aprender con amor (o nada)

Muchos pero muchos años atrás, recibí una llamada de la señora que cuidaba a mi hija mayor (y con sus casi sesenta años, mi hija 5 y yo 25, era en realidad casi la madre de las dos) para preguntarme por qué había castigado a “su niña”. Yo estaba trabajando y quedé perpleja, no creía mucho en castigos (sí en la disciplina positiva) y menos recordaba haber restringido sus “monos” esa tarde. No puede ser, le digo, pregúntele de qué habla por favor. Vuelve al teléfono y me cuenta que mi hija había decidido no hacer las tareas que le enviaron, que ella era chica, que estaba cansada de que “todo el día era puro colegio”, pero sabía que no estaba bien así es que por eso no vería su media hora de tele.

“Yo encuentro que la niña tiene razón” me dice la querida señora. Yo también se la encontré, y mientras anticipaba una maternidad desafiante con una hija capaz de “auto-administrar justicia”, sentí una inmensa emoción ante su claridad con todo: la consciencia de su agobio, la noción de las reglas y responsabilidad a tan corta edad, y su confianza para expresar todo eso en su hogar. No vio los monos, leyó un libro, pintó y dibujó cuentos propios. No se quedó “flojeando”. Al tiempo nos fuimos de Chile y no se convirtió en anarquista ni fracasada ni delincuente (al contrario, el derecho fue su vocación). Es una gran mujer.

Escribo y no recuerdo una sola vez en su colegio en Chile, en que me llamaran para contarme sólo algo bueno; sí un par de veces para pedirme ir al psicopedagogo. Yo la había postulado a prekinder y decidió el colegio que fuera a kínder por los “excelentes resultados” en el examen de admisión. Números, cifras, rankings, recuerdo la entrevista de admisión como una clase de estadísticas. Llegué a ese colegio porque era pequeño y tenía un proyecto social (el francés iba siendo menos útil que el inglés, pero seguía siendo una lengua maravillosa), pero me equivoqué y mi hija sufrió 3 años las consecuencias (menos mal no fueron más). Fue la menor del curso, le faltaba madurez para aprender al mismo ritmo de niños más grandes (seis meses pueden ser una tremenda diferencia a esa edad), pero sus promedios de notas eran sobre 6,5, el colegio encontraba todo “fantástico” y de nada valió el argumento de que ella lo pasaba mal, y que sus aprendizajes no estaban siendo bien consolidados. Me dijeron que quienes sabían de educación eran ellos y  si no me gustaba, “ya sabía qué podía hacer”. Cuántos no hemos escuchado esas amenazas

Era mamá sola, joven, y me dejé intimidar, pero no por mucho y agradecí esas lecciones en nuestro segundo hogar, lejos. Mi hija estaba bien, y yo también. Jamás nos amenazaron; jamás nos desoyeron. Trabajé años como orientadora y como profesora en aula, y me prometí jamás-jamás trasgredir ni arriesgar la relación imprescindiblemente colaborativa que debía sostener con los apoderados y familias de mis alumnos. Sobre todo, esas lecciones volverían a ser de gran valor enfrentada a una segunda maternidad, dos décadas después.

Con mi hija menor, los límites los he cuidado yo en ambos países donde asiste a la escuela, y con respeto y fundamentos he sido escuchada por sus maestr@s. Ella así lo ha sentido también.Y es un privilegio que lo sienta, sobre todo en CHile, donde muchos niños viven el agobio, tal cual hace veinte años lo vivía mi hija mayor.

Poco ha cambiado en Chile en un cuarto de siglo: la presión por rendir tal cual, la mengua del tiempo de niñez. La desconfianza en lo que la vida ha venido haciendo por millones de años_ aprender, vivir aprendiendo. El aprendizaje no se interrumpe, trina y brinca de hogar a escuela y viceversa, y extiende su radio por doquier, en cada lugar donde estén los niños. No hace falta “forzarlo”, temer que se debilite, se “olvide”. Tampoco olvidamos respirar, dormir.

La más chica menos mal es un dechado de optimismo en verdad, y en períodos ha creído que las “tareas” -breves, interesantes, pertinentes y optativas- hasta eran un “regalo de la profesora”. En EEUU, el “journaling” o bitácora de aprendizaje ya me era familiar con mi hija mayor: todos los días unas pocas líneas acerca de algo vivido en la escuela y su emoción, sus reflexiones. Su hermanita hoy ama tanto ese ejercicio que decidió tener un cuaderno aparte para “inventar cuentos”.

No es “chochera”, ni es ningún genio ni fenómeno mi hija menor (aunque para mí sea lo más radiante que existe). Es como todos los niños, curiosa, y tiene que serlo, viene en su programa de cachorro humano: aprender y aprender, para vivir, para conocer su mundo, crecer, y asimilar paso a paso, etapa tras otra, una serie de herramientas que un día le permitan cuidar de sí, ser autónoma, tomar decisiones informadas en relación a su propia vida, a sus proyectos de vida. Una vida que se ame, se agradezca (y deberíamos angustiarnos y levantarnos viendo los índices al alza de suicidio infantil, y de intentos de suicidio de nuestros niños en Chile…¿qué les estamos haciendo?).

Los niños nacen con esa “necesidad” o imperativo de aprender a vivir en su programa, y se disponen al aprendizaje con entusiasmo, con reverencia -ese respeto instintivo ante misterios que a veces se revelan, y otras, permanecen indescifrables y hermosos-, con mucho espíritu lúdico, y con la “responsabilidad” que atraviesa el cuerpo entero en un cometido de seguir vivo (por eso se conservan aprendizajes como no meter los dedos al enchufe, ni a la estufa, ni se tiran por la ventana cual pajaritos o superhéroes). Miro a mi hija chica y aun cuando todavía no llegue a comprender al 100% el sentido profundo de esa palabra, “responsabilidad”, yo la veo latiendo en ella todo el tiempo, cada vez que se dispone a responder, a dar respuesta: ante sí misma, ante otros, ante su mundo, sus seres. Me quedaría contemplándola años (y sé que pasarán en un suspiro)

“mamá hay hormigas en el baño, ¿cómo las llevamos al patio del edificio?”, me dijo hace poco. Un papá me comenta “quizás es muy sensible para estos tiempos”. Escuché una advertencia similar acerca de mi hija mayor, a sus 5 años, y vuelvo a rebelarme por “pisar el palito” y, como muchos papás y mamás, llegar a cuestionarme así sea por un segundo, si el amor, la empatía, la gentileza, no serán un perjuicio y en cambio, para el Guantánamo emocional que algunos conciben como terreno propicio para los niños (¿qué tanto “bullying”? son cosas de niños, que se las arreglen… ok, dediquémonos a la cerámica), no sería mejor de frentón entregarles un bate de beisbol, una pistola y un manual del psicópata para dummies junto a un dvd de American Psycho.

Me frustra, sí, y me enoja tener que explicar a estas alturas de la vida, con todo lo que sabemos del daño, de la soledad, de la violencia y las llagas que deja, por qué uno elige ciertos caminos con sus hijas y con el mundo de los niños en general. No es locura ni estupidez ni “sensiblería” apreciar la niñez, dedicarle lo mejor a nuestro haber.

Es en realidad muy demencial, decadente, lo repetiré mil veces, y además intimidante, vivir en un entorno que genera culpa o dudas por amar, por cuidar a los hijos, por querer convivir con otros sin andar a punta de zarpazos. El territorio propio necesita límites, no alambres de púas, y para cuidarlo, defenderlo -si no es una situación de vida o muerte-, en el año 2016 D.C., existe una diversidad de formas no agresivas, ni proclives al exterminio (físico, espiritual, emocional, intelectual) de nadie.

Le comentaba a mi marido, hace unos días, que no sabía cómo darle la vuelta ni cómo expresar la falta de aprecio y amor que veía por doquier (por la niñez, por las personas ancianas, por nosotros mismos, por el país, por la democracia, por nuestra tierra, por el agua, los árboles), sin correr el riesgo de sonar shalaila, o de retroceder o restar peso a las proposiciones centrales que han nutrido mi trabajo por dos décadas ya. Le decía que si tuviera el poder de convocar a algo, no sería a marchas de “no más x,y,z”, sino a un gran rally nacional por el amor, con los niños de la mano, con pancartas que manifestaran intenciones empoderantes y cargadas de vida, no de pérdida, no de muerte.

Vuelvo a lo esencial, lo que más rescato desde que recuerdo: aprender con amor, acompañada de ese sentimiento, movida por él, hacia él (sobre todo en la adultez tal y como lo he aprendido de mis hijas, con ellas). Hago estas reflexiones ya en defensa de nada, sólo por la delicia de contemplar el borde fluorescente que reconozco y no me deja de asombrar, sin importar mi edad, en la profunda conexión de los niños con la vida.

Veía hace un mes, más o menos, un documental llamado “the beginning of life” y volví a aprender, y a tener que revisar, y descartar inclusive, principios que creía completamente arraigados e inmutables. Ante el dolor habría que arrodillarse, pero más debería postrarse el cuerpo entero ante la maravilla. En mi casi medio siglo, junto a la naturaleza, nada me ha dejado más conmovida que ver a niños crecer, mis hijas en primera fila. Conocer a través de ellas, la inclinación a vivir, a estar bien (no mal), empujar hacia adelante.

Lo he visto en las situaciones más terribles, y en mi esfera de trabajo en abuso sexual infantil, si uno no queda pulverizado después de ciertas sesiones de terapia o de trabajo, es porque además de ver la infinita capacidad restaurativa del amor en las víctimas –el amor de sus familias, de sus entornos, el cariño que se prodiguen a sí mismas-, atestiguo la fuerza incontenible de la niñez, de su energía, de su disposición a hacer propios nuevos conocimientos, de ensayar y poner a prueba capacidades y talentos que se van reconociendo. Ahí, la escuela es un universo mayor, y los maestros. Verdaderos tótemes, ángeles guardianes, líderes de la manada (y cuándo entenderemos que la educación de pregrado, que los sueldos, las oportunidades de desarrollo e intercambio, y el aval colectivo que se prodigue al magisterio son DETERMINANTES para nuestro país y nuestros niños).

Los docentes no sólo dejan huella en la formación de cada ser humano niño que llega al mundo, sino también actúan como mediadores “no oficiales” de reparación del abuso sexual infantil (y de muchos otros traumas que se pueden experimentar en la niñez).

Si sólo uno de cada seis niños y niñas devela abusos, los que callan siguen estando ahí, asistiendo a clases, habitando el aula sin contar su historia, pero recibiendo la experiencia de la escuela y de lo que llega de sus maestros, como una energía reparadora, quizás al punto de que lleguen a encontrar una forma de develar lo que padecen (los abusos se dan mayoritariamente en contextos intrafamiliares). Y aunque se graduaran de la secundaria sin jamás haber compartido su tormento, al menos en paralelo, habrán escrito otra historia, ganando resiliencias y permitiendo al cuerpo sentir una música diferente a la del silencio impuesto, mediante deportes, teatro, la expresión artística. Lo corporal como una experiencia alineada con la vitalidad y el placer de aprender, de creer en otro futuro posible, restando poder al daño.

Son incontables los relatos de pacientes que recién hablaron de adultos sobre el abuso vivido de niños, donde la escuela fue el pilar principal para construirse como personas, y un lugar de consuelo también, de luz y reposo por horas, antes de volver a lo inenarrable. En mi memoria, el colegio también: sagrado. El mayor respeto, la mayor sensación de que la humanidad sí era mi lugar pese a lo desdibujado del hogar que sigue siendo, debería ser (el nido), para todo niño, el lugar FUNDAMENTAL donde aprender a aprender

Hace unas semanas mi hija menor entra a mi escritorio y ve en mi pantalla del computador el tweet de un astronauta italiano de la Estación Espacial Internacional (ISS, sigla en inglés) donde aparecía el nombre de su mamá. Me preguntó si lo conocía, le dije que no, pero sí sus fotos desde el espacio. ¿Le puedo escribir? Por supuesto, veamos qué pasa. Hizo una notita con dibujos y se la envié por DM. Él le respondió “felicito tu motivación, sigue aprendiendo, aquí va un sitio web para estudiar del espacio, you rock!”. Emocionadísima, la vi pegar su dibujo, pasearlo, llevarlo al colegio, compartir con sus compañeros y profesora el dato del sitio web, y llegar a casa varios días queriendo aprender más. Qué importante lo que hizo este astronauta, lo que cualquiera de nosotros puede hacer por los niños.

Pocos días después, me pregunta por el movimiento para repensar las tareas (#latareaessintareas), le cuento que son muchos papás y mamás y profesores queriendo hacerlo mejor, cuidar a los niños, su salud, su imaginación, aprovechar bien el tiempo en la escuela, y en el hogar también. Pasando cerca del Nacional, le digo que esos adultos llenarían el estadio casi dos veces, y abre tamaños ojos. Qué agradecida de que ella sintiera esas presencias, y ojalá todos los niños las sintieran  (sin que lleguen jamás a enterarse de cómo un sencillo pedido -no más sobrecarga, cuidemos a nuestros hijos- genera enemigos, turbas, acosos)

Más claro me queda que la educación, especialmente para los más pequeños, no se percibe como un hábitat separado del cuidado, y hasta del propio hogar (dos lugares donde “hacer la lumbre”). Y los adolescentes de un modo semejante, también esperan ese cuidado, la dedicación de tiempos y experiencias de los adultos, el poder conversar, encontrarse, y hasta recibir “consejos”. Hacerse ciudadanos, también

En un sinnúmero de textos, escritos internacionales y nacionales, y también en la información que acopió la campaña “Yo opino” del Consejo Nacional de la Infancia, se puede observar cómo niñ@s y jóvenes realizan pedidos y expresiones de deseo en relación al mundo adulto –sobre todo a familias, profesores y el Estado- que francamente, hasta ni merecemos cuando pienso en  que por 26 años se dilapidó tiempo y que las garantías integrales para la protección de la niñez son recién un proyecto de ley en trámite. Por la ausencia irresponsable de esa ley, cada defensa de derechos vulnerados, cada intento por erradicar abusos de cualquier tipo, o interrumpir negligencias, ha sido y sigue siendo una gesta hasta el día de hoy.

