Daño y esplendor (archivo 2009, ASI)

Prólogo del libro “Espejos de Infancia: Análisis e Intervenciones en Violencia Infantil” Paicabí, Valparaíso, Chile, 2010.

 

 

El mundo nunca está preparado para el nacimiento de un niño (Wistawa Szymborska)

 

Me cuesta creer, con milenios de tránsito humano a cuestas, que aún debamos enfrentar realidades como la del abuso sexual infantil y, en general, de toda violencia infligida sobre los niños.

Periódicamente, constato la persistencia de estos males en las noticias, en ensayos de profesionales comprometidos con la protección de los niños, y en los incontables testimonios de personas que, vulneradas durante su infancia, todavía deben relacionarse con sus experiencias y heridas, en plena etapa adulta.

Yo misma, cuando menos lo espero, paso por el espejo y éste me devuelve trazas de recuerdos viejos o nuevos (de la misma trama) para los cuales casi no tengo energía ni voluntad disponibles. Y me es difícil tenerlas porque las requiero para afanes que me son mucho más gratificantes.

La vida acontece y avanza con su plétora de afectos, posibilidades y oficios (y necesitan de nuestra absoluta concurrencia) y no quiero sentir que pierdo regalos de mi presente –y del futuro que construyo día a día– por tener la vista y el alma puestas en un pasado que, de tiempo en tiempo, asalta con nuevas tareas, penosas o vivificantes; generalmente ineludibles.

Escribo y me doy cuenta, confieso, de que no me eximo de actitudes y conductas que he condenado en otros, en muchas oportunidades, por el costo que implican para muchos niños; los niños que son y los que ya fueron.

Quizás es sólo humano, me repito (como disculpa), mientras reconozco la resistencia que me habita, como a tantos: el deseo de negar, de no ver, de esconder bajo alguna alfombra interior –en un aseo rápido, como si se tratara de un puñado de pelusas molestas– una parte dolorosa de la propia biografía. La posibilidad del horror. De la crueldad. La indefensión absoluta.

Luego reflexiono que si una, con todos sus años de vida, de formación y de sanación dedicados a inteligir e integrar la experiencia del abuso –propia y de muchas personas con quienes he trabajado en terapia–, puede oponerse con tal brío a recaídas y pedidos de ayuda de la propia memoria emotiva o corporal, ¿cómo no entender a quienes, por siempre distantes de esta experiencia, prefieren mantenerse intactos? ¿Cómo no empatizar con el temor o la simple sensación de repertorio insuficiente para responder a una problemática que excede lo ordinario en niveles que llegan a parecer imposibles de comprender o abordar?

Efectivamente, el abuso sexual infantil se nos presenta como tan ajeno a lo ordinario, que es simplemente extraordinario. Así lo he creído por largo tiempo y he declarado esta creencia en decenas de ocasiones, por arrebatada o delirante que pueda parecer.

Extraordinario por movilizar en sus víctimas recursos, fortalezas y creaciones –de habilidades, caminos, consuelos, esperanzas– que reflejan lo más portentoso de la inclinación humana a la vida. Y extraordinario asimismo, por exceder, al punto del desmembramiento y como pocas experiencias, todo límite elemental y necesario para garantizar justamente la vida, en seres pequeños, con cuerpos también pequeños y engranajes afectivos frágiles, en pleno proceso de construcción.

El abuso sexual embiste sobre todas estas dimensiones con una fuerza difícilmente comparable a otras sobre la tierra. Tal vez, irónicamente, su potencia destructiva sólo sea equiparable a la demanda de energía de supervivencia –y más tarde de reconstrucción– que moviliza en sus víctimas.

Los niños y niñas que lo han experimentado no sólo han requerido de una excepcional resistencia al dolor –físico y/o psíquico– para transitar la barbarie, sino que además habrán de necesitar de una inconmensurable capacidad de rearticulación y de “regreso” a sí mismos, luego de haber sido de algún modo catapultados al margen del propio cuerpo, de sus emociones, y de su vida, en suma. En este esmero de reclamarse de vuelta, podrían gastarse años, más, si no concurrimos a tiempo en su auxilio.

Quiero tomar un momento para referirme a esta particularidad sobrecogedora del abuso que se mide en unidades de tiempo: meses, años e incluso décadas gastadas en el empeño de vencer el silencio, develar la verdad, eliminar (o administrar) pesadillas y espectros, lavar el alma, rearticular la identidad, repararse, sanar.

Son cientos de tareas diminutas o grandiosas, con innegable valor de aprendizaje y de transformación, pero que consumen un tiempo desviado de curso, por no decir robado. Es distinto levantar escombros luego de un desastre natural, que posponer el transcurso propio para reconstruir aquello devastado por la violencia de otros. Un esfuerzo que, por lo demás, no solamente toma tiempo de la infancia (que debió destinarse a jugar y soñar), sino que tiempo de la juventud, de la adultez y, en muchos casos y sin ánimo de desmoralizar a nadie, de la senectud de muchos sobrevivientes.

No son infrecuentes los casos de adultos mayores que recién a los sesenta o setenta años de edad comienzan a conocer y revisar las cicatrices heredadas por abusos ocurridos durante su niñez. Situaciones, de más está decir, de las cuales otras personas fueron responsables; otros, que no siempre habrán sido justamente sancionados ni habrán tenido gestos reparatorios para con sus víctimas, que sería lo mínimo, o lo necesario para que ambos –agredido y agresor– pudieran ir hacia delante, dejando atrás un ciclo cerrado, ojalá.

Dejar la historia atrás, no equivale a olvido ni a sanación instantánea para las víctimas (aunque puede resultar clave en su proceso de reparación). Tampoco implica exoneración para el abusador, y mucho menos una suerte de conjuro que lo inmunice contra posibles reincidencias (inclusive, por anciano que éste ya sea). Muy por el contrario, creo que cualquier acto reparatorio debe sustentarse en una descarnada toma de consciencia sobre el o los abusos cometidos (y sobre los factores que hicieron posible estas conductas lesivas) y, obviamente, sobre el imperativo de prevenir y evitar a toda costa su repetición, algo que obligatoriamente requiere de alguna modalidad de orientación y/o tratamiento terapéutico.

Pero la terapia no será una posibilidad para los agresores (arriesgando nuevos daños sobre otros niños), si nuestra sociedad ni siquiera la contempla –y hablo de Chile– como necesidad urgente para los cientos de víctimas infantiles que suma cada año. Ya sería hora de abordar el abuso sexual como problema de salud pública con cobertura gratuita para víctimas niños/as y sus familias.

Menos existen soluciones reparatorias para mujeres y hombres fueron abusados en tiempos donde no se hablaba del tema de la violencia contra los niños y donde existían aún menos mecanismos protectores de la infancia y de la salud mental de las personas. El número de estas víctimas puede ser inclusive por lejos superior a víctimas de violaciones a DDHH durante dictadura. Pero todavía no existen en el horizonte de la justa restitución.

Todos los sobrevivientes ex-niños y niñas, de abuso sexual infantil han movilizado sus propios recursos –psicológicos, morales, materiales– para reparar el daño o para simplemente cohabitar con él, sin mediar curación ni sutura, al mismo tiempo de intentar hacer las mejores vidas posibles. Es admirable, pero creo que la deuda ética es impresentable en un país como el nuestro. Confío en que mientras escribo estas líneas, puedan estar gestándose avances que yo ni imagino y que agradecería hasta los huesos.

Quizás, me digo en silencio, el torrente tanto de horror como de resiliencia que el abuso infantil trae consigo, sea suficiente un día para horadar, y utilizo esta palabra con todo su peso, las consciencias y corazones de todos aquellos que, en el entorno íntimo o más lejano de las niñas y niños niños afectados, no se eximen de esta experiencia por más que ella no los toque directamente. Y es que aunque sea una obviedad decirlo, no somos inmunes: a nada que tenga que ver con la vida humana. Todas las vidas.

Hambrunas y guerras pueden no caer sobre nosotros y no obstante sus repercusiones se dejan sentir. Podemos ignorar las noticias o despersonalizar las estadísticas de víctimas (y de familias y redes sociales completas afectadas por la mengua de un solo ser humano) hasta sólo ver números borrosos, pero eso no nos garantiza la separación de otros humanos ni protección alguna frente al espanto; no como quisiéramos (y menos mal que no podemos).

Al menos, nos hemos ido haciendo cargo de lo colectivo de nuestras vulnerabilidades, en la reacción masiva frente a problemáticas, por ejemplo, como la del calentamiento global y la crisis ecológica. Sueño con igual compromiso en relación a los niños, que no están amenazados de extinción como tantas especies y, no obstante, corren muchos otros peligros que a estas alturas de la historia de la civilización debieron haber sido erradicados.

Mientras tragedias evitables no sean evitadas, siempre existe la probabilidad –aunque sea remota– de que aquello que es cotidiano para niñas y niños “lejanos” (africanos, iraquíes, rusos o haitianos, o los del barrio contiguo, por mencionar algunos), pudiera algún día tocar la vida de nuestros propios hijos. “Nadie está libre…”, dicen, y es amargamente cierto.

El hambre, la miseria, la falta de vacunas en muchos países, la dificultad de acceso a una educación verdaderamente transformadora y empoderante, la violencia y la posibilidad de ser abusados y explotados sexualmente, entre otros, constituyen peligros reales que nos recuerdan cuán frágiles podemos ser (cada uno, yo misma, mis propias hijas) y nos hacen sentir, tal cual dice el verso con que comienzo este escrito, que el mundo no está preparado para recibir a un solo niño en su seno. No, en tanto estas sombras persistan.

El mundo no es un lugar allá afuera, lejos, inasible de puro extenso: el mundo es cada uno, nuestros hogares y comunidades (con todos sus miembros, luminosos y no), nuestras vidas y relaciones, aquello que nos rodea y nos hace quiénes somos y que cobra función de nido, cada vez que nace un niño. Niño que no sólo es responsabilidad de sus padres, sino de todos. Somos un solo tejido. Estamos juntos en esto.

Responsabilidad viene del latín respondĕre (responder). Y ser responsable es justamente responder, más que desde el deber, desde una disposición entrañable a adherir a valores positivos como la vida, la compasión y generosidad, el derecho a un desarrollo pleno para todo ser humano y el respeto por la integridad –física, psicológica y moral– del prójimo (especialmente de aquellos más indefensos).

Esta adhesión implica una actitud de cuidado y de riguroso compromiso, sin hacernos por ello perder libertad. Toda responsabilidad entraña elección. No puedo concebirlo de otra forma.

Frente a los niños esto cobra mayor importancia puesto que las obligaciones de los adultos para con ellos –amparo, alimento, provisión de salud y educación, entre otras– pueden ser altamente demandantes y arduas de cumplir, especialmente en estos tiempos. Sentir estos deberes como una imposición inescapable no ayuda tanto como la sensación, en cambio, de que elegimos desempeñar nuestro rol de padres y madres –ojalá con pasión y gratitud– de forma de habilitar, alentar, ayudar a construir buenos destinos para nuestros hijos, los hijos de todos.

