aprender con amor (o nada)

Muchos pero muchos años atrás, recibí una llamada de la señora que cuidaba a mi hija mayor (y con sus casi sesenta años, mi hija 5 y yo 25, era en realidad casi la madre de las dos) para preguntarme por qué había castigado a “su niña”. Yo estaba trabajando y quedé perpleja, no creía mucho en castigos (sí en la disciplina positiva) y menos recordaba haber restringido sus “monos” esa tarde. No puede ser, le digo, pregúntele de qué habla por favor. Vuelve al teléfono y me cuenta que mi hija había decidido no hacer las tareas que le enviaron, que ella era chica, que estaba cansada de que “todo el día era puro colegio”, pero sabía que no estaba bien así es que por eso no vería su media hora de tele.

“Yo encuentro que la niña tiene razón” me dice la querida señora. Yo también se la encontré, y mientras anticipaba una maternidad desafiante con una hija capaz de “auto-administrar justicia”, sentí una inmensa emoción ante su claridad con todo: la consciencia de su agobio, la noción de las reglas y responsabilidad a tan corta edad, y su confianza para expresar todo eso en su hogar. No vio los monos, leyó un libro, pintó y dibujó cuentos propios. No se quedó “flojeando”. Al tiempo nos fuimos de Chile y no se convirtió en anarquista ni fracasada ni delincuente (al contrario, el derecho fue su vocación). Es una gran mujer.

Escribo y no recuerdo una sola vez en su colegio en Chile, en que me llamaran para contarme sólo algo bueno; sí un par de veces para pedirme ir al psicopedagogo. Yo la había postulado a prekinder y decidió el colegio que fuera a kínder por los “excelentes resultados” en el examen de admisión. Números, cifras, rankings, recuerdo la entrevista de admisión como una clase de estadísticas. Llegué a ese colegio porque era pequeño y tenía un proyecto social (el francés iba siendo menos útil que el inglés, pero seguía siendo una lengua maravillosa), pero me equivoqué y mi hija sufrió 3 años las consecuencias (menos mal no fueron más). Fue la menor del curso, le faltaba madurez para aprender al mismo ritmo de niños más grandes (seis meses pueden ser una tremenda diferencia a esa edad), pero sus promedios de notas eran sobre 6,5, el colegio encontraba todo “fantástico” y de nada valió el argumento de que ella lo pasaba mal, y que sus aprendizajes no estaban siendo bien consolidados. Me dijeron que quienes sabían de educación eran ellos y  si no me gustaba, “ya sabía qué podía hacer”. Cuántos no hemos escuchado esas amenazas

Era mamá sola, joven, y me dejé intimidar, pero no por mucho y agradecí esas lecciones en nuestro segundo hogar, lejos. Mi hija estaba bien, y yo también. Jamás nos amenazaron; jamás nos desoyeron. Trabajé años como orientadora y como profesora en aula, y me prometí jamás-jamás trasgredir ni arriesgar la relación imprescindiblemente colaborativa que debía sostener con los apoderados y familias de mis alumnos. Sobre todo, esas lecciones volverían a ser de gran valor enfrentada a una segunda maternidad, dos décadas después.

Con mi hija menor, los límites los he cuidado yo en ambos países donde asiste a la escuela, y con respeto y fundamentos he sido escuchada por sus maestr@s. Ella así lo ha sentido también.Y es un privilegio que lo sienta, sobre todo en CHile, donde muchos niños viven el agobio, tal cual hace veinte años lo vivía mi hija mayor.

Poco ha cambiado en Chile en un cuarto de siglo: la presión por rendir tal cual, la mengua del tiempo de niñez. La desconfianza en lo que la vida ha venido haciendo por millones de años_ aprender, vivir aprendiendo. El aprendizaje no se interrumpe, trina y brinca de hogar a escuela y viceversa, y extiende su radio por doquier, en cada lugar donde estén los niños. No hace falta “forzarlo”, temer que se debilite, se “olvide”. Tampoco olvidamos respirar, dormir.

La más chica menos mal es un dechado de optimismo en verdad, y en períodos ha creído que las “tareas” -breves, interesantes, pertinentes y optativas- hasta eran un “regalo de la profesora”. En EEUU, el “journaling” o bitácora de aprendizaje ya me era familiar con mi hija mayor: todos los días unas pocas líneas acerca de algo vivido en la escuela y su emoción, sus reflexiones. Su hermanita hoy ama tanto ese ejercicio que decidió tener un cuaderno aparte para “inventar cuentos”.

No es “chochera”, ni es ningún genio ni fenómeno mi hija menor (aunque para mí sea lo más radiante que existe). Es como todos los niños, curiosa, y tiene que serlo, viene en su programa de cachorro humano: aprender y aprender, para vivir, para conocer su mundo, crecer, y asimilar paso a paso, etapa tras otra, una serie de herramientas que un día le permitan cuidar de sí, ser autónoma, tomar decisiones informadas en relación a su propia vida, a sus proyectos de vida. Una vida que se ame, se agradezca (y deberíamos angustiarnos y levantarnos viendo los índices al alza de suicidio infantil, y de intentos de suicidio de nuestros niños en Chile…¿qué les estamos haciendo?).

Los niños nacen con esa “necesidad” o imperativo de aprender a vivir en su programa, y se disponen al aprendizaje con entusiasmo, con reverencia -ese respeto instintivo ante misterios que a veces se revelan, y otras, permanecen indescifrables y hermosos-, con mucho espíritu lúdico, y con la “responsabilidad” que atraviesa el cuerpo entero en un cometido de seguir vivo (por eso se conservan aprendizajes como no meter los dedos al enchufe, ni a la estufa, ni se tiran por la ventana cual pajaritos o superhéroes). Miro a mi hija chica y aun cuando todavía no llegue a comprender al 100% el sentido profundo de esa palabra, “responsabilidad”, yo la veo latiendo en ella todo el tiempo, cada vez que se dispone a responder, a dar respuesta: ante sí misma, ante otros, ante su mundo, sus seres. Me quedaría contemplándola años (y sé que pasarán en un suspiro)

“mamá hay hormigas en el baño, ¿cómo las llevamos al patio del edificio?”, me dijo hace poco. Un papá me comenta “quizás es muy sensible para estos tiempos”. Escuché una advertencia similar acerca de mi hija mayor, a sus 5 años, y vuelvo a rebelarme por “pisar el palito” y, como muchos papás y mamás, llegar a cuestionarme así sea por un segundo, si el amor, la empatía, la gentileza, no serán un perjuicio y en cambio, para el Guantánamo emocional que algunos conciben como terreno propicio para los niños (¿qué tanto “bullying”? son cosas de niños, que se las arreglen… ok, dediquémonos a la cerámica), no sería mejor de frentón entregarles un bate de beisbol, una pistola y un manual del psicópata para dummies junto a un dvd de American Psycho.

Me frustra, sí, y me enoja tener que explicar a estas alturas de la vida, con todo lo que sabemos del daño, de la soledad, de la violencia y las llagas que deja, por qué uno elige ciertos caminos con sus hijas y con el mundo de los niños en general. No es locura ni estupidez ni “sensiblería” apreciar la niñez, dedicarle lo mejor a nuestro haber.

Es en realidad muy demencial, decadente, lo repetiré mil veces, y además intimidante, vivir en un entorno que genera culpa o dudas por amar, por cuidar a los hijos, por querer convivir con otros sin andar a punta de zarpazos. El territorio propio necesita límites, no alambres de púas, y para cuidarlo, defenderlo -si no es una situación de vida o muerte-, en el año 2016 D.C., existe una diversidad de formas no agresivas, ni proclives al exterminio (físico, espiritual, emocional, intelectual) de nadie.

Le comentaba a mi marido, hace unos días, que no sabía cómo darle la vuelta ni cómo expresar la falta de aprecio y amor que veía por doquier (por la niñez, por las personas ancianas, por nosotros mismos, por el país, por la democracia, por nuestra tierra, por el agua, los árboles), sin correr el riesgo de sonar shalaila, o de retroceder o restar peso a las proposiciones centrales que han nutrido mi trabajo por dos décadas ya. Le decía que si tuviera el poder de convocar a algo, no sería a marchas de “no más x,y,z”, sino a un gran rally nacional por el amor, con los niños de la mano, con pancartas que manifestaran intenciones empoderantes y cargadas de vida, no de pérdida, no de muerte.

Vuelvo a lo esencial, lo que más rescato desde que recuerdo: aprender con amor, acompañada de ese sentimiento, movida por él, hacia él (sobre todo en la adultez tal y como lo he aprendido de mis hijas, con ellas). Hago estas reflexiones ya en defensa de nada, sólo por la delicia de contemplar el borde fluorescente que reconozco y no me deja de asombrar, sin importar mi edad, en la profunda conexión de los niños con la vida.

Veía hace un mes, más o menos, un documental llamado “the beginning of life” y volví a aprender, y a tener que revisar, y descartar inclusive, principios que creía completamente arraigados e inmutables. Ante el dolor habría que arrodillarse, pero más debería postrarse el cuerpo entero ante la maravilla. En mi casi medio siglo, junto a la naturaleza, nada me ha dejado más conmovida que ver a niños crecer, mis hijas en primera fila. Conocer a través de ellas, la inclinación a vivir, a estar bien (no mal), empujar hacia adelante.

Lo he visto en las situaciones más terribles, y en mi esfera de trabajo en abuso sexual infantil, si uno no queda pulverizado después de ciertas sesiones de terapia o de trabajo, es porque además de ver la infinita capacidad restaurativa del amor en las víctimas –el amor de sus familias, de sus entornos, el cariño que se prodiguen a sí mismas-, atestiguo la fuerza incontenible de la niñez, de su energía, de su disposición a hacer propios nuevos conocimientos, de ensayar y poner a prueba capacidades y talentos que se van reconociendo. Ahí, la escuela es un universo mayor, y los maestros. Verdaderos tótemes, ángeles guardianes, líderes de la manada (y cuándo entenderemos que la educación de pregrado, que los sueldos, las oportunidades de desarrollo e intercambio, y el aval colectivo que se prodigue al magisterio son DETERMINANTES para nuestro país y nuestros niños).

Los docentes no sólo dejan huella en la formación de cada ser humano niño que llega al mundo, sino también actúan como mediadores “no oficiales” de reparación del abuso sexual infantil (y de muchos otros traumas que se pueden experimentar en la niñez).

Si sólo uno de cada seis niños y niñas devela abusos, los que callan siguen estando ahí, asistiendo a clases, habitando el aula sin contar su historia, pero recibiendo la experiencia de la escuela y de lo que llega de sus maestros, como una energía reparadora, quizás al punto de que lleguen a encontrar una forma de develar lo que padecen (los abusos se dan mayoritariamente en contextos intrafamiliares). Y aunque se graduaran de la secundaria sin jamás haber compartido su tormento, al menos en paralelo, habrán escrito otra historia, ganando resiliencias y permitiendo al cuerpo sentir una música diferente a la del silencio impuesto, mediante deportes, teatro, la expresión artística. Lo corporal como una experiencia alineada con la vitalidad y el placer de aprender, de creer en otro futuro posible, restando poder al daño.

Son incontables los relatos de pacientes que recién hablaron de adultos sobre el abuso vivido de niños, donde la escuela fue el pilar principal para construirse como personas, y un lugar de consuelo también, de luz y reposo por horas, antes de volver a lo inenarrable. En mi memoria, el colegio también: sagrado. El mayor respeto, la mayor sensación de que la humanidad sí era mi lugar pese a lo desdibujado del hogar que sigue siendo, debería ser (el nido), para todo niño, el lugar FUNDAMENTAL donde aprender a aprender

Hace unas semanas mi hija menor entra a mi escritorio y ve en mi pantalla del computador el tweet de un astronauta italiano de la Estación Espacial Internacional (ISS, sigla en inglés) donde aparecía el nombre de su mamá. Me preguntó si lo conocía, le dije que no, pero sí sus fotos desde el espacio. ¿Le puedo escribir? Por supuesto, veamos qué pasa. Hizo una notita con dibujos y se la envié por DM. Él le respondió “felicito tu motivación, sigue aprendiendo, aquí va un sitio web para estudiar del espacio, you rock!”. Emocionadísima, la vi pegar su dibujo, pasearlo, llevarlo al colegio, compartir con sus compañeros y profesora el dato del sitio web, y llegar a casa varios días queriendo aprender más. Qué importante lo que hizo este astronauta, lo que cualquiera de nosotros puede hacer por los niños.

Pocos días después, me pregunta por el movimiento para repensar las tareas (#latareaessintareas), le cuento que son muchos papás y mamás y profesores queriendo hacerlo mejor, cuidar a los niños, su salud, su imaginación, aprovechar bien el tiempo en la escuela, y en el hogar también. Pasando cerca del Nacional, le digo que esos adultos llenarían el estadio casi dos veces, y abre tamaños ojos. Qué agradecida de que ella sintiera esas presencias, y ojalá todos los niños las sintieran  (sin que lleguen jamás a enterarse de cómo un sencillo pedido -no más sobrecarga, cuidemos a nuestros hijos- genera enemigos, turbas, acosos)

Más claro me queda que la educación, especialmente para los más pequeños, no se percibe como un hábitat separado del cuidado, y hasta del propio hogar (dos lugares donde “hacer la lumbre”). Y los adolescentes de un modo semejante, también esperan ese cuidado, la dedicación de tiempos y experiencias de los adultos, el poder conversar, encontrarse, y hasta recibir “consejos”. Hacerse ciudadanos, también

En un sinnúmero de textos, escritos internacionales y nacionales, y también en la información que acopió la campaña “Yo opino” del Consejo Nacional de la Infancia, se puede observar cómo niñ@s y jóvenes realizan pedidos y expresiones de deseo en relación al mundo adulto –sobre todo a familias, profesores y el Estado- que francamente, hasta ni merecemos cuando pienso en  que por 26 años se dilapidó tiempo y que las garantías integrales para la protección de la niñez son recién un proyecto de ley en trámite. Por la ausencia irresponsable de esa ley, cada defensa de derechos vulnerados, cada intento por erradicar abusos de cualquier tipo, o interrumpir negligencias, ha sido y sigue siendo una gesta hasta el día de hoy.