Si denunciamos el abuso sexual a niños, se desacreditan sus relatos o se los revictimiza; si tratamos de difundir, promover o exigir sus derechos, se condicionan a “deberes” (¿cuáles podría tener un lactante? ¿un prescolar?);  si se expone la necesidad de una educación que cuide, avale la creatividad, enseñe a los niños a aprender (antes que a memorizar), se sueñe con calidad y equidad para todos, entonces es “intromisión”; si se levanta un movimiento para repensar las tareas (NO para prohibirlas sin razonamiento previo, sin diálogo, sin concierto de comunidad-docentes-expertos-familias), con  casi ochenta mil papás y mamás a la fecha, se les reclama por no ocuparse de otros temas, o se les acusa de flojos, sobreprotectores, histéricos, sin considerar que se trata de un país con pésimos índices de educación, 1200 horas anuales de escuela + horas de tarea (y por favor no nos confundamos con datos sobre tareas que aparecen por ahí sin sincerar que se trata de países con jornadas escolares de 5,6 horas: NO DE 8 o 9 como en Chile).

Desbordan el agobio escolar y agobio docente, el curriculum es abultado y anticuado (y conforme se avanza a paso de tortuga senil en la reforma educativa, ya ésta va quedando obsoleta), y el mismo sistema que alejó a la educación de su valor como bien colectivo (para convertirlo en bien de consumo) ha llevado a que se estén enviando tareas para la casa en salacunas “para que los niños (guaguas) se familiaricen con ese tipo de trabajo”, y en jardines infantiles “para preparar su admisión a buenos colegios”, y en escuelas con 8 horas y más de jornada “para que refuercen hábitos, para que formen autodisciplina, les vaya bien en el simce o PSU, etc” o para que terminen de leer la materia que no se logra ver en días ya eternos.La salud física, los límites humanos de descanso, la autoestima de los niños frente al aprendizaje, su amor por aprender: TODO lesionado, o en riesgo de. Unos pocos colegios se eximen. Unos pocos. 

Ya no es sólo daño, es robo a mano armada del tiempo de la niñez que sí pudieron disfrutar adultos de hoy: algunos bienintencionados, quiero creer, que se limitan a resolver con leyes o decretos prohibitivos express (que nos distraen, y no abordan el problema de fondo), y otros adultos indolentes que se atrincheran en su inercia, en sus creencias o en sus egos, olvidando infancias donde sí pudieron jugar con sus amigos en la plaza, o leer muchos, muchísimos libros por placer y aventura.

La educación cambió, otros países están discutiendo cómo crear la escuela del 2030 para ciudadanos globales, y nosotros llevando el diálogo alumbrados por cuatro fósforos, da la sensación; intentando reparar algo que se desmorona hace rato, sin conectar con el tiempo, los cambios, sin conectar con lo esencial: las nuevas generaciones, los niños. ¿Importan, pero en serio?, ¿y si lo sinceramos? ¿Para qué se está educando, a quiénes? ¿qué soñamos, qué queremos, cómo se aprende a aprender? Pensando en todos los niños, no sólo en un porcentaje ínfimo y el que permita la desigualdad bestial.

Necesitamos dialogar, colaborar, conversar TODOS -todos somos necesarios: ministerio de educación, profesorado, estudiantes, familias, todo a quien le importe y ame lo que entraña educar-  sobre qué estamos haciendo y soñando para nuestros niños y su educación. Una educación humanizadora, empoderante para sus vidas.

Me imagino mientras escribo -y como cada vez que dicto cursos o seminarios en Chile, y es aquí que ocurre, no lo vivo en otros lugares-, las objeciones de siempre, los juicios a los niños, o contra quien quiera que los defienda. Quizás no es más que la expresión de un pan acostumbrado, la carencia nuestra de cada día en contextos de desconfianza, violentos, sojuzgadores, con pocas proposiciones o preguntas, o donde no nos vemos como parte de lo mismo, ni nos reconocemos interconectados, responsables unos de otros.

Puede ser que hasta la imaginación se repliegue o desvanezca entre tanta autocensura aprendida, el temor a vocalizar y ser descalificado de inmediato, o a sonar descabellado, o a equivocarse y “fracasar” en un país donde los relatos de ensayo-error no son muy valorados, o donde las historias de triunfo generan todavía algún grado de sospecha y hasta resentimiento, más que sólo servir de inspiración y estímulo.

Veo a los niños y querría ser más como ellos, atentos a las ideas e ingenios que vuelan en nosotros los humanos, que respiran y gestan cosas nuevas, imaginaciones que podríamos ayudarnos, unos y otros, a encauzar, sin perder ninguna por estar más ocupados en defender trincheras que en hacer lo mejor, sacar lo mejor de nosotros para cambiar una esquina o un mundo.

Tal vez sentiríamos mucho más presentes nuestras maravillosas capacidades humanas de inventiva, si nos propusiéramos prestarles atención todo el tiempo, en un esfuerzo muy dedicado, consciente, conectado con nuestra vitalidad, con el deseo de vivir, endosando el placer o gratitud por estarlo, o bien, la voluntad –que también entraña rebeliones- por vivir mejor. Llenar los pulmones del alma (¿tendrá los suyos?).

La orientación al bienestar no obliga a disociarse de criterios de realidad ni a negar malestares y sufrimientos. Una amiga que tuve –era genio en su mundo, reconocida por miles- me dijo alguna vez: “desconfío de la gente positiva, o que habla de ser feliz, por estúpida, carente de inteligencia”. Sería todo. ¿Cuánto persiste esa creencia en Chile?

Uno se pregunta hasta cuándo tener que rendir cuentas por cómo o cuánto o por qué se sufre, o por qué a pesar de todo, sentimos alegría o gratitud, Y hasta cuándo tener justificar lo que parece cuerdo -no abusar, respetar a los niños, querer vivir vidas vivibles- a costa de tener que perder enormes energías y tiempo defendiéndose, explicando una y mil veces, jurando y rejurando que no hay agendas “ocultas” o pidiendo perdón porque otras causas “más importantes” no concitan igual dedicación. Qué cómodo vociferar en medios, cartas al director o RRSS sin moverse ni intentar nada, o sin informarse siquiera, antes de demoler a otros o sus intenciones.

Este país más devora a su gente de lo que la alimenta. Eso cansa, silencia a muchos. Ni hablar de cómo devora generaciones y generaciones de niños sin darles oportunidad de desplegar todo su potencial, rodeados por una comunidad que los cuide y empodere, que los aprecie, los respete, no los vea como adversarios o seres humanos dispensables.

Escucho la voz de mi maestra mayor, Carol Gilligan, su insistencia en la conexión, en la vitalidad del amor, pese y frente a todo aquello que, en estos tiempos, promueve la separación de nosotros mismos, del otro, de la tierra que nos ofrece refugio. He preferido esa mirada, y es eso, una preferencia nada más, nada menos. La aprendí de mis hijas, de otros niños, y de mujeres y hombres alineados con el cuidado y la fascinación por vivir. Lo que me queda por aprender, y es mucho, no quiero aprenderlo de otra forma.

 

Antes de las palabras (el cuidado ético)

El mundo sin palabras, cómo sería. Si no pudiésemos hablar, nosotros, de qué forma dejaríamos saber a un otro, otra, que nos duele el corazón, que corremos peligro, que sufrimos.

En The Piano, la protagonista, muda, llevaba una pequeña libreta colgando del cuello para escribir y comunicarse con quienes no conocían el lenguaje de señas. Cómo sería…si sólo contáramos con nuestros ojos y gestos para pedir auxilio, por ejemplo, en una situación de detención arbitraria o de secuestro. Ni imaginar lo que puede ser para alguien encontrarse en estado de coma, o atrapado en su cuerpo, consciente, pero incapaz de articular sonidos.

Son situaciones extremas pero pueden servir para intentar acercarse a la experiencia de los niños pequeños que aún no desarrollan el habla, y necesitan “contarnos” algo de lo que viven. A veces algo excitante, y hemos visto a menores de un año casi perder la respiración en una risa o grito feliz. O bien algo grave, como una situación de maltrato físico o abuso sexual. ¿Cómo, sin palabras, pueden dejarnos saber que necesitan nuestra protección?

Volver a nuestras raíz, en el cuerpo. Lo que compartimos con otras especies.

De tiempo en tiempo, nos maravillamos con noticias sobre mamíferos adoptando cachorros de una especie distinta a la suya: quizás recuerdan de una mamá gata y sus hijas ardillas (aprendieron a ronronear, ver) o la mamá tigre con sus chanchitos (ver). Rara vez sabemos (no recuerdo una sola) de situaciones de maltrato deliberado y perdurable con cachorros, o de emboscadas y asaltos sexuales de mamíferos adultos no-humanos a sus crías pequeñas.

En el reino animal (todos, menos nosotros), la ausencia de violencias sistemáticas y deliberadas contra los cachorros, y la relación entre los cuerpos mamíferos adultos y el de las crías, permite una ventana valiosa a una parte de nuestra propia naturaleza donde  también “sabemos” del cuidado, en el cuerpo, tanto o más que a nivel cognitivo. Combinadas ambas sabidurías, podríamos imaginarnos inmensos, abundantes en recursos para proteger sin riesgo de traicionar ese imperativo del cual depende la vida de los pequeños, y de todos.

Observar los cuerpos de nuestros hijos al nacer, los meses y años que siguen. El cuerpo humano es frágil. Los cuerpos de los niños más, mucho más (pese a sus maravillosas resiliencias). Y todo niño, niña, es vulnerable, especialmente ante los adultos: una característica ineludible del ser niñ@, del habitar un cuerpo de niñ@. Repetirlo mil veces. Cerrar los ojos y volver a ese tiempo.

Saber que aun en la mejor y más idílica de las infancias debe haber habido un momento de fragilidad absoluta, de sentir que las palabras faltaban, o de sentirse a merced de fuerzas mayores, cuerpos mayores, presencias que podían elegir cuidar y nutrir, o descuidar, dañar.

Poder tocar, si tuviera, la piel del amor, o de la memoria. También del horror, ¿sería áspera, húmeda, lacerada, llena de cueritos sangrados? La memoria del tacto bien podría ser más perdurable; mucho más que las decenas y cientos de imágenes que ya hemos visto, seguimos viendo, sin que nos expulsen del letargo. La memoria del oído, el ejercicio de ese sentido en todo su esplendor y superficie, también nos hace falta.

Mucho antes de las palabras y las lenguas, los seres humanos cuidaron. No existía el nombre “vida”, “derechos”, “protección”, pero ya  los recién nacidos eran atendidos, amamantados, cuidados por otros, y no sólo sus madres.

También, antes de las palabras, en la vida de cada ser humano que llega al mundo, habrá llanto, gorjeos, risas, fiebre. Otro universo de sonidos y señales desde el nacimiento y hasta las primeras sílabas de cada niño y niña. Luego vendrá el habla, y todavía más tiempo antes de poder articular una emoción, un duelo, en términos propios, con nombres, frases.

Los padres y madres necesitamos todos los oídos posibles para oír las distintas voces de nuestros niños. Tenemos más que dos: están en todo nuestro cuerpo, dentro y fuera, en la piel, el hueso más diminuto, nuestras células.

Contamos con los oídos del cuerpo, el idioma de las sensaciones, la intuición, nuestro ser mamíferos, el registro de una suerte de “música” que acompaña la vida de cada momento, cada día de los niños.

Los cuerpos de los adultos son determinantes en el tipo de vibración que emiten, según las emociones que los habitan más constantemente: los niños sintonizan, se acomodan a esa melodía, o se desajustan conforme ella falta, desafina, o duele.

La capacidad de sentir y leernos de los más pequeños se hace más clara ya cuando hablan. Quién no ha escuchado a niños decir “la mamá sonríe pero está triste”, o “¿por qué te ríes papá si me estás retando?” (y claro, más de una vez es divertida la situación en que debemos ejercer la autoridad y el cuidado).

Sin acceso al habla todavía, nuestros hijos pequeños nos miran, y si nos alejamos, nos buscan con sus ojos, se orientan en dirección a nosotros -con todo su cuerpo en el afán-  buscando respuestas, gestos, para anticipar, saber qué hacer, disponerse a una acción: nuestras expresiones y movimientos aportan a nuestros hijos una seguridad que ellos requieren para desplegarse, o para esperar, replegarse también.

No sé de auras, pero sí sé de cuerpos que se vuelven faros en el cuidado de nuestr@s hij@s, campos lumínicos que los pequeños perciben. Nosotros también, en ellos.

Niños sin palabras, y un universo de estímulos: observamos sus cambios, su energía inquieta (a veces, semidormidos, sentimos cómo cambian de posición en sus cunas o camas), su decaimiento. Hay señas sutiles, otras, nítidas. Carentes de lenguaje o símbolos para expresarse, los niños usarán cada sistema de su organismo, cada recurso de sus cuerpos, en el esmero de “decir”, de hacernos saber.

En los niños pequeños, el cuerpo, lo sensorial, la intuición, tiene un valor central para la supervivencia, para ir descubriendo, reconociendo y diferenciando espacios y personas que cuidan y aseguran la vida, y otras que no, o mucho menos. Para poder expresar su bienestar, malestar, temor ante peligros.

Ante lo que “no está bien”, o los hace sufrir, los más pequeños pueden expresarse a traves de gestos, formas de moverse, y por favor pongamos cautela en palabras como “maña” porque una vez dichas, abren paso a omisiones que no son triviales, y donde puede comprometerse la integridad física o psicológica de los niños.

