Lava

Yo la esperaba desde el 2013 (ver enlace) y, al fin, hace unos días, fuimos con mi hija menor a ver Intensa-Mente (Inside out, título original, aquí un adelanto) Es la nueva película de Pixar sobre los cambios experimentados por una niña en su camino hacia la adolescencia.

El lugar donde se despliega la trama: el cerebro. Los personajes: las emociones de la alegría, la tristeza, el enojo, el temor y el desagrado, y un amigo imaginario de la niña que sobrevive en la memoria.

La película es cautivante, encantadora, también para los adultos (con nuestras propias “voces en la cabeza”, ver tráiler 2), y sólo un poco larga para los muy chiquitos –algunos salieron a caminar, o al baño. Pero para todxs un regalo o “llave” para abrir y continuar conversaciones con los niñxs sobre formas de sentir, recordar, aprender,  la maravilla del cerebro (y todo el cuerpo humano), la identidad, y la importancia de todas nuestras emociones, junto a una resignificación muy especial de la tristeza, que no puede ser suprimida.

Antes de la película, otro regalo: el cortometraje “Lava” que juega todo el tiempo con esa palabra en su sentido literal, y como amor en inglés, love, love-ah. No quiero adelantar mucho más, pero volví hoy a la canción, las imágenes de los volcanes, la tristeza- alegría, la memoria.

Sé que fue mi padre –a pesar de nuestra historia- quien primero me habló de la creación de los planetas. De mares y volcanes. Si éramos hijos de la tierra, algo semejante al magma llevábamos dentro. Quizás el corazón, solía pensar de niña. ¿Podríamos estallar en fuego a veces? Lo ignoraba.

En días de erupción del volcán Calbuco (ver time lapse, por Martin Heck), con mucha gente comentando que era lo más cercano al apocalipsis que podían imaginar, recibí una llamada de mi hija mayor. Con delicadeza y casi como pidiendo disculpas, quería compartir que aun siendo consciente de la catástrofe y de lo terrorífica que tenía que ser para las personas en esa región, no podía evitar sentirse emocionada de observar algo que para ella era lo más cercano a cómo imaginaba la génesis de nuestra tierra.

“Me dejó muda de reverencia”, dijo. A mí, ella, también me dejó sin palabras. Y vi pasar en una cola de cometa, cientos de recuerdos de su niñez y adolescencia; incontables ocasiones en que ella puso vitalidad frente a obstáculos que salían al camino de nuestra familia. A veces, me inquietaba la pregunta de si no habría en ella algo genético, parte de ese “optimismo crónico” que según mi terapeuta y maestro de años, podría llegar a tener ribetes patológicos sin el contrapeso de la tristeza.

La tristeza, y no la “depresión”. Un diagnóstico (muy serio, y por cierto, devastador) que, según varios expertos, nos ha dañado como humanidad. Justamente, porque en gran medida nos ha robado el derecho a la tristeza. Y con ella, otras emociones.

Pensé en una conocida de quien muchos en su familia dicen que es depresiva, deprimida, o a lo menos “deprimible”.  Ama en abundancia, camina firme (es alta y buenamoza), tiene un agudo sentido del humor, trabaja y lo hace con placer (cero ganas de jubilar), celebra nacimientos, cuida feliz a sus nietos, duerme y come bien, disfruta haciendo regalos y auto-regalos (“engañitos” diríamos en Chile), adora viajar, y si no puede hacerlo, entonces sueña que viaja.

Pero perdió a su hermano cuando ambos apenas llevaban unos años en la universidad. Él es detenido desaparecido, y esa tristeza no se disipa ni disipará jamás, ¿y por qué habría de hacerlo, o cómo, sin habeas corpus? Ella está triste, no deprimida. No está enferma, no adolece de un mal. Le duele una ausencia; con amor, por amor (que tampoco se disipa).

Los niños al nacer, lloran y uno se angustia-alegra de que lo hagan porque es una forma de comunicarse, de llamarnos. Sin llanto y todavía sin palabras, cómo podrían expresar su frío, hambre, desconcierto, sus ganas de ser arrullados, su cansancio, o si les duele la guatita, y si alguna pelusa les molesta entre los dedos de los pies. No tienen otra forma, y uno agradece que el llanto exista.

Unos pasos más adelante, expresarán su dolor ante un golpe, un susto, o su pena pura, por no poder jugar con un amiguito/a, o porque no saben bien qué les pasa. A veces, lloran sólo por eso. El cuerpo llora: no sólo los ojos. Y no es sólo líquido salino: caben mundos ahí.

gotita

Escuchamos a menudo que se dice a los más pequeños, “no llores”, “si ya pasó”, “¿pero por qué estás llorando?!, ¿ya estás llorando otra vez?! En el subtexto, la descalificación a la tristeza, quizás desde la fantasía de evitar que nuestros niños sufran (y es inevitable: las pérdidas van con nosotrxs en el camino), desde una sobrevaloración del estoicismo -que no es igual a resiliencia, y arriesga enmudecimientos-, o desde las propias exasperaciones y ansiedades del mundo adulto.

Sin embargo, objetar las lágrimas envía una señal sin distinciones y bien podrían evaporarse otras: lágrimas de felicidad, de gozo, placer. Si son silenciadas, se pierden voces necesarias: la tristeza, y con ella, de la mano, también la alegría.

(“You cannot protect yourself from sadness without protecting yourself from happiness.”  Jonathan Safran Foer)

Un veterano de guerra a quien conocí, sufre de estrés post traumático, y lo acepta con la compostura de quien convive con una hipertensión. Sin embargo, defiende a brazo partido su no-depresión, y su sí-dolor: por lo que vio, vivió, lo que no puede perdonarse ni perdonar, y menos olvidar. Entre esos recuerdos, lágrimas que quemaban, y tanto, que no se permite casi llorar por miedo a repetir esa sensación.

En años de trabajo, compartir otros sí-dolores, no-depresiones. Los duelos de hombres y mujeres, jóvenes y adult@s que han enfrentado otras pérdidas. Pérdidas. Y la humana tristeza que nos hacen sentir.

