No se trata de censura, sí de responsabilidad

escrito se encuentra en este link, mil gracias.

 

 

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Me gusta, no me gusta

To sustain hope requires us, moment by moment, to hold steady, to stay with ourselves and each other.–Carol Gilligan 

Would we open to each other’s sweetness, if we quit asking, what’s next for me?”– Mary Oliver

Leía anoche una serie de afirmaciones de un líder espiritual y político chileno, el sr. Alfredo Sfeir, y comenzaban con #NoNosGusta. Recordé lo que se siente al escuchar a otros, o en la propia voz interna, decir “no quiero, sí quiero”, o “deseo esto, y no esto otro”, “aquí sí; aquí de ninguna manera”.

Lugares decisivos que cruzan de la infancia a la adultez: las preguntas sobre crecer, qué me gusta y qué no, qué podría ser o no “ley”, mis códigos, términos de conducta, coherencias; con qué no querría consentir jamás. De qué forma quiero, preferiría vivir, y cómo no.

Preguntas que entrañan preferencias, elecciones, éticas preferidas, formas de decidir: las mismas que, poco a poco y desde que nacemos, construyen el suelo del consentimiento –que ejerceremos de adultos. Preguntas esenciales para una tríada protectora en prevención de abusos, el aprendizaje de la responsabilidad, y en la promoción del cuidado y autocuidado: derechos-límites-preferencias.

Qué tremendo poder, creo, poder aprender desde niños qué derechos tenemos, qué lugar en el mundo (igual a todo ser humano, sólo más pequeños). Entender que también otros deben gozar de los mismos bienes para la vida; afinar cambios, crecimientos, predilecciones, deseos, realizar elecciones portentosas, una de ellas, los límites.

Hasta dónde llego, qué sí y qué no, y aunque no siempre podamos vivir en concordancia con estas directrices íntimas –por motivos a veces ajenos a nuestra voluntad- que al menos la claridad sobre ellas (y la claridad sobre nuestras contradicciones, también), nadie nos la arrebate, como tampoco la mutualidad de un respeto que de ser sacrificado, nos arriesga a desequilibrios, sufrimientos, nuestros y de quienes amamos en la primera línea, y de otros prójimos, y así hasta no ser capaces de visualizar o contener su alcance.

Hay pensadores brillantes que reflexionan y explican mucho mejor estos procesos, pero desde la sencillez de observar nuestras conexiones, sé que si hoy digo “no importa tanto –y no me involucro, y omito- que otros niños y familias vivan en la miseria o no tengan acceso a una aspirina si se resfrían”, alguien podría sentir lo mismo respecto de mis hijas el día de mañana, o ahora mismo.

En un período de reposo médico, los tiempos en vigilia permiten ponerse al día en ciertos eventos, y escuchar con mayor atención lo que se cuenta y declara en el lugar donde uno vive, su comunidad, su país.

No es nada nuevo constatar la sensación de desencanto, rabia también, por tanto engaño probado y otros sospechados o limítrofes (lo que no cae fuera de la ley, pero sí de la ética del sentido común). Más de lo mismo, y pareciera no tener para cuándo terminar.

Sin embargo, no todo es la crisis en lo que llevamos vivido este año con la pérdida inconmensurable de credibilidad en la clase política y gobernante; el malestar es anterior: burbujeaba ante malos tratos, abusos e indiferencias, dichos que ahondaban cismas y resentimientos, y ese boomerang que permitió a algunos sentirse seguros, jactanciosos, juzgando a sus adversarios, invalidándolos, humillando o derechamente dañando a personas o colectivos, sin prever que todo podría venirse de vuelta y amplificado en el golpe.

Sincerarse, pedir disculpas (no hacer como que se piden), habría sido de tanta ayuda, todavía podría ser, aunque cada día que eso no ocurre, pierde fuerza en su valor. Pero aún sin los gestos necesarios, observar una voluntad de enmienda refulgente, nos haría mucho bien. 

Mientras siguen develándose hechos pasados que merman nuestra confianza, los hechos del presente no parecen muy vigorosos todavía, y desde el futuro imagino varios pares de ojos confundidos, expectantes, casi queriendo viajar a este ciclo para advertirnos y aconsejarnos, o rogarnos, que por favor emprendamos buen curso porque nos estamos jugando mucho más que este solo 2015 (los abandonos que persisten difícilmente podrán superarse en la escisión, la enemistad perpetua).

Me asombra, no deja de asombrarme (por ignorancia, candor, o terquedad) ver cómo la polaridad, la violencia, el fundamentalismo nos pisa los talones. Disentir, aun con el mayor respeto, es casi una trasgresión para muchas personas. Criticar, aun cuando tengamos capacidad de también relevar lo positivo, se considera “desleal”. Realizar distinciones o precisiones (no-todos los políticos/carabineros/obispos por ejemplo, no-todas las instituciones, no-toda la derecha o no-toda la izquierda), se confunde con exoneración, capitulación, o palidez conveniente (como en el “nunca quedas mal con nadie”). Declarar que luego de todo lo que hemos sabido, no vamos a conferir confianza nuevamente a ciertas personas (y eso no excluye a la y las máximas autoridades de la nación), es casi considerado una traición y no se toma en cuenta que aún existe, a pesar de todo, el mejor espíritu para seguir colaborando en la construcción de un país bueno. Como dijo Alfredo Sfeir, también, hace falta una nueva gramática para poder entendernos en códigos que no sean polares, blanco/negro, excluyentes.

Cada uno, una, es más que una sola versión de sí mism@: existen dudas, preguntas pendientes, inseguridades, tantas contradicciones haciendo fuerza o sombra a nuestros deseos y amores. También historias, y hasta de la persona que peor nos cae o más daño pueda habernos hecho, no tenemos una noción acabada, o siquiera suficiente que quizás haría toda la diferencia… tal cual podría hacerla en nuestro caso, si otros que nos rechazan o condenan, nos conocieran un poco mejor. Creo que al menos la pregunta sobre el otro -que no cambia nuestros sentimientos y opciones, no necesariamente-, puede humanizar nuestros cismas.

Se juega el tiempo en distracciones accidentales o alevosas, tapando forados, inventando eufemismos y campañas comunicacionales que den la impresión de que no se trata de una ética sinvergüenza,de corrupciones y abandonos (y un profundo irrespeto por las personas); se blinda y casi santifica a líderes caradura y/o inept@s (sacrificando a otros, de paso), sin obligarse tod@s a recordar el honor, el gozo también, del servicio público.

Entre tanta escaramuza y tanto cálculo desprovisto de amor, se magulla el horizonte del cada día, de los meses o años que vienen para nuestras vidas, y para las generaciones que no obstante nuestra inmovilidad, siguen llegando, creciendo y desplegando alas.

A veces pienso que en las condiciones actuales decepciones e inequidad, es un milagro que no existan más violencia y desbordes en nuestro país, y habrá quienes vean en ello pasividad, sometimiento, desesperanza y resignación, pero querría creer sobre todo, quiero, y por ingenua que pueda ser, que nos queda un flanco de autocuidado (aunque se sienta tenue por estos días) donde la indignación ética no excluye la posibilidad de concurrir, y así sea heridos, hipervigilantes, o sólo a regañadientes, podamos conectarnos con un sentido de colectivo, de responsabilidad compartida (que como en todo, hasta en la pareja, no es 50-50% exacta en su distribución, y a veces será 70/30, y hasta 10/90, y más que pelear o competir por porcentajes tuyos o míos, lo importante es que juntos damos con un total imprescindible), y más aún: conectarnos con las ganas, ganas de hacerlo mejor, de hacerlo bien.

Ganas de no tener que vivir en la separación y el encono, de poder autorizarnos incluso a no sentir confianza (por un tiempo) sin por ello perder de vista la convivencia que continuamos habitando y creando al mismo tiempo. Aquí, donde también nacen, habitan y aprenden nuestros hijxs.

Respiramos, y en cada respiro, hay miles de susurros de aire más, de años atrás, de pueblos originarios, de primeros migrantes y luego miles más, entretejidos, respirando y volviendo a respirar hoy lo que un otro antes, tod@s los que han, hemos vivido, vivimos aquí. ¿Tendrá Chile un cuerpo? Cómo puede combatir una infección, con cuáles glóbulos, con qué defensas. ¿Y su alma, su psiquis, su espíritu: de qué manera se protegen, convalecen, sanan?

(No sé por qué, se me cruza la imagen hermosa de una amiga del pasado que se enamoró de su marido, ahí supo ella y nació el futuro, en el momento en que él preguntó ¿qué te gusta, que es lo que más te gusta?… con casi treinta años de edad, nadie le había hecho esa pregunta en relación a paisajes, alimentos, la sexualidad, a nada en realidad. Yo la escuché de muy adulta, también, ¿qué te gusta, cómo? Todavía estoy aprendiendo a responder).

Recuerdo los tiempos del NO, la aspiración del retorno a la democracia. Quizás no previmos cuán honda era la huella que cargábamos, o soñamos en términos demasiado genéricos, o no dedicamos suficiente tiempo a trazar el mapa, a revisarlo cada ciertos tramos, amorosa, obsesivamente incluso, con la reverencia que merecía. ¿Qué nos habría gustado, cómo preferíamos vivir la experiencia que comenzaba? Repetir “nuestra, nuestro”. Nosotroxs. Recordar esa alegría del junt@s

Hoy no parecemos estar para mucha celebración, aun habiendo motivos que en la crisis mayor, pasan hasta inadvertidos o frágiles (y el gozo se esfuma a golpe de noticias y encuestas ominosas, semanales, indolentes al ahogo cuando los países son también criaturas que respiran o dejan de hacerlo). Yo todavía estoy procesando la alegría de que hayamos podido ver un programa como Contacto (TV13) y conocer la historia de Andy (que es niña, pero nació en un cuerpo de niño), el amor de su familia, y la recepción que tuvo en las audiencias, las preguntas que se abrieron, el diálogo sobre inclusión y derechos de los niños y niñas, sin distinciones de ninguna clase.

En otro tono de emoción, más recientemente, un joven colgando de su noche inducida, Rodrigo Avilés (sólo ahora, sin riesgo vital y recobrándose), su padre que llama a la no-violencia, y acepta las disculpas del carabinero responsable de la que debe haber sido la espera más terrible de su vida (mientras su hijo permanecía en coma, sin saber cómo o si volvería a su vida). Oda de humanidad, como dice un querido amigo.

Señas. Señas de un país que, no exento de dolor y con más amor del que nos reconocemos, está cambiando, creciendo, y nosotros con él (además, en un milenio que es fascinante, podría serlo, pienso especialmente en los más chicos). Cómo no va a ser motivo de esperanza, y hasta gratitud. Y son muchas historias y procesos más los que marcan bondades posibles, pese a todo lo duro e injusto que espera ser transformado también.

Ojalá, al menos, este ciclo difícil (y hasta deprimente) abra o insista en la pregunta de ¿y si…,? ¿y mañana, y qué hacemos entonces?… no es ¿quién podrá defendernos? en clave chapulincolorado, ni en la expectativa –o desidia- de que venga alguien o “algo” a sentenciar las respuestas y salidas de una u otra forma exclusiva y excluyente de otras, con una sola verdad y una sola virgen amarrada en un trapito.

Entre muchas posibilidades, la brújula insiste, a veces rotunda y otras insegura, en la necesidad de tod@s, aunque sea intensa y legítima la tentación de restarse, de usar la energía disponible, cuando mucho, en protestar y gritar alto el descontento. Ahora. ¿Y luego qué? … de la mano el ahora y el después-de: inseparables. Los niños preguntan ¿ahora estás enojado, pero después no, cierto?, ¿después te vas a alegrar? Claro que sí, decimos a nuestros hijxs. Sonreír.

Inseparables los tiempos, inseparables me gusta/no me gusta, derechos y responsabilidades, emociones de toda tonalidad, y un me cuido/te cuido/nos cuidamos que puede sonar elemental, hasta pedestre, pero con 47 años, al menos he aprendido que nada lo es, y que hasta lo más aparentemente anodino tiene su engranaje a preservar o desarticular, y no quedamos fuera en esa elección.

Vivir (sentirse en el hogar). Cómo queremos, quiero vivir (sin amor, no. Prefiero con).

Me gusta/no me gusta, el runrún que no cesa, la disposición a que esas palabras puedan ir siempre “tomadas de la manito” como dice mi hija menor. Y luego de nuestros duelos por todo lo que no nos gusta y nos ha dañado, poder quedarse un momento, sólo un momento, y otro, y otro más, cada vez más largo, en el “me gusta”, “me gustaría”, todo eso que abona los sueños pero no como adornos o salmos a repetir sin mayor sentimiento, sino como declaraciones de amor, tan grande: proyectos de vida posible.

Descansar el corazón

” You only have to let the soft animal of your body love what it loves” .

Mary Oliver.

Al prójimo ecuánime y entrañable, que también los hay, no le seduce la retórica del olvido sino las cuentas claras

Mario Benedetti

La infancia servida abundante y hasta excesivamente por el Estado, debería ser la única forma de lujo -vale decir, de derroche- que una colectividad honesta se diera, para su propia honra y su propio goce.La infancia se merece cualquier privilegio. —  Gabriela Mistral 

1.

  • Los ojos pueden ver todo, pero no a ellos mismos, ¿cómo podríamos hacer para ayudarlos?
  • Los niños chiquitos no quieren dormir solos porque las almohadas no dan amor, y tampoco tienen brazos para abrazar.
  • Si yo miro el fondo del agua ¿ella me mira a mí desde ahí? …
  • No entiendo por qué tengo que aprender “cafilagría” si las teclas son más rápidas, pero igual las palabras tinene que ser más felices “de la manito”.
  • Yo sé, AHORA, que me gustan los animales y los planetas. Después voy a saber qué “me gusta después”. ¿Los profesores no saben ese orden del tiempo?
  • Si no “habría” pianos ni nada que tocar, ¿vamos a cantar todo el rato por turnos así no nos cansamos?
  • Si hay niños que no pueden escuchar, ¿les podemos cantar si aprendemos eso de las manos? (lenguaje de señas)
  • Si tuviera mucho dinero se lo regalaría a todos los científicos para que descubrieran una forma que nadie pelee y nadie se muera nunca.
  • ¿Por qué venimos a la marcha “de que traten bien a todos los niños”? ¿Alguien no sabe ver que las vidas parten chiquitas y no-fuertes?
  • No te preocupes de tus ojos, mamá: yo puedo contarte cómo se ve el cielo, pero con pocas palabras. Cuando aprenda las nuevas “en los meses de después”, ahí te puedo dar más detalles.
  • Muchas veces mi cerebro es como el cielo: yo no sé cómo va cambiar de un momento “en” otro, pero es igual lindo.
  • Si yo no obligo a mi amiga a creer en el espacio y el “stardust”, ¿por qué ella me “asusta” que el dios de sus papás nos va a castigar?
  • Las mariposas tampoco tenían alas cuando eran gusanos. ¿O sea los humanos “podemos crecer” alas “algún día, después, en cien años?
  • ¿Cuántas flores han “venido” a la tierra, desde que nació? ¿Te imaginas mamá si no “se secarían”? Seríamos más flores que personas.
  • Si yo nací de tu guata, ¿ahí también hubo un big bang de mí?

2.

No quiero, me niego a que se apoderen de mis palabras, la desazón y la furia de este tiempo.

“Transparencia” era una palabra bella, hoy llena de polvo y mentira. “Acuerdo”, antes promisoria, me revuelve el estómago. Hay otras erosionadas, olvidadas, arrumadas en desvanes mientras pierden sentido, o reemplazan sus significados y sinónimos por otros vergonzantes.

Bien público, bienes para la vida, democracia, proyectos y sueños de país: palabras que apenas se escuchan ante la densidad y repetición de otras como corrupción, trampa, estafa, egoísmo, abusos.

Imagino los subtítulos en el aire ante declaraciones tediosas, slogans y frases cliché, promesas tan valiosas como mano de miss saludando y deseando la “paz mundial”.