Detengámonos a observar: si algo se altera, es distinto en nuestros hijos y no sólo frente a otros adultos (durante o después de la interacción con esas determinadas personas) sino también frente a un lugar, una cierta hora del día, la relación con un amiguito de la plaza. No arriesguemos omisiones, no forcemos así sea desde la buena intención de “estimular” o “ayudar”. No prolonguemos situaciones. Quizás daños que podrían ser evitables, terminarán siendo mayores.

Hagamos caso, al menos pongamos pausa y escuchemos, si sentimos una “corazonada”, una inquietud vaga, un presentimiento que aguijonea (y duele). Insistamos, quedémonos ahí, en el desasosiego aunque sea difícil precisar qué es exactamente lo que sentimos frente a aquello que no podemos dilucidar o traducir de nuestros hijos. Ensayemos alternativas, no dejemos de responder.

Mientras escribo, recuerdo mi hija menor, con dos meses de edad, que lloraba y lloraba. Luego del examen más minucioso (mientras seguía llorando y mi angustia llegaba al techo), encontré un hilito del pilucho que incluía guantes (para no rasguñarse), entre dos de sus dedos. No había un nudo, era una línea de tela mínima, suave, blanda, menos de 5 milímetros. ¿Puede ser esto? Lo removí y dejó de llorar. Le molestaba entre los dedos y no podía, ella sola, sacarlo de ahí. Me costó creerlo y llevó a nuevas alturas mi gratitud por el llanto, qué bueno que exista, qué sabia la naturaleza con este sistema de llamado (en tanto llegan las palabras).

Terminando el año, desde la lealtad y también la angustia del cuidado, un papá –ha habido otros antes, ojalá no deba haberlos más- no podía precisar qué pasaba con su niño, pero “sabía” que algo le pasaba: no podía expresarlo con palabras, pero sí de otras formas.

El padre decidió conectar una cámara de video para conocer, en realidad, cómo interactuaba con su hijo, la ex-cuidadoraAbigail Godoy. La intuición era sombría y no se equivocó, lamentablemente.

La magnitud del abuso físico y psicológico que ha sido conocido no alcanza para decir más; la historia ha sido compartida y sabemos que la perpetradora del abuso fue arrestada y luego dejada en libertad con medidas cautelares entre las que se incluye asistir a una terapia para “mejorar el control de impulsos” (¿?!). Mi hija mayor intentaba explicarme el fundamento jurídico de estas resoluciones, sabiendo que sus palabras caían en un pozo sin fondo. Cuando las medidas no resuelven nada, cuando son inútiles, me vuelvo sorda.

Pensaba en el niño de dos años y cinco meses, en sus  padres, y luego en otros padres, madres que conocieron las imágenes en noticieros o las redes sociales. Y en niños y niñas de mayor edad que pueden haber quedado en silencio, porque no sabían de golpes, o porque llevan ya su registro, al igual que muchos adultos… infancias con el pulso agitado: el antes de; el después.

La memoria corporal, sobresalto interminable. Ese ovillarse en piloto automático cuando alguien levanta la voz, o agita una mano, o cuando la puerta se cierra de súbito. Antes de que el cerebro haya reconocido la voz enfática, la gestualidad histriónica, o la brisa, ya se han activado otros procesos. Como si fuera ayer, el miedo. Pero es hoy. Este año, además. Hasta cuándo.

Termina 2014 y continuamos sin Ley de Protección Integral de la Infancia. La ley de violencia intrafamiliar no es suficiente para casos como el que atestiguamos el último día del año –pues Abigail Godoy no tiene vínculo sanguíneo con el niño de quien abusó- y el código penal no contempla las necesarias distinciones para agresiones físicas a los más pequeños (por favor leer este artículo muy claro en explicar estos puntos, de Marcela Labraña, Directora de Sename). Ante hechos como los conocidos, más negligente parece nuestra demora, e incomprensible nuestra paciencia, nuestra tolerancia como ciudadanos, especialmente quienes somos madres o padres.

Como muchos, no entiendo cómo frente a un delito flagrante, la respuesta sea tan desproporcionadamente menor, o cómo es tan escasa la precaución para otros niños que quizás luego de meses -cuando todo se olvida como suele olvidarse en nuestro país- pudieran terminar a cargo de “cuidadoras/es” ya denunciados y procesados por malos tratos. Quizás debería existir un medio de inhabilitación y consulta comparable al de los ofensores sexuales, para el maltrato infantil físico y psicológico. No lo sé.

Los legisladores deben, ojalá respondan con la debida premura. Pero también nosotros, desde nuestra responsabilidad, podemos engranar en otros afanes como ciudadanos (escribir a diputados y senadores de nuestros distritos) y también como padres, madres, educadores, adultos que se vinculan con pequeños que no cuentan con suficientes palabras todavía. ¿Cuál es la mejor forma para recibir, traducir su voz? ¿Cómo los escuchamos? ¿De qué nos afirmamos?

A veces, ni siquiera habrá señas de nada. Mi hija mayor me contó recién a los 10, 11 años, sobre una nana en casa de su abuela materna quien le había dado un tremendo pellizco, una sola vez. La señora era de temperamento amable, bastante mayor y reposada, con sentido del humor. Estamos convencidas de que en aquella ocasión tuvo un mal día, pero el pellizco fue tan fuerte, impactante, tan fuera de lo conocido o esperable para mi hija -de 5 años entonces-, que no pudo verbalizarlo sino años después. No sé cuál habría sido mi respuesta de saberlo entonces, pero sé que la confianza se habría lesionado, y es probable que la relación hubiese llegado a término, más temprano que tarde.

No es sencillo tomar ciertas decisiones como padres y madres. Primero, está el cuidado de nuestros hijos, y luego las personas con quienes podemos compartir esa responsabilidad. En el examen de ese equilibrio, quizás casos de maltrato como el que conocimos (y muchos otros) puedan alentarnos en escuchar nuestra voz interna, cómo ella nos habla sobre lo que “sabemos” cada vez que nuestros cuerpos indican un malestar, por tenue que éste sea: un malestar o preocupación que merece oídos porque trae sabiduría y utilidad. Nos sirve para tomar decisiones, por ejemplo, terminar con una relación -o prepararse para ello, sabiendo que es el único camino compatible con autocuidarse, o cuidar de otro.

Cuánto tiempo antes de una renuncia (e inclusive de un despido), ya sabíamos que no era ése, nuestro lugar para trabajar. Cuántas parejas han “sentido, sabido” mucho antes de una despedida, que había un@ de ell@s que había partido ya, o se había enamorado de alguien más, o sido desleal. Cuántos seres humanos sentimos hoy, y hace rato, esa sensación indefinible de angustia/urgencia/ganas de gozar el tiempo/buscar refugio/prepararse para lo que venga/querer ver y no ver, todo lo que viene con una era donde el clima refleja los daños de la tierra, guerras suman y suman en territorios lejanos… prefiero no seguir.

Como en otras esferas de nuestras vidas, existen perturbaciones que nos dejan saber que algo ha cambiado en una relación y se ha desplazado –así sea milímetros- de un lugar inequívocamente seguro. Si ese lugar se desdibuja en relación a una persona, o una institución (por ejemplo, un jardín o una escuela), necesitamos detenernos y examinar. Si nuestra sensación  de inquietud viene además con una parte de temor, de sospecha sobre algún daño posible para nuestros niños –golpes y otras violencias: niños a quienes los han encerrado en armarios, o les gritan continuamente, o son mirados con desdén o rabia por sus cuidadores- quizás no necesitamos esperar a constatar eventos, sino darnos permiso de inmediato y acreditar nuestra fisura, nuestro ruido interno, nuestra incomodidad, la sensación de que algo no está bien. Actuar sobre ella.

Me atrevería a decir que una mayoría de nosotros peferirá quedarse con la duda de haber cometido un error (por ejemplo, al terminar la relación con una cuidadora, o una salacuna, desde una “intuición” o sensación de malestar), que con la certidumbre de no haber actuado, protegido o respondido a tiempo a nuestros hijos.

Conocí a una doctora cuya hija durante años se negaba a ir de visita donde unos tíos. De pequeña y adolescente su resistencia fue la misma, aunque ella misma admitía no tener fundamento: “no sé por qué, me tratan muy bien, lo paso excelente… pero no quiero ir ahí, prefiero que mis primos vengan a nuestra casa”. Cuando ella tenía 15, su prima de 17 develó el incesto y abuso sexual que había vivido durante años (el padre era responsable).

Aunque su hija no vivió jamás ni siquiera un tacto inapropiado de parte de ese tío, su madre (la doctora), no podía dejar de reprocharse por haber insistido siempre en las visitas (incluso en cumpleaños-pijama party), ante la ausencia de “razones válidas, de peso” para no ir. Pero esa mamá, asimismo, desde pequeña le dijo a su hija que hiciera caso al cuerpo, a sus intuiciones, a su “guata”. Su hija le creyó, hizo suyo ese aprendizaje, e insistió en expresar su disonancia, todo el tiempo que la sintió.

Existen decenas de historias sobre intuiciones que evitaron un viaje no accidentado, sino solamente ingrato, poco feliz, o bien situaciones realmente trágicas (como no subir a un bus que luego tuvo un accidente). Asimismo, todos tenemos historias donde el corazón nos llevó a conocer a las mejores amigas y amigos, al amor de la vida. Y eso que en muchas de nuestras generaciones, nadie nos habló del cuerpo, ni de intuiciones, y tampoco de buenos o malos tratos, esa distinción que no es tan obvia como podríamos creer y que jamás es prescindible. Muchos hemos debido aprender de adultos (y con no poco dolor) a distinguir entre cariños buenos y dañinos; a mirar el cielo del lenguaje, o sus infiernos, más allá de lo que expresan los nombres y verbos con que nos hablan.

En tanto los niños no cuenten con palabras, sólo podremos guiarnos por ese otro idioma del cuerpo, esa “música” compartida que, al igual que el llanto de los recién nacidos que cada mamá puede identificar (y es fascinante esa exactitud), conocemos y reconocemos en lo profundo, en etapas sucesivas y las más diversas circunstancias, cuando se trata de nuestros hijos. Confiemos en nuestra escucha. Enseñemos, también, a nuestros hijos que esa escucha es importante, que nos vean en su ejercicio. Así también un día no dejarán de atender a la voz de su cuerpo, su alma, las voces de sus prójimos.

Una última reflexión va en el sentido del trabajo: que no haga falta una bronquitis, neumonía o accidente escolar -o tragedias como un cáncer- para que autoricen nuestra ausencia por razones de cuidado de nuestros hijos (el tema de la conciliación es determinante pensando en situaciones donde necesitamos estar presentes quizás, más de una vez, durante el día, en horarios poco convencionales).

No sólo necesitamos ahondar en legislaciones humanas, compatibles con la protección de los niños y firmes en la prevención de abusos o su sanción. También necesitamos legislaciones responsables para quienes cuidan y de quienes dependen los niños: sus familias.

Que no sea un slogan fofo “el interés superior del niño”, mientras el Estado demora y se distrae (y hasta victimiza), o las empresas miran con recelo a madres o padres. Pre y post natal no deben ser un motivo de aprensión para las familias, y algún día será inncesario y absurdo detenerse a dar doscientas explicaciones y disculpas por tener un hijo que nos necesita cuidándolo, y no angustiados en un edificio antiguo o moderno, contando los segundos para poder ir a su lado.

Necesitamos ser una red, un telar mucho más grande. Poner de lado esa ilusión de autonomía, independencia o autosuficiencia que pareciera invocarse como vacuna contra la “debilidad” o vulnerabilidad humana. No somos omnipotentes ni invulnerables.

Nuestra dignidad no es menor ni menos robusta, porque debamos inter-depender los unos de los otros. La vida existe y continúa sólo gracias a esa mutualidad; y nosotros existimos en relaciones, amamos desde vínculos, no desde la cima de una montaña perdida en un planeta far, far away (quizás sólo maestros espirituales y arrieros son capaces de otra existencia, pero también nacieron y fueron cuidados alguna vez, o lo serán antes de morir).

Es muy poco lo que puede sostener en soledad: el cuidado nunca.

Nadie puede estar con un niño las 24 horas del día, todos los días de un año, y dependemos de otros. El hogar concentra horas, el jardín, la escuela, pero si debemos trabajar padres y madres y estar muchas horas lejos, entonces ojalá el cerco del cuidado pudiese ser más que cada uno y su pareja o los abuelos (si se tiene esa fortuna) o la cuidadora/cuidador o empleada de casa particular (que es otro oficio, no equivalente a baby sitter o cuidador).

Siempre puede haber alguien más, huestes paralelas de una o más personas a quienes podemos pedir ayuda (y prodigarla también), para que llamen, o pasen por nuestro hogar brevemente dejando sentir una presencia más vasta. Dejando saber que somos más de dos o diez, quienes ponemos atención por más niños que sólo el nuestro; y quienes creemos que juntos, en verdad, tenemos una mucha mejor oportunidad de protegerlos a todos.

 

(Lecturas recomendadas: Antonio Damasio “The feeling of what happens”, Bessel Van der Kolk “The body keeps the score”, Boris Cyrulnik “De cuerpo y alma, neuronas y afectos en la conquista del bienestar”, Max Colodro “Silencio en la palabra: aproximaciones a lo innombrable”, Peter Levine “Trauma through the Child’s eyes”, entre otras)

 

2280 minutos de silencio

Hay situaciones que dejan en tal estado de perplejidad, que una prefiere esperar. Dejar pasar la primera marea agitada (dispuesta a ir directo al roquerío, donde nada queda), y aguardar otra cadencia, un océano no menos indignado o herido, pero sí capaz de encontrar su voz de otra forma. Para poder escuchar.

Cuando leí en las redes sociales sobre el minuto de silencio que un diputado solicitó en el Congreso de Chile para recordar a Augusto Pinochet a 8 años de su muerte, ni más  ni menos que en el Día Internacional de los DDHH, me costó creerlo.