El amor nos sostiene en estas lides; un buen sentido del humor e imaginación, también. Pero el apoyo y concurso de otros es asimismo vital, especialmente considerando el largo tiempo que debemos dedicar al cuidado y formación de nuestros niños.

Los padres y madres de toda especie deben acompañar a sus crías hasta que éstas puedan valerse por sí solas, cuidar y elegir sus propias vidas. Para la especie humana este período de preparación es mucho más largo (sus etapas y tareas tanto más complejas) lo que aumenta considerablemente la carga de responsabilidad parental, volviéndola muchas veces abrumadora o, peor aún, susceptible de quiebres y fracasos de envergadura, dejando a los niños expuestos a diversos padecimientos, uno de ellos la violencia.

Es aquí donde la presencia y soporte prodigado por otros –parientes, amigos, especialistas, comunidades, el Estado y sus instituciones– se convierte no sólo en un factor de contención para padres e hijos por igual, sino en un medio para prevenir situaciones de daño extremo para los más pequeños, y una forma de promover y ojalá garantizar (de una buena vez) pleno respeto por sus derechos humanos y el cuidado ético que requieren (quiero decir también, su felicidad). Somos todos responsables.

No hace mucho leí un estudio sobre madres que habían muerto a sus hijos (lo inexpiable). Uno de los elementos presentes en la época justo anterior a los filicidios, era una profunda sensación de soledad. Sobre estreses agudos –ligados a extenuación física, escasez económica y precariedades varias– y/o enfermedades mentales nunca antes diagnosticadas, la soledad actúa con la mayor potencia, precipitando tragedias que, tal vez, con la contención provista por vínculos afectivos y redes sociales activas, no habrían llegado a ser jamás.

En el abuso sexual infantil, la soledad también juega un rol sombrío y determinante. Ella facilita la exposición, la predación, la confusión y ese silencio cruel donde la voz de alarma, dolor y auxilio se extingue no sólo en los niños, sino también en muchos padres y madres sobrepasados por la dimensión de ciertos daños, y de su propia responsabilidad –real o no– en haber podido evitarlos. En este descampado, la compañía de otros humanos con sus ojos, oídos, intuiciones, sabidurías o simplemente su buen corazón, pueden radicalmente transformar una vida, y muchas más.

Muchos sobrevivientes del abuso sexual y de la violencia dicen que bastó una sola persona para cambiar sus destinos. Alguien lúcido, atento y bien dispuesto a escucharlos a tiempo; a darles crédito y considerar que su experiencia no era irrelevante ni ajena; a reconocerlos como dignos de protección y de autoridad sobre sus vidas y el diseño de éstas.

A veces, esta solidaridad vino de sus propias familias, otras de un profesor, o de un amigo y, casi siempre –más temprano o más tarde en la vida–, de un terapeuta. Profesionales como los que presentan este texto que se agradece muchísimo desde la mirada formativa, pero aún más desde la contribución a una ética que aporta dignidad, compasión y confianza sobre el mundo infantil y adolescente.

En lo personal, siempre espero un particular sentido de dignidad y compasión en el trabajo con niños y jóvenes, pero me conmueve y sorprende el elemento de la confianza, que marca una diferencia. Quizás a más de alguien le ha pasado, revisando literatura psicológica o informes institucionales especializados, que lo embarga una profunda sensación de desesperanza.

Inclusive, puede quedarles a muchas personas,también  a nosotros (indecible) la pregunta latente de para qué siquiera destinar recursos al apoyo de niños de la calle, o explotados sexualmente, o aquellos que habiendo sido violentados, luego ejercen violencia sobre otros niños: casos que parece imposibles. Casos que parecen perdidos. Y lo serán, por supuesto, en tanto se carezca de amor, de confianza y, también, de un buen poco de tozudez para sostener esa confianza.

En Corporación Paicabí, desde sus orígenes hace más de una década, siento que la marca de esta confianza es firme y clara: en sus principios y misión, en el modo de explicarse y de vertebrar las experiencias del prójimo con su quehacer profesional (volviéndolas profundamente cercanas), en la excelencia y calidad del estilo de trabajo, en el amor y dignidad de éste.

Querría destacar, especialmente, la gratitud que me provoca (desde distintos lugares) observar a equipos terapeúticos capaces de profundo respeto y humildad,  o reverencia mejor dicho, frente a procesos que son vividos por un otro. Un prójimo (niño, niña), un par humano, que tiene derecho no sólo a contar, sino a ser respetado en sus ritmos, sus preferencias, incluso sus silencios (esta vez, elegidos), más de una vez. Mientras, todo el tiempo, quien acompaña la reparación sostiene y nutre -en el niño, la niña, sus seres queridos- la necesaria convicción de que un quiebre temprano en la biografía, por grave y horrendo que parezca, y por adverso que sea el entorno en que ocurra, no determina un destino a permanencia.

Cada ser humano trae consigo materia prima para construir una identidad y una vida donde los talentos, la felicidad, los amores y satisfacciones sean accesibles. Que esta promesa sea interrumpida en la niñez, indudablemente dificulta y demora las cosas, pero no agota la posibilidad de que, con los apoyos adecuados y oportunos, una vida desplazada lejos de su órbita original pueda retomar su curso benévolo y creativo en algún momento.

Años de trabajo terapeútico con niños y adultos me han enseñado, una y otra vez, que un destino inenarrable puede ser escrito y reescrito las veces que sean necesarias, hasta articular una nueva historia: una biografía que ampare y enaltezca a quien la escribe y que incorpore toda experiencia, aún la más desgarradora, con valor de crecimiento y de lumbre. Para que lo vivido ayude a iluminar y hacer más nítida la mirada sobre sí, frente a cualquier espejo, y especialmente frente a los que se llevan dentro, muy dentro. Los más importantes.

Llegando al fin de este escrito, me acompaña suave y tenaz la palabra esplendor. En alguna parte leí que la habían elegido la palabra más bella de la lengua castellana, por su musicalidad y por su significado superlativo: apogeo, auge, plenitud, cúspide, fulgor. Contenidos que emergen al escucharla, aunque no seamos capaces de traducirlos, al menos no en palabras.

Me gustaría que junto a reparación, elaboración del trauma, reconstrucción vital y tantos otros términos que definen las metas de nuestro quehacer terapéutico sobre la violencia infantil, pudiera estar esplendor: como directriz de bienestar, y como la aspiración más alta de desarrollo para todo niño. Y ojalá algún día, confío esperanzadamente, como una definición –entregada por ellos mismos– sobre el pulso y color de sus vidas.

Junio de 2009.

Archivo El Post: Entrevista a Carol Gilligan (2013)


carol gilliganEntrevista a Carol Gilligan, New York University, en exclusiva para El Post (Enero 2013)

En lo personal, me emociona y creemos, como medio, que es un evento muy especial el poder compartir con nuestros lectores esta conversación -realizada el pasado mes de Noviembre, 2012, en NYU- con una pensadora del siglo XX-XXI del calibre de Carol Gilligan. Determinante como ha sido y es ella en la promoción y enriquecimiento de conversaciones sociales, a nivel internacional, sobre la Ética del Cuidado.
El año 1996, la Dra. Gilligan –psicóloga clínica y social- era reconocida por TIME Magazine como una de las 25 personas más influyentes de EEUU. Diecisiete años después, su radio de influencia se ha multiplicado y alcanzado a nuevas generaciones, e impactado no solo la esfera de la psicología, filosofía y la política, sino también del derecho y la economía.
Me es difícil intentar una presentación que haga justicia a Carol Gilligan, o transmitir fielmente lo que provoca su presencia sólida y serena. Es hoy una mujer de 76 años, pero todo el tiempo se deja sentir el espíritu vivo de la niña que tocaba el piano, o de la joven que desarrolló una carrera en la danza moderna, mientras cursaba estudios en literatura y psicología (Harvard) durante la década de los sesenta.
En nuestro primer cruce de caminos, algunos años atrás, recuerdo haberme presentado a la Dra. Gilligan como “mamá, psicóloga y escritora”. “¡Igual que yo!” dijo: “y en ese mismo exacto orden, aunque ahora debo agregar abuela, además”. Con una modestia extraordinaria, no hace mención alguna a sus vastos méritos como psicóloga, docente, escritora prolífica, activista, investigadora, y pionera en el desarrollo y difusión de la Ética del Cuidado.
Su obra más conocida es “In a Different Voice (Psychological Theory and Women’s development)”, y la más reciente “Joining the Resistance”. Su trabajo vuelve con insistencia sobre el desarrollo moral, el contrapunto y necesaria integración entre la ética del cuidado y de la justicia, la responsabilidad social de escuchar y recoger todas las voces que somos (con especial interés por las voces de las niñas y de las mujeres jóvenes y adultas), y comprender su resonancia a partir de cuatro preguntas ineludibles: quién está hablando, en qué cuerpo, qué historia es relatada, y en qué contexto, es decir, en qué marco cultural específico y de relaciones humanas se inserta este relato.
Actualmente C. Gilligan enseña Ética del Cuidado en la Escuela de Derecho de New York University, cuyo curriculum releva la irrenunciable dimensión del cuidado ético, en el ejercicio de la justicia y la formación de futuros abogados. La presente es una entrevista que tuvo la generosidad de concederme –en el contexto de una reunión de trabajo en NYU- durante el pasado Noviembre 2012, en exclusiva para El Post:
 
VJ: En las recientes elecciones presidenciales en EEUU la Ética del Cuidado estuvo muy presente,  durante la campaña, y en las conversaciones ciudadanas y los debates políticos. En este contexto ¿qué significado tiene la reelección de Barack Obama, para la  sociedad americana?
CG: Esta elección presidencial fue una clara elección entre valores: aquellos del patriarcado versus los valores de una democracia sustentada en el Cuidado. La victoria fue rotunda para la Ética del Cuidado.
El ex Presidente Clinton lo señaló, el Vicepresidente Biden y el propio Presidente Obama: que la decisión, más que entre candidatos, sería entre un set de valores que enfatizaba el “cada uno se vale por sí solo, estás por tu cuenta” y otro set que de valores que propone “estamos en esto todos juntos”.
Para Mitt Romney y los republicanos, no solo se trató de propiciar el “estás por tu cuenta”, sino de imponer una serie de valores patriarcales donde los hombres deciden sobre el destino de las mujeres; o donde la gente en las altas esferas es la que “merece” estar ahí, en tanto muchos otros pueden ser observados con descuido o desdén. Recordemos solamente el comentario de Romney sobre ese 47% de americanos (los que se “victimizaban”, no aportaban suficientes impuestos, y eran una carga para el gobierno).
Por otro lado, la pregunta de ¿estamos en esto todos juntos? que es ética del cuidado pura, fue la propuesta de los demócratas y del Presidente Obama y ello se refleja en la concepción del sistema de salud, la protección de los derechos de las mujeres, la niñez y la mirada de cuidado que se debe al fenómeno de la pobreza, la justicia social, la educación, la ecología. Esta mirada fue la que prevaleció y triunfó en las elecciones.
La omisión de los republicanos fue desde la creencia que un grupo de hombres blancos privilegiados poseía “la verdad”, olvidando que, en una democracia, todas las personas pueden tener voz en su voto. Y la gente votó, de la forma más multitudinaria.
De alguna forma, lo que vimos este año -las largas esperas para votar, la tenacidad de la gente- fue evocador del movimiento por los derechos civiles. Porque aquí las personas no expresaron su resistencia o su protesta frente a lo que no está bien, de modos violentos. Lo hicieron mediante su voto y así se observa en el aumento del voto femenino, latino, afroamericano, y especialmente de los jóvenes de quienes se esperaba mayor abstención y, no obstante, su votación superó con creces la elección pasada (2008). Reitero: la victoria fue para la ética del cuidado, desde el “estamos en esto todos juntos” (desde un sentido de responsabilidad, vertebral en el cuido ético, donde el beneficio propio no es separado ni superior al beneficio colectivo).
 