Si las intenciones tuvieran un idioma, una lengua audible, qué estaríamos escuchando a viva voz. Mejor no imaginar.

Recuerdo cuando pequeña, no haber conocido los significados de “trabajador” o “sindicato”, pero me sorprendió que se prohibiera y temiera su uso (avalado por los diccionarios que continuaban vigentes), por mucho tiempo. También recuerdo las disyuntivas crueles que se dejaban escuchar “esto (este horror), nosotros, o el cáncer, el caos”, o consignas confusas “patria o muerte, vencer o morir”, ¿quién moriría, por qué tanta muerte?

Siempre las palabras.

Aguzar el oído, el corazón: ¿cuáles se repiten, cuáles languidecen?

Un guión está roto; es sólo descrédito, palabras vacías. Podríamos ahora tomar el lápiz y contar otra historia. Podríamos al fin integrar y para siempre, otras voces. La infancia. Sus derechos, su mirada de nuestro país.

3.

Me niego, por estos días, a ceder espacio de mi corazón. Su amor, sus bríos, o su cansancio son mi gobierno; mi derecho.

Si voy a dejarme fatigar prefiero que sea por caricias sorprendentes en la madrugada, o la voz de mi hija: ¿mamá estás despierta?, tic-tic su dedo en mis ojos. ¡Te quiero contar un sueño increíble! La escucho, semidormida, mientras recuerdo el uniforme, la blusa blanca que me faltó planchar o la polera de gimnasia lavada a medianoche. Ojalá esté seca.

Me digo que los desvelos de la noche anterior fueron adorables (junto a otros que no lo son, en un marzo exigente) y comienzo la jornada, como todos. Camino al colegio, o el trabajo, cantamos canciones favoritas. Mi hija, por alegría de vivir. Yo, para doblegar el sonido de las noticias.

Pesar, o la decepción generalizada, sin un punto cardinal indemne en el territorio nacional.

Al fin somos tod@s y no da para dedos acusadores, mesías de turno, ni el auxilio de un pasado exprimido al límite como argumento de unos y otros para justificar, unos contra otros, las más diversas aberraciones y exclusiones (cuánto daño han infligido sobre nuestra capacidad de escuchar, dialogar, mirarnos con humanidad. Es imperdonable).

Las imágenes de nuestra tierra consumida, avasallada, y la pregunta de ¿y si?: lo que pudo evitarse, ser prevenido, las vidas que pudieron ser a tiempo protegidas. Cuántas respuestas responsables y eficientes pudimos haber anticipado para catástrofes sobre las que no tenemos control alguno, pero que sabemos siempre posibles.

En la arista de la deslealtad, y la vulgaridad mayor del alma: las consideraciones del dinero por encima de las vidas de los seres humanos.

De fondo, a diario, un reverberar irritante de boletas falsas y manipulaciones millonarias. Descriterios, insensateces, negocios turbios de un hijo, y una madre que calla, desvanece. No sabía, dijo. No podemos creerlo, aunque quisiéramos. Nos jugamos el auto-respeto, la adultez si seguimos creyendo así, pueril, frívolamente. Sin cuidado. Confundiendo lealtades con obsecuencias y con falta de cordura.

Tocando la psicosis, justamente: los posibles financiamientos políticos de familiares de victimarios (yernos o así fuera el primo en vigésimo grado de un genocida) a familiares de víctimas de crímenes de derechos humanos. Freeze. Shutdown.

Las explicaciones son ridículas, insanas, tanto como ofensivos los mutismos y omisiones ante una ciudadanía que observa con angustia esa grieta vuelta fosa (los restos de tanta promesa incumplida) en nuestra democracia.

Si tuviera un cuerpo nuestra nación. Piel, huesos, como cada uno de nosotros. Qué sería si la escucháramos respirar bajo cenizas, lodo, ácido sulfúrico, quejarse de dolor mientras se quema viva o se ahoga bajo lluvias desatadas. O llorar.

Qué cansancio sentirá nuestro país. Qué angustia. ¿Y sus ganas de soñar?

¿Y sus ganas de soñar?

4.

Se publican amenazas -quizás desesperadas, impotentes, arrogantes, no lo sé-  de un político bastante viejo. Pero no senil: sabe lo que dice (otros tal vez piensan lo mismo, pero no lo dicen, o no en público). La crueldad es exacta, no resultado de un impulso. Elige intimidarnos. Elige.

“¿Quieren que venga un militar?”. No, no queremos, ni a nadie que horade -como los políticos actuales lo han hecho- nuestra democracia. Ni que nos trate de la forma en que lo hacen.

Se ha utilizado como arsenal nuestro trauma más difícil como nación, para avalar exoneraciones de un sinfín de faltas que ya no están “bajo sospecha”, sino que han sido desenmascaradas.

Sin embargo, y “Por el bien del Estado” nos piden no ver ni juzgar abusos, y aunque no lo digan con estas palabras, nos rondan: “ustedes sigan trabajando, pagando impuestos (y siendo sancionados al menor error o demora de un pago insignificante, en realidad, para la banca). Déjennos continuar con esto que llamamos gobierno, y bajen la vista.

No.

Mil veces no.

5.

Es perverso si nos necesitan cieg@s. Y no puede ser bueno para ningún Estado proscribir la luz, caminar a tientas.

Aunque duela, es mejor ver, y escribo estas palabras desde lucideces ganadas entre la niñez y la adultez, y desde la aceptación de mis limitaciones que en los últimos meses, menguan mi sentido de la vista sin que logre nadie entender por qué. Miro a mi hija, horas, los bosques, mis libros favoritos, las estrellas. Acopio belleza, como quien acopia víveres.

He educado a mis hijas en su derecho y responsabilidad de contemplar el mundo: su coherencia, su maravilla y también su injusticia, sus desastres. Recuerdo que “desastre” tiene su origen en el italiano, “disastro” (1500s): sin estrellas. Sin auspicio ni protección estelar. El ser humano a merced de calamidades e infortunios (algunos, de su creación).

Leemos esta carta escrita desde Chañaral, o nos sumamos a la iniciativa sensible y asertiva de un Juan Carlos Cruz (en las redes #FueraBarros, y antes, los mensajes a  @Pontifex pidiéndole se retractara de nombrar a un cómplice de abusos sexuales como obispo de la Iglesia Chilena).

Queremos afirmarnos de una dignidad colectiva que nos negamos a olvidar, y que autoridades y élites de nuestro país han elegido ignorar en su desenfreno por hacerse ricos, unos, y otros tantos, riquísimos.

Riqueza de poder, dinero, licencia para desacatar toda ley, ética, o decencia del sentido común. Supremacía, privilegios, y abusos: todo cabe en la riqueza, y esa palabra es reducida a desechos. Y nosotros que solíamos usarla en frases luminosas: junto al amor, la vida, la naturaleza, los aprendizajes y los vínculos que nos hacen bien.

Debemos buscar otra palabra, en reemplazo. Quizás “abundancia”, esplendor. O “plétora”. Por ahí sí. Esa palabra sí.

6.

Hoy Emilia nos preguntaba por el tamaño de su corazón. Conversábamos con su hermana sobre las investigaciones, de larga data ya, que han comprobado cómo el corazón humano se beneficia no sólo de dietas y ejercicios, sino en el afecto, la compasión. Y cómo se lesiona (lesiones observables, medibles) luego de pérdidas, desamores, duelos.

Hay mucho de duelo en estos días, y sobran razones y frentes. En el corazón, en cambio, la misma superficie pequeña de siempre (una mano empuñada) para lo propio, y para la patria que fuímos, que somos, e importa. Como cualquier hogar.

“A servir y amar a la patria”: de niña apenas podía tararear este verso en actos del colegio. Hoy, mi hija menor no logra entender eso de “la patria”, y la mayor cuestiona el tono militar, según ella, de la música y letra de mi viejo himno de colegio.

Algo de eso hay, el pulso marcial, y muy poco de “la escuela es un cielo para ensayo de vuelos, lalalá” (sería pésima compositora, es claro). Pero más allá de mis nostalgias, ese verso era completamente sincero. A fines de los años 30, la fundadora del colegio, una maestra británica respetuosa de sus colegas y de los niños, creía con todo su ser en una educación-fuente de bienes para la vida, para la comunidad (o “la patria”)

Alcancé a cantar ese verso apenas 6 meses en mi primer año de escuela. Vino el golpe militar y “patria” se convirtió en una palabra confusa, escindida; hecha jirones entre significados no sólo diferentes sino enemigos, tanto como pueden ser la vida y la muerte, el terror y la esperanza.

Pero “patria”, en el diccionario de la rae, es una palabra que incluye “vínculos afectivos” con la tierra natal o adoptiva, el lugar que habitamos y donde aprendemos también, a habitarnos: reconocer nuestros cuerpos, amores, vocaciones,  vulnerabilidades, resiliencias; y a habitar junto a otros. Patria. País. Nuestro, con o sin estrellas.

Aun en el peor trance histórico, “esto es de tod@s”. Eso me lo dijo, a mis quince años, la sra. Ana González, dirigente de la agrupación de familiares de Detenidos Desaparecidos.

A comienzos de los 80, no era difícil contagiarse de resentimiento y sed de venganza (aunque siempre tuve claro que tenía sólo 5 años para el golpe militar y que no podría invalidar a mi generación ni otras más jóvenes a perpetuidad). En cambio, una mujer lúcida me llenó de esperanza y claridad: inclusive los soldados  deberían volver, en democracia, a ser parte de la comunidad. Del “nosotros”.

Es extraño que leyendo a poetas, y admito, sobre todo en otra lengua (Louis McNeice, irlandés, fue clave) haya resucitado a “la patria” y su corazón que imagino no tan distinto al nuestro. Puede que también, ahora, necesite descanso

Ya no somos (nunca fuimos) los “ingleses” de Latinoamérica, ni jaguares o tigres (ya ni recuerdo). Los que mirábamos con alivio –otros con jactancia- no compartir los índices y prácticas corruptas del resto del continente (y quienes quizás hasta dejamos pasar la emoción al escuchar “Latinoamérica”, de Calle 13).

No hay lugar para más desdén. En cambio, sí, para la humildad que no equivale a humillación, jamás. Sólo reconocimiento de un punto siempre falible, de quiebre; de mutación de fragilidades en fortaleza (o viceversa), de crisis en posibilidad.

Patria, república. Un territorio que es todo el planeta, o un metro cuadrado donde podamos sentir pertenencia, cercanía; donde nos acongojamos si otros sufren, y nos alegramos si sus vidas son bien cuidadas. (Los niños son la mayor fuerza. Expanden la patria: nos conminan dentro y fuera de sus fronteras, hasta que éstas casi desaparecen).

Nuestra, nuestro. Repetir mil veces.

Hasta el amor.

Hasta recordar lo que nuestros abuelos nos enseñaron. Cada uno de nuestros muertos y nacidos.

7.

Hemos conocido, escuchado, leído (y casi ya, dejado pasar e ignorado), decenas de análisis sobre “la crisis” y la desilusión que parece irreversible. Proposiciones, pocas, y pobres.

Comisiones eufemísticas, o “acuerdos” (o colusiones entre delincuentes, más bien, como señalara J. Baradit, y cuánto debe dolernos resonar con estas palabras). Salvatajes de emergencia que no garantizan ni enmienda ni prevención de recaídas. Y cómo podrían.

Continuamos estancados generacionalmente (no sólo en quienes detentan muchos de los liderazgos de este ciclo político 1990-, sino en una forma de ejercerlos, que es independiente de la edad), y secuestrados en claves pasadas (pre años 70, post golpe, transición democrática).

Por supuesto nos construimos desde nuestra historia, y podemos agradecer a cada generación sus esfuerzos y luchas (y no termina el duelo por tantas vidas perdidas). Pero de poco nos sirve si el presente se nos evapora, o la línea del horizonte se avizora exánime, flat-line: a eso no querríamos llegar. Revivir un corazón apagado es un proceso de alto impacto, incluso violento. Y a veces, vano.

No queremos descampados ni zombies en el corazón. Si este país tiene uno, cómo no vamos a quererlo bien, diáfano, conectado con sus ganas de vivir, su integridad; no resignado ni latiendo a duras penas.

8.

Escribía no mucho tiempo atrás, sobre la clase política que nos hacía mal, que dañaba nuestra salud y vitalidad no solo como ciudadanos, sino como hombres y mujeres en nuestras vidas de cada día.

Es tóxico lo que respiramos entre dichos indolentes, absurdos, y la suma de delitos y actos que, si bien no necesariamente ilegales, malversaron completamente (pretérito indefinido, categórico, irrebatible) nuestras confianzas.

Los daños no son menores. Las medidas de reparación necesitan ser coherentes con la magnitud de nuestras pérdidas. Y como en procesos traumáticos –y disculpas por la comparación, pero no encuentro otra mejor- se requieren contenciones colectivas, concurrencias de todos y todas. También perdón.

Además del accionar de la justicia (“caiga quien caiga”, y ojalá antes de caer, podamos atestiguar actos reparadores como renuncias e inhabilitaciones de motu proprio), podrá ser una asamblea constituyente, los aportes a iniciativas como “tu constitución” (aunque lo lamento: mi memoria de Ricardo Lagos como presidente, me desincentiva), movilizaciones, o bien, nuestro propio radio de incidencia, nuestros actos de atención y cuidado para con nuestra democracia. Cualquier votación, elección, no puede NUNCA más ser desinformada, ligera.

El ciclo de la transición terminó, y con él, el pacto social que permitió avances -algunos inimaginables y otros incompletos, a puro patchwork- pero que también nos vistió con más de una camisa de fuerza que ya no tendríamos que llevar sobre nosotros (esa sí, sería una pira hermosa). No hoy. Y tampoco en el futuro que  “por el bien del estado” o de la democracia recobrada, ya hipotecamos en demasiados períodos, siempre a la espera de un momento más propicio, y en la medida de lo posible. Veinticinco años.

Veinticinco años. Tanta separación,  olvido de los más indefensos (la situación de la niñez, no sé cómo conservamos fuerzas para insistir). La consolidación de castas y abandonos sociales que no podemos explicar ni perdonar (nos).

Veinticinco años. ¿Cuántos nombres podemos evocar remotamente semejantes al de un ex-pdte Mujica? ¿Cuántos políticos podemos señalar como admirables, respetables, inolvidables?

¿Cuánta legitimidad, sinceramente, conferimos a nuestro Congreso, nuestro gobierno?

¿Cuántos de nosotros querríamos que nuestros hijos dijeran “cuando grande voy a ser presidente”?  Yo no. No así.

Veinticinco años, y  a pesar de la deuda que tenemos con ellas (inaceptable conforme más niños y niñas crecen y se convierten en adult@s sin que les hayamos prodigado todo lo que era su derecho recibir), muchas nuevas generaciones llegaron a la vida. Somos otro país. Hemos cambiado. Crecido, ojalá.

9.

Las salidas a la crisis, con buena intención o mafiosamente, están siendo pensadas. Pero varios metros más adelante, urge el sueño pendiente de Chile que hace mucho debió dejar atrás la cota “dictadura-democracia” y reconocer su derecho a mirar al cielo, optimista y desmesuradamente.

El ahogo mayor, es sentir que por demasiados años hemos estado como esos terneros encerrados entre cuatro palitos, frenando su crecimiento (y del modo más despiadado, para no sé qué “cuisine”).

La cota era aceptable (y con pesar) durante el primer gobierno post-dictadura. Luego no. Hace rato que no.

Hoy podemos volver a reconocernos parte y dueños de nuestro buen destino, sin camisas de fuerza ni microestablos. Juntos. Negándonos a más separaciones. No podemos ser para siempre “ellos” y “nosotros” –desde donde quiera que observemos-, porque además, nadie es ya super héroe de la historia, de la moral política, del rescate de la democracia.

