No se trata de censura, sí de responsabilidad

escrito se encuentra en este link, mil gracias.

 

 

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Antes de las palabras (el cuidado ético)

El mundo sin palabras, cómo sería. Si no pudiésemos hablar, nosotros, de qué forma dejaríamos saber a un otro, otra, que nos duele el corazón, que corremos peligro, que sufrimos.

En The Piano, la protagonista, muda, llevaba una pequeña libreta colgando del cuello para escribir y comunicarse con quienes no conocían el lenguaje de señas. Cómo sería…si sólo contáramos con nuestros ojos y gestos para pedir auxilio, por ejemplo, en una situación de detención arbitraria o de secuestro. Ni imaginar lo que puede ser para alguien encontrarse en estado de coma, o atrapado en su cuerpo, consciente, pero incapaz de articular sonidos.

Son situaciones extremas pero pueden servir para intentar acercarse a la experiencia de los niños pequeños que aún no desarrollan el habla, y necesitan “contarnos” algo de lo que viven. A veces algo excitante, y hemos visto a menores de un año casi perder la respiración en una risa o grito feliz. O bien algo grave, como una situación de maltrato físico o abuso sexual. ¿Cómo, sin palabras, pueden dejarnos saber que necesitan nuestra protección?

Volver a nuestras raíz, en el cuerpo. Lo que compartimos con otras especies.

De tiempo en tiempo, nos maravillamos con noticias sobre mamíferos adoptando cachorros de una especie distinta a la suya: quizás recuerdan de una mamá gata y sus hijas ardillas (aprendieron a ronronear, ver) o la mamá tigre con sus chanchitos (ver). Rara vez sabemos (no recuerdo una sola) de situaciones de maltrato deliberado y perdurable con cachorros, o de emboscadas y asaltos sexuales de mamíferos adultos no-humanos a sus crías pequeñas.

En el reino animal (todos, menos nosotros), la ausencia de violencias sistemáticas y deliberadas contra los cachorros, y la relación entre los cuerpos mamíferos adultos y el de las crías, permite una ventana valiosa a una parte de nuestra propia naturaleza donde  también “sabemos” del cuidado, en el cuerpo, tanto o más que a nivel cognitivo. Combinadas ambas sabidurías, podríamos imaginarnos inmensos, abundantes en recursos para proteger sin riesgo de traicionar ese imperativo del cual depende la vida de los pequeños, y de todos.

Observar los cuerpos de nuestros hijos al nacer, los meses y años que siguen. El cuerpo humano es frágil. Los cuerpos de los niños más, mucho más (pese a sus maravillosas resiliencias). Y todo niño, niña, es vulnerable, especialmente ante los adultos: una característica ineludible del ser niñ@, del habitar un cuerpo de niñ@. Repetirlo mil veces. Cerrar los ojos y volver a ese tiempo.

Saber que aun en la mejor y más idílica de las infancias debe haber habido un momento de fragilidad absoluta, de sentir que las palabras faltaban, o de sentirse a merced de fuerzas mayores, cuerpos mayores, presencias que podían elegir cuidar y nutrir, o descuidar, dañar.

Poder tocar, si tuviera, la piel del amor, o de la memoria. También del horror, ¿sería áspera, húmeda, lacerada, llena de cueritos sangrados? La memoria del tacto bien podría ser más perdurable; mucho más que las decenas y cientos de imágenes que ya hemos visto, seguimos viendo, sin que nos expulsen del letargo. La memoria del oído, el ejercicio de ese sentido en todo su esplendor y superficie, también nos hace falta.

Mucho antes de las palabras y las lenguas, los seres humanos cuidaron. No existía el nombre “vida”, “derechos”, “protección”, pero ya  los recién nacidos eran atendidos, amamantados, cuidados por otros, y no sólo sus madres.

También, antes de las palabras, en la vida de cada ser humano que llega al mundo, habrá llanto, gorjeos, risas, fiebre. Otro universo de sonidos y señales desde el nacimiento y hasta las primeras sílabas de cada niño y niña. Luego vendrá el habla, y todavía más tiempo antes de poder articular una emoción, un duelo, en términos propios, con nombres, frases.

Los padres y madres necesitamos todos los oídos posibles para oír las distintas voces de nuestros niños. Tenemos más que dos: están en todo nuestro cuerpo, dentro y fuera, en la piel, el hueso más diminuto, nuestras células.