VJ: En el marco que propone la ética del cuidado para dar cuenta de todas las voces que articulan el relato democrático, preocupan las voces de los niños. Los niños son ciudadanos pero sin voto, y de alguna forma los límites en el ejercicio de su “ciudadanía” nos eluden, en muchos países. ¿Cómo respondemos a esta realidad?
CG: Estás en lo correcto: TODOS los niños tienen voces, y eso es clarísimo, pero es justamente porque no tienen voto ni rol económico, que la tendencia es básicamente a hacer o actuar como si no tuvieran voz alguna.
En una democracia, lo que hace falta es que los adultos canalicen las voces de los niños y las traigan al frente de forma prioritaria, para que sean escuchados. Esta mediación adulta supone el comprometerse en crear las condiciones que permitan a los niños y adolescentes expresarse, hablar y confiar en que serán tomados en serio. Los adultos son quienes deben asegurar que las voces y necesidades de los niños sean incluidas en el debate. Los niños no pueden hacerse cargo de esto.
Mi investigación ha descansado en “las voces”, y mi trabajo académico y literario está poblado de relatos de personas que no han sido o no son escuchadas, comenzando con las mujeres, las adolescentes,  los niños y niñas. De todas ellas, he observado que las voces de las mujeres son las más cruciales, porque si ellas no hablan, se silencia toda la conversación social. Un claro ejemplo de ello es el relato en relación al abuso sexual infantil.
Fueron voces de mujeres las que abrieron la conversación sobre sus experiencias de abuso sexual cuando niñas, y luego siguieron los hombres, porque para ellos era más difícil compartirlo, y había un sentimiento de vergüenza vinculado a las percepciones sobre masculinidad y las imposiciones del género. Ahora, cuando los hombres hablaron, eso implicó en este país, por ejemplo, la exposición de una verdad donde conocimos cuántos sacerdotes habían estado implicados en el abuso de niños y niñas. Pero no tendrían que haber esperado a la adultez para ser escuchados: la escucha de los niños y adolescentes es siempre, durante todo el ciclo de desarrollo (especialmente para poder estar atentos a ese momento en que muchas niñas y niños dejan de decir lo que realmente sienten y piensan, para decir lo que se espera que digan, o que callen, en función de expectativas o presiones sociales, en general, o vinculadas al género, en particular).
 
VJ: La develación del abuso sexual infantil, como una problemática inescapable a diversos entornos humanos –la Iglesia, los hogares y escuelas-, también se ha abierto en Chile con fuerza el año 2012 ¿qué reflexión y actuaciones, desde la ética del cuidado, podemos desplegar como país?
CG: Una de las consecuencias del abuso, el que sea, es que se pierde la voz y también la memoria. La recomendación, por doloroso que sea el proceso, es crear las condiciones bajo las cuales los niños, niñas y jóvenes que han sido abusados y silenciados, puedan recobrar sus voces -aunque nunca las perdieron en realidad, están dentro de ellos- y reconstruir sus memorias sin necesidad de disociación con lo que han vivido.
En la experiencia traumática del abuso sexual infantil –tal cual en sobrevivientes de guerras-, los niños y adolescentes han sufrido una “herida moral”. Esta herida debe ser reconocida primero, y luego sanada, pero en la comunidad. Lo urgente de comprender es que el proceso de reparación no es responsabilidad ni puede ser logrado solo mediante una terapia individual, o en el seno de la familia de la víctima, sino contando con la presencia y apoyo del colectivo; toda la sociedad. Solo ahí, con sentido de pertenencia y respeto, se puede restablecer lo dañado: la confianza, y el sentido de dignidad.
LECTURA SUGERIDA:
Gilligan, Carol (2013) La ética del Cuidado. Cuadernos de la Fundación Víctor Grífols i Lucas, 10-40, España

Abuso Sexual Infantil: el cuerpo recobrado

 “En este cuerpo están los ríos sagrados; aquí están el sol y la luna, y los lugares de peregrinaje. No he encontrado otro templo tan bienaventurado como mi propio cuerpo”. – Saraha, monje hindú del siglo VIII

 

 

A veces la obviedad y simpleza nos prodigan la mejor respuesta en las situaciones más complejas y desafiantes.

Todos nosotros, grandes y niños, somos nuestros cuerpos; los habitamos, desde ahí crecemos, nos vinculamos, y ojalá nos maravillemos, la vida entera. Nacemos y llegamos al mundo ya en nuestro “hogar” primario e inseparable, de un modo semejante, aunque mucho más portentoso, al de otros seres (como los caracoles o las tortugas). ¿Cómo no querer que nuestro “hogar” sea un buen lugar: el más amable y mejor cuidado?

Todo lo que aprendemos, sentimos, imaginamos, realizamos, es posible desde y gracias a nuestros cuerpos y sus regalos: sus sentidos, órganos, funciones.

El cuerpo es la base inexorable y primaria que nos permite guiar a nuestros hijos mientras conocen y definen la métrica de sus preferencias, límites, cercanías, formas preferidas de relacionarse con los demás –sus pares y/o el mundo adulto- y consigo mismos (desde el juego autónomo, hasta las definiciones identitarias de la adolescencia y más allá). Su bienestar, su salud, su estado de gracia, comienzan y descansan en ese cuerpo que pide, a cambio de su dádiva, cuidado y autocuidado.

Cuando la frontera entre amparo y desamparo se diluye y ya no es claro dónde y con quién se está a salvo, y con quién no, el cuerpo es también el primero en registrarlo.

En situaciones de malestar emocional, o en el extremo de las experiencias de abuso sexual, bien pueden los niños pequeños no ser capaces de decir siquiera “me pasa algo, no me siento bien”, y mucho menos verbalizar algo que está lejos de sus posibilidades de comprensión. Pero el cuerpo habla por ellos.

Es así que muchos pequeños mencionarán, muchas veces como al pasar y en la misma tonalidad de un relato sobre paseos a la verdulería o salidas a la plaza, situaciones de trasgresión que solo los adultos –cuando escuchamos- seremos capaces de identificar, o de llevarnos a la pregunta al menos, de si no se tratará de un abuso. En estos casos, más allá de las palabras y relato del niño, el cuerpo será la “voz” y los síntomas vendrán en el idioma de la biología tensionada, o ciertos hábitos, y conductas muy alejadas de su ritmo habitual.

Luego de la develación y confirmación de un diagnóstico de abuso sexual, se abre, inexorable y necesariamente, el tiempo y territorio de la reparación. Ya es reparador, para comenzar, haber acogido al niño durante la develación, escucharlo (y con apoyo de los especialistas correspondientes, realizar el diagnóstico), y de inmediato asegurar una situación protegida (lejos de la persona responsable del abuso). Pero además, en el tiempo que sigue, será necesario contar con un proceso de contención/reparación que, sobre todo, ayude a “normalizar” (ritmos biológicos, el sueño, el apetito, asistencia al jardín, al colegio, por mencionar algunos ejemplos), y permitir el retorno y continuidad de la infancia, que es la etapa y recorrido que corresponde por derecho. En este proceso, realizado comúnmente vía terapia tradicional, la figura del psicólogo es central y básica -tal cual la familia que acompaña- en la restitución del suelo del cuidado (luego del abuso con su mensaje opuesto: de fracaso en el cuidado, de no-amparo).

Ahora, si bien la psicoterapia es de tremenda ayuda, me gustaría insistir sobre la necesidad de incorporar la imprescindible dimensión corporal en el abordaje terapéutico del abuso sexual y maltrato físico sufrido por niños y adolescentes.

Aunque las conversaciones de especialistas en la materia se centren fundamentalmente en los aspectos psicológicos, emocionales y sociales del daño ligado al trauma del ASI (y aunque la psicoterapia se desarrolle fundamentalmente desde la esfera cognitiva-conductual), no podemos olvidar el cuerpo. Este es el lugar donde no solamente se experimentó la vulneración, sino donde además quedó su registro, memoria e impronta traumática. Y también, maravillosamente, su posibilidad de servir como herramienta principal de sanación (ref. M. Stupiggia, M. Weltman)

La sensatez sería suficiente para proponer que cualquier esfuerzo de sanación en materia de abuso sexual y maltrato físico, contemple de modo irrecusable la dimensión del cuerpo. De hecho, ya en la década de los 50, el trabajo vanguardista de Marian Chace comprobó que la inclusión de técnicas de danza y movimiento resultaron determinantes en la recuperación de soldados traumatizados por la II Guerra.

No obstante, y por increíble que parezca, ha tomado décadas  lograr justificar –con un aporte sustantivo de la neurociencia, menos mal- y conferir amplio reconocimiento al uso de la danza, junto a otras “terapias creativas”, como necesaria en el abordaje de diversos problemas de salud, y sobre todo en la recuperación de traumas graves. Entre ellos, el abuso sexual sobre niños y también sobre mujeres se han mostrado especialmente receptivos al impacto favorable de la terapia de danza/movimiento (Dance/Movement Therapy, DMT).

La DMT en sobrevivientes de abuso sexual (y doy fe de ello, en lo personal y en lo profesional), se ha observado como un factor clave en el trabajo sobre fenómenos disociativos, síntomas de estrés post traumático, la recuperación de un sentido de propiedad y conexión consigo, de familiaridad y eficacia con el propio cuerpo (ref: Bessel van der Kolk), mejora en la autoestima, una forma de re-aprender y definir límites y de recobrar un sentido de integridad (y la recuperación paulatina de confianza) no solo con compañeros de danza, sino también en otros entornos (colegio, grupo de pares, incluso la propia familia) donde a la identidad de “víctima”, se suma y muchas veces superpone, la identidad de “artista” o creador.

Gracias a la DMT se potencian las posibilidades de resignificar la experiencia de abuso hacia el futuro –pensando en los más pequeños, especialmente-; y el cuerpo, antes objeto de daño y vulneración, pasa a ser concebido como un agente de belleza, posibilidades y fortaleza (ref: M. Chace, Sharon Chaiklin, Marsha Weltman, G.E. Valentine, Cristina Deveraux, D. Finkelhor). Asimismo, la DMT provee a las víctimas con una herramienta o recurso que puede ser útil no solo inmediatamente después de vivido el trauma, sino también durante otras etapas del proceso de sanación y del ciclo de vida (donde nuevas tareas o tránsitos pueden ser demandantes de nuevos ajustes para integrar síntomas y/o huellas de la experiencia abusiva traumática).

