Lava

Yo la esperaba desde el 2013 (ver enlace) y, al fin, hace unos días, fuimos con mi hija menor a ver Intensa-Mente (Inside out, título original, aquí un adelanto) Es la nueva película de Pixar sobre los cambios experimentados por una niña en su camino hacia la adolescencia.

El lugar donde se despliega la trama: el cerebro. Los personajes: las emociones de la alegría, la tristeza, el enojo, el temor y el desagrado, y un amigo imaginario de la niña que sobrevive en la memoria.

La película es cautivante, encantadora, también para los adultos (con nuestras propias “voces en la cabeza”, ver tráiler 2), y sólo un poco larga para los muy chiquitos –algunos salieron a caminar, o al baño. Pero para todxs un regalo o “llave” para abrir y continuar conversaciones con los niñxs sobre formas de sentir, recordar, aprender,  la maravilla del cerebro (y todo el cuerpo humano), la identidad, y la importancia de todas nuestras emociones, junto a una resignificación muy especial de la tristeza, que no puede ser suprimida.

Antes de la película, otro regalo: el cortometraje “Lava” que juega todo el tiempo con esa palabra en su sentido literal, y como amor en inglés, love, love-ah. No quiero adelantar mucho más, pero volví hoy a la canción, las imágenes de los volcanes, la tristeza- alegría, la memoria.

Sé que fue mi padre –a pesar de nuestra historia- quien primero me habló de la creación de los planetas. De mares y volcanes. Si éramos hijos de la tierra, algo semejante al magma llevábamos dentro. Quizás el corazón, solía pensar de niña. ¿Podríamos estallar en fuego a veces? Lo ignoraba.

En días de erupción del volcán Calbuco (ver time lapse, por Martin Heck), con mucha gente comentando que era lo más cercano al apocalipsis que podían imaginar, recibí una llamada de mi hija mayor. Con delicadeza y casi como pidiendo disculpas, quería compartir que aun siendo consciente de la catástrofe y de lo terrorífica que tenía que ser para las personas en esa región, no podía evitar sentirse emocionada de observar algo que para ella era lo más cercano a cómo imaginaba la génesis de nuestra tierra.

“Me dejó muda de reverencia”, dijo. A mí, ella, también me dejó sin palabras. Y vi pasar en una cola de cometa, cientos de recuerdos de su niñez y adolescencia; incontables ocasiones en que ella puso vitalidad frente a obstáculos que salían al camino de nuestra familia. A veces, me inquietaba la pregunta de si no habría en ella algo genético, parte de ese “optimismo crónico” que según mi terapeuta y maestro de años, podría llegar a tener ribetes patológicos sin el contrapeso de la tristeza.

La tristeza, y no la “depresión”. Un diagnóstico (muy serio, y por cierto, devastador) que, según varios expertos, nos ha dañado como humanidad. Justamente, porque en gran medida nos ha robado el derecho a la tristeza. Y con ella, otras emociones.

Pensé en una conocida de quien muchos en su familia dicen que es depresiva, deprimida, o a lo menos “deprimible”.  Ama en abundancia, camina firme (es alta y buenamoza), tiene un agudo sentido del humor, trabaja y lo hace con placer (cero ganas de jubilar), celebra nacimientos, cuida feliz a sus nietos, duerme y come bien, disfruta haciendo regalos y auto-regalos (“engañitos” diríamos en Chile), adora viajar, y si no puede hacerlo, entonces sueña que viaja.

Pero perdió a su hermano cuando ambos apenas llevaban unos años en la universidad. Él es detenido desaparecido, y esa tristeza no se disipa ni disipará jamás, ¿y por qué habría de hacerlo, o cómo, sin habeas corpus? Ella está triste, no deprimida. No está enferma, no adolece de un mal. Le duele una ausencia; con amor, por amor (que tampoco se disipa).

Los niños al nacer, lloran y uno se angustia-alegra de que lo hagan porque es una forma de comunicarse, de llamarnos. Sin llanto y todavía sin palabras, cómo podrían expresar su frío, hambre, desconcierto, sus ganas de ser arrullados, su cansancio, o si les duele la guatita, y si alguna pelusa les molesta entre los dedos de los pies. No tienen otra forma, y uno agradece que el llanto exista.

Unos pasos más adelante, expresarán su dolor ante un golpe, un susto, o su pena pura, por no poder jugar con un amiguito/a, o porque no saben bien qué les pasa. A veces, lloran sólo por eso. El cuerpo llora: no sólo los ojos. Y no es sólo líquido salino: caben mundos ahí.

gotita

Escuchamos a menudo que se dice a los más pequeños, “no llores”, “si ya pasó”, “¿pero por qué estás llorando?!, ¿ya estás llorando otra vez?! En el subtexto, la descalificación a la tristeza, quizás desde la fantasía de evitar que nuestros niños sufran (y es inevitable: las pérdidas van con nosotrxs en el camino), desde una sobrevaloración del estoicismo -que no es igual a resiliencia, y arriesga enmudecimientos-, o desde las propias exasperaciones y ansiedades del mundo adulto.

Sin embargo, objetar las lágrimas envía una señal sin distinciones y bien podrían evaporarse otras: lágrimas de felicidad, de gozo, placer. Si son silenciadas, se pierden voces necesarias: la tristeza, y con ella, de la mano, también la alegría.

(“You cannot protect yourself from sadness without protecting yourself from happiness.”  Jonathan Safran Foer)

Un veterano de guerra a quien conocí, sufre de estrés post traumático, y lo acepta con la compostura de quien convive con una hipertensión. Sin embargo, defiende a brazo partido su no-depresión, y su sí-dolor: por lo que vio, vivió, lo que no puede perdonarse ni perdonar, y menos olvidar. Entre esos recuerdos, lágrimas que quemaban, y tanto, que no se permite casi llorar por miedo a repetir esa sensación.

En años de trabajo, compartir otros sí-dolores, no-depresiones. Los duelos de hombres y mujeres, jóvenes y adult@s que han enfrentado otras pérdidas. Pérdidas. Y la humana tristeza que nos hacen sentir.

Una mayoría de ell@s, especialmente durante procesos de sanación y reparación del abuso sexual infantil, descubrieron cuán ávidas y contumaces podían ser las lágrimas no lloradas en la niñez.

Días, semanas, de corrido o intermitentemente: una mordedura en el corazón que parecía no tener fin ni nombre. Una tristeza antigua y profunda, casi desconocida, que luego de años se revelaba en agua de sal. O en lava.

Ése el líquido, ésas las lágrimas que he atestiguado cuando la develación del ASI, con una voz audible al fin, permite su integración en el resto de una biografía. Lava.

(“We only live, only suspire, Consumed by either fire or fire”. TS Eliot)

Lava. Magma. Energía acumulada de silencios y ahogos, estupores y restricciones (irrupción en la vida, y su ritmo hasta ahí, lento y preciso). Un estallido que se libera, quema y llora hasta completar su itinerario. Otros fuegos, tanto amor (¿el deseo?). Habría que esperar, un poco más. Todavía otro poco.

(Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuan­do ella advirtió que, además del frío, llovía en los árbo­les, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuer­do del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendi­do guiñaba hacia ella y hacia él. Clarice Lispector)

Pensaba en el temblor y rugido previos, la humareda, las cenizas y lo que nos evocan; el líquido naranjo revolviendo minerales, plantas, todo a su paso. Escapar, buscar refugio. El corazón sólo quiere volver a casa.

Brincar sobre lava tibia; acariciar con manos y pies y con toda la piel, sus brasas. Luego la costra, el suelo diferente. Quizás islas. Nuevo territorio. El cuerpo recobrado. Más de una vez y las que sean necesarias.

(If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods, and the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter. It’s the only good fight there is. Charles Bukowski).

Mi hija menor me decía, a propósito de la película, que no sólo “Tristeza” hacía llorar sino también “Enojo” o “Temor” y que a veces era difícil saber “cuál es cuál”, pero que siempre se podía saber cuándo uno lloraba de risa, de alegría: eso sí, ¿cierto mamá?

Diásporas, orillas de río, el hogar, lavar, lava, dejar ir, dejar arder, dejarse. Esferas doradas con miles de rostros y paisajes de cada era, hiedras y buganvilias neuronales, hologramas de nacimientos, un hijo, hija en nuestros brazos y todos nuestros muertos acompañando. Llorar complet@s. Una canción de amor, y todas. Llorar de pura vida, Atizar ese fuego, cuidarlo, y reír perfectamente entre lágrimas (también la tristeza). Y claro que sí, hija. Es muy cierto.

(Call it whatever you want, it is happiness, it is another one of the ways to enter fire. Mary Oliver)

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Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual (#yorespeto)

Let the soul be assured that somewhere in the universe it should rejoin its friend — R.W. Emerson

Recuerdo que la primera marcha por la diversidad a la cual asistimos como familia fue a fines de los noventa, en otro país. Fueron muchas, y también clases con alumnos y familias, sesiones de terapia (de mamás y papás que querían comprender y apoyar mejor a sus hijos e hijas que habían compartido al fin con ellos, ser homosexuales), reuniones de colectivos pro diversidad para educarnos como familia.

En los 2000 fue ardua la oposición al intento de la administración de G. Bush de introducir una enmienda constitucional que cerrara toda posibilidad de aprobar matrimonios homosexuales (en Georgia fue una campaña sin pausa donde mi hija mayor nos llevó de la mano a muchos rallies; y cuánto aprendimos de ella y de sus amig@s). Hoy en EEUU es indetenible la evolución hacia un país completo que reconoce los derechos iguales, también en el amor, de todos sus ciudadan@s.

yo respeto

Desde esa primera marcha, casi veinte años pasaron y todo lo vivido en otras latitudes se repite ahora –con demora, pero con la misma sensación de maravilla- en nuestro país.

Lo vivimos con esperanza, alegría, confianza: hay otra pequeña en la familia y, como muchos papás y mamás, soñamos para ella  esa nación donde cualquiera sea su camino, sus amores, elecciones, oficios, proyecto de vida, pueda realizarlos.

Me cuesta entender (no sé mucho de leyes, y prefería que obraran desde el amor, con amor, no contra él, sometiéndolo a restricciones), por qué no se discutió de inmediato el matrimonio igualitario junto con el acuerdo de vida en pareja -AVP- para parejas que conviven (cualquiera sea su orientación sexual).

No obstante, como muchos, veo en el AVP un progreso y uno que agradecemos a la tenacidad de hombres y mujeres buenas, activistas y fundaciones que no han detenido su trabajo en décadas, y con mucha mayor urgencia en los últimos años. Recientemente, la propia iglesia, desde su sínodo, deja filtrar también una nueva luz.

Es un nuevo tiempo. En todo el mundo, y en Chile también. Estamos creciendo. Hay una conversación social acerca de la diversidad  –y un universo que se va creando a partir de ella, donde podemos habitar- en la cual pausadamente, o a paso más ágil y veloz, nos vamos encontrando todos y todas.

Posiciones habrá distintas, resistencias también (y lamentablemente, violencias), pero más allá de objeciones u obstáculos no podrán ser omitidos derechos humanos que son universales para todas TODAS las personas, ni tampoco desconocer que las nuevas generaciones viven y seguirán creciendo en un país distinto.

Papás, mamás, educadores -y todo el mundo adulto-, somos una voz importante para nuestros niños y nos ponemos a disposición para escuchar, responder a sus preguntas, acompañar, guiarlos. Aunque no siempre sea sencillo porque también como adultos podemos tener inquietudes, dudas, temas irresueltos, preguntas y emociones.

Confiemos en los niños, en su corazón gentil y su apertura natural a la diversidad que existe por doquier: faunas, floras, comunidades humanas, el amor y las distintas familias también. Ellos saben.

El respeto a la diversidad sexual es un eje fundamental en la educación desde la ética del cuidado. Son demasiadas las evidencias (cotidianas y en estudios expertos) sobre los daños que vienen con la discriminación, la intolerancia, la violencia, o los juicios de género.

