No se trata de censura, sí de responsabilidad

escrito se encuentra en este link, mil gracias.

 

 

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Condolerse

(Extracto de una carta recientemente enviada a dos muy queridos amigos que ponen el alma en su trabajo pastoral y en la apuesta –no importa si improbable- por una Iglesia que se decida a ser buena con toda su gente, sin dejar fuera a las víctimas de abuso sexual)

Queridos xxxx y xxxx,

No imagino la decepción y tristeza que debe afligirlos. La vergüenza, que es de tod@s, y no sólo ajena.

Pienso en ustedes por estos días. Y en tantas personas de buen corazón que todavía quieren creer que hay esperanza en la Iglesia. Más todavía, pienso en miles de hombres, mujeres (yo misma), jóvenes, niñas y niños que comparten una historia -y no sólo de abusos sexuales en la Iglesia, sino en otros entornos- y duele, literal, físicamente, el cuerpo entero. El nombramiento de J. Barros es un golpe en las vísceras, los huesos. No podemos entenderlo.

Un cómplice de abusos sexuales, investido como obispo. ¿Qué dice eso de la Iglesia, quienes la conducen, o de nuestro país, y de todos nosotros?

He visto noticias donde se señalan “los supuestos abusos” del “controvertido sacerdote”. La cobardía de estas palabras. Como si Juan Carlos Cruz,James Hamilton (que vivieron abusos terribles, a manos de F. Karadima), Fernando Batlle, José Andrés Murillo, no nos hubiesen compartido su experiencia y su lucha por justicia. A ellos les creimos, les creemos.

J. Barros es cómplice de abusos y estos no son “controversias”. Son crímenes. Deberían serlo, además, de lesa humanidad. Imprescriptibles.

Con todo lo que sabemos y hemos vivido como país, este obispado es una daga. No comprendo el criterio de las autoridades, partiendo por Francisco I. Para qué dañar, si cuesta menos amar (de verdad lo creo así). El sentido común de construir versus destruir. ¿Cómo perderse tan garrafalmente?

Tomas una iglesia mellada, y ahondas en su ruina. Qué propósito tiene imponer, dividir a una comunidad, si luego responder a reproches, recomponer confianzas y asumir más ausencias (de personas extenuadas) es mucho más difícil.

Las consecuencias de ser compasivo pueden ser decepcionantes alguna vez, pero nunca serán oscuras y densas como las que devienen de actos crueles. Crueldad del sumo Pontífice es la revictimización de sobrevivientes de abusos sexuales: cuánt@s niñ@s y jóvenes, hoy adult@s, recordarán sus propias experiencias con otros clérigos, sólo leyendo el nombre del nuevo obispo de Osorno.

Es imposible encontrar coherencia alguna en todo esto. Contraviniendo TODO el mensaje de un buen hombre como Jesús (al que tanto dice amar), el Sumo Pontífice habilita el nombramiento de J. Barros para obispo en nuestro país y compromete a la Iglesia completa –con su peso en la espalda, y miles de adhesiones menos desde el alud de denuncias por ASI que comenzó el siglo pasado-, sin que pareciera importar ninguna consecuencia.

Francisco I (junto a una Nunciatura y Conferencia Episcopal que validan acríticamente las decisiones del Pontífice) no es sólo es responsable de este acto. Es también responsable de insistir en él contra todo buen juicio, desoyendo consejos y súplicas, atendiendo a su obcecación más que a alguna lucidez pastoral (o lucidez a secas).

El Papa parece más aferrado al poder de su investidura que al de esa misericordia que pregona y en la que, a estas alturas, no es posible creer más allá de los límites de una muy bien articulada estrategia de comunicación corporativa. Lo decía el año pasado en un escrito (“la mala espera”, ver). Uno que esperaba fuera el último en la temática de abuso sexual e Iglesia, al menos, desde el recuento de sufrimientos y complicidades con el horror.

De lo que soñaba escribir, algún día, era de una trayectoria distinta: poder decir que la Iglesia y su máxima autoridad habían enmendado el camino y dado un giro al que sólo podíamos responder con gratitud y respeto, al fin. Que las relaciones entre sacerdotes, religiosas, y la infancia, se daban -en ese  futuro- con gozo sólo cristalino, con reverencia por el balance de afectividad/sexualidad humana y la separación nítida de estos universos entre adultez-infancia.

