencial (filtrado a las redes sociales) el año 2012, asegurando su derrota.

“Los otros”, los que se ven lejos, hasta que la experiencia y la rueda de la vida, nos intersecta y nos convierte en ellos, en “nosotros”. He compartido esa experiencia con muchas familias en la esfera del abuso sexual infantil.

Viene pronto el cambio de año y 2014 hereda al 2015, quince millones de niños y niñas que sufren lo inimaginable, en distintas latitudes.

Secuestros, torturas, tráfico humano, genocidio: como dijo Unicef, “indescriptible”. Siglos de evolución humana, toda la información o educación imaginables, y nada, nada ha servido para detener y erradicar atrocidades como las que hemos atestiguado este 2014, sin pausa, sin que se aviste final.

En Chile, nos sentimos lejos, tan al sur en la Tierra. Son “otros niños”, “otros países”. Nuestra lejanía de conflictos armados y miserias inimaginables, a veces, nos permite creernos un poco más a salvo. Pero la vulnerabilidad de nuestros niños existe, de todos modos. Y para nuestro país sigue siendo demasiado el riesgo que asumimos cuando no prevenimos sufrimientos que deberían ser -y que pueden ser- perfectamente prevenidos.

Es diciembre, se va el año, y un cuarto de siglo desde el retorno a la democracia. En 1990, con don Patricio Aylwin como presidente, Chile suscribía a la Convención  Internacional de Derechos del Niño. Era un acto de inmediata apuesta al presente y al futuro, y una imagen profundamente inspiradora: de nuestra democracia como un cerco de cuidado mayor alrededor de los más pequeños. ¿Qué nos pasó?

Entre 1990 y 2014, no llegamos a materializar una Ley de Protección Integral de la Infancia.  Somos el único país de Sudamérica que no cuenta con ella, y seremos el último en tenerla. En materia de educación el trazado es confuso y en ello se compromete el proyecto de vida futuro de muchas generaciones de niños. En salud, sólo quisiera recordar  a una niña de 13 años en Carahue -y antes otra niña de 11 años, en Puerto Octay-. Su embarazo resultado del abuso sexual sin posibilidad de elegir, de interrumpir ese sufrimiento por razones humanitarias y de salud. Tanta desgraciada soledad en que la dejamos.

No podemos estar pensando sólo en penas, está claro; cada uno tiene un cierto tiempo sobre la tierra, en la vida. Pero desconectarnos de nuestra emoción y humanidad, nos deja más solos que nada. Más desvalidos.

Hablaba con una mamá, hace poco, cuyas hijas fueron abusadas. No habría podido sobrevivir la trayectoria, ni ella ni sus niñas, “si no hubiese sido por los demás”. Se refería a la justicia, vecinos, profesionales de apoyo (profesores, abogados, enfermeras en consultorios, psicólogos, etc), otros padres y madres de su escuela. Ahí estuvo lo más terapéutico, lo más sanador: la comunidad, la compañía. Ahí algún alivio.

Poder descansar, dormir, traer a nuestros hijos al hogar, la ciudad, velar por ellos, nosotros. No soy católica ni creyente pero algo resuena hondo del Salmo 127 (o 126; y su salto del hebreo al griego, latín, español, con todo lo que puede haber quedado “lost in translation”).  “Cum dederit” de Vivaldi (para escuchar, aquí), lo que no puede ser dicho con palabras.

¿Quién cuida? ¿A quién le urge? ¿Nos urge?

En Chile, el año 2012, se presentó al Senado un proyecto de Protección Integral a la Infancia (P. Walker, M.Soledad Alvear, JP Letelier). ¿Por qué no pudimos avanzar sobre eso? Ya contaríamos con la ley. Talvez, con un Defensor del Niño independiente de gobiernos de turno.

En cambio, se optó este 2014 por crear una comisión ad hoc (Consejo Nacional de la Infancia) que debe formular una propuesta legislativa de Protección Integral a la Presidenta, en el plazo de un año (al 14 de marzo 2015, prorrogables en 6 meses y eso daría Septiembre del 2015, ojalá que no).

Existen buenas intenciones y creo que todos podemos valorar actividades para la niñez, e instancias donde se ha recogido la voz de los niños. Y si fuera el 2008, 2000, 1996, apreciaríamos todavía más que se consulte la opinión de expertos y ciudadanos para articular una ley de protección integral (ver sitio web de Coninfancia). Pero es 2014, y no podemos seguir gastándonos tiempo que no es nuestro; tiempo de la nueva generación.

Miro los ojos de Emilia. Brillan, se inquietan. Escucho a mi hija mayor, hablando a su hermanita de ese “buen hombre que vivió hace mucho y quería a los niños”. Luego los porqué, todo aquello que la más pequeña no logra engranar en lo poco que ya conoce de ciertas realidades.

No tenemos respuestas.

Vuelvo a los meses y semanas pasadas, días recientes. Reportes sobre los niños en hogares de protección (y hasta cuándo serán administrados por personas ajenas al Estado, y condonado el hecho esencial de que no sean nada, pero nada cercano a lo que entendemos por “hogar” o por “protección). En el pasado, hubo niños que en dictadura vivieron las peores pesadillas, y casi siempre, a lo largo de los años, han sido más bien una línea al final, o a un costado de Infomes de DDHH sobre esa época.

El Informe Valech dio cuenta de 2200 niños que sufrieron prisión y tortura. Sólo el 2013, apenas un año atrás, una joven periodista hizo visibles sus experiencias (Gabriela García, en revista Paula). Y ahora, apenas anoche, diciembre 2014, otra periodista mujer (Consuelo Saavedra en Informe Especial, ver) abre el tema de la tortura, los sistemáticos abusos sexuales y  violaciones a mujeres detenidas o detenidas y desaparecidas, lo que desconocemos sobre el destino de sus hijos vivos, o no, pero ¿quién los busca, con qué urgencia?

En el cotidiano de una ciudad, la semana pasada se comparte la foto de un abusador de compras en el supermercado, en atuendo, o disfraz más bien, de sacerdote (y digo esto responsablemente, pensando en otros hombres que sí dedican su vida al servicio de los demás, y que jamás han abusado ni abusarían de los más indefensos).

Cualquiera de nosotros, con nuestr@s hij@s de la mano, podríamos encontrarlo en la ciudad. Su víctima, también (una niña al menos, según la justicia, pero yo le creo a su hermana, y de otros niños no sabemos).

La impunidad que nos acompaña. La indolencia, demasiado tiempo ya, y son much@s l@s niñ@s y adolescentes que también corren el riesgo de encontrarse con sus victimarios en “libertad vigilada” y pido perdón por insistir en estas miradas pero sumamos ya demasiadas historias, otro año, y siento que los finales ni siquiera felices, sólo decentemente humanos, nos eluden.

A veces pareciera que no nos importa.  Cada uno y una, en familia, de seguro nos condolemos y nos sentimos en deuda. Pero como PAIS (así en mayúscula) estamos todavía en la espera. Ha sido mucha ya. Y queda aún.

Protestas se dejan sentir de vez en cuando, pero no interpelamos a nuestro gobierno con una claro basta, o hasta cuándo, si se trata de los niños, y tampoco los distintos colectivos políticos están dando el ancho en relación a la infancia.

En períodos breves es posible observar, en todo el espectro de partidos/liderazgos políticos, las más extrañas combinatorias de desatinos, irrespetos, desorientaciones (o errores flagrantes) y no dejan de ser angustiantes, más, cuando vienen de la máxima autoridad. Puede sonar naive, pero la resonancia es cercana a soledad. No encuentro otra palabra.

Presidentes y líderes políticos pueden sumar a las personas, y pueden también incidir en la salud o el desgaste (material, moral, emocional) de una democracia, y de su gente. Si se alimenta -por acción u omisión- la soledad, la frustración, la indiferencia, no veo cómo ninguna democracia podría ser capaz de cuidar una sola vida. Menos si se trata de sus niños.