No podía creer que hubiese alguien  capaz de pedir ese minuto, o alguien capaz de concederlo, de no oponerse (así le costara el cargo o ir a prisión por desacato a no sé qué incomprensible legislación) para cuidar al país entero.

No era un acto privado, ni un grupo de civiles cualquiera. Se trataba del Congreso de la Nación.

Estudios ya han puesto luz sobre la escasa confianza ciudadana en nuestro Congreso (PNUD, 2014) y no somos pocos quienes hemos dejado de sentir aprecio y orgullo por él (sí agradecemos que exista un número de parlamentarios sinceros y trabajadores). Pero confianza más o menos, siempre será exigible, legitimamente esperable de nuestros parlamentarios el que no inflijan ni ahonden en daños a la ciudadanía.

Mirar desde el cuidado ético, desde nuestra salud cívica y nuestra salud mental.

Un congreso claro en su rol, habría evitado ese minuto, para cuidarnos (inclusive al diputado que hizo la solicitud):

cuidar a las víctimas, cuidar la democracia que tanto nos costó recobrar, cuidar los DDHH que están para protegernos a todos, y de cuya defensa, todos también, sin distinciones de ningún tipo, podemos y debemos sentirnos responsables.

Recordé en tiempos de trabajar en un organismo de DDHH dedicado al tratamiento de personas torturadas y de sus familias, haberme sorprendido cuando en tareas de archivo debí procesar Informes de DDHH donde se daba cuenta de situaciones de vulneración grave en otros países, por ejemplo Cuba. Una compañera de trabajo mayor (yo tenia apenas 21 años, y casi todos eran mayores entonces) me dijo “el respeto a los DDHH no es “acomodable”. Es absoluto. Y no existen silencios excusables aquí”. Agradecí estar en ese momento, y como mamá nueva. Las palabras de Mónica son un eco leal hasta hoy.

No hay silencios excusables en DDHH. Tampoco puede ser un arsenal el silencio. Y el silencio de los homenajes públicos, cívicos, debe entrañar dignidad, consideración, empatía. La voluntad y precaución de no-dañar.

Alguna vez leí, en alguna historia, que los minutos de silencio podían ser uno por cada ser humano que hubiese perdido la vida en alguna tragedia. Pensé entonces en que todavía no terminaríamos de callar por cada víctima del Holocausto, hasta llegar a guerras recientes, e historias de cada día en el mundo, los niños y niñas víctimas de criminales solitarios (como en el kindergarten de Sandy Hook, EEUU, el 14 de diciembre del 2012) o ejércitos fundamentalistas (como en la escuela de Peshawar, Pakistan, 16 de diciembre 2014)… sería un silencio ensordecedor

El día 10 de diciembre, iba hacia la universidad y pasaban por mi cabeza otras posibles situaciones demenciales, insanas –porque trizan el sentido común, la cordura, porque hieren deliberadamente, o por omisión consciente a quienes ya han sufrido demasiado.

Jamás pediríamos minutos de silencio por un número de genocidas y tiranos de quienes leemos en textos de historia, con una distancia tenuemente protectora, sólo porque no vivimos en sus eras ni territorios. Tampoco concebiríamos minutos de silencio por asesinos, por pederastas, femicidas, traficantes de seres humanos adultos y niños.

Ese día recordé también a una paciente, sobreviviente de incesto y ASI prolongado, cuando murió su abuelo (responsable del abuso). Ella tenía cerca de cuarenta años. No asistió al funeral, y tampoco los suyos (ni su marido e hijos, y tampoco su madre o sus tíos y primos más cercanos).

Al año siguiente, se realizó una misa de conmemoración y su madre sí asistió esta vez (sentía culpa por no haberse despedido de su padre el año anterior). La hija experimentó la crisis post traumática más seria que había vivido en veinte años, incluidas ideaciones suicidas. Tal fue su herida moral, emocional, y física también (no se sufre en el aire, sino en el cuerpo).

Para las víctimas de crímenes de lesa humanidad en Chile, durante la dictadura, no alcanzo a imaginar lo que pudo ser o cómo pudo sentirse ese minuto de silencio por A. Pinochet. O el que un representante del Congreso, sabiendo lo que sabemos, lo haya solicitado sin compasión ni responsabilidad en una situación donde él no podía anticipar con certeza cuáles podían ser las consecuencias para las víctimas. Y no sólo él fue responsable, sino quienes no evitaron la situación.

El hecho es que representantes de nuestro parlamento, en pleno uso de sus facultades, corrieron el riesgo de re-victimizar a sus compatriotas que habían sufrido tortura, secuestro, prisión, y/o a las familias de detenidos desaparecidos, ejecutados políticos. Familias que talvez el 10 de diciembre volvieron a evocar momentos indecibles, experimentaron flashbacks, crisis de pánico, un regreso forzoso a sus duelos (de manera intensa me refiero, porque hay duelos con los que de todos modos se convive cada día de una vida) por las propias heridas o de seres queridos, o de una comunidad. Esto es muy grave.

Grave, porque cualquier diputado o Senador en ejercicio debe saber –asumiríamos- que el número oficial de víctimas de violaciones a los DDHH y crímenes de lesa humanidad en tiempos de dictadura y con A. Pinochet a la cabeza, es de al menos 40,018. Esas son las víctimas “oficiales” para el Estado de Chile (Informe 2011)

No conocemos el número final. Pero sí sabemos de 40,018 chilenos y chilenas reconocidos oficialmente como víctimas. Dicho reconocimiento se fundamenta en que las personas hayan sufrido: 1) detención y/o tortura por agentes del estado o personal a su servicio; 2) desaparición forzada o ejecución por agentes del estado o personal a su servicio; y 3) secuestro o intentos de asesinato por razones políticas.

En el número “oficial” no están considerados exilios, exoneraciones y cesantías, enfermedades físicas y/o psicológicas, y otros muchos daños para los cuales no existe métrica ni definición. Tampoco están incluidas miles de otras personas cuyas denuncias no han terminado de ser procesadas. O al resto de un país para el cual ha sido lento y doloroso el recorrido de la reconciliación.

Entre las víctimas, recordar a los niños. En los años más tristes –según los Informes Rettig y Valech- 2200 niños vivieron prisión y tortura, al menos ochenta fueron secuestrados, ejecutados y/o desaparecidos, y de otros no conocemos su destino pues pudieron haber nacido durante el cautiverio de sus madres luego desaparecidas.

Son 2280 niños, niñas y adolescentes que quiero creer, nos importan a tod@s, más allá de nuestras edades, creencias o avenidas políticas. En minutos de silencio, si fuese uno por cada un@, serían 2280. Casi dos días. Más mujeres, hombres, padres, madres, abuel@s, monjas y sacerdotes, incluso miembros de las propias FFAA (que no cumplieron órdenes crueles), y tantas otras personas de nuestro país. No sé a cuántos minutos llegaríamos. Los duelos, además, son para siempre.

El 10 de diciembre, conversamos de lo ocurrido sólo en familia, y con dos compañeras de universidad -una de ellas británica, y la segunda, india- que se han vuelto amigas entrañables en estos meses. Las 3 coincidimos en que ningún representante de un Congreso en el mundo civilizado, podría hoy eximirse y desconocer, omitir u olvidar a su conveniencia a víctimas de violaciones de DDHH de su país. Menos pueden ser responsables de actos deliberados de re-victimización de sus conciudadanos. Ni siquiera durante un minuto.

“Uno esperaría otra conducta de países democráticos. Lo siento” y guardaron silencio: un silencio que sí agradecí viniendo de estas dos mujeres lúcidas, tanto como su “lo siento”. Una disculpa franca que habría tenido ganas de compartir o hacer llegar a quienes en verdad correspondía pedir perdón ese día, e ignoro si al momento de escribir esta reflexión, habrá habido una disculpa pública –de parte del diputado responsable, de su partido, de todo el Congreso, de la Presidencia-, pero como mis compañeras, y como much@s, yo también lo siento.

 

minuto de silencio

Escolares de New Delhi, India observan 2 minutos de silencio por las victimas de Peshawar en Pakistan. Dic. 17, 2014 (via The Atlantic)

 

Niñ@s, saudade y soledad

Dónde construir la casa, la ciudad de los niños, dónde la escuela, la vida. No dejar pasar las preguntas que informan cada tiempo y edad sobre la tierra. ¿Desde dónde las prioridades los desvelos, los regocijos?, ¿dónde el horizonte?

Activistas y trabajadores por la niñez han reconocido en el 2014, un año devastador. Unicef lo ha descrito (leer) como  “de una brutalidad indescriptible”.

Árboles de navidad, pesebres, candelabros, linternas en el agua, velas multicolores en kwanza. Festividades en diversas culturas y tratamos de recordar de todas un poco, mientras ponemos el centro en la que mejor conocemos.¿De qué niño era este cumpleaños? y podría escribir un salmo en la emoción de escuchar a mi hija mayor contando una historia a su hermana pequeña. Saltando de Jesús, a Anna Frank, Luther King, y cada familia, o lo que un niño o niña pequeña podría ayudar a cambiar, en cualquier lugar del mundo.

En NY, dos mujeres convocaron a una marcha. Miles respondieron. El sábado asistimos a la #MillionsMarchNYC, no sé cuántas personas éramos (se ha dicho que 10, 20, 50 mil) pero sumaban cuadras y cuadras, desde el mediodía y hasta la noche. Más que contra la brutalidad policial solamente, sus voces eran contra toda violencia… la violencia mayor de que existan aún en estos tiempos tantas diferencias, tanto sufrimiento.

Ese mismo día, era el día de “Santa-Con”. Otras decenas, o cientos de personas jóvenes disfrazadas de Santa Claus o con trajes alusivos a navidad, caminaban por la ciudad, y en muchas cuadras casi paralelamente a la marcha por los derechos civiles. Los “viejitos pascueros” iban de juerga, bar-hopping, de bar en bar el festejo.

En una esquina, a una muchacha activista, otro joven vestido de “Santa” (y algo ebrio) le dijo “get a job”, como si a las manifestaciones asistieran sólo personas que no tienen nada mejor que hacer, o son desempleadas, flojas, o “débiles” y dependientes de beneficios sociales: esa “carga” para el país que veía el candidato -y supremacista, en realidad- Romney, esos “otros” de quienes habló con desprecio en un acto privado de la campaña presidencial (filtrado a las redes sociales) el año 2012, asegurando su derrota.

“Los otros”, los que se ven lejos, hasta que la experiencia y la rueda de la vida, nos intersecta y nos convierte en ellos, en “nosotros”. He compartido esa experiencia con muchas familias en la esfera del abuso sexual infantil.

Viene pronto el cambio de año y 2014 hereda al 2015, quince millones de niños y niñas que sufren lo inimaginable, en distintas latitudes.

Secuestros, torturas, tráfico humano, genocidio: como dijo Unicef, “indescriptible”. Siglos de evolución humana, toda la información o educación imaginables, y nada, nada ha servido para detener y erradicar atrocidades como las que hemos atestiguado este 2014, sin pausa, sin que se aviste final.

En Chile, nos sentimos lejos, tan al sur en la Tierra. Son “otros niños”, “otros países”. Nuestra lejanía de conflictos armados y miserias inimaginables, a veces, nos permite creernos un poco más a salvo. Pero la vulnerabilidad de nuestros niños existe, de todos modos. Y para nuestro país sigue siendo demasiado el riesgo que asumimos cuando no prevenimos sufrimientos que deberían ser -y que pueden ser- perfectamente prevenidos.

Es diciembre, se va el año, y un cuarto de siglo desde el retorno a la democracia. En 1990, con don Patricio Aylwin como presidente, Chile suscribía a la Convención  Internacional de Derechos del Niño. Era un acto de inmediata apuesta al presente y al futuro, y una imagen profundamente inspiradora: de nuestra democracia como un cerco de cuidado mayor alrededor de los más pequeños. ¿Qué nos pasó?

Entre 1990 y 2014, no llegamos a materializar una Ley de Protección Integral de la Infancia.  Somos el único país de Sudamérica que no cuenta con ella, y seremos el último en tenerla. En materia de educación el trazado es confuso y en ello se compromete el proyecto de vida futuro de muchas generaciones de niños. En salud, sólo quisiera recordar  a una niña de 13 años en Carahue -y antes otra niña de 11 años, en Puerto Octay-. Su embarazo resultado del abuso sexual sin posibilidad de elegir, de interrumpir ese sufrimiento por razones humanitarias y de salud. Tanta desgraciada soledad en que la dejamos.

No podemos estar pensando sólo en penas, está claro; cada uno tiene un cierto tiempo sobre la tierra, en la vida. Pero desconectarnos de nuestra emoción y humanidad, nos deja más solos que nada. Más desvalidos.

Hablaba con una mamá, hace poco, cuyas hijas fueron abusadas. No habría podido sobrevivir la trayectoria, ni ella ni sus niñas, “si no hubiese sido por los demás”. Se refería a la justicia, vecinos, profesionales de apoyo (profesores, abogados, enfermeras en consultorios, psicólogos, etc), otros padres y madres de su escuela. Ahí estuvo lo más terapéutico, lo más sanador: la comunidad, la compañía. Ahí algún alivio.

Poder descansar, dormir, traer a nuestros hijos al hogar, la ciudad, velar por ellos, nosotros. No soy católica ni creyente pero algo resuena hondo del Salmo 127 (o 126; y su salto del hebreo al griego, latín, español, con todo lo que puede haber quedado “lost in translation”).  “Cum dederit” de Vivaldi (para escuchar, aquí), lo que no puede ser dicho con palabras.

¿Quién cuida? ¿A quién le urge? ¿Nos urge?