Soñar también, con una voz salida de la propia iglesia, llamando al cuidado de la nueva generación y la protección/promoción de límites exactos (y no sujetos a ninguna relatividad) en los términos de relación física, corporal, emocional, de consciencia, con los más pequeños y jóvenes. Todo esto, se siente como pérdida en estos días.

Si el 2014 la Iglesia se comprometió luego de la condena de la ONU (desde la noción el ASI como tortura), a trabajar seriamente en prevención y en la sanción de abusadores y encubridores, ¿cómo se explica que apenas pasado un año, apoye el nombramiento de un cómplice de abusos sexuales como obispo chileno?

Fin del beneficio de la duda. Game over.

Perdonen la dureza de mis palabras, la pena e impotencia que no pueden disimular. Yo no me pido perdón, no esta vez. Me voy a permitir sentir lo que siento.

Como muchas personas a quienes conozco, he tratado de ser responsable, de no alienar a la Iglesia (e incluso de trabajar en conjunto, en muchas instancias colectivas entre 2011-2014) y de no ser injusta, precipitada o corta de vista.

Ha sido arduo sostener la atención, la fe, y no confundir la frontera que distingue a quienes viven cercanos a la bondad y el servicio a sus prójimos, de aquellas personas que no tienen ojos para el que sufre, que son indiferentes, indolentes.

Son muchos los hombres y mujeres de distinta edades que no han querido correr el riesgo de enfurecer (muy entendible) ni de sumarse a turbas ni discursos mesiánicos, y menos de anular horizontes posibles para toda la humanidad: la visión de una época (en unos años) donde sólo junt@s, incluida la Iglesia, lográramos articularnos como un cerco seguro y amoroso en torno a los niñ@s. Y a quien lo necesite, nosotros también.

Somos interdependientes, todos los seres humanos. Nada es completamente “del otro”, “ajeno”. Nos toca, nos afecta, y también nos puede hacer bien, hacer crecer. En un país con un número importante de católicos, todos y todas entretejemos nuestras vidas con personas a quienes amamos y son aún parte de la Iglesia. ¿Cómo no vamos a desearle bien a su comunidad? 

Pero la buena voluntad es una cosa, y la ceguera es otra. Aunque ver duela, siempre será mejor que ir a tientas. En ciertas oscuridades, hay más peligro que nada. En la acción de la luz, agradecemos.

Ver a Francisco I. VERLO. Y a todos quienes le “obedecen” (ésa ha sido la justificación).

Claro de luz y de duelo. En lo personal, no tuve esperanza cuando fue investido como Papa, y no lo conocía, pero las decepciones sumadas en los últimos pontificados eran suficientes como para justificar una “confianza ultra-condicionada”. Ver para creer. Querer ver, y querer creer también. Ya no.

Muchos hemos persistido mucho más de lo que la elasticidad de nuestras consciencias permitía. Quienes tenemos hijos y sabemos de los miles (acaso millones, no sabemos) de casos de ASI documentados, y de la protección a los abusadores por muchos años ya, desafiamos nuestra propia cordura queriendo confiar en la Iglesia del mundo. Hay quienes además, corren el riesgo de vincular a sus niños con esta institución que sostenidamente los daña e ignora; que les da la espalda y les niega el cuidado.

Si una cafetería, fuente de soda, restorán, teatro, tratara con descuido a un niño, o simplemente colgara un anuncio diciendo “los niños no son bienvenidos”, arderían las redes sociales, habría reclamos y denuncias, y posiblemente, aunque retiraran el letrero y hasta pidieran disculpas, no iríamos ahí, al menos quienes tenemos niños en nuestras vidas.

Es extraño que, en cambio, muchos continúen confiando en una institución que desoye a víctimas infantiles, encubre y hasta recompensa a abusadores y pederastas (con retiros espirituales dentro o fuera de sus países), e inflige nuevas lesiones, desde la indolencia activa, no casual. No podemos confundirnos. La espera ya no es mala: ha dejado de ser.