Llegando al fin de este 2014 -y aunque nos haya despertado el ánimo el Premio Nobel de la Paz otorgado a dos activistas mayores por la infancia- cuesta mirar hacia el nuevo año. ¿Cómo disponernos? Con amor, a pesar del sentimiento de saudade que nos ronda.

Saudade. Una palabra prestada y difícil de traducir si se aleja de su lengua madre (el portugués), pero que trae nostalgia (por lo que fue o no fue, lo que pudo haber sido, o lo que podría ser), melancolía un poco, y también un deseo profuuuundo de llegar a un lugar que no es todavía. Tal vez esta definición de una cantante portuguesa (ella tiene que saber mejor) sirva:

”La saudade es algo que sentimos cuando estamos, por ejemplo, lejos de quien amamos. Es un sentimiento inclusive un poco alegre, porque permite sentir el amor en la ausencia, que el amor no desaparezca. Es siempre un sentimiento de esperanza… una espera creativa… una manera de acreditar que nuestras experiencias del pasado que nos han sido significativas tienen vida futura, porque están con nosotros.  La saudade tiene que ver mucho con la vivencia del tiempo: del presente, pasado y futuro. Es un sentimiento que conecta todos estos momentos”, Teresa Salgueiro, grupo Madredeus 

Saudade como talismán, sortilegio, perdón sobre lo que no hemos realizado aún, y memoria sobre lo que, igualmente, hemos logrado aprender. Saudade como acto de resistencia ante la inacción, la dureza; con toda el alma, nuestros duelos, y también nuestra buena voluntad. Junt@s. Sobre todo para l@s niñ@s, sin más soledad.

 

 

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Mural realizado por jóvenes artistas (CRC Sename, ex-infractores) en Punta Mira Sur, ciudad de Coquimbo, Chile, para los niños de su comunidad.

“Agüita de Cloro” (Cecilia Casanova 1922-2014)

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Esta mañana partió Cecilia Casanova, poeta chilena infinita, mamá del amigo que más he amado en mi vida, y una mujer por la que habría sentido admiración y cariño en cualquier universo donde nos hubiésemos encontrado (con o sin mi amigo tendiendo el puente). No puedo estar allá, ni con ella ni con él, y recurro a lo único que sé. Escribir, recordar.

Mi pena tiene 10 años de edad, luego tiene 46. No es tanto tiempo, pero es.

Fue en 1978, en mi colegio. Una de sus sedes, la de Bellavista, dejó de existir y sus alumnos llegaron a nuestro anexo, en almirante Pastene. Vendrían, entonces, nuevos cumpleaños. Uno muy especial, en una casa de Pedro de Valdivia cerca del cerro, con papás artistas y un amigo (el hijo menor) que sería para la vida. Observador, sensible, distinto a todos mis compañeros de entonces, y pilar de momentos indecibles –jamás supo entonces qué historia exactamente estaba acompañando-. Cómo no jurarle amor y amistad, más allá de los tránsitos que nos tocaran a cada uno (y las muchas latitudes) en los años venideros.

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Su mamá era una mujer apasionada, tornasol, bastante mayor que las demás mamás del curso. Su compañero era un hombre sereno, dulce, buen padre. Había entre ellos algo poderoso que a nuestros años -como niños y luego adolescentes- no habríamos sabido cómo describir. Energías de fuego y península, dispares a veces, siempre cómplices, distinto su amor a lo que nos era conocido hasta entonces. La adultez podía quizás ser compleja, pero también vasta e interesante: entre dos, lealtad, y tan intensa. Cuando él murió, nada cambiaría.

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 El año 2008, a punto de dar a luz a mi segunda hija, Cecilia nos regaló una ceremonia que jamás había tenido ni tendría con mi propia madre biológica. Una tarde de té, de letras. Conmigo, el aliento a seguir escribiendo, los consejos, el desprendimiento de su maestría (esto, a un año de haberse publicado el Agua Fresca…) y un tiempo maternal, de preguntas y respuestas inconfesables en ningún otro espacio.

Para mi niña por venir, esa tarde sería de abuela, mujer sabia y más antigua de la tribu que necesita contarle a la más chiquita la historia de todo…todo lo que pudiera establecer como inolvidable (por si faltaba tiempo): encajes, lluvias, subversiones, autos antiguos, el deseo, el coraje, el lugar en el mundo que sólo la voz propia (sin capitulaciones) conquista, y la sencillez, alas, ceremonias, fragancias, banderas enormes y anónimas. Ser inocente.

Como Cecilia: entregarse a la hondura de crecer, de envejecer (a pesar de todo). Decenas de silabarios que le servirían a Emilia como niña y como la mujer que algún día llegaría a ser.

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Mi Emilia escuchó –y su cuerpo recordará- entre soplos de sangre y bocinas de micro, la voz diáfana de una mujer que pasados los ochenta, seguía siendo tan lúcida y hermosa como en nuestro primer encuentro, treinta años antes. Nadie a mi niña le ha hablado como Cecilia, ni antes ni después de nacer. En la ronda de mujeres (las que debieron ser), no hubo más que ella, que entregara tanto, y sin conocerla.

Me quedé en el sofá y acomodé mi cuerpo para que mi niña pudiera escuchar. Cecilia había perdido en un período breve no sólo al amor de su vida, si no también a un hijo mayor: la mayoría de sus poemas de esa tarde fueron de duelo, de nostalgia, desde la cornisa de su alma, y no obstante había tanta vida ahí. Jamás habría imaginado que uno de los regalos más sagrados que mi hija podía recibir –aún en mí- serían poemas que desde la muerte la invitaban a venir y saciarse de amor. En lavida.

Bienvenida Emilia, apenas dos semanas después. Junto a la nueva generación, sueño que mi hija descubra la poesía de Cecilia y la haga suya una vez más. Que la acompañe para dar gracias, o para tomar decisiones aguerridas. Para amanecer cualquier día, y cuidar.

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Me cuesta decir más, hacer pausa en imágenes que no se detienen desde que recibí la noticia de su partida, por teléfono, esta tarde. Sólo puedo afirmarme de dos años, 1978 y 2008, recuerdos de sus pinturas, su voz, sus escritos, sus ojos claros. Dos momentos como muletas, como espadas en vela de armas, como flores y brazos que no llegarán a cruzar el Ecuador en esta noche que queda abierta e incompleta hasta que yo misma parta hacia la otra orilla también.

Que sea una buena travesía para ella. Que la esperen con mucho amor.

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La última aparición pública de Cecilia Casanova fue para la presentación de “Poesía Reunida” una selección de sus poemas, prologada por Adriana Valdés, Colección Poesía UV de la Universidad de Valparaíso de Chile (ver video).

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Por último, y aunque se repita, éste escrito fue publicado el 2012 cuando Cecilia Casanova había sido nominada (y debió haberlo recibido) al Premio Nacional de Literatura. La selección de versos que acompañan, la hicimos juntos su hijo y yo, para El Post.cl.

Con agüita de Cloro: Cecilia Casanova, Archivo ElPost 2012 (Premio Nac. Literatura)

“… la pureza de un vaso de agua fresca en el cual lo artificioso y lo falso están descartados en aras del difícil amor hacia la verdadera luz de la poesía”: Jorge Tellier sobre Cecilia Casanova, poeta chilena nominada al Premio Nacional de Literatura 2012.

Tiempo atrás escribía con admiración y prudencia sobre la poeta polaca Wislawa Szymborska, en días de su partida de este mundo. Hoy escribo con timidez semejante para celebrar, en vida, a otra poeta tremenda: Cecilia Casanova, de 89 años, nacida y residente en Santiago de Chile.

Ella dice siempre (y lo dejó muy claro en Una Belleza Nueva, con Cristian Warnken, el año 2011) que sus poemas los pasa “por agüita de cloro”. Así queda lo esencial: todo eso que es sencillo y cotidiano, y no por ello deja de ser hermoso, desafiante y problemático, o cargado de milagro.