En Chile, el año 2012, se presentó al Senado un proyecto de Protección Integral a la Infancia (P. Walker, M.Soledad Alvear, JP Letelier). ¿Por qué no pudimos avanzar sobre eso? Ya contaríamos con la ley. Talvez, con un Defensor del Niño independiente de gobiernos de turno.

En cambio, se optó este 2014 por crear una comisión ad hoc (Consejo Nacional de la Infancia) que debe formular una propuesta legislativa de Protección Integral a la Presidenta, en el plazo de un año (al 14 de marzo 2015, prorrogables en 6 meses y eso daría Septiembre del 2015, ojalá que no).

Existen buenas intenciones y creo que todos podemos valorar actividades para la niñez, e instancias donde se ha recogido la voz de los niños. Y si fuera el 2008, 2000, 1996, apreciaríamos todavía más que se consulte la opinión de expertos y ciudadanos para articular una ley de protección integral (ver sitio web de Coninfancia). Pero es 2014, y no podemos seguir gastándonos tiempo que no es nuestro; tiempo de la nueva generación.

Miro los ojos de Emilia. Brillan, se inquietan. Escucho a mi hija mayor, hablando a su hermanita de ese “buen hombre que vivió hace mucho y quería a los niños”. Luego los porqué, todo aquello que la más pequeña no logra engranar en lo poco que ya conoce de ciertas realidades.

No tenemos respuestas.

Vuelvo a los meses y semanas pasadas, días recientes. Reportes sobre los niños en hogares de protección (y hasta cuándo serán administrados por personas ajenas al Estado, y condonado el hecho esencial de que no sean nada, pero nada cercano a lo que entendemos por “hogar” o por “protección). En el pasado, hubo niños que en dictadura vivieron las peores pesadillas, y casi siempre, a lo largo de los años, han sido más bien una línea al final, o a un costado de Infomes de DDHH sobre esa época.

El Informe Valech dio cuenta de 2200 niños que sufrieron prisión y tortura. Sólo el 2013, apenas un año atrás, una joven periodista hizo visibles sus experiencias (Gabriela García, en revista Paula). Y ahora, apenas anoche, diciembre 2014, otra periodista mujer (Consuelo Saavedra en Informe Especial, ver) abre el tema de la tortura, los sistemáticos abusos sexuales y  violaciones a mujeres detenidas o detenidas y desaparecidas, lo que desconocemos sobre el destino de sus hijos vivos, o no, pero ¿quién los busca, con qué urgencia?

En el cotidiano de una ciudad, la semana pasada se comparte la foto de un abusador de compras en el supermercado, en atuendo, o disfraz más bien, de sacerdote (y digo esto responsablemente, pensando en otros hombres que sí dedican su vida al servicio de los demás, y que jamás han abusado ni abusarían de los más indefensos).

Cualquiera de nosotros, con nuestr@s hij@s de la mano, podríamos encontrarlo en la ciudad. Su víctima, también (una niña al menos, según la justicia, pero yo le creo a su hermana, y de otros niños no sabemos).

La impunidad que nos acompaña. La indolencia, demasiado tiempo ya, y son much@s l@s niñ@s y adolescentes que también corren el riesgo de encontrarse con sus victimarios en “libertad vigilada” y pido perdón por insistir en estas miradas pero sumamos ya demasiadas historias, otro año, y siento que los finales ni siquiera felices, sólo decentemente humanos, nos eluden.

A veces pareciera que no nos importa.  Cada uno y una, en familia, de seguro nos condolemos y nos sentimos en deuda. Pero como PAIS (así en mayúscula) estamos todavía en la espera. Ha sido mucha ya. Y queda aún.

Protestas se dejan sentir de vez en cuando, pero no interpelamos a nuestro gobierno con una claro basta, o hasta cuándo, si se trata de los niños, y tampoco los distintos colectivos políticos están dando el ancho en relación a la infancia.

En períodos breves es posible observar, en todo el espectro de partidos/liderazgos políticos, las más extrañas combinatorias de desatinos, irrespetos, desorientaciones (o errores flagrantes) y no dejan de ser angustiantes, más, cuando vienen de la máxima autoridad. Puede sonar naive, pero la resonancia es cercana a soledad. No encuentro otra palabra.

Presidentes y líderes políticos pueden sumar a las personas, y pueden también incidir en la salud o el desgaste (material, moral, emocional) de una democracia, y de su gente. Si se alimenta -por acción u omisión- la soledad, la frustración, la indiferencia, no veo cómo ninguna democracia podría ser capaz de cuidar una sola vida. Menos si se trata de sus niños.

Llegando al fin de este 2014 -y aunque nos haya despertado el ánimo el Premio Nobel de la Paz otorgado a dos activistas mayores por la infancia- cuesta mirar hacia el nuevo año. ¿Cómo disponernos? Con amor, a pesar del sentimiento de saudade que nos ronda.

Saudade. Una palabra prestada y difícil de traducir si se aleja de su lengua madre (el portugués), pero que trae nostalgia (por lo que fue o no fue, lo que pudo haber sido, o lo que podría ser), melancolía un poco, y también un deseo profuuuundo de llegar a un lugar que no es todavía. Tal vez esta definición de una cantante portuguesa (ella tiene que saber mejor) sirva:

”La saudade es algo que sentimos cuando estamos, por ejemplo, lejos de quien amamos. Es un sentimiento inclusive un poco alegre, porque permite sentir el amor en la ausencia, que el amor no desaparezca. Es siempre un sentimiento de esperanza… una espera creativa… una manera de acreditar que nuestras experiencias del pasado que nos han sido significativas tienen vida futura, porque están con nosotros.  La saudade tiene que ver mucho con la vivencia del tiempo: del presente, pasado y futuro. Es un sentimiento que conecta todos estos momentos”, Teresa Salgueiro, grupo Madredeus 

Saudade como talismán, sortilegio, perdón sobre lo que no hemos realizado aún, y memoria sobre lo que, igualmente, hemos logrado aprender. Saudade como acto de resistencia ante la inacción, la dureza; con toda el alma, nuestros duelos, y también nuestra buena voluntad. Junt@s. Sobre todo para l@s niñ@s, sin más soledad.

 

 

muural

Mural realizado por jóvenes artistas (CRC Sename, ex-infractores) en Punta Mira Sur, ciudad de Coquimbo, Chile, para los niños de su comunidad.

Nuestros Puntos ciegos

And we are so fragile, and our cracking bones, and we are just breakable, breakable, breakable girls and boys – Ingrid Michaelson

And if you’re still bleeding, you’re the lucky ones – Elena Tonra, Igor Haefeli

She holds the hand that holds her down. She will rise… above – Eddie Vedder

 

Apenas un día.

Primero, la difusión vía redes sociales de una obra de teatro (a estrenarse en Santiago, de Chile, hoy jueves 30 de Octubre). Su nombre: “Punto Ciego: una infancia invisible”, de la escritora y antropóloga española Iria Retuerto, adaptada y dirigida por la actriz chilena Claudia Pérez, dos mujeres grandes en sus creaciones y en su activismo antiguo en pos de la infancia. Nos conminan ahora a reflexionar sobre el abandono, la vulneración de niñas y niños desde diversos entornos adultos (con y sin intención, trasgredimos), sin perder atención sobre lo que pueden aportar la resiliencia y la resistencia desde el amor. Todo, desde los ojos de una niña de 13 años.

Unos minutos más tarde, me recomiendan como “excelente”, “buenísimo”, un video contra el sexismo que circula en las redes (FCKH8, o “las princesas groseras”).

El fin de la discriminación es un esmero que nos reúne a muchos, hombres, mujeres (apenas la semana pasada escribía sobre juicios de género y pérdidas para los niños, ver #Yorespeto). Concurrimos, pensando en el presente y futuro de nuestras hijas e hijos, iguales en derechos y bienestares. El sueño y la vindicación son clarísimos. El video al cual me refiero no es así de nítido.

Es protagonizado por niñas cuyas edades podrían fluctuar entre los 6,7 y 10 años de edad, cuando mucho. Es cosa de observar sus rostros y corporalidades: no han cruzado a adolescentes aún.

Las pequeñas, excesivamente maquilladas, vestidas como princesas, y utilizando frecuentes garabatos en inglés (what the f..k, etc), entregaban un mensaje contra la discriminación de género, argumentando que lo verdaderamente sucio y ofensivo es la inequidad y la violencia.

El tono es estridente, yo lo sentí incluso banal. No sé de publicidad pero lo que vi en el video, estéticamente, o en la comunicación efectiva del mensaje, no es destacable. En términos de la ética del cuidado de la niñez, es lamentable a secas.

En un momento, las pequeñas deben enfatizar la realidad de asaltos sexuales y violaciones –una de cada cinco niñas- preguntando ¿cuál de nosotras será? Es una pregunta vergonzante como humanidad, y además es una pregunta que hiela, que desata el ruego, que hace temer por este registro de imágenes pensando en toda niña, en la que he vivido una violación recientemente, y en estas niñas del video muy particularmente. ¿Y si fueran nuestras hijas?

En otro universo, hojas secas y polvo cediendo el paso a un colchón azul, de espuma, y de todo modos cuánto peso: su materia, su historia, las pérdidas que entre burbujas de esponja no amortiguan la vulneración.

Un cuerpo indefenso Su espectro. Miles. Ayer 29 de octubre, era la marcha de los colchones en campuses universitarios de EEUU y de algunas universidades europeas: Carry the weight together (aquí enlace a la organización). En las redes, #Carrythatweight.

El movimiento fue comenzado por una sobreviviente cuyo violador (y de dos muchachas más) permanece impune. Por meses ya, la estudiante de artes visuales de la Universidad de Columbia, NYC, EmmaSulkowicz (ver aquí, incluye video donde ella explica su gesto, sept. 2014) ha arrastrado un colchón azul semejante al que atestiguó su violación (y característico en dorms universitarios de EEUU).

Ella ha querido apelar a la consciencia de todxs, en silencio –sin pedir ayuda, pero sí aceptándola de quien quiera sumarse en compartir la carga-, y hasta que se tomen medidas efectivas para combatir esta verdadera epidemia en colleges norteamericanos, de la que no se eximen otros países. 130 universidades y 10,000 estudiantes y ciudadan@s participaron ayer de #CarrythatWeight.

Lo que comenzó como un acto de protesta personal se ha convertido en una gesta de much@s. Un movimiento que exige justicia y que moviliza el cuidado mutuo, el compartir la responsabilidad y el apoyo a sobrevivientes de violencia sexual: infantil, doméstica, en calles y campuses, dondequiera y a quien quiera –mujeres y hombres- que la haya sufrido.

“Together”… ese acento que desacata silencios y estigmas, la vergüenza inmerecida que muchas veces sienten las víctimas de abusos y asaltos sexuales. JUNT@S. La comunidad en la reparación del trauma, en la resistencia, en los cambios que necesitan ser.

Por la noche, en una farmacia, justo vi el momento en que entrevistaban en televisión, al final de la jornada (ver), a sobrevivientes de violación en universidades: jóvenes mujeres y muchachos hablando con convicción, empatía y una dignidad arrolladora (la confianza en el derecho a usar sus voces), sobre la experiencia que vivieron.

Recordé a las niñitas del video de FCKH8, la pregunta ¿cuál de nosotras será? La crueldad jamás es banal. Ni por un microsegundo.

Pocas veces me enojo de forma excesiva (sí me indigno, pero la rabia es más difícil, aunque quizás es hora), pero si hubiese podido convertirme en átomo para entrar a la pantalla, al video de youtube, les habría dicho cosas terribles a las activistas adultas que concluían la propaganda pidiendo aportar a la defensa de nuestros derechos FUNdamentales (el “fun” porque hacen un juego de palabras con girls just want to have FUN…damental rights. ¿Recuerdan a Cindy Lauper?).

¿Cuántas niñas de 6, 8 años elegirían protestar contra el sexismo de esta forma, en un video, diciendo palabras gruesas, en ese tono iracundo, preguntándose si podrían ser violadas a futuro, conociendo el porcentaje exacto de inequidad salarial entre hombres y mujeres, usando ese vestuario en particular? ¿Conocerán siquiera la palabra “sexismo” o alguna cercana, que les haga pleno sentido? ¿O “asalto sexual”, rape, ese desuello en cámara lenta, muy lenta?

Podríamos preguntarnos, cuando esas niñas crezcan, qué pensarán sobre su participación en ese video, de qué manera habrán evolucionado sus miradas, sus relaciones, sus entusiasmos o descontentos.

Si han de ser activistas, ¿elegirán la misma forma, o una distinta, para defender una causa entrañable? ¿Será ésta -la no discriminación- su causa, o será otra, o no será ninguna en particular? Ojalá toda niña y niño tuviera tiempo suficiente y expansivo para la exploración, los discernimientos, sus decisiones. Suyas. El eje del cuidado sobre sus propias vidas, al crecer.

Algo está ausente. Algo se pierde en más de un punto ciego.

Pretender combatir el sexismo utilizando a niñas pequeñas para una propaganda que por política que pretenda ser, sigue siendo propaganda (seguramente, hubo un casting, firmas de contratos o autorizaciones de adultos para que las niñas participaran, ensayo de guiones, coaches), es a lo menos una contradicción y me atrevería a decir, una trasgresión que evoca -en algo, o en mucho, y para mí es demasiado- la utilización de niñas y niños para campañas de modas, o para graficar catástrofes naturales o humanas (junto a los duelos y estrés post traumático que éstas generan). En estas situaciones escuchamos más pronto las voces adultas y sus cuestionamientos. Por qué no ahora, entonces: con estas niñas. Ausencia.

Orientarse desde otro lugar. Puede haber otra forma.

Claro de voz, un grupo de adolescentes y la Declaración de las Niñas (The Girl Declaration, texto completo) con propuestas de 508 muchachas sobre las realidades donde sus vidas encuentran obstáculos, y peticiones al mundo adulto, pensando en la Agenda de desarrollo post 2015.