Si denunciamos el abuso sexual a niños, se desacreditan sus relatos o se los revictimiza; si tratamos de difundir, promover o exigir sus derechos, se condicionan a “deberes” (¿cuáles podría tener un lactante? ¿un prescolar?);  si se expone la necesidad de una educación que cuide, avale la creatividad, enseñe a los niños a aprender (antes que a memorizar), se sueñe con calidad y equidad para todos, entonces es “intromisión”; si se levanta un movimiento para repensar las tareas (NO para prohibirlas sin razonamiento previo, sin diálogo, sin concierto de comunidad-docentes-expertos-familias), con  casi ochenta mil papás y mamás a la fecha, se les reclama por no ocuparse de otros temas, o se les acusa de flojos, sobreprotectores, histéricos, sin considerar que se trata de un país con pésimos índices de educación, 1200 horas anuales de escuela + horas de tarea (y por favor no nos confundamos con datos sobre tareas que aparecen por ahí sin sincerar que se trata de países con jornadas escolares de 5,6 horas: NO DE 8 o 9 como en Chile).

Desbordan el agobio escolar y agobio docente, el curriculum es abultado y anticuado (y conforme se avanza a paso de tortuga senil en la reforma educativa, ya ésta va quedando obsoleta), y el mismo sistema que alejó a la educación de su valor como bien colectivo (para convertirlo en bien de consumo) ha llevado a que se estén enviando tareas para la casa en salacunas “para que los niños (guaguas) se familiaricen con ese tipo de trabajo”, y en jardines infantiles “para preparar su admisión a buenos colegios”, y en escuelas con 8 horas y más de jornada “para que refuercen hábitos, para que formen autodisciplina, les vaya bien en el simce o PSU, etc” o para que terminen de leer la materia que no se logra ver en días ya eternos.La salud física, los límites humanos de descanso, la autoestima de los niños frente al aprendizaje, su amor por aprender: TODO lesionado, o en riesgo de. Unos pocos colegios se eximen. Unos pocos. 

Ya no es sólo daño, es robo a mano armada del tiempo de la niñez que sí pudieron disfrutar adultos de hoy: algunos bienintencionados, quiero creer, que se limitan a resolver con leyes o decretos prohibitivos express (que nos distraen, y no abordan el problema de fondo), y otros adultos indolentes que se atrincheran en su inercia, en sus creencias o en sus egos, olvidando infancias donde sí pudieron jugar con sus amigos en la plaza, o leer muchos, muchísimos libros por placer y aventura.

La educación cambió, otros países están discutiendo cómo crear la escuela del 2030 para ciudadanos globales, y nosotros llevando el diálogo alumbrados por cuatro fósforos, da la sensación; intentando reparar algo que se desmorona hace rato, sin conectar con el tiempo, los cambios, sin conectar con lo esencial: las nuevas generaciones, los niños. ¿Importan, pero en serio?, ¿y si lo sinceramos? ¿Para qué se está educando, a quiénes? ¿qué soñamos, qué queremos, cómo se aprende a aprender? Pensando en todos los niños, no sólo en un porcentaje ínfimo y el que permita la desigualdad bestial.

Necesitamos dialogar, colaborar, conversar TODOS -todos somos necesarios: ministerio de educación, profesorado, estudiantes, familias, todo a quien le importe y ame lo que entraña educar-  sobre qué estamos haciendo y soñando para nuestros niños y su educación. Una educación humanizadora, empoderante para sus vidas.

Me imagino mientras escribo -y como cada vez que dicto cursos o seminarios en Chile, y es aquí que ocurre, no lo vivo en otros lugares-, las objeciones de siempre, los juicios a los niños, o contra quien quiera que los defienda. Quizás no es más que la expresión de un pan acostumbrado, la carencia nuestra de cada día en contextos de desconfianza, violentos, sojuzgadores, con pocas proposiciones o preguntas, o donde no nos vemos como parte de lo mismo, ni nos reconocemos interconectados, responsables unos de otros.

Puede ser que hasta la imaginación se repliegue o desvanezca entre tanta autocensura aprendida, el temor a vocalizar y ser descalificado de inmediato, o a sonar descabellado, o a equivocarse y “fracasar” en un país donde los relatos de ensayo-error no son muy valorados, o donde las historias de triunfo generan todavía algún grado de sospecha y hasta resentimiento, más que sólo servir de inspiración y estímulo.

Veo a los niños y querría ser más como ellos, atentos a las ideas e ingenios que vuelan en nosotros los humanos, que respiran y gestan cosas nuevas, imaginaciones que podríamos ayudarnos, unos y otros, a encauzar, sin perder ninguna por estar más ocupados en defender trincheras que en hacer lo mejor, sacar lo mejor de nosotros para cambiar una esquina o un mundo.

Tal vez sentiríamos mucho más presentes nuestras maravillosas capacidades humanas de inventiva, si nos propusiéramos prestarles atención todo el tiempo, en un esfuerzo muy dedicado, consciente, conectado con nuestra vitalidad, con el deseo de vivir, endosando el placer o gratitud por estarlo, o bien, la voluntad –que también entraña rebeliones- por vivir mejor. Llenar los pulmones del alma (¿tendrá los suyos?).

La orientación al bienestar no obliga a disociarse de criterios de realidad ni a negar malestares y sufrimientos. Una amiga que tuve –era genio en su mundo, reconocida por miles- me dijo alguna vez: “desconfío de la gente positiva, o que habla de ser feliz, por estúpida, carente de inteligencia”. Sería todo. ¿Cuánto persiste esa creencia en Chile?

Uno se pregunta hasta cuándo tener que rendir cuentas por cómo o cuánto o por qué se sufre, o por qué a pesar de todo, sentimos alegría o gratitud, Y hasta cuándo tener justificar lo que parece cuerdo -no abusar, respetar a los niños, querer vivir vidas vivibles- a costa de tener que perder enormes energías y tiempo defendiéndose, explicando una y mil veces, jurando y rejurando que no hay agendas “ocultas” o pidiendo perdón porque otras causas “más importantes” no concitan igual dedicación. Qué cómodo vociferar en medios, cartas al director o RRSS sin moverse ni intentar nada, o sin informarse siquiera, antes de demoler a otros o sus intenciones.

Este país más devora a su gente de lo que la alimenta. Eso cansa, silencia a muchos. Ni hablar de cómo devora generaciones y generaciones de niños sin darles oportunidad de desplegar todo su potencial, rodeados por una comunidad que los cuide y empodere, que los aprecie, los respete, no los vea como adversarios o seres humanos dispensables.

Escucho la voz de mi maestra mayor, Carol Gilligan, su insistencia en la conexión, en la vitalidad del amor, pese y frente a todo aquello que, en estos tiempos, promueve la separación de nosotros mismos, del otro, de la tierra que nos ofrece refugio. He preferido esa mirada, y es eso, una preferencia nada más, nada menos. La aprendí de mis hijas, de otros niños, y de mujeres y hombres alineados con el cuidado y la fascinación por vivir. Lo que me queda por aprender, y es mucho, no quiero aprenderlo de otra forma.

 

Lava

Yo la esperaba desde el 2013 (ver enlace) y, al fin, hace unos días, fuimos con mi hija menor a ver Intensa-Mente (Inside out, título original, aquí un adelanto) Es la nueva película de Pixar sobre los cambios experimentados por una niña en su camino hacia la adolescencia.

El lugar donde se despliega la trama: el cerebro. Los personajes: las emociones de la alegría, la tristeza, el enojo, el temor y el desagrado, y un amigo imaginario de la niña que sobrevive en la memoria.

La película es cautivante, encantadora, también para los adultos (con nuestras propias “voces en la cabeza”, ver tráiler 2), y sólo un poco larga para los muy chiquitos –algunos salieron a caminar, o al baño. Pero para todxs un regalo o “llave” para abrir y continuar conversaciones con los niñxs sobre formas de sentir, recordar, aprender,  la maravilla del cerebro (y todo el cuerpo humano), la identidad, y la importancia de todas nuestras emociones, junto a una resignificación muy especial de la tristeza, que no puede ser suprimida.

Antes de la película, otro regalo: el cortometraje “Lava” que juega todo el tiempo con esa palabra en su sentido literal, y como amor en inglés, love, love-ah. No quiero adelantar mucho más, pero volví hoy a la canción, las imágenes de los volcanes, la tristeza- alegría, la memoria.

Sé que fue mi padre –a pesar de nuestra historia- quien primero me habló de la creación de los planetas. De mares y volcanes. Si éramos hijos de la tierra, algo semejante al magma llevábamos dentro. Quizás el corazón, solía pensar de niña. ¿Podríamos estallar en fuego a veces? Lo ignoraba.

En días de erupción del volcán Calbuco (ver time lapse, por Martin Heck), con mucha gente comentando que era lo más cercano al apocalipsis que podían imaginar, recibí una llamada de mi hija mayor. Con delicadeza y casi como pidiendo disculpas, quería compartir que aun siendo consciente de la catástrofe y de lo terrorífica que tenía que ser para las personas en esa región, no podía evitar sentirse emocionada de observar algo que para ella era lo más cercano a cómo imaginaba la génesis de nuestra tierra.

“Me dejó muda de reverencia”, dijo. A mí, ella, también me dejó sin palabras. Y vi pasar en una cola de cometa, cientos de recuerdos de su niñez y adolescencia; incontables ocasiones en que ella puso vitalidad frente a obstáculos que salían al camino de nuestra familia. A veces, me inquietaba la pregunta de si no habría en ella algo genético, parte de ese “optimismo crónico” que según mi terapeuta y maestro de años, podría llegar a tener ribetes patológicos sin el contrapeso de la tristeza.

La tristeza, y no la “depresión”. Un diagnóstico (muy serio, y por cierto, devastador) que, según varios expertos, nos ha dañado como humanidad. Justamente, porque en gran medida nos ha robado el derecho a la tristeza. Y con ella, otras emociones.

Pensé en una conocida de quien muchos en su familia dicen que es depresiva, deprimida, o a lo menos “deprimible”.  Ama en abundancia, camina firme (es alta y buenamoza), tiene un agudo sentido del humor, trabaja y lo hace con placer (cero ganas de jubilar), celebra nacimientos, cuida feliz a sus nietos, duerme y come bien, disfruta haciendo regalos y auto-regalos (“engañitos” diríamos en Chile), adora viajar, y si no puede hacerlo, entonces sueña que viaja.

Pero perdió a su hermano cuando ambos apenas llevaban unos años en la universidad. Él es detenido desaparecido, y esa tristeza no se disipa ni disipará jamás, ¿y por qué habría de hacerlo, o cómo, sin habeas corpus? Ella está triste, no deprimida. No está enferma, no adolece de un mal. Le duele una ausencia; con amor, por amor (que tampoco se disipa).

Los niños al nacer, lloran y uno se angustia-alegra de que lo hagan porque es una forma de comunicarse, de llamarnos. Sin llanto y todavía sin palabras, cómo podrían expresar su frío, hambre, desconcierto, sus ganas de ser arrullados, su cansancio, o si les duele la guatita, y si alguna pelusa les molesta entre los dedos de los pies. No tienen otra forma, y uno agradece que el llanto exista.

Unos pasos más adelante, expresarán su dolor ante un golpe, un susto, o su pena pura, por no poder jugar con un amiguito/a, o porque no saben bien qué les pasa. A veces, lloran sólo por eso. El cuerpo llora: no sólo los ojos. Y no es sólo líquido salino: caben mundos ahí.

gotita

Escuchamos a menudo que se dice a los más pequeños, “no llores”, “si ya pasó”, “¿pero por qué estás llorando?!, ¿ya estás llorando otra vez?! En el subtexto, la descalificación a la tristeza, quizás desde la fantasía de evitar que nuestros niños sufran (y es inevitable: las pérdidas van con nosotrxs en el camino), desde una sobrevaloración del estoicismo -que no es igual a resiliencia, y arriesga enmudecimientos-, o desde las propias exasperaciones y ansiedades del mundo adulto.

Sin embargo, objetar las lágrimas envía una señal sin distinciones y bien podrían evaporarse otras: lágrimas de felicidad, de gozo, placer. Si son silenciadas, se pierden voces necesarias: la tristeza, y con ella, de la mano, también la alegría.

(“You cannot protect yourself from sadness without protecting yourself from happiness.”  Jonathan Safran Foer)

Un veterano de guerra a quien conocí, sufre de estrés post traumático, y lo acepta con la compostura de quien convive con una hipertensión. Sin embargo, defiende a brazo partido su no-depresión, y su sí-dolor: por lo que vio, vivió, lo que no puede perdonarse ni perdonar, y menos olvidar. Entre esos recuerdos, lágrimas que quemaban, y tanto, que no se permite casi llorar por miedo a repetir esa sensación.

En años de trabajo, compartir otros sí-dolores, no-depresiones. Los duelos de hombres y mujeres, jóvenes y adult@s que han enfrentado otras pérdidas. Pérdidas. Y la humana tristeza que nos hacen sentir.

Una mayoría de ell@s, especialmente durante procesos de sanación y reparación del abuso sexual infantil, descubrieron cuán ávidas y contumaces podían ser las lágrimas no lloradas en la niñez.

Días, semanas, de corrido o intermitentemente: una mordedura en el corazón que parecía no tener fin ni nombre. Una tristeza antigua y profunda, casi desconocida, que luego de años se revelaba en agua de sal. O en lava.

Ése el líquido, ésas las lágrimas que he atestiguado cuando la develación del ASI, con una voz audible al fin, permite su integración en el resto de una biografía. Lava.

(“We only live, only suspire, Consumed by either fire or fire”. TS Eliot)

Lava. Magma. Energía acumulada de silencios y ahogos, estupores y restricciones (irrupción en la vida, y su ritmo hasta ahí, lento y preciso). Un estallido que se libera, quema y llora hasta completar su itinerario. Otros fuegos, tanto amor (¿el deseo?). Habría que esperar, un poco más. Todavía otro poco.

(Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuan­do ella advirtió que, además del frío, llovía en los árbo­les, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuer­do del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendi­do guiñaba hacia ella y hacia él. Clarice Lispector)

Pensaba en el temblor y rugido previos, la humareda, las cenizas y lo que nos evocan; el líquido naranjo revolviendo minerales, plantas, todo a su paso. Escapar, buscar refugio. El corazón sólo quiere volver a casa.

Brincar sobre lava tibia; acariciar con manos y pies y con toda la piel, sus brasas. Luego la costra, el suelo diferente. Quizás islas. Nuevo territorio. El cuerpo recobrado. Más de una vez y las que sean necesarias.