El arte tiene para los niños una larga lista de beneficios: en su bienestar general, desempeño escolar y desarrollo en otras esferas. No debería ser distinto en procesos más complejos. Más aún tomando en cuenta que la maduración en la infancia toma tiempo, que los progresos cognitivos y lingüísticos tienen su cadencia, y que los niños –e inclusive los adolescentes- no siempre contarán con los repertorios suficientes para expresar verbalmente sus emociones de modo preciso, durante la terapia de abuso. De ahí que todas las las artes (es relevante el trabajo realizado en teatro con drama, y muy especialmente con improvisación comedial), la danza y el movimiento sean de enorme ayuda y utilidad en proveer de una voz o idioma alternativo que, según un gran número de estudios, reduce el estrés y/o dolor del paciente (al evitar la verbalización a veces reiterativa de la experiencia traumática), a la vez que aporta a la sensación de integridad y sanación, acortando muchas veces, los tiempos de psicoterapia.

Un dato importante: una vez finalizado un ciclo de 6 meses a un año de trabajo corporal en sesiones de 90 minutos, una a dos veces por semana, pueden observarse (ref: Cheryl Lanktree y John Briere; D. Finkelhor) hasta 12 meses adicionales de mejoría de síntomas, ya sin apoyo de la DMT. Para los niños y niñas de hasta 8 años, de hecho, se señala que la terapia corporal de danza/movimiento por sí sola, o en combinación con la psicoterapia “tradicional” (que es clave en la restitución de una base ética de cuidado del mundo adulto hacia el niño) tiene mucho mayor impacto que la psicoterapia (como única intervención) en la normalización de los niños (su “regreso” al mundo, a la confianza, solidaridad y pertenencia con sus semejantes) y en la sanación no solo emocional, sino física, material, de áreas de cerebro afectadas por el trauma (ref: G.E. Valentine, D.C Baraero-Sharma, S. Chaiklin).

Es importante señalar que el componente grupal de la danza (que también puede trabajarse en sesiones individuales, adicionales y paralelas a las sesiones grupales) y el componente individual de la psicoterapia son, juntos, un acelerador tanto de los procesos de integración y resignificación de la experiencia traumática, como de la sanación en un sentido integral (Finkelhor, Valentine).

Quisiera ahora detenerme en el hecho de que, por una parte, siguen siendo las niñas y las mujeres quienes más viven experiencias de vulneración sexual (y física en general), y por otro, el tremendo impacto que tiene la danza clásica en la sanación del abuso.

En la intersección de estas realidades, mi propia biografía (y el hecho de no haber recibido terapia de abuso cuando niña, pero sí de haber bailado ballet muchos años) y, de adulta, mi práctica profesional en EEUU y Chile, con niñas, y/o con sus familias, sugiriendo siempre que, a la psicoterapia, se sumara ojalá la instrucción y práctica del ballet (o bien de otros tipos de danza, gymnastics, o disciplinas orientales, según características de cada niña y disponibilidad en su lugar de residencia). Los resultados, excelentes.

Adicionalmente, en casos donde el comienzo de la psicoterapia se encuentra condicionado a los tiempos del proceso judicial, realizar un trabajo corporal paralelo, ya responde al imperativo de sanación (que no debería estar sujeto a procesos que pueden ser inmensamente prolongados y frustrantes) y comienza a movilizar energías, sin desacatar los requerimientos de la ley.

Dejar a los niños detenidos, o a las familias con sensación de tiempo suspendido y de no poder concurrir plenamente en el cuidado y reparación de sus hijos, no es bueno para nadie. La justicia debería tomar mucha atención sobre esto, y actuar con cuidado ético en relación a niños víctimas y sus familias. Por lo pronto, creo que el trabajo corporal, en este sentido, prodiga un camino viable y benéfico para todos. Y si no es posible realizar cursos –por su valor, o porque aun gratuitos, sea difícil acceder a ellos o incluirlos en agenda familiares a veces ya sobre exigidas- se puede considerar bailar en la casa, hacer ejercicios de respiración, salir a caminar o correr, todo esto a diario (los 7 días de la semana), como una rutina de ojalá al menos una hora. Fuera de ayudar a la reparación del niño o la niña, puede ser una hermosa instancia familiar, y colateralmente, ayudar a los adultos –que también sufren y están pasándolo mal en estos tránsitos- a aliviar tensiones. Necesitamos compartir e insistir en estos recursos de sanación

Volviendo al valor de las técnicas corporales, quiero recalcar que a nivel de reducción de síntomas en el corto/mediano plazo, integración de la experiencia traumática y la relación con el cuerpo (durante el resto del ciclo vital), el ballet se perfila como una de las mejores estrategias de DMT para facilitar la sanación al menos para las niñas, y por cierto que  también puede ser válido para los niños, pero es importante considerar estereotipos y prejuicios sociales, asociados a lo “masculino”, propios de cada país y cultura. La idea es que la dimensión corporal de la terapia sea un espacio positivo, que no agregue peso por tener que estar dando explicaciones -¿por qué el niñO estudia ballet?- y/o exponiéndose a  estreses (ni para el niño, ni para su familia, lo que igualmente incide en el niño).

Pensando en las niñas, considerar que entre las muchas ventajas del ballet encontramos: el trabajo postural (como un eje para situarse en el cuerpo y reconocer/focalizar emociones, pasadas o presentes), la estructura (control y autogobierno, límites), la concentración y coordinación (con un impacto favorable en desempeños cognitivos, y en la modulación de la hipervigilancia y estrés asociados al trauma), su estética (que facilita reconciliación con lo femenino y su corporalidad, ref. Chaikilin) y sus movimientos muy delicados, tanto como fuertes y precisos. En CHile, el primer programa de terapia abuso sexual- ballet  para niñas (Adagios, iniciado en la V Región, año 2011-12, apoyado por Sename), es tremendamente auspicioso en sus resultados y solo cabe desear su continuidad y expansión a otras regiones (contacto: adagios.terapia@gmail.com, psicóloga Evelyne Zuñiga) .

No quiero ni por un momento subestimar el aporte que otras formas de terapia corporal, de danza/movimiento (el jazzdance, muy cercano al ballet en beneficios, así como las danzas folklóricas, y prácticas como el yoga), mediante las artes (musicoterapia, plástica, escritura, teatro), y el deporte, puedan tener para la reparación en abuso infantil sexual/físico de niños y adolescentes. Y siempre-siempre en los calendarios infantiles: jugar y jugar libremente.

Para distintos niños y/o grupos de niños, puede haber diversas alternativas y ojalá todas pudieran ser tomadas en consideración al momento de establecer alianzas en abordajes terapéuticos más eficaces para enfrentar el abuso. Lo importante de destacar es que no solo los símbolos, percepciones o metáforas en relación al cuerpo deben ser consideradas en la terapia de abuso, sino también y por encima de todo, el cuerpo que experimentó directamente el trauma: un cuerpo real, vivo, que necesita continuar su movimiento hacia todo lo bueno y amable que le espera en la vida.

Por último, aunque quizás ameritara un desarrollo aparte, detenernos un momento en el cuerpo de los prójimos, de los otros que acompañan a los niños en procesos de reparación. Primero, la persona del o la terapeuta: del niño, de la familia y/o de la pareja de padres (o de cada uno por separado, y me refiero a padres y madres que no fueron responsables del abuso, por cierto).

El o la terapeuta son también, aunque suene obvio, un cuerpo vivo, con todas las imágenes, mensajes y sensaciones que pueda reflejar a los niños o los adultos con quienes se vincula. Es una responsabilidad nuestra, estar bien (de salud, estado físico y también, no es un detalle, nuestra presentación personal), y ser capaces de proyectar confianza en nuestra capacidad de contener, de cuidar (la terapia, finalmente, es un mensaje de “desacato” al fracaso o trasgresión del cuidado, implícito en el abuso, para poder regresar a la infancia nuevamente, es la meta, bien amparada y alentada).

Pero no solo nuestros cuerpos deben estar bien sintonizados con el cuidado (y el autocuidado, de forma coherente), sino ojalá pudiesen asimismo comunicar un sentimiento cómodo y agradecido, en tanto habitamos nuestros cuerpos (no importa si más viejos o jóvenes, esbeltos o sedentarios, pero confortables y seguros en ellos), cuidadosos de nuestros mensajes explícitos sobre lo corporal (aquí la urdimbre y elección de palabras empoderantes o bellas, es clave), y también, aunque parezca una sutileza -y no lo es-, conectados con lo humano, imperfecto y/o feliz de nuestras sexualidades. Me cuesta pensar que yo misma, como paciente en la terapia de abuso, hubiese podido avanzar mucho con un terapeuta separado de su afecto, conflictuado con su cuerpo o con su imagen frente al espejo (sintiéndose muy bajo, muy alto, desproporcionado, viejo, etc), o cargado de prejuicios y prescripciones morales sobre la experiencia humana de la sexualidad. Afortunadamente, tuve un terapeuta cuyo mayor regalo era una coherencia a todo evento.

Desde otro ángulo, compartir también y es útil, que desde mi lugar como acompañante en la terapia de niños o familias,  mi propia coherencia fue un desafío en tiempos donde todavía lo corporal y lo sexual eran tareas incompletas para mí (y siempre están en construcción, es cierto, pero me refiero a lo incompleto desde algo que era todavía susceptible de miedos y fríos). Pero sí hubo un compromiso siempre de equilibrar desde otros lugares, como por ejemplo la danza, la actividad física, y la lectura de decenas de textos hermosos, creativos y esperanzadores donde podía apoyarme para hacer la mejor entrega a los pacientes, y de paso, en ese tránsito, ganar muchas lecciones valiosas para mi propio recorrido, que hoy, más madura, puedo tasar y agradecer.

No siempre estaremos bien o cómodos en nuestra propia piel, o en nuestros vínculos corporales (con el propio cuerpo o en la relación con los demás). Somos solo humanos. Pero la proposición es a  mantener la mirada muy atenta sobre nuestra dimensión corporal, cuando trabajamos en procesos tan delicados como la terapia de abuso. Esto enriquece nuestra entrega para la sanación de los niños (y sus futuras vidas de jóvenes/adultos en otra dimensión de su sexualidad). Y también con los adultos: por supuesto los sobrevivientes de abuso (que enfrentan, en un gran número de casos, desafíos importantes en el área de la autoimagen corporal y/o la sexualidad, y para quienes se recomienda, de modo continuo, la actividad física). Pero en esta ocasión querría detenerme en los adultos que acompañan a los niños durante la reparación. Especialmente las madres y los padres.