Es un video sencillo, centrado en el derecho a una voz propia (ver aquí, sin subtítulos en español, pero se entiende bien el mensaje) y en las soluciones que se requieren hoy, pensando en 250 millones de niñas en la tierra. El material deja sentir cuidado, coherencia.

Resulta muy distinto y muy vitalizador, además, ver a jóvenes participantes de una iniciativa donde ejercieron consentimiento, donde aparecen tal cual ellas son y donde pueden expresar un mensaje con sus palabras y sin necesidad de agresiones.

Agresión no es igual a indignación. La indignación lleva otra energía, otro gobierno de la voluntad, otra dirección para resistir y transformar lo injusto.

Pensaba en mis hijas, y en la hija de una querida amiga que hoy también (todo ocurre en un miércoles), chiquita como es, defendió con asertividad y un sano enojo (sin agredir a nadie, sólo estableciendo su derecho a decir “así no”), los límites de su corporalidad en la arena de juegos de su jardín.

Indignación. No agresiones. Ni de la pequeña ni de su mamá. Ambas de la mano en un espacio de protesta y también de construcción: hablar las madres, decir “tenemos un problema”, cómo corregimos esta situación y nos ayudamos. Establecer la necesidad de disculpa y enmienda que entre niños, a los 5, 6 años, es un aprendizaje con valor, necesario siempre. Aprovechar el momento.

Vuelvo al video de las niñitas vestidas de princesas, maquilladas. En cualquier otro escenario, estos mismos elementos habrían suscitado las objeciones y reclamos de activistas por los derechos de las mujeres y de la niñez. Ayer, era casi unánime la felicitación de la iniciativa. ¿Vimos el mismo video? La resonancia de un “punto ciego”.

A mayor velocidad, mayor riesgo de perder cosas de vista. Pausa, entonces. Para ver a l@s niñ@s. Para vernos.

Muchas veces en las redes se comparten cosas sin leer antes, sin revisar. Es todo tan rápido, tan inmediato. Se opina sobre un joven muerto en una explosión, sin esperar saber los resultados de la investigación, o sin detenerse a pensar en que –responsable o inocente (y era inocente)- detrás de ese joven había una mamá, un padre, personas que lo querían (y sabemos que hay amores que no son condicionados a la virtud o los errores de quienes amamos; sólo amamos, también ahí tenemos nuestros puntos ciegos, tan humanos).

Las cosas que se dicen en la prisa, las palabras que muerden, pasan por encima, dejan todo seco y ennegrecido como luego de un incendio. Cuánto podría evitarse con un poco de lentitud, apenas un poco. Sé que tampoco sobra el tiempo.

Ayer no hubo espera. El video iba viralizándose y más crecía mi resistencia luego de verlo varias veces. Compartí reparos y signos de interrogación con colegas que trabajan en niñez, expertos en género, y en publicidad. Buscaba respuestas. Buscaba poder, sinceramente, sentirme equivocada, exagerada.

La voz que va cuestionando internamente, “quizás he sobreprotegido a mi hija”, “quizás estoy mal, perdida”. Tropiezan y sin querer se hacen zancadillas la madre-la profesional-la mujer: eso debe ser. O tengo mi propio punto ciego: el abuso, estudiar ética del cuidado, la edad (¿una vieja inflexible, fundamentalista, poco moderna?) y así, decenas de argumentos más para poner la censura o el signo incierto en mí pero no en activistas por los derechos humanos, la justicia, la igualdad.

Punto ciego también en otras realizaciones. Las agendas por las “buenas causas” necesitan ser las primeras en pensar “en cuclillas”, a la altura de los niños y niñas, de los derechos que debemos cuidar para ellos, y del respeto por el tiempo de su niñez y lo que cada etapa en ella permite preguntar, comprender, asimilar.

No termino de desanudarme y en eso mi hija menor llega a mi escritorio. Yo justo revisaba el material y en los segundos que me tomó cerrar la pantalla, su voz estaba en alerta: ¿qué dicen las niñitas con tanta rabia?, ¿por qué dicen fuck?, ¿por qué lo cerraste si es para niños?

Trato de explicarle algunas cosas acorde a su edad, y que en realidad el video está pensado para que los grandes entiendan algunas cosas y cuiden mejor a las niñas, y también a los niños (eso fue mi agregado). Me liquida con un: “¿Y entonces por qué no piden eso los grandes a los grandes, entonces?.

Pocas horas de sueño, no sé si quiero continuar esta conversación que siempre está en curso, pero hoy no me siento con ánimo. Llega unos momentos más tarde mi hija mayor (recién en estas latitudes). Luego una colega querida.

Ambas, antes de decirles nada, comparten las mismas aprensiones sobre el video. ¿Si es esa la forma elegida, por qué no lo hacen sólo activistas adultas?, ¿Dónde queda el cuidado, el consentimiento, el respeto por el tiempo de la niñez de esas niñas?, preguntan.

Definitivamente punto ciego, quizás sin intención ni doblez, pero punto ciego al fin. Por eso, más allá del sentido que tenga en este escrito, no querría volver a ver ese video. Sin ningún ánimo de apoyar su difusión, aquí comparto  enlace de la campaña para que puedan verlo con calma y formar cada uno y una su opinión.

Observarán que no incluye un disclaimer o aclaración sobre puntos relativos a la autorización de las niñas a participar (y si lo pensamos, más cuidado se señala por los animales, al final de películas o comerciales), o bien, sobre el carácter adulto del material, o eso me pareció (inadecuado para niñas y niños pequeños, al menos). Tal vez se dio por entendido. Tal vez no hubo tiempo; o sólo impulso. Arrebato.

Detenerse un momento. Cómo llegamos aquí. Cuál fue el territorio salvaje –dentro y fuera del alma- donde la grieta comenzó, miles de años atrás, y uno y otro lado de esa grieta, del peligro de no poder ser nosotras y nosotros mismos. El libro tan antiguo de nuestros despojos.

Cuerpos de niñas, cuerpos de niños, la última pieza de madera en una muñeca rusa mayor, millones de ellas en la tierra, mujeres, hombres, las capas y edades que nos habitan, la vía subterránea donde vuelan aves o se estrellan aviones contra rascacielos y dejan cenizas irreconocibles. Todo. La herida moral (y física, sexual, emocional, relacional) de un orden que puso a unos cuantos hombres por encima de todos los demás seres humanos: de la totalidad de las mujeres y de muchos otros hombres también.

Cuánta separación y abandonos hemos vivido bajo la regla del padre, del sacerdote (el patriarcado) y agregaría una suerte de tesorero también… la dificultad que arrastramos, como colchones azules que también se pierden en puntos ciegos, sin que lleguemos a ver el estar junt@s, junt@s en esto: llevando, en distintos momentos, los colchones, féretros, o tristezas de unos u otros. También las esperanzas. Y no se puede a dos manos, solamente. Son más, siempre más.

A pesar de todo, aunque no sean todavía suficientes, o no podamos verlas con nitidez, son siempre más.

 “In days to come, when your heart feels undone, may you always find an open hand” — Deb Talan

“Into open hands, blessings fall” – Steve Crandell

Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual (#yorespeto)

Let the soul be assured that somewhere in the universe it should rejoin its friend — R.W. Emerson

Recuerdo que la primera marcha por la diversidad a la cual asistimos como familia fue a fines de los noventa, en otro país. Fueron muchas, y también clases con alumnos y familias, sesiones de terapia (de mamás y papás que querían comprender y apoyar mejor a sus hijos e hijas que habían compartido al fin con ellos, ser homosexuales), reuniones de colectivos pro diversidad para educarnos como familia.

En los 2000 fue ardua la oposición al intento de la administración de G. Bush de introducir una enmienda constitucional que cerrara toda posibilidad de aprobar matrimonios homosexuales (en Georgia fue una campaña sin pausa donde mi hija mayor nos llevó de la mano a muchos rallies; y cuánto aprendimos de ella y de sus amig@s). Hoy en EEUU es indetenible la evolución hacia un país completo que reconoce los derechos iguales, también en el amor, de todos sus ciudadan@s.

yo respeto

Desde esa primera marcha, casi veinte años pasaron y todo lo vivido en otras latitudes se repite ahora –con demora, pero con la misma sensación de maravilla- en nuestro país.

Lo vivimos con esperanza, alegría, confianza: hay otra pequeña en la familia y, como muchos papás y mamás, soñamos para ella  esa nación donde cualquiera sea su camino, sus amores, elecciones, oficios, proyecto de vida, pueda realizarlos.

Me cuesta entender (no sé mucho de leyes, y prefería que obraran desde el amor, con amor, no contra él, sometiéndolo a restricciones), por qué no se discutió de inmediato el matrimonio igualitario junto con el acuerdo de vida en pareja -AVP- para parejas que conviven (cualquiera sea su orientación sexual).

No obstante, como muchos, veo en el AVP un progreso y uno que agradecemos a la tenacidad de hombres y mujeres buenas, activistas y fundaciones que no han detenido su trabajo en décadas, y con mucha mayor urgencia en los últimos años. Recientemente, la propia iglesia, desde su sínodo, deja filtrar también una nueva luz.

Es un nuevo tiempo. En todo el mundo, y en Chile también. Estamos creciendo. Hay una conversación social acerca de la diversidad  –y un universo que se va creando a partir de ella, donde podemos habitar- en la cual pausadamente, o a paso más ágil y veloz, nos vamos encontrando todos y todas.

Posiciones habrá distintas, resistencias también (y lamentablemente, violencias), pero más allá de objeciones u obstáculos no podrán ser omitidos derechos humanos que son universales para todas TODAS las personas, ni tampoco desconocer que las nuevas generaciones viven y seguirán creciendo en un país distinto.

Papás, mamás, educadores -y todo el mundo adulto-, somos una voz importante para nuestros niños y nos ponemos a disposición para escuchar, responder a sus preguntas, acompañar, guiarlos. Aunque no siempre sea sencillo porque también como adultos podemos tener inquietudes, dudas, temas irresueltos, preguntas y emociones.

Confiemos en los niños, en su corazón gentil y su apertura natural a la diversidad que existe por doquier: faunas, floras, comunidades humanas, el amor y las distintas familias también. Ellos saben.

El respeto a la diversidad sexual es un eje fundamental en la educación desde la ética del cuidado. Son demasiadas las evidencias (cotidianas y en estudios expertos) sobre los daños que vienen con la discriminación, la intolerancia, la violencia, o los juicios de género.

Hace dos años, conocí de una investigación en marcha (este 2014 se presentaron sus resultados, ref: Judy Chu) donde ya se avizoraba el sufrimiento de niños varones de prekinder ante la presión de los estereotipos (impuestos por los adultos) en sus juegos, en su forma de expresar afecto, y de vivir la amistad. Llegando a primero básico, sus voces habían cedido terreno a ciertos silencios. También su forma de ser estaba cediendo, y con ella, la confianza en sí, la autoestima, diversas habilidades. Las pérdidas no son triviales.

En un salto del tiempo, los hombres grandes. Un estudio sobre estrés post traumático en sobrevivientes de guerra, llamó mi atención desde el relato de veteranos del Vietnam que agradecían, en las condiciones más desgarradoras, haber vivido tardíamente la posibilidad de relaciones de intimidad afectiva (no románticas, no sexuales) con amigos hombres. Amor.

Al volver de la guerra, sus comunidades, familias y esposas no comprendían la fuerza de esos vínculos de amistad profunda que los ex combatientes, con mucha dificultad, trataban de sostener. Un veterano muy mayor explicaba este amor profundo entre hombres amigos (como una lo ha sentido por sus amigas de toda la vida) y el desgarro de que no bastando con la guerra (y el abandono del gobierno y comunidad al regreso), debieran negar más encima sus propias almas y afectos. Amores que hacían bien; que los conectaban con su condición humana (casi perdida del todo, luego de lo vivido en Vietnam).

Las historias de estos hombres adultos no pertenecen sólo al pasado. Los niños de hoy también viven situaciones de extrema presión sobre su sensibilidad y su autenticidad. Si años atrás a los niños se les decía “no seas niñita” (para jugar, expresar emociones, vestirse, etc), se ha sumado a ello el “no seas gay”.

Cuesta entender que actuemos así cuando la sinceridad, la ternura, la preciosa intimidad que podemos vivir en una relación de amistad, de amor (también con nosotros mismos), son humanas: parte de nuestra naturaleza, de nuestra experiencia. No tienen género.

La presión impuesta por juicios de género ha llevado en algunos países a que los niños varones renuncien a parte de su mundo afectivo, y muy concretamente, a sus mejores amigos:

existen estudios que muestran como durante la básica y hasta fines de ella, al igual que las niñas, los niños contaban con un confidente, mejor amigo, una relación amorosa y contenedora donde compartir sentimientos, dudas, ideas, problemas, alegrías. Entre niños. (ref: Niobe Way, Judy Chu, Michael Kimmel, investigaciones de los últimos veinte años con niños y jóvenes de diversas culturas)

Llegando a finales de la secundaria, 75% de esos niños ya no tenía un mejor amigo. Comenzando los estudios superiores, la pérdida llegaba casi al 100% (y grupos de deporte u otros, no proporcionan necesariamente espacios de intimidad afectiva a los jóvenes varones).

Los muchachos habían renunciado a su afecto, y a su voz más íntima (la que comparte lo más profundo de su sentir): no sólo por las presiones del prejuicio (en el sentido que amistades muy cercanas serían “sospechosas de homosexualidad”) sino por lo que se espera de ellos desde la “masculinidad”. Esa expectiva conocida por los adolescentes (y habría que preguntar también a los hombres adultos en estos tiempos) que los obliga, dicen ellos, a ser autónomos, fuertes, estoicos. ¿Solos? Es una cruel desposesión.