Pájaros de todos los días; un retrato, o un cascabel, que puebla completo el hogar; quinientas posibilidades de sol en plétoras o duelos; migas de pan, insectos, globos, polveras y objetos domésticos; campos y cerros, playas o ciudades donde las personas se conocen, se aman y mueren también; emociones y energías femeninas, masculinas, infantiles y ancianas; autos antiguos donde refugiarse para hacer el amor con el marido, lejos de hijos también adorados.

A UNA FLOR: Me había habituado a verte/salir del vaso/blanca/lisa/fastuosa/Símbolo de lo que se inicia/Anoche/mientras dormías/la muerte te echó el ojo/Transfigurada/angélica/insustituible/reposas entre dos versos de Rilke.

PREPARATIVOS: Su miopía/impartió una suerte de neblina/en el espejo. Algo irreal, fantástico/ No escapó ni al tordo de azabache/ que silbaba en su sombrero.

RESUMEN DE LA TARDE: El color de tu piel /una pastilla de menta/sobre un libro/Los pájaros/vociferando/en el árbol/RESUMEN/DE LA TARDE.

DESVELO: Nada puedo hacer/para acortar las noches/donde pienso/muero/y hasta resucito.

Los momentos y las vidas que habitan los poemas de Cecilia Casanova nos son familiares a muchos de nosotros, cada día. Pero gracias a su pluma, nuestras emociones, rutinas y humanos pasos, todos ellos, cobran una estatura  y sacralidad especiales. Quizás porque en voz alta subvierten la distracción, esa tentación o imposición de tiempos vertiginosos y egoístas, donde la gratitud y la necesaria y elemental vigilia sobre nuestro corazón, corren peligro.

TEMA DE PÁJAROS: Porque tenemos mucho que decir/callamos de una manera torpe/Habituados a oírnos/ en el movimiento de las manos/en la actitud de volver los ojos/ La ventana nos brinda temas de pájaros/pero cuando voy a señalártelos/el cielo está solo/Regresamos perdidos cada uno en un bosque/ demasiado cerca para rozarnos.

SIETE COLORES: Fue un acto triste descolgar la jaula/mucho más cuando los niños descubrieron/una plumita pegada al columpio/Era un pajarito sin gracia/comprado en la vega/por un arranque de ternura/En el entierro/cantaron sus compañeros libres/una misa de réquiem.

Me pasa, desde mi nostalgia de niña con el paraíso y tierra prometida del hogar, que leyendo sus poemas gano alas inmensas (y no obstante, delicadas en no pasar a llevar un orden solemne) para orbitar o danzar alrededor de las cosas más  sobrias y majestuosas: lo que respira en la cocina, el jardín, las habitaciones de mis seres queridos. El mismo arrobamiento que he sentido desde siempre frente a cajas de música de distintas épocas y materiales (desde maderas nobles a cristal o papel maché), me toma entera leyendo a esta dama.

Del libro “DE CADA DÍA”:

IV. De vez en cuando/existo tanto/como si hubieran/ miles de yo multiplicándose. Hoy por ejemplo/si me aplastaran/bajo unas piedras/o me enterraran/surgiría más allá/y más allá.

VII. Una mariposa vuela/por mi pieza oscura/ Compadecida he abierto/la ventana/para mostrarle los faroles/que alumbran la calle. Pero ella persiste/en volar aquí/ Como si fuera mi simple alegría/su única luz.

ÚLTIMOS DÍAS: Te doy pedacitos de chocolate en la boca/te abrazo/te quiero/Desde afuera/la primavera se esfuerza/para que la oigas/Pero a lo mejor te haría mal/como a mí/cuando esta mañana/al abrir las ventanas/se desmoronó el canto de los pájaros.

Intentar describir la unción, es casi imposible. Un estado similar se cuela en los versos de Cecilia Casanova, y en ese estado permanece todo: segundos, horas y a veces tiempos infinitos después de leerla. Hay transformaciones que acompañan, sutiles unas (como en el giro de mis residencias luego de leer Tormentas de Marzo: abrí la ventana/para que se metiera la tormenta/segura de que arrasaría con la mía/pero se quedaron las dos) y otras, a temperatura de fundición (como cuando mi marido y yo leímos Poemas del Vago y del Simpático, y el amor y el cuidado se nos tornaron plegaria y juramento).

Es inútil. No lograré expresar lo que quiero. Pero hay otras personas, con mucha mayor autoridad, quienes han dicho y dicen de Cecilia Casanova y su obra:

 “Parece que las palabras resbalaran, despreocupadamente, como ignorando su propia carga de vastedad, y, de repente, se alzan en un salto que rasga las nubes más altas del pensamiento”, Andrés Sabella.

“Una atmósfera donde los cuentos de hadas no son necesarios ya, pues la más elemental de las realidades los ha superado”, Jorge Tellier.

“… como un trazo caligráfico de la escritura china, a medio camino entre la palabra y la imagen, haciéndolas tocarse en la gracia de una sola, ligera huella …presente al borde la nada. Poemas hechos de instantes mínimos, en lo que relumbra, intempestivamente, lo inmenso”,  Adriana Valdés.

Releo estas sentencias magníficas, reflexionando sobre cuánto más debe ser traducido o descubierto  para reconocer virtudes y trayectorias relevantes e inolvidables en la literatura de un país, o de un mundo. Desde Gabriela Mistral no ha habido una poeta chilena que reciba el premio nacional de literatura.

No soy experta ni jurado; nadie que pueda decidir laureles, o entender por qué no han sido ya conferidos, décadas atrás, a poetas de la talla y recorrido de Cecilia Casanova. Pero al menos sí tengo derecho a preguntarme, como ciudadana común, qué hace falta demostrar o hacer (que no sea lobby), para reverenciar dignidades y talentos que irradian y que nos ennoblecen a todos, de alguna forma.

La poesía es agasajo compartido y colectivo: llega a nuestros hogares en libros o en papelitos donde copiamos versos imperdibles, y en resonancias del corazón que tiene la mejor memoria auditiva para ciertos mensajes que, como decía, transforman lo que somos y sentimos.

¿Cómo no agradecer a tiempo, entonces? ¿Qué relato sobre las virtudes, los méritos, los años de esmeros, dejamos a las generaciones jóvenes cuando se ignoran o desconocen obras chilenas destacadas?

Más allá de todo, sé que solo puedo hacerme responsable de mis deudas, y homenajes. Escribo este posteo escuchando a Laura Veirs, una trovadora preferida y caigo en la cuenta de que, en sus canciones, ella marca el mismo latido que Cecilia Casanova deja aquí, cada vez de leerla: grácil y horadante, frente a todo lo incierto, precario y también virtuoso que se apuesta en cada humano día sumado a nuestro haber.

En las palabras perfectas de nuestra poeta de casi noventa años (que son un aval potente sobre la integridad de lo vivido):

“Algo me afirma aquí dentro/ Mi amor por la vida, los seres, las cosas/ se hace cada día tan mayor”.

 

(Agradecemos a Enrique Moletto Casanova, por los versos de todos los tiempos, y por estos videos, donde su madre recita cinco de sus poemas, el año 2007, ver enlace)

Nuestros Puntos ciegos

And we are so fragile, and our cracking bones, and we are just breakable, breakable, breakable girls and boys – Ingrid Michaelson

And if you’re still bleeding, you’re the lucky ones – Elena Tonra, Igor Haefeli

She holds the hand that holds her down. She will rise… above – Eddie Vedder

 

Apenas un día.

Primero, la difusión vía redes sociales de una obra de teatro (a estrenarse en Santiago, de Chile, hoy jueves 30 de Octubre). Su nombre: “Punto Ciego: una infancia invisible”, de la escritora y antropóloga española Iria Retuerto, adaptada y dirigida por la actriz chilena Claudia Pérez, dos mujeres grandes en sus creaciones y en su activismo antiguo en pos de la infancia. Nos conminan ahora a reflexionar sobre el abandono, la vulneración de niñas y niños desde diversos entornos adultos (con y sin intención, trasgredimos), sin perder atención sobre lo que pueden aportar la resiliencia y la resistencia desde el amor. Todo, desde los ojos de una niña de 13 años.