Un nivel es lo verbal, y lo que las familias son capaces de continuar integrando en sus conversaciones y relatos, sobre temas relativos a información/orientación sexual (como parte del acompañamiento de los hijos en sus distintas etapas de desarrollo), y esto ya propone un desafío. Pero el desafío se hace más vasto cuando tomamos en cuenta la dimensión corporal, y sus lenguajes, todo lo que desde ahí se comunica, los mensajes que desde ahí -sin palabras, pero con fuerza igualmente- se comparten. Todo lo que en un nivel sutil de la experiencia, pero no por ello menos influyente, reciben y perciben los niños en procesos de reparación.

Tanto en casos de abuso sexual infantil, como de asaltos sexuales y violaciones de adolescentes, no es inesperado que los cuerpos de sus padres (los cuerpos que gestaron a esas niñas) reciban parte de la embestida, no solo en el inmenso duelo ante lo vivido por sus hijas, sino en la contracción del propio cuerpo y de la relación con el cuerpo de la pareja.

“Hasta que ella no esté bien, mi cuerpo está congelado, me cuesta recordar que existe”, palabras inolvidables de una mamá cuya hija fue violada (un caso que vi en EEUU). No fue sino hasta ver a su hija normalizarse, volver a vestirse (luego de meses en buzo y ropas anchas), comer, ir contenta al colegio, y comenzar a salir con un buen muchacho, que la mamá pudo retomar sus ritmos –alimentación, sueño, ejercicio- y volver a acercarse al papá que, todo ese tiempo, esperó y contuvo a su mujer (que a su vez hacía de contenedora de la hija, reticente a mucha cercanía con nadie del género masculino, incluido el padre).

En muchos casos con niños pequeños, también la sexualidad de la pareja es de las primeras áreas resentidas, no solo por estreses y depresiones de los padres ante la situación de abuso sexual de los hijos (y la exigencia adicional de procesos judiciales), sino por un sentimiento de culpa o rechazo muy específico en relación a la pulsión sexual, el deseo, o la sencilla expresión de afecto físico.

Aquí hay un trabajo inmenso y hermoso que podemos realizar quienes acompañamos la terapia: no solo favoreciendo la integración de la experiencia para los padres y activando sus recursos para acompañar mejor a sus hijos, sino logrando transmitirles que, por comprensible y esperable que sea, la detención del flujo normal de afectos y de su libido, tensiona el tejido o los espejos donde niños, niñas y adolescentes reconocen –aun inconscientemente- sus cuerpos y las posibilidades reparadoras y vitales (no destructivas) que estos entrañan.

Esto es clave después de una experiencia de abuso: que el cuerpo no termine teñido de terrores, culpas, y la casi certeza de nuevos daños, o su peligro inminente, sino que recobre su conexión con lo vital, la ternura, y en el caso de los adolescentes, sus primeras entradas en el vínculo romántico y/o sexual con sus pares. Cualquier esfuerzo y progreso de los padres y madres en el área de su corporalidad y sexualidad, puede aportar al proceso de sanación de sus hijas e hijos en el mismo sentido.

Por último, no tengo mejores palabras para cerrar este posteo que las que encontrarán en otros dos escritos, y les pido al menos archivarlos para, quizás, leerlos después, con calma, como un regalo de fin de semana o de noche serena. De un querido y muy respetado colega en Chile, el psicólogo Tomás Ojeda, “El cuerpo: superficie, imagen, palabra”.

Gracias por concurrir en estas lecturas.

Muñecas rusas

No cambiaría mi vida. Si fuera posible recortar un pedacito, sin alterar nada de lo que vino después, podría haber borrado los años de abuso. Pero si haciéndolo, borro también las caras de mis profesoras queridas, mis años de ballet, y decenas detalles y memorias que son más cercanas al milagro que al horror, entonces ya no quiero. Además, si fuese posible borrar un tramo de la existencia, uno alteraría inevitablemente tránsitos que siguieron a ese tiempo, nuevos encuentros, nacimientos de hijos, amores plenos a los que no renunciaría por ningún motivo. Por eso, me repito, no cambiaría nada de mi vida.

En días como hoy, como los últimos, más sentido cobra esta declaración, a pesar de fricciones y comparecencias del pasado que no son sencillas de integrar en el curso de un día cualquiera, o de muchos días a veces. Días en que siento  abandonan las energías, o simplemente la voluntad (no quiero, no quiero, me niego) para convivir con la propia biografía. Sus huellas que laten muchas veces ajenas al propio arbitrio y control. Por más que una se esfuerce y se cuide.

Mi hija chiquita cumplió 4 años. Agasajo interior celebrar que haya llegado, que me haya tocado ser su mamá, que ella, justamente ella, sea mi hija. Una hija, desde otro ángulo, sobrecogedoramente similar a mí, cuando tenía su edad. La edad en que todo comenzó.

No imagina mi niña inocente, lo que ha significado su cumpleaños. Las evocaciones que han emergido. Le digo que su pelo “naranjo” viene del sol, de las hadas, de magas y guerreras primero vikingas, luego celtas, de tintes de la tierra y sus frutos. Como la princesa de la película Disney que se anuncia para Julio, también le digo que la suya es una cabellera de “valientes”. Trato de decírmelo a mí misma, también.  Para no poner sombra en esa seña que es casual, que es genética. Para tantos, motivo de celebración; para mí de algo indefinible. Indecible, más bien.

Afortunadamente, cuando estoy a punto de creer que el recordatorio de la fractura debe ser indicativo, seguramente, de un desplome inevitable, entonces acuden las voces y manos buenas de mis compañeras de tribu. Compañeras que ante las noticias de una niña que no conocen, de otros niños y niñas que siguen dando a conocer su voz, caen rendidas en los cuerpos de las propias niñas que ellas, alguna vez, también fueron.

No soy la única. La única que recuerda aunque no quiera, o que siente a veces como si fuera una muñeca rusa de esas que contienen dentro otras muñecas, cada vez más pequeñas, que van revelándose mientras se abre una y otra, hasta llegar a casi un pedacito de madera, semejante a una semilla. Entre todas, el cuerpo que alguna vez fuimos, nuestras distintas edades vividas en dimensiones distintas de las mandatarias por el tiempo real, y por los espacios de la infancia.

No sé si crecimos antes de tiempo, o si en cambio envejecimos. O nos pudimos haber quedado, también, en estado de suspensión. Entre distintas salidas, es claro que el tiempo cobró un volumen distinto en nuestras almas: a veces ocupando más lugar, sumándonos la sensación de haber vivido siglos en vez de décadas. Y otras, reduciéndose a un suspiro hecho de años faltantes o pendientes, juegos incompletos, infancias demasiado vertiginosas como para alcanzar a hacer registro o goce de ellas completamente. La marea de fondo: ese dolor ahogado, cargado de voces mudas e imágenes casi siempre imprevistas y no bienvenidas que tratamos de hacer como que no vemos mientras cocinamos, trabajamos, acunamos hijos, y le damos un beso a nuestra pareja sabiendo que más vale mantenerla lejos de tanto horror. Y no la tocamos para proteger.

Los padres (abuelos, tíos, la genealogía vuelta arsenal nuclear). El padre, de vuelta. Su ahogo, el mío. Efemérides propias y prestadas, zona de silencio. Comparecemos. No tengo nada nuevo que decir. Él tampoco. Solo rondar en la cercanía, quizás con ansias de absolución o quizás porque sí, por la inexorabilidad de nuestra historia. No todo tiene motivo ni sentido; no todo “pasa por algo”. Es una la que se esmera por encontrarle valor a las experiencias. Mal que mal, son propias, cada una: una hija más, una rama de mi árbol que no por quebradiza o espinuda deja de pertenecerme o de merecer mi respeto.

En medio de todo, un país que asuela con sus noticias, su demora y, a veces, hasta su indiferencia. Porque rasa en la indiferencia la falta de respuesta, sus esperas (siempre, como si sobraran el tiempo y las vidas), esa atención reactiva y efímera –por bienintencionada que sea, no alcanza- a hechos que son mucho más que el daño de turno. Son la constancia del daño, cada día, cada vida que sale disparada de su curso original por la irrupción del abuso sexual. No se imaginan. Cómo podrían presidentes o legisladores más ocupados de los movimientos del poder, los discursos (o silencios), las encuestas. Si la calle vociferara no más abusos, si una marcha ciudadana de veinte mil, llevara en un tercio (apenas un tercio) de sus consignas “no más cuerpos de niños rotos”, quizá se oiría más fuerte y claro. Ya no sé qué pensar. Qué creer. Cómo pedir lo que debió ser establecido veinte años atrás, en los albores de nuestro retorno democrático. En el lapso de las primeras décadas, cuántas más niños y niños habrán visto disectada su infancia en pedazos. Cuántas más mujeres y hombres se esmeran por contener y cuidar a sus niños heridos (que los habitan) y a los que han dado a luz, para que nadie nunca. Nunca.

Las noticias pasarán, vendrán otras en unas semanas (no querría que así fuera, pero el calendario de los últimos años me desmiente periódicamente, con demasiada frecuencia), y en el intertanto los afanes cotidianos serán los mismos en la construcción y la contención; en el compartir lentes entre madres, amigas, familias, para no caer en la ceguera y tampoco en la lobreguez, la desesperanza, la creencia de que no podemos “empatar” o nivelar este suelo. Se puede. Se puede lavar la mano herida por el abuso con la otra mano del cuidado y los amores. Contener una a la otra. Frotarlas, en espera de tiempos más tibios, que siempre llegan. Eso ya lo sé. De las pocas certezas que traen los inviernos.

Límites, preferencias, jardines personales y compartidos

“El malestar es mundial. No basta con exigirle a los políticos, tenemos que transformar la ciudadanía para transformar el mundo.” (Mauricio Tolosa‏ @mautolosa, via twitter)

Hay días en que llueve torrencialmente (como en las montañas de mi retiro), y de todos modos una se siente inmersa en luces. Una red clara, casi alba, donde hay permiso de ser, reflexionar y crecer, gracias a otros prójimos que ni conocemos, pero que nos regalan sus lucideces, así no más, tan generosamente. Sin deuda. Con suave y firme ánimo de bien.

Ayer leía el artículo de una coach norteamericana sobre la autenticidad y la importancia de permitirnos ser, reinventarnos, darnos tregua, comunicar a los otros que las habitualidades en nuestras identidades y formas de hacer las cosas pueden cambiar: por auto respeto, auto cuidado, por responsabilidad en el ejercicio de nuestras dignidades personales y de nuestro derecho al bienestar.

El artículo quizás, para muchos, puede ser bastante simple y hasta un poco inclinado, en estilo, a manual de instrucciones, recetario, instructivo entre sentimental o esotérico, algo por ahí. Pero lo rescato tal cual rescato muchos escritos que son claros y aportan a algo que es de máxima importancia, creo que en general, pero sobre todo en lo relativo al camino y ámbito de quehacer de la terapia en abuso sexual infantil: el diseño de la propia vida y la definición de estándares y límites para ese diseño.

El diseño, autoría, gobierno sobre la propia vida, es siempre relevante, pero además es una gesta ineludible, luego de una experiencia de ASI. La expropiación/vulneración de los derechos de crecer, desarrollarse íntegramente, ser respetado como niño, joven y ser humano, confunde a la vida y la desvía de curso.