Hace dos años, conocí de una investigación en marcha (este 2014 se presentaron sus resultados, ref: Judy Chu) donde ya se avizoraba el sufrimiento de niños varones de prekinder ante la presión de los estereotipos (impuestos por los adultos) en sus juegos, en su forma de expresar afecto, y de vivir la amistad. Llegando a primero básico, sus voces habían cedido terreno a ciertos silencios. También su forma de ser estaba cediendo, y con ella, la confianza en sí, la autoestima, diversas habilidades. Las pérdidas no son triviales.

En un salto del tiempo, los hombres grandes. Un estudio sobre estrés post traumático en sobrevivientes de guerra, llamó mi atención desde el relato de veteranos del Vietnam que agradecían, en las condiciones más desgarradoras, haber vivido tardíamente la posibilidad de relaciones de intimidad afectiva (no románticas, no sexuales) con amigos hombres. Amor.

Al volver de la guerra, sus comunidades, familias y esposas no comprendían la fuerza de esos vínculos de amistad profunda que los ex combatientes, con mucha dificultad, trataban de sostener. Un veterano muy mayor explicaba este amor profundo entre hombres amigos (como una lo ha sentido por sus amigas de toda la vida) y el desgarro de que no bastando con la guerra (y el abandono del gobierno y comunidad al regreso), debieran negar más encima sus propias almas y afectos. Amores que hacían bien; que los conectaban con su condición humana (casi perdida del todo, luego de lo vivido en Vietnam).

Las historias de estos hombres adultos no pertenecen sólo al pasado. Los niños de hoy también viven situaciones de extrema presión sobre su sensibilidad y su autenticidad. Si años atrás a los niños se les decía “no seas niñita” (para jugar, expresar emociones, vestirse, etc), se ha sumado a ello el “no seas gay”.

Cuesta entender que actuemos así cuando la sinceridad, la ternura, la preciosa intimidad que podemos vivir en una relación de amistad, de amor (también con nosotros mismos), son humanas: parte de nuestra naturaleza, de nuestra experiencia. No tienen género.

La presión impuesta por juicios de género ha llevado en algunos países a que los niños varones renuncien a parte de su mundo afectivo, y muy concretamente, a sus mejores amigos:

existen estudios que muestran como durante la básica y hasta fines de ella, al igual que las niñas, los niños contaban con un confidente, mejor amigo, una relación amorosa y contenedora donde compartir sentimientos, dudas, ideas, problemas, alegrías. Entre niños. (ref: Niobe Way, Judy Chu, Michael Kimmel, investigaciones de los últimos veinte años con niños y jóvenes de diversas culturas)

Llegando a finales de la secundaria, 75% de esos niños ya no tenía un mejor amigo. Comenzando los estudios superiores, la pérdida llegaba casi al 100% (y grupos de deporte u otros, no proporcionan necesariamente espacios de intimidad afectiva a los jóvenes varones).

Los muchachos habían renunciado a su afecto, y a su voz más íntima (la que comparte lo más profundo de su sentir): no sólo por las presiones del prejuicio (en el sentido que amistades muy cercanas serían “sospechosas de homosexualidad”) sino por lo que se espera de ellos desde la “masculinidad”. Esa expectiva conocida por los adolescentes (y habría que preguntar también a los hombres adultos en estos tiempos) que los obliga, dicen ellos, a ser autónomos, fuertes, estoicos. ¿Solos? Es una cruel desposesión.

Se habla de las niñas en una situación desoladora e inconcebible (abuso y violencia sexual, matrimonio infantil, pobreza), pero lo que viven ellas por millones también lo viven los niños en números que no podemos sólo asumir menores, sino desconocidos. El último informe de violencia contra la infancia de Unicef (2014) es claro en señalar que muchos niños no denuncian sus sufrimientos por temor, estoicismo, y para evitar ser sojuzgados, ellos y/o sus familias.

¿Cómo ayudamos a cambiar esta realidad? La pregunta del presente y del futuro no puede separar a niños y niñas.

La pregunta, aunque no sepa cómo enunciarla bien, va hacia la forma en que podamos proveer contextos y relaciones humanas que permitan a niños y niñas por igual, sentirse a salvo, aceptados y empoderados a desplegar auténticamente su ser, sus capacidades y atributos diversos. Y a cómo, también, fortalecemos resiliencias y recursos que les permitan a ambos (niños y niñas) ser parte de paisajes que no cambian de un dia para otro, y donde todavía habrá dificultades, escasez, censuras, y más de un dolor.

Ojalá en Chile nos valgamos de advertencias y aprendizajes ya ganados en otros lugares, y vayamos sumando otras historias. Ya existen. He conocido de colegios donde hoy en día están trabajando programas para promover la igualdad de género (y también JUNJI, en sus jardines de administración directa), así como la inclusión y el cuidado amoroso de niños y niñas homosexuales o transgénero con toda la comunidad haciéndose parte.

Más allá de las definiciones y los géneros, volver sobre los seres humanos pequeños y pequeñas a quienes estamos protegiendo, amando, educando.

De un colegio en Santiago surgió una website para orientarnos como familias (www.transexualidad.cl); en otro, una estudiante está viviendo su transición (a niño) con apoyo de compañeros, profesores, y apoderados no sólo de su curso sino de todo el colegio. Son historias que pronto no serán tan excepcionales, pero siempre serán extraordinarias.

En este día del #Yorespeto, quizás como muchos papás y mamás, agradezco de la nueva generación cómo nos enseña que otro mundo es posible. Sus ojos nuevos, su voz clara.

Pienso en mis hijas, en lo que he gozado siendo parte de sus vidas. Las lecciones que he recibido.

“Las personas son personas, todas distintas, el respeto igual para todas”, diría la mayor cuando chica, en reclamo por las clasificaciones de género. La más pequeña, de 6, no conoce las palabras gay, lesbiana, homosexual. Como su hermana, y como otros niños, desde pequeña ha compartido con parejas y familias diversas y no existen los nombres cuando ve lo mismo que en su hogar, en tantos hogares: cariño y cuidado de unos por otros, especialmente de los adultos hacia los niños.

En la última marcha por la diversidad y no-discriminación de mayo 2014, Emilia se quedó fija en un grupo de hombres transvestidos (no estoy segura de si el término es el correcto). ¿Están disfrazadAs porque es la fiesta de las “familias distintas”? Sí, le dijimos. ¿Puedo hablar con la niña de rosado y hello kitty? Por supuesto, si ella quiere también, ¿preguntémosle?

Nos acercamos a él/ella (me cuestan las conjugaciones) y nos acogió con una amabilidad inmensa. Me preguntó, como mamá, si le permitía comer dulces a mi hija. Dije que sí, que en general sí (aunque algunos no nos parecen seguros, por si se atora). ¿Estos están bien? Eran unos koyac (quizás se llaman distintos en estos días), pero chiquitos, estaban bien.

Mi hija le pregunta por su ropa, su cabellera, su cartera (muy colorida), y  en todo recibe una respuesta dulce, lúdica. Luego Emilia le pregunta si pueden retratarse juntas. Ella le responde “hay que preguntarle a la mamá”.

Me emocioné y no sabía cómo se detiene el tiempo o se atesoran momentos así, de tanta inocencia y respeto entre seres humanos, de tanto cuidado de la manada adulta por los más chicos. Asentí, y vi a mi hija alzada en brazos, brillando al sol esas dos cabelleras radicales y alegres, una de color naranjo, la otra de color rosa. Qué momento único. Inolvidable.

Tomamos la fotografía, Emilia feliz, y mi marido también, que fue llamado por la más chica a sumarse al grupo. “Qué tierna la señora”, comenta mi hija al alejarnos. “Su voz era un poco distinta eso sí, como de niño”. ¿Tú la escuchaste distinta?, y en esa repetición de sus palabras y en el tiempo que gano, intento prepararme para la conversación que pueda venir (aunque preferiría que fuera más adelante en esta esfera de la diversidad). “Sí mamá, pero todos tenemos voces distintas”. Acto seguido pasó a comentar otras cosas, los globos, el cielo, un edificio antiguo.

yorespeto

Hasta ahora no se ha abierto una nueva conversación, pero mientras residimos en Nva York, la más pequeña ha cruzado camino, al igual que otros niños, con decenas de parejas de mujeres, todas las edades, y hombres también.

Nos tocó que en el metro, una pareja de lolos se sentó frente a nosotras en un trayecto largo. Iban riendo y siendo muy cariñosos (nada excesivo, sólo una ternura arrolladora). Disfruté viendo a mi hija mirarlos con una gran sonrisa y curiosidad. ¿Son pololos cierto?, pregunta. Le digo que sí, “como tu hermana y Jaime”. Ahh, y ríe con travesura, sin “pero…”, sin más preguntas, tan ligera en una edad donde ya presta atención a las claves y a la noción del amor romántico (que a los 3,4 años aún no estaba presente). Este amor, y el amor por su familia, el cariño por sus amig@s.

El amor que no trae sombras ni reproche, tampoco nombres; que no ve diferencias y sólo reconoce a personas que se quieren.

Escribo esta mañana, lejos, y me pregunto cuántas historias más cómo ésta tendremos para contar. Las nuevas generaciones de niños y niñas viven este tiempo de una forma que puede iluminarnos a todos. Ojalá en este blog, en múltiples espacios y diálogos, otros papás, mamás, herman@s, educadores, pudieran compartir historias de sus hij@s, alumn@s (por favor, sería increíble). Estamos entre tod@s aportando a un tomo mayor en un estante de libros muy querido, donde vamos sumando las etapas de vida de esta nación. Ésta es una buena etapa.

Que sea una bella marcha la de hoy, #Yo respeto

 

yorespeto family En Battery Park, NYC, 18 Octubre 2014, #yorespeto para igual celebrar el buen día.

 

Serie de Diversidad Sexual y la Nueva Generación: Cómo conversamos con nuestros niños (publicada en El Dinamo). Van cinco columnas a la fecha (quedan 3 pendientes). Gracias por concurrir en su lectura:

Introducción  http://bit.ly/1qiIktg, 0-3 años Parte I http://bit.ly/ZecQOx, 0-3 años Parte II http://bit.ly/1t332VC, 4-7 años Parte I http://bit.ly/1tBy94P, y 4-7 años Parte II http://bit.ly/1sdVwGd

 

Los regalos del cuerpo, la vida: “Mi cuerpo es un regalo”

boceto sist excretor, e ilustrac

Hace más de veinte años, durante mi primera maternidad y sin mayor información, al menos tenía claridad sobre la decisión de escribir una historia muy distinta de la mía, para mi primera hija: una donde su cuerpo fuera fuente de reverencia, maravilla, salud, bienestar, buen refugio y templo, plétora, libertad. En el presente, y también hacia el futuro, como la mujer que llegaría a ser.

Quizás toda mamá y papá jóvenes, o de cualquier edad, se hacían las mismas preguntas antes de recorrer un camino de la mayor trascendencia. Yo, además, sentía que a la ignorancia natural de quien enfrenta un recorrido por primera vez (y uno infinito, como la maternidad), se sumaban temores y limitaciones propias de una historia que me había jurado no debía repetirse para ninguna niña o niño. Tampoco mi hija.

No contaba con muchas herramientas, y no abundaba la literatura sobre el tema de la corporalidad infantil o su sexualidad (con Freud no me llevaba bien, o más bien, tenía una resistencia orgánica a profundizar en su teoría edípica o fantasías irresueltas de incesto con el padre o la madre).

Tampoco existían muchos libros sobre prevención de abuso sexual, y menos para niños, que propusieran una mirada desde el respeto de los humanos adultos y desde la noción de los propios niños sobre su derecho a ser cuidados, a establecer límites (decir NO), a “escuchar” la voz de su cuerpo. No quería actuar en prevención de abusos infundiendo terror en mi hija (aunque ciertas realidades deberían ser compartidas conforme creciera). Quería hacerlo de otra manera.

A la guía de los instintos, del amor, y de la delicadeza sensorial de mi niña, cuando ella tenía menos de un año, se sumó un librito que encontré en Argentina, durante un congreso: “Mi sexualidad de los 0 a los 5 años” se llamaba.

Tenía ilustraciones –muy modestas, a tres colores: blanco, negro y azul oscuro-, algunos juegos y un lenguaje sencillo y alegre. No hablaba de miedos ni trasgresiones posibles. En cambio, hablaba de respeto mutuo y  de experiencias cotidianas en relación al cuerpo y lo sexual, desde la inquietud inocente y natural de los niños pequeños.