Unos minutos más tarde, me recomiendan como “excelente”, “buenísimo”, un video contra el sexismo que circula en las redes (FCKH8, o “las princesas groseras”).

El fin de la discriminación es un esmero que nos reúne a muchos, hombres, mujeres (apenas la semana pasada escribía sobre juicios de género y pérdidas para los niños, ver #Yorespeto). Concurrimos, pensando en el presente y futuro de nuestras hijas e hijos, iguales en derechos y bienestares. El sueño y la vindicación son clarísimos. El video al cual me refiero no es así de nítido.

Es protagonizado por niñas cuyas edades podrían fluctuar entre los 6,7 y 10 años de edad, cuando mucho. Es cosa de observar sus rostros y corporalidades: no han cruzado a adolescentes aún.

Las pequeñas, excesivamente maquilladas, vestidas como princesas, y utilizando frecuentes garabatos en inglés (what the f..k, etc), entregaban un mensaje contra la discriminación de género, argumentando que lo verdaderamente sucio y ofensivo es la inequidad y la violencia.

El tono es estridente, yo lo sentí incluso banal. No sé de publicidad pero lo que vi en el video, estéticamente, o en la comunicación efectiva del mensaje, no es destacable. En términos de la ética del cuidado de la niñez, es lamentable a secas.

En un momento, las pequeñas deben enfatizar la realidad de asaltos sexuales y violaciones –una de cada cinco niñas- preguntando ¿cuál de nosotras será? Es una pregunta vergonzante como humanidad, y además es una pregunta que hiela, que desata el ruego, que hace temer por este registro de imágenes pensando en toda niña, en la que he vivido una violación recientemente, y en estas niñas del video muy particularmente. ¿Y si fueran nuestras hijas?

En otro universo, hojas secas y polvo cediendo el paso a un colchón azul, de espuma, y de todo modos cuánto peso: su materia, su historia, las pérdidas que entre burbujas de esponja no amortiguan la vulneración.

Un cuerpo indefenso Su espectro. Miles. Ayer 29 de octubre, era la marcha de los colchones en campuses universitarios de EEUU y de algunas universidades europeas: Carry the weight together (aquí enlace a la organización). En las redes, #Carrythatweight.

El movimiento fue comenzado por una sobreviviente cuyo violador (y de dos muchachas más) permanece impune. Por meses ya, la estudiante de artes visuales de la Universidad de Columbia, NYC, EmmaSulkowicz (ver aquí, incluye video donde ella explica su gesto, sept. 2014) ha arrastrado un colchón azul semejante al que atestiguó su violación (y característico en dorms universitarios de EEUU).

Ella ha querido apelar a la consciencia de todxs, en silencio –sin pedir ayuda, pero sí aceptándola de quien quiera sumarse en compartir la carga-, y hasta que se tomen medidas efectivas para combatir esta verdadera epidemia en colleges norteamericanos, de la que no se eximen otros países. 130 universidades y 10,000 estudiantes y ciudadan@s participaron ayer de #CarrythatWeight.

Lo que comenzó como un acto de protesta personal se ha convertido en una gesta de much@s. Un movimiento que exige justicia y que moviliza el cuidado mutuo, el compartir la responsabilidad y el apoyo a sobrevivientes de violencia sexual: infantil, doméstica, en calles y campuses, dondequiera y a quien quiera –mujeres y hombres- que la haya sufrido.

“Together”… ese acento que desacata silencios y estigmas, la vergüenza inmerecida que muchas veces sienten las víctimas de abusos y asaltos sexuales. JUNT@S. La comunidad en la reparación del trauma, en la resistencia, en los cambios que necesitan ser.

Por la noche, en una farmacia, justo vi el momento en que entrevistaban en televisión, al final de la jornada (ver), a sobrevivientes de violación en universidades: jóvenes mujeres y muchachos hablando con convicción, empatía y una dignidad arrolladora (la confianza en el derecho a usar sus voces), sobre la experiencia que vivieron.

Recordé a las niñitas del video de FCKH8, la pregunta ¿cuál de nosotras será? La crueldad jamás es banal. Ni por un microsegundo.

Pocas veces me enojo de forma excesiva (sí me indigno, pero la rabia es más difícil, aunque quizás es hora), pero si hubiese podido convertirme en átomo para entrar a la pantalla, al video de youtube, les habría dicho cosas terribles a las activistas adultas que concluían la propaganda pidiendo aportar a la defensa de nuestros derechos FUNdamentales (el “fun” porque hacen un juego de palabras con girls just want to have FUN…damental rights. ¿Recuerdan a Cindy Lauper?).

¿Cuántas niñas de 6, 8 años elegirían protestar contra el sexismo de esta forma, en un video, diciendo palabras gruesas, en ese tono iracundo, preguntándose si podrían ser violadas a futuro, conociendo el porcentaje exacto de inequidad salarial entre hombres y mujeres, usando ese vestuario en particular? ¿Conocerán siquiera la palabra “sexismo” o alguna cercana, que les haga pleno sentido? ¿O “asalto sexual”, rape, ese desuello en cámara lenta, muy lenta?

Podríamos preguntarnos, cuando esas niñas crezcan, qué pensarán sobre su participación en ese video, de qué manera habrán evolucionado sus miradas, sus relaciones, sus entusiasmos o descontentos.

Si han de ser activistas, ¿elegirán la misma forma, o una distinta, para defender una causa entrañable? ¿Será ésta -la no discriminación- su causa, o será otra, o no será ninguna en particular? Ojalá toda niña y niño tuviera tiempo suficiente y expansivo para la exploración, los discernimientos, sus decisiones. Suyas. El eje del cuidado sobre sus propias vidas, al crecer.

Algo está ausente. Algo se pierde en más de un punto ciego.

Pretender combatir el sexismo utilizando a niñas pequeñas para una propaganda que por política que pretenda ser, sigue siendo propaganda (seguramente, hubo un casting, firmas de contratos o autorizaciones de adultos para que las niñas participaran, ensayo de guiones, coaches), es a lo menos una contradicción y me atrevería a decir, una trasgresión que evoca -en algo, o en mucho, y para mí es demasiado- la utilización de niñas y niños para campañas de modas, o para graficar catástrofes naturales o humanas (junto a los duelos y estrés post traumático que éstas generan). En estas situaciones escuchamos más pronto las voces adultas y sus cuestionamientos. Por qué no ahora, entonces: con estas niñas. Ausencia.

Orientarse desde otro lugar. Puede haber otra forma.

Claro de voz, un grupo de adolescentes y la Declaración de las Niñas (The Girl Declaration, texto completo) con propuestas de 508 muchachas sobre las realidades donde sus vidas encuentran obstáculos, y peticiones al mundo adulto, pensando en la Agenda de desarrollo post 2015.

Es un video sencillo, centrado en el derecho a una voz propia (ver aquí, sin subtítulos en español, pero se entiende bien el mensaje) y en las soluciones que se requieren hoy, pensando en 250 millones de niñas en la tierra. El material deja sentir cuidado, coherencia.

Resulta muy distinto y muy vitalizador, además, ver a jóvenes participantes de una iniciativa donde ejercieron consentimiento, donde aparecen tal cual ellas son y donde pueden expresar un mensaje con sus palabras y sin necesidad de agresiones.

Agresión no es igual a indignación. La indignación lleva otra energía, otro gobierno de la voluntad, otra dirección para resistir y transformar lo injusto.

Pensaba en mis hijas, y en la hija de una querida amiga que hoy también (todo ocurre en un miércoles), chiquita como es, defendió con asertividad y un sano enojo (sin agredir a nadie, sólo estableciendo su derecho a decir “así no”), los límites de su corporalidad en la arena de juegos de su jardín.

Indignación. No agresiones. Ni de la pequeña ni de su mamá. Ambas de la mano en un espacio de protesta y también de construcción: hablar las madres, decir “tenemos un problema”, cómo corregimos esta situación y nos ayudamos. Establecer la necesidad de disculpa y enmienda que entre niños, a los 5, 6 años, es un aprendizaje con valor, necesario siempre. Aprovechar el momento.