Contamos con los oídos del cuerpo, el idioma de las sensaciones, la intuición, nuestro ser mamíferos, el registro de una suerte de “música” que acompaña la vida de cada momento, cada día de los niños.

Los cuerpos de los adultos son determinantes en el tipo de vibración que emiten, según las emociones que los habitan más constantemente: los niños sintonizan, se acomodan a esa melodía, o se desajustan conforme ella falta, desafina, o duele.

La capacidad de sentir y leernos de los más pequeños se hace más clara ya cuando hablan. Quién no ha escuchado a niños decir “la mamá sonríe pero está triste”, o “¿por qué te ríes papá si me estás retando?” (y claro, más de una vez es divertida la situación en que debemos ejercer la autoridad y el cuidado).

Sin acceso al habla todavía, nuestros hijos pequeños nos miran, y si nos alejamos, nos buscan con sus ojos, se orientan en dirección a nosotros -con todo su cuerpo en el afán-  buscando respuestas, gestos, para anticipar, saber qué hacer, disponerse a una acción: nuestras expresiones y movimientos aportan a nuestros hijos una seguridad que ellos requieren para desplegarse, o para esperar, replegarse también.

No sé de auras, pero sí sé de cuerpos que se vuelven faros en el cuidado de nuestr@s hij@s, campos lumínicos que los pequeños perciben. Nosotros también, en ellos.

Niños sin palabras, y un universo de estímulos: observamos sus cambios, su energía inquieta (a veces, semidormidos, sentimos cómo cambian de posición en sus cunas o camas), su decaimiento. Hay señas sutiles, otras, nítidas. Carentes de lenguaje o símbolos para expresarse, los niños usarán cada sistema de su organismo, cada recurso de sus cuerpos, en el esmero de “decir”, de hacernos saber.

En los niños pequeños, el cuerpo, lo sensorial, la intuición, tiene un valor central para la supervivencia, para ir descubriendo, reconociendo y diferenciando espacios y personas que cuidan y aseguran la vida, y otras que no, o mucho menos. Para poder expresar su bienestar, malestar, temor ante peligros.

Ante lo que “no está bien”, o los hace sufrir, los más pequeños pueden expresarse a traves de gestos, formas de moverse, y por favor pongamos cautela en palabras como “maña” porque una vez dichas, abren paso a omisiones que no son triviales, y donde puede comprometerse la integridad física o psicológica de los niños.

Detengámonos a observar: si algo se altera, es distinto en nuestros hijos y no sólo frente a otros adultos (durante o después de la interacción con esas determinadas personas) sino también frente a un lugar, una cierta hora del día, la relación con un amiguito de la plaza. No arriesguemos omisiones, no forcemos así sea desde la buena intención de “estimular” o “ayudar”. No prolonguemos situaciones. Quizás daños que podrían ser evitables, terminarán siendo mayores.

Hagamos caso, al menos pongamos pausa y escuchemos, si sentimos una “corazonada”, una inquietud vaga, un presentimiento que aguijonea (y duele). Insistamos, quedémonos ahí, en el desasosiego aunque sea difícil precisar qué es exactamente lo que sentimos frente a aquello que no podemos dilucidar o traducir de nuestros hijos. Ensayemos alternativas, no dejemos de responder.

Mientras escribo, recuerdo mi hija menor, con dos meses de edad, que lloraba y lloraba. Luego del examen más minucioso (mientras seguía llorando y mi angustia llegaba al techo), encontré un hilito del pilucho que incluía guantes (para no rasguñarse), entre dos de sus dedos. No había un nudo, era una línea de tela mínima, suave, blanda, menos de 5 milímetros. ¿Puede ser esto? Lo removí y dejó de llorar. Le molestaba entre los dedos y no podía, ella sola, sacarlo de ahí. Me costó creerlo y llevó a nuevas alturas mi gratitud por el llanto, qué bueno que exista, qué sabia la naturaleza con este sistema de llamado (en tanto llegan las palabras).

Terminando el año, desde la lealtad y también la angustia del cuidado, un papá –ha habido otros antes, ojalá no deba haberlos más- no podía precisar qué pasaba con su niño, pero “sabía” que algo le pasaba: no podía expresarlo con palabras, pero sí de otras formas.

El padre decidió conectar una cámara de video para conocer, en realidad, cómo interactuaba con su hijo, la ex-cuidadoraAbigail Godoy. La intuición era sombría y no se equivocó, lamentablemente.