Una cosa es la gratitud y otra la usura: podemos estar en deuda con una generación de líderes, pero no en sometimiento ni aceptando intereses descabellados como renunciar a saber qué han hecho o a que se juzguen sus actos sin acomodos según ideología o avenida política (para Penta sí, para Caval un poco menos). ¿En qué quedamos: no era inaceptable la impunidad? No nos hablen de ética ni transparencia si están pensando en amnistías y amnesias del grado que sean.

La vergüenza compartida ojalá no sea en vano. Pero si no puede ser una oportunidad para la humildad y autoexamen, al menos que lo sea para el retiro y cesión de espacios de quienes nos gobiernan. Es hora de partir. Es suficiente.

Soberanía. Qué palabra hermosa y gigante. Como “deseo”. Ciudadan@s que desean. Que soñamos vidas preferidas.

La rueda de la vida, los ciclos cumplidos, el tiempo abierto. Sentirnos plenamente adultos. Que pueda también la nueva generación, tomar su lugar.

10.

Junt@s.

Las responsabilidades son compartidas (pero en distintas medidas, seamos asertivos y no llevemos más carga de la que en realidad es nuestra). También la llamada “crisis” que vivimos.

En alguna parte de nuestro ser, un susurro nos recuerda que tenemos parte en esto y no se trata de culpas vs inocencias sino de venas, arterias, conexiones, vidas intersectadas, un territorio que nos encuentra.

En alguna parte, sabemos muy bien cuánto costó recobrar el derecho a elegir a quienes nos conducen y deciden, en nuestro nombre y junto a nosotros, los destinos de nuestro país.

Autoexamen, también como ciudadan@s. Es un tiempo propicio. Impostergable.

¿Cuánto respeto hemos puesto en nuestros votos, cuánta seriedad y memoria, cuánto amor por nuestros niños, o por nosotros mismos? Nuestras elecciones no reflejan una gran autoestima si continúan siendo investidas personas que lo han hecho mal, y que nos hacen mal.

Somos cuerpos, historias, voluntades que no son llegar y separar si al final del día queremos, casi todos y todas, continuar en la vida, en el deseo de una buena vida.

Además de nuestras afinidades: nuestra interdependencia irrenunciable (desde el origen de nuestra humanidad(. Nos necesitamos, estimulamos, o menguamos unos a los otros.  Sólo los psicópatas permanecen inmunes a la huella que dejan los días: en sus vidas, o en las que comparten con el colectivo.

Somos responsables en el sentido de responder o de elegir no actuar, dejar hacer, que son también formas de respuesta. Y somos responsables de haber demorado o capitulado en nuestros sueños; y dejar que nuestra imaginación perdiera ánimo y dignidad.

En imaginar no hay dolo, no hay ingenuidad: sólo una pureza contumaz de la cual nada ni nadie debería distraernos o expropiarnos. Menos aún cuando necesitamos contagiarla a nuestros niños.

11.

Imaginar, con todo poder, con amor, un país bueno.

“Bueno” de bienestar, de bondad, de bienes para cada uno, para nuestros hijos e hijas, para nuestros padres que envejecen,  para las araucarias, las escuelas, los glaciares azules, los hospitales, el desierto, los museos y plazas, los pudúes, la robótica, cada pueblo y ciudad, para la música, la democracia, los derechos humanos, y así al infinito: para lo que queramos, donde queramos.

Existen tantos y tan diversos motivos, de todos los tamaños, para la pasión de cada un@, en cada edad. Y siempre tenemos alguna.

Pocas personas, por ejemplo, no tendrían una respuesta para preguntas tales como “¿y si te concedieran 3 deseos ahora, cuáles pedirías?” o “y si ganaras un súper loto o herencia de un tío desconocido, ¿qué harías con ese dinero?”.

Aun en las mayores y más desoladoras adversidades, guardamos un destello de ilusión, una rayita milimétrica de horizonte; esa “zanahoria” que mueve carretas o carruajes en nuestro corazón y cada órgano de nuestro cuerpo.

Vivir. Vivir bien. Si no es hoy, entonces mañana, pero mañana solamente. No en diez años, no en dos siglos. No llegar a la muerte y pensar en “lo que pudimos ser”, o lo que debimos.

12.

No le robaríamos a nuestra pareja, ni sacaríamos el dinero de las alcancías de chanchito (o quizás, con personajes de minecraft, u otros, en estos tiempos) de nuestros hijos. No tiraríamos papeles al suelo de nuestro dormitorio ni fósforos a medio apagar en cualquier rincón de la casa; no dejaríamos las llaves de agua abiertas el día entero ni la comida expuesta al sol.

No nos negaríamos a reparar una gotera si llueve, o a cambiar ciertas rutinas para cuidar mejor a un miembro de nuestra familia (cualquiera su edad), convalesciente, o sólo más cansado que los demás. No nos perderíamos un agasajo, la oportunidad de hacer regalos, tener gestos de amor.

Nos sonaría absurda la envidia o la suspicacia entre habitantes de un hogar: ¿cómo se saca tan buenas notas mi hijo?, ¿por qué mi pareja se ve tan linda, o tan guapo, luego de tantos años?, ¿por qué mi abuelo -jubilado- tiene derecho a levantarse más tarde y yo no?

No esconderíamos frutas ni frazadas, dejando a los demás desprovistos de alimento o calor. No derrocharíamos tiempo en astucias, conspiraciones, acopios incompatibles con la vida de uno o todos los que hacemos una familia. No sobreviviríamos negándonos afecto, consuelo. No nos restaríamos de soñar, de suspirar ante una noche estrellada.

En la analogía más elemental, pero no por ello menos urgente, nuestro país.

El refugio de cada un@ está dondequiera que habitemos: casa, edificio, barrio, ciudad, la nación, la naturaleza. ¿Por qué nos permitirmos hacer distinciones que nos arriesgan? ¿Y si el buen trato? ¿Y los pequeños actos que declaran nuestra ética elegida?

13.

Pensaba, hace unos días, en poetas y aviones, como Zurita alguna vez, y en mi desesperación imaginaba dejar caer sobre el país millones de papelitos recortados con algún mensaje, nada muy hermoso ni sofisticado, ni versos ni citas magníficas, sólo preguntas copiadas de un libro lúdico que siempre está en nuestro comedor (pensando en los niños, sobre todo):

¿si fueras un instrumento musical, cuál serías?, si fueras un personaje de la historia, una novela, si un árbol o un ave, si una batalla o una obra de arte, un gran invento, un objeto de la cocina, en fin… ¿Por qué? por qué esa elección, esa primera preferencia.

Qué ganas de hacer esas preguntas a diario, a nuestros niños (y a nosotros, por qué no) para despertar en ellos ingenios y maravilla, conversaciones fascinantes, risa, gozo puro, inventos e ideas increíbles y la fe para perseverar en ellas (u otras en reemplazo, si las primeras no dan fruto), pasiones.

Y vuelta entonces al aeroplano con sacos de papelitos como si fueran almohadas minúsculas lanzadas cielo abajo: para descansar (que falta nos hace) y para soñar despiertos, o para hacer guerras emplumadas saltando sobre algún trampolín imaginario y salir largados lejos, más alto que lo que este país nuestro, actualmente, está permitiendo de altura de vuelo.

Quizás como a muchos nos pasa por estos días, los niños preguntan. Mi hija menor lo hace por #Fuerabarros, por la presidenta, por los bidones de agua (no logra concebir un norte sin agua ni luz ni alimentos), por los árboles bajo el fuego.

“Si esto está mal, ¿por qué no lo cambiamos así y asá y ahora?”. Sus proposiciones y ejemplos son sensatos e inapelables (como casi todo análisis de los más pequeños) y en cambio tan pobres mis argumentos, o tan derrotados.

Antes de llegar a decir nada de lo que me arrepienta, y arriesgarla a la decepción o la rabia, me queda volver a los universos cotidianos,  lo que sí podemos hacer desde nuestro hogar, nuestro barrio, y desde nuestros deseos.

¿Cómo te gustaría que fuera: un presidente, este país, las personas, “la escuela en la nube” cómo la imaginas, las plazas y las bicicletas del futuro, la vida de los más chicos? (por estos días, los niños, niñas y adolescentes comparten su voz en la campaña #yoopino del Consejo Nacional de la Infancia. Escuchemos).

12.

Suelo escribir muchas cosas en las libretas que siempre traigo en mi cartera. Mis anotaciones favoritas son los dichos de mi hija menor (en su tiempo, los de mi hija mayor, y aún hoy siendo una mujer, no abandono esa bitácora). Las frases con que comencé este largo escrito le pertenecen.

Cada semana, cada día, puedo escuchar de Emilia, seguramente como muchos padres de sus hijos, y de muchos otros niños, “qué venga la maravilla, qué venga el amor a manos llenas”, aunque no lo digan, o no de esa forma.

Sí parecen decirlo en gestos, risas, comentarios que nunca son “al pasar” porque se nos quedan en el oído medio como un zumbido que, a diferencia de todos los demás, no querríamos despejar.¿Y cómo? Hay algo ahí que recordamos, que fue nuestro también.

Esa capacidad de los niños de fascinarse, de entregarse al oficio de los sentidos, al esplendor de la naturaleza, a las “soluciones” y acertijos, todo eso es un tremendo regalo; una forma inteligente y a firme que tiene la vida, de vincular a cada nueva generación con el deseo de vivir, justamente.

A manos llenas, sin aprensiones, el deseo de vivir bien afinado con todo aquello que se nos revelaría conmovedoramente, también a nosotros, si viéramos con ojos de niños, como solíamos hacer no demasiados años atrás.

Si sintiéramos latir nuestros cuerpos con el encanto de esas cientos y miles de “primeras veces” que deben habernos desbordado de placer cuando pequeños.

Si nos permitiéramos descansar el corazón, sin detenernos tanto en aquello que lo ha herido o agotado, sino en la necesidad de reponer fuerzas lo antes posible para poder volver a jugar, soñar, construir, mirar nuestro mundo con su tablero todavía a favor de la maravilla (si hubiesen ganado atrocidades y crímenes, sería insensato querer seguir aquí. Por algo nos quedamos, y por algo el deseo de ir a dormir y despertar siempre, al día siguiente).

Estamos cansados, y como dice Carol Gilligan, “podemos haber perdido parte del deseo, coraje, o habilidad de nuestra voz para reclamar nuestra historia. Pero nunca perdemos la voz”. Esa voz, es más que nuestras cuerdas vocales y capacidad de decir y proponer (o gritar de impotencia).

Enseñamos a nuestros niños a escuchar su cuerpo, sus emociones, su intuición, tanto como a distinguir el sonido de un ave, un instrumento musical, las olas, distintos motores, o dl silencio, y sus distintas especies. Peligrosas algunas (como el silencio del abuso), otras vitales para nuestra supervivencia: callar para escuchar lo que se mueve en la noche, al aire libre; para distinguir el zumbido de un bichito del rugido de un predador; para oír el viento y su dirección si es preciso ponerse a resguardo. Para escuchar el corazón de alguien amado.

Nunca el silencio de callar amordazados; enmudecer por violencia, temor, por hartazgo, renunciando; ni por desamor o desapego.

Hay un silencio que es amoroso y valiente: descanso para renovar el asombro, la buena voluntad. Pausa para imaginar, resucitar nuestras voces y recobrar las palabras por las cuales sentimos cariño. Silencio, desde el cuidado y sin desmemoria, para macerar las preguntas e historias que queremos compartir con nuestros hijos. Y para saber que nuestro corazón en su deseo de vivir, así como en estos días, no puede-quiere seguir. Ni el corazón de cada uno, ni el de un país que –y es una hermosa constatación, a la luz de lo que nos ha despertado en este tiempo-, de alguna forma, siempre late dentro de nosotros.

Condolerse

(Extracto de una carta recientemente enviada a dos muy queridos amigos que ponen el alma en su trabajo pastoral y en la apuesta –no importa si improbable- por una Iglesia que se decida a ser buena con toda su gente, sin dejar fuera a las víctimas de abuso sexual)

Queridos xxxx y xxxx,

No imagino la decepción y tristeza que debe afligirlos. La vergüenza, que es de tod@s, y no sólo ajena.

Pienso en ustedes por estos días. Y en tantas personas de buen corazón que todavía quieren creer que hay esperanza en la Iglesia. Más todavía, pienso en miles de hombres, mujeres (yo misma), jóvenes, niñas y niños que comparten una historia -y no sólo de abusos sexuales en la Iglesia, sino en otros entornos- y duele, literal, físicamente, el cuerpo entero. El nombramiento de J. Barros es un golpe en las vísceras, los huesos. No podemos entenderlo.

Un cómplice de abusos sexuales, investido como obispo. ¿Qué dice eso de la Iglesia, quienes la conducen, o de nuestro país, y de todos nosotros?

He visto noticias donde se señalan “los supuestos abusos” del “controvertido sacerdote”. La cobardía de estas palabras. Como si Juan Carlos Cruz,James Hamilton (que vivieron abusos terribles, a manos de F. Karadima), Fernando Batlle, José Andrés Murillo, no nos hubiesen compartido su experiencia y su lucha por justicia. A ellos les creimos, les creemos.

J. Barros es cómplice de abusos y estos no son “controversias”. Son crímenes. Deberían serlo, además, de lesa humanidad. Imprescriptibles.

Con todo lo que sabemos y hemos vivido como país, este obispado es una daga. No comprendo el criterio de las autoridades, partiendo por Francisco I. Para qué dañar, si cuesta menos amar (de verdad lo creo así). El sentido común de construir versus destruir. ¿Cómo perderse tan garrafalmente?

Tomas una iglesia mellada, y ahondas en su ruina. Qué propósito tiene imponer, dividir a una comunidad, si luego responder a reproches, recomponer confianzas y asumir más ausencias (de personas extenuadas) es mucho más difícil.

Las consecuencias de ser compasivo pueden ser decepcionantes alguna vez, pero nunca serán oscuras y densas como las que devienen de actos crueles. Crueldad del sumo Pontífice es la revictimización de sobrevivientes de abusos sexuales: cuánt@s niñ@s y jóvenes, hoy adult@s, recordarán sus propias experiencias con otros clérigos, sólo leyendo el nombre del nuevo obispo de Osorno.

Es imposible encontrar coherencia alguna en todo esto. Contraviniendo TODO el mensaje de un buen hombre como Jesús (al que tanto dice amar), el Sumo Pontífice habilita el nombramiento de J. Barros para obispo en nuestro país y compromete a la Iglesia completa –con su peso en la espalda, y miles de adhesiones menos desde el alud de denuncias por ASI que comenzó el siglo pasado-, sin que pareciera importar ninguna consecuencia.

Francisco I (junto a una Nunciatura y Conferencia Episcopal que validan acríticamente las decisiones del Pontífice) no es sólo es responsable de este acto. Es también responsable de insistir en él contra todo buen juicio, desoyendo consejos y súplicas, atendiendo a su obcecación más que a alguna lucidez pastoral (o lucidez a secas).

El Papa parece más aferrado al poder de su investidura que al de esa misericordia que pregona y en la que, a estas alturas, no es posible creer más allá de los límites de una muy bien articulada estrategia de comunicación corporativa. Lo decía el año pasado en un escrito (“la mala espera”, ver). Uno que esperaba fuera el último en la temática de abuso sexual e Iglesia, al menos, desde el recuento de sufrimientos y complicidades con el horror.

De lo que soñaba escribir, algún día, era de una trayectoria distinta: poder decir que la Iglesia y su máxima autoridad habían enmendado el camino y dado un giro al que sólo podíamos responder con gratitud y respeto, al fin. Que las relaciones entre sacerdotes, religiosas, y la infancia, se daban -en ese  futuro- con gozo sólo cristalino, con reverencia por el balance de afectividad/sexualidad humana y la separación nítida de estos universos entre adultez-infancia.

Soñar también, con una voz salida de la propia iglesia, llamando al cuidado de la nueva generación y la protección/promoción de límites exactos (y no sujetos a ninguna relatividad) en los términos de relación física, corporal, emocional, de consciencia, con los más pequeños y jóvenes. Todo esto, se siente como pérdida en estos días.