Ese libro –que inclusive compartí años más tarde con mamás de otras culturas en EEUU- fue sobre todo una inspiración para desplegar mi propia creatividad y así atreverme a proponer un particular itinerario con mi hija: con dibujos, caricaturas, títeres, pantomimas y cuanto recurso viniera a mi mente, para enseñarle a Diamela a conocer y apreciar su cuerpo conforme  descubría, etapa tras otra, la maravilla de sus funciones y evoluciones.

Yo me había apostado entera a amarla y protegerla, pero no estaría con ella las 24 horas de cada día. Necesitaba compartir herramientas. Yo crecí sin saber del cuerpo, de sus derechos (a la vitalidad serena, al buen trato, al consentimiento). Quería que ella sí supiera.

El camino desde guagüita apuntaba a un horizonte inmenso: si podía decirme que no a mí (no quiero esto, o lo quiero después), podría decirlo a quien quisiera. Si sabía que su cuerpo y todo su ser merecían el mejor trato, eso esperaría de otras personas: desde pequeños compañeros de colegio y profesores, a parejas o superiores en el trabajo, el día de mañana. Si aprendía a “escucharse” y a confiar en esa voz, el día en que por ejemplo, compartiera un primer beso o iniciara su vida sexual activa, podría dar el paso convencida. No 30%, ni 60% convencida. Ojalá 100%, o algo por ahí, más cercano a la totalidad de su voluntad, su deseo, su autocuidado y salud, su amor.

Tenía algo así como dos años, y recuerdo la expresión de Diamela, de entre desconcierto y maravilla, cuando le mostraba textos de biología con imágenes del cuerpo humano (las mejores disponibles en esos tiempos: láminas de anatomía en viejos libros del colegio o la universidad) y hasta radiografías de dientes o caderas (las típicas para descartar displasia) que usamos para colorear y señalar todo un universo interior que escapaba a la vista, pero que valía tratar de imaginar en movimiento, dentro de nosotros. ¿En serio es así?, preguntaba. En serio 🙂 y es tuyo.

Ese universo era su cuerpo: primer hogar, “hogar primario”, inseparable de ella, de todas sus edades. Qué tremendo sería si lo sentía amable, magnífico, un híbrido de ave-bailarina-galaxia en permanente gestación, libre, deliberante, con su voz y su música propia. Jamás una prisión. Nunca un territorio de guerra, o un enemigo.

Sabiendo que la responsabilidad de cuidar y guiar era mía, como mamá y adulta, de todos modos era imprescindible ir avanzando en entregar a a mi hija herramientas de autocuidado, y alentando el ejercicio de sus elecciones, y el desarrollo progresivo de su consentimiento ( entendido como la capacidad de decidir por sí mismo y de actuar conforme a la propia reflexión y discernimiento).

Sin estos estímulos, sin mi apoyo -y el de todo adulto que pudiera plegarse, creer en ese respeto profundo y esa responsabilidad con la nueva generación-  ¿cómo podría mi hija darle voz a su cuerpo, descubrir sus preferencias, establecer los límites que la hicieran sentir protegida y cómoda para aceptar o declinar, o definir los términos de sus relaciones -corporales, afectivas- con un otro? Antes ella necesitaba saber, aprender, estar segura de que tenía el derecho a ser escuchada, tomada en cuenta, mientras iba etapa tras etapa, ensayando el dibujo de su vida, sus “quiero” y no “quiero”, sus deliberaciones y preguntas.

Sé que en quince, veinte años, lo que más hicimos fue disfrutar la trayectoria (aunque algunos duelos también hubo, que igualmente hicieron crecer). Sobre todo nos conmovimos y asombramos, conversamos horas incesantes y preciosas. Diamela hizo suyos el amor y cuidado -por sí misma y por los demás- y con ellos cruzó la frontera hacia su adultez (así lo creo y lo veo a sus 25 años). Yo, por mi parte, crecí siglos a su lado (en un proceso que ella jamás imaginó y durante el cual gané no solo la vida, sino mi cuerpo de regreso, como el de una recién nacida).

Luego vino mi hija menor, a mis cuarenta años. Y vuelta a empezar.

Más allá de la bitácora radiante de la maternidad (ver crecer, aprender mundos, vincularse con los otros, soñar destinos), debí nuevamente tomar lápiz y escribir las letras silenciosas de la historia: el cuidado desplegado en desvelos,  aprensiones, la mirada de mamá loba, cierva, y lechuza (insomne) sobre cada paisaje, la plegaria agradecida pero plegaria al fin, por cada día bueno, eras inaugurándose, resfríos superados, sueños y cantos. Todo lo compartido en la travesía con Diamela, volvía a ser horizonte con el nacimiento de Emilia.

Tendría que ser más fácil, pensaba, los primeros días de llegada mi hija menor al mundo. Mi edad debía venir con mayores aplomos y muchas más luces (un estadio nacional de luces, ya no la pequeña plaza tenuemente iluminada de mis veinte años de edad): sobre el ejercicio del cuidado, la ductilidad e infinita inteligencia del amor, los puntos de intersección continua entre ambos. Confieso que tanto más fácil no ha sido, pero sí distinto, y mayor la abundancia de herramientas a la mano.

Fuera de los baños de palabras y de cariño –espontáneos, y también, confieso, como parte de una agenda porfiada en contagiarle gratitud y contento, cada día al despertar-, cajas y cajas de crayones y lápices de colores, imágenes de resonancias magnéticas y otras láminas increíbles de anatomía humana (viva Google)  y la leal ayuda de una magnífica revista (9 ejemplares, la colección completa) de neurociencias y educación que encontré en Chile -Calpe&Abyla, de las doctoras Amanda Céspedes y Lilian Cohen.

Con todo un arsenal muy colorido, comencé nuevamente a caminar. Con mucha mayor confianza. Tanto con mis hijas, como con alumnos y niños a quienes acompañaba en terapia, observaba que la motivación por aprender del cuerpo humano era/es enorme. No hablo de clases de cs. naturales o de biología (aunque también), sino de lo que ocurre cuando constantemente traemos la presencia del cuerpo en lo cotidiano, vinculando todo: latidos, emoción, nutrirse, hidratarse, tratarse con gentileza, escuchar las señales del cuerpo -desde una tos, una lágrima, la risa, o una “guatita apretada”, o una sensación de “no sé qué” pero que provoca temor, a la sensación de placer que viene con un helado delicioso, un paisaje increíble, un abrazo, un gesto de cariño de los amigos del colegio o el barrio-. Infancia, pubertad, la adolescencia: cada etapa con su historia, información que empodera (cómo funciona el cerebro ayuda tanto a entender lo que pasa con las emociones, las formas de conocer, y hasta los errores que pueden cometerse).

Recuerdo que con apenas año y medio, Emilia ya indicaba la rítmica de los latidos de su corazón y sus emociones primarias (contenta, triste, asustada -sobre todo ante ruidos fuertes-, enojada); con dos, se asombraba respirando cortito-largo y exhalando sobre dientes de león o semillas puestas sobre la mesa (“viento”, proveniente de sus pulmones) y señalizaba olores, colores del atardecer, músicas, y todo era un goce; a los dos y medio, trataba de explicar a otros cómo su estómago “juntaba y dejaba a un ladito” todo lo que no le servía.

A los tres años, decidió que las neuronas eran “flores” que se iban enlazando unas con otras (como en la enredadera en casa de sus abuelos) para conservar lo que iban aprendiendo; al cumplir cuatro, decía “mi guatita pide: agua, pollo, o chocolate, no esto”, o “no te conozco todavía, hola así no más (con la mano)”, o “no voy a ir, porque no termino de comer-jugar-descansar-mirar la luna, ¿me puedes esperar?”, o “este regalo lo voy a abrir después porque ahora estoy  jugando” (feliz). Dejar hablar al cuerpo, desplegar su misterio, dejarlo deliberar también, con respeto, cuidarlo. Y en cada trazo de experiencia, otro poco más de albedrío, discernimiento, libertad de sentir, de llegar a ser.

Es temprano para cantar victorias, pero esperanza ver cómo, paso a paso, es casi como si mi hija menor pusiera sus pies sobre la huella semejante que dejó su hermana mayor años atrás, en una arena entrañable (que conservo dentro). A ambas, en distintas eras y por motivos muy especiales, les debo nuevos pactos con la vida, ganas ojalá de ser inmortal, tanto entusiasmo y resiliencia, tanto amor y sensación de amparo sobre esta tierra (o sobre el cielo, si eso fuera posible). Tanto como sus cuerpos nacieron del mío, así creció el mío a su plena estatura, gracias a  mis hijas.

En una fragua de décadas: la inspiración regalada por mis dos niñas, y muchos otros niños que he tenido el honor de conocer en los oficios de psicóloga y profesora de español (en EEUU, K-8vo). Y a adultos inocentes y de buen corazón.

A los 45 años, finalmente, cumplir el sueño de poner en palabras e imágenes, lo que tenía ya escrito y dibujado en mi cabeza con tal nitidez, y durante tantos años, que casi podía tocar y oler la tinta y colores de cada dibujo, los que llegaron a ser en papel para explicarles a mis hijas distintos temas (corporalidad, sexualidad, reproducción), y otros que aún pululan en mi mente y puedo ver cuando cierro los ojos.

Fue en un aeropuerto, esperando llegar a casa (en Atlanta) que me senté a escribir los primeros textos y determinar las imágenes exactas que debían ir en mi primer libro para niños, para fortalecer el cuidado ético, la prevención de daños, el conectar con la vida y el cuerpo desde su voz, sus milagros, su universo digno de amparo, consagración y respeto.

Notas, bocetos. Un orgullo particular fue haber vuelto a dibujar, modestamente y con crayones, las imágenes para el sistema excretor de los niños (que señalizaban también sus partes privadas). Esas caritas entre sorprendidas y alegres, esperando ver cómo toda la trama de alimentos, leches y aguas que viajan por el cuerpo para nutrirlo y ayudarlo a crecer, llegaba a su última estación (cada día, muchas veces) en un baño que ojalá pareciera parque de diversiones en sus colores y tono travieso, pero donde quedara claro también, el espacio propio, privado, y la delicada protección que merecen esas áreas del cuerpo, cuyo mejor nombre debería ser, en verdad, “sagradas”. Luego, Marianela FRank convertiría este boceto, y cada una de mis imágenes elegidas, en un trabajo de arte precioso y preciso (como en todo el libro).

En viajes entre mis dos hogares en EEUU y CHile, fui presentando el libro, bocetos, avances, a distintas personas: niños pequeños, sus papás y mamás (de distintas religiones, avenidas de la vida, identidades), educadores y psicólogos, abogados, conserjes, médicos, escritores, cuidadores, mujeres y hombres sobrevivientes de abuso sexual, y a quien estuviera dispuesto a dedicar unos minutos y compartir qué le pasaba con él. La respuesta fue siempre emocionada, entusiasta. Tal como sentía yo para mis hijas, o para mí misma (en la niñez), se repetía una frase: “yo querría que este libro hubiera existido antes”. Qué alegría y tranquilidad, ir en buena dirección.

El nacimiento de “Mi cuerpo es un regalo” (ver primera nota, de Gabriela García), hoy,  marca el primer paso en una serie dedicada a la ética del cuidado para niños, que mi casa editorial -Ediciones B- ha tenido la voluntad y entusiasmo de apoyar, junto a una “factoría” de hadas y magas, todas las mujeres que acompañaron el alumbramiento de este primer esmero: Marilen Wood, Judy Meneses, la artista Francisca Toral, la periodista Marcela Escobar, y la ilustradora Marianela Frank. (Y desde otro lugar, apoyando con entusiasmo este proyecto, desde la mirada de la educación prescolar, el equipo Técnico Pedagógico de JUNJI y Ma. Fca Correa, su VP).