Vuelvo al video de las niñitas vestidas de princesas, maquilladas. En cualquier otro escenario, estos mismos elementos habrían suscitado las objeciones y reclamos de activistas por los derechos de las mujeres y de la niñez. Ayer, era casi unánime la felicitación de la iniciativa. ¿Vimos el mismo video? La resonancia de un “punto ciego”.

A mayor velocidad, mayor riesgo de perder cosas de vista. Pausa, entonces. Para ver a l@s niñ@s. Para vernos.

Muchas veces en las redes se comparten cosas sin leer antes, sin revisar. Es todo tan rápido, tan inmediato. Se opina sobre un joven muerto en una explosión, sin esperar saber los resultados de la investigación, o sin detenerse a pensar en que –responsable o inocente (y era inocente)- detrás de ese joven había una mamá, un padre, personas que lo querían (y sabemos que hay amores que no son condicionados a la virtud o los errores de quienes amamos; sólo amamos, también ahí tenemos nuestros puntos ciegos, tan humanos).

Las cosas que se dicen en la prisa, las palabras que muerden, pasan por encima, dejan todo seco y ennegrecido como luego de un incendio. Cuánto podría evitarse con un poco de lentitud, apenas un poco. Sé que tampoco sobra el tiempo.

Ayer no hubo espera. El video iba viralizándose y más crecía mi resistencia luego de verlo varias veces. Compartí reparos y signos de interrogación con colegas que trabajan en niñez, expertos en género, y en publicidad. Buscaba respuestas. Buscaba poder, sinceramente, sentirme equivocada, exagerada.

La voz que va cuestionando internamente, “quizás he sobreprotegido a mi hija”, “quizás estoy mal, perdida”. Tropiezan y sin querer se hacen zancadillas la madre-la profesional-la mujer: eso debe ser. O tengo mi propio punto ciego: el abuso, estudiar ética del cuidado, la edad (¿una vieja inflexible, fundamentalista, poco moderna?) y así, decenas de argumentos más para poner la censura o el signo incierto en mí pero no en activistas por los derechos humanos, la justicia, la igualdad.

Punto ciego también en otras realizaciones. Las agendas por las “buenas causas” necesitan ser las primeras en pensar “en cuclillas”, a la altura de los niños y niñas, de los derechos que debemos cuidar para ellos, y del respeto por el tiempo de su niñez y lo que cada etapa en ella permite preguntar, comprender, asimilar.

No termino de desanudarme y en eso mi hija menor llega a mi escritorio. Yo justo revisaba el material y en los segundos que me tomó cerrar la pantalla, su voz estaba en alerta: ¿qué dicen las niñitas con tanta rabia?, ¿por qué dicen fuck?, ¿por qué lo cerraste si es para niños?

Trato de explicarle algunas cosas acorde a su edad, y que en realidad el video está pensado para que los grandes entiendan algunas cosas y cuiden mejor a las niñas, y también a los niños (eso fue mi agregado). Me liquida con un: “¿Y entonces por qué no piden eso los grandes a los grandes, entonces?.

Pocas horas de sueño, no sé si quiero continuar esta conversación que siempre está en curso, pero hoy no me siento con ánimo. Llega unos momentos más tarde mi hija mayor (recién en estas latitudes). Luego una colega querida.

Ambas, antes de decirles nada, comparten las mismas aprensiones sobre el video. ¿Si es esa la forma elegida, por qué no lo hacen sólo activistas adultas?, ¿Dónde queda el cuidado, el consentimiento, el respeto por el tiempo de la niñez de esas niñas?, preguntan.

Definitivamente punto ciego, quizás sin intención ni doblez, pero punto ciego al fin. Por eso, más allá del sentido que tenga en este escrito, no querría volver a ver ese video. Sin ningún ánimo de apoyar su difusión, aquí comparto  enlace de la campaña para que puedan verlo con calma y formar cada uno y una su opinión.

Observarán que no incluye un disclaimer o aclaración sobre puntos relativos a la autorización de las niñas a participar (y si lo pensamos, más cuidado se señala por los animales, al final de películas o comerciales), o bien, sobre el carácter adulto del material, o eso me pareció (inadecuado para niñas y niños pequeños, al menos). Tal vez se dio por entendido. Tal vez no hubo tiempo; o sólo impulso. Arrebato.

Detenerse un momento. Cómo llegamos aquí. Cuál fue el territorio salvaje –dentro y fuera del alma- donde la grieta comenzó, miles de años atrás, y uno y otro lado de esa grieta, del peligro de no poder ser nosotras y nosotros mismos. El libro tan antiguo de nuestros despojos.

Cuerpos de niñas, cuerpos de niños, la última pieza de madera en una muñeca rusa mayor, millones de ellas en la tierra, mujeres, hombres, las capas y edades que nos habitan, la vía subterránea donde vuelan aves o se estrellan aviones contra rascacielos y dejan cenizas irreconocibles. Todo. La herida moral (y física, sexual, emocional, relacional) de un orden que puso a unos cuantos hombres por encima de todos los demás seres humanos: de la totalidad de las mujeres y de muchos otros hombres también.

Cuánta separación y abandonos hemos vivido bajo la regla del padre, del sacerdote (el patriarcado) y agregaría una suerte de tesorero también… la dificultad que arrastramos, como colchones azules que también se pierden en puntos ciegos, sin que lleguemos a ver el estar junt@s, junt@s en esto: llevando, en distintos momentos, los colchones, féretros, o tristezas de unos u otros. También las esperanzas. Y no se puede a dos manos, solamente. Son más, siempre más.

A pesar de todo, aunque no sean todavía suficientes, o no podamos verlas con nitidez, son siempre más.

 “In days to come, when your heart feels undone, may you always find an open hand” — Deb Talan

“Into open hands, blessings fall” – Steve Crandell

Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual (#yorespeto)

Let the soul be assured that somewhere in the universe it should rejoin its friend — R.W. Emerson

Recuerdo que la primera marcha por la diversidad a la cual asistimos como familia fue a fines de los noventa, en otro país. Fueron muchas, y también clases con alumnos y familias, sesiones de terapia (de mamás y papás que querían comprender y apoyar mejor a sus hijos e hijas que habían compartido al fin con ellos, ser homosexuales), reuniones de colectivos pro diversidad para educarnos como familia.

En los 2000 fue ardua la oposición al intento de la administración de G. Bush de introducir una enmienda constitucional que cerrara toda posibilidad de aprobar matrimonios homosexuales (en Georgia fue una campaña sin pausa donde mi hija mayor nos llevó de la mano a muchos rallies; y cuánto aprendimos de ella y de sus amig@s). Hoy en EEUU es indetenible la evolución hacia un país completo que reconoce los derechos iguales, también en el amor, de todos sus ciudadan@s.

yo respeto

Desde esa primera marcha, casi veinte años pasaron y todo lo vivido en otras latitudes se repite ahora –con demora, pero con la misma sensación de maravilla- en nuestro país.

Lo vivimos con esperanza, alegría, confianza: hay otra pequeña en la familia y, como muchos papás y mamás, soñamos para ella  esa nación donde cualquiera sea su camino, sus amores, elecciones, oficios, proyecto de vida, pueda realizarlos.

Me cuesta entender (no sé mucho de leyes, y prefería que obraran desde el amor, con amor, no contra él, sometiéndolo a restricciones), por qué no se discutió de inmediato el matrimonio igualitario junto con el acuerdo de vida en pareja -AVP- para parejas que conviven (cualquiera sea su orientación sexual).

No obstante, como muchos, veo en el AVP un progreso y uno que agradecemos a la tenacidad de hombres y mujeres buenas, activistas y fundaciones que no han detenido su trabajo en décadas, y con mucha mayor urgencia en los últimos años. Recientemente, la propia iglesia, desde su sínodo, deja filtrar también una nueva luz.