Si el 2014 la Iglesia se comprometió luego de la condena de la ONU (desde la noción el ASI como tortura), a trabajar seriamente en prevención y en la sanción de abusadores y encubridores, ¿cómo se explica que apenas pasado un año, apoye el nombramiento de un cómplice de abusos sexuales como obispo chileno?

Fin del beneficio de la duda. Game over.

Perdonen la dureza de mis palabras, la pena e impotencia que no pueden disimular. Yo no me pido perdón, no esta vez. Me voy a permitir sentir lo que siento.

Como muchas personas a quienes conozco, he tratado de ser responsable, de no alienar a la Iglesia (e incluso de trabajar en conjunto, en muchas instancias colectivas entre 2011-2014) y de no ser injusta, precipitada o corta de vista.

Ha sido arduo sostener la atención, la fe, y no confundir la frontera que distingue a quienes viven cercanos a la bondad y el servicio a sus prójimos, de aquellas personas que no tienen ojos para el que sufre, que son indiferentes, indolentes.

Son muchos los hombres y mujeres de distinta edades que no han querido correr el riesgo de enfurecer (muy entendible) ni de sumarse a turbas ni discursos mesiánicos, y menos de anular horizontes posibles para toda la humanidad: la visión de una época (en unos años) donde sólo junt@s, incluida la Iglesia, lográramos articularnos como un cerco seguro y amoroso en torno a los niñ@s. Y a quien lo necesite, nosotros también.

Somos interdependientes, todos los seres humanos. Nada es completamente “del otro”, “ajeno”. Nos toca, nos afecta, y también nos puede hacer bien, hacer crecer. En un país con un número importante de católicos, todos y todas entretejemos nuestras vidas con personas a quienes amamos y son aún parte de la Iglesia. ¿Cómo no vamos a desearle bien a su comunidad? 

Pero la buena voluntad es una cosa, y la ceguera es otra. Aunque ver duela, siempre será mejor que ir a tientas. En ciertas oscuridades, hay más peligro que nada. En la acción de la luz, agradecemos.

Ver a Francisco I. VERLO. Y a todos quienes le “obedecen” (ésa ha sido la justificación).

Claro de luz y de duelo. En lo personal, no tuve esperanza cuando fue investido como Papa, y no lo conocía, pero las decepciones sumadas en los últimos pontificados eran suficientes como para justificar una “confianza ultra-condicionada”. Ver para creer. Querer ver, y querer creer también. Ya no.

Muchos hemos persistido mucho más de lo que la elasticidad de nuestras consciencias permitía. Quienes tenemos hijos y sabemos de los miles (acaso millones, no sabemos) de casos de ASI documentados, y de la protección a los abusadores por muchos años ya, desafiamos nuestra propia cordura queriendo confiar en la Iglesia del mundo. Hay quienes además, corren el riesgo de vincular a sus niños con esta institución que sostenidamente los daña e ignora; que les da la espalda y les niega el cuidado.

Si una cafetería, fuente de soda, restorán, teatro, tratara con descuido a un niño, o simplemente colgara un anuncio diciendo “los niños no son bienvenidos”, arderían las redes sociales, habría reclamos y denuncias, y posiblemente, aunque retiraran el letrero y hasta pidieran disculpas, no iríamos ahí, al menos quienes tenemos niños en nuestras vidas.

Es extraño que, en cambio, muchos continúen confiando en una institución que desoye a víctimas infantiles, encubre y hasta recompensa a abusadores y pederastas (con retiros espirituales dentro o fuera de sus países), e inflige nuevas lesiones, desde la indolencia activa, no casual. No podemos confundirnos. La espera ya no es mala: ha dejado de ser.

Esperamos en tanto el Papa Francisco I iba desplegando un primer tramo, luego otro, de autoridad, en su estilo (tan alabada por los medios, su “simpatía”, su carisma). Queríamos salvaguardar nuestros ojos, su brillo; para poder ver algo exacto, sincero, sin vericuetos ni posibles reversas, o transformable según conveniencias o contingencias. Fue en vano. Para mí, ésta es la gota que rebalsa el vaso.

Osorno. No soy creyente, pero en esta noche sólo puedo imaginar que la fuerza de un milagro, y nada menos que un milagro, podría desandar este mal camino.

Apenas quedan tres días para la asunción del nuevo obispo, y es contrario a todo sano juicio pensar que el Papa cambiará drásticamente de rumbo en las próximas 72 horas. Pero la gracia de los milagros es que no saben de tiempos, de sensatez, de nada. Ellos son, simple y maravillosamente, lo que son.

La revocación del nombramiento por el sumo Pontífice –o la renuncia, completamente improbable de parte de J. Barros- podría ser una señal positiva, la única admisible (y siempre desde la confianza aún condicionada). Ninguna otra sirve.

Si llegamos al sábado 21 y el nuevo obispo asume su cargo, Francisco I se habrá desenmascarado completamente, y la trayectoria esperable, será al fin sin espejismos. “No me importa” es lo que se escucha desde acá.

No importan las víctimas, ni sus padecimientos para lograr reconstruirse y no renunciar al amor que, justamente, entraña la voluntad de hacer, trabajar, de seguir en la vida mientras algo a veces cercano a la muerte te habita, respira y roba tu oxígeno, negocia contigo, ganas la mano, cobijas a esa bestia que también trae sus duelos y sigues caminando, sabiendo que no importa cuánto quieras acunarla, va a morderte en el futuro, y vuelta a repetir el rito de apaciguar sus latidos.

Del pasado, nada podemos cambiar. Pero “no me importa” invoca nuestro futuro, y lo lesiona.

Actos como el reciente nombramiento de J. Barros detonan en nuestros esfuerzos por prevenir y erradicar el abuso sexual contra niños y jóvenes no sólo en la Iglesia, sino en toda esfera de convivencia humana.

Entre escombros, más terrible aún, ese nombramiento parece exonerar, para el presente, la comisión de nuevos delitos, o a lo menos, la indiferencia ante ellos. El olvido.

Quizás más de alguien ve el abuso sexual de la Iglesia como un accidente limitado a una época, o a los rostros de un grupo de mujeres y hombres adultos a quienes hemos debido mirar al corazón. No podemos perdernos: el ASI no se ha detenido. Sólo recordemos el año pasado el juicio y sentencia de culpabilidad del sr John O’Reilly quien, no obstante, camina libremente entre nosotros (dondequiera que vayamos, también con nuestros niños).

Tal como el ASI continúa en hogares, escuelas, barrios, la Iglesia no se exime. No hay lugar para superioridades ni arrogancia en esto. Con humildad y aun valorando nuestros progresos -difíciles y modestos- necesitamos reconocer que el ASI habita con nosotros todavía, que no hemos logrado dejarlo atrás en algún siglo perdido. Nos queda trabajo.

“No me importa” es entonces, todavía más inaceptable, e inconcebible el que una autoridad espiritual sea relacionada con ese mensaje cuando se trata de crímenes.

Quizás nuestra concepción de lo “espiritual” dista mucho de lo que quizás Francisco I o el Nuncio o la Conf. Episcopal en Chile entienden. Pero son una autoridad. Y el Papa es la máxima autoridad de la Iglesia Católica en todo el planeta tierra. No debería poder darse el lujo de que no le importe, o dejar el flanco abierto para que sus obras puedan ser interpretadas ni en un 0,00001% como faltas a la justicia y piedad por sus prójimos, en general, y por las víctimas de abusos sexuales, en particular.

Ha sido suficiente. Los seres humanos tenemos solo dos mejillas. Podemos ponerlas ambas, pero son sólo esas, dos nada más. Y puedes poner el cuerpo entero, cada uno de sus milímetros dentro y fuera, y eso también llega a un límite. No hay más dónde. De verdad no hay más.

Condolencia, es lo que queda, y no como resignación, sino como acto portentoso de ver claro, de no negar el dolor, y de ponernos a disposición unos y otros en este momento, y oponer resistencia desde la verdad, el cuidado mutuo.

Ahí nuestro poder. Ahí sentir, acompañarnos, compartir asertivamente la indignación ante esta violencia, reflexionar sobre acciones y decisiones para este momento y otras que vendrán ineludiblemente. Pero también sostener firme el amor y la solidaridad que nos rescata a unos y otros. Ese amor que nos deja reconocer y actuar con toda fuerza por lo que deseamos, lo que nos hace bien, lo que merecemos. Este trato no.

Este trato no nos lo merecemos, ni ustedes, ni yo, ni miles.

La Iglesia y Francisco I, o el Estado Vaticano, o nuestra propia Conferencia Episcopal en Chile, no tienen derecho a actuar como canal de daño. Y ya no solo deberían atender a los pedidos de este tiempo; escuchar otra voz, si es que alguna honorable y franca aún habla con ellos en momentos de plegaria y recogimiento. Hoy, además, la Iglesia debería tal vez pedir perdón por tanta demora, señal errática, tanto daño que no termina. Y por este nombramiento.

Yo debo pedirles perdón por este desahogo, y ojalá esta carta no sea del todo inútil en sus propias trayectorias, dentro de esa Iglesia que sé quieren amar y transformar en un hogar de todos, y en la que sin embargo tantos otros nos hemos sentido ajenos, aunque nunca al punto de perder de vista a personas como ustedes o como los cientos de fieles que en Osorno han sostenido el reproche y el cuidado: lo que piden no viene sino de ese imperativo. Cuidar a las víctimas, cuidar a quienes creen y no creen, a todos quienes comparten una comunidad (y también, a una muy desgastada Iglesia).

Gracias también, y nunca lo imaginé, porque hemos escuchado a sacerdotes, líderes pastorales, jóvenes, parlamentarios, políticos de diversas avenidas, educadores, artistas, madres y padres, incontables familias, el propio Pdte del Senado (y un ex presidente de la Nación). No recuerdo un momento en que esta diversidad de voces se haya expresado así, en Chile, en contra los abusos de la Iglesia, y en abierto cuestionamiento de su máxima autoridad.

Ojalá la inspiración para actuar no se detenga y que muchas capillas, parroquias, pastorales, suspendan sus actividades este próximo fin de semana en todo nuestro país, en solidaridad con Osorno y con las víctimas de ASI a manos de la Iglesia.

Además del grito dolorido, estoy convencida que la dignidad y poder del silencio son de la mayor estridencia. La paz tiene una solemnidad demoledora: las bancas vacías, los altares inmóviles, un sacerdote solo, o muchos de ellos ausentes, en solidaridad con los suyos, sus comunidades, su pueblo, como dijo otro querido amigo hace unos días.

Que se entienda en Roma que la impunidad no es una opción, ni la desmemoria. Que sepan que recordamos, que nos importa, y que en el abandono del Santo Padre y el Estado Vaticano, unos y otros no dejamos de cuidarnos ni concurrir por quienes sufran, mientras declaramos un no categórico el próximo sábado 21, cuando se celebre una ceremonia vergonzante.

En medio de la aberración, la bocanada de vida que es recordarlos a ustedes.

No soy cristiana, pero mucho he aprendido a vuestro lado del amor que profesaba Cristo (y antes de él, Buda, y quizás cuántos otros hombres y mujeres de quienes nunca llegamos a saber). Son también ustedes testimonio vivo de una bondad que necesitamos como especie, porque es ella la que nos permite continuar en la vida. Doy gracias por conocerlos. Mi amistad y mi amor están intactos.

Mis condolencias por este momento, y por la batalla amorosa y justa que en días como hoy parece haberse perdido irreversiblemente.

blake

EL NIÑO PERDIDO
 
“Padre, padre, ¿dónde vas?
Oh, no marches con tanta prisa.
Habla, padre, habla a tu hijito
Que si no me perderé”.
La noche era oscura,
no regresó el padre.
Estaba el pequeño bañado en rocío;
Profundo era el lodo y el niño sollozaba
Y la niebla entonces, desvaneció.

William Blake (1782-1827)

Furia y amor

Escribo con la luz en furia, con lágrimas pero de rabia, algo que me cuesta, y no hablo sólo de indignación ética, sino de ira en estado puro, esa que uno agradece sentir en medio de un bosque lejano, en soledad, y obligada a disimular o contener prontamente porque la salida del colegio se acerca y debo ir a buscar a mi niña que no merece encontrarse con su mamá así.

Esta semana ha sido de dar toques finales a un libro para niñ@s (cuya versión online será descarga de regalo para ell@s) y, a la par, intentar escribir una columna a propósito del proyecto de legislación para la interrupción terapéutica del embarazo por tres causales de salud (riesgo vital para la madre, biológico y/o psicológico como es en el caso de las violaciones, e inviabilidad del feto). Me siento salir disparada al vacío cuando en un día como hoy, reviso la prensa y las redes sociales y encuentro que un parlamentario de mi país ha realizado comentarios reprochables, sobre mujeres que “quizás tomaron unos traguitos de más”, en el contexto de conversaciones sobre violaciones como causal de interrupción terapéutica de embarazos.

Que el parlamentario haya usado diminutivos no hace menos dañinas y violentas sus palabras, y deja la pregunta abierta sobre su mundo, dónde habita, por qué es primero la sospecha (antes que la reflexión o la pregunta compasiva) y cómo concibe el consentimiento, las relaciones entre hombres y mujeres, o de qué manera se plantea frente a la violencia sexual que claramente para él, puede tener atenuantes y hasta justificaciones.

No necesita una violación dejar laceraciones para serlo; y podría no dejar ninguna huella física en víctimas intimidadas o inconscientes. De otras huellas, no imagina el Sr. Lorenzini la magnitud que pueden tener, y todas sus explicaciones y retractaciones no disminuyen un milímetro su negligencia ni el riesgo de haber desencadenado en más de una joven o mujer violada un episodio de re-vivencia traumática. O en un joven u hombre adulto, también.

Adolescentes varones y hombres adultos también pueden ser violados aunque una mayoría de ellos guarde silencio en sociedades donde es escasa la compasión y comprensión, y donde probablemente -y el sr. Lorenzini así lo confirma- antes vendrán el juicio y la sospecha que la pregunta empática sobre cómo se sobrevive a un quiebre así, o cómo habitamos, todavía, entornos donde se abusa y victimiza a otros,  o cuán vulnerables podríamos ser tod@s y no sólo un grupo de seres humanos “más débiles” o “susceptibles de ser abusados” como más de una vez se ha querido proponer inclusive en reflexiones académicas. Vergüenza. Son los contextos los que vulneran, dejemos por favor de poner la responsabilidad o la sospecha en las víctimas.

Más grave y preocupante resulta que en un país, la sospecha e indolencia -y la propia violencia sexual, directa o indirectamente- sean estimuladas en la ciudadanía ni más ni menos que por un representante del Congreso: un servidor público (se supone) más motivado por justificar su incredulidad, desconfianza y advertencias sobre posibles segundas intenciones de mujeres y víctimas, que por guiar una conversación sensible y lúcida entre ciudadan@s.

El parlamentario, ignoro si por arrepentimiento sincero o si conminado a hacerlo, pidió disculpas. Un gesto que puede ser aceptado pero no confundido con absolución y luego pasemos a la próxima oportunidad del exceso y la trasgresión.  Disculpas y derecho a exoneración y no son necesariamente equivalentes. El perdón es una cosa, y las consecuencias de nuestras acciones, otro territorio.

Todos quienes trabajamos sabemos que si cometemos ciertas faltas en nuestros oficios, podemos pedir todas las disculpas del mundo (y está bien, y corresponde, y nunca dejará de ser necesario) pero igualmente enfrentaremos una sanción o el término de nuestro contrato. Si somos desleales en una relación, asimismo podemos pedir perdón y la pareja, amig@, colaborador, aceptarlo y, simultáneamente, cortar su vínculo con nosotros para siempre. Niñas y niños han sido expulsados de sus colegios, porque incluso habiéndose dado cuenta de un error y pedido perdón por él, las reglas de convivencia establecidas estipulaban la cancelación de la matrícula sin derecho a apelación (por ejemplo, cuando la falta involucra daños a terceros).