Esperamos en tanto el Papa Francisco I iba desplegando un primer tramo, luego otro, de autoridad, en su estilo (tan alabada por los medios, su “simpatía”, su carisma). Queríamos salvaguardar nuestros ojos, su brillo; para poder ver algo exacto, sincero, sin vericuetos ni posibles reversas, o transformable según conveniencias o contingencias. Fue en vano. Para mí, ésta es la gota que rebalsa el vaso.

Osorno. No soy creyente, pero en esta noche sólo puedo imaginar que la fuerza de un milagro, y nada menos que un milagro, podría desandar este mal camino.

Apenas quedan tres días para la asunción del nuevo obispo, y es contrario a todo sano juicio pensar que el Papa cambiará drásticamente de rumbo en las próximas 72 horas. Pero la gracia de los milagros es que no saben de tiempos, de sensatez, de nada. Ellos son, simple y maravillosamente, lo que son.

La revocación del nombramiento por el sumo Pontífice –o la renuncia, completamente improbable de parte de J. Barros- podría ser una señal positiva, la única admisible (y siempre desde la confianza aún condicionada). Ninguna otra sirve.

Si llegamos al sábado 21 y el nuevo obispo asume su cargo, Francisco I se habrá desenmascarado completamente, y la trayectoria esperable, será al fin sin espejismos. “No me importa” es lo que se escucha desde acá.

No importan las víctimas, ni sus padecimientos para lograr reconstruirse y no renunciar al amor que, justamente, entraña la voluntad de hacer, trabajar, de seguir en la vida mientras algo a veces cercano a la muerte te habita, respira y roba tu oxígeno, negocia contigo, ganas la mano, cobijas a esa bestia que también trae sus duelos y sigues caminando, sabiendo que no importa cuánto quieras acunarla, va a morderte en el futuro, y vuelta a repetir el rito de apaciguar sus latidos.

Del pasado, nada podemos cambiar. Pero “no me importa” invoca nuestro futuro, y lo lesiona.

Actos como el reciente nombramiento de J. Barros detonan en nuestros esfuerzos por prevenir y erradicar el abuso sexual contra niños y jóvenes no sólo en la Iglesia, sino en toda esfera de convivencia humana.

Entre escombros, más terrible aún, ese nombramiento parece exonerar, para el presente, la comisión de nuevos delitos, o a lo menos, la indiferencia ante ellos. El olvido.

Quizás más de alguien ve el abuso sexual de la Iglesia como un accidente limitado a una época, o a los rostros de un grupo de mujeres y hombres adultos a quienes hemos debido mirar al corazón. No podemos perdernos: el ASI no se ha detenido. Sólo recordemos el año pasado el juicio y sentencia de culpabilidad del sr John O’Reilly quien, no obstante, camina libremente entre nosotros (dondequiera que vayamos, también con nuestros niños).

Tal como el ASI continúa en hogares, escuelas, barrios, la Iglesia no se exime. No hay lugar para superioridades ni arrogancia en esto. Con humildad y aun valorando nuestros progresos -difíciles y modestos- necesitamos reconocer que el ASI habita con nosotros todavía, que no hemos logrado dejarlo atrás en algún siglo perdido. Nos queda trabajo.

“No me importa” es entonces, todavía más inaceptable, e inconcebible el que una autoridad espiritual sea relacionada con ese mensaje cuando se trata de crímenes.

Quizás nuestra concepción de lo “espiritual” dista mucho de lo que quizás Francisco I o el Nuncio o la Conf. Episcopal en Chile entienden. Pero son una autoridad. Y el Papa es la máxima autoridad de la Iglesia Católica en todo el planeta tierra. No debería poder darse el lujo de que no le importe, o dejar el flanco abierto para que sus obras puedan ser interpretadas ni en un 0,00001% como faltas a la justicia y piedad por sus prójimos, en general, y por las víctimas de abusos sexuales, en particular.

Ha sido suficiente. Los seres humanos tenemos solo dos mejillas. Podemos ponerlas ambas, pero son sólo esas, dos nada más. Y puedes poner el cuerpo entero, cada uno de sus milímetros dentro y fuera, y eso también llega a un límite. No hay más dónde. De verdad no hay más.

Condolencia, es lo que queda, y no como resignación, sino como acto portentoso de ver claro, de no negar el dolor, y de ponernos a disposición unos y otros en este momento, y oponer resistencia desde la verdad, el cuidado mutuo.