Espero contar con suficiente futuro para acompañar a mi hija menor, y ver a la mayor levantar su propio nido como ella sueña; y disfrutar de un tiempo de creaciones y peregrinaciones que nos esperan con mi compañero de la vida. Ojalá, también,  escribir muchos más libros. Pero si partiera mañana, tengo suficiente gratitud para llevar sobre las alas: el tránsito del Agua Fresca en los Espejos, a Mi Cuerpo es un Regalo, es algo que jamás podré llegar a describir bien, en ningún idioma. Aunque “unción” es un sentimiento que me ronda. No sé por qué. Pero bienvenido sea.

pequeños laureles y gemas

Existen, durante la maternidad, todo tipo de días: de sentirse recién llegada al mundo y sin saber nada,  o de andar saltando y corriendo sobre techos de locomotoras cual espía británico. Días también de recogimiento, preguntas e intraducibles gozos o melancolías (desde la sangre y leche que somos, cuando vemos a nuestros hijos felices; o desde la lágrima insondable, si están enfermos o o tristes).

Otros días, que pueden ser una gran mayoría de ellos, simplemente gloria (si tenemos la fortuna de poder siempre alimentar y cuidar a nuestros hijos, y así de bendecidas, gozar lo majestuoso de verlos crecer). Hoy fue uno de esos días gloriosos con mi hija menor.

Fui a buscarla al colegio, y lo primero que me advierten es que se había caído durante el recreo. En el microsegundo de pausa entre una frase y otra de la inspectora, miedo. “Nada grave, está bien”. Alivio cuando la veo venir corriendo hacia mí. Respiro, la beso y abrazo y espero a que ella me cuente. “Me troMpecé y me pegué en la frente y la boca, pero la Rebeca me puso hielito y me lo comí”. Se veía bien, apenas un puntito enrojecido, brillantes y divertidos (lo son) sus dientes en la tremenda sonrisa con que terminó su relato.

Me dio gusto ver a Emilia tranquila, contando su caída, y agradecida de Rebeca y su  “remedio”. Rebeca, sí, la misma que 40 exactos años atrás, ya trabajaba en el colegio cuando comenzaba mi propio kindegarten.

En los años que siguieron, pilar de afecto y  cobijo: en su cocina esperaba que me fueran a buscar, ahí comía con gusto sus tostadas (las mejores), de su brazo me tomaba fuerte cuando no quería terminar esas horas de solaz que, luego, serían reserva de luz para otras experiencias menos radiantes. Rebeca era entonces una mujer muy joven, de pelo largo y brillante, como una princesa. La mirada más dulce que recuerdo.

Décadas después,  un juramento tan bello como sorpresivo : “Yo a ella, la voy a cuidar mucho mejor”. Eso me prometió cuando supo que EMilia sería también alumna del colegio. ¿Mejor?:mejor es imposible. Me es difícil imaginar más ternura y cuidado de los que yo conocí y recibí de ella. “Pero esta vez no se me va a pasar ningún detalle”, contrargumentó, con la solidez de sus años que como si no hubiesen pasado (she always glows). La historia ya es conocida, los silencios decodificados, y a la vuelta de décadas, como otras personas, el rompecabezas es completo para la “Rebe”. Mi infancia. Tanto más linda y redimible gracias a personas como ella que, a menos de una semana de iniciadas las clases, va dejando en mi hija esa misma buena huella que tan bien conozco.

En el recorrido hacia la casa, Emilia comparte las historias del día, los juegos, dibujos, nombres nuevos de amiguitas y amiguitos, y sus originales y exquisitas declaraciones de nostalgia y de amor: “Yo te eché de menos mamá cuando tú no estás. Yo te quiero tanto, y tú me quieres mucho más.  Porque yo igual te quiero desde que era bebé pequeñita… pero ahí yo no te quería… no tanto”. Otro microsegundo del terror, pero Emilia respira y  sé que no ha terminado su alocución. Mi cuerpo entero espera las palabras que siguen: “no te quería tanto…porque ahí no te conocía. O sea, te conocía ‘recién’. Pero hora ya sí te conozco y por eso te quiero y eres mi mejor mamá del mundo, etc, etc” (todo esto con una entonación que me recuerda algún mono, no sé bien cuál, de Nickelodeon o Discovery kids)

Escucho la carcajada deliciosa del taxista, mientras yo me habría largado a llorar con una alegría equivalente en intensidad a la suya, pero muy distinta en el material del que estaba hecha. Para mí, lo que había oído de mi hija, significaba el mundo.

Cada afán, cada lento y diminuto paso, cada pregunta relevante -¿QUIERES dar/darnos un abrazo, un beso? ¿PODEMOS darte un abrazo, un beso? ¿No?, muy bien, sigamos jugando-, cada declaración de nuestro afecto y respeto, y especialmente,  todo lo que sin palabras -o no todas las que uno podría usar porque los niños tienen un idioma mucho más amplio y diverso- me he esmerado en tratar de dejarles saber a mis dos niñas sobre sus derechos, preferencias, y sus límites, TODO eso se volvió gloria, aleluyas, coronas de laureles. Qué corona: tiara. De Miss-Mamá-más feliz del universo.

Es un regalo tan grande darme cuenta de que Emilia, aunque todavía no entienda la dimensión “tiempo” (y “ayer” puede ser 6 meses atrás, o una hora)  la siente. Porque ha contado con él, a manos llenas -gracias a su familia, personas cercanas, educadores y hasta los conserjes de nuestro edificio– para ir acercándose y explorando sus formas de expresar simpatía, cariño, frustración y deleite, según cada ocasión (a veces nos abraza, y otras nos dice que “después” o que, y con una sonrisa segura, “ahora” no quiere). También, para expresar su distancia, rechazo o incomodidad, a veces sin poder explicar por qué, encogiéndose de hombros, no nombrando  (y en ese silencio dejándonos saber mucho más de lo que ella imaginaría). No siempre sus motivos serán claros, pero sí son siempre  respetados. Asumiendo yo que para más de alguna experiencia o emoción de mi hija -eso ya debí aprenderlo con la mayor- no podré tener una “versión definitiva u oficial” (le cae mal X persona por X situación; o el amiguito XX la empujó y por eso no quiere hablarle ni jugar con él en la plaza) pero que en la constancia de nuestro caminar, siempre podemos ir escribiendo una historia mejor, preferida.

Al llegar a casa, almorzamos y cayó dormida. Le comenté a mi marido y mi hija mayor lo que EMilia había dicho sobre el amor. No lo podíamos creer, pero sí, claro que sí, es solo coherente con este nido y sus formas de hacer y vivir.

Emilia puede confiar y decir lo que quiera en relación a sus afectos porque así lo ha aprendido (y nosotros junto a ella). Y aunque es muy improbable que recuerde bien sus tiempos de recién nacida, es solo sensato suponer que no me quería, o no tanto, porque “recién me conocía” (aunque desde el día uno, yo no haya sentido más que una corriente amorosa infinita ir y venir entre las dos, pero claro,  desde mi mirada). No imagino una declaración mejor ni más sabia sobre el amor, y viniendo de alguien tan pequeño (que, por cierto, no ha leído aún El Principito).

Pocos seres humanos son más incondicionales en su amor que los niños, pero qué bueno saber que ellos también pueden intuir o palpar -si así lo permitimos y alentamos- que el amor nace y crece con cadencias y estaciones, tiempo tras tiempo, vínculo y otro, hasta necesitar inventar o encontrar su lenguaje preferido, su latido de corazón y de piel, su lucidez y gratitudes, su forma de ir de menos a más (aunque sin cuidado ni nutrientes, puede también extinguirse). De menos a más… me repito. Y miro mi vida, y la de mis hijas…

Lo que Emilia dijo, proyectado al futuro -con las amigos y amigos que elija, con maestros y mentores, con quien la corteje y la quiera, y a quien ella elija como pareja- me alegra y me esperanza. Cuánto no demoré yo en llegar a mi casa: la libertad sin prisa ni temor, mis límites bien templados, mi integridad, mi calendario diferente, la plétora de residir al fin en el cuerpo, mi corazón… oh my heart, (como cantaba R.E.M en su despedida musical). Oh, my heart, and yours. Tuyo hija, para gozarlo y compartirlo según tu compás sagrado.

Me cuesta decir mucho más. Recuerdo a abuelas, madre, tías, mujeres antes de ellas, con historias tan fantásticas algunas, y otras, devastadoras, y esa sensación mía, de niña y hasta bastante adulta, de querer regresar a algunas de esas mujeres a la vida, o conseguir para todas -vivas y muertas-, un siglo más ahora sí de regocijo y plétora: sin urgencia ni desmesura, sin naufragio ni vocaciones dimitidas, con más sueños que conceciones; sin más  hijos invisibles u omnipresentes al punto de la asfixia (para ellos, impedidos de crecer, y para sus madres, sin más horizonte de existir); sin susurros ni gritos (de protesta o placer) ahogados, sin cegueras ni secuestros del alma en pasiones tórridas que jamás permitieron el descanso o la contemplación serena de  las vidas.

Estas tardes de primera semana de colegio en Chile, por las tardes, justo antes de la cena, hemos hilado collares de cuentas. El ritual con EMilia me regala una imagen: el collar antiguo y entrañable de las genealogías (que una lleva colgado en el alma) donde nuestras ancestras puedan heredar lo que ellas aprendieron (lo bueno y lo áspero) a las niñas y mujeres que les siguen. Y donde ojalá ellas, más grandes, donde se encuentren, puedan también recibir algo de las más pequeñas y jovenes, algo importante: toda la nueva luz y textura de vida que traen estas nuevas generaciones.

Que entre las ancianas cuentas de ámbar que relatan las historias de amores de una familia y sus mujeres, mis niñas hagan refulgir ese talismán compuesto de perlas de río, piedras preciosas, ópalos, diamantes, y engarces minerales de muchas tierras y buenos amores.  Amores de Diamela y Emilia, y sin importar mi edad, justo a tiempo, los míos también.

UN BILLON DANZANDO

ONEBILLION

Humanity has advanced, when it has advanced, not because it has been sober, responsible and cautious, but because it has been playful, rebellious…”  ― Tom Robbins

El pasado 14 de febrero, día de San Valentín, fue también el día más importante (luego de un año) para la campaña ONE BILLION RISING –con participación de 265 países, mujeres, hombres, niños y niñas- impulsada por la fundación VDay para exigir el fin de la violencia contra niñas y mujeres y derrotar la estadística actual que señala que durante su vida, en el mundo, al menos una de cada 3 mujeres será abusada y/o violada.

Fue un día muy especial, el primero soleado luego de semanas de frío, tormentas, tornados y nieve. Las fuentes de agua de Woodruff Park en Atlanta tenían un color rosa que cautivó sobre todo a las más pequeñitas, como mi Emilia, que asistieron junto a sus mamás, papás, abuelos, personas de todas las edades, países y colores, queriendo expresar de la forma más bella y pacífica, su protesta y su esperanza de un mundo mejor. Si le preguntaban a mi pequeña por qué íbamos, su respuesta era “para cuidar mejor a las niñitas”.

Semanas antes, escuelas de danza (incluido el Ballet Municipal) y centros comunitarios en las diversas comunas de la ciudad de Atlanta facilitaban sus sedes y maestros para ensayos ciudadanos abiertos. Nosotras asistimos, Emilia y yo (ver enlace), y fue increíble para ella ver a familias completas concurriendo, pero mayor sorpresa y enseñanza fue ver a señoras y señores muy mayores, con muletas y ayudas para caminar, que dejaban todo de lado para pararse en el centro del estudio y, a su ritmo, con su cadencia particular, sumarse al baile que otros más ágiles y jóvenes encontraban incluso “muy sencillo”. Debby Allen (sí, ella misma, la inolvidable de Fama), responsable de la coreografía, se aseguró de que pudiera ser algo universal, realizable por personas con capacidades diversas, con o sin cercanía al mundo de la danza (ver ensayo completo).

ONEBILLION2

En distintos momentos de bailar “Break the Chain”, la canción oficial de la campaña, durante ensayos, y luego en el parque el día 14 de febrero (ver enlace), nos pasó a muchas mujeres que entre que llorábamos y nos reíamosn. La energía de todas las personas, los testimonios de muchas mujeres, saber que al mismo tiempo en lugares que jamás conoceré posiblemente, familias y niños estaban haciendo lo mismo en una sincronía extraordinaria for a lifetime...