Una mayoría de ell@s, especialmente durante procesos de sanación y reparación del abuso sexual infantil, descubrieron cuán ávidas y contumaces podían ser las lágrimas no lloradas en la niñez.

Días, semanas, de corrido o intermitentemente: una mordedura en el corazón que parecía no tener fin ni nombre. Una tristeza antigua y profunda, casi desconocida, que luego de años se revelaba en agua de sal. O en lava.

Ése el líquido, ésas las lágrimas que he atestiguado cuando la develación del ASI, con una voz audible al fin, permite su integración en el resto de una biografía. Lava.

(“We only live, only suspire, Consumed by either fire or fire”. TS Eliot)

Lava. Magma. Energía acumulada de silencios y ahogos, estupores y restricciones (irrupción en la vida, y su ritmo hasta ahí, lento y preciso). Un estallido que se libera, quema y llora hasta completar su itinerario. Otros fuegos, tanto amor (¿el deseo?). Habría que esperar, un poco más. Todavía otro poco.

(Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuan­do ella advirtió que, además del frío, llovía en los árbo­les, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuer­do del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendi­do guiñaba hacia ella y hacia él. Clarice Lispector)

Pensaba en el temblor y rugido previos, la humareda, las cenizas y lo que nos evocan; el líquido naranjo revolviendo minerales, plantas, todo a su paso. Escapar, buscar refugio. El corazón sólo quiere volver a casa.

Brincar sobre lava tibia; acariciar con manos y pies y con toda la piel, sus brasas. Luego la costra, el suelo diferente. Quizás islas. Nuevo territorio. El cuerpo recobrado. Más de una vez y las que sean necesarias.

(If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods, and the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter. It’s the only good fight there is. Charles Bukowski).

Mi hija menor me decía, a propósito de la película, que no sólo “Tristeza” hacía llorar sino también “Enojo” o “Temor” y que a veces era difícil saber “cuál es cuál”, pero que siempre se podía saber cuándo uno lloraba de risa, de alegría: eso sí, ¿cierto mamá?

Diásporas, orillas de río, el hogar, lavar, lava, dejar ir, dejar arder, dejarse. Esferas doradas con miles de rostros y paisajes de cada era, hiedras y buganvilias neuronales, hologramas de nacimientos, un hijo, hija en nuestros brazos y todos nuestros muertos acompañando. Llorar complet@s. Una canción de amor, y todas. Llorar de pura vida, Atizar ese fuego, cuidarlo, y reír perfectamente entre lágrimas (también la tristeza). Y claro que sí, hija. Es muy cierto.

(Call it whatever you want, it is happiness, it is another one of the ways to enter fire. Mary Oliver)

Descansar el corazón

” You only have to let the soft animal of your body love what it loves” .

Mary Oliver.

Al prójimo ecuánime y entrañable, que también los hay, no le seduce la retórica del olvido sino las cuentas claras

Mario Benedetti

La infancia servida abundante y hasta excesivamente por el Estado, debería ser la única forma de lujo -vale decir, de derroche- que una colectividad honesta se diera, para su propia honra y su propio goce.La infancia se merece cualquier privilegio. —  Gabriela Mistral 

1.

  • Los ojos pueden ver todo, pero no a ellos mismos, ¿cómo podríamos hacer para ayudarlos?
  • Los niños chiquitos no quieren dormir solos porque las almohadas no dan amor, y tampoco tienen brazos para abrazar.
  • Si yo miro el fondo del agua ¿ella me mira a mí desde ahí? …
  • No entiendo por qué tengo que aprender “cafilagría” si las teclas son más rápidas, pero igual las palabras tinene que ser más felices “de la manito”.
  • Yo sé, AHORA, que me gustan los animales y los planetas. Después voy a saber qué “me gusta después”. ¿Los profesores no saben ese orden del tiempo?
  • Si no “habría” pianos ni nada que tocar, ¿vamos a cantar todo el rato por turnos así no nos cansamos?
  • Si hay niños que no pueden escuchar, ¿les podemos cantar si aprendemos eso de las manos? (lenguaje de señas)
  • Si tuviera mucho dinero se lo regalaría a todos los científicos para que descubrieran una forma que nadie pelee y nadie se muera nunca.
  • ¿Por qué venimos a la marcha “de que traten bien a todos los niños”? ¿Alguien no sabe ver que las vidas parten chiquitas y no-fuertes?
  • No te preocupes de tus ojos, mamá: yo puedo contarte cómo se ve el cielo, pero con pocas palabras. Cuando aprenda las nuevas “en los meses de después”, ahí te puedo dar más detalles.
  • Muchas veces mi cerebro es como el cielo: yo no sé cómo va cambiar de un momento “en” otro, pero es igual lindo.
  • Si yo no obligo a mi amiga a creer en el espacio y el “stardust”, ¿por qué ella me “asusta” que el dios de sus papás nos va a castigar?
  • Las mariposas tampoco tenían alas cuando eran gusanos. ¿O sea los humanos “podemos crecer” alas “algún día, después, en cien años?
  • ¿Cuántas flores han “venido” a la tierra, desde que nació? ¿Te imaginas mamá si no “se secarían”? Seríamos más flores que personas.
  • Si yo nací de tu guata, ¿ahí también hubo un big bang de mí?

2.

No quiero, me niego a que se apoderen de mis palabras, la desazón y la furia de este tiempo.

“Transparencia” era una palabra bella, hoy llena de polvo y mentira. “Acuerdo”, antes promisoria, me revuelve el estómago. Hay otras erosionadas, olvidadas, arrumadas en desvanes mientras pierden sentido, o reemplazan sus significados y sinónimos por otros vergonzantes.

Bien público, bienes para la vida, democracia, proyectos y sueños de país: palabras que apenas se escuchan ante la densidad y repetición de otras como corrupción, trampa, estafa, egoísmo, abusos.

Imagino los subtítulos en el aire ante declaraciones tediosas, slogans y frases cliché, promesas tan valiosas como mano de miss saludando y deseando la “paz mundial”.

Si las intenciones tuvieran un idioma, una lengua audible, qué estaríamos escuchando a viva voz. Mejor no imaginar.