Hay imágenes que me sirven para explicar la irrupción del abuso sexual infantil en la biología y psicología de un niñ@: una, tomar a un@ pequeñ@ de meses que todavía no aprende a caminar (ni cuenta con músculos ni huesos para cumplir esa meta del desarrollo), y empujarlo cuesta abajo en una montaña, como si pudiera usar ya sus piernas para correr, sostenerse y saltar entre piedras. Ningún adulto en su sano juicio haría algo así. Ninguna criatura humana resistiría sin lesiones o fracturas.

Otra imagen más fuerte, que compartí alguna vez con una grupo de ofensores sexuales, es la de preguntarme cómo podría un león o un rinoceronte, intentar conducta de apareamiento con un conejo o una golondrina. Simplemente no puede ser. Esa imagen y respuesta de mi adolescencia, no ha perdido vigencia en su descarnada obviedad, hasta el día de hoy. Y sigue prestándome ayuda cuando ofensores sexuales o las propias familias de niños abusados parecen no poder o no querer comprender la magnitud y aberración de la experiencia -e intentan relativizarla según “gradaciones” sexuuales, o los niveles de violencia que la acompañaron-. Hay cosas que los cuerpos grandes (de leones, rinocerontes, o adultos) simplemente no deben intentar hacer con cuerpos pequeños. Pequeños en edad y en huesos y en capacidad de asimilar experiencias.

Más sencillo aún, qué papá o mamá, o educador, querría agregar a la parrilla de programación infantil, en TV regular o cable, el canal playboy o alguno de pornografía, como si no hiciera diferencia entre Mickey Mouse, Dora la Exploradora, y los Pequeños Einstein.

No haré una larga presentación, no esta vez, sobre los efectos traumáticos y alteradores de por vida, sobre el sistema nervioso central, y sobre el psiquismo de las víctimas de abuso sexual infantil (ni sobre las huellas en el cuerpo físico, o sobre las muertes de niñ@s como resultado de esta experienica). Solo quiero establecer que la irrupción de la experiencia exige, más adelante, la tarea de retomar camino, desacatar lo que fue mal aprendido e impreso a fuego en el sistema, y hacer una vida ajena a mandatos de abusadores y abusos. Dentro de un perímetro, ojalá, de buenos tratos, cuidado, preferencias y términos propios (no ajenos ni determinados por otros), derechos y deberes bien dibujados. Una suerte de nueva ciudadanía personal, de nueva forma de habitarse y de co-habitar con otros, sin exponerse a nuevos saqueos; sin exponer a otros prójimos, tampoco.

Lo que es un inmenso acto y camino de sanación para quienes recorrimos un tiempo de ASI, y por específico e íntimo que parezca, no es tan lejano ni diferente a la responsabilidad compartida por todos, de hacerse cargo de las vidas.

Sin interrupciones, quizás en las etapas correspondientes, muchos seres humanos se desarrollan y se van habilitando para sucesivas fases de sus existencias. En este tránsito, reconocen derechos, deberes, y definen preferencias: qué les gusta y no hacer, comer, leer, etc; qué talentos de los que tienen, desplegarán; a qué vocación u oficio se dedicarán; qué opiniones o corrientes filosóficas, religiosas, políticas, los identifican; de qué forma participarán, o no, de la trama social o comunitaria; cuál pareja elegirán según sus afinidades; qué clase de familia sueñan, o qué vida, en qué hogar, con cuáles recursos.

La lista es considerable, y alimentada por tantas otras sub-listas que tal vez no llegan a explicitarse (o no de la forma en que a una le ha tocado trabajarlo en la propia terapia, o con las personas cuyos procesos una acompaña), pero que al igual que miles de riachuelos y manantiales sin nombre en los mapas, son determinantes para el gran río que terminan formando. Yo recomiendo hacer esas listas; llevar papel y lápiz dentro, en el alma, o muy físicamente, en la cartera, el velador, y no dejar ciertas cosas ser olvidadas o inexpresadas. Ayuda. Por dios que ayuda.

La primera vez que debí enfrentar la pregunta sobre mis preferencias en materia de cómo añoraba -y cómo NO quería, bajo ningún punto de vista- que fuera mi hogar (desde el color de un muro, hasta su pulso afectivo o su idiosincrasia, bohemia, conservadora, la que fuera), o mi trabajo, o la vida hacia adelante, o una pareja (por sacada de película Disney que pudiera llegar a parecer ese primer dibujo o declamación de añoranzas), creo que me paralicé. Excepto en materia académica -ramos preferidos, lecturas, carrera- y en la decisión fiera de tener una hija en un momento de la vida también feroz,no había hecho mayores diseños y ni siquiera había importado mucho lo que yo quisiera o no.

El ejercicio de la libertad no me era familiar en el recorrido personal, ni en el colectivo, habiendo crecido en un país en dictadura. ¿De dónde iba a aprender? Aun teniendo el privilegio y ventaja de un techo, educación de calidad y otras oportunidades -que proveen un marco favorable a las elecciones personales; elecciones que soy consciente ni siquiera existen para muchos niños que viven en la pobreza-, el espacio libre en el territorio del abuso era bastante limitado. Permitió algunas preguntas, pero pocas alas.

La libertad consciente comienza con nuestros niños, creo, al menos desde la primera vez de permitirles hacer pfffr, a modo de no, cuando no quieren comer más; o cuando en un rango de obligatoriedad -comer, bañarse, vestirse, etc-, vamos estableciendo márgenes crecientes de elección, opinión y luego decisión -¿los zapatos azules o los café?, ¿cuáles te gustan más?, hasta que en la adolescencia elige unos con rayas y dibujos rockeros, o anda descalzo-. Pasa por el cuidado, por el respeto, por las sutilezas y delicadezas que van permitiendo modular y dibujar perímetros corporales, emocionales, cognitivos. Es un trabajo importante, precioso, y para el que pocos nos sentimos completamente preparados. Y menos, cuando no fuímos parte de esa experiencia en su momento.

Durante más de una década de terapia, debí definir la cota y estándar para todo, me hicieron constantemente la pregunta ¿cómo quieres vivir, con quiénes?, tuve que mirar honestamente deseos a la luz de restricciones, reales o provenientes de mi propio paisaje interno. Intensivo quehacer. Y lo agradezco. Ese camino me permite decir hoy que mi vida es coherente con las definiciones y preferencias que yo he establecido para ella: en los cómo, los dónde, con quiénes.

No ha sido fácil, por ejemplo, en algún momento, perder personas queridas en el camino. Porque yo me fui o abandoné (y a veces, en el yerro, faltas que tengo pendiente reparar), o porque yo les pedí irse y jamás regresar, en función de disonancias importantes con mi alma, o de lesiones, escasas gentilezas. Tampoco fue fácil hacer elecciones riesgosas en los oficios y apostar a escribir, y a la práctica privada, en vez de continuar haciendo carrera en una multinacional. O cambiar de territorios geográficos, algo que nunca es solo geográfico, o no solo en el afuera. Porque La geografía interna cambia en cada movimiento, decisión y acto de dibujo, cuidado y re-cultivo del jardin que uno es, que lleva, al que vuelve cada día cual templo de refugio o descanso o para la acción de gracias.

Cualquiera el cometido, hay un ejercicio de soberanía, y de contrapunto incesante -y creo, obligatorio, inescapable- entre lo que puedo, debo y quiero hacer. La ciudadanía conmigo, esa a la que necesito nítida, clara, o lo más robusta que pueda ser, antes de juzgar o intervenir mi forma de estar en el mundo.

Porque no puedo pedir a otros, aquello que no soy capaz de pedirme y/o prodigarme yo misma. Porque la empatía y perdón que he aprendido conmigo, para avanzar, tienen que ser posibles de desplazarse hacia los demás. Porque el mundo que sueño no puede ser solo una declamación vacía, sino tener su correlato, o su aproximación y exploración, en el pequeño mundo de mi hogar y mis relaciones, en la forma de disponer o compartir mis recursos, mi capacidad creadora. Porque aquello que me causa indignación y ganas de cambiarlo todo afuera, en mi país o el planeta, debe de alguna forma estar resuelto en mi propia vida. Y si no lo está o tengo dudas y demasiadas preguntas, entonces espero, o admito mi confusión, o mi propio tejado de vidrio, mis vergüenzas y faltas.

Si a pesar de todas estas consideraciones y actos de consciencia -a veces certeros, otras a medio lograr- igual resulta que fracaso o me caigo o actúo de forma incoherente, al menos tengo la seguridad y consuelo de no haber improvisado, de haber ido con tanto cuidado como puedo, que no es equivalente a cobardía ni capitulación… es cuidado, por mí, por otros, por el tejido invisible donde tengo la sensación de que todo va quedando registrado y podría tener tanto consecuencias virtuosas como destructivas. Nuevamente, para mí o para ún prójimo, o muchos, mis propias hijas que adoro y habitan los mismos territorios humanos, junto a todos.

Esta danza entre ciudadanía personal y colectiva, los equilibrios necesarios a los que nos invita y desafía, me resonó fuerte cuando leí hoy en twitter la reflexión (de @mautolosa) con que comienzo este posteo. No veo a los políticos o a los banqueros -ni a muchos líderes o autoridades de gobiernos, religiones, etc- como garantes ni agentes portentosos de transformación, aunque no descarto que muchos de ellos se hagan preguntas, tomen consciencia y se arriesguen a proponer giros inimaginados en bien de los demás (como en EEUU cuando el año pasado los millonarios firmaron una carta pidiendo al Pdte Obama un alza en sus impuestos).

Codicias, inercias y miedos imponen restricciones. Pero no pueden sostener por mucho más tiempo una realidad donde persiste el hambre, los genocidios (en Africa, el mundo árabe, hoy, ahora) o no se ve salida -no antes de cinco años- para más de 200 millones de personas sin trabajo (según la OIT, ver link).

Quizás cada uno, yo misma, no seamos o no nos veamos con el peso suficiente como para hacer contrapeso a este flujo de acontecimientos. Pero muchos, millones de nosotros sí, en ciudadanías personales y colectivas responsables y despiertas… como dijo otro tuitero (@Baron__rojo): “Aquellos que nadan contra la corriente empiezan a encontrarse y formar cardúmenes. Cada dia somos mas”. Con esa imagen, no es posible perder esperanza. Ni una pizca de lucidez, tampoco.

Sin vergüenza ni soledad

“…a melody softly soaring through my atmosphere” Death Cab for Cutie

Taxis, miguitas para las palomas, juguetes de mi hija menor en la cocina y el baño (y de la mayor, en mi memoria fascinada), periódicos, radios, una cámara o dos que intimidan, voces y más voces. Recorridos acompañantes de un libro de autoría compartida que, en un nuevo bautizo, es recordado, re-nombrado. En el afán, debo salir del nido nuestro de cada día.

Confieso me cuesta desapegarme de mis ramas y hojas, y no obstante siempre regreso a ellas agradecida. Cuerpo de agua bendita sobre la grieta, la hendidura, todo lo que cuenta una historia imposible de olvidar, pero siempre posible de reescribir hasta dar con su lenguaje perfecto, necesario: me cuido, te cuido, nos cuidamos.

