sin titulo (sb sename)

no tengo FB (uno de autor, pero no lo llevo yo), pero aquí en esta hoja suelta (es word, pero como si fuera un cuaderno) escribo esta breve nota atropellada y de comienzo del día, para reconocer el valor de la carta de M. Waissbluth, y la columna de Marco Antonio de la Parra ayer en voces, y el reportaje de revista Paula en los hogares de mamás niñas-adolescentes (violadas, embarazadas, abandonadas a su suerte), el de ciper sobre el poder judicial, y mañana el de Contacto sobre la muerte de Lisette, y las decenas y quizás ya cientos de columnas escritas y cartas a la autoridad a lo largo de tantos años intentando denunciar, apelar, suplicar, persuadir, convencer, hasta encantar, y podría seguir con los verbos porque en realidad han sido muchos verbos, muchas personas, preocupadas de los niños y sosteniendo una voz adulta que los recordara, visibilizara, que atendiera a sus necesidades. Fracasos sobre fracasos. La indolencia fue, ha sido, sigue siendo otra forma de continuar victimizándolos y todos los reportajes del mundo no han ayudado a despertar ante el horror, y actuar urgente, no sólo como ciudadanos sino quienes hacen las leyes y llevan la marcha del gobierno. Cuando vi el anuncio de los millones para TVN, como muchos, habría salido a gritar, pero era tanta la rabia que  tomé una pausa, le tengo tanto miedo a la violencia, tanto, de quien sea, incluso si llega esa energía a habitarme por un día (peor, si me secuestrara, y no, no es de shalaila y viva la paz, es de rebeldía, de resistencia, porque la violencia es la peor sombra de mi vida, por lejos, y no quiero cederle un mm cuando por años me quitó tanto y eso daría ya lo mismo, yo estoy vieja, pero cada día sé de niños y niñas, y seres humanos de todas las edades a quienes el abuso sexual, la violencia física o psíquica dejó malheridos, entonces no, menos todavía, con ella, con la violencia, ni a misa, ni a la vuelta de la esquina, no).

Se anuncia para unos meses el informe de una comisión sename en el congreso (es la segunda, la primera fue en 2013) que debe –y no es broma- “evaluar los avances y retrocesos de lo informado por la comisión del 2013-2014”, palabras del dip. Saffirio). Sigamos perdiendo tiempo, vidas de niños.  Hemos escuchado tanta denuncia y ¿qué se mueve? ¿Qué cambia? Dónde está la cámara y el senado, donde coninfancia (sin comentarios), el indh, donde está la Presidenta, y perdón la ingenuidad, pero dónde están todos. Porque habría esperado hace rato verlos en los hogares, quedarse ahí, pedir perdón, o decir nada, y sólo dormir ahí una noche, en esas camas (que sí están consumidas, muchas, por orines de niños que no ven para cuándo poder reducir su enuresis), y comer esa comida, ir a esos baños y tratar de tomar una ducha con casi cero privacidad (ni tranquilidad). Y también, hace mucho, habría esperado que nuestras autoridades, algunas, un puñado, dieran un día libre a los funcionarios y tomaran un turno, un turno apenas (y muchos son de 24 horas) y vieran cómo se puede, si es que se puede -en un contexto de precariedad, de todo insuficiente, de miseria también- acompañar, contener, estar despierto la noche entera para evitar que unos niños abusen sexualmente de otros, y consolar a los que lloran con pesadillas, y cambiar sábanas de madrugada, y seguir al día siguiente en el empeño de guiar rutinas, o jugar con veinte, treinta niños, y responder a sus necesidades particulares, sus estados de salud, sus tareas (los que van a la escuela ¿quien los ayuda?) sus conflictos, sus nostalgias, sus insomnios, sus deseos incumplidos, o sus “accidentes” (un niño que se caiga y rasmille las rodillas, uno vomite, uno con diarrea, sólo uno a quien ayudar, y la atención se aleja de todos los demás que quizás justo están tensionados o peleando por algo). Padres con 3 o 4 hijos cuentan lo difícil que es a veces el sencillo ejercicio de tener ojos para todos ellos en un paseo, o escucharlos a todos en un almuerzo…

Los informes no sirven, los reportajes, las fotografías… la agitación desborda, qué terrible, qué inhumano, y es sincera la congoja, el consenso en el dolor, incluso, “algo” de vergüenza (fuera toda, no nos podríamos levantar) porque como seres humanos podamos permitir que a otros seres humanos, pequeños, los traten así. Pero la compasión es inestable, lábil, la prensa tiene otro ritmo, los temas caen por aludes, y la atención a lo que va siendo inmediato, supera a la memoria. Se olvida. Quizás porque los sentidos no lo han registrado. Porque lo que no se ha visto, ni olido, o tocado, y los llantos no escuchados, permiten distancia, dejarlo “para después”, o incluso, resignarse a que no hay más nada que hacer. Las fotos de niños refugiados pueden dejar margen para esa distancia, tal vez (no podemos ir allá y hacer algo en vivo, y me pregunto y me pregunto, y es una lesera quizás, pero cómo se va a enseñar de DDHH o de ciudadanía, o de nada en Europa en estos tiempos, mientras los niños en las aulas están posiblemente viendo a esos otros niños, como ellos, tras alambradas y siendo tratados con menos dignidad y piedad de la que se trata probablemente a muchos animales de zoológicos o reservas de conservación naturalista en sus países de la UE….

y cómo se va a enseñar de DDHH aquí, en nuestro país, a nuestros niños…algún día comprenderán la dimensión de tanta negligencia, tanto daño del Estado

Aquí, ahora.

Los niños en Sename no están del otro lado de un océano, sino en cada ciudad, de cada región, de todo el país, quizás a media cuadra de nuestro hogar. Pero como si no estuvieran ¿Quién intercede por ellos? El INDH dónde está, muchos nos lo preguntamos ¿y unicef? (que les falló garrafalmente el 2013 al punto que debimos denunciar a la sede chilena en EEUU), o la OEA, ¿alguien en CHile? De ninguna parte, luz, cero luz, y  van varias semanas intentando entender si y cómo se puede denunciar al Estado de Chile en cortes internacionales (mientras vemos que CIDH está al borde la quiebra), y a la par escribiendo cartas, y esperando en el frente interno que por ej se devuelva el presupuesto de salud mental que había quedado aprobado el gob anterior pero no llegó a los niños…. cada noticia peor que la anterior, y aumenta la angustia, la frustración, la indignación pero éstas no alcanzan para reflexionar y decidir cursos de acción, ¿qué hacemos solamente con más denuncias, más sentimiento de culpa, con más ira desatada y odio como algunas vocerías 24/7 difunden por RRSS sin el menor cuidado, con tanto encono que llega a paralizar las respuestas que necesitamos del colectivo? Y a puro grito poco y nada cambia. Sabemos que lo hemos hecho mal, pésimo (y muchas responsabilidades deben ser sancionadas, eso no está en cuestionamiento) pero mientras están los niños pasando otro día, otra noche, en iguales condiciones. ¿y ahora qué, en serio qué? Qué puede esperarse ya de un Estado con el que no da para sentirse encariñado ni orgulloso ni nada en este momento (y no tiene que ver con adhesiones o si se votó o no por el gobierno de turno), pero que sigue siendo el de “nuestro país” y el de los niños y niñas en el sistema de protección…cómo no ponerse a disposición, morderse el alma y poner el centro en los más chicos, aunque no sintamos que el Estado merezca la menor consideración a estas alturas…de dónde sacar más fe

Confieso que pienso en Sename y siento en la cabeza gritos antiguos o un ruido como el que sale de esos parlantes gigantes cuando están mal ajustados, en un concierto rock (o lo que recuerdo de ellos, no voy hace mil años, y a veces hasta querría), las neuronas desobedecen quizás porque el cuerpo entero también opone resistencia, porque hay cuotas y límites de lo que podemos procesar de penas y horrores en un día humano, o en 7 de una semana (y quienes trabajamos en abuso sexual sabemos que a cualquier hora llegan llamados, mails, denuncias, o pacientes de un tiempo, y no es llegar y decirle a alguien “ahora no puedo, y vamos a esperar a mañana para conversar”, cuando esa persona está queriendo morirse, o cuando son papás y mamás que no saben qué hacer ante el relato de un hijo de 4, años que recién, casi al pasar, antes de dormir, les cuenta algo que ellos claramente reconocen como abuso). Mañana será el Contacto con La vida de Lisette, y será terrible muy posiblemente (es difícil imaginar que no lo sea), y nos iremos a dormir con el corazón apretado, y luego será lunes y esperaremos leer en alguna parte que fue tal la conmoción, que Ejecutivo y Legislativo interrumpieron sus agendas casi por un estado de emergencia nacional comparable al de un sismo, para poner toda su energía en  comenzar no sólo  a pensar cómo responder a la crisis (y esperar que el comité asesor del comité asesor and so on, diga algo), sino actuar, poner manos a la obra y definir un plazo, nunca escuchamos un plazo, necesitamos desesperadamente un plazo y no del tipo “de aquí a noventa días entregaremos las bases mínimas para que el Ejecutivo luego proponga la nueva estructura blablá” (revisen declaraciones de pdte comisión Sename 2, son esas, menos el blablá que lo agrego yo, el ruido vacío, el chicharreo que queda en el alma luego de escuchar cien veces lo mismo). Necesitamos un plazo que diga cuándo, cómo, qué espacios se conseguirán o construirán comenzando ayer, qué dinero se va a sacar de no sé dónde, cuánto tomará materializar correcciones inmediatas, en fin (por favor lean si pueden 7 medidas urgentes del abogado Pancho Estrada). Queda mañana domingo, tengamos miedo no del reportaje de contacto, sino de la no-reacción, la complacencia, la demora todavía. Miedo de que sigamos habilitando este trato a los niños en Sename, no tan distinto del que condenamos cuando se trata de los niños refugiados tras alambradas y en medio del barro frío o el calor incinerante, o frente a sus cuerpos mínimos e inermes en orillas de playas del atlántico (aquí, lejos, en muchos hogares del sistema de protección, para los niños y niñas es la misma orilla, aunque no la queramos ver o no sepamos qué hacer todavía)

Niños vs un metro cuadrado

(*)  Versión completa de Carta al director, publicada (en versión abreviada) el día sábado 8 de agosto, 2015, Diario La Tercera, en Correos de los Lectores (ver texto). Ojalá vecinas y vecinos que tenemos niñxs, y vivimos y/o trabajamos en la comuna de Providencia, en Santiago de Chile, podamos hacer llegar nuestras opiniones al Consejo Municipal.

NIÑOS VERSUS UN METRO CUADRADO

Sr Director:

En un acto incomprensible, el pasado 4 de agosto de 2015, el  Concejo Municipal de Providencia rechazó un proyecto de sala cuna completamente financiado por el gobierno central, tanto en su infraestructura como en su operación.

El municipio sólo debía aportar el terreno, una propiedad ubicada en la calle Padre Mariano -en desuso por años- donde Junji construiría dos sala cunas y dos niveles medios más que necesarios en una comuna donde contamos con una sala cuna y dos jardines infantiles públicos, nada más.

La demanda de residentes para el proyecto está plenamente justificada sólo tomando en cuenta a los niños de 0 a 2 años que viven en esa área (correspondientes a las Juntas de Vecinos 1 y 3). Además, son muchas las madres y padres de otras comunas que trabajan en Providencia, con hijos pequeños que requieren de cuidados, estimulación, y de la cercanía de sus progenitores en un período  crítico y determinante de sus vidas.

El derecho a la lactancia, y al desarrollo de un apego seguro son insuficientemente protegidos en un país donde el postnatal sólo cubre 6 meses y no es universal (dejando fuera a madres trabajadoras independientes, temporeras, y estudiantes), y donde la conciliación es todavía una quimera. El imperativo de cuidar, ya tensionado en esta realidad, dependerá en gran medida de la disponibilidad y posibilidad de mamás, y/o papás, de acceder a sala cunas cercanas a su lugar de residencia o trabajo.

Chile es un país donde el bienestar de cada nueva generación está lejos de ser una prioridad. El maltrato a la niñez es consuetudinario y llega a niveles barbáricos (71% de los niños y niñas viven alguna clase de violencia, física, psicológica y/o sexual, según reporte UnicefCL 2012). Y la educación parvularia se posterga sistemáticamente, mientras el resto del mundo desarrollado duplica y hasta cuadruplica su inversión en ésta (con un retorno de 200% por cada dólar invertido).

Cuando cinco ediles (Rodrigo Garcia Marquez, Pedro Lizana, Ivan Noguera, Pilar Cruz y Manuel José Monckeberg), defienden “el valor del metro cuadrado” por sobre el cuidado y educación temprana de 48 niños, o de uno, no sólo malversan la misión de servicio público que les fue encomendada, sino que vulneran un acuerdo colectivo de protección a la niñez,  asumido por el gobierno municipal del cual ellos también forman parte. Deben por lo mismo actuar en coherencia.