Es un nuevo tiempo. En todo el mundo, y en Chile también. Estamos creciendo. Hay una conversación social acerca de la diversidad  –y un universo que se va creando a partir de ella, donde podemos habitar- en la cual pausadamente, o a paso más ágil y veloz, nos vamos encontrando todos y todas.

Posiciones habrá distintas, resistencias también (y lamentablemente, violencias), pero más allá de objeciones u obstáculos no podrán ser omitidos derechos humanos que son universales para todas TODAS las personas, ni tampoco desconocer que las nuevas generaciones viven y seguirán creciendo en un país distinto.

Papás, mamás, educadores -y todo el mundo adulto-, somos una voz importante para nuestros niños y nos ponemos a disposición para escuchar, responder a sus preguntas, acompañar, guiarlos. Aunque no siempre sea sencillo porque también como adultos podemos tener inquietudes, dudas, temas irresueltos, preguntas y emociones.

Confiemos en los niños, en su corazón gentil y su apertura natural a la diversidad que existe por doquier: faunas, floras, comunidades humanas, el amor y las distintas familias también. Ellos saben.

El respeto a la diversidad sexual es un eje fundamental en la educación desde la ética del cuidado. Son demasiadas las evidencias (cotidianas y en estudios expertos) sobre los daños que vienen con la discriminación, la intolerancia, la violencia, o los juicios de género.

Hace dos años, conocí de una investigación en marcha (este 2014 se presentaron sus resultados, ref: Judy Chu) donde ya se avizoraba el sufrimiento de niños varones de prekinder ante la presión de los estereotipos (impuestos por los adultos) en sus juegos, en su forma de expresar afecto, y de vivir la amistad. Llegando a primero básico, sus voces habían cedido terreno a ciertos silencios. También su forma de ser estaba cediendo, y con ella, la confianza en sí, la autoestima, diversas habilidades. Las pérdidas no son triviales.

En un salto del tiempo, los hombres grandes. Un estudio sobre estrés post traumático en sobrevivientes de guerra, llamó mi atención desde el relato de veteranos del Vietnam que agradecían, en las condiciones más desgarradoras, haber vivido tardíamente la posibilidad de relaciones de intimidad afectiva (no románticas, no sexuales) con amigos hombres. Amor.

Al volver de la guerra, sus comunidades, familias y esposas no comprendían la fuerza de esos vínculos de amistad profunda que los ex combatientes, con mucha dificultad, trataban de sostener. Un veterano muy mayor explicaba este amor profundo entre hombres amigos (como una lo ha sentido por sus amigas de toda la vida) y el desgarro de que no bastando con la guerra (y el abandono del gobierno y comunidad al regreso), debieran negar más encima sus propias almas y afectos. Amores que hacían bien; que los conectaban con su condición humana (casi perdida del todo, luego de lo vivido en Vietnam).

Las historias de estos hombres adultos no pertenecen sólo al pasado. Los niños de hoy también viven situaciones de extrema presión sobre su sensibilidad y su autenticidad. Si años atrás a los niños se les decía “no seas niñita” (para jugar, expresar emociones, vestirse, etc), se ha sumado a ello el “no seas gay”.

Cuesta entender que actuemos así cuando la sinceridad, la ternura, la preciosa intimidad que podemos vivir en una relación de amistad, de amor (también con nosotros mismos), son humanas: parte de nuestra naturaleza, de nuestra experiencia. No tienen género.

La presión impuesta por juicios de género ha llevado en algunos países a que los niños varones renuncien a parte de su mundo afectivo, y muy concretamente, a sus mejores amigos:

existen estudios que muestran como durante la básica y hasta fines de ella, al igual que las niñas, los niños contaban con un confidente, mejor amigo, una relación amorosa y contenedora donde compartir sentimientos, dudas, ideas, problemas, alegrías. Entre niños. (ref: Niobe Way, Judy Chu, Michael Kimmel, investigaciones de los últimos veinte años con niños y jóvenes de diversas culturas)

Llegando a finales de la secundaria, 75% de esos niños ya no tenía un mejor amigo. Comenzando los estudios superiores, la pérdida llegaba casi al 100% (y grupos de deporte u otros, no proporcionan necesariamente espacios de intimidad afectiva a los jóvenes varones).

Los muchachos habían renunciado a su afecto, y a su voz más íntima (la que comparte lo más profundo de su sentir): no sólo por las presiones del prejuicio (en el sentido que amistades muy cercanas serían “sospechosas de homosexualidad”) sino por lo que se espera de ellos desde la “masculinidad”. Esa expectiva conocida por los adolescentes (y habría que preguntar también a los hombres adultos en estos tiempos) que los obliga, dicen ellos, a ser autónomos, fuertes, estoicos. ¿Solos? Es una cruel desposesión.

Se habla de las niñas en una situación desoladora e inconcebible (abuso y violencia sexual, matrimonio infantil, pobreza), pero lo que viven ellas por millones también lo viven los niños en números que no podemos sólo asumir menores, sino desconocidos. El último informe de violencia contra la infancia de Unicef (2014) es claro en señalar que muchos niños no denuncian sus sufrimientos por temor, estoicismo, y para evitar ser sojuzgados, ellos y/o sus familias.

¿Cómo ayudamos a cambiar esta realidad? La pregunta del presente y del futuro no puede separar a niños y niñas.

La pregunta, aunque no sepa cómo enunciarla bien, va hacia la forma en que podamos proveer contextos y relaciones humanas que permitan a niños y niñas por igual, sentirse a salvo, aceptados y empoderados a desplegar auténticamente su ser, sus capacidades y atributos diversos. Y a cómo, también, fortalecemos resiliencias y recursos que les permitan a ambos (niños y niñas) ser parte de paisajes que no cambian de un dia para otro, y donde todavía habrá dificultades, escasez, censuras, y más de un dolor.

Ojalá en Chile nos valgamos de advertencias y aprendizajes ya ganados en otros lugares, y vayamos sumando otras historias. Ya existen. He conocido de colegios donde hoy en día están trabajando programas para promover la igualdad de género (y también JUNJI, en sus jardines de administración directa), así como la inclusión y el cuidado amoroso de niños y niñas homosexuales o transgénero con toda la comunidad haciéndose parte.

Más allá de las definiciones y los géneros, volver sobre los seres humanos pequeños y pequeñas a quienes estamos protegiendo, amando, educando.

De un colegio en Santiago surgió una website para orientarnos como familias (www.transexualidad.cl); en otro, una estudiante está viviendo su transición (a niño) con apoyo de compañeros, profesores, y apoderados no sólo de su curso sino de todo el colegio. Son historias que pronto no serán tan excepcionales, pero siempre serán extraordinarias.

En este día del #Yorespeto, quizás como muchos papás y mamás, agradezco de la nueva generación cómo nos enseña que otro mundo es posible. Sus ojos nuevos, su voz clara.

Pienso en mis hijas, en lo que he gozado siendo parte de sus vidas. Las lecciones que he recibido.

“Las personas son personas, todas distintas, el respeto igual para todas”, diría la mayor cuando chica, en reclamo por las clasificaciones de género. La más pequeña, de 6, no conoce las palabras gay, lesbiana, homosexual. Como su hermana, y como otros niños, desde pequeña ha compartido con parejas y familias diversas y no existen los nombres cuando ve lo mismo que en su hogar, en tantos hogares: cariño y cuidado de unos por otros, especialmente de los adultos hacia los niños.

En la última marcha por la diversidad y no-discriminación de mayo 2014, Emilia se quedó fija en un grupo de hombres transvestidos (no estoy segura de si el término es el correcto). ¿Están disfrazadAs porque es la fiesta de las “familias distintas”? Sí, le dijimos. ¿Puedo hablar con la niña de rosado y hello kitty? Por supuesto, si ella quiere también, ¿preguntémosle?