En distintos entornos, seres humanos de distintas edades debemos hacernos responsables por nuestras acciones, o lamentar el final de relaciones como resultado de nuestras conductas. No puedo comprender por qué el mismo criterio no sería aplicable al trabajo de parlamentario. Más aún, desbordando en el absurdo de que un legislador de la nación incurra en justificar -o abrir el flanco para que eso ocurra- la comisión de delitos tan graves como una violación, así sea en un 0,000001%.

Nos ha costado tanto poder visibilizar la violencia sexual contra niños y niñas, adolescentes, mujeres y hombres también, que no hay forma de excusar declaraciones irresponsables, que confunden. Quienes trabajamos en esta esfera, a diario vemos las consecuencias de la indolencia, las excusas aberrantes hasta para niños pequeños.

“Pero si ella quería meterse en la ducha con el papá”, “pero si los niños igual tienen que iniciarse sexualmente con alguna mujer”, “pero si ella fue a la fiesta y se metió en la boca del lobo”, “ pero si él se dejó hacer”, “pero cómo una mujer de esa edad no iba a saber que ese barrio era peligroso”, y así suma y sigue la crueldad hilada en declaraciones que dan ganas de llorar, gritar, y cubrir los oídos de víctimas y sobrevivientes porque una sabe bien el daño que cada una de esas palabras inflige en sus psiquis, en sus cuerpos (no están separados el cuerpo y la mente), en sus relaciones, en el latido de culpa, vergüenza o esa duda desgarradora de “y si tienen razón, quizás pude hacer más, oponerme, no arriesgarme”. Cuántas ideaciones de muerte han surgido sólo desde el daño de las palabras.

Tal vez el parlamentario sería más responsable con su cargo y con sus dichos si pudiera habitar por un día el cuerpo de alguien que fue violado, y escuchar por otro día, el coro de voces internas, algunas orgánicas, y otras un susurro de preguntas o recriminaciones inmerecidas por demás (nadie tiene derecho a tomar el cuerpo de otro, de ninguna edad, por la fuerza). Sólo 48 horas, y no es mucho. Pero en este lado de la historia, pueden ser siglos.

El diputado debe saber que hoy, debido a sus palabras, muchas y muchos resonamos en la memoria corporal con nuestras violaciones, o las de nuestras hijas, hijos, amigas, personas amadas. Historias tristes sobre delitos, en su mayoría, impunes. Ignoro si habrá tomado consciencia sobre la magnitud del daño que ocasiona con sus dichos. Decir “la embarré” no alcanza a dar cuenta de que así sea.

Comencé a leer no hace mucho un libro llamado “Why some politicians are more dangerous than others?” del hombre más lúcido, a mi parecer, en el tema de la violencia (James Gilligan). Pensaba en Chile, en la responsabilidad no sólo legal, constitucional, lo que es exigible de nuestras autoridades, sino también en el rol de conducir a una comunidad y de sumarnos y velar por TODOS y TODAS en la nación que eligieron liderar y servir (y este verbo lo uso con extrema cautela pues no es evidente el espíritu de servicio público más que en un número muy reducido de parlamentarios y funcionarios del Estado).

Lleguar a la triste conclusión de que en Chile, una mayoría de nuestros políticos nos hace mal, nos hace daño, y no es “victimizarse”, es sólo hablar fuerte y claro. A fin de cuentas, todos estamos volcados en nuestras vidas, nuestros afectos y esfuerzos, y no porque nuestras autoridades muchas veces (demasiadas) no están a la altura, o sean directamente lesivas por acción u omisión, vamos a quedarnos sentados llorando en nuestros hogares.

Pero nos menguan, nos erosionan en pequeñas dosis, a veces a diario, o semanalmente, y en la cuenta final de 25 años de nuestra democracia contamos con pocos nombres que salten espontáneamente a la pregunta de ¿quién recuerda usted que nos haya hecho bien como país, que nos haya invitado a sanar, respirar un momento antes de insultar al otro, que nos haya pedido trabajar juntos de verdad (derecha, izquierda, verdes, morados, tornasoles, quién sea, por ejemplo, por una causa tan universal como la infancia) y a dejar de vernos como enemigos eternos y en cambio como compatriotas, reconociendo lo que nos ha herido, y también lo que nos puede encontrar y hacer sentir orgullosos de ser parte de un colectivo que se llama Chile?

Un señor taxista me dijo una vez: no voté por Piñera, tampoco por Bachelet, pero siempre quiero que a los gobiernos les vaya bien, lo hagan bien, porque así todos nos beneficiamos. Su inteligencia y ética del cuidado superaban por lejos las de nuestras autoridades.

Vivimos tiempos realmente desconcertantes. Uno escucha en un mismo día, en las noticias, las atrocidades de un ejército que parece organizado en el mismo infierno (si existiera), los reportes de inequidad mundial y de una miseria que no tiene ninguna, pero ninguna forma de ser explicada que no sea la codicia fuera de control, o al Pdte. de los Estados Unidos decir “las barbaridades del estdilsmc (sigo negándome a escribirlo), son las mismas que cometía el cristianismo” (¡¡pero en el siglo XI!!), a Francisco I avalando el castigo corporal a los niños, o en un tono acaso tragicómico (más lo primero), a la Presidenta de Argentina tuiteando de “aloz y petlóleo” mofándose de los chinos en una visita de Estado. En nuestro país, un parlamentario relativiza violaciones.

Si todo esto no se siente como esquizofrenia, no sé entonces qué.  Pero en realidad, y aun agradeciendo a las palabras su ayuda en resiliencias, consuelos y corduras, podemos prescindir de ellas y conectar solamente con lo que estamos sintiendo, construyendo o dejando de construir cuando dejamos la memoria en el viento, y no tomamos acción responsable, al menos, sobre lo que podemos tomarla.

No está en nuestras manos detener la barbarie en Oriente, ni en los mercados financieros (distinta, pero asimismo inmisericorde), pero sí poner, expresar, exigir un límite en el trato que recibimos de nuestras propias autoridades.

Una mamá, hace un par de horas, me escribió contándome de su hija: agregaron drogas a su bebida y de otras dos muchachas, las violaron (por supuesto, sin su consentimiento, y tampoco sin mediar resistencia pues estaban inconscientes), y ese crimen quedó en la impunidad, mientras su hija continúa en terapia, sintiéndose culpable, hoy, gracias a un representante del Congreso de su país. ¿Se hará responsable él si esa joven requiere hoy una sesión de terapia de urgencia?

¿Nos haremos responsables tod@s el día en que por la negligencia o los mensajes dañinos de autoridades que nosotros elegimos o de personalidades a quienes nosotros habilitamos como “voceros”, un o una adolescente víctima de violación se quite la vida? Perdón la dureza, pero a veces parecemos olvidar que todo tiene un efecto, y que nuestra complacencia o inacción frente a aquello que pensamos no podemos cambiar (y quizás  justamente: hartos, desmoralizados o agotados), puede tener conscuencias lamentables. Al menos en relación a la infancia, la juventud, los derechos de las personas, necesitamos darnos ánimo uno a los otros y empoderarnos para actuar, en la medida que cada uno y una pueda.

No puedo hablar con pleno conocimiento desde la ley, pero desde el sentido común es inapelable la certidumbre: aquellos parlamentarios que dañen a sus conciudadan@s y que avalen o justifiquen delitos, sencillamente NO deben estar en el parlamento, por más disculpas que expresen. Es un pedido justo: la renuncia de este parlamentario u otros. O tal vez esperable sería de su propio partido, la desvinculación.

Más allá de la situación de hoy, o del parlamentario de turno en los “errores involuntarios”, se trata de detenernos y observar un patrón cuyos contornos ya no podemos eludir o hacer como que no vemos. Esto no es un fenómeno reciente, me refiero a la conducta errática del Congreso y a sus malos tratos hacia l@s ciudadan@s. El punto es cuándo diremos “éste es nuestro estándar, y éste nuestro límite”. El límite final. Y por autocuidado.

Leyes casi ridículas (ipads, memes, cueca, etc) toman -amplificadas por los medios- protagonismo sobre necesidades en verdad urgentes como la protección integral de la infancia. Parlamentarios han aludido a matrimonios de la edad media para justificar que una niña de 11 años, violada, deba llevar adelante un embarazo; o han acusado a funcionarias públicas de “embarazarse” para abusar de beneficios maternales y evitar despidos; y recientemente, varios pidieron un minuto de silencio para homenajear a un dictador responsable -según dictámenes de la justicia nacional e internacional- de crímenes contra los DDHH.

Hoy, una vez más, el daño. Sin consecuencias. La impunidad que nos devora.

Un Congreso Nacional no puede conducirse de esta manera. Estamos hablando de cargos de representación popular (y de remuneraciones desmedidas que se pagan con nuestros impuestos. Uno feliz de ver escuelas, plazas y carreteras, pero no de financiar a personas que nos maltratan). Lo decía hace un rato en las redes y lo sostengo: a estas alturas, amerita como en todo trabajo, una evaluación psicológica obligatoria para al menos descartar psicopatía y evaluar control de impulsos en quienes lleguen al parlamento.

Hemos atestiguado ya suficiente caos, mezquindades, faltas de probidad, agresividad y hasta garabatos en la gestión habitual de los legisladores. Hoy en día, no sólo debemos apagar la televisión en programas subidos de tono frente a nuestros niños, sino en sesiones del Congreso. ¿Qué es eso, por favor?

Recuerdo, mientras escribo, que muchos años atrás, en Irlanda, un país católico, fue el parlamento de la nación quién pidió perdón a las víctimas de abuso sexual infantil a manos de sacerdotes, en nombre de toda la sociedad civil. Qué distancia, esa compasión, del trato que nosotros recibimos de nuestro parlamento.

La vergüenza no es sólo ajena, es nuestra, nuestra vergüenza y responsabilidad en la forma en que votamos (perpetuando a una generación en el Congreso que hace mucho debió permitir el recambio), en que cuidamos nuestra democracia, en que decidimos (o nos restamos de hacerlo) cuáles serán las energías y las personas que la van a alimentar (o desnutrir, en realidad). Nos costó tanto recobrarla, y perdón por la emocionalidad, pero en mi generación, los jóvenes que fuimos, recordamos a nuestros compañeros de clase o de universidad que arriesgaron todo no por una utopía improbable, sino por la sencilla y poderosa razón de soñar una convivencia distinta, de poder traer a nuestros hijos a la vida, en un país en democracia. Para tod@s, sin excepciones.

Me parte el alma pensar en aquell@s compañer@s de generación, y me da vergüenza también, pero no tengo dónde ni cómo ir a pedirles perdón por nuestras insuficiencias. Sólo seguir trabajando, insistiendo en que estamos juntos en esto, y en que la violencia (cualquiera sea su forma), la separación, la insensibilidad, nos hacen mal, y nuestras autoridades, también. Y nada bueno se avizora si no recuerdan el enorme poder que tienen en sus manos, y la tremenda posibilidad que les ha dado el destino, de liderar cómo se escribe una historia buena. Una historia que seguirá pospuesta si seguimos levantando la casa sobre ciénagas. Éste, este país, y no tengo una metáfora más rimbombante, es nuestro hogar, comparable al que compartimos con nuestras familias. No podemos descuidarlo tanto, tratarlo así, tratarnos así.

La semana pasada, independientemente de nuestras adhesiones o posiciones valóricas, creo la Presidenta de la nación dio un discurso firme al momento de presentar un proyecto de ley sobre un tema difícil como la interrupción terapéutica del embarazo. Una semana después, un parlamentario de la coalición gobernante aparece ofendiendo y vulnerando a víctimas de violación, banalizando el debate así como la comisión de delitos sexuales, completamente desalineado, además, de la responsabilidad y cuidado que una legislación delicada como la que va a discutirse, requiere.

Queremos, de verdad muchos añoramos, poder respetar al Congreso, a todos los poderes del Estado, y en el contexto de ese respeto merecido, algún día, poder colaborar (y no sentir que uno lo hace por el adversario político, sino por el país) y también disentir, o expresar indignación cuando es lo que corresponde, como hoy.

Dudo que más allá de disculpas o retractaciones, sigamos sintiendo confianza. Lo sensato, en relación al sr. Lorenzini, sería inhabilitarse. O ser inhabilitado -por la Comisión Ética del Congreso, o su propio partido- sino de modo permanente al menos para la votación del proyecto ley sobre 3 causales de interrupción terapéutica del embarazo. Pero sabemos que lo más probable es que no exista sanción y, como es habitual, se sostenga el tono impune y amnésico en que mejor se cultiva la irresponsabilidad cívica y el daño.

Ahora depende de nosotr@s, y no esperemos a la convocatoria colectiva necesariamente, si cada uno y cada una puede hacer mucho. Hoy existen como nunca antes –y no hablo de las redes sociales, solamente- canales de comunicación entre ciudadanos y las autoridades.

El correo electrónico del Gobierno, la Segpres, el Congreso, los teléfonos, las cartas con sobre y estampilla, nuestra constancia, así sea en vacaciones (un período en que se da por descontado que olvidamos todo, con mayor facilidad aún). Existe una diversidad de caminos para expresar nuestro pedido y reproche (y nuestra gratitud o reconocimiento, también, cuando corresponda).

Actuemos sin dejar de pensar desde el cuidado, en el “para qué”: para qué hacemos lo que hacemos, decimos lo que decimos. Qué país estamos esbozando, añorando, deseando con toda el alma, para nosotros y nuestros niños, en cada acción, en cada palabra. Cómo hacer un pedido, por ejemplo (sea posible o no), de desafuero parlamentario, sin absolvernos de nuestro propio compromiso y voluntad por otro universo posible, sin daños, en el hogar que habitamos y donde aprendemos. La luz puede traer furia, lo decía al comienzo, pero estoy convencida: no necesita renunciar a su amor. No puede.

2280 minutos de silencio

Hay situaciones que dejan en tal estado de perplejidad, que una prefiere esperar. Dejar pasar la primera marea agitada (dispuesta a ir directo al roquerío, donde nada queda), y aguardar otra cadencia, un océano no menos indignado o herido, pero sí capaz de encontrar su voz de otra forma. Para poder escuchar.

Cuando leí en las redes sociales sobre el minuto de silencio que un diputado solicitó en el Congreso de Chile para recordar a Augusto Pinochet a 8 años de su muerte, ni más  ni menos que en el Día Internacional de los DDHH, me costó creerlo.

No podía creer que hubiese alguien  capaz de pedir ese minuto, o alguien capaz de concederlo, de no oponerse (así le costara el cargo o ir a prisión por desacato a no sé qué incomprensible legislación) para cuidar al país entero.

No era un acto privado, ni un grupo de civiles cualquiera. Se trataba del Congreso de la Nación.

Estudios ya han puesto luz sobre la escasa confianza ciudadana en nuestro Congreso (PNUD, 2014) y no somos pocos quienes hemos dejado de sentir aprecio y orgullo por él (sí agradecemos que exista un número de parlamentarios sinceros y trabajadores). Pero confianza más o menos, siempre será exigible, legitimamente esperable de nuestros parlamentarios el que no inflijan ni ahonden en daños a la ciudadanía.

Mirar desde el cuidado ético, desde nuestra salud cívica y nuestra salud mental.

Un congreso claro en su rol, habría evitado ese minuto, para cuidarnos (inclusive al diputado que hizo la solicitud):

cuidar a las víctimas, cuidar la democracia que tanto nos costó recobrar, cuidar los DDHH que están para protegernos a todos, y de cuya defensa, todos también, sin distinciones de ningún tipo, podemos y debemos sentirnos responsables.

Recordé en tiempos de trabajar en un organismo de DDHH dedicado al tratamiento de personas torturadas y de sus familias, haberme sorprendido cuando en tareas de archivo debí procesar Informes de DDHH donde se daba cuenta de situaciones de vulneración grave en otros países, por ejemplo Cuba. Una compañera de trabajo mayor (yo tenia apenas 21 años, y casi todos eran mayores entonces) me dijo “el respeto a los DDHH no es “acomodable”. Es absoluto. Y no existen silencios excusables aquí”. Agradecí estar en ese momento, y como mamá nueva. Las palabras de Mónica son un eco leal hasta hoy.