Como madres-vecinas de la comuna, respetuosa y muy categóricamente, les conminamos a rectificar.

Vinka Jackson y Daniela Miranda

Psicólogas

@CriandoContigo

Un pedazo de cielo…

Comenzó la mañana notando la lluvia torrencial (dicen que podría nevar también) y leyendo sobre la muerte de Pedro Lemebel. El tono del amanecer, pura melancolía.

Hice retuit de un mensaje hermoso de Andrea Insunza, y luego me agarró una pena que se me quedó atorada por horas, desde que preparé a mi hija para el colegio y hasta que regresé a casa.

Recordé de inmediato que hace apenas dos días, 48 horas, un joven diputado, Gabriel Boric, había citado (y honrado) a Lemebel durante una sesión en el Congreso. Ese honor, coincidente con la aprobación del acuerdo de vida en pareja, o pacto de unión civil en Chile (no equivalente al derecho igualitario de todos los ciudadanos al matrimonio, pero un avance al menos),  traía pura vida, pura presencia:

Lemebel fue/es/será por siempre, un grande de las letras. Yo lo leí por primera vez cuando la generación de Gabriel Boric –misma de mi hija mayor- no imaginaba venir al mundo. Pero más que sus letras, fue su congruencia, su lucha y mensaje, su abrirnos los ojos a grafito calado (pulverizando el lápiz en la hoja), lo que se queda aquí.

Su nombre lo conocí vinculado a la oposición a la dictadura, a maestras como Pia Barros y Diamela Eltit. Finalizando mi primer año de universidad, no recuerdo exactamente cuándo, pero sí que circulaba el texto de Lemebel “Hablo por mi diferencia”: un manifiesto único en Chile (incluso con los ojos de este milenio) que describía un universo del cual, entonces, podía comprender sólo algunas claves.

Venía, a mis 18 años, apenas elaborando mi propia historia de los últimos diecisiete, otras pérdidas. La balacera no resonaba solamente fuera, en las calles. La sentía por doquier. Para cambiar los sonidos, siempre las letras. Y recuerdo a Lemebel porque él, sus yeguas del apocalipsis, sus palabras, me llevaron en el cambio de 1986 al 87 a aceptar la inusitada proposición de un amigo -nunca supe por qué- de ir a caminar al barrio de San Camilo.

Caminar, solamente, en un área de la ciudad de la cual yo ignoraba toda existencia; también, de sus habitantes. La presencia de la diversidad sexual, lo he compartido antes, me era cercana desde el ballet, ese mundo bello pero contenido; de todos modos distante. Y algo de marginalidad había ahí, mágica, glamorosa si quieren, pero su lejanía de otros territorios se dejaba sentir. Más allá, otra, otras marginalidades, lejos, o eso creemos, y corremos el riesgo de olvidar. Tanto olvidamos, que de pronto es 2015 y la mitad de la riqueza global está en manos de un 1% de la población (388 personas, ver).

En Chile, es bastante similar la situación: un 1% es dueño de un 35% de la riqueza nacional (ver, “el país más desigual”), y todavía 23% de niños, niñas y adolescentes viven en situación de probreza, esto es, más de un millón de niños (ref: Observatorio Niñez, 2013). La brecha sobrevive, sana y salva, implacable. Lemebel miró detenidamente el margen, lo habitó, no cesó su declamación y resistencia (“A pesar de los homenajes, sigo estando al borde del camino letrado” dijo en 2013)

El margen inagotable en su capacidad de desplazar, o desplazarnos. Pero eso no lo tenía tan claro entonces como ahora.  Aquello de lo que escribía Lemebel treinta, quince, o unos pocos años atrás, no es historia pasada, no del todo, no todavía: distraídos o desconcertados frente al viento de un tiempo tremendo, dispersos unos  y otros, en vez de concurrir a un punto donde sea posible resistir el vendaval, amortiguar soledades, incertidumbres, tantas injustas desprovisiones. Un punto donde sentirnos, constatarnos al fin, iguales: responsables unos y otros de cuidarnos, y en el centro de un círculo de todos, a quienes más necesiten (los niños, por ejemplo. Siempre).

Debería ser el margen sólo hacendoso en delinear prioridades -la vida, los afectos-, protegernos, contenernos. No servir para apenas aferrarse a la supervivencia mínica, o avalar desplazamientos hacia el vacío (o cualquiera sea el lugar de fuga donde perdemos la noción de miles de los nuestros, humanos de todas las edades, sus vidas, sus muertes también).  Hice memoria de esa sensación de divisiones invisibles, innecesarias siempre, y esa salida a caminar con un amigo por San Camilo el 2014, veintiocho años después.

Fue a propósito de la primera marcha por la diversidad del 2014. Alguien me comentó “yo creo que soy bastante más protector que tú con mis hijas” y agregaría: “no sé cómo dejaste que un travesti tomara en brazos y tocara a tu niña”, a propósito de la fotografía donde aparecen juntas mi niña y la artista conocida como “La póstuma muerte” (un cruce de caminos del cual escribí en un posteo pasado “Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual” ). En un correo de comienzos de septiembre, me preguntaba además por cómo lo estaba haciendo con “todas esas realidades a las que mi hija sería expuesta” viviendo en Nva York. Una profesional a quien conocí al llegar, a todas luces moderna y progresista (y full new yorker), me advirtió sobre evitar arrendar en ciertas áreas porque los travestis se paseaban “a plena luz del día”  y “obviamente” las familias con niños debían evitar esa cercanía.

Antes de protestar, o de sentirme juzgada como mamá (y con la culpa en alerta máxima), preferí detenerme y preguntar, en cada ocasión, por qué o dónde veían problema o peligros. En realidad, no había grandes argumentos de peso, pero rondaban palabras como “depravación”, “desviación”, “vida desordenada” y “…quizás qué enfermedades de todo tipo”.

A pesar de todo, llamó mi atención el que en ambos discursos no hubiese odio ni agresividad, y aprendí, disolviendo mi propio prejuicio acerca del “prejuicio”, que no todos –muchos sí, pero no todos- se acompasan ineludiblemente con la violencia o el desdén. Sinceramente, en este hombre y esta mujer, ambos jóvenes, no había desprecio, tampoco afán de exclusión, sólo desconocimiento y temor, tan humano, ante aquello que nos resulta desconocido, justamente.

Fueron buenas conversaciones. Horas bien dedicadas en las cuales todos dejamos atrás pre-nociones, como si hubiesen sido pequeñas y triunfantes pilas de piedritas, cemento y cartón, tal cual los niños cuando ven un pequeño agujero en la muralla y no pueden resistir la tentación de escarbar un poco, y otro, y así, hasta dejar un forado mayor. A veces, hasta poder mirar hacia el otro lado.

A propósito de la aprobación del AVP/PUC en el congreso, me escribió el papá “protector”, valorando el avance, y contándome que finalmente había compartido la foto de “La póstuma muerte” y mi hija con las suyas. “Encontraron a la artista ‘notable’. No me preguntaron nada, no hubo complicaciones…en realidad los niños son harto más generosos que nosotros”. Volver a mirar, con ojos de niño. Ese retrato, Emilia.

El día martes de la aprobación del AVP o PUC en el Congreso, pasamos gran parte de la tarde en un parque con juegos infantiles. Cuando llegaba al máximo mi capacidad de resistir el frío, mi hija pide “cinco minutos más”, no para continuar en los columpios sino para mostrarme algo que había visto con su hermana, unas semanas atrás.

Caminamos un trecho y llegamos a un memorial para veteranos de guerra de este pueblo perdido en las montañas. Sin entender mucho de guerras –su hermana prefirió omitirlo-, me cuenta que ahí están enterrados muchos “viejitos muertos” y que como los querían mucho, les construyeron un puente especial con sus nombres para recordarlos. Pero lo más importante, me dice, es que en este punto (la mitad justa del puente) “se ve el cielo y la puesta de sol más linda”. Era su regalo.

Quedé sin palabras y es cierto que en mis cuarenta y siete años, pocos lugares como éste (en tierra Cherokee) me han emocionado tanto con su cielo y sus distintas luces a diferentes horas del día: especialmente el crepúsculo. Lo que jamás imaginé, a esta edad, es la emoción que vendría con una hija que apenas emprende camino. La felicidad, y la preocupación también, indecible (como para muchos papás y mamás mayores), de poder contar con suficientes años.

Recorriendo el memorial, como si adivinara, comienza un frase con “cuando te mueras como estos viejitos…” y de inmediato, con toda alegría, promete que nada cambiará su amor y que siempre cuidará del árbol que crezca donde yo quede. Entonces agradezco este puente, los cementerios en el camino, y las leyendas cherokee, y todo aquello que hace que mi niña, como muchos niños de su generación, vean la muerte de la mano de la vida, mientras una inútilmente se deshilvana un poco temiendo la mortalidad.

Como a muchos, no se me hace fácil asimilar pérdidas, ni soy buena con los homenajes, y tampoco tengo religión desde donde articular palabras o ritos para este tipo de ausencias. Sólo me queda escribir, buscar entre lo que traigo conmigo y ver qué sirve. Pensé hoy en el cielo que me regaló mi niña, en cualquier cielo, de cualquier color, todos los colores ojalá: un pedazo de cielo o un cielo entero (sin pensar en paraísos improbados, sólo en espacio de vuelo) como ofrenda para Pedro Lemebel en su partida. Y sus propios versos donde mucho antes de nacer, ya existían todos nuestros niños, hijos de todos, que él nos ha pedido también cuidar:

A usted le doy este mensaje
Y no es por mí
Yo estoy viejo
Y su utopía es para las generaciones futuras
Hay tantos niños que van a nacer
Con una alita rota
Y yo quiero que vuelen compañero
Que su revolución
Les dé un pedazo de cielo rojo
Para que puedan volar.

Pedro Lemebel (de Hablo por mi Diferencia)

Agasajo (cumpleaños infantiles)

I will be the gladdest thing/Under the sun/I will touch a hundred flowers and not pick one — Edna St Vincent Millay

Los ritos son importantes, como comunidades, familias, a toda edad, y pocos ritos son más importantes para los niños que sus cumpleaños.

Para madres y padres también es un momento muy especial: de alegría por la presencia de ese hijo o hija en sus vidas, de gratitud por su propia maternidad o paternidad, una instancia para expresar amor, para contemplar (y detener el tiempo) la sonrisa más radiante del mundo. En alguna parte de esta historia algo salió fuera de curso.

La sociedad de consumo y la industria de las celebraciones expanden su influencia y cada vez son producciones mayores no sólo los cumpleaños infantiles, sino muchos otros festejos, bienvenidas a los recién nacidos, santos, días para celebrar a todos, la madre, el padre, abuelos y tíos, la amistad, en fin. El calendario queda corto para tanto “día de…”. Y es un placer poder recordar y celebrar afectos y a personas especiales en nuestras vidas. Debería ser, cuando lo que queremos decir, a fin de cuentas, es “yo te aprecio, te quiero, te doy gracias”.

El placer pierde un poco de energía ante las expectativas desmedidas que inclusive nosotros mismos podemos imponernos. El “ideal”, y la oferta que es inmensa en formas de materializar una celebración (junto a los más diversos presupuestos) nos cercan. A la par, proliferan propuestas para “simplificar” los cumpleaños, pero que éstas se hayan vuelto necesarias nos habla justamente de la escasez de simpleza y de la dificultad en estos días para lograrla.

Lo positivo es que el tema de los cumpleaños no sólo se está revisando en Chile: en otros países se reflexiona también sobre el mismo estrés, así como sobre resistencias, preguntas y  posibles soluciones. La creatividad es una forma hermosa de desacato

Hay familias que han optado por cumpleaños alternativos a las mini o mega producciones que se realizan por estos días. Manualidades, el hogar, una forma “ecológica” de responder. Mientras no sea sólo otra versión para el estrés, esta vez uno “alternativo” (sumado a la angustia, más de una vez, de no querer afectar la relación de nuestros niños con sus compañeros, o su percepción en el grupo), bien pueden servirnos de ejemplo y de guía.

Algo que puede ayudarnos es que quizás antes de llegar al primer cumpleaños del primer hijo o hija -y como en todo tema relativo a sus vidas-, pudiéramos conversar sobre cómo los imaginamos o nos gustaría que fueran: qué queremos expresar con ellos, qué  estamos priorizando en verdad.

Vale hacernos la pregunta sobre qué nos mueve: ¿la alegría inolvidable de nuestros niños, un estilo e identidad de la familia, la inserción de nuestro hijo, sentirnos aprobados, buenos padres, enmendar por algo del pasado? Cualquiera sea la motivación principal, tratemos de definirla, volver a examinarla de forma que los cumpleaños puedan ser sólo un gusto y un gesto amoroso y entusiasta, y no una pesadilla.