Sin vergüenza. Sin arrogancia ni falso orgullo tampoco. Simplemente la justa y modesta métrica de la dignidad personal. Eso y nada más.

No rendir cuentas. Tampoco negar que hay dolores hechos de lava, nieve, roca. No puedo precisar el elemento pero quema, y desgarra, y hace caer la piel. Para qué explicar más.

En eras personales que parecen eternas e inescapables, nos perdemos un poco, pero como buenas criaturas de esta tierra, no somos ajenos a ciclos y estaciones que siempre llevan la semilla del rescate y resurrección en su tejido. Climas cambiantes, feroces, incomprensibles, no detienen todavía a las flores silvestres que se nos regalan en cualquier calle o borde de camino y carretera, incluso en territorios recién asolados por guerras o sequías. Así nosotros regresamos de la sombra. Así, sin darnos cuenta, asomamos los pulmones al aire y la luz.

El abuso sexual –como otras experiencias humanas inmensas- cobra vidas, suma muertes. De las reales hablo, las que llevan epitafios y lápidas de verdad. De las muertes simbólicas, nadie lleva la cuenta ni piensa en justicias, pero es infinita y lo sabemos bien (hemos hecho, uno a uno, cada duelo). Y sin embargo seguimos a pulso de días, oficios, cariños, esmeros, insistiendo en la vida.

Tal como en la infancia, cuando apenas si nos dimos cuenta de que nuestros silencios nunca fueron silencios del todo (porque hablamos en mil lenguajes misteriosos para atestiguar lo que nos pasaba y no podíamos traducir), así de grandes, por derrotados o tristes que podamos sentirnos en algún momento, hay voces vitales que –sabiéndolo o no- hablan por nosotros, y testifican su voluntad de sanar, renacer, crear, seguir aquí.

No estamos solos (nadie debe estarlo). Nos acompañan tantos seres amados, tantos bosques, ventanas, cajas de música, libros, estrellas, orillas de playa, canciones. Pero también nos acompañamos entre hermanos y semejantes.

Aunque jamás nos veamos las caras ni escuchemos el sonido único de cada voz, somos una tribu, cómplices benévolos de una intención que trasciende la necesidad de estar bien cada uno, y se alza en un sueño de amparo y bienestar para todos: los niños que son, los que vienen, los que fueron, en cualquier historia y cualquier latitud del planeta.

Cada relato que conozco, cada mujer y hombre detrás de palabras ganadas y silencios vencidos, duele, pero también alienta: por lo que otros son capaces de sobrevivir, resiliar, gestar. Gratitud por cada vida compartida. Reverencia indecible.

Hay mujeres que salvaron a sus hermanas del vejamen –y eran todas apenas niñas-, prolongando su sometimiento a un padre abusador; otras que cuidaron a sus madres enfermas terminales con una compasión ganada a pulso, pura ética intuitiva (porque en el abandono materno frente al abuso de esas hijas, luego cuidadoras, no hubo misericordia de la cual aprender); otras se fueron de sus ciudades natales para librar a sus familias de recordar, simplemente recordar, que el abuso fue posible en su seno; y hubo una, hija del incesto (e hija de su abuelo y de su madre, que era apenas una niña al dar a luz) abandonada en un asilo, que fue capaz de perdonarlos a los dos, y dar con ellos para contarlo.

Bondades inimaginables, soberanías de acero pero blandas y clementes, estaturas humanas que me cuesta creer posibles, pero son, y qué bueno que sean porque les debo el aire y el agua en días donde el peso de la realidad lanza el cuerpo y el corazón contra el muro, el pavimento, la alambrada, el fondo abisal. Ese cansancio sobre lo que a veces se siente como un bote en altamar al borde del naufragio y apenas dos manos para sacar, de a poquitos, el agua que desborda (el trabajo en ASI, que no se detiene en este siglo, en este milenio… océano de niños y niñas donde se nos ahoga el alma).

Gracias al buen prójimo que da la mano a los más pequeños. Al que respeta y comparte humanidades con sus pares adultos. Paciencia y perdón al que con indolencia intenta descoser suturas irrenunciables para nosotros (seguiremos explicándoles que no hace falta el morbo ni la estridencia, solo la lucidez y ética del cuidado, para hablar de abusos).

Que a cada relato siga el círculo azul, la orquesta, la ronda de plaza. Que cristales rotos y el nuevo espejo se vuelvan cello, cáscara de nuez, palo de agua, algo con lo que hacer música entre ruinas y rumores. La verdad, tranquila y blanca dentro de nosotros (y fuera también). Lenguaje compartido donde habrá lugar para silencios deshojados y vueltos a florecer, silencios elegidos ahora sí: de cielo en madrugada, de orgasmo, de no saber qué decir ante el milagro de una niebla vuelta organza, encaje en el mantel de la tierra, nuestra mesa redonda para acompañarnos, nada más.

A pesar de las noticias tristes, los cuerpos rotos, los desvíos y los yerros, las preguntas sin respuesta, la equívoca consciencia de ser dispensables, los malos nombres que regresan, el placer interdicto, los secretos y su respiro de animalito acorralado, todo el baúl anciano y raído del abuso… todo esto que sabemos, no puede ser más que nosotros. No debe. Porque siempre es promesa ese instante que, en la ternura de ciertos gestos o caricias capaces de volvernos boreales, de acurrucar acantilados, nos permite saber que otra vida espera. Otra integridad, si así lo queremos. Otra belleza.

Elegir, cuidar, gobernarnos, proteger, engendrar. No lo olvidemos. La suma de nuestras biografías puede dar a luz sortilegios y bandadas de aves preferidas; engarces de piedras preciosas en umbrales de puertas aun no cruzadas; presencias que titilan y amparan a otros en cualquier noche de mirar por el balcón, las luces del mundo. Estado de gracia, o estado de hogar. Intimidad y colectivo, eso somos: primera célula y millones de ramas genealógicas que hacia atrás son una sola. Y hacia adelante, también.

El lugar del otro… (Pía Barros)

“Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa”, Gabriela Mistral

Mi maestra y mentora en las letras, la escritora chilena Pia Barros, acaba de lanzar su último libro llamado “El lugar del otro”. Hermoso y hondo; pequeño y gigante. Pero “El lugar del otro” no debió haber sido ahora el título de ningún libro (perdón Pía), sino esperar otro tiempo de gestación hasta darse a luz sobre otro que está siendo escrito, ahora mismo, aunque no en papel: el de la vida de esta Maestra que se ha apostado justamente al lugar de los otros.

No es sencillo precisar la cantidad de alumnos, como fui yo alguna vez, que hemos asistido a los talleres literarios de Pia Barros, movilizados por el amor a la palabra. Crecimos en nuestra escritura, pero sobretodo terminamos encontrando piezas faltantes o nuevas para el motorcito interno que alimenta otros amores, tan esenciales: por nosotros mismos, por otras personas o por la vida toda, sus milagros y cojeras, cada elemento e intersticio de ella, merecedor de aprecio o de perdón en el hábitat donde nos confirmamos vivos y resilientes gracias a la Maestra.

Yo crucé la puerta del departamento en Providencia donde Pía dictaba sus talleres a mediados de los 90, como una mujer, y salí otra, más íntegra y amparada. “Si tú me miras, yo me vuelvo hermosa”, este verso perfecto de Gabriela Mistral y preferido de Pía Barros, resume la experiencia. En los ojos claros de Pía, mi historia y yo, así como las de muchas otras mujeres (y hombres también), nos volvimos hermosas. Digna y sagradamente hermosas.

A mí me enviaron a taller dos mejores amigas. Yo no estaba buscando, pero encontré. Encontré un lugar perfecto donde con la “excusa” de conocer y profundizar una cierta destreza escritural -que ellas decretaron era un “talento”-, pude también sanar mi alma. Ése era el propósito central y “secreto” de Andrea e Isabel: que en mi intercambio con la Maestra, yo recobrara la voz perdida (simbólica y también físicamente, luego de casi un año de afonía), que riera como antes.

Eran tiempos ásperos, primer ciclo de la terapia por incesto, y sentía que todo era un solo temblor interno donde a cada rato podían caer cosas al suelo, algunas rotas, otras no, y vuelta a limpiar y ordenarme, decenas de veces, en un ejercicio extenuante que a veces parecía jamás tendría fin. En esas condiciones comencé mi taller. Una iniciativa apoyada, asimismo, por mi terapeuta. Mario, como Pía, cree a ciegas en el poder reparador de la palabra y sabía que para mí, como para muchos, el valor terapéutico del ejercicio narrativo, con disciplina y constancia, sería imbatible. Quizás porque en la médula del abuso sexual, hay una expropiación justamente de la historia propia; es otro quien la decide y, en esa medida, la escribe por uno. Y la escribe mal. Rescatar ese relato -luego de aceptar que existe, que es parte de los tomos de la biografía y no se puede borrar- y reescribirlo con palabras propias y preferidas, con sentidos elegidos por una, es acaso el máximo triunfo sobre el daño y el destino, la expresión suprema de soberanía y de propiedad sobre una vida. En esta victoria personal (que todavía me tomaría años), regreso de tanta muerte, Pía fue clave.

En tiempos de taller, fue lindísimo observar cómo el tiempo puede cambiar según nuestras elecciones. Para mí, los calendarios comenzaban en Martes y uno tras otro éstos se volvían efeméride: de un silencio vencido, de un derecho recuperado, de la expresión de una preferencia para mi vida, y a veces de una carcajada magnífica e inevitable –y qué sorpresa, cada vez, volver a oír mi risa- gracias a las críticas, reflexiones y anécdotas de Pía durante la clase. Y también, gracias a la retroalimentación de mis compañeros de taller quienes, sin saber nada de lo que yo traía dentro, se animaron un buen día a decirme que les gustaba lo que yo escribía, pero que debía de una buena vez salir fuera, como los niños a jugar, dejando atrás la tristeza. No con poca dificultad, traté de seguir el sabio consejo. Poco tiempo después, el juego llevó al sueño y el sueño, a nuevos planes para mi vida. Un año más tarde, estaba yéndome de Chile.

Pasaría tiempo antes de mi primer libro y, mientras lo escribía en EEUU, más de alguna vez escuché, pero de verdad ESCUCHÉ a la Pía como un pequeño espíritu arrancado de quizás dónde (o bien era yo que deliraba), colándose en mi oficina o saliendo de esquinas de mi escritorio, para darme instrucciones y corregirme también. La obra terminada, la he sentido como un cachorro recién nacido en brazos de su abuela leona, contenedora y muy orgullosa. Una abuela viajera además, que generosamente ha llevado a ese cachorro a lugares del mundo a los que nunca habría llegado de no ser por ella.