Se habla de las niñas en una situación desoladora e inconcebible (abuso y violencia sexual, matrimonio infantil, pobreza), pero lo que viven ellas por millones también lo viven los niños en números que no podemos sólo asumir menores, sino desconocidos. El último informe de violencia contra la infancia de Unicef (2014) es claro en señalar que muchos niños no denuncian sus sufrimientos por temor, estoicismo, y para evitar ser sojuzgados, ellos y/o sus familias.

¿Cómo ayudamos a cambiar esta realidad? La pregunta del presente y del futuro no puede separar a niños y niñas.

La pregunta, aunque no sepa cómo enunciarla bien, va hacia la forma en que podamos proveer contextos y relaciones humanas que permitan a niños y niñas por igual, sentirse a salvo, aceptados y empoderados a desplegar auténticamente su ser, sus capacidades y atributos diversos. Y a cómo, también, fortalecemos resiliencias y recursos que les permitan a ambos (niños y niñas) ser parte de paisajes que no cambian de un dia para otro, y donde todavía habrá dificultades, escasez, censuras, y más de un dolor.

Ojalá en Chile nos valgamos de advertencias y aprendizajes ya ganados en otros lugares, y vayamos sumando otras historias. Ya existen. He conocido de colegios donde hoy en día están trabajando programas para promover la igualdad de género (y también JUNJI, en sus jardines de administración directa), así como la inclusión y el cuidado amoroso de niños y niñas homosexuales o transgénero con toda la comunidad haciéndose parte.

Más allá de las definiciones y los géneros, volver sobre los seres humanos pequeños y pequeñas a quienes estamos protegiendo, amando, educando.

De un colegio en Santiago surgió una website para orientarnos como familias (www.transexualidad.cl); en otro, una estudiante está viviendo su transición (a niño) con apoyo de compañeros, profesores, y apoderados no sólo de su curso sino de todo el colegio. Son historias que pronto no serán tan excepcionales, pero siempre serán extraordinarias.

En este día del #Yorespeto, quizás como muchos papás y mamás, agradezco de la nueva generación cómo nos enseña que otro mundo es posible. Sus ojos nuevos, su voz clara.

Pienso en mis hijas, en lo que he gozado siendo parte de sus vidas. Las lecciones que he recibido.

“Las personas son personas, todas distintas, el respeto igual para todas”, diría la mayor cuando chica, en reclamo por las clasificaciones de género. La más pequeña, de 6, no conoce las palabras gay, lesbiana, homosexual. Como su hermana, y como otros niños, desde pequeña ha compartido con parejas y familias diversas y no existen los nombres cuando ve lo mismo que en su hogar, en tantos hogares: cariño y cuidado de unos por otros, especialmente de los adultos hacia los niños.

En la última marcha por la diversidad y no-discriminación de mayo 2014, Emilia se quedó fija en un grupo de hombres transvestidos (no estoy segura de si el término es el correcto). ¿Están disfrazadAs porque es la fiesta de las “familias distintas”? Sí, le dijimos. ¿Puedo hablar con la niña de rosado y hello kitty? Por supuesto, si ella quiere también, ¿preguntémosle?

Nos acercamos a él/ella (me cuestan las conjugaciones) y nos acogió con una amabilidad inmensa. Me preguntó, como mamá, si le permitía comer dulces a mi hija. Dije que sí, que en general sí (aunque algunos no nos parecen seguros, por si se atora). ¿Estos están bien? Eran unos koyac (quizás se llaman distintos en estos días), pero chiquitos, estaban bien.

Mi hija le pregunta por su ropa, su cabellera, su cartera (muy colorida), y  en todo recibe una respuesta dulce, lúdica. Luego Emilia le pregunta si pueden retratarse juntas. Ella le responde “hay que preguntarle a la mamá”.

Me emocioné y no sabía cómo se detiene el tiempo o se atesoran momentos así, de tanta inocencia y respeto entre seres humanos, de tanto cuidado de la manada adulta por los más chicos. Asentí, y vi a mi hija alzada en brazos, brillando al sol esas dos cabelleras radicales y alegres, una de color naranjo, la otra de color rosa. Qué momento único. Inolvidable.

Tomamos la fotografía, Emilia feliz, y mi marido también, que fue llamado por la más chica a sumarse al grupo. “Qué tierna la señora”, comenta mi hija al alejarnos. “Su voz era un poco distinta eso sí, como de niño”. ¿Tú la escuchaste distinta?, y en esa repetición de sus palabras y en el tiempo que gano, intento prepararme para la conversación que pueda venir (aunque preferiría que fuera más adelante en esta esfera de la diversidad). “Sí mamá, pero todos tenemos voces distintas”. Acto seguido pasó a comentar otras cosas, los globos, el cielo, un edificio antiguo.

yorespeto

Hasta ahora no se ha abierto una nueva conversación, pero mientras residimos en Nva York, la más pequeña ha cruzado camino, al igual que otros niños, con decenas de parejas de mujeres, todas las edades, y hombres también.

Nos tocó que en el metro, una pareja de lolos se sentó frente a nosotras en un trayecto largo. Iban riendo y siendo muy cariñosos (nada excesivo, sólo una ternura arrolladora). Disfruté viendo a mi hija mirarlos con una gran sonrisa y curiosidad. ¿Son pololos cierto?, pregunta. Le digo que sí, “como tu hermana y Jaime”. Ahh, y ríe con travesura, sin “pero…”, sin más preguntas, tan ligera en una edad donde ya presta atención a las claves y a la noción del amor romántico (que a los 3,4 años aún no estaba presente). Este amor, y el amor por su familia, el cariño por sus amig@s.

El amor que no trae sombras ni reproche, tampoco nombres; que no ve diferencias y sólo reconoce a personas que se quieren.

Escribo esta mañana, lejos, y me pregunto cuántas historias más cómo ésta tendremos para contar. Las nuevas generaciones de niños y niñas viven este tiempo de una forma que puede iluminarnos a todos. Ojalá en este blog, en múltiples espacios y diálogos, otros papás, mamás, herman@s, educadores, pudieran compartir historias de sus hij@s, alumn@s (por favor, sería increíble). Estamos entre tod@s aportando a un tomo mayor en un estante de libros muy querido, donde vamos sumando las etapas de vida de esta nación. Ésta es una buena etapa.

Que sea una bella marcha la de hoy, #Yo respeto

 

yorespeto family En Battery Park, NYC, 18 Octubre 2014, #yorespeto para igual celebrar el buen día.

 

Serie de Diversidad Sexual y la Nueva Generación: Cómo conversamos con nuestros niños (publicada en El Dinamo). Van cinco columnas a la fecha (quedan 3 pendientes). Gracias por concurrir en su lectura:

Introducción  http://bit.ly/1qiIktg, 0-3 años Parte I http://bit.ly/ZecQOx, 0-3 años Parte II http://bit.ly/1t332VC, 4-7 años Parte I http://bit.ly/1tBy94P, y 4-7 años Parte II http://bit.ly/1sdVwGd

 

Intercesiones

Llegar a casa y leer un artículo online sobre los niños, los golpes, la vida privada y los derechos de los adultos. Pausa.

Antes de decir nada, recordar la sala de espera del primer pediatra de mi hija menor: un hombre que le hablaba a Emilia (recién nacida) como si ella hubiese podido comprender que le pedía permiso para moverla, tocarla, escuchar sus latidos.

Al terminar, le agradecía (con el gesto de Namasté), el que ella hubiera permitido realizar el examen. He contado esta historia decenas de veces (y no me cansaré jamás), pero hoy recordaba, además del doctor, a una mujer a quien conocí en su consulta.

Era una mamá mayor, con tres hijos de edades cercanas (10 meses, 3 y 6 años). Trabajaba en ventas, corría a buscar a sus niños a sala-cuna, jardín y escuela respectivamente, y pasaba la tarde con ellos, conectada aún con clientes vía remota. Como una mayoría de familias en EEUU, no contaba con más red de apoyo que ella misma y su marido, fuera de casa jornada completa.

Conversando de las tensiones y desafíos de cualquier maternidad, y específicamente en los cuarenta, a la mención del cuidado mutuo (no como una gracia o un favor, sino como un atributo clave en nuestra continuidad como especie), ella tuvo la generosidad de compartir esta historia.

Con tres niños hablando, discutiendo, resistiendo dormir o comer todos al mismo tiempo, se volvió más difícil conservar la calma. Los gritos se hicieron más y más altos, y en situaciones límite, también las palmadas –aunque se había jurado jamás castigarlos como a ella, de niña.

Se sentía cansada, derrotada, y una “mala madre”. Era 2008 además, el año en que el mercado colapsó y muchas familias perdieron sus hogares. La suya luchaba por mantenerse a flote.

Una tarde cualquiera, una vecina llegó a su puerta. Le pidió disculpas por la visita sin anunciar, y le dijo que por algún extraño cruce de ondas de radio, el monitor en el dormitorio de su bebé registraba lo que ocurría en el hogar aledaño, transmitiendo en vivo sus discusiones con los niños (y los golpes también).

Consciente del riesgo cierto –dada la legislación norteamericana- de ser denunciada a servicios sociales, y de perder la custodia de sus niños, apenas pudo escuchar la última frase de su vecina: “… y tus sollozos cuando estás sola”.

La mamá “de al lado” no venía a increparla o amenazar con denuncias (aunque su sola aparición bien funcionaba como advertencia y llamado al cambio), sino a preguntarle si aceptaría su ayuda. Era más joven, tenía un solo hijo, estaba en sus treinta y no planeaba tener otro como asimismo no planeaba trabajar en un largo tiempo (y podía elegirlo así).

Traía sus papeles –la delicadeza de querer avalar que era una persona “seria”-, compartió varios detalles de su vida (nunca antes habían intercambiado más que un “buenos días, tardes”), y ofreció cuidar una tarde completa a los tres niños para que su mamá pudiera salir sola, o estar sola, en silencio, en descanso. A continuación propuso dedicar un par de horas (dos o tres), un día al menos de cada semana, como apoyo hasta finalizar ese año (era comienzos de agosto).

Cuando conocí a la mamá en la consulta del pediatra, llevaba un mes en esta forma de cuidado compartido (apoyando, a su vez, a la mamá vecina con compras de supermercado y algunos trámites). Me contó que aunque todavía gritaba algunas veces –soy “gritona” en general, diría ella-, no había vuelto a golpear a sus niños. Pero tenía miedo de cantar victoria: permanecía atenta, un día a la vez. La disciplina de su amor.

Recordando esta historia, pensaba no sólo en el poder de la empatía, la solidaridad, y una serie de acciones que, si bien entre desconocidos, hablan igualmente de amor. Sobre todo pensaba, a la luz de lo que había leído esta mañana, en cómo la forma que tenemos de acercarnos y vincularnos al otro, hacen toda la diferencia.

La curiosidad, insisto, antes del juicio o la ofensa: ¿qué estará pasando, puedo preguntarte, podría ayudar en algo? Nos pueden decir que sí, o no. En el respeto, frente al disenso o el silencio, recibimos el límite. Pero también sigue siendo un gesto de cuidado, y justo, elegir interceder por el más indefenso. No es fácil. Pero la pregunta persiste: cuál, o cuánta injusticia o violencia podemos atestiguar sin interceder. O no podemos.

Si vemos en un hospital que una enfermera o enfermero trata de mala forma a un paciente, podemos hacerlo ver, saber; podríamos decir algo oportunamente. No se trata de invadir o hacer labor policial (nada más lejano) en la vida de otros, sino de cuidar, o sólo ser humanos. Responder de la forma en que acaso querríamos otro velara por los nuestros, si estuviéramos ausentes. Sobre todo si se trata de nuestros niños.

El argumento de la no-intromisión (no me puedo meter; la vida privada; las libertades y prerrogativas de cada quien) no alcanza cuando la fragilidad de otro está en juego; frente a la violencia, la no-intromisión equivale a no-auxilio, no-compasión, no-cuidado. Abandono ciego

Hace unos días me dije en voz alta “pero qué tonta” (había quemado el pan que quedaba, todo, en el horno). Mi hija chica irrumpe (y enseña): “te olvidaste mamá, fue un accidente, no te digas eso”. Podría escribir páginas sobre este pequeño y tremendo intercambio, pero por ahora sólo necesito volver a la intercesión que es cuidado puro, en el error, el desborde, o la indefensión si hubiese sido el caso.

¿Podemos hablar? me parecen hace años palabras valientes. Intercesión no es sinónimo de intromisión, y he oído, a mi edad, a demasiados adultos decir que “ninguno de mis amigos tuvo valor de decirme, aconsejarme, llamar mi atención”, esto, antes de que procesos de deterioro en relaciones de pareja fueran irreversibles, o de que hijos adolescentes naufragaran (“¿Cómo nadie me conminó a ver?”).

Interceder para prevenir y también para iluminar, celebrar. ¿Podemos hablar?: de virtudes, del lindo gesto de tu hij@, de lo admirable que es tu pareja, de lo bien que lo hacen ustedes como familia.

O bien ¿podemos hablar de derechos, cuidado, de formas de relacionarnos, convivir, protestar, hacernos pedidos los unos a los otros?

Cuesta pensar que los golpes deban formar parte de nuestras discusiones, todavía. Escribía en un posteo anterior, sobre el compás interno, los varios aprendizajes y experiencias, además, que nos van dando señales sobre lo que siente bien, lo que es compatible (y no) con la vida y el respeto a los cuerpos, consciencias, sentimientos. Desde ese compás, creo que pocos defenderíamos los golpes como algo bueno, constructivo.

Las gradaciones son algo relativo, y algunos adultos podrían decir hoy “a mí me pegaron de niñ@, y no me pasó nada, estoy bien, soy feliz”, y otros ni siquiera podrían enunciar las heridas profundas que esos golpes dejaron. Pero desde cualquier experiencia e historia, me atrevo a decir que una mayoría de nosotros no se sentiría con derecho a golpear a una pareja, un amigo/a, un alumno o colega, o a un desconocido en la calle, porque su conducta sea excesiva o inaceptable, o porque no nos entiende o se niegue a responder a un pedido nuestro.