Puede ser útil, entre las consultas que hacemos padres y madres a los jardines, escuelas, colegios donde matriculamos a nuestros hijos, incluir la pregunta del cumpleaños y qu[e se prioriza. O bien, cuando asistimos a las primeras reuniones de apoderados, ojalá no tener timidez en plantear el tema porque el estándar que se pueda acordar determina años por venir para ese grupo de niños y familias. Si en kinder todos están con la presión al máximo, ¿qué queda para los 13, 15 años? Podemos partir con más simpleza.

Eso supone conversar del cómo, el dónde, y es distinto un lugar donde sea posible jugar juntos, que uno donde los niños terminen jugando cada uno por su lado. También está el tema de los presupuestos, el valor de los regalos, etc. Sobre estos y más puntos se pueden tomar acuerdos; reflexionar sobre qué necesita realmente un pequeño de 2, 6 u 8 años. No se trata de restricciones sino de colaboraciones en una comunidad que al menos, como se da en Chile, podría compartir más de una década en un mismo colegio.

Siendo mamá de dos niñas con veinte años de diferencia, ha sido complejo el tema de los cumpleaños porque el escenario cambió radicalmente en dos décadas.

Al partir de Chile a mediados de los noventa, los cumpleaños a los que asistía mi hija mayor se realizaban en las casas de sus amiguitos, había torta y golosinas, se invitaba a todo el curso (como política del colegio, informada al momento de la matrícula), y los apoderados sólo iban a dejar y a buscar. Adicionalmente, se le podía pedir a un hermano o prima joven (generalmente scout), y si no, a universitarios que trabajaban part time que ayudaran con juegos y animaciones para un grupo de niños que no era menor: compañeros más primitos.

No fue muy distinto lo que encontré en nuestro nuevo hogar, en otro país donde recién a los 12, 13 años, hubo algunas fiestas más producidas, pero durante la enseñanza media todos los cumpleaños fueron en las casas y en horarios bastante razonables. No sé si fue solo buena fortuna, pero no recuerdo ni una sola oportunidad en que mi hija volviera triste o accidentada de una fiesta durante su vida escolar: siempre regresó feliz y lista para dormir. Tampoco recuerdo de ella o sus compañeros que compitieran en esta esfera, ni que exigieran a sus padres mucho más que una torta de un sabor preferido y quizás con un personaje o un mensaje especial junto a las velas. Ni siquiera en EEUU, el imperio del consumo, vi mayores estreses en esa época.

Muy distinta fue la realidad que me encontré en el regreso a Chile el 2011. Inclusive, los cumpleaños en  jardines infantiles habían aumentado la “producción”. Un colega me dijo “esto no es nada. Prepárate cuando entre al colegio”. No le creí y tuvo que mostrarme fotos en su celular de varios cumpleaños del curso de una de sus hijas. Comencé a preguntar en todos lados, y me di cuenta de los esfuerzos, a veces al punto de importantes endeudamientos, que hacían las familias para celebrar los cumpleaños. No era lo único que había cambiado.

Ahora, además de los niños, asisten los apoderados. Todos ellos, en prekinder, kinder y hasta segundo básico a lo menos, a veces más. Cualquier presupuesto de cumpleaños duplicado o triplicado no es menor, y pocos hogares cuentan con el espacio donde reunir a tantas personas permitiendo además holgura para los juegos de los niños, que al final es lo que debería ser central. Quizás por eso la enorme oferta de locales y modalidades de cumpleaños – verdaderos “paquetes”- para todos los presupuestos. La presión es evidente.

En tres años nos ha tocado asistir a sólo un cumpleaños, que no era del colegio, organizado sin papás (el pedido fue explícito: NO vengan). Confieso que me costó, dejé teléfonos, un papelito con recordatorios varios (sobre alimentos, susto a la piñata, idas al baño, y casi frecuencia cardíaca y número de pecas) y nos fuimos con mi marido a un café muy cercano, por cualquier cosa.

Cuando llegamos puntualmente a buscarla (duraba dos horas exactas) encontré a mi hija dichosa -y todos los niños, en verdad-, los papás conversamos unos minutos, ayudamos a recoger algunas cosas, y acordamos todos partir al mismo tiempo de forma que los niños no sintieran que se perdían de algo. Salí de ese festejo preguntándome muchas cosas.

Soy enfática en vindicar el argumento del cuidado, la cercanía de los padres y madres, y la construcción de confianzas gradualmente, pero también me surge la pregunta sobre nuestro rol en ir habilitando seguridades, autonomías en nuestros hijos, paso a paso. El ritmo lo va estableciendo cada familia, en función del niño o niña, su edad, sus características, sus recursos.

En estos días, muchas veces, si una mamá pregunta si debe acompañar a su hijo o si quizás no los estaremos ahogando, muchos la miran como desnaturalizada o antisocial. He oído comentarios como “estos papás sí son preocupados” –siempre asisten a las celebraciones- pero pueden estar perfectamente haciendo vida social sin ocuparse mayormente de un niño o niña que está, por ejemplo, no corriendo riesgos físicos, pero sí tratando mal a sus compañeros durante la fiesta.

Siempre hay más de un ángulo y quizás lo que valdría preguntarse, además de las preferencias y recursos de cada familia y las consideraciones muy específicas en relación a nuestros hijos, es si entre la producción épica y masiva del cumpleaños, y formas más sencillas de hacerlo, no habrá otras modalidades intermedias donde, con confianza en el cuidado,  los niños puedan disfrutar de sus festejos, y los papás y mamás disfruten también, con menos presiones. Por ejemplo tomando turnos en grupos de mamás y papás (no todos los del curso) para potenciar el cuidado de los hijos y para ayudar durante la fiesta, o bien reuniendo un par de cumpleaños cuando fechas son cercanas, en fin.

Un papá me comentaba que hay períodos en que todos los fines de semana hay cumpleaños, a veces sábado y domingo, y que se siente culpable de no querer llevar a su niño. A mí me ha pasado también. Porque quiero tiempo personal, de familia y con mi hija en un pulso diferente al de la semana. Agasajo, el hogar.

Tan importante como el juego libre en días feriados y hábiles (y soy enemiga de las tareas, y no uso “enemiga” livianamente), es que los niños puedan estar en su casa, ser parte de y ojalá disfrutar de rutinas domésticas (para no asociarlas el día de mañana al “tedio”), conversar con sus papás y mamás, o hacer nada a veces, y aprender a descansar, a ir más lento, a no tener que correr de una actividad a otra. Hay chiquitos que con o sin cumpleaños pasan mañanas y/o tardes enteras del fin de semana ocupados y te dicen “yo quiero estar en mi casa, eso no más”. Escuchar.

Escuchar también lo que cuentan en relación a los cumpleaños.  “Lo que más me gustó” puede no ser el regalo más caro o más trendy, sino que vino una primita de fuera de Santiago, un determinado juego, o que la profesora les haya escrito un pequeño saludo. Me pasó con mi hija que de su cumpleaños más reciente (el sexto, y fue importante, confieso, porque era cumpleaños y fiesta de despedida de Chile) lo que más disfrutó fue un dibujo que le hizo una amiguita, unas guirnaldas que recortamos juntas semanas antes, y el que su hermana mayor se disfrazara de Spider-man. Ese fue su relato principal, para nuestra sorpresa. Incluso semanas después, en otro país, la misma memoria.

Siento que acaso lo más valioso de los cumpleaños tiene que ver con que nos invitan a mirar el significado que celebrar amores tiene para cada uno. Cuánto espacio libre encontramos ahí; cuánta consideración. Hay preguntas sobre la ostentación, la moderación, los ciclos de la vida (¿cómo lo haríamos en tiempos difíciles, de cesantía ni dios quiera, de apremios, o esfuerzos por otros horizontes donde el ahorro es esencial? cuánto autogobierno podemos sensata o ligeramente sacrificar por endeudarnos), los límites que nos ponemos y los que no elegimos, lo que queremos hacer, transmitir a nuestros seres queridos con nuestros actos de agasajo.

Como todo, los cumpleaños también son instancias de aprendizaje para nosotros y especialmente para nuestros niños, y junto a otros valores como la amistad, el compartir, convivir, asimismo es un valor el cómo nos acercamos a los ritos, cómo aprendemos a dar, a recibir, a disfrutar y pasarlo bien, qué necesitamos para ello (cuánto puede necesitarse, en verdad),  qué sentido le damos.

He conocido niños y niñas que al crecer, eligen por ejemplo pedir de regalo de cumpleaños (o navidad) algo para otros, o cumplir un sueño especial (que no necesariamente implica gastos), o que esperan ansiosos la fecha porque sus papás, o sus abuelos, cada año les hacen un pequeño álbum de recuerdos del año que acaba de pasar. Hay más matices que sólo una gran fiesta y los esmeros que se ponen en ella (o los sacrificios, que muchos papás realizan amorosamente). Este tiempo nos abre una buena oportunidad de explorar y conocer estos matices. De aprender y re-descubrirnos también, junto a nuestros niños, en las familias que somos.

 

P.S: Recomiendo la lectura de esta excelente  nota de la periodista Mónica Stipicic acerca del tema “El Estrés de los Cumpleaños”– Oct. 11, 2014

“lo que está bien (y lo que no)”

You know you’re wrong when there’s only one right/ but what is wrong when right is out of sight?–  Agnes Obel,  Avenue

If there is a feeling that something has been lost, it may be because much has not yet been used, much is still to be found and begun — Muriel Rukeyser

 

Hacer leña de árboles que no han caído. Recordar el magnolio en Eves Road luego de la tormenta de hielo. ¿Quién no camina un poco quebrado? ¿Quién no ha escrito alguna historia sobre sus despojos?

Detengan la sierra. Esperemos dos o tres primaveras. Un poco de curiosidad, toda la curiosidad, antes del juicio. Entre ramas quebradas o ruinas: tesoros que prevalecen. No perder atención.

Mirar de lejos. Escuchar. Pasos cada vez más cercanos. El cuerpo como larga avenida; llegar por partes aquí. Preguntarme si me gusta, qué me gusta más. Y a los míos, y a los niños que conozco, y a sus padres, y a mis compañeros de clase. Qué es “lo que está bien” para ellos.

Leer los diarios en una pantalla de computador. No poder oler, tocar, y no obstante sentirse inmersa en un barrial que nada tiene de adorable, como en la niñez. No es tierra húmeda y fresca; no hay jardín posible, audacia, ni imaginación.

La voz hablada o la voz escrita como excusa y, entre líneas, la maledicencia, la condena precipitada, el sensacionalismo y otros excesos sin nombre. Jauría las noticias, piedra sobre piedra sobre piedra, la viga sin vergüenza en el ojo de algunos en la patria, o la viga desmemoriada de su propia humanidad.

Espejismo, aunque más blando, la madre, la mujer, la nación buena. La contención que añoramos y no será satisfecha, de todos modos. No es sólo nuestro país. En muchos otros, en todo el mundo, indiferencias bestiales, o esa confusión (aparente) entre lo que está bien y lo que no. Escombros caóticos, pero no hay caos en realidad.

Hay números, cálculos que ordenan, intimidan, fuerzan a un consentimiento del que no somos conscientes la mayor parte del tiempo, en la mayor parte del mundo. Los adultos, me refiero. Los niños pequeños dicen: “aquí –en mi barrio, mi escuela, mi casa- así son las cosas, pero no quiero que sean así”. Ellos saben. Nosotros también.

En el fondo siempre sabemos. “Lo que está bien” y “lo que no está bien”, y no se trata de morales, ideologías, leyes. Es compás invisible, un grupo de células, recuerdos quizás de hace 2, 7, 30, millones de años. Nos hicimos humanos en la mutualidad, cuidando a las crías entre todos (no era sólo la madre). La vida importó antes de inventarle un nombre.

El deseo, la vida: qué nutre, qué daña. Al nacer, esa distinción no verbalizada pero urgente de los humanos recién llegados: ¿quién cuida?, ¿quién no?, ¿quién ampara y quién abandona? De adultos, no debería ser tan nuevo ni tan difícil, Pero nos confundimos.

La página blanca del diario algunos días. Lo insulso o lo malintencionado. Y pensar que hay quienes hacen mapas y casas con las palabras, zapatillas de levantar y cunas, naves espaciales, agüita de lavanda, zootropos.

Mientras, el mundo sigue cayéndose a pedazos, inenarrable. El último informe sobre violencia contra la infancia de Unicef (2014) señala que 120 millones, MILLONES, de niñas (y otro número no precisado de niños varones), ha sido víctima de violencia sexual -abuso sexual infantil, tráfico y explotación, matrimonios forzados, violaciones y más- en el mundo, todos los continentes (ver informe completo aqui, y resumen en español). En nuestro país, superan los doscientos mil niños y niñas (7 a 8% del total de la población infantil).