Mii mayor gratitud, admito, fue viendo a Emilia bailar, como a Diamela en sus tiempos, en coche o ya caminando, a mi lado en multitud de actividades y buenas causas defendidas con métodos pacíficos y creativos. Quería que mis hijas sintieran, aun sin entender mucho, que el ejercicio ciudadano es relevante, que sus prójimos (no los “otros” lejanos, sino iguales a ellas), que las voces: la posibilidad de ser parte de relatos relevantes para la vida que uno vive en su rango específico de experiencias y, en un riel simultáneo, lo que uno comparte en la experiencia humana colectiva (compatriotas, hermanas de género, las madres, los estudiantes, los niños-hijos de todos, tantas causas que aunque no directamente vinculadas con nuestra biografía, pudieran tocarnos alguna vez, o a nuestros seres amados).

La decisión, muy consciente, de abrir a mis hijas tempranamente a estas dimensiones de experiencia fue bien medida y reflexionada. Me ocupaban, y ocupan, preguntas gigantes: ¿Cómo lograrían distinguir bien entre el amor y el daño, sin observar el mundo en todas sus dimensiones de luz  y sombra? ¿Cómo discernir la justicia o injusticia sobre sus propias vidas, si no podían reconocerlas en las vidas de sus prójimos? ¿Cómo sentir derecho a verbalizar ciertas verdades y actuar sobre ellas, si nunca se aprendió que era posible decir No o Basta, y soñar mundos mejores? La rebeldía importa. Eso es lo que trato de decir.

No encontré durante mi primer embarazo, y tampoco durante el segundo, veinte años después, libros sobre cómo  guiar o nutrir el valor de la rebeldía en los niños. Por supuesto una combinación de ejercicio de derechos, práctica de límites, formación ética desde el cuidado y el marco de los derechos humanos universales, más otros elementos, me ayudaron en el camino. Sin referentes que la ayudaran a una como mamá a desplegar una crianza que no anulara la rebeldía –y por el contrario, la convirtiera en un valor fundante-  ni expusiera al riesgo, por inexperiencia o destemplanza, de hacerse un auto-atentado familiar (especialmente en la perspectiva de las adolescencias).

Si la libertad era un valor, si la inocencia (esa obertura de la vida; esa develación de las cosas en su estado puro, benévolo o lesivo; esa inclinación, de todos modos, hacia la gracia, la unción), si el respeto, si el amor de la vida a tal punto que creyeran que casi habían deseado llegar aquí y con esa pasión cuidar sus cuerpos, sus éticas, cuidarSE ¿cómo develar o alentar esos ejercicios en mis hijas? ¿cómo establecer permanencia y a la vez alzar un arco de vuelo; cómo habitar el albedrío y las normas justas de convivencia?

Sigo sin poder articular respuestas precisas, pero entre intuiciones, improvisaciones,  y licencias creativas fui entendiendo con mis niñas que no había mejor lugar para sus aprendizajes que el hogar. También para la rebeldía. Ahí tenían que poder objetar, cuestionar la norma, aceptar argumentos o contra-argumentar, a veces conceder (ojalá sin rabia ni resentimiento) o negarse a hacerlo, y ganar en ocasiones (pero ganar-ganar, salirse con la suya aunque solo fuera un poco, y en algo completamente inocuo) disfrutando ese triunfo con suficiente amor –cosa que por fortuna existe con los padres-  como para no ceder a la tentación de la soberbia o la humillación del otro. Alegrarse o admitir el triunfo de alguien más, sin peso, sin sonrisa falsa, y sin sentirse menos. Perdonar, también. Y perdonarse.

Cuando tenía 13 años, una de las mejores amigas de mi hija mayor, proveniente de una familia musulmana, comenzó una relación con un muchacho un poco mayor (16 años, suficiente como para tener licencia de conducir) a quien veía los sábados. Los padres de esta niña la dejaban en el punto de encuentro, convencidos de que ella se reunía con compañeras de curso. Cuando ellos se iban, la muchacha partía a pasear en auto con su enamorado.

“¿Por qué no se rebela dignamente, por último? Huelga de silencio, o de hambre, tendría que hacer, si no quieren escucharla. Pero no mentir, y menos arriesgarse así. Si lo que ella quiere es justo”. Yo sabía de qué hablaba Diamela. Lo peor de la niñez fue hablarle de Gandhi. Ya a los 7 años se encerraba en su habitación a protestar silenciosamente, dos, tres, cuatro horas, en disenso conmigo por algún motivo que ella consideraba justo. Pero del mismo modo, me recordaba de “castigos” -no patinar, no ver un programa de monos- por negarse obcecadamente a cumplir con algún deber escolar, por ejemplo, y que ella asumía dignamente (tan dignamente como se mantenía en su negativa), al punto de recordarme la duración –días o semanas- si la olvidaba, algo que confieso podía sucederme. Desde esa lógica temprana, la adolescencia no fue un período conflictivo sino de mucha luz. Luz que compartió con su amiga americana-musulmana quien, long story short, logró luego de arduas batallas íntimas, que sus papás la dejaran ser visitada por el pretendiente, o salir con él, pero ya nunca más a hurtadillas.

Creo que luego de ese episodio, miré no solo la vida, sino la muerte de otra manera. Podía caerme un rayo encima, y mi ausencia no cambiaría la espesura magnífica de los valores ya enraizados en esta hija de 13 años, cada día más cerca de su autonomía y gobierno en plenitud. La miro hoy, y me acompaña la misma certeza.

Más aún, veinte años después, reconozco en Emilia un registro similar al de su hermana cada vez que despliega sus sediciones, el particular tejido de sus manías y tozudeces, la elección que realiza al insistir en travesuras y trasgresiones y la inmediata auto-aplicación de penitencias, como último gesto soberano (“me voy a time out a mi “casa”, que es su dormitorio, eso nos dice, y luego de unos minutos se reintegra sonriente a la dinámica familiar), y su profundo regocijo cuando nos gana, así sea que eso la ponga en desventaja: “una cucharada más”, le pedimos, “no, tres!”, replica. Bueno ya :).

A esta pequeña, con un temperamento intenso, la he visto también convertir su impaciencia en brisa, y plegarse sutil y solemnemente a velatones  o a ensayos prolongados de baile,  y algunos años antes que con su hermana (y quizás, sobre todo, porque existe ella como cuidadora eterna), tengo la misma sensación de semilla que ya sabe qué hacer, o sabrá, poco a poco, honrar su dirección: triunfante, cada vez de volar, y capaz también de aceptar –en tiempos de invierno o alas frágiles- detenerse y esperar.

Es lo lindo de la escritura y la parentalidad: partir con un mapa o un abecedario, y terminar encontrando que podíamos asombrarnos creando tantos más. Vine a contar de VDay y la rebeldía se toma la pluma. Somos padres, formamos, compartimos éticas, enseñamos normas para convivir, y en el camino terminamos alimentando inmensas soberanías, aplomos y dignidades. También rebeldías: esa grieta perfecta y esperable sobre un fondo azul (así la imagino) por donde la libertad es urgente y hermosa, y prefiere cruzar ríos donde no hay puentes tendidos aún, para tener la experiencia de construirlos con sus propias manos.

Esas sencillas carreras donde dejamos que nuestros hijos llegaran primero (solo para escucharlos reír y gozar, pero también resultó que serviría al propósito de descubrir que sus padres no éramos imbatibles), esas sobremesas eternas que disfrutamos para escuchar sus voces (fortaleciendo su derecho a voz y opinión), o ese momento cuando, ya más grandes, nos mostraron un error o incoherencia y guardamos silencio, y elegimos no justificarnos, porque tocaba que nos bajaran del altar y se vincularan con nuestra falible humanidad (que también necesitan reconocer en su propio reflejo)… el recorrido es increíble, la vida con los hijos: un billón de historias danzando.

Gracias 2012. O solo gracias.

“Nuestro PGB no refleja la alegría de los juegos infantiles… no incluye la belleza de nuestra poesía… no mide nuestro humor ni coraje; nuestra sabiduría ni nuestros aprendizajes; tampoco nuestra compasión, o la devoción a nuestro país; mide todo, en resumen, excepto lo que hace a nuestras vidas, valiosas”. (Robert Kennedy, 1968)

Atardece el año, en toda latitud. Cae de sus ojos algo de sol, de noche, de lágrima y rocío. Todo a la vez.

31 de diciembre, como en cualquier día (un ejercicio y una responsabilidad de autocuidado) me lleva al repaso de verdades, las radiantes y difíciles; trayectorias humanas admirables, y otras que hacen temer y tomar distancia; proyectos hermosos que esperan, labores cumplidas, y también equivocaciones y aprendizajes; los buenos amores y buenas personas, o sus desventurados opuestos; quienes llegaron como regalo, y a quienes debimos dejar partir o pedirles claramente que lo hicieran; los afectos de padres y madres, hermanos, maestros, cerca de donde crecen los niños; las señas del cuidado responsable e íntegro, o su humano fracaso.

2012 fue todo eso y mucho más. Balances, tantos como personas habitamos este país. Y horas antes del paso al 2013, ojalá también las gratitudes. Por lo vivido, lo crecido, a pesar de todo, o justamente gracias a lo que fue el ciclo que termina. Este ciclo, o cualquiera. Cualquier día.

Confieso mi debilidad ante días como hoy. Me gustan los ritos, pasajes y bautismos, tránsitos entre etapas, así sea que ocurran en el lapso de una mañana a una tarde. Puede ser que me cueste instalarme en el tiempo y los vínculos, sin esas necesarias ceremonias de comienzo y de término. El cuerpo tiene sus marcadores, también las relaciones, o un año cualquiera: su inocencia, su adolescencia, sus muertes y transformaciones, sus renacimientos.

Observando el altar de cualquier era, encontrarse con semillas y flores secas, gloria y derrota. Entre adaptaciones, resiliencias y evoluciones: la constancia del amor y del dolor. Algún amor, o todos. Es tan versátil la experiencia del afecto. Desde el que sentimos por la vida, alguien elegido, o hijos, sobrinos, familias, y las amistades, o una causa de servicio que llena el alma. Del dolor, ahí está. We all know. Puede habitarnos en una herida vieja o nueva; en nuestras azoteas con sus fantasmas. O en intemperies y escombros de alma que ojalá nos hagan entender algo más de la compasión, y no correr peligro de llegar a considerar al prójimo como alguien o algo distinto de nosotros mismos.

Somos todos nuestras restricciones e injusticias (y nuestras pérdidas impronunciables), pero también somos nuestras virtudes, y nuestra gracia. No aquella inasible, de dioses que no se dan a conocer, sino la que viene como posibilidad en cada humano día. Sabemos que el sufrimiento puede teñir el cielo de una hora o una vida: somos esa fragilidad y esa angustia ante la sombra posible y no siempre previsible de nuestra circunstancia. Pero nuestra condición humana es más completa y es, todo el tiempo, el misterioso e indisoluble lazo entre nuestra fortaleza y nuestra vulnerabilidad. Ese vínculo que, no sé si será solo mi sensación, tiende a un punto de fuga o ceguera en la mirada que hacemos sobre aquello que es más urgente o terrible. Y también, puede ser quizás por prejuicio o prudencia, que no hablamos tanto de felicidad, o de esas virtudes, experiencias y relaciones enriquecedoras, prójimos admirables, o simplemente prójimos; el amor portentoso; el bienestar  posible.

Pienso en lo sencillo que resulta, en estos tiempos, acceder a toneladas de información sobre trastornos humanos, conflictos, disfunciones; tomos dedicados a la disección de traumas, miserias y espantos, y en cambio bastante menos material disponible –aunque va creciendo- para conocer la influencia de la gratitud, la camaradería, la risa o el buen humor en todos nuestros entornos y esferas de hacer. Sé que puede sonar casi demencial pensar en estos atributos ante realidades ominosas en una lista del horror que a veces parece interminable, pero si no clavamos el corazón en la vida y su bondad ¿entonces qué? ¿si no, cómo?