La magnitud del abuso físico y psicológico que ha sido conocido no alcanza para decir más; la historia ha sido compartida y sabemos que la perpetradora del abuso fue arrestada y luego dejada en libertad con medidas cautelares entre las que se incluye asistir a una terapia para “mejorar el control de impulsos” (¿?!). Mi hija mayor intentaba explicarme el fundamento jurídico de estas resoluciones, sabiendo que sus palabras caían en un pozo sin fondo. Cuando las medidas no resuelven nada, cuando son inútiles, me vuelvo sorda.

Pensaba en el niño de dos años y cinco meses, en sus  padres, y luego en otros padres, madres que conocieron las imágenes en noticieros o las redes sociales. Y en niños y niñas de mayor edad que pueden haber quedado en silencio, porque no sabían de golpes, o porque llevan ya su registro, al igual que muchos adultos… infancias con el pulso agitado: el antes de; el después.

La memoria corporal, sobresalto interminable. Ese ovillarse en piloto automático cuando alguien levanta la voz, o agita una mano, o cuando la puerta se cierra de súbito. Antes de que el cerebro haya reconocido la voz enfática, la gestualidad histriónica, o la brisa, ya se han activado otros procesos. Como si fuera ayer, el miedo. Pero es hoy. Este año, además. Hasta cuándo.

Termina 2014 y continuamos sin Ley de Protección Integral de la Infancia. La ley de violencia intrafamiliar no es suficiente para casos como el que atestiguamos el último día del año –pues Abigail Godoy no tiene vínculo sanguíneo con el niño de quien abusó- y el código penal no contempla las necesarias distinciones para agresiones físicas a los más pequeños (por favor leer este artículo muy claro en explicar estos puntos, de Marcela Labraña, Directora de Sename). Ante hechos como los conocidos, más negligente parece nuestra demora, e incomprensible nuestra paciencia, nuestra tolerancia como ciudadanos, especialmente quienes somos madres o padres.

Como muchos, no entiendo cómo frente a un delito flagrante, la respuesta sea tan desproporcionadamente menor, o cómo es tan escasa la precaución para otros niños que quizás luego de meses -cuando todo se olvida como suele olvidarse en nuestro país- pudieran terminar a cargo de “cuidadoras/es” ya denunciados y procesados por malos tratos. Quizás debería existir un medio de inhabilitación y consulta comparable al de los ofensores sexuales, para el maltrato infantil físico y psicológico. No lo sé.

Los legisladores deben, ojalá respondan con la debida premura. Pero también nosotros, desde nuestra responsabilidad, podemos engranar en otros afanes como ciudadanos (escribir a diputados y senadores de nuestros distritos) y también como padres, madres, educadores, adultos que se vinculan con pequeños que no cuentan con suficientes palabras todavía. ¿Cuál es la mejor forma para recibir, traducir su voz? ¿Cómo los escuchamos? ¿De qué nos afirmamos?

A veces, ni siquiera habrá señas de nada. Mi hija mayor me contó recién a los 10, 11 años, sobre una nana en casa de su abuela materna quien le había dado un tremendo pellizco, una sola vez. La señora era de temperamento amable, bastante mayor y reposada, con sentido del humor. Estamos convencidas de que en aquella ocasión tuvo un mal día, pero el pellizco fue tan fuerte, impactante, tan fuera de lo conocido o esperable para mi hija -de 5 años entonces-, que no pudo verbalizarlo sino años después. No sé cuál habría sido mi respuesta de saberlo entonces, pero sé que la confianza se habría lesionado, y es probable que la relación hubiese llegado a término, más temprano que tarde.

No es sencillo tomar ciertas decisiones como padres y madres. Primero, está el cuidado de nuestros hijos, y luego las personas con quienes podemos compartir esa responsabilidad. En el examen de ese equilibrio, quizás casos de maltrato como el que conocimos (y muchos otros) puedan alentarnos en escuchar nuestra voz interna, cómo ella nos habla sobre lo que “sabemos” cada vez que nuestros cuerpos indican un malestar, por tenue que éste sea: un malestar o preocupación que merece oídos porque trae sabiduría y utilidad. Nos sirve para tomar decisiones, por ejemplo, terminar con una relación -o prepararse para ello, sabiendo que es el único camino compatible con autocuidarse, o cuidar de otro.