No hay cómo responder a tanto horror, a los porqué de nuestros hijos: por qué la violencia, las guerras demenciales, tanta crueldad sobre cuerpos como los nuestros, por qué solamente la disparidad, la causa mayor de muerte, más poderosa que un arsenal nuclear. Poco cambia desde la primera división en castas: el destino de miles a morir más temprano y a morir más. No tendría por qué ser así. Repetirlo hasta creerlo.

Indignarse unas horas, consentir todas las demás, seguir viviendo en lo propio. Los límites entre víctimas y victimarios se nos desdibujan; hasta dónde podemos resistir la consciencia de habitar, nosotros mismos, esos territorios. Ser esas personas. Ser ella. Ser él.

Somos responsables todos del holocausto, decía una de sus sobrevivientes; de lo que pasa hoy también. Ganas de sollozar, escuchando su voz tan firme. Eso me pareció –firme- porque no estaba escuchando en realidad, sino conversando conmigo mientras la oía.

Momentos después, en un ascensor, detenida en algunas palabras (alma, mudanza, envejecer) y sus inflexiones, sólo entonces, en esa segunda atención, su propio sollozo se me hizo evidente. Y más de uno: en distintas capas, duelo consigo, las propias pérdidas, las de sus prójimos, su tristeza por la humanidad. Pensé en Chile. Escuchar, falibles; escuchar más que el pasado, el presente.

En nuestro país, días antes de viajar, me contaron de una mamá de mi edad quien acudió de urgencia al hospital: la enviaron de vuelta a casa con una prescripción de ibuprofeno. Murió esa noche. El papá decidió no hacer nada; para qué, si tengo que seguir trabajando, ver cómo cuido a mis hijas. A nadie le importa, y cualquier indemnización sería un insulto. Yo a ella no la voy a tener de vuelta.

Otra historia de días previos fue la de un hombre que había tenido casi dos años antes un accidente en motocicleta. Su convalecencia no pudo respetarla; su Isapre desgraciada (y podría decir cosas peores) no cubría toda la licencia. Él era trabajador free-lance, debía pagar dos pensiones alimenticias además. Su pierna se agravó y las alternativas médicas fueron 6 meses de reposo y terapia de rehabilitación, o amputación. Optó por lo segundo, y antes de que cualquiera de nosotros diga o juzgue algo: pensar en él, sus hijas, la historia desconocida de décadas previas.

Las historias que ocurren a plena luz del día y no alcanzamos a ver. Las historias que podrían llevar nuestro nombre. ¿Cómo separarnos entonces?

“Lo que no está bien”, lo que orbita la atrocidad, o es ella, en plena presencia. Y a su lado, nosotros. La responsabilidad y la herida moral. Junt@s en esto. Millones de años. También en los que vengan.

Me traje esas historias conmigo y todavía no sé qué hacer con ellas.

Si aspiráramos a otra dignidad, otra satisfacción. Si nos restáramos del juego un momento, para observar. Sin decir, no hasta no estar seguros (y entonces gritar, con total autoridad y templanza). De bombas en las calles a aportes reservados a reformas varias se juega la vida de la opinión en nuestro país. ¿Y si guardamos un poco de silencio, antes?

El silencio no tiene que ser desidia, ocultamiento, culpabilidad. No permitir que nos apuren: a opinar, responder, juzgar. Si hay una urgencia, que sea la verdad y su reloj (aunque no avancen los numeritos tan veloces como en los cronómetros deportivos).

Cuando esperar es resistir… y no es la gran revolución quizás, pero son pequeñas resistencias y emociones sucesivas de indignación -íntimas, luego colectivas, constantes- las que igualmente podrían convertirse en insurrecciones mayores. Actuar, entonces sí, con el cuerpo, el espíritu. Se vuelva la voz un alarido, preciso, insobornable.

Desear más, mucho más. Intercambiar proposiciones, soñar, condolernos, volver a soñar, dar con lo que buscamos, poder expresarlo.

No nacemos en la muerte, sino en la vitalidad, el placer, los sentidos que buscan, el sentimiento de estar bien, aquí, en la vida, conectados con ella, con otros. Los niños y niñas saben. Luego cambian sus voces: una para los padres, para los educadores, la sociedad, para la pareja, otra para sí mismos. No es llegar y encontrar donde y con quien ser todo lo que somos. La autenticidad, nos enseñan, tiene un costo. Pero poco se menciona el más importante: la separación con nosotros, y los otros.

“Mi mamá, mi papá, dice que está feliz, pero yo creo que tiene pena, que está enojad@”, “Por qué los grandes nos mienten; por qué sonríen y en los ojos parece que quisieran llorar; por qué se tratan así; por qué nos dicen que está bien hacer algo que ellos no se atreven a hacer”. Cuántas veces el sonido de esta lumbre sobre nuestras disonancias.

Vemos a una prima de mi marido, he envejecido mucho dice ella, él le dice que no (no se ven hace décadas). Mi hija comenta que sí, “porque tienes muchas, muchas arrugas”. Yo pierdo el aire un poco y escucho “igual que mi mamá, y es tan linda, y tú me caes bien”. La verdad y el afecto sí pueden ir juntos en “lo que está bien”. ¿Dónde, entonces, aprendimos que no? Más importante todavía ¿Cómo lo desaprendemos?

Reviso testimonios y entrevistas realizadas a niños, niñas, a veteranos de guerra, a mujeres migrantes. Dobles, triples voces, y pienso en los sobrevivientes de abuso sexual, niños, niñas, hombres y mujeres, sus familias, los distintos usos y códigos, lo que sienten que pueden y no decir: a la justicia, los seres queridos, a los desconocidos, consigo. Hasta cuándo.

Escuchar.

Eros, el amor, o el nombre que queramos para recordar ese lugar donde los sentidos comienzan (aunque no estuviéramos conscientes de estar vivos, esos primeros meses y años en la tierra). Una vez, una primera vez de esa experiencia, apenas llegados al mundo. Querer permanecer.

La ética de la vulnerabilidad, del cuidado mutuo. El origen de la música. Canción de cuna, la vida que se mece dentro (sola se da vuelito) y goza. De la música de los otros aprendemos: los cuerpos cercanos, la madre, el padre, los maestros, todos. ¿Qué sintonías estamos despertando o silenciando? ¿Qué música es la de mi país, mi mesa, mi cama, mis palabras, mi cuerpo? Escuchar.

Una amiga me escribe y cuenta que su marido ha decidido separarse en medio de una crisis de la edad y de su profesión (desencadenada, en lo principal, por la comparación de logros con sus coetáneos, hombres “exitosos” en el dinero). No sé qué decirle.

Me da pena y me da rabia que se pierdan intimidades cultivadas en años de haber estado ellos dos, y sus hijas, juntos. Cuánto amor, cuánta energía, millones de palabras, de caricias, de engranajes. En Georgia, existe un templo hindú del cual importaron su estructura tallada desde la India para ser ensamblada en Atlanta, sin herramientas, sólo con las manos de artesanos expertos.

Dioses y diosas engranados unos con otros como piezas de lego pero del mármol más lindo, con un dejo tan característico de azul (al menos en las ocasiones que lo he visitado; quizás en días nublados tiene otro color, habrá que explorarlo). ¿Y si lo pulverizamos nada más? Así sentí la noticia: desmemoria del mármol azulado, aquiescencia con los despojos, the end. Pero no lo dije.

Quiero encontrar el momento para hablar con esta amiga de otra memoria, del placer de su llegada aquí: antes del miedo, la noción de los riesgos, las moralejas prestadas, las discrepancias. Que vuelva ese primer encuentro a sus días (a pesar del duelo), a su cuerpo, su oficio, su vínculo con sus hijas, a su propio desconcierto y su deriva. Aún será poder. Poder puro. Si ella quiere.

Yo también quiero, más que nunca por estos días.

Mientras más parece desorganizarse el mundo, mientras más se acerca el miedo a estaciones de metro, aeropuertos, entradas de las escuelas y universidades (hay amenazas que podrían ser delirio, bravuconadas, o anuncios ciertos), más determinado e insurrecto me parece el gozo de mis amores, mis dudas, la austeridad elegida o necesaria, el deseo de vivir. No ceder. Defender bienestares posibles, cuidados mutuos, no es superfluo, esotérico, o inútil. No cuando nuestros hijos están aprendiendo a volar, y cerca de ellos, no cejan las creencias sobre poseer, controlar, la aritmética bestial de las utilidades y las supremacías, el abandono.

Aquí crece mi hija, vulnerable y firme también. Y crecen sus preguntas sobre otros niños que son de su generación (y es sólo natural la lealtad entre ellos), los países para qué sirven, ¿se ayudan?, ¿cómo sé si prefiero ser “cantadora” o bailarina o mejor las dos?, ¿los policías revisan la mochila para cuidarnos, por qué?, ¿todas las mamás pueden estudiar, trabajar, y estar con sus hijos… por qué la mamá de mi amiga no?

El día no descansa, pero al comienzo y en su final, hay una voz que es de solaz, y se repite: a mí me gusta, o esto se siente bien (this feels good), con distintos predicados (mi familia, mi pieza, ir a la plaza, que me cuenten cuentos, que llueva, esta canción). Lo ordinario y lo extraordinario, su poder, su resiliencia, y el amor, una y otra vez. Ella sabe… que siga sabiendo (y es plegaria y voluntad). Y yo, a su lado.

Bitácora improvisada (Stgo, NY)

Partir

A los veintitantos por primera vez. El lugar no era importante, aunque terminó siéndolo. Eran los noventa. Necesitaba salir, salir volando, corriendo, a como diera lugar. No iba a estudiar; no era artista; tampoco funcionaria de alguna organización que obligara a la permanente travesía. Era una mujer y mamá que buscaba donde anidar. Que siempre busca.

Check list

No sé cuánto dure este viaje. Es decir, sé, pero todo cambia. Siempre puede cambiar.

Tiempos de guerra, fuera: no hay recurso que pueda ser desestimado, desagradecido. Corre lo mismo para el campo de batalla interior, el conflicto de una identidad que con casi medio siglo ya sé que no termina de construirse, de entender/desentender sus contradicciones, la multitud de sí, cuerpo, espíritu, cada órgano y su historia, cada recuerdo y sus libro de fábulas.

Tantas voces y ese afán –supongo será hasta vieja- de articularlas en un sólo coro donde ninguna deba silenciarse, y donde ninguna desafine demasiado. Querer atender al bien, no dejarse distraer, y saber que la crueldad, el mal, son también una posibilidad: humana, mía. Mientras no lo olvide, habrá algún amparo.

Saber, también, qué se espera de uno, tomar eso en cuenta o no, definir términos propios para trabajar. Un valor también. El trabajo tiene valor, aunque la codicia y el lucro no dejen de intimidarme, y así también la carencia, la precariedad. Qué entender por abundancia, por prosperidad, por lo justo y necesario, por desapego, desprendimiento, la capacidad de compartir. Francamente. Con pureza. Sin reservas ni talonarios secretos.

Preservar un perímetro de integridad, coherencia, equilibrios en el dar y recibir: voluntad cotidiana de autocuidado. Aun así, en alguna parte -con esfuerzo, créditos, ahorros de la vida, en fin, lo que se apuesta en un sueño (más allá de toda beca, asignaciones, per diem, regalos)- sé que este viaje, estos recursos, podrían salvar la casa de alguien, la cuenta de hospital, la indefensión de otros lejanos. La sensatez de poder juzgar -ojalá calibrar- la propia conducta. Responsabilidad en, a pesar de todo (dilemas y egoísmos incluidos), asumirla como propia. Elegida.

Melodía

#Tribu, mis colegas jóvenes y viejos, amigos y amigas de muchos y pocos años, discípulos, familias y niños con quienes hemos caminado juntos, personas a quienes sólo conozco desde las letras (no en vivo, no todavía), el señor del almacén, los conserjes del edificio, apoderados, vecinos, afectos en distintas escalas, músicas queridas. Secuencias, cuentas de madera o marfil imaginarias, una plegaria o buen deseo en cada una.

Dejar atrás mis porcelanas diminutas con los personajes de El Principito (caben en un puño cerrado, así de pequeñas son), una caja de cartón con las fotografías más antiguas, decenas de libros entrañables. Igual algo duele.

Pienso en estas pequeñas cosas que logran suavizar los eventos mayores. La orfandad definitiva de la madre, aún viva. Decir adiós (ahora sí, saber que no se puede) a la mujer, a ese cuerpo que habité y no logró, en casi cincuenta años, encariñarse con el mío.

Mi hija mayor nos deja en el aeropuerto, nos seguirá en octubre. El tiempo es eterno, puede ser. Hay coraje en partir, en dar un beso de despedida así.