Recuerdo cuando pequeña, no haber conocido los significados de “trabajador” o “sindicato”, pero me sorprendió que se prohibiera y temiera su uso (avalado por los diccionarios que continuaban vigentes), por mucho tiempo. También recuerdo las disyuntivas crueles que se dejaban escuchar “esto (este horror), nosotros, o el cáncer, el caos”, o consignas confusas “patria o muerte, vencer o morir”, ¿quién moriría, por qué tanta muerte?

Siempre las palabras.

Aguzar el oído, el corazón: ¿cuáles se repiten, cuáles languidecen?

Un guión está roto; es sólo descrédito, palabras vacías. Podríamos ahora tomar el lápiz y contar otra historia. Podríamos al fin integrar y para siempre, otras voces. La infancia. Sus derechos, su mirada de nuestro país.

3.

Me niego, por estos días, a ceder espacio de mi corazón. Su amor, sus bríos, o su cansancio son mi gobierno; mi derecho.

Si voy a dejarme fatigar prefiero que sea por caricias sorprendentes en la madrugada, o la voz de mi hija: ¿mamá estás despierta?, tic-tic su dedo en mis ojos. ¡Te quiero contar un sueño increíble! La escucho, semidormida, mientras recuerdo el uniforme, la blusa blanca que me faltó planchar o la polera de gimnasia lavada a medianoche. Ojalá esté seca.

Me digo que los desvelos de la noche anterior fueron adorables (junto a otros que no lo son, en un marzo exigente) y comienzo la jornada, como todos. Camino al colegio, o el trabajo, cantamos canciones favoritas. Mi hija, por alegría de vivir. Yo, para doblegar el sonido de las noticias.

Pesar, o la decepción generalizada, sin un punto cardinal indemne en el territorio nacional.

Al fin somos tod@s y no da para dedos acusadores, mesías de turno, ni el auxilio de un pasado exprimido al límite como argumento de unos y otros para justificar, unos contra otros, las más diversas aberraciones y exclusiones (cuánto daño han infligido sobre nuestra capacidad de escuchar, dialogar, mirarnos con humanidad. Es imperdonable).

Las imágenes de nuestra tierra consumida, avasallada, y la pregunta de ¿y si?: lo que pudo evitarse, ser prevenido, las vidas que pudieron ser a tiempo protegidas. Cuántas respuestas responsables y eficientes pudimos haber anticipado para catástrofes sobre las que no tenemos control alguno, pero que sabemos siempre posibles.

En la arista de la deslealtad, y la vulgaridad mayor del alma: las consideraciones del dinero por encima de las vidas de los seres humanos.

De fondo, a diario, un reverberar irritante de boletas falsas y manipulaciones millonarias. Descriterios, insensateces, negocios turbios de un hijo, y una madre que calla, desvanece. No sabía, dijo. No podemos creerlo, aunque quisiéramos. Nos jugamos el auto-respeto, la adultez si seguimos creyendo así, pueril, frívolamente. Sin cuidado. Confundiendo lealtades con obsecuencias y con falta de cordura.

Tocando la psicosis, justamente: los posibles financiamientos políticos de familiares de victimarios (yernos o así fuera el primo en vigésimo grado de un genocida) a familiares de víctimas de crímenes de derechos humanos. Freeze. Shutdown.

Las explicaciones son ridículas, insanas, tanto como ofensivos los mutismos y omisiones ante una ciudadanía que observa con angustia esa grieta vuelta fosa (los restos de tanta promesa incumplida) en nuestra democracia.

Si tuviera un cuerpo nuestra nación. Piel, huesos, como cada uno de nosotros. Qué sería si la escucháramos respirar bajo cenizas, lodo, ácido sulfúrico, quejarse de dolor mientras se quema viva o se ahoga bajo lluvias desatadas. O llorar.

Qué cansancio sentirá nuestro país. Qué angustia. ¿Y sus ganas de soñar?

¿Y sus ganas de soñar?

4.

Se publican amenazas -quizás desesperadas, impotentes, arrogantes, no lo sé-  de un político bastante viejo. Pero no senil: sabe lo que dice (otros tal vez piensan lo mismo, pero no lo dicen, o no en público). La crueldad es exacta, no resultado de un impulso. Elige intimidarnos. Elige.

“¿Quieren que venga un militar?”. No, no queremos, ni a nadie que horade -como los políticos actuales lo han hecho- nuestra democracia. Ni que nos trate de la forma en que lo hacen.

Se ha utilizado como arsenal nuestro trauma más difícil como nación, para avalar exoneraciones de un sinfín de faltas que ya no están “bajo sospecha”, sino que han sido desenmascaradas.

Sin embargo, y “Por el bien del Estado” nos piden no ver ni juzgar abusos, y aunque no lo digan con estas palabras, nos rondan: “ustedes sigan trabajando, pagando impuestos (y siendo sancionados al menor error o demora de un pago insignificante, en realidad, para la banca). Déjennos continuar con esto que llamamos gobierno, y bajen la vista.

No.

Mil veces no.

5.

Es perverso si nos necesitan cieg@s. Y no puede ser bueno para ningún Estado proscribir la luz, caminar a tientas.

Aunque duela, es mejor ver, y escribo estas palabras desde lucideces ganadas entre la niñez y la adultez, y desde la aceptación de mis limitaciones que en los últimos meses, menguan mi sentido de la vista sin que logre nadie entender por qué. Miro a mi hija, horas, los bosques, mis libros favoritos, las estrellas. Acopio belleza, como quien acopia víveres.

He educado a mis hijas en su derecho y responsabilidad de contemplar el mundo: su coherencia, su maravilla y también su injusticia, sus desastres. Recuerdo que “desastre” tiene su origen en el italiano, “disastro” (1500s): sin estrellas. Sin auspicio ni protección estelar. El ser humano a merced de calamidades e infortunios (algunos, de su creación).