No hay silencios excusables en DDHH. Tampoco puede ser un arsenal el silencio. Y el silencio de los homenajes públicos, cívicos, debe entrañar dignidad, consideración, empatía. La voluntad y precaución de no-dañar.

Alguna vez leí, en alguna historia, que los minutos de silencio podían ser uno por cada ser humano que hubiese perdido la vida en alguna tragedia. Pensé entonces en que todavía no terminaríamos de callar por cada víctima del Holocausto, hasta llegar a guerras recientes, e historias de cada día en el mundo, los niños y niñas víctimas de criminales solitarios (como en el kindergarten de Sandy Hook, EEUU, el 14 de diciembre del 2012) o ejércitos fundamentalistas (como en la escuela de Peshawar, Pakistan, 16 de diciembre 2014)… sería un silencio ensordecedor

El día 10 de diciembre, iba hacia la universidad y pasaban por mi cabeza otras posibles situaciones demenciales, insanas –porque trizan el sentido común, la cordura, porque hieren deliberadamente, o por omisión consciente a quienes ya han sufrido demasiado.

Jamás pediríamos minutos de silencio por un número de genocidas y tiranos de quienes leemos en textos de historia, con una distancia tenuemente protectora, sólo porque no vivimos en sus eras ni territorios. Tampoco concebiríamos minutos de silencio por asesinos, por pederastas, femicidas, traficantes de seres humanos adultos y niños.

Ese día recordé también a una paciente, sobreviviente de incesto y ASI prolongado, cuando murió su abuelo (responsable del abuso). Ella tenía cerca de cuarenta años. No asistió al funeral, y tampoco los suyos (ni su marido e hijos, y tampoco su madre o sus tíos y primos más cercanos).

Al año siguiente, se realizó una misa de conmemoración y su madre sí asistió esta vez (sentía culpa por no haberse despedido de su padre el año anterior). La hija experimentó la crisis post traumática más seria que había vivido en veinte años, incluidas ideaciones suicidas. Tal fue su herida moral, emocional, y física también (no se sufre en el aire, sino en el cuerpo).

Para las víctimas de crímenes de lesa humanidad en Chile, durante la dictadura, no alcanzo a imaginar lo que pudo ser o cómo pudo sentirse ese minuto de silencio por A. Pinochet. O el que un representante del Congreso, sabiendo lo que sabemos, lo haya solicitado sin compasión ni responsabilidad en una situación donde él no podía anticipar con certeza cuáles podían ser las consecuencias para las víctimas. Y no sólo él fue responsable, sino quienes no evitaron la situación.

El hecho es que representantes de nuestro parlamento, en pleno uso de sus facultades, corrieron el riesgo de re-victimizar a sus compatriotas que habían sufrido tortura, secuestro, prisión, y/o a las familias de detenidos desaparecidos, ejecutados políticos. Familias que talvez el 10 de diciembre volvieron a evocar momentos indecibles, experimentaron flashbacks, crisis de pánico, un regreso forzoso a sus duelos (de manera intensa me refiero, porque hay duelos con los que de todos modos se convive cada día de una vida) por las propias heridas o de seres queridos, o de una comunidad. Esto es muy grave.

Grave, porque cualquier diputado o Senador en ejercicio debe saber –asumiríamos- que el número oficial de víctimas de violaciones a los DDHH y crímenes de lesa humanidad en tiempos de dictadura y con A. Pinochet a la cabeza, es de al menos 40,018. Esas son las víctimas “oficiales” para el Estado de Chile (Informe 2011)

No conocemos el número final. Pero sí sabemos de 40,018 chilenos y chilenas reconocidos oficialmente como víctimas. Dicho reconocimiento se fundamenta en que las personas hayan sufrido: 1) detención y/o tortura por agentes del estado o personal a su servicio; 2) desaparición forzada o ejecución por agentes del estado o personal a su servicio; y 3) secuestro o intentos de asesinato por razones políticas.

En el número “oficial” no están considerados exilios, exoneraciones y cesantías, enfermedades físicas y/o psicológicas, y otros muchos daños para los cuales no existe métrica ni definición. Tampoco están incluidas miles de otras personas cuyas denuncias no han terminado de ser procesadas. O al resto de un país para el cual ha sido lento y doloroso el recorrido de la reconciliación.

Entre las víctimas, recordar a los niños. En los años más tristes –según los Informes Rettig y Valech- 2200 niños vivieron prisión y tortura, al menos ochenta fueron secuestrados, ejecutados y/o desaparecidos, y de otros no conocemos su destino pues pudieron haber nacido durante el cautiverio de sus madres luego desaparecidas.

Son 2280 niños, niñas y adolescentes que quiero creer, nos importan a tod@s, más allá de nuestras edades, creencias o avenidas políticas. En minutos de silencio, si fuese uno por cada un@, serían 2280. Casi dos días. Más mujeres, hombres, padres, madres, abuel@s, monjas y sacerdotes, incluso miembros de las propias FFAA (que no cumplieron órdenes crueles), y tantas otras personas de nuestro país. No sé a cuántos minutos llegaríamos. Los duelos, además, son para siempre.

El 10 de diciembre, conversamos de lo ocurrido sólo en familia, y con dos compañeras de universidad -una de ellas británica, y la segunda, india- que se han vuelto amigas entrañables en estos meses. Las 3 coincidimos en que ningún representante de un Congreso en el mundo civilizado, podría hoy eximirse y desconocer, omitir u olvidar a su conveniencia a víctimas de violaciones de DDHH de su país. Menos pueden ser responsables de actos deliberados de re-victimización de sus conciudadanos. Ni siquiera durante un minuto.

“Uno esperaría otra conducta de países democráticos. Lo siento” y guardaron silencio: un silencio que sí agradecí viniendo de estas dos mujeres lúcidas, tanto como su “lo siento”. Una disculpa franca que habría tenido ganas de compartir o hacer llegar a quienes en verdad correspondía pedir perdón ese día, e ignoro si al momento de escribir esta reflexión, habrá habido una disculpa pública –de parte del diputado responsable, de su partido, de todo el Congreso, de la Presidencia-, pero como mis compañeras, y como much@s, yo también lo siento.

 

minuto de silencio

Escolares de New Delhi, India observan 2 minutos de silencio por las victimas de Peshawar en Pakistan. Dic. 17, 2014 (via The Atlantic)

 

Niñ@s, saudade y soledad

Dónde construir la casa, la ciudad de los niños, dónde la escuela, la vida. No dejar pasar las preguntas que informan cada tiempo y edad sobre la tierra. ¿Desde dónde las prioridades los desvelos, los regocijos?, ¿dónde el horizonte?

Activistas y trabajadores por la niñez han reconocido en el 2014, un año devastador. Unicef lo ha descrito (leer) como  “de una brutalidad indescriptible”.

Árboles de navidad, pesebres, candelabros, linternas en el agua, velas multicolores en kwanza. Festividades en diversas culturas y tratamos de recordar de todas un poco, mientras ponemos el centro en la que mejor conocemos.¿De qué niño era este cumpleaños? y podría escribir un salmo en la emoción de escuchar a mi hija mayor contando una historia a su hermana pequeña. Saltando de Jesús, a Anna Frank, Luther King, y cada familia, o lo que un niño o niña pequeña podría ayudar a cambiar, en cualquier lugar del mundo.

En NY, dos mujeres convocaron a una marcha. Miles respondieron. El sábado asistimos a la #MillionsMarchNYC, no sé cuántas personas éramos (se ha dicho que 10, 20, 50 mil) pero sumaban cuadras y cuadras, desde el mediodía y hasta la noche. Más que contra la brutalidad policial solamente, sus voces eran contra toda violencia… la violencia mayor de que existan aún en estos tiempos tantas diferencias, tanto sufrimiento.

Ese mismo día, era el día de “Santa-Con”. Otras decenas, o cientos de personas jóvenes disfrazadas de Santa Claus o con trajes alusivos a navidad, caminaban por la ciudad, y en muchas cuadras casi paralelamente a la marcha por los derechos civiles. Los “viejitos pascueros” iban de juerga, bar-hopping, de bar en bar el festejo.

En una esquina, a una muchacha activista, otro joven vestido de “Santa” (y algo ebrio) le dijo “get a job”, como si a las manifestaciones asistieran sólo personas que no tienen nada mejor que hacer, o son desempleadas, flojas, o “débiles” y dependientes de beneficios sociales: esa “carga” para el país que veía el candidato -y supremacista, en realidad- Romney, esos “otros” de quienes habló con desprecio en un acto privado de la campaña presidencial (filtrado a las redes sociales) el año 2012, asegurando su derrota.

“Los otros”, los que se ven lejos, hasta que la experiencia y la rueda de la vida, nos intersecta y nos convierte en ellos, en “nosotros”. He compartido esa experiencia con muchas familias en la esfera del abuso sexual infantil.

Viene pronto el cambio de año y 2014 hereda al 2015, quince millones de niños y niñas que sufren lo inimaginable, en distintas latitudes.

Secuestros, torturas, tráfico humano, genocidio: como dijo Unicef, “indescriptible”. Siglos de evolución humana, toda la información o educación imaginables, y nada, nada ha servido para detener y erradicar atrocidades como las que hemos atestiguado este 2014, sin pausa, sin que se aviste final.

En Chile, nos sentimos lejos, tan al sur en la Tierra. Son “otros niños”, “otros países”. Nuestra lejanía de conflictos armados y miserias inimaginables, a veces, nos permite creernos un poco más a salvo. Pero la vulnerabilidad de nuestros niños existe, de todos modos. Y para nuestro país sigue siendo demasiado el riesgo que asumimos cuando no prevenimos sufrimientos que deberían ser -y que pueden ser- perfectamente prevenidos.

Es diciembre, se va el año, y un cuarto de siglo desde el retorno a la democracia. En 1990, con don Patricio Aylwin como presidente, Chile suscribía a la Convención  Internacional de Derechos del Niño. Era un acto de inmediata apuesta al presente y al futuro, y una imagen profundamente inspiradora: de nuestra democracia como un cerco de cuidado mayor alrededor de los más pequeños. ¿Qué nos pasó?

Entre 1990 y 2014, no llegamos a materializar una Ley de Protección Integral de la Infancia.  Somos el único país de Sudamérica que no cuenta con ella, y seremos el último en tenerla. En materia de educación el trazado es confuso y en ello se compromete el proyecto de vida futuro de muchas generaciones de niños. En salud, sólo quisiera recordar  a una niña de 13 años en Carahue -y antes otra niña de 11 años, en Puerto Octay-. Su embarazo resultado del abuso sexual sin posibilidad de elegir, de interrumpir ese sufrimiento por razones humanitarias y de salud. Tanta desgraciada soledad en que la dejamos.

No podemos estar pensando sólo en penas, está claro; cada uno tiene un cierto tiempo sobre la tierra, en la vida. Pero desconectarnos de nuestra emoción y humanidad, nos deja más solos que nada. Más desvalidos.

Hablaba con una mamá, hace poco, cuyas hijas fueron abusadas. No habría podido sobrevivir la trayectoria, ni ella ni sus niñas, “si no hubiese sido por los demás”. Se refería a la justicia, vecinos, profesionales de apoyo (profesores, abogados, enfermeras en consultorios, psicólogos, etc), otros padres y madres de su escuela. Ahí estuvo lo más terapéutico, lo más sanador: la comunidad, la compañía. Ahí algún alivio.

Poder descansar, dormir, traer a nuestros hijos al hogar, la ciudad, velar por ellos, nosotros. No soy católica ni creyente pero algo resuena hondo del Salmo 127 (o 126; y su salto del hebreo al griego, latín, español, con todo lo que puede haber quedado “lost in translation”).  “Cum dederit” de Vivaldi (para escuchar, aquí), lo que no puede ser dicho con palabras.

¿Quién cuida? ¿A quién le urge? ¿Nos urge?

En Chile, el año 2012, se presentó al Senado un proyecto de Protección Integral a la Infancia (P. Walker, M.Soledad Alvear, JP Letelier). ¿Por qué no pudimos avanzar sobre eso? Ya contaríamos con la ley. Talvez, con un Defensor del Niño independiente de gobiernos de turno.

En cambio, se optó este 2014 por crear una comisión ad hoc (Consejo Nacional de la Infancia) que debe formular una propuesta legislativa de Protección Integral a la Presidenta, en el plazo de un año (al 14 de marzo 2015, prorrogables en 6 meses y eso daría Septiembre del 2015, ojalá que no).

Existen buenas intenciones y creo que todos podemos valorar actividades para la niñez, e instancias donde se ha recogido la voz de los niños. Y si fuera el 2008, 2000, 1996, apreciaríamos todavía más que se consulte la opinión de expertos y ciudadanos para articular una ley de protección integral (ver sitio web de Coninfancia). Pero es 2014, y no podemos seguir gastándonos tiempo que no es nuestro; tiempo de la nueva generación.

Miro los ojos de Emilia. Brillan, se inquietan. Escucho a mi hija mayor, hablando a su hermanita de ese “buen hombre que vivió hace mucho y quería a los niños”. Luego los porqué, todo aquello que la más pequeña no logra engranar en lo poco que ya conoce de ciertas realidades.

No tenemos respuestas.

Vuelvo a los meses y semanas pasadas, días recientes. Reportes sobre los niños en hogares de protección (y hasta cuándo serán administrados por personas ajenas al Estado, y condonado el hecho esencial de que no sean nada, pero nada cercano a lo que entendemos por “hogar” o por “protección). En el pasado, hubo niños que en dictadura vivieron las peores pesadillas, y casi siempre, a lo largo de los años, han sido más bien una línea al final, o a un costado de Infomes de DDHH sobre esa época.

El Informe Valech dio cuenta de 2200 niños que sufrieron prisión y tortura. Sólo el 2013, apenas un año atrás, una joven periodista hizo visibles sus experiencias (Gabriela García, en revista Paula). Y ahora, apenas anoche, diciembre 2014, otra periodista mujer (Consuelo Saavedra en Informe Especial, ver) abre el tema de la tortura, los sistemáticos abusos sexuales y  violaciones a mujeres detenidas o detenidas y desaparecidas, lo que desconocemos sobre el destino de sus hijos vivos, o no, pero ¿quién los busca, con qué urgencia?

En el cotidiano de una ciudad, la semana pasada se comparte la foto de un abusador de compras en el supermercado, en atuendo, o disfraz más bien, de sacerdote (y digo esto responsablemente, pensando en otros hombres que sí dedican su vida al servicio de los demás, y que jamás han abusado ni abusarían de los más indefensos).

Cualquiera de nosotros, con nuestr@s hij@s de la mano, podríamos encontrarlo en la ciudad. Su víctima, también (una niña al menos, según la justicia, pero yo le creo a su hermana, y de otros niños no sabemos).

La impunidad que nos acompaña. La indolencia, demasiado tiempo ya, y son much@s l@s niñ@s y adolescentes que también corren el riesgo de encontrarse con sus victimarios en “libertad vigilada” y pido perdón por insistir en estas miradas pero sumamos ya demasiadas historias, otro año, y siento que los finales ni siquiera felices, sólo decentemente humanos, nos eluden.

A veces pareciera que no nos importa.  Cada uno y una, en familia, de seguro nos condolemos y nos sentimos en deuda. Pero como PAIS (así en mayúscula) estamos todavía en la espera. Ha sido mucha ya. Y queda aún.

Protestas se dejan sentir de vez en cuando, pero no interpelamos a nuestro gobierno con una claro basta, o hasta cuándo, si se trata de los niños, y tampoco los distintos colectivos políticos están dando el ancho en relación a la infancia.

En períodos breves es posible observar, en todo el espectro de partidos/liderazgos políticos, las más extrañas combinatorias de desatinos, irrespetos, desorientaciones (o errores flagrantes) y no dejan de ser angustiantes, más, cuando vienen de la máxima autoridad. Puede sonar naive, pero la resonancia es cercana a soledad. No encuentro otra palabra.