Repaso: libros de consulta, mi viejo tarot, una maleta de juguetes para Emilia y su ropa. Míos, 3 pares de zapatos (y el doble de calcetines), 3 jeans, 2 polleras, 2 chaquetas (una para menos y otra para mucho frío) y varias poleras de mangas cortas, medianas y largas, casi todas negras. Es como una suerte de uniforme al que he adherido casi sin darme cuenta (como los aros, permanentes, o el corte de pelo, y los mismos bolsos a modo de cartera o estuche del computador).

Me aburre vestirme (no es que quiera andar desvestida, es sólo no querer elegir, gastar tiempo en buscar o pensar qué) y es una suerte (o un regalo del ballet) no cambiar de talla a lo largo de décadas. No es el cuerpo detenido, aunque a veces me lo pregunto. Tampoco olvidado, haciendo lo que mejor le parezca. Cariño le tengo, sincero, ganado por tramos, capas de piel, grupos de células, cada idioma orgánico, nativo, vital con insistencia. Confianza le tengo.

Be not afraid of my body. I am a dance, recitó Whitman, y reparo en el cruce con The Killers. Según yo, siempre escuché “are we human or are we dancer?” aunque algunas traducciones dicen “denser”. Pero uno canta como quiere, según se emociona

(…punto aparte, después de su muerte, gracias a la autopsia, se supo que Whitman sufría de tuberculosis. Nunca dijo nada, pero él debe haberlo sabido, sufrido. Qué tremendo, mucho más, se hace su cuerpo en ese verso).

No es tan importante, pero me pregunto si alcanzará con lo que llevo para 3 estaciones y sin certeza de lavadora cercana (los laundromat a dos cuadras me provocan una flojera insorportable).  Sí me causa ansiedad haber olvidado mis alas de mariposa azul. Halloween, ver a Diamela de niña en un chispazo y jurarme que algo deberá ocurrírseme antes de Octubre. Emilia ya sueña con ese día.

Chile

La patria, el país, la nación. Sin adjetivos, no tiemblo, no siento. Pero si abro el cuaderno de años recientes y agrego a nación…. “buena, bondadosa, respetuosa, visionaria, alegre, etc., sobre todo con sus más pequeños”, entonces ahí sí: algo reza, se mueve, respira.

Quizás los apegos que debieron ser a los 2, 4, 10 años y no fueron, pudieran encontrarme en un nuevo regreso. Hasta aquí una cosa es el pasaporte y otra la intimidad del sentimiento.

Sigo con los ojos la línea de billboards, edificios altísimos y autopistas con luces azules como las cercanas al aeropuerto. Un progreso que no significa mucho. Alcanza a pocos, y más se desdibuja cuando el pasado nos sale al paso casi a diario (ahí está con su sombra y herencias, en la televisión, la radio, las calles, las palabras, la música todavía, los vínculos).

La historia no se olvida, no debemos olvidarla: sus voces, sus hombres, mujeres y niños ausentes, sus cantatas tristes y esperanzadas. Pero somos ya varias generaciones intentando encontrar la ley de sus propios cuerpos, imaginaciones, futuros.

Quizás exagero pero entre partidas y regresos hay una sensación viscosa, de brea en el alma, que no me abandona. Sentirse, en algún lugar, siendo parte de un grupo de pajaritos rescatados de un derrame de petróleo en alta mar, alteradas las alas, la textura de las plumas, y lo más preocupante: la sensación de ligereza perdida. Peso extra. Brea en el alma, como decía.

Reconciliar. No sé si me convence ese verbo, igual uno termina tomando distancia de él, haciéndose impermeable a sus sentidos. Ya ni sé bien qué significa. No me anima ir al diccionario. Pero sí sé que jamás lo imaginé como amnistía, amnesia, puntos finales.

Si iba a ser posible susurrar siquiera la palabra (reconciliar) sería –pensé en mis veinte- desde una conmiseración sobre lo humano, la condición común (nuestra impiedad de la mano de nuestra gracia, si nos quedaba alguna). Un gesto valiente, soberano, para poder seguir viviendo: sin borrón y cuenta nueva; sin absolución. Lo inexpiable.

Sí era necesaria, y es todavía una añoranza, la disposición a seguir caminando, no por inercia, no arrastrados por las décadas. Caminar bien, ni siquiera por nosotros sino por responsabilidad con las nuevas generaciones. Con nuestros hijos en mente, haber revisado escombros y dar con hilos, lana, cordel, lo que sirviera para volver a tejer algo colectivamente. Y si la herida de algunos jamás ha de sanar, entonces que otros menos, o jamás lesionados, tomáramos dobles turnos para poder seguir tejiendo.

Poner la guerra a un lado: no fuera de nuestra memoria, pero sí de nuestra mesa, nuestra cama, nuestros días vivos, nuestros nidos, lejos nuestros recién nacidos. Dejarla morir, llorar cada ceniza y osamenta, no hacer con ella lo que ella hizo con tantos y darle sepultura. Darle y darnos ausencia de su ánima en pena, condenada a seguirnos inmortal y exhausta.

Quizás los ejemplos suenan fuera de lugar, pero recuerdo los escritos de un jefe cherokee  (el último, en Georgia) y la música de Nina Simone. La progresión, en ambos, de una energía que busca, rasguña piedras, insiste (contra toda evidencia por períodos) en reconocer la humanidad de enemigos, opresores, y de sí mismos.

Tuve la bendición de estar en uno de los últimos conciertos de Nina Simone en Atlanta, antes de su muerte. En records municipales, policiales, de asistentes sociales, organismos de derechos civiles, seguía (y sigue) contándose una historia difícil –después de un siglo y más desde la abolición de la esclavitud- para los afroamericanos del sur de EEUU. Pero ella, madre un poco de todos, con tibieza firme -y sin dejar de explicitar la deuda ética-  agradece en ese concierto todo lo logrado por el movimiento de DD civiles, e invita a no descansar, restituir, reconocer dignidades sin sacrificar la fraternidad, el cuidado mutuo.

Llevo conmigo a Nina Simone, como siempre, y de estos últimos años unas canciones de los Bunkers más un tostador y unas cajas de fósforos copihue que me regalaron en el café de mi barrio. Ahí me han visto preparar libros, repartir cuelgapuertas, reír, llorar a veces. Nunca me han preguntado motivos. Nunca miraron distinto a las personas más diversas con quienes nos reunimos ahí (todas las avenidas sociales y políticas, religiones, edades, orientaciones sexuales). Tampoco faltó una sola vez la sonrisa buena y llana.

Raíces

Uno puede vivir en otros países, ciudades, casas grandes, casas pequeñas que se llueven, departamentos modernos, piezas modestas (en casas de otros, a veces de refugiada), tener más o perderlo todo, volver a comenzar con una silla rescatada de la calle, recobrar un pulso afortunado y respirar un poco menos insegura (sólo un poco menos: el desasosiego de la tierra no da para garantías, a nadie). Todas las versiones posibles de habitación. La única imperdible: conmigo. Habitarme. Amar. Soy una raíz para dos hijas. Ellas son mi raíz también.

Aeroplano

Mi avión no tiene alas de cóndor, sino de colibrí (uno de mis animales totémicos, así me dijeron años atrás). El año 97 visité el lugar donde en Carolina del Norte, los hermanos Wright gestaron el primer vuelo exitoso (éxito, recordar del diccionario “resultados felices”). Qué sentirían hoy en día, qué dirían a los niños que preguntan ¿Por qué no podemos volar, no tenemos alas, qué faltó para lograrlo? No sé qué responderle a Emilia. Más difícil, ¿por qué nuestros ojos pueden mirar todo menos a ellos mismos? las preguntas ascienden, se llenan de algo que es más que vida, más que poesía, más que volar. Sobra cielo con los niños. Madres y padres lo sabemos. Sobran los aviones.

Abrazos

No alcancé a despedirme en persona de todos y todas. Me faltaron abrazos, y el cuerpo se desacomoda en esa ausencia.

Trabajé hasta el día antes de partir, las maletas las hice el mismo día (olvidé mil cosas) y no quería empacar sino escribir, ordenar la cosecha que llevo en el alma, caos de arándanos, golosinas, servilletas con apuntes de la ciudad, cuadrados de lana (para hacer frazadas), piezas de lego por doquier, jirafas que llegan a las estrellas, esa desnudez y no otra, las palabras de Patti smith, de Rukeyser, de Cisoux, lo que yo no puedo decir, las rabias y renuncias (por la cresta que hay gente mezquina y violenta), el deseo y la vida. Clavitos y tuercas de un reloj que se confundió con los tiempos, y una cesta de mimbre blando, inmensa, ahí donde debía recoger todo lo vivido en este tiempo, me mira vacía.

Le prometo tiempo para cuando lleguemos a destino. Llevarla en el arco de mis brazos. En un abrazo.

Tres años

De 1996 a 2007 la diáspora, Georgia on my mind.

Del 2007 al 2011, más en el norte que en el Sur todavía.

El 2011, tres hombres buenos (Hamilton, Cruz, Murillo) son el argumento determinante del regreso. Y mi familia.

Los últimos 3 años, cada encuentro, cada gesta, cada derrota también. En el bolso de mano 3 libros que querrían cambiar el mundo, mis libros una vez, pero  dos ya no lo son (el tercero está a medio empollar y me necesita todavía).  Tienen su propia vida, los re-escriben cada hombre, mujer, o cada niño y niña que los hace suyos.

La última sesión compartida con muchos fue con los PRM de Sename. Hablamos de tres desplazamientos, danzas: de proteger a CUIDAR, de reparar a EMPODERAR, de la voz sin silencio y con él, de no apresurarnos a condenar al silencio por culpa de su arsenal en el abuso cuando hay silencios que son sagrados, propios, espacio de imaginar y sanar también para los niños.

La sesión fue tan profunda (con la presencia adempas de una formadora de la U Playa Ancha) y tan llena de esperanza. Nunca en tres años (ni siquiera en programas difíciles como Tolerancia Cero el 2012 y El Informante de 2013, a punto…) me quebré en público. De pura gratitud se me cayeron las lágrimas en el seminario del último lunes antes de partir. Presenté, como símbolo de esos desplazamientos que señalaba, un pequeño adelanto del libro que viene para diciembre (espero), “Tod@s Junt@s”. Niños y niñas extraordinarios de quienes no habríamos llegado a saber (ni ellos, de sí mismos) si no hubiese sido porque al menos un adulto, sólo uno o una, creyó en ellos y sus sueños. Nos emocionamos todos. Ala de colibrí, en son de Silvio

(Tres años en Chile. Construir lazos, dejarse domesticar un poco. O mucho. No soy una persona muy sociable, contrariamente a lo que pueda creerse. Me gusta estar en mi casa, salgo poco, escribo más de lo que hablo y me sigue resultando raro escuchar mi voz (como cuando en el colegio nos pedían grabarnos para tareas de música o inglés), o ser sorprendida con el comercial de un programa de televisión donde estoy yo pero nunca me vi, nunca quise. Otros ojos bastan. No se hace fácil. En las charlas públicas cada persona vale el doble. No son cien o trescientas personas. Son trescientos pares de ojos, es decir seiscientos. Para alguien que dedicó décadas al deseo de ser invisible, es demasiado).

Las letras siguen siendo el cuerpo, mi sonido, las historias escritas, así salgo al encuentro con otros.

Del 2011 al 2014 fue distinto. Nunca viví algo tan similar a esa mesa larga que fue símbolo por años de una conocida marca de té. Todos juntos (como el libro de los niños). Todos y todas. Así lo he sentido. La acción de gracias podría ser interminable y habría que detener el tiempo, todas las guerras, el calor y el frío.

Poder ver cada cara, sonreír, guiñar, asentir, todas esas mímicas silenciosas que dejan saber al otro que tenemos un lazo, o un recuerdo compartido. Amable. Gentil.

Honor

Trabajar en la esfera de la reparación del ASI le da a uno oportunidad de conocer a niños y niñas y a sus padres, hombres y mujeres que realizan procesos heroicos, inimaginables. Cerrar la puerta cada vez de despedirlos y repasar resiliencias, amores, regresos a la vida. En conjunto, maestros, familia extendida, equipos de profesionales apostados a no dejar pasar oportunidad de hacer las cosas bien por los hijos e hijas de todos. Maravilla y audacia, también son parte de la ética de cuidar, de restituir cuidados.

Vecinos, comunidades, académicos de distintas universidades (más antiguas o nuevas), artistas (sobre todo amigos escritores), algunos líderes políticos –de todas las avenidas posibles, eso lo destaco- capaces de gran ternura, siempre (no según la ocasión) y de acción decidida. He visto a las personas más diversas, concurrir. Mil mil mil mil gracias.

Mirar a la infancia y escuchar, “en cuclillas”. La inocencia no se pierde. Se recuerda, recicla, renace en compañía de otros. Juntos.