Hay escritores así, como maestros orientales casi, jugados por la trascendencia más allá de sí mismos; capaces no sólo de compartir el spotlight, sino de deslizarse suavemente hacia las bambalinas para permitir que otros, que apenas comienzan o son más pequeños, ensayen sus pasos más firmes y conozcan la experiencia de sentirse más grandes, parados bajo esa luz -imposible de describir- que señala o reconoce que hemos hecho algo especial, un aporte a la belleza, a lo humano; un esfuerzo que puede ser apreciado y útil para otros (dejando de ser nuestro en ese justo momento).

Mientras escribo, recuerdo a otras cachorras adoradas en brazos de mi Maestra. Mis dos hijas. Diamela me fue a buscar a la salida de taller, tenía 5 ó 6 añitos, y quedó embelesada con esta mujer de pelo largo “como Rapuncel, mamá”, tan rubia y poderosa, cálida y risueña como también era mi hija (entre ángeles traviesos se reconocen). Casi veinte años después, mi Emilia de apenas meses de vida, figuraba en brazos de Pía en una prestigiosa universidad de Atlanta, donde con coche, bolso de pañales y todo, asistíamos a un congreso en el que Barros era protagónica y no por ello perdía prioridad lo más simple y cotidiano: antes estuvo Emilia, contener su llanto y hacerla reír. Después vino el intercambio post conferencia con académicas y figuras ilustres del mundo de las letras. Ese gesto de cuidado y nobleza materna, femenina, no sé bien cómo definirla, es una marca distintiva de la Maestra, una bendición que no falla.

Cuando en estos tiempos, he podido visitar a Pía en su hogar en Chile –abierto a seres de todo el planeta, un continuo circular de humanos de todas las edades, necesitados de un tacto amoroso y vital, tal como en la película “Antonia’s line” o “ Las vidas de Antonia”- me doy cuenta de que mi balance sobre el efecto de su presencia en mi vida, es más justo y maduro.

Me sé honrada, quizás por cuáles diosas y dioses, por poder compartir con ella una mañana de niebla o sol, bajezas y grandezas, gracias y logros de nuestras hijas, alquimias ganadas, un sueño testarudo en la ética de cuidado por mujeres, niños, los más indefensos u olvidados, un cuento o poema o un amor inolvidable, mayonesa hecha en casa y guiso de espinacas.

A mis veinte o mis cuarenta años, hay cosas que no cambian, y por suerte que es así. Nada queda intacto cuando uno cruza camino con Pía Barros. En cualquier siglo, ella trae su bosque para que sea lugar compartido con los otros: espacio mágico de quienes creen en buenos conjuros y sueños siempre posibles; refugio de amor para los heridos; matriz, placenta y encajes de todos colores para las ellas y ellos que veneran lo femenino; verde infinito sobre infinito, para aquellos valientes dispuestos a la plétora y también a la muerte, que no es fuera de la vida, ni de su abundancia. Eso dice la Maestra (porque lo ha vivido). Y es verdad.

Una casita chiquitita así…. (para el miedo)

Así cantaba un italiano bastante excéntrico de quien no recuerdo el nombre, aunque sí su contagiosa canción. Como él, yo también tengo una “casita chiquitita así”. Más bien una suerte de loft interior, confortable y cálido, aunque pequeño, donde habita un compañero de camino con quien me cuesta mucho la relación. Hablo del miedo.

Me cuesta el miedo, como a todos, pero me consuelo pensando que si éste fuera del todo inútil o únicamente aflictivo, no habría sido parte del repertorio humano. Y dado que existe, es más saludable aceptar su presencia, tratando de ver lo positivo que pueda haber en ella.

En primer lugar, como la mamífera que soy, puedo agradecer aquellas conductas que, vinculadas al miedo, contribuyen a salvarme la vida en situaciones de mucho peligro. En segundo lugar, valoro que este compañero se manifieste, ya no a nivel de mi biología, sino de mi mundo emocional, donde replica su función protectora: previniéndome de iniciar o sostener relaciones lesivas, o colaborando como un regulador de conductas de riesgo o simplemente impulsivas, que pudieran en su precipitación, herir a quienes quiero, o a mí misma.

Con mis cuarenta años, puedo al fin declarar que no es insano el miedo, no per se. Tampoco es el paria que a veces nos dibujan y del cual nos previenen como si fuera peor que la peste negra o que el mismísimo demonio. Yo que he vivido muchas de sus caras oscuras, puedo dar fe de que no son las únicas que él tiene, y tampoco son permanentes.

Como todo en la vida, el miedo evoluciona, y lo hace a la par de otras evoluciones que uno experimenta. Del miedo desbocado e insomne de la niñez, uno muy físico y concreto (así como uno es de niña), vino el miedo más profundo –y mucho menos materializable- de la juventud. Un miedo a enfrentar ciertas verdades o los sentimientos asociados a ciertos descubrimientos. De alguna forma, era un miedo mucho menos vinculado a la supervivencia y algo más existencial: hijo de tantas reflexiones que nos suelen acompañar en años decisivos para la construcción de identidad.

Más adelante en la vida se sumaron otros miedos: al fracaso, a la carencia, a las pérdidas de seres queridos, a cargar de por vida con las herencias de la infancia, y una de ellas, justamente, el miedo. Masivo, omnipresente, a casi todo: a comer, a ser demasiado visible, a ser tocada o a tocar, a no ser capaz de dar o recibir amor, a casi no querer vivir con tal de no sentir el peso pulverizante de tanto temor. Podría haber recurrido a containers de tranquilizantes que imagino como pequeños mazos cavernícolas con los que haber enterrado al miedo como estaca en el suelo, por sólo asomar su cabeza. O containers de otras sustancias que simplemente no me hubiesen dejado oír su voz en medio de algún carnaval extático y delirante. En cambio, tuve que caminar con él, en silencio, rumiando mi resentimiento –confieso-, mi oposición, y aunque sea redundante, el miedo a mi propio miedo: ese nudo ciego y apretado que parecía no tener para cuándo soltar mi garganta –o muchas otras zonas de mi cuerpo donde fue instalándose desde siempre- y permitirme exhalar aliviada.

Luego de años de caminar sobre rocas, de muchos empeños casi fumigatorios, o de recreos más o menos largos donde casi podía olvidar que vivía con esta entidad al acecho permanente, comencé a simplemente aceptar que era parte de mí. Poco a poco fui contemplando mi miedo, aunque de lejos, tratando de distinguir sus rutinas y sus tics y de entender ciertas relaciones con eventos, caras, estímulos, y hasta con la bioquímica de mi organismo femenino. Lo escuché palpitar aceleradamente, como un ciervo acorralado, y sentí compasión, por él, por mí, por nuestro nudo indisoluble que, no obstante, algo menos parecía estrangular mi cuerpo y alma, conforme lograba establecer una relación de observación con él. Nada más. También lo oí llorar de noche; un alarido sobrecogedor que sólo yo escuchaba pero cuyo eco podía hacer temblar mis costillas y las de quienes durmieran bajo mi mismo techo. En años de observación logré comprender que mientras más lo negaba o agredía (con buena intención según yo, puro “esfuerzo terapéutico”) más impredecible se volvía, y más feroz.

Hubo una terapia alternativa a la que me sometí, y digo someter porque a la mitad sólo quería arrancarme, que era mezcla de varias técnicas y donde el nivel de presión física resultó ser casi intolerable. Me dijeron que tenía miedo acumulado en muchas áreas del cuerpo, y creo que lo sabía. Asimismo me dijeron que con esa sesión comenzaría a desaparecer, pero lejos de menguar o extinguirse, a los pocos días andaba, además de adolorida, a tropiezos con el pánico. Fue en ese momento en que caí en la cuenta de un par de cosas importantes. Uno, que estaba agotada de intentar “sanaciones”, cuando primero que nada, no estaba “enferma” . Dos, ya había invertido años de años en componerme y lo que había logrado quizás no daba para correr maratones, pero sí para buenas y alentadoras caminatas cerca de algún río. También me di cuenta de que, a veces, puede ser un gesto de amor y consideración para consigo misma, el no someterse a más rigores, por terapéuticos que estos sean o parezcan ser. Permitirse descanso, equivocarse, que sea difícil a veces o que no todo sea perfecto, puede estar bien; puede ser aceptable. Mi miedo, azuzado y malherido, es el que me dio la señal de que ya era suficiente: de sentirse cansado, arrancando como ratón asustado dentro de mí, apaleado, sin un lugar donde reposar. Presté atención.

Hay cosas con las que uno vive y simplemente eso, vive. Las personas que han recibido diagnósticos como diabetes, osteoporosis, astigmatismo, sólo por mencionar algunas condiciones que imponen cambios, dificultades y monitoreos periódicos, saben que la aceptación y una actitud positiva, o al menos no-agresiva y no-paranoica frente a su condición, contribuye a su bienestar. He creído lo mismo en relación a las herencias del abuso sexual infantil. Y quiero seguir creyendo. Me niego a asumirme una minusválida o una combatiente perpetua contra síntomas y sensaciones que, habiendo ya sido muy trabajados, de todos modos permanecen dispersos en mi corriente de sangre y de alma. No quiero implicar con esto que la terapia no valga la pena; menos siendo ése mi oficio. Pero también es importante saber que uno puede descansar a veces, poner límites compasivos y amables a su propio empeño auto-reparador y permitirse convivir con quien uno es, y aquello de lo que uno está hecha, con algo más de paciencia y aceptación.

Estoy lejos de declararme absuelta de temores; pero tengo la sensación de que mientras menos actúo como cazafantasmas, menos espectros se desatan. Asimismo he ido ganando una progresiva sensación de albedrío en cómo enfrento y en cómo puedo compartir mi espacio con mis miedos. Nos conocemos mejor, además, luego de tantos años, y puedo acudir oportunamente a prodigar contención, calma, y a veces también, lo admito, ayuda farmacológica, si es pánico lo que arrecia, y quienes lo han vivido, saben cuán invalidante puede ser, cuán horrífico, también. Compartiendo experiencias con otras personas, me maravilla darme cuenta de cómo cada quien utiliza su ingenio y corazón para adelantarse a las embestidas del espanto, o para superarlas, administrarlas bien o simplemente resistirlas como mejor sea posible y luego salir de ellas viendo cuán vivo o entero se está, tal cual Simba el león, cuando sobrevive la estampida de ñúes (creo) en el mismo acantilado donde pierde a su papá (los que hayan visto la película de Disney sabrán a qué me refiero). Más difícil que la estampida, y lo más doloroso de su pérdida, es la sensación de soledad e intemperie en que queda el cachorro de león. Quienes sobrevivimos el abuso, conocemos de cerca esta sensación. Misma sensación que nuestro miedo, por simple asociación con nosotros, también puede experimentar. Por eso quise imaginar que tal cual yo he encontrado mi hogar a salvo y cálido, él podía encontrarlo en mí. No tiene que ser un hogar muy grande ni con mucho espacio, porque no quiero que sea tan presente ni gravitante en mi vida, pero sí un espacio suficiente, propio, donde encontrar algo de solaz y reposo. “Una casita chiquitita así”, donde a su ritmo pueda templarse de tal forma que, algún día, sólo sea el miedo sano que me cuida y previene cuando puedo correr peligro o hacerme daño. Un miedo del cual poder sentirme agradecida, finalmente.