No se trata de ignorar o pecar de ingenuos ante el estado grave de muchas cosas, ni de querer olvidar el sufrimiento de la humanidad tomando cocacola (por eso del instituto de la “felicidad”) o leyendo libros de autoayuda. Pero sí podría tratarse de reclamar, y reapropiar todo lo bueno que también viene en nuestra especie y usarlo como arsenal de bien: propio, familiar, de nuestros seres amados, nuestras escuelas, barrios, instituciones, gobiernos, y hasta ejércitos inclusive (con todas las ganas que uno tiene de que no existieran ojalá). Sin esa voluntad benéfica, a la que considero completamente digna y valiente tanto como necesaria, no sé cómo uno sigue caminando.

Los que tenemos hijos, al menos sabemos que a no ser que queramos invitarlos al suicidio colectivo, debemos tratar de mostrar todo el tiempo el contrapunto sobre la vida, sobre lo vivo y lo posible de crear y hacer nacer: sea dentro de ellos (nuestros niños), o irradiando hacia su paisaje, y hacia su presente y futuro. No podemos solo repetirles cuánto se aprende en la lucha, la adversidad y el sufrimiento (que sí, por dios que se crece) sin recordarles y enseñarles cómo se aprende también en la belleza, el aprecio, todo aquello que la gratitud permite reconocer y hacer explícito. Y hasta multiplicar.

En las últimas décadas del siglo pasado, y en lo que llevamos de éste, los estudios, relatos y conversaciones sobre resiliencia han cubierto parte de esa necesidad humana de orientarnos a la luz, a conocer lo mejor de nosotros y no solo nuestras sombras, lo inadmisible, lo inacunable que llevamos dentro, carencias de cuidado y de amor, eso que dolió y dejó huella. Sin embargo, algo en el atributo de adaptación y reinvención desde la adversidad que nos regala la resiliencia, resuena de un modo diferente a la capacidad, también necesaria, de simplemente conceder y adaptarnos a lo agradable, lo alegre, lo bondadoso, lo suave. Hay una lista radiante que aquí podría ser muy larga también…

Por incomprensible que parezca, acomodarnos al bienestar o la alegría, no es tan natural y espontáneo como uno querría creer. He visto a chiquitos llegar a terapia “estresados” porque luego de años de precariedades y pesares familiares, no podían asimilar la llegada de un tiempo de bonanza, serenidad y alegría duraderas. También he conocido a adultos tan habituados históricamente –desde su infancia- a vivir con el pulso de fondo de la tristeza, la subvaloración, que a las señales y ofrendas del buen amor y la dicha, no pudieron responder o lo hicieron desde la emboscada: esa profecía de “no durará mucho”, “no me lo merezco”, que termina siendo cumplida las más de las veces. Lo he vivido, también, años atrás, y a veces, todavía paso por ahí cerca. Afortunadamente, con una alarma mejor templada que prontamente levanta la voz de advertencia y de conminación al gozo como si se tratara de un derecho digno de revolución francesa, a salvaguardar.

Si algo parece bueno, no desconfiemos de entrada, por favor. Observemos, conozcamos su pulso. Sin prisa, con atención. En un año, en una noche, apenas una hora, siempre hay mensajeros que anuncian lo que no oímos o no vemos, y que podría hacernos tan bien reconocer y descifrar. Un beso en la cocina puede ser el tremendo testimonio de amor y promesa renovada de estadía y lealtad, cuando las cosas han estado difíciles para uno, otro, o ambos miembros de una pareja. Ver dormir a nuestros hijos bien, más allá de rendimientos escolares o conflictos de cada etapa, es el recordatorio más irrefutable de lo bendito. O nuestros propios cuerpos, al despertar. Agradecer respirar, caminar, tomar el lápiz o abrazar: quienes han compartido de cerca con quienes no pueden hacerlo, o les ha resultado titánico dar un paso, o sentarse derechos, sabrán de qué  hablo.

En una película hermosa, “Restless”, una joven amante de la naturaleza contaba de una especie de pajaritos  que cantaban cada día al constatar que estaban vivos (porque al atardecer, con la puesta del sol, había una sensación de muerte). No sé qué tan científico será, o cuál será el ave específica, pero me pareció en verdad que el argumento era suficiente para ese canto, y para muchos otros más. Nuestros cantos.

En mi esfera de trabajo no hay cómo omitir o adjetivar el dolor (y tampoco la maravilla de la resiliencia y de la capacidad de reinventarse de seres humanos pequeños y grandes). Como ciudadana, me basta leer noticias y conversar con otros ciudadanos como yo, para sentir recogerse el corazón con esa impotencia de no saber por dónde una podría plegarse y ayudar significativamente a cambiar una realidad. Esa misma sensación se expande hacia la tierra con tristezas superlativas que a todos nos tocan: la muerte de tantos niños en el mundo (Syria, un kindergarten completo en EEUU, otros colegios en Chile), y hace apenas unas semanas, la violación masiva y la muerte por heridas internas indescriptibles de una joven india tal cual podría ser mi hija, o la suya. No parece haber morada para inocencias ni consuelos. Ni descanso. Pero a pesar de todo esto, uno pide que Dios, o lo que sea el Bien en la esencia de la vida, tenga piedad de nosotros y nos permita de todos modos, despertar con un canto, y sin soberbia pero tampoco con timidez o temor a ser indolentes con otros, poder valorar y agradecer y declamar todo lo bueno que existe en nuestras vidas.

Yo quiero dar gracias. En esta oportunidad, especialmente, a todos los que este año trataron, y tratan ardua, delicada y humanamente por poner luz sobre la infancia de nuestro país (y en toda latitud). Agradezco no solo desde la ética universal del cuidado, sino también porque en esa generosidad y compromiso de tantos –padres y madres, abuelos, tíos, adultos y jóvenes, y aquí incluyo a los estudiantes que se la han jugado por el futuro de las nuevas generaciones-, tocan directamente el presente y futuro de mi hijita más chica, así es que es como mamá, muy íntimamente, que agradezco. Y doy gracias también por las comunidades educativas en Santiago y regiones, y por los educadores, maestros y profesionales y trabajadores de todos los campos que cuidan y se proponen continuar abriendo y sosteniendo espacios, este 2013, para que los niños desplieguen sus sueños y sus talentos, guiándolos con alegría, respeto, dádiva y buen juicio (que no es igual a juzgar).

Gracias, especialmente, porque a pesar de lo difícil del año, y a pesar de mesianismos irresponsables y llamados a la turba -producto quizás del desconcierto o el miedo-, sean muchos todavía los profesores comprometidos sin reparo ni retrocesos, con su estatura noble en el cuidado y formación de nuestros niños. Me tocó ver en el jardín infantil de mi hija menor, a un profesor de Tae Kwon Do realizando la presentación más linda de fin de año con niños y niñas muy chiquitos. Orgullosos y tranquilos los papás: de nuestros peques, y de que nuestra elección de jardín hubiese sido la que fue. Porque toda la estridencia y clima de terror instalado por algunas personas y/o medios en materia de abuso infantil, no hicieron mella a la convicción de que educadoras y educadores tienen un aporte que realizar, que hombres y mujeres adultos podemos ser modélicos y relevantes en la vida de los estudiantes más pequeños, y que no era preciso cambiar nada, porque las cosas se estaban haciendo bien, porque el equipo de educadoras y profesores colaboradores (en actividades como ballet o tae kwon do) denotan su respeto y afecto por los niños con una constancia irrefutable, y porque el voto de confianza es compartido en comunidad, conversando sobre ocupaciones y preocupaciones, queriendo hacerlo bien, y siempre mejor.

Agradezco también, aunque cueste y sea lento o difícil, tanto camino avanzado por el respeto a la diversidad y el diseño de vida preferido de nuestros niños y nuestras familias. Queda mucho por hacer pero lo que está lográndose en Chile en materia de derechos para las parejas y familias homosexuales, anima e inspira a levantar algo azul, un cerco de agua o estrellas, para darse mayores bríos y protegerse, también, de prejuicios y discriminaciones que hacen perder energía y que confío irán disolviéndose en el tiempo y ante la evidencia de lo que ya no se puede detener.

No puedo terminar sin dar las gracias, con todas mis voces y mis vidas, a mi mundo cercano. Amigos y amigas que me perdonaron este año de ausencias, mientras ellos, con su sola presencia, llenan mi vida de flores y música; mujeres y hombres que nutren, enseñan, me guían, contienen, y con quienes escribimos relatos inolvidables que espero algún día poder reunir en un solo gran libro. A mis pacientes, por su confianza, el camino recorrido semana a semana, la honestidad y la valentía, tanto amor en movimiento. Ustedes son maestros. Maestras. Como las hermanas de #tribu con quienes, desde otro espacio, hemos hilado en seda y lana las infancias, heridas, cumbres soñadas, otras logradas, sabidurías, tantas pero tantas preguntas aún sin respuesta (quizás nunca) y un concepto de lo “acunable” que se multiplique desde nosotras a nuestras vidas y quienes las acompañan.

También gracias a todas esas personas que ni siquiera conozco en vivo y en directo pero que en mensajes, cartas, correos y en las redes sociales también han enriquecido la trayectoria de este año y son parte de los vínculos entrañables. Y gracias, no puedo olvidarlo, a todos los jóvenes y adultos que escriben en blogs y otros medios compartiendo lenguajes de lucidez y de cuidado. Y a los periodistas extraordinarios que, del mismo modo luminoso y mesurado, contribuyeron a la conversación colectiva sobre la ética del cuidado y la prevención del abuso infantil, velando por quienes leían, escuchaban, y por mi propia familia, tratando el tema con dignidad, sin sensacionalismos escabrosos, y con humanidad.

Por último, gracias infinitas a mi marido y mis hijas, intemporales, omnipresentes, los pilares del hogar que puedo ser y abrir a otros también. La búsqueda que comenzó en mi niñez, es la búsqueda siempre. Quizás porque el primer hogar, el del cuerpo, demoró tanto en reconocerse habitable, habitado por mí. Quizás por mi nomadismo incorregible. Quizás porque no hay otro sentimiento que me oriente mejor en situaciones y con el prójimo, que ese de “como si llegara a casa”.

El hogar es amparo, espacio de danza y de recogimiento, refugio y altar y mesa donde compartir, es salto dichoso de corazón celebrando egresos de carrera (Diamela) y de jardín infantil (Emilia), es primer rayo de sol y es primera estrella de cada día  y noche, es conversar de madrugada y vibrar en la médula con la felicidad del compañero (o sus angustias), es cocinar todos juntos, y es tenernos paciencia y espera, es ropa ordenada y desordenada, es termómetros y paños fríos para la fiebre, es ternura y es deseo, es entusiasmo y también extenuación; es juguetes y libros y sábanas, es estar en el hemisferio sur y en el norte, es compartir lo que tenemos y podemos con otras personas, es tomar decisiones difíciles y otras sencillas (todas pensando en el mayor regalo para cada uno), es cuidarnos mutuamente y es alentarnos a volar… es todo lo acunable y lo que yo, ni un milagro más ni uno menos, necesitaba en esta vida. Gracias a mi family porque el amor de ustedes, y el que reciben de mí y me dejan sentir por cada uno, es el eje de mi estadía y mis recorridos a mis casi 45 años. Me encantaría tener otros 45 más a su lado.

Solo eso por ahora. Bendiciones. Y gracias.

…Y tres canciones sobre el hogar de regalo:

Cinematic Orchestra, to build a home

Phillip Phillips, HOME

Radical Face, Welcome Home

Conserjes en la tribu

En el edificio donde vivimos, hay tres caballeros que trabajan en el turno diurno de conserjería, y uno en la noche. Sus nombres son Hugo, Richard, y dos de ellos se llaman Fernando. No nos conocemos hace tanto, apenas llegamos en diciembre del año pasado a este lugar, pero desde el primer día han sido vértices y marcadores de un jardín invisible donde mi hija de 4 años, Emilia, ha sido bien cuidada.

A Emilia le expliqué que ellos ayudaban a cuidarnos a todos en el edificio, esta “casa grande” donde había muchas “casas pequeñas”, cada una con su familia. Y aunque no vivían aquí –difícil para ella entenderlo- y también tenían sus familias y sus casas, a ellos les importaba mucho que especialmente los más chiquitos y los más viejitos (muchas personas mayores en nuestra comunidad), estuvieran bien.