Nos acercamos a él/ella (me cuestan las conjugaciones) y nos acogió con una amabilidad inmensa. Me preguntó, como mamá, si le permitía comer dulces a mi hija. Dije que sí, que en general sí (aunque algunos no nos parecen seguros, por si se atora). ¿Estos están bien? Eran unos koyac (quizás se llaman distintos en estos días), pero chiquitos, estaban bien.

Mi hija le pregunta por su ropa, su cabellera, su cartera (muy colorida), y  en todo recibe una respuesta dulce, lúdica. Luego Emilia le pregunta si pueden retratarse juntas. Ella le responde “hay que preguntarle a la mamá”.

Me emocioné y no sabía cómo se detiene el tiempo o se atesoran momentos así, de tanta inocencia y respeto entre seres humanos, de tanto cuidado de la manada adulta por los más chicos. Asentí, y vi a mi hija alzada en brazos, brillando al sol esas dos cabelleras radicales y alegres, una de color naranjo, la otra de color rosa. Qué momento único. Inolvidable.

Tomamos la fotografía, Emilia feliz, y mi marido también, que fue llamado por la más chica a sumarse al grupo. “Qué tierna la señora”, comenta mi hija al alejarnos. “Su voz era un poco distinta eso sí, como de niño”. ¿Tú la escuchaste distinta?, y en esa repetición de sus palabras y en el tiempo que gano, intento prepararme para la conversación que pueda venir (aunque preferiría que fuera más adelante en esta esfera de la diversidad). “Sí mamá, pero todos tenemos voces distintas”. Acto seguido pasó a comentar otras cosas, los globos, el cielo, un edificio antiguo.

yorespeto

Hasta ahora no se ha abierto una nueva conversación, pero mientras residimos en Nva York, la más pequeña ha cruzado camino, al igual que otros niños, con decenas de parejas de mujeres, todas las edades, y hombres también.

Nos tocó que en el metro, una pareja de lolos se sentó frente a nosotras en un trayecto largo. Iban riendo y siendo muy cariñosos (nada excesivo, sólo una ternura arrolladora). Disfruté viendo a mi hija mirarlos con una gran sonrisa y curiosidad. ¿Son pololos cierto?, pregunta. Le digo que sí, “como tu hermana y Jaime”. Ahh, y ríe con travesura, sin “pero…”, sin más preguntas, tan ligera en una edad donde ya presta atención a las claves y a la noción del amor romántico (que a los 3,4 años aún no estaba presente). Este amor, y el amor por su familia, el cariño por sus amig@s.

El amor que no trae sombras ni reproche, tampoco nombres; que no ve diferencias y sólo reconoce a personas que se quieren.

Escribo esta mañana, lejos, y me pregunto cuántas historias más cómo ésta tendremos para contar. Las nuevas generaciones de niños y niñas viven este tiempo de una forma que puede iluminarnos a todos. Ojalá en este blog, en múltiples espacios y diálogos, otros papás, mamás, herman@s, educadores, pudieran compartir historias de sus hij@s, alumn@s (por favor, sería increíble). Estamos entre tod@s aportando a un tomo mayor en un estante de libros muy querido, donde vamos sumando las etapas de vida de esta nación. Ésta es una buena etapa.

Que sea una bella marcha la de hoy, #Yo respeto

 

yorespeto family En Battery Park, NYC, 18 Octubre 2014, #yorespeto para igual celebrar el buen día.

 

Serie de Diversidad Sexual y la Nueva Generación: Cómo conversamos con nuestros niños (publicada en El Dinamo). Van cinco columnas a la fecha (quedan 3 pendientes). Gracias por concurrir en su lectura:

Introducción  http://bit.ly/1qiIktg, 0-3 años Parte I http://bit.ly/ZecQOx, 0-3 años Parte II http://bit.ly/1t332VC, 4-7 años Parte I http://bit.ly/1tBy94P, y 4-7 años Parte II http://bit.ly/1sdVwGd

 

Agasajo (cumpleaños infantiles)

I will be the gladdest thing/Under the sun/I will touch a hundred flowers and not pick one — Edna St Vincent Millay

Los ritos son importantes, como comunidades, familias, a toda edad, y pocos ritos son más importantes para los niños que sus cumpleaños.

Para madres y padres también es un momento muy especial: de alegría por la presencia de ese hijo o hija en sus vidas, de gratitud por su propia maternidad o paternidad, una instancia para expresar amor, para contemplar (y detener el tiempo) la sonrisa más radiante del mundo. En alguna parte de esta historia algo salió fuera de curso.

La sociedad de consumo y la industria de las celebraciones expanden su influencia y cada vez son producciones mayores no sólo los cumpleaños infantiles, sino muchos otros festejos, bienvenidas a los recién nacidos, santos, días para celebrar a todos, la madre, el padre, abuelos y tíos, la amistad, en fin. El calendario queda corto para tanto “día de…”. Y es un placer poder recordar y celebrar afectos y a personas especiales en nuestras vidas. Debería ser, cuando lo que queremos decir, a fin de cuentas, es “yo te aprecio, te quiero, te doy gracias”.

El placer pierde un poco de energía ante las expectativas desmedidas que inclusive nosotros mismos podemos imponernos. El “ideal”, y la oferta que es inmensa en formas de materializar una celebración (junto a los más diversos presupuestos) nos cercan. A la par, proliferan propuestas para “simplificar” los cumpleaños, pero que éstas se hayan vuelto necesarias nos habla justamente de la escasez de simpleza y de la dificultad en estos días para lograrla.

Lo positivo es que el tema de los cumpleaños no sólo se está revisando en Chile: en otros países se reflexiona también sobre el mismo estrés, así como sobre resistencias, preguntas y  posibles soluciones. La creatividad es una forma hermosa de desacato

Hay familias que han optado por cumpleaños alternativos a las mini o mega producciones que se realizan por estos días. Manualidades, el hogar, una forma “ecológica” de responder. Mientras no sea sólo otra versión para el estrés, esta vez uno “alternativo” (sumado a la angustia, más de una vez, de no querer afectar la relación de nuestros niños con sus compañeros, o su percepción en el grupo), bien pueden servirnos de ejemplo y de guía.

Algo que puede ayudarnos es que quizás antes de llegar al primer cumpleaños del primer hijo o hija -y como en todo tema relativo a sus vidas-, pudiéramos conversar sobre cómo los imaginamos o nos gustaría que fueran: qué queremos expresar con ellos, qué  estamos priorizando en verdad.

Vale hacernos la pregunta sobre qué nos mueve: ¿la alegría inolvidable de nuestros niños, un estilo e identidad de la familia, la inserción de nuestro hijo, sentirnos aprobados, buenos padres, enmendar por algo del pasado? Cualquiera sea la motivación principal, tratemos de definirla, volver a examinarla de forma que los cumpleaños puedan ser sólo un gusto y un gesto amoroso y entusiasta, y no una pesadilla.

Puede ser útil, entre las consultas que hacemos padres y madres a los jardines, escuelas, colegios donde matriculamos a nuestros hijos, incluir la pregunta del cumpleaños y qu[e se prioriza. O bien, cuando asistimos a las primeras reuniones de apoderados, ojalá no tener timidez en plantear el tema porque el estándar que se pueda acordar determina años por venir para ese grupo de niños y familias. Si en kinder todos están con la presión al máximo, ¿qué queda para los 13, 15 años? Podemos partir con más simpleza.

Eso supone conversar del cómo, el dónde, y es distinto un lugar donde sea posible jugar juntos, que uno donde los niños terminen jugando cada uno por su lado. También está el tema de los presupuestos, el valor de los regalos, etc. Sobre estos y más puntos se pueden tomar acuerdos; reflexionar sobre qué necesita realmente un pequeño de 2, 6 u 8 años. No se trata de restricciones sino de colaboraciones en una comunidad que al menos, como se da en Chile, podría compartir más de una década en un mismo colegio.

Siendo mamá de dos niñas con veinte años de diferencia, ha sido complejo el tema de los cumpleaños porque el escenario cambió radicalmente en dos décadas.