Cuánto tiempo antes de una renuncia (e inclusive de un despido), ya sabíamos que no era ése, nuestro lugar para trabajar. Cuántas parejas han “sentido, sabido” mucho antes de una despedida, que había un@ de ell@s que había partido ya, o se había enamorado de alguien más, o sido desleal. Cuántos seres humanos sentimos hoy, y hace rato, esa sensación indefinible de angustia/urgencia/ganas de gozar el tiempo/buscar refugio/prepararse para lo que venga/querer ver y no ver, todo lo que viene con una era donde el clima refleja los daños de la tierra, guerras suman y suman en territorios lejanos… prefiero no seguir.

Como en otras esferas de nuestras vidas, existen perturbaciones que nos dejan saber que algo ha cambiado en una relación y se ha desplazado –así sea milímetros- de un lugar inequívocamente seguro. Si ese lugar se desdibuja en relación a una persona, o una institución (por ejemplo, un jardín o una escuela), necesitamos detenernos y examinar. Si nuestra sensación  de inquietud viene además con una parte de temor, de sospecha sobre algún daño posible para nuestros niños –golpes y otras violencias: niños a quienes los han encerrado en armarios, o les gritan continuamente, o son mirados con desdén o rabia por sus cuidadores- quizás no necesitamos esperar a constatar eventos, sino darnos permiso de inmediato y acreditar nuestra fisura, nuestro ruido interno, nuestra incomodidad, la sensación de que algo no está bien. Actuar sobre ella.

Me atrevería a decir que una mayoría de nosotros peferirá quedarse con la duda de haber cometido un error (por ejemplo, al terminar la relación con una cuidadora, o una salacuna, desde una “intuición” o sensación de malestar), que con la certidumbre de no haber actuado, protegido o respondido a tiempo a nuestros hijos.

Conocí a una doctora cuya hija durante años se negaba a ir de visita donde unos tíos. De pequeña y adolescente su resistencia fue la misma, aunque ella misma admitía no tener fundamento: “no sé por qué, me tratan muy bien, lo paso excelente… pero no quiero ir ahí, prefiero que mis primos vengan a nuestra casa”. Cuando ella tenía 15, su prima de 17 develó el incesto y abuso sexual que había vivido durante años (el padre era responsable).

Aunque su hija no vivió jamás ni siquiera un tacto inapropiado de parte de ese tío, su madre (la doctora), no podía dejar de reprocharse por haber insistido siempre en las visitas (incluso en cumpleaños-pijama party), ante la ausencia de “razones válidas, de peso” para no ir. Pero esa mamá, asimismo, desde pequeña le dijo a su hija que hiciera caso al cuerpo, a sus intuiciones, a su “guata”. Su hija le creyó, hizo suyo ese aprendizaje, e insistió en expresar su disonancia, todo el tiempo que la sintió.

Existen decenas de historias sobre intuiciones que evitaron un viaje no accidentado, sino solamente ingrato, poco feliz, o bien situaciones realmente trágicas (como no subir a un bus que luego tuvo un accidente). Asimismo, todos tenemos historias donde el corazón nos llevó a conocer a las mejores amigas y amigos, al amor de la vida. Y eso que en muchas de nuestras generaciones, nadie nos habló del cuerpo, ni de intuiciones, y tampoco de buenos o malos tratos, esa distinción que no es tan obvia como podríamos creer y que jamás es prescindible. Muchos hemos debido aprender de adultos (y con no poco dolor) a distinguir entre cariños buenos y dañinos; a mirar el cielo del lenguaje, o sus infiernos, más allá de lo que expresan los nombres y verbos con que nos hablan.

En tanto los niños no cuenten con palabras, sólo podremos guiarnos por ese otro idioma del cuerpo, esa “música” compartida que, al igual que el llanto de los recién nacidos que cada mamá puede identificar (y es fascinante esa exactitud), conocemos y reconocemos en lo profundo, en etapas sucesivas y las más diversas circunstancias, cuando se trata de nuestros hijos. Confiemos en nuestra escucha. Enseñemos, también, a nuestros hijos que esa escucha es importante, que nos vean en su ejercicio. Así también un día no dejarán de atender a la voz de su cuerpo, su alma, las voces de sus prójimos.

Una última reflexión va en el sentido del trabajo: que no haga falta una bronquitis, neumonía o accidente escolar -o tragedias como un cáncer- para que autoricen nuestra ausencia por razones de cuidado de nuestros hijos (el tema de la conciliación es determinante pensando en situaciones donde necesitamos estar presentes quizás, más de una vez, durante el día, en horarios poco convencionales).