(If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods, and the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter. It’s the only good fight there is. Charles Bukowski).

Mi hija menor me decía, a propósito de la película, que no sólo “Tristeza” hacía llorar sino también “Enojo” o “Temor” y que a veces era difícil saber “cuál es cuál”, pero que siempre se podía saber cuándo uno lloraba de risa, de alegría: eso sí, ¿cierto mamá?

Diásporas, orillas de río, el hogar, lavar, lava, dejar ir, dejar arder, dejarse. Esferas doradas con miles de rostros y paisajes de cada era, hiedras y buganvilias neuronales, hologramas de nacimientos, un hijo, hija en nuestros brazos y todos nuestros muertos acompañando. Llorar complet@s. Una canción de amor, y todas. Llorar de pura vida, Atizar ese fuego, cuidarlo, y reír perfectamente entre lágrimas (también la tristeza). Y claro que sí, hija. Es muy cierto.

(Call it whatever you want, it is happiness, it is another one of the ways to enter fire. Mary Oliver)

Niñ@s, saudade y soledad

Dónde construir la casa, la ciudad de los niños, dónde la escuela, la vida. No dejar pasar las preguntas que informan cada tiempo y edad sobre la tierra. ¿Desde dónde las prioridades los desvelos, los regocijos?, ¿dónde el horizonte?

Activistas y trabajadores por la niñez han reconocido en el 2014, un año devastador. Unicef lo ha descrito (leer) como  “de una brutalidad indescriptible”.

Árboles de navidad, pesebres, candelabros, linternas en el agua, velas multicolores en kwanza. Festividades en diversas culturas y tratamos de recordar de todas un poco, mientras ponemos el centro en la que mejor conocemos.¿De qué niño era este cumpleaños? y podría escribir un salmo en la emoción de escuchar a mi hija mayor contando una historia a su hermana pequeña. Saltando de Jesús, a Anna Frank, Luther King, y cada familia, o lo que un niño o niña pequeña podría ayudar a cambiar, en cualquier lugar del mundo.

En NY, dos mujeres convocaron a una marcha. Miles respondieron. El sábado asistimos a la #MillionsMarchNYC, no sé cuántas personas éramos (se ha dicho que 10, 20, 50 mil) pero sumaban cuadras y cuadras, desde el mediodía y hasta la noche. Más que contra la brutalidad policial solamente, sus voces eran contra toda violencia… la violencia mayor de que existan aún en estos tiempos tantas diferencias, tanto sufrimiento.

Ese mismo día, era el día de “Santa-Con”. Otras decenas, o cientos de personas jóvenes disfrazadas de Santa Claus o con trajes alusivos a navidad, caminaban por la ciudad, y en muchas cuadras casi paralelamente a la marcha por los derechos civiles. Los “viejitos pascueros” iban de juerga, bar-hopping, de bar en bar el festejo.

En una esquina, a una muchacha activista, otro joven vestido de “Santa” (y algo ebrio) le dijo “get a job”, como si a las manifestaciones asistieran sólo personas que no tienen nada mejor que hacer, o son desempleadas, flojas, o “débiles” y dependientes de beneficios sociales: esa “carga” para el país que veía el candidato -y supremacista, en realidad- Romney, esos “otros” de quienes habló con desprecio en un acto privado de la campaña presidencial (filtrado a las redes sociales) el año 2012, asegurando su derrota.

“Los otros”, los que se ven lejos, hasta que la experiencia y la rueda de la vida, nos intersecta y nos convierte en ellos, en “nosotros”. He compartido esa experiencia con muchas familias en la esfera del abuso sexual infantil.

Viene pronto el cambio de año y 2014 hereda al 2015, quince millones de niños y niñas que sufren lo inimaginable, en distintas latitudes.

Secuestros, torturas, tráfico humano, genocidio: como dijo Unicef, “indescriptible”. Siglos de evolución humana, toda la información o educación imaginables, y nada, nada ha servido para detener y erradicar atrocidades como las que hemos atestiguado este 2014, sin pausa, sin que se aviste final.

En Chile, nos sentimos lejos, tan al sur en la Tierra. Son “otros niños”, “otros países”. Nuestra lejanía de conflictos armados y miserias inimaginables, a veces, nos permite creernos un poco más a salvo. Pero la vulnerabilidad de nuestros niños existe, de todos modos. Y para nuestro país sigue siendo demasiado el riesgo que asumimos cuando no prevenimos sufrimientos que deberían ser -y que pueden ser- perfectamente prevenidos.

Es diciembre, se va el año, y un cuarto de siglo desde el retorno a la democracia. En 1990, con don Patricio Aylwin como presidente, Chile suscribía a la Convención  Internacional de Derechos del Niño. Era un acto de inmediata apuesta al presente y al futuro, y una imagen profundamente inspiradora: de nuestra democracia como un cerco de cuidado mayor alrededor de los más pequeños. ¿Qué nos pasó?

Entre 1990 y 2014, no llegamos a materializar una Ley de Protección Integral de la Infancia.  Somos el único país de Sudamérica que no cuenta con ella, y seremos el último en tenerla. En materia de educación el trazado es confuso y en ello se compromete el proyecto de vida futuro de muchas generaciones de niños. En salud, sólo quisiera recordar  a una niña de 13 años en Carahue -y antes otra niña de 11 años, en Puerto Octay-. Su embarazo resultado del abuso sexual sin posibilidad de elegir, de interrumpir ese sufrimiento por razones humanitarias y de salud. Tanta desgraciada soledad en que la dejamos.

No podemos estar pensando sólo en penas, está claro; cada uno tiene un cierto tiempo sobre la tierra, en la vida. Pero desconectarnos de nuestra emoción y humanidad, nos deja más solos que nada. Más desvalidos.

Hablaba con una mamá, hace poco, cuyas hijas fueron abusadas. No habría podido sobrevivir la trayectoria, ni ella ni sus niñas, “si no hubiese sido por los demás”. Se refería a la justicia, vecinos, profesionales de apoyo (profesores, abogados, enfermeras en consultorios, psicólogos, etc), otros padres y madres de su escuela. Ahí estuvo lo más terapéutico, lo más sanador: la comunidad, la compañía. Ahí algún alivio.

Poder descansar, dormir, traer a nuestros hijos al hogar, la ciudad, velar por ellos, nosotros. No soy católica ni creyente pero algo resuena hondo del Salmo 127 (o 126; y su salto del hebreo al griego, latín, español, con todo lo que puede haber quedado “lost in translation”).  “Cum dederit” de Vivaldi (para escuchar, aquí), lo que no puede ser dicho con palabras.

¿Quién cuida? ¿A quién le urge? ¿Nos urge?

En Chile, el año 2012, se presentó al Senado un proyecto de Protección Integral a la Infancia (P. Walker, M.Soledad Alvear, JP Letelier). ¿Por qué no pudimos avanzar sobre eso? Ya contaríamos con la ley. Talvez, con un Defensor del Niño independiente de gobiernos de turno.

En cambio, se optó este 2014 por crear una comisión ad hoc (Consejo Nacional de la Infancia) que debe formular una propuesta legislativa de Protección Integral a la Presidenta, en el plazo de un año (al 14 de marzo 2015, prorrogables en 6 meses y eso daría Septiembre del 2015, ojalá que no).

Existen buenas intenciones y creo que todos podemos valorar actividades para la niñez, e instancias donde se ha recogido la voz de los niños. Y si fuera el 2008, 2000, 1996, apreciaríamos todavía más que se consulte la opinión de expertos y ciudadanos para articular una ley de protección integral (ver sitio web de Coninfancia). Pero es 2014, y no podemos seguir gastándonos tiempo que no es nuestro; tiempo de la nueva generación.

Miro los ojos de Emilia. Brillan, se inquietan. Escucho a mi hija mayor, hablando a su hermanita de ese “buen hombre que vivió hace mucho y quería a los niños”. Luego los porqué, todo aquello que la más pequeña no logra engranar en lo poco que ya conoce de ciertas realidades.

No tenemos respuestas.

Vuelvo a los meses y semanas pasadas, días recientes. Reportes sobre los niños en hogares de protección (y hasta cuándo serán administrados por personas ajenas al Estado, y condonado el hecho esencial de que no sean nada, pero nada cercano a lo que entendemos por “hogar” o por “protección). En el pasado, hubo niños que en dictadura vivieron las peores pesadillas, y casi siempre, a lo largo de los años, han sido más bien una línea al final, o a un costado de Infomes de DDHH sobre esa época.

El Informe Valech dio cuenta de 2200 niños que sufrieron prisión y tortura. Sólo el 2013, apenas un año atrás, una joven periodista hizo visibles sus experiencias (Gabriela García, en revista Paula). Y ahora, apenas anoche, diciembre 2014, otra periodista mujer (Consuelo Saavedra en Informe Especial, ver) abre el tema de la tortura, los sistemáticos abusos sexuales y  violaciones a mujeres detenidas o detenidas y desaparecidas, lo que desconocemos sobre el destino de sus hijos vivos, o no, pero ¿quién los busca, con qué urgencia?

En el cotidiano de una ciudad, la semana pasada se comparte la foto de un abusador de compras en el supermercado, en atuendo, o disfraz más bien, de sacerdote (y digo esto responsablemente, pensando en otros hombres que sí dedican su vida al servicio de los demás, y que jamás han abusado ni abusarían de los más indefensos).

Cualquiera de nosotros, con nuestr@s hij@s de la mano, podríamos encontrarlo en la ciudad. Su víctima, también (una niña al menos, según la justicia, pero yo le creo a su hermana, y de otros niños no sabemos).

La impunidad que nos acompaña. La indolencia, demasiado tiempo ya, y son much@s l@s niñ@s y adolescentes que también corren el riesgo de encontrarse con sus victimarios en “libertad vigilada” y pido perdón por insistir en estas miradas pero sumamos ya demasiadas historias, otro año, y siento que los finales ni siquiera felices, sólo decentemente humanos, nos eluden.

A veces pareciera que no nos importa.  Cada uno y una, en familia, de seguro nos condolemos y nos sentimos en deuda. Pero como PAIS (así en mayúscula) estamos todavía en la espera. Ha sido mucha ya. Y queda aún.

Protestas se dejan sentir de vez en cuando, pero no interpelamos a nuestro gobierno con una claro basta, o hasta cuándo, si se trata de los niños, y tampoco los distintos colectivos políticos están dando el ancho en relación a la infancia.

En períodos breves es posible observar, en todo el espectro de partidos/liderazgos políticos, las más extrañas combinatorias de desatinos, irrespetos, desorientaciones (o errores flagrantes) y no dejan de ser angustiantes, más, cuando vienen de la máxima autoridad. Puede sonar naive, pero la resonancia es cercana a soledad. No encuentro otra palabra.

Presidentes y líderes políticos pueden sumar a las personas, y pueden también incidir en la salud o el desgaste (material, moral, emocional) de una democracia, y de su gente. Si se alimenta -por acción u omisión- la soledad, la frustración, la indiferencia, no veo cómo ninguna democracia podría ser capaz de cuidar una sola vida. Menos si se trata de sus niños.

Llegando al fin de este 2014 -y aunque nos haya despertado el ánimo el Premio Nobel de la Paz otorgado a dos activistas mayores por la infancia- cuesta mirar hacia el nuevo año. ¿Cómo disponernos? Con amor, a pesar del sentimiento de saudade que nos ronda.

Saudade. Una palabra prestada y difícil de traducir si se aleja de su lengua madre (el portugués), pero que trae nostalgia (por lo que fue o no fue, lo que pudo haber sido, o lo que podría ser), melancolía un poco, y también un deseo profuuuundo de llegar a un lugar que no es todavía. Tal vez esta definición de una cantante portuguesa (ella tiene que saber mejor) sirva:

”La saudade es algo que sentimos cuando estamos, por ejemplo, lejos de quien amamos. Es un sentimiento inclusive un poco alegre, porque permite sentir el amor en la ausencia, que el amor no desaparezca. Es siempre un sentimiento de esperanza… una espera creativa… una manera de acreditar que nuestras experiencias del pasado que nos han sido significativas tienen vida futura, porque están con nosotros.  La saudade tiene que ver mucho con la vivencia del tiempo: del presente, pasado y futuro. Es un sentimiento que conecta todos estos momentos”, Teresa Salgueiro, grupo Madredeus 

Saudade como talismán, sortilegio, perdón sobre lo que no hemos realizado aún, y memoria sobre lo que, igualmente, hemos logrado aprender. Saudade como acto de resistencia ante la inacción, la dureza; con toda el alma, nuestros duelos, y también nuestra buena voluntad. Junt@s. Sobre todo para l@s niñ@s, sin más soledad.

 

 

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Mural realizado por jóvenes artistas (CRC Sename, ex-infractores) en Punta Mira Sur, ciudad de Coquimbo, Chile, para los niños de su comunidad.

“Agüita de Cloro” (Cecilia Casanova 1922-2014)

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Esta mañana partió Cecilia Casanova, poeta chilena infinita, mamá del amigo que más he amado en mi vida, y una mujer por la que habría sentido admiración y cariño en cualquier universo donde nos hubiésemos encontrado (con o sin mi amigo tendiendo el puente). No puedo estar allá, ni con ella ni con él, y recurro a lo único que sé. Escribir, recordar.

Mi pena tiene 10 años de edad, luego tiene 46. No es tanto tiempo, pero es.

Fue en 1978, en mi colegio. Una de sus sedes, la de Bellavista, dejó de existir y sus alumnos llegaron a nuestro anexo, en almirante Pastene. Vendrían, entonces, nuevos cumpleaños. Uno muy especial, en una casa de Pedro de Valdivia cerca del cerro, con papás artistas y un amigo (el hijo menor) que sería para la vida. Observador, sensible, distinto a todos mis compañeros de entonces, y pilar de momentos indecibles –jamás supo entonces qué historia exactamente estaba acompañando-. Cómo no jurarle amor y amistad, más allá de los tránsitos que nos tocaran a cada uno (y las muchas latitudes) en los años venideros.