Presidentes y líderes políticos pueden sumar a las personas, y pueden también incidir en la salud o el desgaste (material, moral, emocional) de una democracia, y de su gente. Si se alimenta -por acción u omisión- la soledad, la frustración, la indiferencia, no veo cómo ninguna democracia podría ser capaz de cuidar una sola vida. Menos si se trata de sus niños.

Llegando al fin de este 2014 -y aunque nos haya despertado el ánimo el Premio Nobel de la Paz otorgado a dos activistas mayores por la infancia- cuesta mirar hacia el nuevo año. ¿Cómo disponernos? Con amor, a pesar del sentimiento de saudade que nos ronda.

Saudade. Una palabra prestada y difícil de traducir si se aleja de su lengua madre (el portugués), pero que trae nostalgia (por lo que fue o no fue, lo que pudo haber sido, o lo que podría ser), melancolía un poco, y también un deseo profuuuundo de llegar a un lugar que no es todavía. Tal vez esta definición de una cantante portuguesa (ella tiene que saber mejor) sirva:

”La saudade es algo que sentimos cuando estamos, por ejemplo, lejos de quien amamos. Es un sentimiento inclusive un poco alegre, porque permite sentir el amor en la ausencia, que el amor no desaparezca. Es siempre un sentimiento de esperanza… una espera creativa… una manera de acreditar que nuestras experiencias del pasado que nos han sido significativas tienen vida futura, porque están con nosotros.  La saudade tiene que ver mucho con la vivencia del tiempo: del presente, pasado y futuro. Es un sentimiento que conecta todos estos momentos”, Teresa Salgueiro, grupo Madredeus 

Saudade como talismán, sortilegio, perdón sobre lo que no hemos realizado aún, y memoria sobre lo que, igualmente, hemos logrado aprender. Saudade como acto de resistencia ante la inacción, la dureza; con toda el alma, nuestros duelos, y también nuestra buena voluntad. Junt@s. Sobre todo para l@s niñ@s, sin más soledad.

 

 

muural

Mural realizado por jóvenes artistas (CRC Sename, ex-infractores) en Punta Mira Sur, ciudad de Coquimbo, Chile, para los niños de su comunidad.

Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual (#yorespeto)

Let the soul be assured that somewhere in the universe it should rejoin its friend — R.W. Emerson

Recuerdo que la primera marcha por la diversidad a la cual asistimos como familia fue a fines de los noventa, en otro país. Fueron muchas, y también clases con alumnos y familias, sesiones de terapia (de mamás y papás que querían comprender y apoyar mejor a sus hijos e hijas que habían compartido al fin con ellos, ser homosexuales), reuniones de colectivos pro diversidad para educarnos como familia.

En los 2000 fue ardua la oposición al intento de la administración de G. Bush de introducir una enmienda constitucional que cerrara toda posibilidad de aprobar matrimonios homosexuales (en Georgia fue una campaña sin pausa donde mi hija mayor nos llevó de la mano a muchos rallies; y cuánto aprendimos de ella y de sus amig@s). Hoy en EEUU es indetenible la evolución hacia un país completo que reconoce los derechos iguales, también en el amor, de todos sus ciudadan@s.

yo respeto

Desde esa primera marcha, casi veinte años pasaron y todo lo vivido en otras latitudes se repite ahora –con demora, pero con la misma sensación de maravilla- en nuestro país.

Lo vivimos con esperanza, alegría, confianza: hay otra pequeña en la familia y, como muchos papás y mamás, soñamos para ella  esa nación donde cualquiera sea su camino, sus amores, elecciones, oficios, proyecto de vida, pueda realizarlos.

Me cuesta entender (no sé mucho de leyes, y prefería que obraran desde el amor, con amor, no contra él, sometiéndolo a restricciones), por qué no se discutió de inmediato el matrimonio igualitario junto con el acuerdo de vida en pareja -AVP- para parejas que conviven (cualquiera sea su orientación sexual).

No obstante, como muchos, veo en el AVP un progreso y uno que agradecemos a la tenacidad de hombres y mujeres buenas, activistas y fundaciones que no han detenido su trabajo en décadas, y con mucha mayor urgencia en los últimos años. Recientemente, la propia iglesia, desde su sínodo, deja filtrar también una nueva luz.

Es un nuevo tiempo. En todo el mundo, y en Chile también. Estamos creciendo. Hay una conversación social acerca de la diversidad  –y un universo que se va creando a partir de ella, donde podemos habitar- en la cual pausadamente, o a paso más ágil y veloz, nos vamos encontrando todos y todas.

Posiciones habrá distintas, resistencias también (y lamentablemente, violencias), pero más allá de objeciones u obstáculos no podrán ser omitidos derechos humanos que son universales para todas TODAS las personas, ni tampoco desconocer que las nuevas generaciones viven y seguirán creciendo en un país distinto.

Papás, mamás, educadores -y todo el mundo adulto-, somos una voz importante para nuestros niños y nos ponemos a disposición para escuchar, responder a sus preguntas, acompañar, guiarlos. Aunque no siempre sea sencillo porque también como adultos podemos tener inquietudes, dudas, temas irresueltos, preguntas y emociones.

Confiemos en los niños, en su corazón gentil y su apertura natural a la diversidad que existe por doquier: faunas, floras, comunidades humanas, el amor y las distintas familias también. Ellos saben.

El respeto a la diversidad sexual es un eje fundamental en la educación desde la ética del cuidado. Son demasiadas las evidencias (cotidianas y en estudios expertos) sobre los daños que vienen con la discriminación, la intolerancia, la violencia, o los juicios de género.

Hace dos años, conocí de una investigación en marcha (este 2014 se presentaron sus resultados, ref: Judy Chu) donde ya se avizoraba el sufrimiento de niños varones de prekinder ante la presión de los estereotipos (impuestos por los adultos) en sus juegos, en su forma de expresar afecto, y de vivir la amistad. Llegando a primero básico, sus voces habían cedido terreno a ciertos silencios. También su forma de ser estaba cediendo, y con ella, la confianza en sí, la autoestima, diversas habilidades. Las pérdidas no son triviales.

En un salto del tiempo, los hombres grandes. Un estudio sobre estrés post traumático en sobrevivientes de guerra, llamó mi atención desde el relato de veteranos del Vietnam que agradecían, en las condiciones más desgarradoras, haber vivido tardíamente la posibilidad de relaciones de intimidad afectiva (no románticas, no sexuales) con amigos hombres. Amor.

Al volver de la guerra, sus comunidades, familias y esposas no comprendían la fuerza de esos vínculos de amistad profunda que los ex combatientes, con mucha dificultad, trataban de sostener. Un veterano muy mayor explicaba este amor profundo entre hombres amigos (como una lo ha sentido por sus amigas de toda la vida) y el desgarro de que no bastando con la guerra (y el abandono del gobierno y comunidad al regreso), debieran negar más encima sus propias almas y afectos. Amores que hacían bien; que los conectaban con su condición humana (casi perdida del todo, luego de lo vivido en Vietnam).

Las historias de estos hombres adultos no pertenecen sólo al pasado. Los niños de hoy también viven situaciones de extrema presión sobre su sensibilidad y su autenticidad. Si años atrás a los niños se les decía “no seas niñita” (para jugar, expresar emociones, vestirse, etc), se ha sumado a ello el “no seas gay”.

Cuesta entender que actuemos así cuando la sinceridad, la ternura, la preciosa intimidad que podemos vivir en una relación de amistad, de amor (también con nosotros mismos), son humanas: parte de nuestra naturaleza, de nuestra experiencia. No tienen género.

La presión impuesta por juicios de género ha llevado en algunos países a que los niños varones renuncien a parte de su mundo afectivo, y muy concretamente, a sus mejores amigos:

existen estudios que muestran como durante la básica y hasta fines de ella, al igual que las niñas, los niños contaban con un confidente, mejor amigo, una relación amorosa y contenedora donde compartir sentimientos, dudas, ideas, problemas, alegrías. Entre niños. (ref: Niobe Way, Judy Chu, Michael Kimmel, investigaciones de los últimos veinte años con niños y jóvenes de diversas culturas)

Llegando a finales de la secundaria, 75% de esos niños ya no tenía un mejor amigo. Comenzando los estudios superiores, la pérdida llegaba casi al 100% (y grupos de deporte u otros, no proporcionan necesariamente espacios de intimidad afectiva a los jóvenes varones).

Los muchachos habían renunciado a su afecto, y a su voz más íntima (la que comparte lo más profundo de su sentir): no sólo por las presiones del prejuicio (en el sentido que amistades muy cercanas serían “sospechosas de homosexualidad”) sino por lo que se espera de ellos desde la “masculinidad”. Esa expectiva conocida por los adolescentes (y habría que preguntar también a los hombres adultos en estos tiempos) que los obliga, dicen ellos, a ser autónomos, fuertes, estoicos. ¿Solos? Es una cruel desposesión.

Se habla de las niñas en una situación desoladora e inconcebible (abuso y violencia sexual, matrimonio infantil, pobreza), pero lo que viven ellas por millones también lo viven los niños en números que no podemos sólo asumir menores, sino desconocidos. El último informe de violencia contra la infancia de Unicef (2014) es claro en señalar que muchos niños no denuncian sus sufrimientos por temor, estoicismo, y para evitar ser sojuzgados, ellos y/o sus familias.

¿Cómo ayudamos a cambiar esta realidad? La pregunta del presente y del futuro no puede separar a niños y niñas.

La pregunta, aunque no sepa cómo enunciarla bien, va hacia la forma en que podamos proveer contextos y relaciones humanas que permitan a niños y niñas por igual, sentirse a salvo, aceptados y empoderados a desplegar auténticamente su ser, sus capacidades y atributos diversos. Y a cómo, también, fortalecemos resiliencias y recursos que les permitan a ambos (niños y niñas) ser parte de paisajes que no cambian de un dia para otro, y donde todavía habrá dificultades, escasez, censuras, y más de un dolor.

Ojalá en Chile nos valgamos de advertencias y aprendizajes ya ganados en otros lugares, y vayamos sumando otras historias. Ya existen. He conocido de colegios donde hoy en día están trabajando programas para promover la igualdad de género (y también JUNJI, en sus jardines de administración directa), así como la inclusión y el cuidado amoroso de niños y niñas homosexuales o transgénero con toda la comunidad haciéndose parte.

Más allá de las definiciones y los géneros, volver sobre los seres humanos pequeños y pequeñas a quienes estamos protegiendo, amando, educando.

De un colegio en Santiago surgió una website para orientarnos como familias (www.transexualidad.cl); en otro, una estudiante está viviendo su transición (a niño) con apoyo de compañeros, profesores, y apoderados no sólo de su curso sino de todo el colegio. Son historias que pronto no serán tan excepcionales, pero siempre serán extraordinarias.

En este día del #Yorespeto, quizás como muchos papás y mamás, agradezco de la nueva generación cómo nos enseña que otro mundo es posible. Sus ojos nuevos, su voz clara.

Pienso en mis hijas, en lo que he gozado siendo parte de sus vidas. Las lecciones que he recibido.

“Las personas son personas, todas distintas, el respeto igual para todas”, diría la mayor cuando chica, en reclamo por las clasificaciones de género. La más pequeña, de 6, no conoce las palabras gay, lesbiana, homosexual. Como su hermana, y como otros niños, desde pequeña ha compartido con parejas y familias diversas y no existen los nombres cuando ve lo mismo que en su hogar, en tantos hogares: cariño y cuidado de unos por otros, especialmente de los adultos hacia los niños.

En la última marcha por la diversidad y no-discriminación de mayo 2014, Emilia se quedó fija en un grupo de hombres transvestidos (no estoy segura de si el término es el correcto). ¿Están disfrazadAs porque es la fiesta de las “familias distintas”? Sí, le dijimos. ¿Puedo hablar con la niña de rosado y hello kitty? Por supuesto, si ella quiere también, ¿preguntémosle?

Nos acercamos a él/ella (me cuestan las conjugaciones) y nos acogió con una amabilidad inmensa. Me preguntó, como mamá, si le permitía comer dulces a mi hija. Dije que sí, que en general sí (aunque algunos no nos parecen seguros, por si se atora). ¿Estos están bien? Eran unos koyac (quizás se llaman distintos en estos días), pero chiquitos, estaban bien.

Mi hija le pregunta por su ropa, su cabellera, su cartera (muy colorida), y  en todo recibe una respuesta dulce, lúdica. Luego Emilia le pregunta si pueden retratarse juntas. Ella le responde “hay que preguntarle a la mamá”.

Me emocioné y no sabía cómo se detiene el tiempo o se atesoran momentos así, de tanta inocencia y respeto entre seres humanos, de tanto cuidado de la manada adulta por los más chicos. Asentí, y vi a mi hija alzada en brazos, brillando al sol esas dos cabelleras radicales y alegres, una de color naranjo, la otra de color rosa. Qué momento único. Inolvidable.

Tomamos la fotografía, Emilia feliz, y mi marido también, que fue llamado por la más chica a sumarse al grupo. “Qué tierna la señora”, comenta mi hija al alejarnos. “Su voz era un poco distinta eso sí, como de niño”. ¿Tú la escuchaste distinta?, y en esa repetición de sus palabras y en el tiempo que gano, intento prepararme para la conversación que pueda venir (aunque preferiría que fuera más adelante en esta esfera de la diversidad). “Sí mamá, pero todos tenemos voces distintas”. Acto seguido pasó a comentar otras cosas, los globos, el cielo, un edificio antiguo.

yorespeto

Hasta ahora no se ha abierto una nueva conversación, pero mientras residimos en Nva York, la más pequeña ha cruzado camino, al igual que otros niños, con decenas de parejas de mujeres, todas las edades, y hombres también.

Nos tocó que en el metro, una pareja de lolos se sentó frente a nosotras en un trayecto largo. Iban riendo y siendo muy cariñosos (nada excesivo, sólo una ternura arrolladora). Disfruté viendo a mi hija mirarlos con una gran sonrisa y curiosidad. ¿Son pololos cierto?, pregunta. Le digo que sí, “como tu hermana y Jaime”. Ahh, y ríe con travesura, sin “pero…”, sin más preguntas, tan ligera en una edad donde ya presta atención a las claves y a la noción del amor romántico (que a los 3,4 años aún no estaba presente). Este amor, y el amor por su familia, el cariño por sus amig@s.

El amor que no trae sombras ni reproche, tampoco nombres; que no ve diferencias y sólo reconoce a personas que se quieren.

Escribo esta mañana, lejos, y me pregunto cuántas historias más cómo ésta tendremos para contar. Las nuevas generaciones de niños y niñas viven este tiempo de una forma que puede iluminarnos a todos. Ojalá en este blog, en múltiples espacios y diálogos, otros papás, mamás, herman@s, educadores, pudieran compartir historias de sus hij@s, alumn@s (por favor, sería increíble). Estamos entre tod@s aportando a un tomo mayor en un estante de libros muy querido, donde vamos sumando las etapas de vida de esta nación. Ésta es una buena etapa.

Que sea una bella marcha la de hoy, #Yo respeto

 

yorespeto family En Battery Park, NYC, 18 Octubre 2014, #yorespeto para igual celebrar el buen día.