Desvelo

Pausa. Cielo. Luces cerca y lejos. Emilia duerme ovillada sobre mí en el avión. Tan linda mi niña ….. se ve. Pocas veces he podido completar la frase con “en la cuna”. Se ha llevado acompañándome por trabajo desde que nació, yendo a congresos, radios, reuniones en decanatos, durmiendo en aviones, buses, trenes, distintas casas de uno y otro lado del Ecuador. No: no es el ciclo de imperturbable estabilidad durante 7 años que Francoise Dolto recomendaba (o el sentido común) y a veces me siento la peor madre del mundo. Pero no puedo detener completamente el trayecto como hice con Diamela en su tiempo (cuando contaba con los años que vendrían después de los 40 para completar el resto de mi proyecto de vida). Ser mamá a los 40 es muy distinto y aunque la cercanía y el cuidado siguen no siendo renunciables, deberán ser distintos esta vez. Serán en movimiento: dondequiera que deba ir, iremos juntas con Emilia.

Conozco de otras historias que se han escrito hermosamente de esta forma y la nuestra, hasta aquí, va bastante bien. Además, me perdonarán los ministerios de educación del mundo, no soy una fan muy convencida de las escuelas y existen pocas de ellas (cinco dedos me sobran) que me entusiasman sin reparos y eso a partir de los 7,8 años.  En todo caso, no es la idea ponerse a reflexionar sobre la educación. Sólo encontrar un punto donde sentir que esta vida, mi vida, y lo que puedo ofrendarle a mi hija menor, sigue siendo amoroso y bueno desde aprendizajes realizados de una forma distinta, “on the go”, “on the road”.

Le cuento a Emilia de Carol Gilligan, de lo que la mamá va a aprender, de lo que podría llegar a hacer, todo en términos muy simples. “Si le sirve a los niños. entonces está bien”, Emilia tiene 6, a los 16, 17, Diamela me dijó algo semejante antes del Agua Fresca en los Espejos. Infinitas ellas,

NY

Me asusta Nueva York. Mi casa, mi bosque en las Appalachian, los pasamos de largo. Veo el mapa donde muestran el recorrido del avión y me tiraría en paracaídas sobre la región de Georgia. Seguimos de largo, falta trecho. Fijo la vista en la cara amable y querida de Carol Gilligan, el semestre con ella, todo lo que me falta por aprender. Esto está bien. Esto es lo que debe ser. Luego veremos. Podría volver a Chile, podría quizás seguir hacia Atlanta y volver al colegio (extraño la pedagogía), podrían ser tantas cosas.

Día uno

Behind the past of any of us is that moment of arrival, with its song—Muriel Rukeyser

Emilia es la más feliz de todas, todavía no resuena mucho con Sinatra, pero su actitud es la más cercana al canto a viva voz de New York, New York, parada como King Kong (uno feliz) en la punta del Empire State o la Estatua de la Libertad. Como todavía no la convence Sinatra, canta en cambio “Libre Soy” de Frozen por los pasillos del aeropuerto JFK.

Por mi parte, me armé un playlist para la entrada a la ciudad que trae hasta a Ludacris y Snoop Dog, Bon Jovi of course (It’s my life, himno desde los noventa), Will.i.am (junto a plaza Sésamo), y una serie de canciones para el coraje. Cuesta admitir el miedo que me provoca esta ciudad.

He estado en NYC varias veces, siempre de turista, siempre demasiados días (si eran 5, al tercero quería irme; si eran 10, al sexto). Es una ciudad alucinante pero es demasiado: efectivamente, nunca duerme y no se logra oír a los pajaritos, o el propio susurro interno. Nunca oí el corazón de una ciudad latir como cien calderas del Titanic (imagino), todo el tiempo, incluso por las noches.  Los tonos rosa y naranjo del crepúsculo, lo juro, tienen un sonido (lo he escuchado a orillas del río Chatahoochee, o Cosawatee) pero aquí no he podido escucharlos una sola vez.

Recorriendo Brooklyn veo una placa con el nombre de Walt Whitman. Sincronías que no faltan cuando más las necesito; que ponen silencio y dejan oír, hoy, justamente el sonido del crepúsculo que añoraba.

Me detengo a leer sobre la muralla de ladrillo, él estuvo ahí, trabajó como editor de un periódico siendo un joven de mucho menos de 30 años. Diamela, Diamela. Le explico a Emilia algo sobre el agua, el río, tanta gente que ha venido aquí, el cielo tan azul de este día, nuestro primer día.  “Just as you feel when you look on the river and sky, so I felt…” Este verso, canto de bienvenida. So I feel…

NY

Asumirnos responsables

Hemos conocido el veredicto absolutorio (con un voto de minoría) en el caso conocido como “Hijitus de la Aurora” (ver resumen de argumentos para la querella y el fallo).

De esta resolución, hechos determinantes: el imputado por abuso sexual infantil (ASI) fue declarado inocente y los testimonios de las presuntas víctimas (4 niñ@s) se desestimaron por inconcluyentes (sus padres y fiscalía deberán asumir los costos del juicio, por favor leer). El proceso completo fue vinculado a un fenómeno de pánico colectivo, las pericias han sido cuestionadas (audio) y también el Ministerio Público por falta de objetividad, y el abogado responsable de la querella hasta agosto del 2013 (vinculado asimismo a otras causas por ASI) enfrenta ahora una demanda por injurias. Uno no sabe qué pensar.

Hemos conversado en incontables oportunidades -para cualquier proceso judicial y aun valorando los progresos que se observan el sistema- sobre los riesgos de revictimización para los niños, y la necesidad de garantizar condiciones básicas y protecciones efectivas tanto para las víctimas presuntas, los testigos de los casos, y para los presuntos responsables, de forma de asegurar el adecuado devenir de investigaciones, juicios orales y los resultados de la justicia.

Frente a resoluciones como las del caso Hijitus, muchos nos preguntamos qué sucede, cuál es la verdad de los hechos y si ésta es coincidente (completa, parcialmente o no) con la verdad judicial.  Los jueces han emitido veredicto, eso se respeta, pero podemos todavía cuestionar las condiciones en que se llevan a cabo estos procesos (diagnóstico de abuso, pericias, investigación, juicios orales, cobertura en los medios, vulneraciones sobre vulneraciones), especialmente para los más indefensos: los niños involucrados.

Hemos insistido hasta la extenuación y la majadería, sobre la delicadeza y rigor en que deben ser escuchados (siempre escuchados), recogidos y/o evaluados los relatos de los niños: todo relato, no sólo de abuso sexual infantil. Se califica a niños pequeños de mentirosos y hasta mal intencionados y olvidamos que los niños no ejercen el albedrío ni disciernen moralidad de la forma en que los adultos lo hacemos.

En los niños pequeños, el lenguaje está en formación, asimismo su noción de tiempos y espacialidades, y aún pueden entretejerse la realidad junto a otros elementos, especialmente durante la infancia temprana. Además, ellos dependen de nosotros los adultos, les importamos, no quieren vernos sufrir y muchas veces no querrán alarmarnos, o contradecirnos, no porque tengan miedo, sino porque son cachorros que dependen del cuidado de los más grandes de la manada y en un nivel muy profundo, mamífero, no pueden arriesgar que no los queramos o no los cuidemos, o que nos desplomemos, con iguales resultados (no poder cuidar).

Si por ejemplo amamos, tratamos bien a un niño, y le decimos que la vida es buena, que el cuerpo es maravilloso y tiene límites, que los adultos están para protegerlos (y también deben respetarlos y aceptar sus “NO”), etc., lo más probable es que nos crean porque confían en nosotros. Si por el contrario nuestros mensajes son de temor, resentimiento, o nos escuchan hablar mal del suegro o un colega, lo más probable es que nos crean también o que eso al menos tenga una incidencia en cómo ellos ven o verbalizan su mundo.

Por encima de todo, si les hemos dicho a nuestros niños que cuentan con nosotros, que serán escuchados, y no sólo las palabras hablan (lo hacen también los cuerpos, los rostros, las emociones), entonces cumplimos y escuchamos, atentamente, sin juzgar ni interrumpir, sin completar frases, sin apurar, y sin angustia por difícil que sea (y es muy importante pues los relatos espontáneos de los niños pequeños rara vez no son verídicos, especialmente, en materia de abuso; por demás, los más chiquitos no saben qué es el abuso, sólo describen hechos vividos). Somos pilares de nuestros niños. Luego, entre adultos, es otra cosa, y dependeremos de adultos expertos y criteriosos para acompañarnos.

Evaluar un testimonio sobre algo tan sensible y tremendo como el abuso sexual, es una tarea tremenda y relevante, que requiere no sólo de profesionales altamente competentes y fogueados (con muchas, pero MUCHAs horas de vuelo) sino también con criterio, claridad sobre el interés superior del niño y su protección, y sobre la absoluta necesidad de separar y contener expectativas, emociones, etc,  de diversos actores en un proceso (familiares, abogados, fiscales, o las propias expectativas del profesional, sus propios valores o juicios), de forma de no interferir con los resultados de un diagnóstico.

Sea que una sospecha de abuso se confirme en los hechos (y la pericia psicológica podría tomar más de una sesión, y hasta 4 o 6, eso sin contar posibles pericias médicas), se descarte (para alivio de todos) o sea imposible de determinar con certeza la ocurrencia o no-ocurrencia del abuso sexual (diagnóstico “no concluyente”), de todos modos los niños involucrados habrán sido expuestos a una experiencia que inclusive para un adulto sería intimidante, estresante, posiblemente traumatizante.

Pensémonos cualquiera de nosotros, siendo interrogados -varias veces- sobre nuestros afectos, sobre nuestros cuerpos (y su posible vulneración), y pensémonos por un instante esperando en el  Instituto Médico Legal, quizás llamados a viva voz por altoparlante, y luego tendidos sobre una camilla mientras alguien realiza un examen ginecológico o proctológico, para constatar o descartar agresiones sexuales. Para cualquier niño, esta trayectoria, la presencia en tribunales, comisarías, la situación cotidiana, sus escuelas, sus propios hogares, no es fácil y menos familiar; no en la infancia. Y si podemos ir un poco más allá, pensémonos como los padres de esos niños, cuán intacta o frágil podría sentirse la claridad, cuán necesitados de buena guía y consejo profesional. La decisión de realizar una denuncia y querellarse, tanto como la decisión de no hacerlo, son delicadas y determinantes.

El fallo y sentencia serán recién publicados el 15 de julio (momento de ahondar en reflexiones), y habrá personas mejor calificadas para analizar la ética, procedimientos y/o resoluciones de nuestro sistema de justicia (así como el importante porcentaje de casos sobreseídos, o concluidos porque errores o insuficiencia en la producción de la prueba). A nosotros nos queda respirar, observar y hacer sentido de lo que estamos atestiguando como sociedad. Más aún, cuando es exigible el respeto frente al sufrimiento de seres humanos niños y adultos que transitaron esta experiencia. Tantas pérdidas.

El daño nos sale al frente, y también la responsabilidad. Se repiten situaciones, sentimientos (sobre esto mismo escribía el 2012, en una columna llamada “Súplica responsable”, con distintos ángulos sobre diagnóstico y denuncia de A.S.I.). Se repite, asimismo,  la certeza sobre las consecuencias que vienen con la precipitación y la falta de cuidado de los actos adultos.

En el desenlace, tanto como en el origen del caso Hijitus (y en otros casos pendientes), ha habido demasiadas premuras para concluir, opinar, condenar, validar o invalidar. Cuestionamientos a la verosimilitud de los testimonios de las víctimas presuntas, irrespeto a los derechos de los niños, y la vulneración del principio de presunción de inocencia. Estos elementos, junto a la exhibición descarnada y desmedida de víctimas y acusados en los medios, han sido recurrentes en más de un proceso por sospecha de abusos sexuales y fuera de ahondar en sufrimientos, también pueden aportar a la confusión y el error. Grave.

Es entendible que como humanos tratemos de hacer sentido de tragedias que nos pegan hondo, pero en cada tránsito aprendemos, y la próxima vez (que ojalá ni exista) necesitamos hacerlo de otra forma, con otras lecciones y reflexiones a nuestro haber: desde el cuidado, y no desde la turba y la exhibición mediática que ya bastante daño y confusión han causado.

Es 2014 y ojalá no corramos el riesgo del deja vu: en el año 2012, el arrebato y la estridencia marcaron cada paso, los juicios a priori (los padres eran “histéricos”, los dueños del jardín “delincuentes sexuales”, o los niños “mentirosos”), los mensajes incendiarios y los diagnósticos improvisados. Entonces, muchas personas -incluso líderes y activistas de la infancia- opinaban y emitían veredictos improvisados antes de siquiera presentarse las querellas por casos de ASI, o elevaban a la categoría de héroe o santo al mismo abogado que hoy se sojuzga.