Conversé con este clan de 4 caballeros desde nuestra mudanza, sobre la necesidad de que mi niña fuera siempre cordial y respetuosa con cada uno  –ella estaba aprendiendo a distinguir entre buenos días, tardes, y noches- , pero no necesariamente sonriente o demasiado cercana. Necesitaba tiempo para que de “extraños” y personas nuevas en su mundo cotidiano, ellos pasaran a ser conocidos. Lo comprendieron muy bien y me ofrecieron su apoyo.

Se volvió una rutina amable y un juego también, la práctica de los saludos y la distinción sobre qué momento del día era: “Buenos días don Hugo”, “Buenas tardes don Richard”. Al comienzo, muchas veces, entre cansada, somnolienta o sencillamente con algo de maña, Emilia no querría saludar. Ellos me guiñaban el ojo, y le decían “está bien, después, otro día”. Al pasar el tiempo, sería cada vez más espontáneo el intercambio. En muchas ocasiones, al entrar al edificio concentrada en una conversación conmigo, mi niña recordaría en el ascensor (casi llegando a nuestro piso) que había quedado debiendo su saludo. Entonces, me pedía devolvernos al primer piso para completar el ritual.

Cuando Emilia comenzó a mostrar una disposición estable de saludos, risas e intercambios con más palabras -y siempre conmigo de puente-, don Fernando (el de día) se animó a mostrarle a la gatita que siempre ronda por estos lares y le enseñó a tocarla con prudencia, apenas rascando su cabeza, para no exponerse a rasguños. Por las tardes, don Fernando (de la noche), le indicaría a Emilia el montículo amarillo que apenas se ve (para no tropezar) y luego le regalaría una imitación de pato Donald, también ritual. Hoy en día, mi hija no cruza hacia el ascensor sin esa música de fondo.

Estos 4 caballeros han conocido a Emilia aprendiendo a andar en bicicleta, saliendo feliz de paseo, refunfuñando porque no quería regresar de la plaza, o llorando porque se pegó contra algo. Ella, a su vez, los ha conocido como adultos preocupados, respetuosos, amables y protectores.

Fue un día sábado de encontrarnos solas, que el círculo de cuidado quedó completamente dibujado para mi niña. Yo escribía desde antes del amanecer y Emilia aún dormía. Mi marido salió relativamente temprano a visitar a su madre, me despedí de él  y fui a la ducha. Apenas había tomado el jabón cuando sonó el teléfono, y a lo lejos, desde la contestadora, oí su voz. Pensé que podía ser urgente y salí en toalla y descalza a contestar.

Conducta de riesgo y serias consecuencias: resbalé, caí sin alcanzar a poner las manos por delante, y me golpeé fuerte contra el suelo, todo el cuerpo.  Lloré o grité (no recuerdo), Emilia despertó y nada podía hacer para ayudarme. No sé cuánto demoré en incorporarme, pero apenas me puse de pie, ya estaba sonando el citófono. Era don Hugo. Iba bajando la escalera cuando escuchó mi caída y trató de tocar la puerta y hablarme, pero no me di ni cuenta. Llamaba ahora para saber si estaba bien, si necesitaba que viniera, le dije que ya estaba de pie, que un millón de gracias (y en verdad me conmovió). Emilia muy atenta, al colgar el citófono, me pregunta quién era y al contarle de don Hugo, me interrumpe con un ¿era para cuidarte porque te caíste y te hiciste un “bubu”?

En el diccionario de la RAE, conserje se define como la persona que tiene a su cuidado la custodia,  limpieza, y llaves de un edificio o establecimiento público.  No habla de los habitantes de esos lugares, pero también estamos “a su cuidado”: niños, jóvenes y adultos también.  Somos todos parte de una comunidad;  un clan pequeño en medio de una ciudad demasiado grande.  Emilia pregunta por el hijo de don Richard, o si está enfermo don Hugo (que tiene varios problemas de salud, y no sé cómo ella se dio cuenta), si la gatita de don Fernando (de día) está bien, o dónde es que duerme don Fernando (del turno de noche) si no hay camas en el lobby del edificio. Detalles que me dejan notar su reciprocidad, y la emergente ética de cuidar que ella misma está sumando a tantos otros aprendizajes que acompañamos no solo  su familia o sus tías en el jardín, sino tantos otros adultos buenos.

En una reciente entrevista a un medio escrito, y hablando sobre estos últimos meses en Chile y el aumento en denuncias de ASI, me preguntaron cómo no andar con el corazón a saltos, viendo posibles abusos y abusadores por doquier. Yo reflexionaba, también, sobre la posibilidad de reconocer “cuidadores”: padres y madres, abuelos y familias completas comprometidas y dispuestas a conversar y crecer en el cuidado; educadores queriendo precisar sus estándares de acercamiento y vinculación con sus estudiantes; adultos en las plazas mirando con mayor dedicación los juegos de los hijos de todos; cajeras, como una muchacha en Jumbo, defendiendo a los niños que reclaman porque alguna persona pasa y los toca –aunque sea afectuosamente- sin su permiso;  pastorales, grupos scouts, trabajadores y profesionales de distintas áreas, universitarios,  hasta alcaldes, queriendo aprender sobre prevención y sobre cómo habilitar y empoderar a los niños y adolescentes en sus derechos y soberanías.

Gestos que se multiplican, personas que cuidan en todos lados -como don Hugo, Richard, y dos Fernandos- y se alzan claras y dignas de confianza en la tribu donde crecen nuestros niños. Aquí sí hay jardín, lámparas encendidas. Y motivos de gratitud.

OVEJAS

Lo que una oveja puede hacer.  Blanca, gris o negra, del color que sea, pero oveja de verdad, de esas que se cuentan antes de dormir (aunque jamás me ha resultado), o se cuentan –para no perderlas- en rebaños que refulgen sobre valles verdes; lanudas, suaves. Una almohada infinita y serena contra la roca magnífica de montañas de fondo.

Yo amo a las ovejas. Tenemos un cuento favorito en esta familia con una de ellas. La oveja SELMA.

A una cabrita le preguntan qué es la felicidad y ella cuenta la historia de la oveja Selma, para quien ser feliz era levantarse temprano, comer hierba, compartir con otras ovejas, saltar, conversar con una amiga por la noche, y acurrucarse a dormir.

¿Y si tuviera más tiempo? Le preguntan a Selma. Y ella responde la misma secuencia, sencilla y sin aspavientos, de actos cotidianos de su “ovejitud”. ¿Pero y si ganara la lotería? Ahh, dice ella, entonces “me levantaría más temprano, comería hierba, compartiría más con otras ovejas (niños y niñas), saltaría y haría ejercicio, conversaría con mi amiga al anochecer, y me acurrucaría a dormir”.

Algo así. No tengo el cuento a la mano, pero es casi exacto. Un cuento breve, tan simple (zen dirían algunos, quizás), que inevitablemente te conecta al valor de los ritos cotidianos, de estar presente en la vida que uno tiene, y por encima de todo, de ver motivos de gratitud en ello.

En el día de ayer, arduo como toda esta semana que añoro dejar atrás en una suerte de dimensión desconocida o blackhole que devore el desencanto y su memoria, otra oveja se hace parte de una ceremonia a recordar en años por venir. Una oveja negrita, que no tiene nombre todavía.

Llegó de sorpresa, como al mediodía. Me llamaron de conserjería para avisarme que había pasado un querido amigo del sur y su señora, y habían dejado algo para mí. Pidieron que no me avisaran de inmediato; que sabían que había tenido días difíciles y querían que descansara. Delicadeza total.

Cuando bajé al primer piso, ahí estaba esperándome una oveja de madera, recubierta en lana oscura, preciosa y pequeña.  Era para mi hija Emilia. Subí en el ascensor y se me caían las lágrimas, las mejores, de alegría y de ternura. Tomada entera por el gesto de esta pareja de amigos: su dulce incondicionalidad, su gratuidad, su modestia de no permitirnos siquiera darles las gracias de inmediato por su regalo tan inesperado, y tan bienvenido también.

Volví a la pequeña granja que siempre visitamos en Georgia, a la sensación familiar y segura de ese territorio-madre,  abril apenas, cuando con mi niña fuimos a conocer las nuevas camadas de ovejas, cabritas y llamas. Qué lejana esa primavera de este invierno. En tantos sentidos. Hasta ayer.

Granja invisible, heno, trébol, viento de las montañas Appalachian, pero aquí en el sur del mundo. Aquí estamos y aquí Emilia recibió su oveja con esa alegría infinita que solo un niño es capaz de sentir y no la soltó más.

Indiferente al hecho de que no fuera una oveja-triciclo, la arrastró por todo el hogar y por todo suelo (dejando su huella). La trajo cerca de la mesa a la hora de la cena para que nos acompañara (una suerte que no la subiera al mantel). Se durmió hablando de ella. Despertó hoy y preguntó por su “amiga” apenas terminó de decir buenos días y “¿mi lechita?”.

Ayer envié a esta pareja de amigos una foto de mi cría sonriendo como recién llegada al mundo, montada sobre su oveja negra (que además, me encanta como simbolismo de diferencias y rebeldías), con su pelo largo, rojo y enmarañado, igual al de Mérida, la princesa de Valiente.

La combinación de texturas de alma me gustó tanto: Emilia es traviesa, activa, resiliente. No es inmune a los bichos de Santiago, pero es capaz de sacarse los zapatos y caminar o brincar descalza sobre piedritas, espinas, correr en la nieve y los fríos del norte, pedirme salir a caminar al bosque profundo en noches sin luna. Pocas cosas la asustan o detienen, y es aguerrida, aventurera, pero también, se cuida, es suave de movimientos, precisa en observar el entorno y desplazarse y tal como su oveja, es blanda también de corazón, mullida en su alegría siempre bien dispuesta a cantar y bailar, o consolar desde niños a florcitas cortadas.

Sin más que su naturaleza única, sin necesidad de arcos, flechas o espadas, tampoco caballos portentosos, entendí gracias a mi hija pequeña, que la inocencia y coraje siempre van de la mano, que es posible ser alta y fuerte al lado de una pequeña oveja, aunque haya quienes crean que estas criaturas dóciles y pacientes puedan trasquilarse o degollarse sin misericordia.

El regalo de mis amigos fue para Emilia, pero sobre todo yo se los agradezco. Y creo que también todos aquellos que, en tonalidades distintas, se han sentido ovejas en un sentido frágil de la palabra.

Seamos humanos en recordarnos que docilidad o mansedumbre no es sinónimo de abusabilidad; y que rebaño no equivale a multitud inerme, sino a tribu que se contiene y acompaña, que a veces pasta tranquila en el valle o vive sus días sobria y agradecidamente como la oveja Selma. Y en otras ocasiones, recorre quebradas y riscos porque es preciso: para dejar atrás aquello que no merece ser parte de nuestras vidas, y mejor aún, para ir en busca de algo nuevo que sea amable y bello, tal vez diminuto y muy cotidiano, o inmenso en la gracia (tocando lo sagrado). No hace la diferencia. Eso diría Selma. 😉

Día de la madre y el cuidador de mariposas

No hace mucho, llevamos a mi hija menor a una hermosa reserva botánica en el estado de Georgia. Había allí, un conservatorio de mariposas: un invernadero gigante con plantas tropicales y flores de los colores más radiantes, y más de mil especies de mariposas –protegidas para desviar de curso su extinción- volando felices (nadie puede tocarlas o molestarlas, solo mirarlas).

Antes de ingresar al edificio de cristal, todos pasan por la vitrina de una suerte de pequeño laboratorio u oficina –que se conoce como “Estación de Transformación”-  donde es posible ver cientos de crisálidas colgando de pequeñas planchas de un material que creo era plumavit. Cada cierto rato, había mariposas que emergían, sacudiendo sus alas y, me imagino algo desconcertadas (como todo recién nacido), buscando donde pararse o sostenerse.