 

Serie de Diversidad Sexual y la Nueva Generación: Cómo conversamos con nuestros niños (publicada en El Dinamo). Van cinco columnas a la fecha (quedan 3 pendientes). Gracias por concurrir en su lectura:

Introducción  http://bit.ly/1qiIktg, 0-3 años Parte I http://bit.ly/ZecQOx, 0-3 años Parte II http://bit.ly/1t332VC, 4-7 años Parte I http://bit.ly/1tBy94P, y 4-7 años Parte II http://bit.ly/1sdVwGd

 

#BringBackOurGirls en Santiago de Chile

Hola a tod@s,

Desde hace un tiempo, la prensa ha estado informando acerca de las acciones terroristas del grupo Boko Haram (cuyo nombre se define desde la oposición a la educación occidental), quienes se adjudicaron responsabilidad sobre el secuestro de más de 300 niñas escolares en abril pasado, de las cuales aun 276 deben ser rescatadas (53 lograron escapar,y dos niñas fallecieron, según información de sus captores). 
Las niñas han sido forzadas a convertirse al Islam y a contraer matrimonio con militantes del movimiento. Los intentos de búsqueda y rescate -a un mes del primer secuesto de 230 niñas- han sido infructuosos hasta aquí (y cuesta creerlo con países como EEUU, UK, Israel y Francia, apoyando al gobierno de Nigeria). El pedido de Boko Haram, para el intercambio de rehenes por reos terroristas, fue denegado por el presidente nigeriano.
Cuesta imaginar que aquello que sucede en Nigeria pudiese ocurrirnos a nosotros… pero lo cierto es que de secuestros y “desapariciones” sabemos demasiado como país y en eso hay algo que nos une en solidaridad con nuestros prójimos nigerianos. Las niñas de Nigeria ponen luz también, para mirar el devenir de las niñas de nuestra propia nación, sus vidas, nuestras ausencias desde el mundo adulto. La violencia física y sexual ejercida contra las niñas y adolescentes de toda latitud, duele. Duele física y moralmente. Y es inimaginable el secuestro, la separación forzada de nuestras hijas e hijos. Aunque no lo hayamos vivido, el sentimiento de empatía nos expone a un dolor. Y ojalá a la indignación, y también a la voluntad de actuar.
Cuesta ver fronteras en esto, somos una gran comunidad en la tierra. Pero también nos enfrentamos al contrapunto ineludible que pone nuestra propia realidad, tan cerca. Les compartimos esta columna de reflexión “Desaparecer: en Nigeria, o en CHile”.
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Alrededor del mundo se han organizado diversos eventos y actos en solidaridad con las niñas secuestradas y sus familias. Chile no se ha quedado atrás.
Junto a un grupo de amig@s y activistas por la niñez decidimos juntarnos e implementar una acción en solidaridad con lo que ocurre en Nigeria. Pensar en las niñas como si fueran nuestras hijas y hermanas, responder como comunidad ante el horror y hacer propio el dolor de miles de personas.
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Agradecemos especialmente a Mirella Henríquez -no la conocemos en persona- una mamá y activista de twitter que nos animó a emprender la iniciativa ciudadana, a no esperar.
También, a la ilustradora Marianela Frank por permitirnos usar su ilustración (del libro “Niñas hoy, mujeres mañana” de Vinka Jackson) para el afiche de convocatoria. Y a muchas otras personas que nos han alentado y apoyado.
Y al psicólogo, y querido amigo, Tomás Ojeda por los grandes esfuerzos en la organización de este encuentro.
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Este domingo 18 de mayo, a las 11.30 horas, nos reunimos en Ma Luisa Santander 0290 Providencia. Pueden ir niños, jóvenes, familias, adult@s de todas las edades.
Queremos dar gracias a la CVX por su generosidad en facilitarnos su casa/sede para el encuentro.Y a las jóvenes ciéntificas Omayra Toro y Naomi Estay (ex alumnas del Liceo 1, y ganadoras del Premio de la Corona Sueca por su aporte a la protección de las aguas del planeta), que entregarán un mensaje el domingo desde la voz de las niñas.
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El encuentro tiene un tono reflexivo, desde el eje de la ética del cuidado, los derechos de las niñas y los niños, y cómo somos interpelados como ciudadanos del mundo (más allá de nuestro solo país) en el cuidado de los unos y los otros.
Se realizarán 2 ó 3 intervenciones de personas que ayudarán a contextualizar los hechos, una canción, y la confección conjunta de un cartel con el hashtag #BringOurGirlsBack.
Mayores detalles de la actividad los iremos informando a través de un evento que creamos en Facebook y que fue “colgado” desde la plataforma de la organización mundial que propuso el hashtag: https://www.facebook.com/events/1423532011249844/

 

¿Algo especial que llevar? Ojalá podamos ir con una polera, chaleco, polerón o chaqueta roja, o algo de ese color. ¿Por qué? Porque fue el color elegido por las madres de las niñas secuestradas cuando marcharon por las calles de Nigeria en su búsqueda.

Ojalá se animen y puedan invitar a much@s más. Un saludo grande, con afecto y esperanza,
Imágenes integradas 1
Domingo 18, última invitación

Mientras 440 niñas y niños de una ciudad nigeriana llamada Kano, desafían el terror y continúan asistiendo a la escuela (a pesar de la masacre de 2012), otras 276 niñas continúan desaparecidas.

Con las niñas y niños de Nigeria -un país que quizás muchos de nosotros jamás conoceremos- podemos solidarizar y enviar nuestro apoyo desde lejos. No somos tan ingenuos en pensar -como algunos acusan- que una campaña desde las redes sociales y la ciudadanía vaya a rescatar una sola niña. Pero el pedido de sus familias es a no cejar, no permitir que sus hijas sean olvidadas, sostener la solidaridad con ellas (y las plegarias) y también, ser inclementes en la presión sobre organismos internacionales y gobernantes para que actúen en rescate de las niñas. ¿Cómo no apoyar?

Acá, en nuestro país, en cambio, no debemos sentirnos lejos ni de manos atadas. Con nuestras niñas y niños tenemos la oportunidad de actuar ahora, juntos, aquí, para escribir otra historia.

Desde lo que ha sucedido con las niñas de Nigeria, el reflejo de agua donde también mirarnos y movilizar nuestra energía.

Me atrevo a decir que todos querríamos no saber más de abusos y violencias (no por ceguera, sino porque no existan), y en cambio sí, de entornos amorosos y enriquecedores para los niños, en hogares, escuelas, en Sename, en los barrios, el sistema de salud, todo lugar.

Estamos juntos en esto, no hay colores políticos ni debería haber controversias ni oposiciones cuando se trata de asegurar el cuidado (incondicional) y el bienestar de todos los niños y niñas, mientras crecen y llegan a ser capaces de cuidar y decidir sus propias vidas. Mientras recorren esos años, los adultos y adultas, desde cada hogar y hasta el Estado en pleno, necesitamos estar disponibles. El círculo de protección lo hacemos entre todos: es una tarea grande, y se necesitan todas las presencias posibles.

Ojalá podamos encontrarnos hoy. Hemos pedido usar algo rojo (como las madres nigerianas),si es posible, llevar su letrero con el # (#BringBackOurGirls) que se está usando en todas las acciones del planeta (nuestro evento está registrado en FaceBook  y Minguo).

Será un acto sencillo, breve (una hora, un poquito más) con mucho sentido, organizado por personas comunes y corrientes, acompañado en las voces, entre otras, por Omayra Toro y Naomi Estay (ambas alumnas egresadas del Liceo 1, recibieron el premio de la Corona Sueca el 2013, por su aporte a la conservación de las aguas del planeta).Con mucha esperanza, comparto también que esta iniciativa ha sido apoyado por la mayor diversidad de ciudadan@s, organizaciones, movimientos sociales y políticos.

Gratitud, porque la infancia pueda unirnos así.

Claves del cuidado ético

Si tuviera que renunciar a todas las palabras, y conservar sólo un puñado de ellas para compartir con las nuevas generaciones, y mis propias hijas (como una luz para la intimidad donde cada ser humano examina y elige, día a día, sus actos de amor, trabajo, ciudadanía), éstas serían las de un viejo proverbio irlandés que reza: “En el cuidado de los unos por los otros, la gente vive”.

La gente vive, la vida es posible, en el cuidado. Milenios de la humanidad han dependido de ese solo acto que nos hermana sin objeciones: todos hemos sido, somos, hijos e hijas de alguien; todos comenzamos nuestras vidas en la dependencia de los demás. Y sobrevivimos el delicado tránsito del vientre materno al mundo (y muchos otros momentos en la vida), gracias al cuidado que otros nos prodigaron respondiendo a un imperativo inexorable: “alguien necesita ser cuidado: alguien cuida”.

Antes del lenguaje, de la organización racional de principios como “el derecho a la vida”, los seres humanos respondían al imperativo de la supervivencia y de la continuidad de la vida -como otras especies lo hacen, desde siempre-, cuidando de las nuevas generaciones.

Entre nuestros orígenes y el día de hoy, el cuidado ha atravesado por diversas etapas y aunque existen marcadores nobles -como los esfuerzos para promover y proteger los derechos humanos de la infancia-, la realidad en este nuevo siglo y milenio, aun con todos sus progresos y conocimientos, nos encuentra todavía lamentando pérdidas y daños infligidos a los niños, niñas, y sus vidas. En todas las latitudes.

La responsabilidad es colectiva en el cuidado de la infancia, y también lo es cuando fracasamos en dicho cuidado: cada  vez que los niños deben vivir sufrimientos que son evitables (a diferencia de algunos sufrimientos inevitables que resultan, por ejemplo, de catástrofes naturales). Como el abuso sexual infantil, cuya realidad nos ha interpelado muy duramente como país,  en los últimos años.

A pesar de la revuelta interna (cada vez que recordamos que existe el abuso), la verdad es que hace mucho que no se dialogaba en Chile, de forma tan significativa y frecuente, sobre los derechos y los tratos a los niños, el rol de familias y comunidades en la formación y cuidado de las nuevas generaciones, o sobre la educación (aunque sigue siendo una gran ausencia, el acceso y calidad de la educación prescolar y básica). Nos estamos preguntando, mucho más que antes, cómo hacerlo mejor durante todo el ciclo de la infancia y adolescencia. Los 0 a 18 años, quizás más tiempo. Pero al menos esos 18 años.

La ley define los 0 a 18 años de vida como el período en que los niños deben ser protegidos por sus padres y la sociedad adulta. Este período concluye, en una mayoría de los casos, coincidente con el egreso de la educación secundaria. Desde el desarrollo evolutivo, la biología indica los 20 a 25 años como el momento en que el cerebro completa su maduración (muy recomendables las investigaciones de Beatriz Luna sobre desarrollo cerebral). El calendario es inmenso y relevante, y muy especialmente durante la infancia temprana. La educación, en toda etapa y sobre todo en los primeros años, no es separable del cuidado

¿De qué hablamos cuando hablamos del cuidado? Intentando un definición tan completa como sea posible -a partir del desarrollo de la teoría, por Carol Gilligan, en los setenta-, podemos decir que el cuidado incluye todas aquellas actividades de nuestra especie destinadas a sostener, y mejorar o reparar nuestro mundo para que podamos vivir en él de la mejor manera posible.

Nuestro “mundo” incluye nuestros cuerpos (el “hogar primario”), nuestro ser; prójimos conocidos (personas amadas o cercanas)  y desconocidos (las personas que no conocemos ni llegaremos a conocer), y nuestro entorno. Este entorno es provisto por el medio ambiente, la naturaleza, nuestra civilización, nuestra convivencia y nuestros vínculos, nuestras comunidades, nuestra democracia. Todo niño debe tener un lugar seguro en este entorno; y todo adulto debería poder sentirse habilitado y/o apoyado para cuidar de sí, de su familia, y contribuir a su comunidad.

El cuidado es una actividad, y es también una disposición, una voluntad. Una respuesta humana que puede/debe ir mucho más allá del imperativo de la supervivencia, y amplificarse en la aspiración de una vida buena, ojalá feliz, para los que viven: en todas sus edades, tomando en cuenta sus diferentes necesidades y vulnerabilidades, y su igual dignidad y derechos. Entre estos derechos, se cuentan el derecho a ser cuidado (especialmente los más indefensos, los niños, las personas enfermas o que tienen su capacidad de autocuidado restringida y/o disminuida) y el derecho a cuidar.

Pensemos en las madres y los padres, en los primeros años de vida de sus hijos, o cuando estos sufren accidentes y/o enfermedades, más aun cuando éstas son catastróficas, como el cáncer, por ejemplo. Y podríamos pensar también en nuestra pareja, o en padres y abuelos ancianos a quienes querríamos cuidar para sanar o para acompañarlos a morir, si es el caso. Cuando somos limitados o privados de estas opciones, sufrimos, se siente injusto, lo vivimos con impotencia y esa restricción no es inocua en otras esferas de nuestras vidas. Si tanto importa la “productividad”, es irracional pensar que divididos podamos rendir más o mejor, y es hora de debatir seriamente sobre la conciliación familia-trabajo, desde el derecho a cuidar a nuestros niños, y también a los adultos que amamos. Y a nosotros mismos.

Un atributo esencial del cuidado es su incondicionalidad. Un ejemplo hermoso de este atributo, es la atención y movimiento que se despliega en lugares de asistencia masiva –estadios, parques, playas, centros comerciales-, cuando un niño pequeño está perdido. Asimismo, en un accidente de carretera, el auxilio a los heridos no se condiciona según se trate de las víctimas o el responsable del accidente.

La entrega de cuidado no depende de transacciones, juicios o consideraciones particulares sobre el ser humano que necesita recibirlo. Tampoco debe comprometer la dignidad del otro en relaciones de sumisión, coerción o abuso. Esto es muy importante de destacar puesto que el cuidado se despliega, generalmente, en condiciones de asimetría: alguien que goza de mayor salud cuida a alguien enfermo; los adultos cuidamos a los niños.

El cuidado nos presenta el desafío, y la pregunta moral, todo el tiempo, sobre cómo preservar íntegros los derechos de quien es más indefenso; y sobre cómo honrar términos de trato justo, como iguales, con quien está en situación de mayor dependencia y vulnerabilidad. Las consideraciones del cuidado, por encima de todo, apelan profundamente a nuestra responsabilidad.

La ética del cuidado, de hecho, ha sido definida como equivalente a una ética de la responsabilidad que adhiere y practica un conjunto de valores imprescindibles para cuidar la vida: la empatía, la sensibilidad, la comprensión, el respeto, la solidaridad, la consideración, la atención y preocupación por el otro (y nuestro entorno), la escucha ética de diversas voces, la compasión, y también la indignación ante la injusticia.

Algo que me parece profundamente sencillo y revolucionario a la vez, es que el cuidado ético no se enmarca, aunque lo parezca, en el altruismo (el bien del otro, inclusive a costa del bien propio), o en la resistencia al egoísmo. El cuidado responde porque es irrecusable responder, porque es la única alternativa coherente con la vida. Y la vida del otro y/o del entorno, y la propia vida, son valiosas. Por eso no se pueden invocar martirios ni auto sacrificios (aunque sean inevitables en determinadas circunstancias), sino insistir sobre equilibrios entre dar y recibir cuidado; entre cuidar y cuidarse.

El cuidado no existe si no es junto al autocuidado. Especialmente en el proceso formativo de las nuevas generaciones, ambas dimensiones deben estar presentes: en el ejemplo de los adultos, y en las instancias donde se comparten con los niños y adolescentes, aquellos conocimientos y herramientas para el desarrollo del cuidado de sí y de otros.

La responsabilidad del cuidado (y el autocuidado) nos pide ser sensibles a distintas realidades y necesidades, y hacernos cargo, ponderando la incidencia de nuestras continuas decisiones (actos y palabras) en nuestras relaciones. En todas ellas, el cuidado está presente (en mayor o menor medida).

Cada niño que nace depende de los cuidados de sus padres, pero también de otros cuidadores (personal de salud, educación, instituciones del Estado, etc. ). Todos cuidamos y ante experiencias hermosas o devastadoras, las preguntas de mujeres y hombres en una sociedad democrática que cuida, deberían ser: ¿Y si fuera mi hija, mi hijo?, ¿cómo querría que lo cuidaran?, ¿de qué manera puedo contribuir como adulto/a al cuidado, bienestar, y a la realización de los sueños y proyectos de vida de la nueva generación?

Omitir estas preguntas, nos hace más vulnerables al sufrimiento de los niños, y de todos. Si en cambio las integramos a nuestra vida de todos los días, cambiamos el presente y el futuro: las vidas actuales de los niños y las niñas, y ojalá, también, de los hombres y mujeres que llegarán a ser.

 

(Referencias: Carol Gilligan, Joan Tronto, Virginia Held)