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Su mamá era una mujer apasionada, tornasol, bastante mayor que las demás mamás del curso. Su compañero era un hombre sereno, dulce, buen padre. Había entre ellos algo poderoso que a nuestros años -como niños y luego adolescentes- no habríamos sabido cómo describir. Energías de fuego y península, dispares a veces, siempre cómplices, distinto su amor a lo que nos era conocido hasta entonces. La adultez podía quizás ser compleja, pero también vasta e interesante: entre dos, lealtad, y tan intensa. Cuando él murió, nada cambiaría.

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 El año 2008, a punto de dar a luz a mi segunda hija, Cecilia nos regaló una ceremonia que jamás había tenido ni tendría con mi propia madre biológica. Una tarde de té, de letras. Conmigo, el aliento a seguir escribiendo, los consejos, el desprendimiento de su maestría (esto, a un año de haberse publicado el Agua Fresca…) y un tiempo maternal, de preguntas y respuestas inconfesables en ningún otro espacio.

Para mi niña por venir, esa tarde sería de abuela, mujer sabia y más antigua de la tribu que necesita contarle a la más chiquita la historia de todo…todo lo que pudiera establecer como inolvidable (por si faltaba tiempo): encajes, lluvias, subversiones, autos antiguos, el deseo, el coraje, el lugar en el mundo que sólo la voz propia (sin capitulaciones) conquista, y la sencillez, alas, ceremonias, fragancias, banderas enormes y anónimas. Ser inocente.

Como Cecilia: entregarse a la hondura de crecer, de envejecer (a pesar de todo). Decenas de silabarios que le servirían a Emilia como niña y como la mujer que algún día llegaría a ser.

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Mi Emilia escuchó –y su cuerpo recordará- entre soplos de sangre y bocinas de micro, la voz diáfana de una mujer que pasados los ochenta, seguía siendo tan lúcida y hermosa como en nuestro primer encuentro, treinta años antes. Nadie a mi niña le ha hablado como Cecilia, ni antes ni después de nacer. En la ronda de mujeres (las que debieron ser), no hubo más que ella, que entregara tanto, y sin conocerla.

Me quedé en el sofá y acomodé mi cuerpo para que mi niña pudiera escuchar. Cecilia había perdido en un período breve no sólo al amor de su vida, si no también a un hijo mayor: la mayoría de sus poemas de esa tarde fueron de duelo, de nostalgia, desde la cornisa de su alma, y no obstante había tanta vida ahí. Jamás habría imaginado que uno de los regalos más sagrados que mi hija podía recibir –aún en mí- serían poemas que desde la muerte la invitaban a venir y saciarse de amor. En lavida.

Bienvenida Emilia, apenas dos semanas después. Junto a la nueva generación, sueño que mi hija descubra la poesía de Cecilia y la haga suya una vez más. Que la acompañe para dar gracias, o para tomar decisiones aguerridas. Para amanecer cualquier día, y cuidar.

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Me cuesta decir más, hacer pausa en imágenes que no se detienen desde que recibí la noticia de su partida, por teléfono, esta tarde. Sólo puedo afirmarme de dos años, 1978 y 2008, recuerdos de sus pinturas, su voz, sus escritos, sus ojos claros. Dos momentos como muletas, como espadas en vela de armas, como flores y brazos que no llegarán a cruzar el Ecuador en esta noche que queda abierta e incompleta hasta que yo misma parta hacia la otra orilla también.

Que sea una buena travesía para ella. Que la esperen con mucho amor.

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La última aparición pública de Cecilia Casanova fue para la presentación de “Poesía Reunida” una selección de sus poemas, prologada por Adriana Valdés, Colección Poesía UV de la Universidad de Valparaíso de Chile (ver video).

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Por último, y aunque se repita, éste escrito fue publicado el 2012 cuando Cecilia Casanova había sido nominada (y debió haberlo recibido) al Premio Nacional de Literatura. La selección de versos que acompañan, la hicimos juntos su hijo y yo, para El Post.cl.

Con agüita de Cloro: Cecilia Casanova, Archivo ElPost 2012 (Premio Nac. Literatura)

“… la pureza de un vaso de agua fresca en el cual lo artificioso y lo falso están descartados en aras del difícil amor hacia la verdadera luz de la poesía”: Jorge Tellier sobre Cecilia Casanova, poeta chilena nominada al Premio Nacional de Literatura 2012.

Tiempo atrás escribía con admiración y prudencia sobre la poeta polaca Wislawa Szymborska, en días de su partida de este mundo. Hoy escribo con timidez semejante para celebrar, en vida, a otra poeta tremenda: Cecilia Casanova, de 89 años, nacida y residente en Santiago de Chile.

Ella dice siempre (y lo dejó muy claro en Una Belleza Nueva, con Cristian Warnken, el año 2011) que sus poemas los pasa “por agüita de cloro”. Así queda lo esencial: todo eso que es sencillo y cotidiano, y no por ello deja de ser hermoso, desafiante y problemático, o cargado de milagro.

Pájaros de todos los días; un retrato, o un cascabel, que puebla completo el hogar; quinientas posibilidades de sol en plétoras o duelos; migas de pan, insectos, globos, polveras y objetos domésticos; campos y cerros, playas o ciudades donde las personas se conocen, se aman y mueren también; emociones y energías femeninas, masculinas, infantiles y ancianas; autos antiguos donde refugiarse para hacer el amor con el marido, lejos de hijos también adorados.

A UNA FLOR: Me había habituado a verte/salir del vaso/blanca/lisa/fastuosa/Símbolo de lo que se inicia/Anoche/mientras dormías/la muerte te echó el ojo/Transfigurada/angélica/insustituible/reposas entre dos versos de Rilke.

PREPARATIVOS: Su miopía/impartió una suerte de neblina/en el espejo. Algo irreal, fantástico/ No escapó ni al tordo de azabache/ que silbaba en su sombrero.

RESUMEN DE LA TARDE: El color de tu piel /una pastilla de menta/sobre un libro/Los pájaros/vociferando/en el árbol/RESUMEN/DE LA TARDE.

DESVELO: Nada puedo hacer/para acortar las noches/donde pienso/muero/y hasta resucito.

Los momentos y las vidas que habitan los poemas de Cecilia Casanova nos son familiares a muchos de nosotros, cada día. Pero gracias a su pluma, nuestras emociones, rutinas y humanos pasos, todos ellos, cobran una estatura  y sacralidad especiales. Quizás porque en voz alta subvierten la distracción, esa tentación o imposición de tiempos vertiginosos y egoístas, donde la gratitud y la necesaria y elemental vigilia sobre nuestro corazón, corren peligro.

TEMA DE PÁJAROS: Porque tenemos mucho que decir/callamos de una manera torpe/Habituados a oírnos/ en el movimiento de las manos/en la actitud de volver los ojos/ La ventana nos brinda temas de pájaros/pero cuando voy a señalártelos/el cielo está solo/Regresamos perdidos cada uno en un bosque/ demasiado cerca para rozarnos.

SIETE COLORES: Fue un acto triste descolgar la jaula/mucho más cuando los niños descubrieron/una plumita pegada al columpio/Era un pajarito sin gracia/comprado en la vega/por un arranque de ternura/En el entierro/cantaron sus compañeros libres/una misa de réquiem.

Me pasa, desde mi nostalgia de niña con el paraíso y tierra prometida del hogar, que leyendo sus poemas gano alas inmensas (y no obstante, delicadas en no pasar a llevar un orden solemne) para orbitar o danzar alrededor de las cosas más  sobrias y majestuosas: lo que respira en la cocina, el jardín, las habitaciones de mis seres queridos. El mismo arrobamiento que he sentido desde siempre frente a cajas de música de distintas épocas y materiales (desde maderas nobles a cristal o papel maché), me toma entera leyendo a esta dama.

Del libro “DE CADA DÍA”:

IV. De vez en cuando/existo tanto/como si hubieran/ miles de yo multiplicándose. Hoy por ejemplo/si me aplastaran/bajo unas piedras/o me enterraran/surgiría más allá/y más allá.

VII. Una mariposa vuela/por mi pieza oscura/ Compadecida he abierto/la ventana/para mostrarle los faroles/que alumbran la calle. Pero ella persiste/en volar aquí/ Como si fuera mi simple alegría/su única luz.

ÚLTIMOS DÍAS: Te doy pedacitos de chocolate en la boca/te abrazo/te quiero/Desde afuera/la primavera se esfuerza/para que la oigas/Pero a lo mejor te haría mal/como a mí/cuando esta mañana/al abrir las ventanas/se desmoronó el canto de los pájaros.

Intentar describir la unción, es casi imposible. Un estado similar se cuela en los versos de Cecilia Casanova, y en ese estado permanece todo: segundos, horas y a veces tiempos infinitos después de leerla. Hay transformaciones que acompañan, sutiles unas (como en el giro de mis residencias luego de leer Tormentas de Marzo: abrí la ventana/para que se metiera la tormenta/segura de que arrasaría con la mía/pero se quedaron las dos) y otras, a temperatura de fundición (como cuando mi marido y yo leímos Poemas del Vago y del Simpático, y el amor y el cuidado se nos tornaron plegaria y juramento).

Es inútil. No lograré expresar lo que quiero. Pero hay otras personas, con mucha mayor autoridad, quienes han dicho y dicen de Cecilia Casanova y su obra:

 “Parece que las palabras resbalaran, despreocupadamente, como ignorando su propia carga de vastedad, y, de repente, se alzan en un salto que rasga las nubes más altas del pensamiento”, Andrés Sabella.

“Una atmósfera donde los cuentos de hadas no son necesarios ya, pues la más elemental de las realidades los ha superado”, Jorge Tellier.

“… como un trazo caligráfico de la escritura china, a medio camino entre la palabra y la imagen, haciéndolas tocarse en la gracia de una sola, ligera huella …presente al borde la nada. Poemas hechos de instantes mínimos, en lo que relumbra, intempestivamente, lo inmenso”,  Adriana Valdés.

Releo estas sentencias magníficas, reflexionando sobre cuánto más debe ser traducido o descubierto  para reconocer virtudes y trayectorias relevantes e inolvidables en la literatura de un país, o de un mundo. Desde Gabriela Mistral no ha habido una poeta chilena que reciba el premio nacional de literatura.

No soy experta ni jurado; nadie que pueda decidir laureles, o entender por qué no han sido ya conferidos, décadas atrás, a poetas de la talla y recorrido de Cecilia Casanova. Pero al menos sí tengo derecho a preguntarme, como ciudadana común, qué hace falta demostrar o hacer (que no sea lobby), para reverenciar dignidades y talentos que irradian y que nos ennoblecen a todos, de alguna forma.

La poesía es agasajo compartido y colectivo: llega a nuestros hogares en libros o en papelitos donde copiamos versos imperdibles, y en resonancias del corazón que tiene la mejor memoria auditiva para ciertos mensajes que, como decía, transforman lo que somos y sentimos.

¿Cómo no agradecer a tiempo, entonces? ¿Qué relato sobre las virtudes, los méritos, los años de esmeros, dejamos a las generaciones jóvenes cuando se ignoran o desconocen obras chilenas destacadas?

Más allá de todo, sé que solo puedo hacerme responsable de mis deudas, y homenajes. Escribo este posteo escuchando a Laura Veirs, una trovadora preferida y caigo en la cuenta de que, en sus canciones, ella marca el mismo latido que Cecilia Casanova deja aquí, cada vez de leerla: grácil y horadante, frente a todo lo incierto, precario y también virtuoso que se apuesta en cada humano día sumado a nuestro haber.

En las palabras perfectas de nuestra poeta de casi noventa años (que son un aval potente sobre la integridad de lo vivido):

“Algo me afirma aquí dentro/ Mi amor por la vida, los seres, las cosas/ se hace cada día tan mayor”.

 

(Agradecemos a Enrique Moletto Casanova, por los versos de todos los tiempos, y por estos videos, donde su madre recita cinco de sus poemas, el año 2007, ver enlace)

Niñ@s, el cuidado, el amor y la diversidad sexual (#yorespeto)

Let the soul be assured that somewhere in the universe it should rejoin its friend — R.W. Emerson

Recuerdo que la primera marcha por la diversidad a la cual asistimos como familia fue a fines de los noventa, en otro país. Fueron muchas, y también clases con alumnos y familias, sesiones de terapia (de mamás y papás que querían comprender y apoyar mejor a sus hijos e hijas que habían compartido al fin con ellos, ser homosexuales), reuniones de colectivos pro diversidad para educarnos como familia.

En los 2000 fue ardua la oposición al intento de la administración de G. Bush de introducir una enmienda constitucional que cerrara toda posibilidad de aprobar matrimonios homosexuales (en Georgia fue una campaña sin pausa donde mi hija mayor nos llevó de la mano a muchos rallies; y cuánto aprendimos de ella y de sus amig@s). Hoy en EEUU es indetenible la evolución hacia un país completo que reconoce los derechos iguales, también en el amor, de todos sus ciudadan@s.

yo respeto

Desde esa primera marcha, casi veinte años pasaron y todo lo vivido en otras latitudes se repite ahora –con demora, pero con la misma sensación de maravilla- en nuestro país.

Lo vivimos con esperanza, alegría, confianza: hay otra pequeña en la familia y, como muchos papás y mamás, soñamos para ella  esa nación donde cualquiera sea su camino, sus amores, elecciones, oficios, proyecto de vida, pueda realizarlos.

Me cuesta entender (no sé mucho de leyes, y prefería que obraran desde el amor, con amor, no contra él, sometiéndolo a restricciones), por qué no se discutió de inmediato el matrimonio igualitario junto con el acuerdo de vida en pareja -AVP- para parejas que conviven (cualquiera sea su orientación sexual).

No obstante, como muchos, veo en el AVP un progreso y uno que agradecemos a la tenacidad de hombres y mujeres buenas, activistas y fundaciones que no han detenido su trabajo en décadas, y con mucha mayor urgencia en los últimos años. Recientemente, la propia iglesia, desde su sínodo, deja filtrar también una nueva luz.

Es un nuevo tiempo. En todo el mundo, y en Chile también. Estamos creciendo. Hay una conversación social acerca de la diversidad  –y un universo que se va creando a partir de ella, donde podemos habitar- en la cual pausadamente, o a paso más ágil y veloz, nos vamos encontrando todos y todas.

Posiciones habrá distintas, resistencias también (y lamentablemente, violencias), pero más allá de objeciones u obstáculos no podrán ser omitidos derechos humanos que son universales para todas TODAS las personas, ni tampoco desconocer que las nuevas generaciones viven y seguirán creciendo en un país distinto.