Leemos esta carta escrita desde Chañaral, o nos sumamos a la iniciativa sensible y asertiva de un Juan Carlos Cruz (en las redes #FueraBarros, y antes, los mensajes a  @Pontifex pidiéndole se retractara de nombrar a un cómplice de abusos sexuales como obispo de la Iglesia Chilena).

Queremos afirmarnos de una dignidad colectiva que nos negamos a olvidar, y que autoridades y élites de nuestro país han elegido ignorar en su desenfreno por hacerse ricos, unos, y otros tantos, riquísimos.

Riqueza de poder, dinero, licencia para desacatar toda ley, ética, o decencia del sentido común. Supremacía, privilegios, y abusos: todo cabe en la riqueza, y esa palabra es reducida a desechos. Y nosotros que solíamos usarla en frases luminosas: junto al amor, la vida, la naturaleza, los aprendizajes y los vínculos que nos hacen bien.

Debemos buscar otra palabra, en reemplazo. Quizás “abundancia”, esplendor. O “plétora”. Por ahí sí. Esa palabra sí.

6.

Hoy Emilia nos preguntaba por el tamaño de su corazón. Conversábamos con su hermana sobre las investigaciones, de larga data ya, que han comprobado cómo el corazón humano se beneficia no sólo de dietas y ejercicios, sino en el afecto, la compasión. Y cómo se lesiona (lesiones observables, medibles) luego de pérdidas, desamores, duelos.

Hay mucho de duelo en estos días, y sobran razones y frentes. En el corazón, en cambio, la misma superficie pequeña de siempre (una mano empuñada) para lo propio, y para la patria que fuímos, que somos, e importa. Como cualquier hogar.

“A servir y amar a la patria”: de niña apenas podía tararear este verso en actos del colegio. Hoy, mi hija menor no logra entender eso de “la patria”, y la mayor cuestiona el tono militar, según ella, de la música y letra de mi viejo himno de colegio.

Algo de eso hay, el pulso marcial, y muy poco de “la escuela es un cielo para ensayo de vuelos, lalalá” (sería pésima compositora, es claro). Pero más allá de mis nostalgias, ese verso era completamente sincero. A fines de los años 30, la fundadora del colegio, una maestra británica respetuosa de sus colegas y de los niños, creía con todo su ser en una educación-fuente de bienes para la vida, para la comunidad (o “la patria”)

Alcancé a cantar ese verso apenas 6 meses en mi primer año de escuela. Vino el golpe militar y “patria” se convirtió en una palabra confusa, escindida; hecha jirones entre significados no sólo diferentes sino enemigos, tanto como pueden ser la vida y la muerte, el terror y la esperanza.

Pero “patria”, en el diccionario de la rae, es una palabra que incluye “vínculos afectivos” con la tierra natal o adoptiva, el lugar que habitamos y donde aprendemos también, a habitarnos: reconocer nuestros cuerpos, amores, vocaciones,  vulnerabilidades, resiliencias; y a habitar junto a otros. Patria. País. Nuestro, con o sin estrellas.

Aun en el peor trance histórico, “esto es de tod@s”. Eso me lo dijo, a mis quince años, la sra. Ana González, dirigente de la agrupación de familiares de Detenidos Desaparecidos.

A comienzos de los 80, no era difícil contagiarse de resentimiento y sed de venganza (aunque siempre tuve claro que tenía sólo 5 años para el golpe militar y que no podría invalidar a mi generación ni otras más jóvenes a perpetuidad). En cambio, una mujer lúcida me llenó de esperanza y claridad: inclusive los soldados  deberían volver, en democracia, a ser parte de la comunidad. Del “nosotros”.

Es extraño que leyendo a poetas, y admito, sobre todo en otra lengua (Louis McNeice, irlandés, fue clave) haya resucitado a “la patria” y su corazón que imagino no tan distinto al nuestro. Puede que también, ahora, necesite descanso

Ya no somos (nunca fuimos) los “ingleses” de Latinoamérica, ni jaguares o tigres (ya ni recuerdo). Los que mirábamos con alivio –otros con jactancia- no compartir los índices y prácticas corruptas del resto del continente (y quienes quizás hasta dejamos pasar la emoción al escuchar “Latinoamérica”, de Calle 13).

No hay lugar para más desdén. En cambio, sí, para la humildad que no equivale a humillación, jamás. Sólo reconocimiento de un punto siempre falible, de quiebre; de mutación de fragilidades en fortaleza (o viceversa), de crisis en posibilidad.

Patria, república. Un territorio que es todo el planeta, o un metro cuadrado donde podamos sentir pertenencia, cercanía; donde nos acongojamos si otros sufren, y nos alegramos si sus vidas son bien cuidadas. (Los niños son la mayor fuerza. Expanden la patria: nos conminan dentro y fuera de sus fronteras, hasta que éstas casi desaparecen).

Nuestra, nuestro. Repetir mil veces.

Hasta el amor.

Hasta recordar lo que nuestros abuelos nos enseñaron. Cada uno de nuestros muertos y nacidos.

7.

Hemos conocido, escuchado, leído (y casi ya, dejado pasar e ignorado), decenas de análisis sobre “la crisis” y la desilusión que parece irreversible. Proposiciones, pocas, y pobres.

Comisiones eufemísticas, o “acuerdos” (o colusiones entre delincuentes, más bien, como señalara J. Baradit, y cuánto debe dolernos resonar con estas palabras). Salvatajes de emergencia que no garantizan ni enmienda ni prevención de recaídas. Y cómo podrían.

Continuamos estancados generacionalmente (no sólo en quienes detentan muchos de los liderazgos de este ciclo político 1990-, sino en una forma de ejercerlos, que es independiente de la edad), y secuestrados en claves pasadas (pre años 70, post golpe, transición democrática).

Por supuesto nos construimos desde nuestra historia, y podemos agradecer a cada generación sus esfuerzos y luchas (y no termina el duelo por tantas vidas perdidas). Pero de poco nos sirve si el presente se nos evapora, o la línea del horizonte se avizora exánime, flat-line: a eso no querríamos llegar. Revivir un corazón apagado es un proceso de alto impacto, incluso violento. Y a veces, vano.