No sólo necesitamos ahondar en legislaciones humanas, compatibles con la protección de los niños y firmes en la prevención de abusos o su sanción. También necesitamos legislaciones responsables para quienes cuidan y de quienes dependen los niños: sus familias.

Que no sea un slogan fofo “el interés superior del niño”, mientras el Estado demora y se distrae (y hasta victimiza), o las empresas miran con recelo a madres o padres. Pre y post natal no deben ser un motivo de aprensión para las familias, y algún día será inncesario y absurdo detenerse a dar doscientas explicaciones y disculpas por tener un hijo que nos necesita cuidándolo, y no angustiados en un edificio antiguo o moderno, contando los segundos para poder ir a su lado.

Necesitamos ser una red, un telar mucho más grande. Poner de lado esa ilusión de autonomía, independencia o autosuficiencia que pareciera invocarse como vacuna contra la “debilidad” o vulnerabilidad humana. No somos omnipotentes ni invulnerables.

Nuestra dignidad no es menor ni menos robusta, porque debamos inter-depender los unos de los otros. La vida existe y continúa sólo gracias a esa mutualidad; y nosotros existimos en relaciones, amamos desde vínculos, no desde la cima de una montaña perdida en un planeta far, far away (quizás sólo maestros espirituales y arrieros son capaces de otra existencia, pero también nacieron y fueron cuidados alguna vez, o lo serán antes de morir).

Es muy poco lo que puede sostener en soledad: el cuidado nunca.

Nadie puede estar con un niño las 24 horas del día, todos los días de un año, y dependemos de otros. El hogar concentra horas, el jardín, la escuela, pero si debemos trabajar padres y madres y estar muchas horas lejos, entonces ojalá el cerco del cuidado pudiese ser más que cada uno y su pareja o los abuelos (si se tiene esa fortuna) o la cuidadora/cuidador o empleada de casa particular (que es otro oficio, no equivalente a baby sitter o cuidador).

Siempre puede haber alguien más, huestes paralelas de una o más personas a quienes podemos pedir ayuda (y prodigarla también), para que llamen, o pasen por nuestro hogar brevemente dejando sentir una presencia más vasta. Dejando saber que somos más de dos o diez, quienes ponemos atención por más niños que sólo el nuestro; y quienes creemos que juntos, en verdad, tenemos una mucha mejor oportunidad de protegerlos a todos.

 

(Lecturas recomendadas: Antonio Damasio “The feeling of what happens”, Bessel Van der Kolk “The body keeps the score”, Boris Cyrulnik “De cuerpo y alma, neuronas y afectos en la conquista del bienestar”, Max Colodro “Silencio en la palabra: aproximaciones a lo innombrable”, Peter Levine “Trauma through the Child’s eyes”, entre otras)

 

Los regalos del cuerpo, la vida: “Mi cuerpo es un regalo”

boceto sist excretor, e ilustrac

Hace más de veinte años, durante mi primera maternidad y sin mayor información, al menos tenía claridad sobre la decisión de escribir una historia muy distinta de la mía, para mi primera hija: una donde su cuerpo fuera fuente de reverencia, maravilla, salud, bienestar, buen refugio y templo, plétora, libertad. En el presente, y también hacia el futuro, como la mujer que llegaría a ser.

Quizás toda mamá y papá jóvenes, o de cualquier edad, se hacían las mismas preguntas antes de recorrer un camino de la mayor trascendencia. Yo, además, sentía que a la ignorancia natural de quien enfrenta un recorrido por primera vez (y uno infinito, como la maternidad), se sumaban temores y limitaciones propias de una historia que me había jurado no debía repetirse para ninguna niña o niño. Tampoco mi hija.

No contaba con muchas herramientas, y no abundaba la literatura sobre el tema de la corporalidad infantil o su sexualidad (con Freud no me llevaba bien, o más bien, tenía una resistencia orgánica a profundizar en su teoría edípica o fantasías irresueltas de incesto con el padre o la madre).

Tampoco existían muchos libros sobre prevención de abuso sexual, y menos para niños, que propusieran una mirada desde el respeto de los humanos adultos y desde la noción de los propios niños sobre su derecho a ser cuidados, a establecer límites (decir NO), a “escuchar” la voz de su cuerpo. No quería actuar en prevención de abusos infundiendo terror en mi hija (aunque ciertas realidades deberían ser compartidas conforme creciera). Quería hacerlo de otra manera.