Al partir de Chile a mediados de los noventa, los cumpleaños a los que asistía mi hija mayor se realizaban en las casas de sus amiguitos, había torta y golosinas, se invitaba a todo el curso (como política del colegio, informada al momento de la matrícula), y los apoderados sólo iban a dejar y a buscar. Adicionalmente, se le podía pedir a un hermano o prima joven (generalmente scout), y si no, a universitarios que trabajaban part time que ayudaran con juegos y animaciones para un grupo de niños que no era menor: compañeros más primitos.

No fue muy distinto lo que encontré en nuestro nuevo hogar, en otro país donde recién a los 12, 13 años, hubo algunas fiestas más producidas, pero durante la enseñanza media todos los cumpleaños fueron en las casas y en horarios bastante razonables. No sé si fue solo buena fortuna, pero no recuerdo ni una sola oportunidad en que mi hija volviera triste o accidentada de una fiesta durante su vida escolar: siempre regresó feliz y lista para dormir. Tampoco recuerdo de ella o sus compañeros que compitieran en esta esfera, ni que exigieran a sus padres mucho más que una torta de un sabor preferido y quizás con un personaje o un mensaje especial junto a las velas. Ni siquiera en EEUU, el imperio del consumo, vi mayores estreses en esa época.

Muy distinta fue la realidad que me encontré en el regreso a Chile el 2011. Inclusive, los cumpleaños en  jardines infantiles habían aumentado la “producción”. Un colega me dijo “esto no es nada. Prepárate cuando entre al colegio”. No le creí y tuvo que mostrarme fotos en su celular de varios cumpleaños del curso de una de sus hijas. Comencé a preguntar en todos lados, y me di cuenta de los esfuerzos, a veces al punto de importantes endeudamientos, que hacían las familias para celebrar los cumpleaños. No era lo único que había cambiado.

Ahora, además de los niños, asisten los apoderados. Todos ellos, en prekinder, kinder y hasta segundo básico a lo menos, a veces más. Cualquier presupuesto de cumpleaños duplicado o triplicado no es menor, y pocos hogares cuentan con el espacio donde reunir a tantas personas permitiendo además holgura para los juegos de los niños, que al final es lo que debería ser central. Quizás por eso la enorme oferta de locales y modalidades de cumpleaños – verdaderos “paquetes”- para todos los presupuestos. La presión es evidente.

En tres años nos ha tocado asistir a sólo un cumpleaños, que no era del colegio, organizado sin papás (el pedido fue explícito: NO vengan). Confieso que me costó, dejé teléfonos, un papelito con recordatorios varios (sobre alimentos, susto a la piñata, idas al baño, y casi frecuencia cardíaca y número de pecas) y nos fuimos con mi marido a un café muy cercano, por cualquier cosa.

Cuando llegamos puntualmente a buscarla (duraba dos horas exactas) encontré a mi hija dichosa -y todos los niños, en verdad-, los papás conversamos unos minutos, ayudamos a recoger algunas cosas, y acordamos todos partir al mismo tiempo de forma que los niños no sintieran que se perdían de algo. Salí de ese festejo preguntándome muchas cosas.

Soy enfática en vindicar el argumento del cuidado, la cercanía de los padres y madres, y la construcción de confianzas gradualmente, pero también me surge la pregunta sobre nuestro rol en ir habilitando seguridades, autonomías en nuestros hijos, paso a paso. El ritmo lo va estableciendo cada familia, en función del niño o niña, su edad, sus características, sus recursos.

En estos días, muchas veces, si una mamá pregunta si debe acompañar a su hijo o si quizás no los estaremos ahogando, muchos la miran como desnaturalizada o antisocial. He oído comentarios como “estos papás sí son preocupados” –siempre asisten a las celebraciones- pero pueden estar perfectamente haciendo vida social sin ocuparse mayormente de un niño o niña que está, por ejemplo, no corriendo riesgos físicos, pero sí tratando mal a sus compañeros durante la fiesta.

Siempre hay más de un ángulo y quizás lo que valdría preguntarse, además de las preferencias y recursos de cada familia y las consideraciones muy específicas en relación a nuestros hijos, es si entre la producción épica y masiva del cumpleaños, y formas más sencillas de hacerlo, no habrá otras modalidades intermedias donde, con confianza en el cuidado,  los niños puedan disfrutar de sus festejos, y los papás y mamás disfruten también, con menos presiones. Por ejemplo tomando turnos en grupos de mamás y papás (no todos los del curso) para potenciar el cuidado de los hijos y para ayudar durante la fiesta, o bien reuniendo un par de cumpleaños cuando fechas son cercanas, en fin.

Un papá me comentaba que hay períodos en que todos los fines de semana hay cumpleaños, a veces sábado y domingo, y que se siente culpable de no querer llevar a su niño. A mí me ha pasado también. Porque quiero tiempo personal, de familia y con mi hija en un pulso diferente al de la semana. Agasajo, el hogar.

Tan importante como el juego libre en días feriados y hábiles (y soy enemiga de las tareas, y no uso “enemiga” livianamente), es que los niños puedan estar en su casa, ser parte de y ojalá disfrutar de rutinas domésticas (para no asociarlas el día de mañana al “tedio”), conversar con sus papás y mamás, o hacer nada a veces, y aprender a descansar, a ir más lento, a no tener que correr de una actividad a otra. Hay chiquitos que con o sin cumpleaños pasan mañanas y/o tardes enteras del fin de semana ocupados y te dicen “yo quiero estar en mi casa, eso no más”. Escuchar.

Escuchar también lo que cuentan en relación a los cumpleaños.  “Lo que más me gustó” puede no ser el regalo más caro o más trendy, sino que vino una primita de fuera de Santiago, un determinado juego, o que la profesora les haya escrito un pequeño saludo. Me pasó con mi hija que de su cumpleaños más reciente (el sexto, y fue importante, confieso, porque era cumpleaños y fiesta de despedida de Chile) lo que más disfrutó fue un dibujo que le hizo una amiguita, unas guirnaldas que recortamos juntas semanas antes, y el que su hermana mayor se disfrazara de Spider-man. Ese fue su relato principal, para nuestra sorpresa. Incluso semanas después, en otro país, la misma memoria.

Siento que acaso lo más valioso de los cumpleaños tiene que ver con que nos invitan a mirar el significado que celebrar amores tiene para cada uno. Cuánto espacio libre encontramos ahí; cuánta consideración. Hay preguntas sobre la ostentación, la moderación, los ciclos de la vida (¿cómo lo haríamos en tiempos difíciles, de cesantía ni dios quiera, de apremios, o esfuerzos por otros horizontes donde el ahorro es esencial? cuánto autogobierno podemos sensata o ligeramente sacrificar por endeudarnos), los límites que nos ponemos y los que no elegimos, lo que queremos hacer, transmitir a nuestros seres queridos con nuestros actos de agasajo.

Como todo, los cumpleaños también son instancias de aprendizaje para nosotros y especialmente para nuestros niños, y junto a otros valores como la amistad, el compartir, convivir, asimismo es un valor el cómo nos acercamos a los ritos, cómo aprendemos a dar, a recibir, a disfrutar y pasarlo bien, qué necesitamos para ello (cuánto puede necesitarse, en verdad),  qué sentido le damos.

He conocido niños y niñas que al crecer, eligen por ejemplo pedir de regalo de cumpleaños (o navidad) algo para otros, o cumplir un sueño especial (que no necesariamente implica gastos), o que esperan ansiosos la fecha porque sus papás, o sus abuelos, cada año les hacen un pequeño álbum de recuerdos del año que acaba de pasar. Hay más matices que sólo una gran fiesta y los esmeros que se ponen en ella (o los sacrificios, que muchos papás realizan amorosamente). Este tiempo nos abre una buena oportunidad de explorar y conocer estos matices. De aprender y re-descubrirnos también, junto a nuestros niños, en las familias que somos.

 

P.S: Recomiendo la lectura de esta excelente  nota de la periodista Mónica Stipicic acerca del tema “El Estrés de los Cumpleaños”– Oct. 11, 2014