No queremos descampados ni zombies en el corazón. Si este país tiene uno, cómo no vamos a quererlo bien, diáfano, conectado con sus ganas de vivir, su integridad; no resignado ni latiendo a duras penas.

8.

Escribía no mucho tiempo atrás, sobre la clase política que nos hacía mal, que dañaba nuestra salud y vitalidad no solo como ciudadanos, sino como hombres y mujeres en nuestras vidas de cada día.

Es tóxico lo que respiramos entre dichos indolentes, absurdos, y la suma de delitos y actos que, si bien no necesariamente ilegales, malversaron completamente (pretérito indefinido, categórico, irrebatible) nuestras confianzas.

Los daños no son menores. Las medidas de reparación necesitan ser coherentes con la magnitud de nuestras pérdidas. Y como en procesos traumáticos –y disculpas por la comparación, pero no encuentro otra mejor- se requieren contenciones colectivas, concurrencias de todos y todas. También perdón.

Además del accionar de la justicia (“caiga quien caiga”, y ojalá antes de caer, podamos atestiguar actos reparadores como renuncias e inhabilitaciones de motu proprio), podrá ser una asamblea constituyente, los aportes a iniciativas como “tu constitución” (aunque lo lamento: mi memoria de Ricardo Lagos como presidente, me desincentiva), movilizaciones, o bien, nuestro propio radio de incidencia, nuestros actos de atención y cuidado para con nuestra democracia. Cualquier votación, elección, no puede NUNCA más ser desinformada, ligera.

El ciclo de la transición terminó, y con él, el pacto social que permitió avances -algunos inimaginables y otros incompletos, a puro patchwork- pero que también nos vistió con más de una camisa de fuerza que ya no tendríamos que llevar sobre nosotros (esa sí, sería una pira hermosa). No hoy. Y tampoco en el futuro que  “por el bien del estado” o de la democracia recobrada, ya hipotecamos en demasiados períodos, siempre a la espera de un momento más propicio, y en la medida de lo posible. Veinticinco años.

Veinticinco años. Tanta separación,  olvido de los más indefensos (la situación de la niñez, no sé cómo conservamos fuerzas para insistir). La consolidación de castas y abandonos sociales que no podemos explicar ni perdonar (nos).

Veinticinco años. ¿Cuántos nombres podemos evocar remotamente semejantes al de un ex-pdte Mujica? ¿Cuántos políticos podemos señalar como admirables, respetables, inolvidables?

¿Cuánta legitimidad, sinceramente, conferimos a nuestro Congreso, nuestro gobierno?

¿Cuántos de nosotros querríamos que nuestros hijos dijeran “cuando grande voy a ser presidente”?  Yo no. No así.

Veinticinco años, y  a pesar de la deuda que tenemos con ellas (inaceptable conforme más niños y niñas crecen y se convierten en adult@s sin que les hayamos prodigado todo lo que era su derecho recibir), muchas nuevas generaciones llegaron a la vida. Somos otro país. Hemos cambiado. Crecido, ojalá.

9.

Las salidas a la crisis, con buena intención o mafiosamente, están siendo pensadas. Pero varios metros más adelante, urge el sueño pendiente de Chile que hace mucho debió dejar atrás la cota “dictadura-democracia” y reconocer su derecho a mirar al cielo, optimista y desmesuradamente.

El ahogo mayor, es sentir que por demasiados años hemos estado como esos terneros encerrados entre cuatro palitos, frenando su crecimiento (y del modo más despiadado, para no sé qué “cuisine”).

La cota era aceptable (y con pesar) durante el primer gobierno post-dictadura. Luego no. Hace rato que no.

Hoy podemos volver a reconocernos parte y dueños de nuestro buen destino, sin camisas de fuerza ni microestablos. Juntos. Negándonos a más separaciones. No podemos ser para siempre “ellos” y “nosotros” –desde donde quiera que observemos-, porque además, nadie es ya super héroe de la historia, de la moral política, del rescate de la democracia.

Una cosa es la gratitud y otra la usura: podemos estar en deuda con una generación de líderes, pero no en sometimiento ni aceptando intereses descabellados como renunciar a saber qué han hecho o a que se juzguen sus actos sin acomodos según ideología o avenida política (para Penta sí, para Caval un poco menos). ¿En qué quedamos: no era inaceptable la impunidad? No nos hablen de ética ni transparencia si están pensando en amnistías y amnesias del grado que sean.

La vergüenza compartida ojalá no sea en vano. Pero si no puede ser una oportunidad para la humildad y autoexamen, al menos que lo sea para el retiro y cesión de espacios de quienes nos gobiernan. Es hora de partir. Es suficiente.

Soberanía. Qué palabra hermosa y gigante. Como “deseo”. Ciudadan@s que desean. Que soñamos vidas preferidas.

La rueda de la vida, los ciclos cumplidos, el tiempo abierto. Sentirnos plenamente adultos. Que pueda también la nueva generación, tomar su lugar.

10.

Junt@s.

Las responsabilidades son compartidas (pero en distintas medidas, seamos asertivos y no llevemos más carga de la que en realidad es nuestra). También la llamada “crisis” que vivimos.

En alguna parte de nuestro ser, un susurro nos recuerda que tenemos parte en esto y no se trata de culpas vs inocencias sino de venas, arterias, conexiones, vidas intersectadas, un territorio que nos encuentra.

En alguna parte, sabemos muy bien cuánto costó recobrar el derecho a elegir a quienes nos conducen y deciden, en nuestro nombre y junto a nosotros, los destinos de nuestro país.

Autoexamen, también como ciudadan@s. Es un tiempo propicio. Impostergable.

¿Cuánto respeto hemos puesto en nuestros votos, cuánta seriedad y memoria, cuánto amor por nuestros niños, o por nosotros mismos? Nuestras elecciones no reflejan una gran autoestima si continúan siendo investidas personas que lo han hecho mal, y que nos hacen mal.

Somos cuerpos, historias, voluntades que no son llegar y separar si al final del día queremos, casi todos y todas, continuar en la vida, en el deseo de una buena vida.