Papás, mamás, educadores -y todo el mundo adulto-, somos una voz importante para nuestros niños y nos ponemos a disposición para escuchar, responder a sus preguntas, acompañar, guiarlos. Aunque no siempre sea sencillo porque también como adultos podemos tener inquietudes, dudas, temas irresueltos, preguntas y emociones.

Confiemos en los niños, en su corazón gentil y su apertura natural a la diversidad que existe por doquier: faunas, floras, comunidades humanas, el amor y las distintas familias también. Ellos saben.

El respeto a la diversidad sexual es un eje fundamental en la educación desde la ética del cuidado. Son demasiadas las evidencias (cotidianas y en estudios expertos) sobre los daños que vienen con la discriminación, la intolerancia, la violencia, o los juicios de género.

Hace dos años, conocí de una investigación en marcha (este 2014 se presentaron sus resultados, ref: Judy Chu) donde ya se avizoraba el sufrimiento de niños varones de prekinder ante la presión de los estereotipos (impuestos por los adultos) en sus juegos, en su forma de expresar afecto, y de vivir la amistad. Llegando a primero básico, sus voces habían cedido terreno a ciertos silencios. También su forma de ser estaba cediendo, y con ella, la confianza en sí, la autoestima, diversas habilidades. Las pérdidas no son triviales.

En un salto del tiempo, los hombres grandes. Un estudio sobre estrés post traumático en sobrevivientes de guerra, llamó mi atención desde el relato de veteranos del Vietnam que agradecían, en las condiciones más desgarradoras, haber vivido tardíamente la posibilidad de relaciones de intimidad afectiva (no románticas, no sexuales) con amigos hombres. Amor.

Al volver de la guerra, sus comunidades, familias y esposas no comprendían la fuerza de esos vínculos de amistad profunda que los ex combatientes, con mucha dificultad, trataban de sostener. Un veterano muy mayor explicaba este amor profundo entre hombres amigos (como una lo ha sentido por sus amigas de toda la vida) y el desgarro de que no bastando con la guerra (y el abandono del gobierno y comunidad al regreso), debieran negar más encima sus propias almas y afectos. Amores que hacían bien; que los conectaban con su condición humana (casi perdida del todo, luego de lo vivido en Vietnam).

Las historias de estos hombres adultos no pertenecen sólo al pasado. Los niños de hoy también viven situaciones de extrema presión sobre su sensibilidad y su autenticidad. Si años atrás a los niños se les decía “no seas niñita” (para jugar, expresar emociones, vestirse, etc), se ha sumado a ello el “no seas gay”.

Cuesta entender que actuemos así cuando la sinceridad, la ternura, la preciosa intimidad que podemos vivir en una relación de amistad, de amor (también con nosotros mismos), son humanas: parte de nuestra naturaleza, de nuestra experiencia. No tienen género.

La presión impuesta por juicios de género ha llevado en algunos países a que los niños varones renuncien a parte de su mundo afectivo, y muy concretamente, a sus mejores amigos:

existen estudios que muestran como durante la básica y hasta fines de ella, al igual que las niñas, los niños contaban con un confidente, mejor amigo, una relación amorosa y contenedora donde compartir sentimientos, dudas, ideas, problemas, alegrías. Entre niños. (ref: Niobe Way, Judy Chu, Michael Kimmel, investigaciones de los últimos veinte años con niños y jóvenes de diversas culturas)

Llegando a finales de la secundaria, 75% de esos niños ya no tenía un mejor amigo. Comenzando los estudios superiores, la pérdida llegaba casi al 100% (y grupos de deporte u otros, no proporcionan necesariamente espacios de intimidad afectiva a los jóvenes varones).

Los muchachos habían renunciado a su afecto, y a su voz más íntima (la que comparte lo más profundo de su sentir): no sólo por las presiones del prejuicio (en el sentido que amistades muy cercanas serían “sospechosas de homosexualidad”) sino por lo que se espera de ellos desde la “masculinidad”. Esa expectiva conocida por los adolescentes (y habría que preguntar también a los hombres adultos en estos tiempos) que los obliga, dicen ellos, a ser autónomos, fuertes, estoicos. ¿Solos? Es una cruel desposesión.

Se habla de las niñas en una situación desoladora e inconcebible (abuso y violencia sexual, matrimonio infantil, pobreza), pero lo que viven ellas por millones también lo viven los niños en números que no podemos sólo asumir menores, sino desconocidos. El último informe de violencia contra la infancia de Unicef (2014) es claro en señalar que muchos niños no denuncian sus sufrimientos por temor, estoicismo, y para evitar ser sojuzgados, ellos y/o sus familias.

¿Cómo ayudamos a cambiar esta realidad? La pregunta del presente y del futuro no puede separar a niños y niñas.

La pregunta, aunque no sepa cómo enunciarla bien, va hacia la forma en que podamos proveer contextos y relaciones humanas que permitan a niños y niñas por igual, sentirse a salvo, aceptados y empoderados a desplegar auténticamente su ser, sus capacidades y atributos diversos. Y a cómo, también, fortalecemos resiliencias y recursos que les permitan a ambos (niños y niñas) ser parte de paisajes que no cambian de un dia para otro, y donde todavía habrá dificultades, escasez, censuras, y más de un dolor.

Ojalá en Chile nos valgamos de advertencias y aprendizajes ya ganados en otros lugares, y vayamos sumando otras historias. Ya existen. He conocido de colegios donde hoy en día están trabajando programas para promover la igualdad de género (y también JUNJI, en sus jardines de administración directa), así como la inclusión y el cuidado amoroso de niños y niñas homosexuales o transgénero con toda la comunidad haciéndose parte.

Más allá de las definiciones y los géneros, volver sobre los seres humanos pequeños y pequeñas a quienes estamos protegiendo, amando, educando.

De un colegio en Santiago surgió una website para orientarnos como familias (www.transexualidad.cl); en otro, una estudiante está viviendo su transición (a niño) con apoyo de compañeros, profesores, y apoderados no sólo de su curso sino de todo el colegio. Son historias que pronto no serán tan excepcionales, pero siempre serán extraordinarias.

En este día del #Yorespeto, quizás como muchos papás y mamás, agradezco de la nueva generación cómo nos enseña que otro mundo es posible. Sus ojos nuevos, su voz clara.

Pienso en mis hijas, en lo que he gozado siendo parte de sus vidas. Las lecciones que he recibido.

“Las personas son personas, todas distintas, el respeto igual para todas”, diría la mayor cuando chica, en reclamo por las clasificaciones de género. La más pequeña, de 6, no conoce las palabras gay, lesbiana, homosexual. Como su hermana, y como otros niños, desde pequeña ha compartido con parejas y familias diversas y no existen los nombres cuando ve lo mismo que en su hogar, en tantos hogares: cariño y cuidado de unos por otros, especialmente de los adultos hacia los niños.

En la última marcha por la diversidad y no-discriminación de mayo 2014, Emilia se quedó fija en un grupo de hombres transvestidos (no estoy segura de si el término es el correcto). ¿Están disfrazadAs porque es la fiesta de las “familias distintas”? Sí, le dijimos. ¿Puedo hablar con la niña de rosado y hello kitty? Por supuesto, si ella quiere también, ¿preguntémosle?

Nos acercamos a él/ella (me cuestan las conjugaciones) y nos acogió con una amabilidad inmensa. Me preguntó, como mamá, si le permitía comer dulces a mi hija. Dije que sí, que en general sí (aunque algunos no nos parecen seguros, por si se atora). ¿Estos están bien? Eran unos koyac (quizás se llaman distintos en estos días), pero chiquitos, estaban bien.

Mi hija le pregunta por su ropa, su cabellera, su cartera (muy colorida), y  en todo recibe una respuesta dulce, lúdica. Luego Emilia le pregunta si pueden retratarse juntas. Ella le responde “hay que preguntarle a la mamá”.

Me emocioné y no sabía cómo se detiene el tiempo o se atesoran momentos así, de tanta inocencia y respeto entre seres humanos, de tanto cuidado de la manada adulta por los más chicos. Asentí, y vi a mi hija alzada en brazos, brillando al sol esas dos cabelleras radicales y alegres, una de color naranjo, la otra de color rosa. Qué momento único. Inolvidable.

Tomamos la fotografía, Emilia feliz, y mi marido también, que fue llamado por la más chica a sumarse al grupo. “Qué tierna la señora”, comenta mi hija al alejarnos. “Su voz era un poco distinta eso sí, como de niño”. ¿Tú la escuchaste distinta?, y en esa repetición de sus palabras y en el tiempo que gano, intento prepararme para la conversación que pueda venir (aunque preferiría que fuera más adelante en esta esfera de la diversidad). “Sí mamá, pero todos tenemos voces distintas”. Acto seguido pasó a comentar otras cosas, los globos, el cielo, un edificio antiguo.

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Hasta ahora no se ha abierto una nueva conversación, pero mientras residimos en Nva York, la más pequeña ha cruzado camino, al igual que otros niños, con decenas de parejas de mujeres, todas las edades, y hombres también.

Nos tocó que en el metro, una pareja de lolos se sentó frente a nosotras en un trayecto largo. Iban riendo y siendo muy cariñosos (nada excesivo, sólo una ternura arrolladora). Disfruté viendo a mi hija mirarlos con una gran sonrisa y curiosidad. ¿Son pololos cierto?, pregunta. Le digo que sí, “como tu hermana y Jaime”. Ahh, y ríe con travesura, sin “pero…”, sin más preguntas, tan ligera en una edad donde ya presta atención a las claves y a la noción del amor romántico (que a los 3,4 años aún no estaba presente). Este amor, y el amor por su familia, el cariño por sus amig@s.

El amor que no trae sombras ni reproche, tampoco nombres; que no ve diferencias y sólo reconoce a personas que se quieren.

Escribo esta mañana, lejos, y me pregunto cuántas historias más cómo ésta tendremos para contar. Las nuevas generaciones de niños y niñas viven este tiempo de una forma que puede iluminarnos a todos. Ojalá en este blog, en múltiples espacios y diálogos, otros papás, mamás, herman@s, educadores, pudieran compartir historias de sus hij@s, alumn@s (por favor, sería increíble). Estamos entre tod@s aportando a un tomo mayor en un estante de libros muy querido, donde vamos sumando las etapas de vida de esta nación. Ésta es una buena etapa.

Que sea una bella marcha la de hoy, #Yo respeto

 

yorespeto family En Battery Park, NYC, 18 Octubre 2014, #yorespeto para igual celebrar el buen día.

 

Serie de Diversidad Sexual y la Nueva Generación: Cómo conversamos con nuestros niños (publicada en El Dinamo). Van cinco columnas a la fecha (quedan 3 pendientes). Gracias por concurrir en su lectura:

Introducción  http://bit.ly/1qiIktg, 0-3 años Parte I http://bit.ly/ZecQOx, 0-3 años Parte II http://bit.ly/1t332VC, 4-7 años Parte I http://bit.ly/1tBy94P, y 4-7 años Parte II http://bit.ly/1sdVwGd

 

Lost

Mirar a nuestros hijos dormir, no importa el día, su balance, las glorias o desencantos que sumamos en las 12 o 18 horas previas. Dar gracias. En esta misma medianoche ¿cuántos padres y madres estarán haciendo lo mismo, en el norte, en el sur?

Miro a Emilia, varias veces, hasta estar segura de que puedo apagar su lámpara sin interrumpir su sueño, sus sueños.

Leímos Pinkalicious hoy, uno de muchos cuentos de la niñita que ama el color rosado e imagina una dragona adorable del mismo color. Tan distinto, luego de su cuento, mi lectura obligada sobre heridas morales del trauma. Nostalgia de una dragona, rosa, o del color que sea.

Se suman los deberes académicos, y hago breaks de lavado de platos y aseos varios para meditar sobre una u otra idea. Vuelvo también a la habitación de mi hija. Me serena verla dormida (o recordar a su hermana mayor, veinte años ha, de la misma manera). Calma la preocupación de medianoche, el metro, saber al marido todavía en la calle, y uno calculando los minutos desde el teatro (donde aprende de comedia) a la casa.

Corre un viento que silba, susurra, canta, luego habla fuerte. ¿En qué estás pensando, en quién, cuál universo?

Unos vecinos escuchan rap en volumen alto, y es extraño durante días laborales. No sé si me gusta mucho este lugar, este barrio. Pero aunque no me guste, es ahora mi lugar, el claro de tierra donde me pierdo, lejos. Sin brújula, mapa, miguitas o postales que señalen rutas de regreso.

Stay put: be lost”, me repito en una lengua que no es la mía, pero es. Lo ha sido por décadas (desde niña, desde las tragedias griegas leídas en inglés, como si así pudieran ser algo menos trágicas) y vuelve a serlo con más fuerza en estos días.

Quizás cada uno, cada una tiene una lengua aparte, o un idioma propio (como de niños, pero ahora grandes), nuestros códigos para traducir internamente lo que no podríamos verbalizar (inmensa la maravilla, inmenso algún dolor).

Be lost, en el borde del misterio. Saber lo que sé, y saber lo que no sé, and be fine with it. Por una vez no tener el plan completo (sus versiones alternativas, de la A a la Z). Que las respuestas vengan cuando deban venir… como el viento de esta noche y la lluvia que sigue, la misma de millones de años, haciendo todo crecer. Como la lluvia sobre la tierra, así el amor (y oigo la voz de Carol Gilligan, multiplicada).

Arremolinado, suave, abundante algunas estaciones, barrial por doquier, inundación, luego sequías, confianza en que ya lloverá otra vez, agua fresca, qué leal esa imagen: jarras para flores silvestres, baldes acunando goteras. El amor.

El mundo cambia y junto a él, nuestros desasosiegos y abandonos, la vigilia sobre nuestro placer, nuestro deseo, todo eso que expresan nuestros pedidos, silencios, motines. Lo que cuestionan, también, haciendo temblar el orden de las cosas, la forma incomprensible en que nos hemos organizado los seres humanos. Formas poco compatibles con la vida (su cuidado, su digna continuidad), con gentilezas entre unos y otros. No cejar.

Querer vivir mejor… o no querer vivir más de una cierta forma: acceder a salud, a aprendizajes, a maneras dignas de proveernos de lo que necesitamos, sin dejar a millones de millones fuera.