En ese entonces, también, otras personas que trabajábamos en ASI, compartíamos la angustia por actos y por decisiones comunicacionales –como exponer a las víctimas presuntas en los medios- que tenían el potencial de vulnerar, justamente, a los niños a quienes se debía proteger, a sus familias, a comunidades educativas, y a la sociedad en su conjunto.

A pesar del descampado de ese tiempo -de fragilidad y agitación, de sospecha y desconfianza, y de llamados a “la caza de pederastas”-, se abrieron conversaciones pendientes y urgentes -y de la mayor trascendencia como país- sobre el tema del cuidado y el abuso sexual infantil en el ámbito prescolar y escolar (es sabido que los niños más vulnerables, en situaciones de ASI, y que los relatos que plantean mayor desafío en el diagnóstico, son de los niños más pequeños, niños con capacidades diferentes, o en condiciones de salud que les hacen difícil, cuando no imposible, comunicar experiencias).

Ojalá el contexto hubiese sido otro. Fuera otro, aun hoy. No ha sido una misión sencilla sensibilizar a nuestro país en torno al ASI y al imperativo adulto de cuidar y evitar a los niños sufrimientos evitables. No podemos arriesgar que recorridos ya ganados tomen direcciones negativas, inclinando la energía hacia la furia, el terror y la impulsividad, más que hacia la responsabilidad y precisión.

Responsables y precisos deben ser los pasos que damos para avanzar en prevención (protocolos claros, educación en sexualidad/afectividad, y los términos de relación entre adultos y niños: físicos, emocionales), en el tratamiento y reparación de ASI (con posibilidad para TODAS las víctimas y sus familias de acceder a terapia), en educación pública y en comunicación ética de los medios cuando se realiza cobertura de noticias vinculadas a la niñez, en las buenas prácticas y fiscalización de jardines infantiles (y criterios de selección muy claros sobre qué perfil de docentes e instructores son los más adecuados para el trabajo con niños prescolares y de cada grupo de edad), en leyes cuidadosas y oportunas (antes de, no después de las tragedias), en la convivencia entre adultos y niños en todo ámbito, y en el derecho de tod@ niñ@ a vivir su infancia en bienestar.

No existen códigos de atención en salud ni sanciones de la justicia formal para las heridas que se infligen al colectivo humano y a sus procesos de cambio (también pueden ser lesionados), pero eso no las hace menos reales. Saltarse etapas no hace bien, presionar al tiempo, por más arduo que sea a veces respetar la espera y sus ciclos (querríamos resultados ojalá inmediatos). Pero si reformar no resulta bien en la prisa, menos esperanza tiene el cometido mucho más profundo y perdurable de transformar. Y transformarnos.

Aprender. Hacer las cosas mejor en cada ocasión futura. Eso queda de estos días.

El caso Hijitus, como el año pasado el llamado “caso Orellana” (con 3 juicios y 3 veredictos diferentes), son insistencias que no podemos ignorar. Nos interpelan a examinar la responsabilidad de actores específicos, de nuestro sistema de justicia, de la experticia y criterio de peritos vinculados a casos de ASI, y también de los ciudadanos, en relación a todo: qué legislaciones tenemos y cuáles faltan (y hasta cuándo es tolerable que no contemos con una ley de protección integral de la infancia), cómo se verifica el cuidado de los niños (hogares, escuelas, salud, todo el país), y cómo se conducen procesos de diagnóstico, denuncia, investigación, justicia y reparación del abuso sexual infantil.

Los estándares no dan igual ni son acomodables a cada caso o a las preferencias o turbas de un momento dado. La protección de las víctimas presuntas -su integridad, dignidad, privacidad- es irrenunciable, y también el respeto al principio de presunción de inocencia. En procesos tan delicados como los que se vinculan a delitos sexuales y trauma infantil, las instituciones, profesionales y medios necesitan revisar el para qué, y el cómo y cuándo de sus decisiones, y también de la información que se comparte.

Si se pierde la oportunidad de hacer justicia en casos de ASI por falta de rigurosidad y/o por exceso de errores o procedimientos mal realizados o sesgados; si se acepta que los niños sean tratados como lo son durante procesos judiciales (incluso por quienes se supone están de su lado); si se condena a priori a personas imputadas o es indistinto encarcelar a ofensores sexuales e inocentes (“por si acaso”); si las familias deciden que es preferible no recurrir a la justicia cuando existe sospecha de abuso o sufrimiento infligido por otros sobre sus niños (y la estadística de casos sobreseídos junto a las posibilidades de retraumatización de los niños son argumentos poderosos); si no existe sanción o restitución de la honra de personas falsamente acusadas,  entonces las grietas no son sólo de un “sistema”, o de abogados, fiscales, jueces. También estamos nosotros ahí: me refiero a todos los adultos.

Compartir responsabilidades como colectivo no tiene relación con el autoflagelo, y tampoco con eximir a otros de responder por daños que ellos ocasionaron. El sentido, más bien, es recordar que somos ante los niños, todos por igual, “el mundo adulto”. Querríamos que ellos vieran a ese mundo, y a todos nosotros, dispuestos a hacernos cargo, a actuar con equilibrio, a preguntarnos  “cómo pudimos y podríamos hacerlo mejor”. Hay errores que no pueden repetirse. Errores sólo de los adultos.

Ponderar hoy los resultados del accionar de la justicia y de diversas personas, sin soltar la mano de nuestro propio autoexamen –si no individual, al menos generacional, o cívico-, abre una oportunidad de estar mejor preparados, de aprender y entender, de no consentir con prácticas cuestionables, desprolijas. De progresar conforme exigimos al fin un estándar más alto, el más alto ojalá, cuando se trata de cuidar a la nueva generación, especialmente en casos como el que va llegando a su desenlace esta semana (aunque sólo para la justicia, pues los dolores humanos no terminan con un fallo).

 

#BringBackourgirls 16 de Junio #BBOGChile

bringback_16junio

 

Para este 16 de junio, a 63 días del secuestro de las niñas escolares de Nigeria (nuevos secuestros se han sumado desde entonces), las organizaciones han pedido que la humanidad entera se vuelque en acciones para expresar sus sentimientos y exigir –una vez más- el rescate de las hijas de tantas familias que no dejan ni dejarán de esperar el regreso de sus niñas al hogar. Si fueran nuestras hijas, tampoco capitularíamos ni por un momento.

El gobierno nigeriano y sus colaboradores internacionales ahogan toda verosimilitud posible: ¿todavía no pueden localizarlas, hacer nada por ellas? Cuesta creerlo. Mientras Nigeria participa del mundial como si el horror inconcebible no ocurriera en su país (y cuesta entender que se tenga estómago o concentración para jugar fútbol), las noticias sobre nuevos secuestros, ataques a comunidades y la persistencia del terror, no se detienen.

Desde nuestras lejanas latitudes, l@s ciudadan@s del mundo sólo podemos contribuir desde nuestra voz y nuestra insistencia para que todo gobierno y Naciones Unidas (¿dónde están?) realmente se vuelquen en la prioridad de devolver a las niñas nigerianas a sus familias y a sus vidas de estudiantes y adolescentes, aun cuando sabemos su retorno sea, irrevocablemente, con huellas de dolores que hacen saltar años, décadas en la inocencia del tiempo que debían vivir.

¿Y si fueran nuestras hijas? Desde esa pregunta imprescindible, la petición es a sumarse una vez más en una acción colectiva de #BringBackourGirls #BBOGChile.

Este encuentro será distinto al que realizamos el pasado domingo 18 de mayo en Santiago de Chile (ver “Toda la Humanidad”), pero ambos siguen siendo un “encuentro”: aquí concurrimos, alrededor de una intención buena y urgente, una ronda humana donde faltan más de doscientas niñas de un país lejano que se intersectan con las niñas de cualquier país, el nuestro también… y su bondad o sus demoras inconcebibles en cuidarlas y alentarlas a realizar las mejores vidas que ellas puedan y quieran soñar. Mucho se habla de las mujeres en nuestro país, y de sus desventajas y derechos a defender. Es una conversación incompleta, siempre lo será, mientras no se incluya a las niñas y sus vidas.

Este lunes 16, les proponemos encontrarnos en nuestros hogares, con parejas, hijos, familias, amigos y vecinos, para dedicar una acción a las niñas de Nigeria. Durante el día, desbordemos las redes con mensajes de #BringBackourgirls, conminaciones a actuar, expresiones de indignación ética y de amor y solidaridad por las familias de las niñas y la gente buen de Nigeria que lejos de estar preocupada por el mundial (donde también participan) no cejan cada día en su gesta de cuidar.

Les sugerimos siempre usar los hashtag #Bringbackourgirls o #BBOGChile. Asimismo, para las noticias más actualizadas vinculadas a las niñas de Nigeria, y las responsables de los esfuerzos por la campaña internacional: @BringBackGirls y @rescueourgirls. Sigámoslas en tweeter y apoyemos con RT y otras formas de aliento que se nos puedan ocurrir.

Algunas ideas para twitter (copy/paste)

Creemos en las acciones colectivas. Haz RT para sumarte a esta causa http://bit.ly/1kWYria #BringBackOurGirls

 Han pasado 63 días desde el secuestro a las niñas de Nigeria. Ayudemos a exigir su rescate http://bit.ly/1kWYria #BringBackOurGirls

¿Cómo apoyar #BringBackOurGirls? Así lo hicimos en mayo http://bit.ly/1kWYzOA. Algunas ideas para hoy http://bit.ly/1kWYria

16 Junio Apoyemos a familias y niñas Nigeria. Compartamos esta canción dedicada a ellas http://bit.ly/1q2hM1R (@omlazo) #BringBackOurGirls

¿Puedes creer que el gobierno de Nigeria aún no localiza a las niñas secuestradas? Manifiéstate http://bit.ly/1kWYria #BringBackOurGirls

Twibbon:  http://twibbon.com/support/bringbackourgirls-campaign/twitter

 

Al final del día lunes 16, por la tarde o noche, tal vez antes de ir a dormir, conversar especialmente con nuestros hijos e hijas, reflexionar, o levantar una plegaria (cualquiera sea la forma en que conciban un pedido a la vida, quizás una velita pequeña, o flores), un rito en familia,que haga llegar nuestra solidaridad a las familias y las comunidades de mujeres y hombres buenos que en Nigeria siguen esperando el regreso de sus niñas.

Si hay niños y niñas chiquitas en las casas quizás podríamos realizar actividades pensando en ellos: un dibujo todos juntos, o escribir en papel grande y con plumones por qué es importante cuidar a los niños y niñas, o qué piensan -los niños más grandes- acerca del derecho a estudiar en paz que hoy no es algo garantizado para muchas niñas y niños del mundo, o bien, qué mundo sueñan para todos los niños y niñas, y qué esperan de nosotros los adultos, en fin: son infinitas posibilidades.

Acompañemos este momento, los invitamos, con la maravillosa canción, “230” compuesta especialmente para las niñas de Nigeria, por Oscar Lazo (@omlazo) , papá, neurobiólogo, académico y cantautor chileno. La cantamos el 18 de mayo, y es una voz que vale sostener en alto ahora.

Aquí para que nos acompañe ese día y para compartirlo con todo el mundo, la canción “230” #BBOGChile , via youtube https://www.youtube.com/watch?v=0Qs83QLBMYA&feature=youtu.be  Y la letra en español por si queremos acompañar la melodía:

“230” (#BringBackOurGirls Chile)  Oscar Lazo (música y letra)

I

Hay más de un sitio en el mundo

donde anida nuestro miedo

donde el terror abre fuego

en territorios profundos;

y acaso por un segundo

gane el miedo la partida

Y entonces viene la vida

A demostrar que no es cierto

El más hondo desconicerto

Es la esperanza más viva

Coro

Que vuelva la primavera, A cubrirnos de sus besos

Doscientos treinta regresos, Espera, ay mi niña, espera:

Ya vuelve la primavera

II

Nadie elige quién se es

Se pudo nacer siendo otro

En cualquier rincón remoto

A bordo de cualquier tren

Cuando abras tus ojos, ve

Que a lo que le dices “yo”

No Dependió de forma alguna

de ti,  sino de la cuna en que se te cuidó

Coro

Que vuelva la primavera, A cubrirnos de sus besos

Doscientos treinta regresos, Espera, ay mi niña, espera:

Ya vuelve la primavera

III

Vuelva la lluvia de invierno

Vuelva el viento en primavera

Vuelva la confianza entera

Y se apaguen los infiernos

Vuelva la paz, y haya cuentos

A la hora de dormir

Y canciones pa’decir

Que hasta la pena más dura

Y la noche más oscura

Van a llegar a su fin

Coro

Que vuelva la primavera, A cubrirnos de sus besos

Doscientos treinta regresos, Espera, ay mi niña, espera:

Ya vuelve la primavera

IV

Doscientos treinta preguntas

Aguardan una respuesta

Que las devuelva despiertas

Que nos haga ir en su busca

La verdad que estaba oculta

Debe asomarse a gritar

Que toda la humanidad

Es igual de responsable

De cuidar. Lo niños que hablen

Confiados en dignidad

 

Gracias a todos por concurrir una vez más, cariños y un abrazo fraternal

Tomás Ojeda, Oscar Lazo, y Vinka Jackson (Chile)

Desde UK: Paz Zarate

acto nigeria grupo (1)

 

Padres

“Hold on, Daddy, to the red boat. Raise the bodies from the salt sea”, The Soft Parts, Rose Polenzani

 “Young girl…violins… She holds the hand that holds her down”, Daughter, Pearl Jam

Minutos de diferencia: alguien me comparte una columna de Carla Guelfenbein, escritora chilena, “La lección de la estrella” (en honor a su padre, imperdible), el video de una campaña pro paternidad (ver) y la invitación a un taller de tragedia griega y sus vínculos con el psicoanálisis. Un solo eco.