Además de nuestras afinidades: nuestra interdependencia irrenunciable (desde el origen de nuestra humanidad(. Nos necesitamos, estimulamos, o menguamos unos a los otros.  Sólo los psicópatas permanecen inmunes a la huella que dejan los días: en sus vidas, o en las que comparten con el colectivo.

Somos responsables en el sentido de responder o de elegir no actuar, dejar hacer, que son también formas de respuesta. Y somos responsables de haber demorado o capitulado en nuestros sueños; y dejar que nuestra imaginación perdiera ánimo y dignidad.

En imaginar no hay dolo, no hay ingenuidad: sólo una pureza contumaz de la cual nada ni nadie debería distraernos o expropiarnos. Menos aún cuando necesitamos contagiarla a nuestros niños.

11.

Imaginar, con todo poder, con amor, un país bueno.

“Bueno” de bienestar, de bondad, de bienes para cada uno, para nuestros hijos e hijas, para nuestros padres que envejecen,  para las araucarias, las escuelas, los glaciares azules, los hospitales, el desierto, los museos y plazas, los pudúes, la robótica, cada pueblo y ciudad, para la música, la democracia, los derechos humanos, y así al infinito: para lo que queramos, donde queramos.

Existen tantos y tan diversos motivos, de todos los tamaños, para la pasión de cada un@, en cada edad. Y siempre tenemos alguna.

Pocas personas, por ejemplo, no tendrían una respuesta para preguntas tales como “¿y si te concedieran 3 deseos ahora, cuáles pedirías?” o “y si ganaras un súper loto o herencia de un tío desconocido, ¿qué harías con ese dinero?”.

Aun en las mayores y más desoladoras adversidades, guardamos un destello de ilusión, una rayita milimétrica de horizonte; esa “zanahoria” que mueve carretas o carruajes en nuestro corazón y cada órgano de nuestro cuerpo.

Vivir. Vivir bien. Si no es hoy, entonces mañana, pero mañana solamente. No en diez años, no en dos siglos. No llegar a la muerte y pensar en “lo que pudimos ser”, o lo que debimos.

12.

No le robaríamos a nuestra pareja, ni sacaríamos el dinero de las alcancías de chanchito (o quizás, con personajes de minecraft, u otros, en estos tiempos) de nuestros hijos. No tiraríamos papeles al suelo de nuestro dormitorio ni fósforos a medio apagar en cualquier rincón de la casa; no dejaríamos las llaves de agua abiertas el día entero ni la comida expuesta al sol.

No nos negaríamos a reparar una gotera si llueve, o a cambiar ciertas rutinas para cuidar mejor a un miembro de nuestra familia (cualquiera su edad), convalesciente, o sólo más cansado que los demás. No nos perderíamos un agasajo, la oportunidad de hacer regalos, tener gestos de amor.

Nos sonaría absurda la envidia o la suspicacia entre habitantes de un hogar: ¿cómo se saca tan buenas notas mi hijo?, ¿por qué mi pareja se ve tan linda, o tan guapo, luego de tantos años?, ¿por qué mi abuelo -jubilado- tiene derecho a levantarse más tarde y yo no?

No esconderíamos frutas ni frazadas, dejando a los demás desprovistos de alimento o calor. No derrocharíamos tiempo en astucias, conspiraciones, acopios incompatibles con la vida de uno o todos los que hacemos una familia. No sobreviviríamos negándonos afecto, consuelo. No nos restaríamos de soñar, de suspirar ante una noche estrellada.

En la analogía más elemental, pero no por ello menos urgente, nuestro país.

El refugio de cada un@ está dondequiera que habitemos: casa, edificio, barrio, ciudad, la nación, la naturaleza. ¿Por qué nos permitirmos hacer distinciones que nos arriesgan? ¿Y si el buen trato? ¿Y los pequeños actos que declaran nuestra ética elegida?

13.

Pensaba, hace unos días, en poetas y aviones, como Zurita alguna vez, y en mi desesperación imaginaba dejar caer sobre el país millones de papelitos recortados con algún mensaje, nada muy hermoso ni sofisticado, ni versos ni citas magníficas, sólo preguntas copiadas de un libro lúdico que siempre está en nuestro comedor (pensando en los niños, sobre todo):

¿si fueras un instrumento musical, cuál serías?, si fueras un personaje de la historia, una novela, si un árbol o un ave, si una batalla o una obra de arte, un gran invento, un objeto de la cocina, en fin… ¿Por qué? por qué esa elección, esa primera preferencia.

Qué ganas de hacer esas preguntas a diario, a nuestros niños (y a nosotros, por qué no) para despertar en ellos ingenios y maravilla, conversaciones fascinantes, risa, gozo puro, inventos e ideas increíbles y la fe para perseverar en ellas (u otras en reemplazo, si las primeras no dan fruto), pasiones.

Y vuelta entonces al aeroplano con sacos de papelitos como si fueran almohadas minúsculas lanzadas cielo abajo: para descansar (que falta nos hace) y para soñar despiertos, o para hacer guerras emplumadas saltando sobre algún trampolín imaginario y salir largados lejos, más alto que lo que este país nuestro, actualmente, está permitiendo de altura de vuelo.

Quizás como a muchos nos pasa por estos días, los niños preguntan. Mi hija menor lo hace por #Fuerabarros, por la presidenta, por los bidones de agua (no logra concebir un norte sin agua ni luz ni alimentos), por los árboles bajo el fuego.

“Si esto está mal, ¿por qué no lo cambiamos así y asá y ahora?”. Sus proposiciones y ejemplos son sensatos e inapelables (como casi todo análisis de los más pequeños) y en cambio tan pobres mis argumentos, o tan derrotados.

Antes de llegar a decir nada de lo que me arrepienta, y arriesgarla a la decepción o la rabia, me queda volver a los universos cotidianos,  lo que sí podemos hacer desde nuestro hogar, nuestro barrio, y desde nuestros deseos.

¿Cómo te gustaría que fuera: un presidente, este país, las personas, “la escuela en la nube” cómo la imaginas, las plazas y las bicicletas del futuro, la vida de los más chicos? (por estos días, los niños, niñas y adolescentes comparten su voz en la campaña #yoopino del Consejo Nacional de la Infancia. Escuchemos).