Amores, buenas causas y revueltas: casi todo lo que hacemos (o dejamos de hacer), podría dar cuenta de uno de esos motivos -ansiar vivir, mejorar la vida, negarse a vivirla de formas que nos menguan. Motivos nobles (por vitales), aunque su manera de expresarse no siempre lo sea. No, cuando desborda y es violenta la voz.

Por qué no escuchar antes; por qué no recordar antes de la furia, la partición; mucho antes de la ajenidad de “otro, otros, ustedes, nosotros”. Ese grito en desiertos antiguos, continentes nuevos. Ese grito. Que pudo ser una voz desde el cuidado. Antes. Mucho antes.

Yearning, longing. “Añoranza” no me alcanza como palabra: en realidad, es algo mucho más visceral, muchísimo más profundo y antiguo. ¿La especie?, ¿la humanidad? Maybe. It’s bigger than me, much bigger.

Los períodos de cambio, incluso los mejores y más interesantes, inquietan. No me refiero a cambios mayores (aunque también), de hogar y país, y con ellos, la disolución de la identidad, su estado suspendido. Son otros cambios, más sutiles y no menos revolucionarios. A veces, una inflexión apenas perceptible en las palabras del otro, nuestras formas de expresar afecto, de moverse los cuerpos en una superficie.

No siempre sabemos bien qué, pero registramos la inquietud de nuestros hijos, nuestras parejas, las propias. A la vuelta de una cierta cantidad de años, nos volvemos más agudos en saber que sentimos algo, aunque no podamos identificar, nombrar, explicar aquello sentido. Su color.

Pienso en mi oficio, todos mis oficios, su vínculo de siempre con los nombres: en la psicología, en la educación, en la escritura. Todo se afirma en palabras y nombres: significar, traducir, definir, describir. ¿Cómo escribir un poema sobre el silencio sin nombrarlo? Nudo.

Insistir e insistir en el silencio. No el silencio que oprime, imposible, con sus secretos y pasadizos. Toda la terapia de abuso sexual infantil, todas las intervenciones de trauma necesitan de narrativas que sanen la herida de ese silencio, su tiranía sobre la voz de víctimas, familias, sociedades completas. ¿Pero y el otro silencio?

¿Ése de la tierra, de antes de los pájaros del amanecer, de dentro del cuerpo (miles de células mueren y nacen sin estridencia, cada día), del autoexamen, la escucha, la contemplación, el de tomarse la mano y caminar, el de la plegaria, el descanso, la creatividad, el silencio de no saber, o de no tener ganas de decir, no ahora al menos?

Vengo hace tiempo con la pregunta del silencio de los niños, y sobre qué les comunicamos acerca de la confianza y soberanía de sus voces, y sus silencios. En la misma terapia de abuso, es tremendo desafío el que tenemos en dibujar primero el desacato vital que sana y salva, que invita a una voz suprimida u olvidada, a hacerse presente. Luego de esa gesta, ¿cómo abrir, proponer, cómo habilitar otras dimensiones del silencio, benignas, creativas? ¿Cómo cuidar ese derecho (que lo es también) a callar?

Hay albedrío y autogobierno en el silencio, puede haberlo. Hay autocuidado y términos propios; posibilidades y unción. Hay más voces, también; otras capas o tonalidades que podrían escucharse. Y sin querer, es ese silencio justamente el que arriesga quedarse en los márgenes, muchas veces, de los procesos de reparación.

Una respuesta que merece toda dignidad y aliento, siento yo, es “no sé… no sé cómo decirlo, no sé ahora o todavía (mañana, en unos meses, o quizás cuando sea un poco más grande, sí pueda)”. O “no sé, simplemente no sé”. Qué respeto más alto es aceptar esa inocencia de un niño o una niña. De prójimos adultos también. Sin sospecha, sin hipótesis sobre represiones y procesos de negación, sobre resistencias o autosabotajes, sobre omisiones conscientes o inconscientes. Conceder. No saber es no saber.

Darle valor a no saber, a la espera que entraña; a la voluntad de saber después (o nunca), o de poder traducir algo que en el fondo es sabido y tal vez busca emerger a su tiempo (con sus palabras, metáforas, una persona especial, o frente a una forma de ser escuchados y no otra).

En la última charla en Chile, hablaba de este silencio de los niños, sin saber que sería mi propio silencio en este tiempo. Bajar el volumen, evaporarse casi. Escuchar, cuanto pueda escuchar. Con los oídos, los ojos, el cuerpo entero.

Me pidieron en una clase hacer un ejercicio con un compañero de quien apenas si había visto su nombre en una lista de asistencia. Veinte minutos de absoluto silencio, caminando en las cercanías de la universidad. En movimiento y enmudecidos, “leer” algo del otro, su vida, sus preferencias y dilemas. Yo que le tengo temor a los desconocidos, a situaciones de intimidad que no he elegido, y a calles que no conozco, me descubrí tan cómoda. Claro: sin temor, el silencio. Ahí un azul, facilidad de zambullirse, bracear, dejarse flotar. Solos. O junto a otros.

De regreso a casa, en el metro, pensar en el silencio de mi familia. ¿Cómo estamos, estás aquí, te gusta? Todavía no sé. Los tres hemos dado esa respuesta en distintos momentos de estas primeras semanas en nuevo territorio. No es Atlanta, ni es nuestro hogar en Santiago que podemos recorrer a oscuras para ir al baño en las noches. Cada uno está feliz en algo aquí, y por cierto la proporción es a mi favor, estudiando lo que quiero y con mi maestra, no quepo en mí de alegría. Aun así, se han abierto decenas de preguntas que me comprometen, y al futuro de mi hija, de mi marido, de todos. ¿Qué futuro nos gusta más, a cada uno, y cuál podemos levantar los tres? ¿Dónde estará Diamela en este mapa?

Lost. No temer perderse, pero sí confundirse. A eso sí le tengo miedo. Perdida, una puede encontrar de alguna forma el camino, el de vuelta u otro nuevo. Aun en un infierno, se caminan las brasas y se puede salir. Confundida es otra cosa. Es más que no saber; es la parálisis, el corto circuito entre lo que sé y lo que no. ¿Qué compás puede encontrarse ahí?

Como los niños perdidos, miro en todas direcciones y no me muevo demasiado. Dicen los guardaparques que los más fáciles de encontrar son los niños: su instinto, al parecer, los ayudaría a quedarse cerca del lugar donde se pierden, y ahí, buscar refugio y esperar. No tratan de adivinar ni dárselas de exploradores guiándose por estrellas o intensidades de sol; no sabrían cómo, especialmente los más pequeños. Saben que necesitan ayuda; que solos no se puede.

Como niña, me pierdo: en esta ciudad, con los míos. Los míos. Hemos tenido fiebre, desvíos, arraigos y desarraigos, mortajas, cálices, páginas blancas y páginas escritas por lado y lado. Como todas las familias. Los piececitos nunca han sido tan azules: el frío es fuego las más de las veces. Nuestro fuego. Descalzos y con rayas de colores tatuadas en los pies, cruzamos.

Lost in translation. Qué sabemos, y qué no. Mi marido re evalúa sus años, en silencio (y quién soy yo para hacer nada más que observar, o escuchar por estos días), cuánto no sabe mi niña de sí misma (y tampoco yo sobre ella, si la estoy conociendo desde hace seis años solamente), cuáles palabras que no hemos aprendido todavía, cuentan nuestra historia. De la mía, sólo yo hago registro.

Gracias a la memoria que es distinta, aquí. Recordar menos, no conocer casi a nadie; que nadie me conozca. Todo fósil puede ser ámbar (no osamentas ni tumbas); todas las superficies llevan musgo dorado y todos los bichitos prehistóricos si quiero, serán luciérnagas (siempre ellas).

Los años que vienen, ¿vienen? Por ahora dos estaciones y no más. Dos horas. Las que en avión me separan de mi casa en territorio Cherokee (o catorce, en auto o bus). Antes fue el Chatahoochee, hoy es el Cosawattee. Mi río, todas las preguntas que quizás me pidan responder entre el otoño y el invierno de este hemisferio. ¿Podré?

Comunicarse con Chile, sentir el corazón alegrarse, saltar la cuerda, recreo delicioso, pausa. El viento se detiene, la lluvia espera, pero es todo un espejismo. Eso sí puedo saberlo.

Ahora. Aquí. Repetir esas dos coordenadas. Ahora. Aquí. No pedirnos más, o sí, pero sin dejar de consagrar lo que tenemos en frente.

La cocina es aquí, las cestas de ropa por lavar; aquí, las cuentas, prudencias y las limitaciones, y también aquí, las ofrendas que se agradecen cada día. Dibujos de la más pequeña pegados por doquier, y entre los dos más grandes: paciencias, la mutualidad del cuidado aunque se haga difícil a veces,  Þeir ganga saman á hálum ísi, en falla eigi, lengua vikinga antigua, caminamos sobre hielo quebradizo sin caer (la definición que más sentido me hace de ser pareja y amarse en estos tiempos).

Lost, viene de ahí también (en Norse antiguo, los): romper formación, disolver un ejército, pérdida, ser libre (y otro hilo: libre, free en inglés, y leí por ahí, Freyia la diosa del origen y la unión de las almas, de la era vikinga). Serían terribles los vikingos, pero su lengua se agradece. Me gusta. Algún día, querría recorrer su mundo con mi amiga princesa de los hielos.

El timbre, luego la llave, y es uno de los míos. Conozco esa piel, su textura exacta de cabeza a pies, su temperatura en cada pliegue. No son peregrinaciones menores; no para mí, aunque en estos días pase más tiempo con mis dedos en los libros, e imagino esos vapores mágicos de CSI revelando cada huella, unas más intensas que otras, pero todas con el mismo entusiasmo de la primera acuarela prescolar.

Falling Slowly (de Once, Glen Hensard y Marketa Irglova) … Raise your hopeful voice, you have a choice, You’ve made it now … No distraerse.

Conjurar la distracción, pedirle que me mire a los ojos, una vez más, y cierre los suyos. Escuchar sus palabras, su voz esperanzada. Luego aceptar su adiós: no para prevenir el caos, sino para dejarlo ser si es su hora.

No alterar el curso, dejar ser a desprolijidades e improvisaciones del destino; dejar ser a lo desconocido (también puede ser un tipo de brújula, una alegría, o un honor, como para los exploradores). 10, 000 miles

Musas y duendes (o jirafas y lobos) son maravillosos pero bien pueden torcer el curso de un tiempo, llenarlo de hiedras y margaritas, y no es que tema a las ruinas si todo va en esa dirección al fin y al cabo, pero no quiero saltarme pasos.

Antes, quiero reunir la piedra y la madera, construir las ventanas y las puertas, el hogar y su jardín, todas las veces que haga falta. Sin prisa, los años. Sin prisa, también, el óxido, el patchwork de las arañas, las liturgias finales (sepamos o no). Y nuestros fantasmas, tan cándidos.

Decir adiós, por un día, meses, o años. Perderse. Qué distancia requiere mi amor (por mí, por los míos), qué descanso, cuáles construcciones en el norte y en el sur, o sólo en uno de esos puntos cardinales. No quiero ir más lejos. No soy de estes ni oestes, tampoco de cruzar grandes océanos.

Claro de tierra y ramas, nada se deslice en este extravío. Aprender a perderse, perfeccionarse en ello, disfrutar, y hasta pedir un momento más. Al menos hasta mañana, o hasta el próximo verano (en algun lugar del mundo), que nadie me encuentre. No todavía.

Queridas Hijas (archivo ElPost, 11 septiembre 2013)

“We need to look, and look truthfully, at love as the key not only to our happiness, but to our sense of justice”, David Richards

 

Este escrito es la versión completa de una carta que fue publicada (con extensión limitada) en ElPost, el año pasado. Sigue siendo vigente.

 

Queridas hijas…

11 Septiembre 2013

No son las cinco de la madrugada y trato de terminar una carta en la que llevo días. Quería estar preparada, no como hace veinte años atrás.

Mi hija mayor tenía cinco años entonces, la misma edad que hoy tiene su hermana. O que yo tenía al 11 de septiembre de 1973.

Puedo recordar muchas cosas de cuarenta años, pero hoy sólo regresa el fantasma de un viejo departamento en Providencia, a comienzos de los noventa. El eco apremiante de una voz chiquita y dos preguntas de Diamela: ¿por qué pide perdón ese señor, mamá?, ¿Qué son los desaparecidos?

Tantas preguntas que los padres no nos sentimos preparados para responder. Hoy me siento igual de desprovista ante mi hija menor y acaso mis motivos para casi no ver televisión las últimas semanas (apenas fragmentos de programas, minutos, aunque conservé algunos links para el futuro) han sido una barricada inconsciente ante la posibilidad de tener que repetir un diálogo que ojalá ningún papá ni mamá tuviera que sostener con hijos de cinco años. Y de ninguna edad.

Emilia quiere ir al colegio. Hubo papás que decidieron no salir hoy, y yo misma tal vez habría optado por lo mismo si no es porque este invierno ha sido duro y las inasistencias, muchas. En el trayecto, las radios se vuelven demasiado. Mientras en algunas se comenta la presencia infame de un torturador en televisión (no lo vi), en otras estaciones reflexionan sobre este día, el pasado, la memoria.

Aquí  vamos cantando, sin intención irreverente, tampoco negadora: sólo leal a mi hija que despertó feliz (hoy le regalarían una pequeña araucaria), con ganas de jugar y de contar a sus amigas que ayer le tomaron una “foto” de sus huesos y “pulgones” (pulmones). Un día de niños. La vida de los niños.

La semana pasada, Emilia preguntó por unas imágenes en blanco y negro mientras mi marido veía televisión. Enmudecí. La abracé y la llevé de vuelta a su cama. Menos mal, no insistió.

Con su hermana fue distinto, a su misma edad. Llegó silenciosamente y desde la puerta vio conmigo –sin notarlo yo- el noticiero donde un alto militar argentino pedía perdón públicamente a su nación por violaciones a los DDHH ocurridas durante la dictadura. En esta sola frase había más palabras de las que podía explicar a una niña: violaciones, derechos humanos, dictadura.  La más difícil: “desaparecidos”.

En toda honestidad, habría querido salir corriendo. Pero hice lo mejor que pude sin hablar de Chile todavía, sólo de Argentina. La inocencia de mi niña. Sus ojos que no olvido, como flores de cristal. El calibre templado de cada frase y tono. No dejar traslucir espanto; ni distancia. Ser humanos no permite elección –aunque creamos tenerla- frente a la historia de nuestra especie. Miles de años.