Lo que puede parecer bastante claro en las interacciones entre adultos, es mucho menos nítido en el vínculo con los niños, pese a que tienen cuerpos a todas luces más pequeños y más frágiles. A casi todos nosotros, si recordamos la infancia, pueden habernos dicho alguna vez en el parque o con los primos, “cuidado con los más chicos, no se le pega al primito, la hermanita: eso es abuso”. La memoria.

El mundo está cambiando, nuestro mundo, en occidente, y son muchos los países que han considerado que el castigo corporal a los niños es una injusticia, una violación de derechos inaceptable, tal cual ya lo es y hace tiempo, la agresión física entre adultos, o incluso el daño a la propiedad, y resulta poco cuerdo –si lo pensamos- que el daño a un inmueble o un objeto sea más sancionado que la agresión a un ser humano niño (en absoluta desventaja y dependencia en relación al mundo adulto). Una agresión deliberada.

Es distinto observar a otras especies en el reino animal, donde es posible que se desplieguen conductas “correctivas” de los cachorros –para evitarles peligros- que pueden ser muy físicas. Sin embargo, sería improbable que las crías llegaran a ser víctimas de correazos, palizas y castigos cada vez de llorar o hacer una pataleta, de trasgredir un límite o de poner a prueba la paciencia de leones, aves o ballenas adultas. O quizás hay mucho que ignoro y por ahí existe alguna especie comparable a la nuestra, capaz de golpear y de cometer atrocidades mayores con los niños y las niñas, como ha sido a lo largo de nuestra historia, y aún en estos tiempos.

2014. Se recurre al argumento de la disciplina que en su origen (disciplinare) tiene relación con enseñar, no con castigar. Imagino una encuesta entre niños de diferentes edades sobre qué les evoca esta palabra. Veo sus caras.

Pocos quizás nos creerían si les decimos que junto a disciplina vienen en la ronda otras palabras como constancia, sentido de dirección, compromiso, propósitos, habilidades, un camino para conocerse y regularse, para cuidarse también. O la alegría, la satisfacción encontrada en la autonomía, en forjar el propio carácter, en la noción de cierta fortaleza sin la cual no lograríamos algunos cometidos entrañables.

Disciplina hay en el dominio de una destreza como bailar, pintar, escribir; en la capacidad –cuando más grandes- de hacer ciertas cosas por nuestra salud, o de seguir un tratamiento médico cuando enfermamos, o cuando luego de un accidente, debemos sanar una pierna o una mano lesionada; disciplina hay en historias bellísimas de hombres y mujeres que no cejaron hasta inventar algo magnífico y útil, o hasta derrotar un mal, una tiranía, un sufrimiento evitable. Podría continuar con los ejemplos, tantas latitudes y comunidades.

Los papás y mamás no aspiramos a enseñar disciplina a nuestros hijos para que sufran, sino pensando en su bien. Es un acto de amor. De aliento. Los golpes y palabras hirientes no alientan ni expresan amor. En eso podemos tener acuerdo, tanto como en que no es fácil la parentalidad en estos tiempos.

Nuestras vulnerabilidades y responsabilidades han cambiado mucho, y a velocidades sobre humanas. Con toda su maravilla y potencial, “estos tiempos” imponen una presión y desasosiego enormes sobre nuestros cuerpos y psiquis y es natural que esferas como la crianza no se libren de esa marca. No nos eximimos de grietas, de reflejos que apenan.

(“… y tus sollozos cuando estás sola”)

¿Qué hacemos? Aun a riesgo de ser majadera o ingenua, volver al cuidado como proposición. Los niños comprenden los argumentos del cuidado; no tanto, mucho menos, los del “deber ser”, o del “porque yo lo digo”.

Yo te aprecio, yo te amo, yo te cuido, año tras año, suman décadas ya, y sigue siendo más efectivo y persuasivo: con hijos, con estudiantes, con los niños llamados “difíciles” o “imposibles”. Dar fe.

El respeto, la escucha, abren puertas, y no: nada es mágico o instantáneo, pero con sensatez en la forma en que abordamos el tiempo, la espera en los procesos, y especialmente con los niños, es más frecuente que infrecuente observar en ellos cambios, progresos, conductas más proclives a su bienestar, su felicidad, y la disposición a aprender (la disciplina incluida). Con cuidado de su integridad. Sin necesidad de golpes.

Queridas Hijas (archivo ElPost, 11 septiembre 2013)

“We need to look, and look truthfully, at love as the key not only to our happiness, but to our sense of justice”, David Richards

 

Este escrito es la versión completa de una carta que fue publicada (con extensión limitada) en ElPost, el año pasado. Sigue siendo vigente.

 

Queridas hijas…

11 Septiembre 2013

No son las cinco de la madrugada y trato de terminar una carta en la que llevo días. Quería estar preparada, no como hace veinte años atrás.

Mi hija mayor tenía cinco años entonces, la misma edad que hoy tiene su hermana. O que yo tenía al 11 de septiembre de 1973.

Puedo recordar muchas cosas de cuarenta años, pero hoy sólo regresa el fantasma de un viejo departamento en Providencia, a comienzos de los noventa. El eco apremiante de una voz chiquita y dos preguntas de Diamela: ¿por qué pide perdón ese señor, mamá?, ¿Qué son los desaparecidos?

Tantas preguntas que los padres no nos sentimos preparados para responder. Hoy me siento igual de desprovista ante mi hija menor y acaso mis motivos para casi no ver televisión las últimas semanas (apenas fragmentos de programas, minutos, aunque conservé algunos links para el futuro) han sido una barricada inconsciente ante la posibilidad de tener que repetir un diálogo que ojalá ningún papá ni mamá tuviera que sostener con hijos de cinco años. Y de ninguna edad.

Emilia quiere ir al colegio. Hubo papás que decidieron no salir hoy, y yo misma tal vez habría optado por lo mismo si no es porque este invierno ha sido duro y las inasistencias, muchas. En el trayecto, las radios se vuelven demasiado. Mientras en algunas se comenta la presencia infame de un torturador en televisión (no lo vi), en otras estaciones reflexionan sobre este día, el pasado, la memoria.

Aquí  vamos cantando, sin intención irreverente, tampoco negadora: sólo leal a mi hija que despertó feliz (hoy le regalarían una pequeña araucaria), con ganas de jugar y de contar a sus amigas que ayer le tomaron una “foto” de sus huesos y “pulgones” (pulmones). Un día de niños. La vida de los niños.

La semana pasada, Emilia preguntó por unas imágenes en blanco y negro mientras mi marido veía televisión. Enmudecí. La abracé y la llevé de vuelta a su cama. Menos mal, no insistió.

Con su hermana fue distinto, a su misma edad. Llegó silenciosamente y desde la puerta vio conmigo –sin notarlo yo- el noticiero donde un alto militar argentino pedía perdón públicamente a su nación por violaciones a los DDHH ocurridas durante la dictadura. En esta sola frase había más palabras de las que podía explicar a una niña: violaciones, derechos humanos, dictadura.  La más difícil: “desaparecidos”.

En toda honestidad, habría querido salir corriendo. Pero hice lo mejor que pude sin hablar de Chile todavía, sólo de Argentina. La inocencia de mi niña. Sus ojos que no olvido, como flores de cristal. El calibre templado de cada frase y tono. No dejar traslucir espanto; ni distancia. Ser humanos no permite elección –aunque creamos tenerla- frente a la historia de nuestra especie. Miles de años.

De la historia reciente, en mi propio país, no sabía qué decir a mi hija. Me resistía a heredar la grieta, y menos quería arriesgar a Diamela al miedo o el resentimiento en la división -inevitable para un niño- entre “buenos” y “malos”, “los otros” (ellos) y “nosotros”. En su solidaridad, tampoco quería que se dibujara un punto de fuga donde ante la magnitud de las heridas más cruentas, hacia el futuro, mi niña perdiera de vista el sufrimiento o la violencia de algunos o de otros (qué terrible escisión).

En lo que se sentía como pulverizar colibríes contra las rocas, valerse de otro relato: sobre un grupo de adultos que después de una guerra enorme, la más grande y devastadora (IIGM), se reunieron para hablar de paz y respeto, y para jurar que cuidarían mejor a las generaciones que siguieran.

Diamela conocía los derechos del niño gracias a un afiche de Mafalda y su versión resumida de la Convención, colgado en su dormitorio: una lista sobria y tremenda para recordarle a mi hija que podía y debía esperar, de todos los grandes, la más alta protección. La “mamá” de esa “lista”, era la declaración universal de DDHH.

Fuimos más atrás: hasta tiempos de las cavernas, primeras letras y ciudades, templos y dioses, milenios de convivencias y luchas, fragilidades y transformaciones en nuestra especie, fracasos también. La crueldad, contrapesada con toneladas de buenas obras, creaciones artísticas, capacidades de amor, pero ineludible esa posibilidad (del daño), ante los ojos de mi niña (su mirada que no cambia, aunque ya tenga veinticinco años).

El trayecto es breve, el día es hoy tan gris. Emilia corea “Paradise” de Coldplay mientras recuerdo a su hermana: “Es bueno pedir perdón si uno hace algo malo, pero no veo cómo nadie pueda perdonar a este señor y sus compañeros … ¿por qué no está preso?”.

La canción cambia, el eco de veinte años atrás no capitula: “Yo al menos, si les ‘hicieron’ algo así a mi familia, no me vengaría, pero no los perdonaría nunca jamás…y menos si no dicen la verdad”.  Anoté en mi diario de esos años la experiencia. Tan mínima me sentí como mamá, tan confundida. Responsable.

Volver a altares, o pilares necesarios. Sólo anoche, no recuerdo en qué canal, vi a la Sra. Ana González de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Con la misma templanza de mi adolescencia –cuando me explicó, sin odio, la historia patria que mi familia temía contar- compartió ayer cuánto soñó ella ganar la lotería para ofrecerla a los captores de su familia (su marido, sus dos hijos, su nuera embarazada, desaparecidos) a cambio de alguna información sobre su destino.

Miré a mi marido de reojo, me levanté luego para ver a Emilia dormir, angélica. Recordé a la Sra. Ana de mis quince años, al equipo de terapia en el DITT de Codepu, años después. Todo lo que aprendí no solamente sobre psicología del trauma, sino sobre el valor de la memoria, sus actos acto de amor y digna resistencia: conservar un puesto por siempre listo en la mesa; escribir cartas con dibujos, los niños,  a papás o mamás que no regresaron; escribir un nombre cientos de veces, en servilletas, boletos, cuadernos, bordes de revistas, hasta dejarlo grabado en cielo; batallar contra el tiempo que desvanece olores -la ropa limpia o la que quedó sin lavar- de blusas, camisas o chalecos entrañables.

El frío.

Un frío imposible, de no poder abrazar, de pies que en la cama tocan puro abismo antes de dormir, y no (ya nunca) los pies más queridos del mundo. La ternura ahogada, el deseo, cada célula (cada una) en desvelo. Yo no conozco ese frío, esa ausencia. No sé cómo puede ser ese dolor; la condolencia se siente precaria, pero es sincera. Y jura. Nunca más. Nadie.

Otro 11 de Septiembre nos resultó cercano, en EEUU, el 2001. Uno de mis familiares salió -camino a una reunión- diez minutos antes de que abatieran a la primera torre. Muchos de sus colegas trabajaban a esa hora. Sus familias no pudieron despedirse. Tampoco darles sepultura (no hubo un puñado de cenizas siquiera). En el calendario paralelo, queridas amigas que habían migrado desde países como Irán o Irak, décadas antes, se habían vuelto sospechosas para sus propios vecinos, o para sus propios hijos.

Fue un tiempo de congojas indecibles.  Mucho miedo. Alguien me había dicho en la juventud que el número 1 era mágico, pero cómo creer: ya iban dos veces, dos septiembres, dos once sin escarcha tornasol, sin haces boreales. Sólo el duelo se propaga. Y la añoranza de otra era.

Septiembre 11. No sé cómo se libera un día así; cómo deja de ser rehén y vuelve al engarce de los demás días con sus estaciones, ritos, responsabilidades cotidianas. Poco a poco, quizás (si es que, alguna vez). Con gestos tenues, cuidando de no asustar a la criatura que se ha habituado a la oscuridad; una cucharada de lumbre a la vez, o una mano, para que nos huela y reconozca, nos deje acercarnos, encontrarnos. Para escuchar otras voces desde otro corazón. La injusticia no necesita escribir su historia desde el odio; la justicia, menos.

Law like love, en qué minuto se separó todo. Me cuesta pensar en un poder mayor y más resistente contra la injusticia que el amor (es cosa de ver cómo respondemos si dañan a quien amamos: nuestros hijos, un hombre o una mujer, el prójimo, una tierra, una montaña, una nación, seres de floras y faunas ya quebradizas). Me cuesta pensar en otro poder mejor dispuesto para imaginar y proponer, para escribir otra historia. Law, say the gardeners, is the sun…(W.Auden, Law like Love), ¿y para nosotros?

Atardece, indeciso el día entre una congoja intraducible y ganas de volar lejos. No hablaré con Emilia todavía, pero llegará la ocasión. Tal vez habré logrado terminar mi carta para ella, o repetiré la frase del comienzo (queridas hijas, querida pequeña hija) como un sortilegio protector antes de contar la historia.

Tal vez otros papás y mamás se preparan también para caminar con sus hijos, y compartir esa historia que es sólo justo que los más pequeños y jóvenes conozcan.

No tenemos que hacerlo solos. Deberíamos ser muchas voces –familias, colegios, la nación entera-, acompañándonos. Que podamos constelar al fin, alrededor de los hijos de todos, un círculo de nombres y lámparas que les ayude; que convierta a la memoria en acto de cuidado mutuo, y autocuidado, ante su futuro.