Una balada irlandesa del siglo 18 (Ten Thousand Miles). Ceremonia. Contar años, niñas y niños. Cruzan la línea del Ecuador muchas veces. Historias de abuso sexual, resiliencia, relatos de amor, autorías de sí mism@s. No hay mayor reverencia que ésta (#tribu).

Tics heredados de la niñez: ir al diccionario que no es inalcanzable como entonces, en su repisa alta, tan pesado el libro. Tres clicks: el sitio web de la RAE con sus muchas acepciones de PADRE y ninguna, curiosamente, señala un vínculo con el amor (ver por favor). Tampoco con el horror, la posibilidad del incesto. Sí se mencionan la procreación, la patria, y hasta el sacerdocio (cuyos hombres deberían usar el nombre propio, no “Padre”, ya no).

El sacerdote Larraín inolvidable. ¿Segura de que nada más? Nueve, diez años de edad, primera confesión, primera comunión. No estoy segura. La hermana Hortensia nos enseñó los mandamientos y hubo uno que apenas entendí. Es una palabra extraña, fornicar.

“Por ejemplo, verse desnudos al espejo… todo lo que tiene que ver con la desnudez. El cuerpo no se toca, es de Dios”. Nada menciona ella sobre dispensas de los padres. Réquiem.

“¿Segura?”. Si le contara, preguntara, quizás él podría hacer algo. O no, y sería peor. Su cara de sorpresa asoma del confesionario y no he terminado la primera frase. La culpa cuelga del aire que se filtra por un vitral.

El sacerdote del barrio es un señor mayor, calvo, con grandes ojos claros. Casi llora de la risa. Yo hincada; otro tipo de lágrima. Me dice que no me preocupe, que aclararía con la “hermana” unas definiciones, y que es “imposible” que una niñita/o tenga algo que ver con ese pecado. Callo y se siente igual que mentir. Me iré al infierno, pienso. O volveré, en unas horas, unas cuadras.

El sacerdote y la señorita murieron antes de saber. Mucho antes, yo había dejado de pertenecer a su mundo. Lejos, sal de alma, redes reflotan cuerpos naufragados. ¿Qué hacer con ellos? Devolverlos al mar, supongo. Como a una cuna. Una tumba. Una plaza azul. Cuerpos que serían hoy de la misma edad. Exactos 46 años.

***

Edad promedio primera violación en el incesto: 7 años, estatura aproximada: 122 cms, peso estimado: 23 kgs (datos OMS). La pequeñez de los datos. La dimensión del daño. La ceguera imperdonable ante cuerpos inocentes.

***

Las décadas acortan la vista para leer, pero no para leerse. Aunque sean miles y microscópicos los puntos suspensivos escritos al fondo del cuerpo. Puntos suspensivos que hoy ya son adultos. Cuando eran niños, miraban hacia arriba, se subían a una silla, o pedían al silencio, tan inmenso, subirlos sobre su espalda. Ahora son puntos más altos y miran de frente. ¿Si él estuviera hoy, qué podríamos decir o negarnos a decir? ¿Qué preguntar o contar después de tantos años? Poco cambia. Puntos suspensivos al infinito. Lo inexpiable.

Recuerdo a hombres que son de esta vida, hombres buenos, genuinamente buenos, sin capas ni sombras, sin egos imposibles, sin palabras amargas o no dichas. Me quedo en ellos un momento. Tantos cuerpos, extremidades, historias. Hacer con todos una sola forma que amortigüe el eco de estos días.

Miro a mis seres queridos, sus cuerpos, descanso ahí. Me repito que existen tragedias actuales, y otras que no deberían importar a estas alturas. Entonces, lo escrito por Marco Antonio de la Parra me da permiso. El amor convertido en daga. El no-amor. El origen interrumpido; el padre que se malversa, devora a sí mismo. No es lo que debió ser. Ni sus hijas. Dejar nombres atrás. Uno y otro adiós, más seguros o valientes, otros menos.

El duelo es siempre anterior, desde el comienzo de toda historia (y en todo lo que existe): late la pérdida posible, cerca todo el tiempo, negándose a ser/rogando no ser. Desanudar todo esto. Poder amar a las hijas. Al compañero. Desanudar cada día, como hacer las camas o preparar el té. Desanudar la vida entera.

All my father’s knots I would tear with my teeth… ella (Polenzani) lo dice por nosotras: morder, romper, desatar, disolver. No es contra el padre: es a favor nuestro, nada más. De la dignidad que no perdimos (aunque lo hayamos creído por años). De la historia que sí podríamos, podemos escribir.

Propagandas en televisión, radio, los paraderos de micros, el periódico. No hay dónde ensordecer. Por más que asignemos a ciertos eventos la condición de “artificiales, consumistas, forzados”, somos human@s.

Cuando hablaban de padres, siendo niña, sentía al mío en peligro: de encoger, de llorar o correr lejos hasta llegar a un lugar del cual no sabría cómo regresar. Su padre también se había perdido en las calles. Habeas corpus imposible, el abuelo. Su hijo, mi padre (las definiciones de la RAE son inocuas, casi asépticas), siempre dijo que moriría joven. La vida no fue responsable de su muerte: él decidió partir con 46 años. Entonces no me parecía un hombre joven. Pero ahora yo tengo 46. Enmudecer.

Habeas corpus, aquí sí. Contra todo decreto suyo, quizás me habita su sangre. Y la de mi mamá. Yo habité ese cuerpo de mujer una vez (por ausente que se sintiera); y mis hijas el mío. La residencia es lo único, y es maternal. Lo demás: no existe. O eso querría.

¿Qué es el padre? ¿Dónde se pierde el límite entre el arrullo y lo demás? ¿Qué sustancia ahoga los ojos de algunos?  Hemos compartido estas preguntas, tantas mujeres. Ni siquiera por nosotras, sino por las hijas que vienen, las que cada día dejan de ser hijas a manos de sus padres.

Padres. Fascinación desde niña con los pingüinos: un punto inofensivo de observación, al menos. No sé cuántos libros sobre ellos y otros padres del reino animal he leído. También de madres. Los misterios que no puedo ni podré jamás dilucidar. Sí contemplar.

Una niña a la que conocí en EEUU (por una denuncia de maltrato físico del padre adoptivo), escindida ante una tarjeta que su madre le pide firmar. En su escuela no se hacían trabajos manuales para días del padre o la madre: eso era algo que cada niño y niña debía elegir si quería hacer y cómo; una decisión personal, no grupal ni del docente.

Había niñ@s con madres o padres fallecidos (algunos recientemente, por conflictos bélicos), o que los habían abandonado (sin saber más de ellos), o que vivían situaciones de abuso. ¿Cómo correr el riesgo de convertir una actividad en el aula, en algo tan triste para algun@s? Existen actos íntimos, de gozo y de duelo. Se nos respetan a los adultos. Respeto también para l@s niñ@s.

“Yo agradezco que me hayan adoptado, pero no me nace escribir tarjetas. No hay papá aquí”. La madre no escucha. La muchacha pide protección al estado, y luego su emancipación. Vive sola desde los 16 años, adoptó a un perro que se convirtió en su mejor compañero, terminó el colegio mientras trabajaba de recepcionista por las tardes y hoy está en la facultad de medicina (y próxima a casarse).

Desde otro corazón, una pequeña recuerda a su papá muerto (en Bosnia, un civil, no un soldado), “voy a hacer la carta y el dibujo muy pero muy grandes, en pliegos de cartulina, así alcanza a verlos desde el cielo ¿Sabrá que estamos aquí [EEUU] ahora?”. Pinta un mural bellísimo.

Hay historias intraducibles, o sí lo son pero a riesgo de robarles la vida (la posibilidad de su muerte y descanso, también). Una vieja poeta norteamericana recitaba Do we use all our fears? No robar; no dilapidar. Dar uso a las cosas, a los recursos, lo que nos rodea y lo que somos. También a nuestros miedos. ¿Cuáles usar, para iluminar qué, a quiénes?

Los pies líquidos, las manos. En esos años, no escribíamos tarjetas del día del padre pero sí de cumpleaños. Elegía atentamente las palabras, y dibujaba. No era importante. Los escritos del colegio sí: él los leía, comentaba, señalaba nombres de autores que luego yo buscaba en la biblioteca, para poder conversar. Algunas veces (a pesar del saqueo), en color blanco. No blanco de paz ni de pureza; nadie hacía esas asociaciones. Blanco como hojas de cuaderno, solamente.

Encontré sus cuadernos y escritos finales el día del entierro, al cerrar la habitación que arrendaba. Todo debía quedar en manos de la mujer que lo acompañó durante ese tiempo: ahí amor hubo. Antes de hacer entrega, leí sus notas varias veces, tratando de memorizarlas. Por desgarradoras que fueran sus confesiones, la pluma era admirable. Todo lo que él no pudo calibrar de su existencia, era equilibrio en las letras y guardé esa voz como señal de una posibilidad que, aun desplazada, reflejaba una intención vital. O una plegaria: templar el mal. No fue posible. Como muchos iguales a él: padres que hicieron sufrir a sus hijas, a las hermanas que esas hijas no pudieron rescatar, a las hijas de otros padres. Ni templanza ni justicia.

Una mujer amiga, sobreviviente de ASI, acaba de convertirse en mamá. No sabe si permitirá a su padre ver a la pequeña alguna vez. Mis hijas llegaron después; éramos solo nosotras, una genealogía breve, no más preguntas.

Emilia  pinta, pega, y ayuda a esconder sorpresas: “¿cuántos días faltan?”. Sabe que tiene una mamá, pero no la concibe como hija de nadie. Ella sí: plenamente hija. Por esos insiste en su alegre ansiedad. Pocos, le respondo. Jamás mencioné el día; tampoco mi marido. La ciudad, su comercio, los publicistas, se han hecho cargo de que un domingo exista, cada año. Este domingo.

Conozco a mujeres, jóvenes y niñas pequeñas para quienes el llamado “día del padre” es una bandera a medio izar, o raída y doblada en cuatro. En realidad, el “día” da igual: es la palabra. Siempre las palabras, su resonancia en nuestros cuerpos  (los cuerpos dolían; y a veces todavía duelen). Padre, papá, papito (¿se puede?). De tanto rasmillarse, ciertas palabras ya no sangran, sólo se vuelven jirones, cueritos, partículas casi invisibles al ojo humano.

Padre, hija. Las palabras que podríamos imaginar ateridas, abrigándose con minúsculos atuendos que, no obstante, siempre parecerán varias tallas más grandes, con las mangas largas, la basta eterna. Tul, lino o batista, lana suave o gruesa, mortajas: no por los padres que no fueron, sino por las hijas, por ellas sí, por los miles de apegos que para sobrevivir en el incesto -y como las estrellas de mar de las cuales escribía Carla Guelfenbein- se desmembraron a sí mismos, al vínculo con su amenaza mayor.

El amor que no pudo ser. Quedan sus lápidas blancas como cuadernos. La historia filial jamás escrita o por siempre incompleta.

Hay tumbas que no debería ser necesario visitar, pero se hace inevitable a veces (las niñas hijas, esos cuerpos del adiós que la memoria insiste en arrullar). Ahí han quedado lámparas, mapas, ángeles y gárgolas, objetos útiles, todos sirven, los usamos todos. Los dejaron ahí nuestras personas amadas, o nosotras mismas, para cuidar, cuidarnos. Recordarnos dónde pertenecemos. Cómo nos dimos a luz (y cuántas veces).

Pienso nuevamente en los hombres buenos a quienes muchas mujeres debemos restituciones que ellos no imaginan. Hijos, parejas, profesores, hermanos y primos, algunos abuelos o tíos, amigos de la vida, activistas por la niñez, uno los ha conocido y los conoce. Hombres de distintas edades y bondades semejantes que reescriben la historia. Hacia el pasado y hacia el futuro: reparan, transforman, alumbran, aman. Cambian así el diccionario. Y casi todos los ecos.