De la historia reciente, en mi propio país, no sabía qué decir a mi hija. Me resistía a heredar la grieta, y menos quería arriesgar a Diamela al miedo o el resentimiento en la división -inevitable para un niño- entre “buenos” y “malos”, “los otros” (ellos) y “nosotros”. En su solidaridad, tampoco quería que se dibujara un punto de fuga donde ante la magnitud de las heridas más cruentas, hacia el futuro, mi niña perdiera de vista el sufrimiento o la violencia de algunos o de otros (qué terrible escisión).

En lo que se sentía como pulverizar colibríes contra las rocas, valerse de otro relato: sobre un grupo de adultos que después de una guerra enorme, la más grande y devastadora (IIGM), se reunieron para hablar de paz y respeto, y para jurar que cuidarían mejor a las generaciones que siguieran.

Diamela conocía los derechos del niño gracias a un afiche de Mafalda y su versión resumida de la Convención, colgado en su dormitorio: una lista sobria y tremenda para recordarle a mi hija que podía y debía esperar, de todos los grandes, la más alta protección. La “mamá” de esa “lista”, era la declaración universal de DDHH.

Fuimos más atrás: hasta tiempos de las cavernas, primeras letras y ciudades, templos y dioses, milenios de convivencias y luchas, fragilidades y transformaciones en nuestra especie, fracasos también. La crueldad, contrapesada con toneladas de buenas obras, creaciones artísticas, capacidades de amor, pero ineludible esa posibilidad (del daño), ante los ojos de mi niña (su mirada que no cambia, aunque ya tenga veinticinco años).

El trayecto es breve, el día es hoy tan gris. Emilia corea “Paradise” de Coldplay mientras recuerdo a su hermana: “Es bueno pedir perdón si uno hace algo malo, pero no veo cómo nadie pueda perdonar a este señor y sus compañeros … ¿por qué no está preso?”.

La canción cambia, el eco de veinte años atrás no capitula: “Yo al menos, si les ‘hicieron’ algo así a mi familia, no me vengaría, pero no los perdonaría nunca jamás…y menos si no dicen la verdad”.  Anoté en mi diario de esos años la experiencia. Tan mínima me sentí como mamá, tan confundida. Responsable.

Volver a altares, o pilares necesarios. Sólo anoche, no recuerdo en qué canal, vi a la Sra. Ana González de la Agrupación de Familiares de Detenidos Desaparecidos. Con la misma templanza de mi adolescencia –cuando me explicó, sin odio, la historia patria que mi familia temía contar- compartió ayer cuánto soñó ella ganar la lotería para ofrecerla a los captores de su familia (su marido, sus dos hijos, su nuera embarazada, desaparecidos) a cambio de alguna información sobre su destino.

Miré a mi marido de reojo, me levanté luego para ver a Emilia dormir, angélica. Recordé a la Sra. Ana de mis quince años, al equipo de terapia en el DITT de Codepu, años después. Todo lo que aprendí no solamente sobre psicología del trauma, sino sobre el valor de la memoria, sus actos acto de amor y digna resistencia: conservar un puesto por siempre listo en la mesa; escribir cartas con dibujos, los niños,  a papás o mamás que no regresaron; escribir un nombre cientos de veces, en servilletas, boletos, cuadernos, bordes de revistas, hasta dejarlo grabado en cielo; batallar contra el tiempo que desvanece olores -la ropa limpia o la que quedó sin lavar- de blusas, camisas o chalecos entrañables.

El frío.

Un frío imposible, de no poder abrazar, de pies que en la cama tocan puro abismo antes de dormir, y no (ya nunca) los pies más queridos del mundo. La ternura ahogada, el deseo, cada célula (cada una) en desvelo. Yo no conozco ese frío, esa ausencia. No sé cómo puede ser ese dolor; la condolencia se siente precaria, pero es sincera. Y jura. Nunca más. Nadie.

Otro 11 de Septiembre nos resultó cercano, en EEUU, el 2001. Uno de mis familiares salió -camino a una reunión- diez minutos antes de que abatieran a la primera torre. Muchos de sus colegas trabajaban a esa hora. Sus familias no pudieron despedirse. Tampoco darles sepultura (no hubo un puñado de cenizas siquiera). En el calendario paralelo, queridas amigas que habían migrado desde países como Irán o Irak, décadas antes, se habían vuelto sospechosas para sus propios vecinos, o para sus propios hijos.

Fue un tiempo de congojas indecibles.  Mucho miedo. Alguien me había dicho en la juventud que el número 1 era mágico, pero cómo creer: ya iban dos veces, dos septiembres, dos once sin escarcha tornasol, sin haces boreales. Sólo el duelo se propaga. Y la añoranza de otra era.

Septiembre 11. No sé cómo se libera un día así; cómo deja de ser rehén y vuelve al engarce de los demás días con sus estaciones, ritos, responsabilidades cotidianas. Poco a poco, quizás (si es que, alguna vez). Con gestos tenues, cuidando de no asustar a la criatura que se ha habituado a la oscuridad; una cucharada de lumbre a la vez, o una mano, para que nos huela y reconozca, nos deje acercarnos, encontrarnos. Para escuchar otras voces desde otro corazón. La injusticia no necesita escribir su historia desde el odio; la justicia, menos.

Law like love, en qué minuto se separó todo. Me cuesta pensar en un poder mayor y más resistente contra la injusticia que el amor (es cosa de ver cómo respondemos si dañan a quien amamos: nuestros hijos, un hombre o una mujer, el prójimo, una tierra, una montaña, una nación, seres de floras y faunas ya quebradizas). Me cuesta pensar en otro poder mejor dispuesto para imaginar y proponer, para escribir otra historia. Law, say the gardeners, is the sun…(W.Auden, Law like Love), ¿y para nosotros?

Atardece, indeciso el día entre una congoja intraducible y ganas de volar lejos. No hablaré con Emilia todavía, pero llegará la ocasión. Tal vez habré logrado terminar mi carta para ella, o repetiré la frase del comienzo (queridas hijas, querida pequeña hija) como un sortilegio protector antes de contar la historia.

Tal vez otros papás y mamás se preparan también para caminar con sus hijos, y compartir esa historia que es sólo justo que los más pequeños y jóvenes conozcan.

No tenemos que hacerlo solos. Deberíamos ser muchas voces –familias, colegios, la nación entera-, acompañándonos. Que podamos constelar al fin, alrededor de los hijos de todos, un círculo de nombres y lámparas que les ayude; que convierta a la memoria en acto de cuidado mutuo, y autocuidado, ante su futuro.

pequeños laureles y gemas

Existen, durante la maternidad, todo tipo de días: de sentirse recién llegada al mundo y sin saber nada,  o de andar saltando y corriendo sobre techos de locomotoras cual espía británico. Días también de recogimiento, preguntas e intraducibles gozos o melancolías (desde la sangre y leche que somos, cuando vemos a nuestros hijos felices; o desde la lágrima insondable, si están enfermos o o tristes).

Otros días, que pueden ser una gran mayoría de ellos, simplemente gloria (si tenemos la fortuna de poder siempre alimentar y cuidar a nuestros hijos, y así de bendecidas, gozar lo majestuoso de verlos crecer). Hoy fue uno de esos días gloriosos con mi hija menor.

Fui a buscarla al colegio, y lo primero que me advierten es que se había caído durante el recreo. En el microsegundo de pausa entre una frase y otra de la inspectora, miedo. “Nada grave, está bien”. Alivio cuando la veo venir corriendo hacia mí. Respiro, la beso y abrazo y espero a que ella me cuente. “Me troMpecé y me pegué en la frente y la boca, pero la Rebeca me puso hielito y me lo comí”. Se veía bien, apenas un puntito enrojecido, brillantes y divertidos (lo son) sus dientes en la tremenda sonrisa con que terminó su relato.

Me dio gusto ver a Emilia tranquila, contando su caída, y agradecida de Rebeca y su  “remedio”. Rebeca, sí, la misma que 40 exactos años atrás, ya trabajaba en el colegio cuando comenzaba mi propio kindegarten.

En los años que siguieron, pilar de afecto y  cobijo: en su cocina esperaba que me fueran a buscar, ahí comía con gusto sus tostadas (las mejores), de su brazo me tomaba fuerte cuando no quería terminar esas horas de solaz que, luego, serían reserva de luz para otras experiencias menos radiantes. Rebeca era entonces una mujer muy joven, de pelo largo y brillante, como una princesa. La mirada más dulce que recuerdo.

Décadas después,  un juramento tan bello como sorpresivo : “Yo a ella, la voy a cuidar mucho mejor”. Eso me prometió cuando supo que EMilia sería también alumna del colegio. ¿Mejor?:mejor es imposible. Me es difícil imaginar más ternura y cuidado de los que yo conocí y recibí de ella. “Pero esta vez no se me va a pasar ningún detalle”, contrargumentó, con la solidez de sus años que como si no hubiesen pasado (she always glows). La historia ya es conocida, los silencios decodificados, y a la vuelta de décadas, como otras personas, el rompecabezas es completo para la “Rebe”. Mi infancia. Tanto más linda y redimible gracias a personas como ella que, a menos de una semana de iniciadas las clases, va dejando en mi hija esa misma buena huella que tan bien conozco.

En el recorrido hacia la casa, Emilia comparte las historias del día, los juegos, dibujos, nombres nuevos de amiguitas y amiguitos, y sus originales y exquisitas declaraciones de nostalgia y de amor: “Yo te eché de menos mamá cuando tú no estás. Yo te quiero tanto, y tú me quieres mucho más.  Porque yo igual te quiero desde que era bebé pequeñita… pero ahí yo no te quería… no tanto”. Otro microsegundo del terror, pero Emilia respira y  sé que no ha terminado su alocución. Mi cuerpo entero espera las palabras que siguen: “no te quería tanto…porque ahí no te conocía. O sea, te conocía ‘recién’. Pero hora ya sí te conozco y por eso te quiero y eres mi mejor mamá del mundo, etc, etc” (todo esto con una entonación que me recuerda algún mono, no sé bien cuál, de Nickelodeon o Discovery kids)

Escucho la carcajada deliciosa del taxista, mientras yo me habría largado a llorar con una alegría equivalente en intensidad a la suya, pero muy distinta en el material del que estaba hecha. Para mí, lo que había oído de mi hija, significaba el mundo.

Cada afán, cada lento y diminuto paso, cada pregunta relevante -¿QUIERES dar/darnos un abrazo, un beso? ¿PODEMOS darte un abrazo, un beso? ¿No?, muy bien, sigamos jugando-, cada declaración de nuestro afecto y respeto, y especialmente,  todo lo que sin palabras -o no todas las que uno podría usar porque los niños tienen un idioma mucho más amplio y diverso- me he esmerado en tratar de dejarles saber a mis dos niñas sobre sus derechos, preferencias, y sus límites, TODO eso se volvió gloria, aleluyas, coronas de laureles. Qué corona: tiara. De Miss-Mamá-más feliz del universo.

Es un regalo tan grande darme cuenta de que Emilia, aunque todavía no entienda la dimensión “tiempo” (y “ayer” puede ser 6 meses atrás, o una hora)  la siente. Porque ha contado con él, a manos llenas -gracias a su familia, personas cercanas, educadores y hasta los conserjes de nuestro edificio– para ir acercándose y explorando sus formas de expresar simpatía, cariño, frustración y deleite, según cada ocasión (a veces nos abraza, y otras nos dice que “después” o que, y con una sonrisa segura, “ahora” no quiere). También, para expresar su distancia, rechazo o incomodidad, a veces sin poder explicar por qué, encogiéndose de hombros, no nombrando  (y en ese silencio dejándonos saber mucho más de lo que ella imaginaría). No siempre sus motivos serán claros, pero sí son siempre  respetados. Asumiendo yo que para más de alguna experiencia o emoción de mi hija -eso ya debí aprenderlo con la mayor- no podré tener una “versión definitiva u oficial” (le cae mal X persona por X situación; o el amiguito XX la empujó y por eso no quiere hablarle ni jugar con él en la plaza) pero que en la constancia de nuestro caminar, siempre podemos ir escribiendo una historia mejor, preferida.

Al llegar a casa, almorzamos y cayó dormida. Le comenté a mi marido y mi hija mayor lo que EMilia había dicho sobre el amor. No lo podíamos creer, pero sí, claro que sí, es solo coherente con este nido y sus formas de hacer y vivir.

Emilia puede confiar y decir lo que quiera en relación a sus afectos porque así lo ha aprendido (y nosotros junto a ella). Y aunque es muy improbable que recuerde bien sus tiempos de recién nacida, es solo sensato suponer que no me quería, o no tanto, porque “recién me conocía” (aunque desde el día uno, yo no haya sentido más que una corriente amorosa infinita ir y venir entre las dos, pero claro,  desde mi mirada). No imagino una declaración mejor ni más sabia sobre el amor, y viniendo de alguien tan pequeño (que, por cierto, no ha leído aún El Principito).

Pocos seres humanos son más incondicionales en su amor que los niños, pero qué bueno saber que ellos también pueden intuir o palpar -si así lo permitimos y alentamos- que el amor nace y crece con cadencias y estaciones, tiempo tras tiempo, vínculo y otro, hasta necesitar inventar o encontrar su lenguaje preferido, su latido de corazón y de piel, su lucidez y gratitudes, su forma de ir de menos a más (aunque sin cuidado ni nutrientes, puede también extinguirse). De menos a más… me repito. Y miro mi vida, y la de mis hijas…

Lo que Emilia dijo, proyectado al futuro -con las amigos y amigos que elija, con maestros y mentores, con quien la corteje y la quiera, y a quien ella elija como pareja- me alegra y me esperanza. Cuánto no demoré yo en llegar a mi casa: la libertad sin prisa ni temor, mis límites bien templados, mi integridad, mi calendario diferente, la plétora de residir al fin en el cuerpo, mi corazón… oh my heart, (como cantaba R.E.M en su despedida musical). Oh, my heart, and yours. Tuyo hija, para gozarlo y compartirlo según tu compás sagrado.