En intervalos más o menos regulares,  un señor –cuyo oficio no sabría cómo nombrar bien- abría las pequeñas compuertas de la vitrina, deslizaba sus manos hacia las mariposas recién nacidas para tomarlas con máxima delicadeza y llevarlas a una suerte de barril gigante hecho de malla blanca. Ignoro por cuánto tiempo permanecerían ahí, pero a algunas que se veían algo más grandes y menos desconcertadas en sus movimientos, las llevaban luego al invernadero gigante donde las dejaban libres.

Tuve la fortuna de quedarme suficiente rato observando estas ceremonias. La rutina era la misma todo el tiempo, y para más de alguien el oficio del señor que cuidaba a crisálidas y mariposas recién nacidas, podría haber resultado tedioso luego de cuatro o cinco veces de observarlo. Lo era, si uno lo piensa multiplicado por semanas, meses y años en lo mismo. Pero la sutileza de sus movimientos, y su actitud reverente (su sonrisa tenue en el rostro lleno de arrugas y algo severo), le quitaban peso a la repetición, dotándola de un carácter solemne, casi sagrado.

Mirando a Emilia observar el ritual maravillada, olvidé por un momento que mi niña apenas bordea los cuatro años, y habría querido compartir con ella que todos estos afanes me recordaban tanto sobre el ser mamá y ver a mis hijas crecer, y yo con ellas.

De orugas a crisálidas y mariposas, hemos transitado cada una. Fuera y dentro, en tantos colores y texturas posibles. Quizás como en el Conservatorio de mariposas, y con el señor que las cuidaba, la vulnerabilidad me queda rondando como regalo. La de mis hijas, que se plegaron a mi cuidado, y confían en mí, y refunfuñan a veces, pero siguen recibiendo lo que yo tenga para darles (por eso aquí estamos, todavía velando por sus transiciones). Y por la mía: mi propia vulnerabilidad y tantas aceptaciones que he debido trabajar y que gracias a mis niñas han sido posibles, en relación a mi condición humana general, y como mamá también.

El coraje para asumirme imperfecta, y luego la compasión con mi falibilidad y mis ignorancias y errores, o el perdón, no habrían existido de la forma en que hoy cuento con ellos, si no los hubiera aprendido al lado de dos hijas que –cada una según su edad- sin condiciones me han regalado su amor y su trato siempre encariñado. Tanto como yo he querido prodigárselos también. En ese devenir, las vulnerabilidades se han levantado como espacios posibles, necesarios para aprender, nutridores de resiliencias y fortalezas.

En nuestra cultura, la vulnerabilidad y la fragilidad son muchas veces tomadas como sinónimo de debilidad. Yo misma quise convertirlas en sus opuestos por mucho tiempo, levantando bunkers y refugios interiores, cercos y más cercos donde limitar el acceso indiferenciado de vínculos dañinos y amables, todos por igual, en la idea de prevenir lesiones. El problema es que esa precaución, era tanto asepsia para heridas e infecciones como para ternuras y regocijos de esos que solo vienen con el amor. Con mis hijas siempre fue la excepción, con ellas sí podía dejar abiertas ventanas, membranas y fronteras, pero creo que dentro de un radio todavía temeroso: de no ser suficientemente competente, capaz, “buena madre” según términos más ajenos que propios.

Poco a poco, acompañada de mis niñas, un bunker y otro cayeron, una y otra capa de piel hasta dejar el tejido más íntimo cerca del aire y las hojas, y de las pieles de mis propias hijas.  Poco a poco también, en vez de refugios antinucleares, se multiplicaron el hogar y sus nidos: primero para mis crías, y luego para el mundo. Que el sentido de pertenencia fuera un pulso en cada vínculo; que al menos un poco de esa domesticación de Zorro y Principito fuera quedando en cada intercambio, cada gesto con el prójimo. Y si no era posible, que no fuera por falta de intento en la empatía y la bondad. Y aun con todos esos intentos de bien, que no fueran olvidables los límites vitales del cuidado.

Todo eso aprendí de mi hija mayor cuando, de chiquita, insistía –contra toda la tendencia de su curso- en ser amistosa e invitar a jugar al niñito que más la molestaba: “yo creo que lo pasa mal, que en su casa tampoco es muy feliz”. Pero también aprendí de ella, tiempo después, que aun teniéndole cariño no quería seguir invitándolo porque insistía en su bullying y “todo tiene un límite, mamá, y él también tiene que aprender eso”.

Un contrapunto difícil, ser abierto en la vulnerabilidad, propia y del otro, apostar al vínculo y la pertenencia, y no obstante ser claro en los límites a malos gestos o a la crueldad. Sin dejar de preguntarse o de mirar al otro en sus cismas. Sin permitir sus lesiones, intencionadas o no. Esta humanidad bien templada de mi cría mayor, la he visto ya germinar en la más pequeña. Y sigo aprendiendo, sobrecogida, extasiada. Todavía agradecida, a mis 44 años, de no sentir o peligrar en la arrogancia de creer saberlo todo, ni mucho, en mi maternidad.

Sigue siendo necesaria esa atención a frecuencia de segundos o minutos, la cadencia oficiosa y ese cuidado consagrado, único y particular dispensado a cada especie, propios del señor que velaba por crisálidas y mariposas recién nacidas, navecitas blancas (como decía Silvio Roríguez), organismos potentes con visión infrarroja, capaces de recorrer miles de millas en su corta vida, o de hibernar y resistir temperaturas paralizantes para otros organismos. Resilientes, bellas, elegantes, pequeñas gigantes y lo más cercano en el mundo vivo, a las hadas que no se manifiestan tan claramente (y con las que de todos modos, soñamos). O a veces sí, y yo conozco a dos: Diamela y Emilia.

Buen día para recordar que como en esa “Estación de Transformación” a cargo del caballero modesto y sobrio de quien no llegué a conocer su nombre, asimismo me he sentido recibida por mis hijas, en dulzura y disposición. Y así también me atrevería a decir que he tomado mi misión de cuidarlas con amor, a cada edad y en cada desafío de crecer. Nos hemos dejado ser y poco a poco convertirnos en madre yo, y ellas en hijas, celebrando lo que somos, nuestras vidas, estar vivas,  y muchas veces dejando ir lo que otros dicen o escriben sobre qué o cómo debemos ser las mujeres-madres o sus niños y niñas. Algo que a las mariposas, no de soberbias sino de inocentes y puro auténticas, tampoco les interesaría mucho, por suerte… =).

Luz de Cisne

(como fue publicado en El Post, el 31 de diciembre 2011)

“I knew I had been hungry for blessing”

Escasas se hacen las palabras que podrían resumir todo lo que se viene al alma y la memoria sobre el ciclo que finaliza. Inevitables los balances, no sé por qué. Acaso relojes y calendarios no hayan sido sino creados por las generaciones más antiguas, queriendo conminarnos al autoexamen, siempre necesario; la mirada sobre ciertas bendiciones, todavía más. Sin dejar pasar demasiado tiempo. Y un año es bastante.

Entre las gratitudes de siempre está levantar el hogar (un engranaje interminable, bienvenidos todos como en esta canción), reconocer la propia tribu (una y otra vez), aprender nuevos vocabularios prestados de otras voces que cuentan historias cien veces más potentes que la propia, revisar en fotografías las marcas claras de cuánto han crecido nuestr@s hij@s y envejecido nosotr@s, garantizar descanso a las despedidas que por algo fueron, agradecer bienvenidas y estadías de personas que se anuncian perennes en nuestras vidas.

En festejos y supersticiones enternecedoras de estos días, acompañan presencias, nuevos recuerdos (y viejos también), satisfacciones, quizás algunos arrepentimientos o desencantos (ojalá los menos) y siempre, nuestros amores.

A pulso de espejos íntimos, el reflejo nos será más benévolo y dulce si medimos el año transcurrido en crecimientos, cantos y besos de niños; haceres y creaciones; encuentros y rencuentros cariñosos con parientes y buenos amigos; apacibles horas del té donde cada miembro de la familia cuenta sus anécdotas del día; en noches y despertares abrazados, sin flanco libre, al cuerpo querido que más asemeja un paraíso sobre este planeta.

Que el cristal acogedor de los afectos, pueda recibirnos también con nuestros yerros e incertidumbres; nuestras heridas y cicatrices (las que otros infligieron, y las que nos hicimos nosotros mismos, a veces con la inocencia de quien aprende origami y se corta los dedos con papel, y otras a plena consciencia de los riesgos que corríamos de salir lesionados); nuestro darnos cuenta de que por más que queramos, no podemos librar a quienes amamos –ni a nosotros mismos- de ciertos sufrimientos (o de esa pregunta punzante sobre todo aquello que pudimos hacer mejor, o que pudimos simplemente hacer y no dejar a medio camino); nuestros duelos y olvidos, una que otra “derrota”, y esa melodía de violoncelos y pianos interiores, tan personales, que solo uno escucha. Que solo uno llora, honra y perdona.

En el gran espejo de la patria, esa madre que no termino de reconocer como completamente mía, reconozco sin embargo decenas de hermandades y lámparas en medio del río. Me han emocionado los estudiantes, las madres, los padres, y los muchos compatriotas que han querido cambiar y/o al menos conversar de temas difíciles, en son de cuidado y enmienda. Y asimismo, como muchos, he resentido el tránsito de algunas semanas y meses con sus vergüenzas y pasos en falso, sus seres inocentes vulnerados, los uniformes grotescos de la arrogancia y el desdén. Hay historias y noticias que llevan sombra y desalientan la confianza; que ahondan nuestras intemperies, mientras seguimos buscando en los bolsillos un resto de porfía que nos permita vernos a todos, sin separaciones, sin “ellos”, sin “los otros”, solo a TODOS, con esperanza.

Mientras escribo siento olor a carne mechada y verduras frescas en la cocina, busco velitas que andan por toda la casa luego de la mudanza (como perdido está ese vestido especial para una cena más qué íntima y pequeña). Con la música de fondo de un islandés favorito, el año se vuelve ya antepasado, viajero ancianísimo, a la luz de dos cuentos favoritos de mi hija menor, que recuerdo en esta hora.

Stellaluna, es la historia de una murciélaga que se pierde y va a dar a un nido de pájaros donde no logra asimilar lo que se le enseña –comer semillas, dormir de noche y con la cabeza arriba-. Sufre de la incomprensión esperada hasta que su mamá y su “tribu” la vuelven a encontrar. El Patito Feo es el segundo y qué puedo decir, todos lo conocemos, así como su amable moraleja de que no hay “fealdad” sino “diferencias”, y a veces otros tiempos, más lentos, para desplegar la gracia y la belleza que tod@s traemos, de unas formas u otras.

Me gustan las luces que nos prestan estas historias: luz de murciélago, un animalito poco querido en general, que se redime, como Stellaluna, cuando recobra su sentido de pertenencia y colectivo. Así también lo hace El Patito Feo, reconociéndose como cisne y miembro de su propia bandada. Alba y hermosa. Volutas de nieve en vuelo, seda en el agua, brazos, alas, siluetas que en frecuencia de luz de cisne convierten cualquier mundo en su mejor opuesto. Así como podemos hacer dentro de nosotros, o en nuestros hogares: si fuera existe soberbia, en nuestro territorio levantamos la modestia; si es demasiada la injusticia, entonces hacemos contrapunto en la fraterna igualdad; si rondan falsedades y mentiras, sacamos la voz más clara y asertiva; si faltan palabras amables, las apostamos todas a reconocer la gracia de quienes amamos, incluidos nosotr@s mism@s.

Bajo qué luz observamos el camino recorrido, es prerrogativa de cada uno, pero querría compartir las estelas de estas luces para desmentir maleficios y profecías aciagas, e iluminar, en cambio, las existencias adorables que podemos encontrar en nuestros mundos, las buenas intenciones (no importa cuanto demoren en gestar algo concreto), los amores que nos guarecen, y que guarecemos con regazos más firmes de lo que nos damos crédito a veces. Eso es inmenso. Quienes cuidan: infinitos.

Luz de Cisne (Swanlight) se llama también un poema -no recuerdo si de un pintor o músico galés- cuyo verso final dice: “entonces supe que había estado hambriento de bendiciones”. Qué esa hambre perfecta, si estamos conscientes de ella, encuentre su alimento en abundancia en este nuevo año de todos.