12.

Suelo escribir muchas cosas en las libretas que siempre traigo en mi cartera. Mis anotaciones favoritas son los dichos de mi hija menor (en su tiempo, los de mi hija mayor, y aún hoy siendo una mujer, no abandono esa bitácora). Las frases con que comencé este largo escrito le pertenecen.

Cada semana, cada día, puedo escuchar de Emilia, seguramente como muchos padres de sus hijos, y de muchos otros niños, “qué venga la maravilla, qué venga el amor a manos llenas”, aunque no lo digan, o no de esa forma.

Sí parecen decirlo en gestos, risas, comentarios que nunca son “al pasar” porque se nos quedan en el oído medio como un zumbido que, a diferencia de todos los demás, no querríamos despejar.¿Y cómo? Hay algo ahí que recordamos, que fue nuestro también.

Esa capacidad de los niños de fascinarse, de entregarse al oficio de los sentidos, al esplendor de la naturaleza, a las “soluciones” y acertijos, todo eso es un tremendo regalo; una forma inteligente y a firme que tiene la vida, de vincular a cada nueva generación con el deseo de vivir, justamente.

A manos llenas, sin aprensiones, el deseo de vivir bien afinado con todo aquello que se nos revelaría conmovedoramente, también a nosotros, si viéramos con ojos de niños, como solíamos hacer no demasiados años atrás.

Si sintiéramos latir nuestros cuerpos con el encanto de esas cientos y miles de “primeras veces” que deben habernos desbordado de placer cuando pequeños.

Si nos permitiéramos descansar el corazón, sin detenernos tanto en aquello que lo ha herido o agotado, sino en la necesidad de reponer fuerzas lo antes posible para poder volver a jugar, soñar, construir, mirar nuestro mundo con su tablero todavía a favor de la maravilla (si hubiesen ganado atrocidades y crímenes, sería insensato querer seguir aquí. Por algo nos quedamos, y por algo el deseo de ir a dormir y despertar siempre, al día siguiente).

Estamos cansados, y como dice Carol Gilligan, “podemos haber perdido parte del deseo, coraje, o habilidad de nuestra voz para reclamar nuestra historia. Pero nunca perdemos la voz”. Esa voz, es más que nuestras cuerdas vocales y capacidad de decir y proponer (o gritar de impotencia).

Enseñamos a nuestros niños a escuchar su cuerpo, sus emociones, su intuición, tanto como a distinguir el sonido de un ave, un instrumento musical, las olas, distintos motores, o dl silencio, y sus distintas especies. Peligrosas algunas (como el silencio del abuso), otras vitales para nuestra supervivencia: callar para escuchar lo que se mueve en la noche, al aire libre; para distinguir el zumbido de un bichito del rugido de un predador; para oír el viento y su dirección si es preciso ponerse a resguardo. Para escuchar el corazón de alguien amado.

Nunca el silencio de callar amordazados; enmudecer por violencia, temor, por hartazgo, renunciando; ni por desamor o desapego.

Hay un silencio que es amoroso y valiente: descanso para renovar el asombro, la buena voluntad. Pausa para imaginar, resucitar nuestras voces y recobrar las palabras por las cuales sentimos cariño. Silencio, desde el cuidado y sin desmemoria, para macerar las preguntas e historias que queremos compartir con nuestros hijos. Y para saber que nuestro corazón en su deseo de vivir, así como en estos días, no puede-quiere seguir. Ni el corazón de cada uno, ni el de un país que –y es una hermosa constatación, a la luz de lo que nos ha despertado en este tiempo-, de alguna forma, siempre late dentro de nosotros.

Una casita chiquitita así…. (para el miedo)

Así cantaba un italiano bastante excéntrico de quien no recuerdo el nombre, aunque sí su contagiosa canción. Como él, yo también tengo una “casita chiquitita así”. Más bien una suerte de loft interior, confortable y cálido, aunque pequeño, donde habita un compañero de camino con quien me cuesta mucho la relación. Hablo del miedo.

Me cuesta el miedo, como a todos, pero me consuelo pensando que si éste fuera del todo inútil o únicamente aflictivo, no habría sido parte del repertorio humano. Y dado que existe, es más saludable aceptar su presencia, tratando de ver lo positivo que pueda haber en ella.

En primer lugar, como la mamífera que soy, puedo agradecer aquellas conductas que, vinculadas al miedo, contribuyen a salvarme la vida en situaciones de mucho peligro. En segundo lugar, valoro que este compañero se manifieste, ya no a nivel de mi biología, sino de mi mundo emocional, donde replica su función protectora: previniéndome de iniciar o sostener relaciones lesivas, o colaborando como un regulador de conductas de riesgo o simplemente impulsivas, que pudieran en su precipitación, herir a quienes quiero, o a mí misma.

Con mis cuarenta años, puedo al fin declarar que no es insano el miedo, no per se. Tampoco es el paria que a veces nos dibujan y del cual nos previenen como si fuera peor que la peste negra o que el mismísimo demonio. Yo que he vivido muchas de sus caras oscuras, puedo dar fe de que no son las únicas que él tiene, y tampoco son permanentes.

Como todo en la vida, el miedo evoluciona, y lo hace a la par de otras evoluciones que uno experimenta. Del miedo desbocado e insomne de la niñez, uno muy físico y concreto (así como uno es de niña), vino el miedo más profundo –y mucho menos materializable- de la juventud. Un miedo a enfrentar ciertas verdades o los sentimientos asociados a ciertos descubrimientos. De alguna forma, era un miedo mucho menos vinculado a la supervivencia y algo más existencial: hijo de tantas reflexiones que nos suelen acompañar en años decisivos para la construcción de identidad.