A la guía de los instintos, del amor, y de la delicadeza sensorial de mi niña, cuando ella tenía menos de un año, se sumó un librito que encontré en Argentina, durante un congreso: “Mi sexualidad de los 0 a los 5 años” se llamaba.

Tenía ilustraciones –muy modestas, a tres colores: blanco, negro y azul oscuro-, algunos juegos y un lenguaje sencillo y alegre. No hablaba de miedos ni trasgresiones posibles. En cambio, hablaba de respeto mutuo y  de experiencias cotidianas en relación al cuerpo y lo sexual, desde la inquietud inocente y natural de los niños pequeños.

Ese libro –que inclusive compartí años más tarde con mamás de otras culturas en EEUU- fue sobre todo una inspiración para desplegar mi propia creatividad y así atreverme a proponer un particular itinerario con mi hija: con dibujos, caricaturas, títeres, pantomimas y cuanto recurso viniera a mi mente, para enseñarle a Diamela a conocer y apreciar su cuerpo conforme  descubría, etapa tras otra, la maravilla de sus funciones y evoluciones.

Yo me había apostado entera a amarla y protegerla, pero no estaría con ella las 24 horas de cada día. Necesitaba compartir herramientas. Yo crecí sin saber del cuerpo, de sus derechos (a la vitalidad serena, al buen trato, al consentimiento). Quería que ella sí supiera.

El camino desde guagüita apuntaba a un horizonte inmenso: si podía decirme que no a mí (no quiero esto, o lo quiero después), podría decirlo a quien quisiera. Si sabía que su cuerpo y todo su ser merecían el mejor trato, eso esperaría de otras personas: desde pequeños compañeros de colegio y profesores, a parejas o superiores en el trabajo, el día de mañana. Si aprendía a “escucharse” y a confiar en esa voz, el día en que por ejemplo, compartiera un primer beso o iniciara su vida sexual activa, podría dar el paso convencida. No 30%, ni 60% convencida. Ojalá 100%, o algo por ahí, más cercano a la totalidad de su voluntad, su deseo, su autocuidado y salud, su amor.

Tenía algo así como dos años, y recuerdo la expresión de Diamela, de entre desconcierto y maravilla, cuando le mostraba textos de biología con imágenes del cuerpo humano (las mejores disponibles en esos tiempos: láminas de anatomía en viejos libros del colegio o la universidad) y hasta radiografías de dientes o caderas (las típicas para descartar displasia) que usamos para colorear y señalar todo un universo interior que escapaba a la vista, pero que valía tratar de imaginar en movimiento, dentro de nosotros. ¿En serio es así?, preguntaba. En serio 🙂 y es tuyo.

Ese universo era su cuerpo: primer hogar, “hogar primario”, inseparable de ella, de todas sus edades. Qué tremendo sería si lo sentía amable, magnífico, un híbrido de ave-bailarina-galaxia en permanente gestación, libre, deliberante, con su voz y su música propia. Jamás una prisión. Nunca un territorio de guerra, o un enemigo.

Sabiendo que la responsabilidad de cuidar y guiar era mía, como mamá y adulta, de todos modos era imprescindible ir avanzando en entregar a a mi hija herramientas de autocuidado, y alentando el ejercicio de sus elecciones, y el desarrollo progresivo de su consentimiento ( entendido como la capacidad de decidir por sí mismo y de actuar conforme a la propia reflexión y discernimiento).

Sin estos estímulos, sin mi apoyo -y el de todo adulto que pudiera plegarse, creer en ese respeto profundo y esa responsabilidad con la nueva generación-  ¿cómo podría mi hija darle voz a su cuerpo, descubrir sus preferencias, establecer los límites que la hicieran sentir protegida y cómoda para aceptar o declinar, o definir los términos de sus relaciones -corporales, afectivas- con un otro? Antes ella necesitaba saber, aprender, estar segura de que tenía el derecho a ser escuchada, tomada en cuenta, mientras iba etapa tras etapa, ensayando el dibujo de su vida, sus “quiero” y no “quiero”, sus deliberaciones y preguntas.

Sé que en quince, veinte años, lo que más hicimos fue disfrutar la trayectoria (aunque algunos duelos también hubo, que igualmente hicieron crecer). Sobre todo nos conmovimos y asombramos, conversamos horas incesantes y preciosas. Diamela hizo suyos el amor y cuidado -por sí misma y por los demás- y con ellos cruzó la frontera hacia su adultez (así lo creo y lo veo a sus 25 años). Yo, por mi parte, crecí siglos a su lado (en un proceso que ella jamás imaginó y durante el cual gané no solo la vida, sino mi cuerpo de regreso, como el de una recién nacida).