Me cuesta decir mucho más. Recuerdo a abuelas, madre, tías, mujeres antes de ellas, con historias tan fantásticas algunas, y otras, devastadoras, y esa sensación mía, de niña y hasta bastante adulta, de querer regresar a algunas de esas mujeres a la vida, o conseguir para todas -vivas y muertas-, un siglo más ahora sí de regocijo y plétora: sin urgencia ni desmesura, sin naufragio ni vocaciones dimitidas, con más sueños que conceciones; sin más  hijos invisibles u omnipresentes al punto de la asfixia (para ellos, impedidos de crecer, y para sus madres, sin más horizonte de existir); sin susurros ni gritos (de protesta o placer) ahogados, sin cegueras ni secuestros del alma en pasiones tórridas que jamás permitieron el descanso o la contemplación serena de  las vidas.

Estas tardes de primera semana de colegio en Chile, por las tardes, justo antes de la cena, hemos hilado collares de cuentas. El ritual con EMilia me regala una imagen: el collar antiguo y entrañable de las genealogías (que una lleva colgado en el alma) donde nuestras ancestras puedan heredar lo que ellas aprendieron (lo bueno y lo áspero) a las niñas y mujeres que les siguen. Y donde ojalá ellas, más grandes, donde se encuentren, puedan también recibir algo de las más pequeñas y jovenes, algo importante: toda la nueva luz y textura de vida que traen estas nuevas generaciones.

Que entre las ancianas cuentas de ámbar que relatan las historias de amores de una familia y sus mujeres, mis niñas hagan refulgir ese talismán compuesto de perlas de río, piedras preciosas, ópalos, diamantes, y engarces minerales de muchas tierras y buenos amores.  Amores de Diamela y Emilia, y sin importar mi edad, justo a tiempo, los míos también.

Despedidas y nuevos partos

Luego de un período tremendo, crecedor, lleno de nacimientos, renacimientos y una que otra resurrección, vamos empacando nuestro pequeño circo familiar y regresando al hemisferio norte. Allá espera la primavera, el bosque que es como el hogar de origen para mí, así como la casa paterna donde siempre le guardan a una su habitación o su cama, algo que recuerda la infancia.

Yo, que no querría volver nunca a ese pasado del centro de Santiago (que siempre me vuelve un poco diminuta), me regocijo envuelta en el verde de Georgia, sintiendo que puedo sentarme bajo los árboles infinitos, a la orilla de mi río y ser yo no más, muchos días despeinada, sin maquillaje, alegre o preocupada, con ganas de conversar o enmudecer frente a un mundo que poco filtro en la piel pero que en las huellas que va dejando reserva siempre crecimientos: profundidad de ojos que he entendido, con los años, no viene siempre sin un costo. Y está bien. Prefiero eso que olvidarme de mi humana condición y pertenencia.

Me llevaré conmigo amores entrañables, de siempre y otros nuevos, lazos que imagino colgando de las alas del avión, como esos tarros y cintas de los autos de los novios. En mi caso, son lazos que me dejan un poco en Chile, que se estiran y tensan hasta llegar al norte, pero que aguardan muy listos para recogerme y traerme de regreso al sur, a los brazos de hermanas, amigas y amigos entrañables. Con ellos la elegante intimidad es siempre viva, siempre disponible, como esas cabañas en Blueridge Mountains, tan modestas, a veces precarias, pero donde jamás falta un dispensador de agüita dulce para los colibríes.

En un encuentro con una amiga, me preguntó algo muy potente, acerca de qué pediría mi alma en este tiempo, si pudiera hablar, a la luz de su trayectoria conmigo. “Déjame jugar”, fue lo primero que saltó en mi mente y fue tan exacto desde tantos ángulos: la niñez incompleta, la sobreexigencia a veces, el temblor de la valía personal, las ganas de soltarse a correr por alguna explanada sin dar explicaciones ni hora de regreso, explorar el valle, los cerros, las pequeñas cuevitas donde a veces hay agua, musgos, hojas secas (no monstruos ni animales feroces). Luego resituarme en la devoción, fundante, de ir en el camino con mis crías, y ahora con la más chiquita, con adulta madurez y entusiasmo y energía inocentes y casi niñas (la ronda que llevo dentro), cosa de poder tanto guiarla como jugar con ella.

En los últimos 6 años ha habido ciclos desprolijos, algunos dolorosos, otros tenues en la brújula y no por falta de determinación, sino por dificultad de llevar a cabo planes y propósitos según mis términos, ante la inconmensurable porfía y presencia de ciertos eventos que la vida trae con ella. No sé bien por qué motivos; suelo no creer en “pruebas” ni menos karmas, pero sí puedo abrirme al ejercicio de buscar y encontrarle algún sentido o valor de aprendizaje a lo que va ocurriendo y aunque algunas experiencias quedan en el misterio, lo importante es que quedan, son acopio mío, registro en la bitácora para algún día en que puedan acudir a orientarme o simplemente acompañarme por un trecho.

Pocas veces he regresado a EEUU con el corazón tan dividido como en esta oportunidad, con tantas preguntas, duelos en curso, y más allá de esa línea del horizonte que no dejo jamás de ver (aunque deba pintarla yo misma con crayones o pintura de muro), ignoro qué venga.

Sé que debo escribir un par de textos, dictar algunos seminarios, continuar mi oficio de mamá y de hacer familia. Y disponerme a nuevos nacimientos y partos que sospecho, entre los cuarenta y cincuenta, pueden dejarme sobrecogida y maravillada a niveles que no alcanzo a imaginar. Eso espero. En ello confío. Y de las pruebas difíciles, bueno, de ellas nos haremos cargo una a una cuando visiten. Una amiga de Uzbekiztán dice que para lo difícil hay que vestirse de gala y dejarse ir. Quizás es un buen consejo a seguir.

Tendré mi vestido especial si toca la ocasión del desafío áspero; deberá ser más suave la seda, entonces, de mi atuendo. Para el resto del tiempo, lo de siempre: lo que ha viajado por años en mis maletas, algunos zapatos nuevos (que ojalá parezcan de baile, como los de Ginger… are we human or are we dancer?: dancer, quiero responder hasta el final, todavía amando a The Killers)… y la textura sobria, amorosa y mucho más íntegra de mis 43 años que mañana podrían ser cero, o diez, o cien, según lo que la vida requiera de mí. Mi vida.

“Creo que tú y yo lo hacemos bien”

Hay una antigua canción de Rod Stewart llamada “Have I told you lately that I love you?”. Personalmente, no me gusta mucho ni Rod Stewart ni la canción, pero el mensaje -¿te he dicho últimamente que te amo?- me toma desde los huesos siempre igual, cada vez de escucharlo o recordarlo.

En el jardín infantil de mi hija mayor, cuando tenía menos de dos años (hoy tiene veintidós) murió un compañero suyo de leucemia. Los apoderados supimos del diagnóstico terminal apenas les fue entregado sus padres. Ellos tenían la tarea titánica de decidir cómo pasaría su hijo los 6 meses de vida que le quedaban. Actos que sólo el amor es capaz de explicar, optaron como familia por no encerrarse en la casa a exprimir cada último segundo de su chiquito –mi primer instinto cuando conocí del caso y me puse en el lugar de esos padres-, sino permitirle hacer la vida más normal y feliz posible, mientras pudiera.

Así fue que su hijo asistió al jardín y jugó y pintó hasta que no tuvo más fuerzas. A mí se me hacía agua el corazón sintiendo cómo esta llamita de niño iba cediendo a una muerte que llegó como tornado, sin dejar tiempo para sonar alarmas ni buscar refugio. En medio de la ventolera tristísima, fui aprendiendo sobre una clase de amor que a mis escasos veintiún años apenas echaba sus primeros brotes en mí: el dejar al otro ser y que importe tanto-tanto su felicidad que aunque ésta no sea a nuestro lado, igual nos deja regocijados y serenos. El desapego en el más budista de los sentidos –como acto de compasión; no de indolencia-, el respeto por otra vida en sus términos y el amor como acto de honor, eran descubrimientos que yo todavía debería esforzarme más por asentar en mi alma. Esa primera lección, no obstante, fue el tramo más decisivo del camino. Sobre todo, porque ante la constatación de que es absolutamente cierto que NO tenemos el tiempo comprado, no queda más alternativa, y realmente no la hay, que hacer lo mejor posible del presente que tenemos a la mano. Minutos, horas, cualquiera sea la métrica.

Desde esa época sobrecogedora, me hice el firme propósito de jamás dejar de decirle a mi hija, cada día sin excepción, cuánto la quería y cuán afortunada me sentía por conocerla. También decidí jamás permitir irnos a dormir o partir al colegio enojadas, algo nada fácil considerando las resistencias de los niños para irse a la cama –sin jugar “otro ratito más”- o para despertar y alistarse a partir a su jornada escolar.

No importa cuán difícil fuera a veces –mi chiquita tenía muy mal humor por las mañanas, y aún lo tiene-, no hay nada que la buena voluntad y un sereno y profundo sentido de práctica o disciplina, no puedan lograr. Sin embargo, lo que fue tan natural lograr con mi primera hija, y ahora con la segunda de apenas dos años, nunca me ha sido igual de fluído con mi compañero de vida y lo confieso con algo de vergüenza.

Puedo justificarme en mi biografía, desafiante de la confianza y valorización de lo masculino. Más tarde vendrían las reflexiones sobre mi género, la participación en el colectivo feminista de la universidad y los estrellones contra una realidad que, mientras iba inaugurando mi adultez, se fue revelando muy habitada por la inequidad entre hombres y mujeres. Tuvieron que pasar años de cotidianeidades y terapia, y también años de tiempo, sencillo e incondicional como el que nos apoya en ganar madurez, para ir venciendo mis recelos y ceder al cariño completamente. Lejos la mejor rendición que uno puede experimentar en una vida. Con los hijos, la pareja, los amigos…

Como me costaba hablar –y más tocar o abrazar- por pudor, autocensura, incluso falta de práctica simplemente, durante años expresé mi cariño en gestos y actos que, aunque bienintencionados, a veces pasaban desapercibidos. O quizás sólo necesitaban ganar presencia y contorno en el énfasis que sólo las palabras y las caricias son capaces de dar.

El cuidado en los detalles, el buen humor (trataba de ir al río o a caminar para vaciar penas y enojos cosa de que no quedaran por ahí atrapados como duendes o ánimas en pena en el hogar de mi familia), la solidaridad de escuchar historias muchas veces contadas sin hacer notar la reiteración porque asumía que por algo ese contenido se colaba de vuelta a la superficie, una y otra vez, y tantas otras coordenadas que dirigían mis buenos esmeros, no lograban completar el espacio donde el corazón de mi compañero necesitaba llenarse de mí, mi voz, mis manos.

Poco a poco, comencé a escribir tarjetas, post-it, incluso con el jabón del baño dejaba mensajes en el espejo por si el otro se levantaba más temprano que yo. Más tarde fueron las palabras dichas. Justo leí por ahí que nadie que no fuera un coro de alabanzas, merecía estar en la vida de uno, y me hizo bastante sentido. Obviamente uno no anda con una bolsa de laureles y pétalos de rosas por la vida, pero sí me di cuenta de que podía andar con una bolsita de palabras, al menos. Palabras dichas con dulzura, que paulatinamente se acompañaron de un tacto, una pasada de manos, un abrazo porque sí. Y puede sonar tan elemental, pero a veces hasta lo más simple se puede desaprender u olvidar en lo urgente e inmediato de nuestras vidas adultas.

Tal como con mi hija, comencé a decir “te quiero” a diario al hombre de mi hogar, cada vez que podía. Irse a dormir o partir a los trabajos sin enojos, sé que me resultaba la mayoría de las veces, no sé, un 90% quizás. No me vuelco en la negación delirante con tal de mantenerme optimista o de preservar ciertos recuerdos. O quizás sí, más de alguna vez =). Pero generalmente, lo que hago es porque elijo hacerlo, porque me acomoda vivir así y porque de verdad, ante la carencia de éste en mi llegada al mundo, la posibilidad de hacer hogar me resulta un agasajo infinito. Creo que dos bueyes llevan mejor la yunta que uno solo. Las risas de los niños acompañan y pueblan paisajes mejor que cualquier música. Las rutinas más pedestres, hechas con atención y con afecto (y porque quiero, más que porque deba hacerlas), pueden ser una fuente de alegría para otros, y también de aplomo y amparo, lo que no es menor para mí. El nido me provoca la mayor gratitud; cada rama me contiene y anima al vuelo, aunque los míos sean más bien bajitos y prudentes. Al menos, por ahora.

Creo que en la balanza, hay equilibrios entre lo que he amado y he sido amada. No dejo de aprender, ignoro muchas cosas y hasta yo sigo siendo bastante misterio para mí. Pero sé reconocer uno que otro milagro cuando me salen al paso y necesito compartir uno, por si a alguien sirviera tanto como a mí.

Hace poco oí a un hombre decir a la mujer que ama “creo que tú y yo lo hacemos bien”, luego de una conversación sobre inseguridades, necesidades mutuas de ir afinando las emociones y los pedidos (incluso de los cuerpos, un tema que cuesta hablar con candidez en las parejas). En ese intercambio hubo cuidado, muy recíproco; también autocuidados.

No puedo traducir una conversación realizada en un idioma indescifrable como suele ser la lengua que construyen dos personas que se aman (con sus bromas, sus silencios, sus frases incompletas que sólo ellos pueden completar, sus palabras preferidas, sus tradiciones más cómplices), pero desde las sensaciones puedo atestiguar que entre ellos había, hay, un buen amor, o una buena semilla de amor. Los espejos que ambos usaron para devolverse reflejos, eran cristalinos en ternura y respeto. Y aunque no tuvieran respuestas ni soluciones a todos sus dilemas y miedos –que también los había, se notaba-, esa frase que él le regaló a ella vale por mil millones de canciones Rod Stewart. “Creo que tú y yo lo hacemos bien”.

Muy dentro, yo iba subtitulando ” nos queremos rico, confiamos, nos alentamos, podemos salir de escollos, podemos crecer. Tratamos, like everyone else, de hacer algo bueno del vivir y vivirNOS”.
Confieso que me emocioné muchísimo y a modo de homenaje con ellos, decidí tomar prestada esa frase -que poquito a poco iré haciendo mía- para decir cada vez que pueda, mis te quiero, requiero, me gusta verte bien…yo te cuido, nos cuidamos…tú no te preocupes. O sólo de caminar.

Sólo de caminar.