Más adelante en la vida se sumaron otros miedos: al fracaso, a la carencia, a las pérdidas de seres queridos, a cargar de por vida con las herencias de la infancia, y una de ellas, justamente, el miedo. Masivo, omnipresente, a casi todo: a comer, a ser demasiado visible, a ser tocada o a tocar, a no ser capaz de dar o recibir amor, a casi no querer vivir con tal de no sentir el peso pulverizante de tanto temor. Podría haber recurrido a containers de tranquilizantes que imagino como pequeños mazos cavernícolas con los que haber enterrado al miedo como estaca en el suelo, por sólo asomar su cabeza. O containers de otras sustancias que simplemente no me hubiesen dejado oír su voz en medio de algún carnaval extático y delirante. En cambio, tuve que caminar con él, en silencio, rumiando mi resentimiento –confieso-, mi oposición, y aunque sea redundante, el miedo a mi propio miedo: ese nudo ciego y apretado que parecía no tener para cuándo soltar mi garganta –o muchas otras zonas de mi cuerpo donde fue instalándose desde siempre- y permitirme exhalar aliviada.

Luego de años de caminar sobre rocas, de muchos empeños casi fumigatorios, o de recreos más o menos largos donde casi podía olvidar que vivía con esta entidad al acecho permanente, comencé a simplemente aceptar que era parte de mí. Poco a poco fui contemplando mi miedo, aunque de lejos, tratando de distinguir sus rutinas y sus tics y de entender ciertas relaciones con eventos, caras, estímulos, y hasta con la bioquímica de mi organismo femenino. Lo escuché palpitar aceleradamente, como un ciervo acorralado, y sentí compasión, por él, por mí, por nuestro nudo indisoluble que, no obstante, algo menos parecía estrangular mi cuerpo y alma, conforme lograba establecer una relación de observación con él. Nada más. También lo oí llorar de noche; un alarido sobrecogedor que sólo yo escuchaba pero cuyo eco podía hacer temblar mis costillas y las de quienes durmieran bajo mi mismo techo. En años de observación logré comprender que mientras más lo negaba o agredía (con buena intención según yo, puro “esfuerzo terapéutico”) más impredecible se volvía, y más feroz.

Hubo una terapia alternativa a la que me sometí, y digo someter porque a la mitad sólo quería arrancarme, que era mezcla de varias técnicas y donde el nivel de presión física resultó ser casi intolerable. Me dijeron que tenía miedo acumulado en muchas áreas del cuerpo, y creo que lo sabía. Asimismo me dijeron que con esa sesión comenzaría a desaparecer, pero lejos de menguar o extinguirse, a los pocos días andaba, además de adolorida, a tropiezos con el pánico. Fue en ese momento en que caí en la cuenta de un par de cosas importantes. Uno, que estaba agotada de intentar “sanaciones”, cuando primero que nada, no estaba “enferma” . Dos, ya había invertido años de años en componerme y lo que había logrado quizás no daba para correr maratones, pero sí para buenas y alentadoras caminatas cerca de algún río. También me di cuenta de que, a veces, puede ser un gesto de amor y consideración para consigo misma, el no someterse a más rigores, por terapéuticos que estos sean o parezcan ser. Permitirse descanso, equivocarse, que sea difícil a veces o que no todo sea perfecto, puede estar bien; puede ser aceptable. Mi miedo, azuzado y malherido, es el que me dio la señal de que ya era suficiente: de sentirse cansado, arrancando como ratón asustado dentro de mí, apaleado, sin un lugar donde reposar. Presté atención.

Hay cosas con las que uno vive y simplemente eso, vive. Las personas que han recibido diagnósticos como diabetes, osteoporosis, astigmatismo, sólo por mencionar algunas condiciones que imponen cambios, dificultades y monitoreos periódicos, saben que la aceptación y una actitud positiva, o al menos no-agresiva y no-paranoica frente a su condición, contribuye a su bienestar. He creído lo mismo en relación a las herencias del abuso sexual infantil. Y quiero seguir creyendo. Me niego a asumirme una minusválida o una combatiente perpetua contra síntomas y sensaciones que, habiendo ya sido muy trabajados, de todos modos permanecen dispersos en mi corriente de sangre y de alma. No quiero implicar con esto que la terapia no valga la pena; menos siendo ése mi oficio. Pero también es importante saber que uno puede descansar a veces, poner límites compasivos y amables a su propio empeño auto-reparador y permitirse convivir con quien uno es, y aquello de lo que uno está hecha, con algo más de paciencia y aceptación.

Estoy lejos de declararme absuelta de temores; pero tengo la sensación de que mientras menos actúo como cazafantasmas, menos espectros se desatan. Asimismo he ido ganando una progresiva sensación de albedrío en cómo enfrento y en cómo puedo compartir mi espacio con mis miedos. Nos conocemos mejor, además, luego de tantos años, y puedo acudir oportunamente a prodigar contención, calma, y a veces también, lo admito, ayuda farmacológica, si es pánico lo que arrecia, y quienes lo han vivido, saben cuán invalidante puede ser, cuán horrífico, también. Compartiendo experiencias con otras personas, me maravilla darme cuenta de cómo cada quien utiliza su ingenio y corazón para adelantarse a las embestidas del espanto, o para superarlas, administrarlas bien o simplemente resistirlas como mejor sea posible y luego salir de ellas viendo cuán vivo o entero se está, tal cual Simba el león, cuando sobrevive la estampida de ñúes (creo) en el mismo acantilado donde pierde a su papá (los que hayan visto la película de Disney sabrán a qué me refiero). Más difícil que la estampida, y lo más doloroso de su pérdida, es la sensación de soledad e intemperie en que queda el cachorro de león. Quienes sobrevivimos el abuso, conocemos de cerca esta sensación. Misma sensación que nuestro miedo, por simple asociación con nosotros, también puede experimentar. Por eso quise imaginar que tal cual yo he encontrado mi hogar a salvo y cálido, él podía encontrarlo en mí. No tiene que ser un hogar muy grande ni con mucho espacio, porque no quiero que sea tan presente ni gravitante en mi vida, pero sí un espacio suficiente, propio, donde encontrar algo de solaz y reposo. “Una casita chiquitita así”, donde a su ritmo pueda templarse de tal forma que, algún día, sólo sea el miedo sano que me cuida y previene cuando puedo correr peligro o hacerme daño. Un miedo del cual poder sentirme agradecida, finalmente.