Luego vino mi hija menor, a mis cuarenta años. Y vuelta a empezar.

Más allá de la bitácora radiante de la maternidad (ver crecer, aprender mundos, vincularse con los otros, soñar destinos), debí nuevamente tomar lápiz y escribir las letras silenciosas de la historia: el cuidado desplegado en desvelos,  aprensiones, la mirada de mamá loba, cierva, y lechuza (insomne) sobre cada paisaje, la plegaria agradecida pero plegaria al fin, por cada día bueno, eras inaugurándose, resfríos superados, sueños y cantos. Todo lo compartido en la travesía con Diamela, volvía a ser horizonte con el nacimiento de Emilia.

Tendría que ser más fácil, pensaba, los primeros días de llegada mi hija menor al mundo. Mi edad debía venir con mayores aplomos y muchas más luces (un estadio nacional de luces, ya no la pequeña plaza tenuemente iluminada de mis veinte años de edad): sobre el ejercicio del cuidado, la ductilidad e infinita inteligencia del amor, los puntos de intersección continua entre ambos. Confieso que tanto más fácil no ha sido, pero sí distinto, y mayor la abundancia de herramientas a la mano.

Fuera de los baños de palabras y de cariño –espontáneos, y también, confieso, como parte de una agenda porfiada en contagiarle gratitud y contento, cada día al despertar-, cajas y cajas de crayones y lápices de colores, imágenes de resonancias magnéticas y otras láminas increíbles de anatomía humana (viva Google)  y la leal ayuda de una magnífica revista (9 ejemplares, la colección completa) de neurociencias y educación que encontré en Chile -Calpe&Abyla, de las doctoras Amanda Céspedes y Lilian Cohen.

Con todo un arsenal muy colorido, comencé nuevamente a caminar. Con mucha mayor confianza. Tanto con mis hijas, como con alumnos y niños a quienes acompañaba en terapia, observaba que la motivación por aprender del cuerpo humano era/es enorme. No hablo de clases de cs. naturales o de biología (aunque también), sino de lo que ocurre cuando constantemente traemos la presencia del cuerpo en lo cotidiano, vinculando todo: latidos, emoción, nutrirse, hidratarse, tratarse con gentileza, escuchar las señales del cuerpo -desde una tos, una lágrima, la risa, o una “guatita apretada”, o una sensación de “no sé qué” pero que provoca temor, a la sensación de placer que viene con un helado delicioso, un paisaje increíble, un abrazo, un gesto de cariño de los amigos del colegio o el barrio-. Infancia, pubertad, la adolescencia: cada etapa con su historia, información que empodera (cómo funciona el cerebro ayuda tanto a entender lo que pasa con las emociones, las formas de conocer, y hasta los errores que pueden cometerse).

Recuerdo que con apenas año y medio, Emilia ya indicaba la rítmica de los latidos de su corazón y sus emociones primarias (contenta, triste, asustada -sobre todo ante ruidos fuertes-, enojada); con dos, se asombraba respirando cortito-largo y exhalando sobre dientes de león o semillas puestas sobre la mesa (“viento”, proveniente de sus pulmones) y señalizaba olores, colores del atardecer, músicas, y todo era un goce; a los dos y medio, trataba de explicar a otros cómo su estómago “juntaba y dejaba a un ladito” todo lo que no le servía.

A los tres años, decidió que las neuronas eran “flores” que se iban enlazando unas con otras (como en la enredadera en casa de sus abuelos) para conservar lo que iban aprendiendo; al cumplir cuatro, decía “mi guatita pide: agua, pollo, o chocolate, no esto”, o “no te conozco todavía, hola así no más (con la mano)”, o “no voy a ir, porque no termino de comer-jugar-descansar-mirar la luna, ¿me puedes esperar?”, o “este regalo lo voy a abrir después porque ahora estoy  jugando” (feliz). Dejar hablar al cuerpo, desplegar su misterio, dejarlo deliberar también, con respeto, cuidarlo. Y en cada trazo de experiencia, otro poco más de albedrío, discernimiento, libertad de sentir, de llegar a ser.

Es temprano para cantar victorias, pero esperanza ver cómo, paso a paso, es casi como si mi hija menor pusiera sus pies sobre la huella semejante que dejó su hermana mayor años atrás, en una arena entrañable (que conservo dentro). A ambas, en distintas eras y por motivos muy especiales, les debo nuevos pactos con la vida, ganas ojalá de ser inmortal, tanto entusiasmo y resiliencia, tanto amor y sensación de amparo sobre esta tierra (o sobre el cielo, si eso fuera posible). Tanto como sus cuerpos nacieron del mío, así creció el mío a su plena estatura, gracias a  mis hijas.

En una fragua de décadas: la inspiración regalada por mis dos niñas, y muchos otros niños que he tenido el honor de conocer en los oficios de psicóloga y profesora de español (en EEUU, K-8vo). Y a adultos inocentes y de buen corazón.

A los 45 años, finalmente, cumplir el sueño de poner en palabras e imágenes, lo que tenía ya escrito y dibujado en mi cabeza con tal nitidez, y durante tantos años, que casi podía tocar y oler la tinta y colores de cada dibujo, los que llegaron a ser en papel para explicarles a mis hijas distintos temas (corporalidad, sexualidad, reproducción), y otros que aún pululan en mi mente y puedo ver cuando cierro los ojos.

Fue en un aeropuerto, esperando llegar a casa (en Atlanta) que me senté a escribir los primeros textos y determinar las imágenes exactas que debían ir en mi primer libro para niños, para fortalecer el cuidado ético, la prevención de daños, el conectar con la vida y el cuerpo desde su voz, sus milagros, su universo digno de amparo, consagración y respeto.

Notas, bocetos. Un orgullo particular fue haber vuelto a dibujar, modestamente y con crayones, las imágenes para el sistema excretor de los niños (que señalizaban también sus partes privadas). Esas caritas entre sorprendidas y alegres, esperando ver cómo toda la trama de alimentos, leches y aguas que viajan por el cuerpo para nutrirlo y ayudarlo a crecer, llegaba a su última estación (cada día, muchas veces) en un baño que ojalá pareciera parque de diversiones en sus colores y tono travieso, pero donde quedara claro también, el espacio propio, privado, y la delicada protección que merecen esas áreas del cuerpo, cuyo mejor nombre debería ser, en verdad, “sagradas”. Luego, Marianela FRank convertiría este boceto, y cada una de mis imágenes elegidas, en un trabajo de arte precioso y preciso (como en todo el libro).

En viajes entre mis dos hogares en EEUU y CHile, fui presentando el libro, bocetos, avances, a distintas personas: niños pequeños, sus papás y mamás (de distintas religiones, avenidas de la vida, identidades), educadores y psicólogos, abogados, conserjes, médicos, escritores, cuidadores, mujeres y hombres sobrevivientes de abuso sexual, y a quien estuviera dispuesto a dedicar unos minutos y compartir qué le pasaba con él. La respuesta fue siempre emocionada, entusiasta. Tal como sentía yo para mis hijas, o para mí misma (en la niñez), se repetía una frase: “yo querría que este libro hubiera existido antes”. Qué alegría y tranquilidad, ir en buena dirección.

El nacimiento de “Mi cuerpo es un regalo” (ver primera nota, de Gabriela García), hoy,  marca el primer paso en una serie dedicada a la ética del cuidado para niños, que mi casa editorial -Ediciones B- ha tenido la voluntad y entusiasmo de apoyar, junto a una “factoría” de hadas y magas, todas las mujeres que acompañaron el alumbramiento de este primer esmero: Marilen Wood, Judy Meneses, la artista Francisca Toral, la periodista Marcela Escobar, y la ilustradora Marianela Frank. (Y desde otro lugar, apoyando con entusiasmo este proyecto, desde la mirada de la educación prescolar, el equipo Técnico Pedagógico de JUNJI y Ma. Fca Correa, su VP).

Espero contar con suficiente futuro para acompañar a mi hija menor, y ver a la mayor levantar su propio nido como ella sueña; y disfrutar de un tiempo de creaciones y peregrinaciones que nos esperan con mi compañero de la vida. Ojalá, también,  escribir muchos más libros. Pero si partiera mañana, tengo suficiente gratitud para llevar sobre las alas: el tránsito del Agua Fresca en los Espejos, a Mi Cuerpo es un Regalo, es algo que jamás podré llegar a describir bien, en ningún idioma. Aunque “unción” es un sentimiento que me ronda. No sé por qué. Pero bienvenido sea.