Ahí nuestro poder. Ahí sentir, acompañarnos, compartir asertivamente la indignación ante esta violencia, reflexionar sobre acciones y decisiones para este momento y otras que vendrán ineludiblemente. Pero también sostener firme el amor y la solidaridad que nos rescata a unos y otros. Ese amor que nos deja reconocer y actuar con toda fuerza por lo que deseamos, lo que nos hace bien, lo que merecemos. Este trato no.

Este trato no nos lo merecemos, ni ustedes, ni yo, ni miles.

La Iglesia y Francisco I, o el Estado Vaticano, o nuestra propia Conferencia Episcopal en Chile, no tienen derecho a actuar como canal de daño. Y ya no solo deberían atender a los pedidos de este tiempo; escuchar otra voz, si es que alguna honorable y franca aún habla con ellos en momentos de plegaria y recogimiento. Hoy, además, la Iglesia debería tal vez pedir perdón por tanta demora, señal errática, tanto daño que no termina. Y por este nombramiento.

Yo debo pedirles perdón por este desahogo, y ojalá esta carta no sea del todo inútil en sus propias trayectorias, dentro de esa Iglesia que sé quieren amar y transformar en un hogar de todos, y en la que sin embargo tantos otros nos hemos sentido ajenos, aunque nunca al punto de perder de vista a personas como ustedes o como los cientos de fieles que en Osorno han sostenido el reproche y el cuidado: lo que piden no viene sino de ese imperativo. Cuidar a las víctimas, cuidar a quienes creen y no creen, a todos quienes comparten una comunidad (y también, a una muy desgastada Iglesia).

Gracias también, y nunca lo imaginé, porque hemos escuchado a sacerdotes, líderes pastorales, jóvenes, parlamentarios, políticos de diversas avenidas, educadores, artistas, madres y padres, incontables familias, el propio Pdte del Senado (y un ex presidente de la Nación). No recuerdo un momento en que esta diversidad de voces se haya expresado así, en Chile, en contra los abusos de la Iglesia, y en abierto cuestionamiento de su máxima autoridad.

Ojalá la inspiración para actuar no se detenga y que muchas capillas, parroquias, pastorales, suspendan sus actividades este próximo fin de semana en todo nuestro país, en solidaridad con Osorno y con las víctimas de ASI a manos de la Iglesia.

Además del grito dolorido, estoy convencida que la dignidad y poder del silencio son de la mayor estridencia. La paz tiene una solemnidad demoledora: las bancas vacías, los altares inmóviles, un sacerdote solo, o muchos de ellos ausentes, en solidaridad con los suyos, sus comunidades, su pueblo, como dijo otro querido amigo hace unos días.

Que se entienda en Roma que la impunidad no es una opción, ni la desmemoria. Que sepan que recordamos, que nos importa, y que en el abandono del Santo Padre y el Estado Vaticano, unos y otros no dejamos de cuidarnos ni concurrir por quienes sufran, mientras declaramos un no categórico el próximo sábado 21, cuando se celebre una ceremonia vergonzante.

En medio de la aberración, la bocanada de vida que es recordarlos a ustedes.

No soy cristiana, pero mucho he aprendido a vuestro lado del amor que profesaba Cristo (y antes de él, Buda, y quizás cuántos otros hombres y mujeres de quienes nunca llegamos a saber). Son también ustedes testimonio vivo de una bondad que necesitamos como especie, porque es ella la que nos permite continuar en la vida. Doy gracias por conocerlos. Mi amistad y mi amor están intactos.

Mis condolencias por este momento, y por la batalla amorosa y justa que en días como hoy parece haberse perdido irreversiblemente.

blake

EL NIÑO PERDIDO
 
“Padre, padre, ¿dónde vas?
Oh, no marches con tanta prisa.
Habla, padre, habla a tu hijito
Que si no me perderé”.
La noche era oscura,
no regresó el padre.
Estaba el pequeño bañado en rocío;
Profundo era el lodo y el niño sollozaba
Y la niebla entonces, desvaneció.

William Blake (1782-1827)

Daño y esplendor (archivo 2009, ASI)

Prólogo del libro “Espejos de Infancia: Análisis e Intervenciones en Violencia Infantil” Paicabí, Valparaíso, Chile, 2010.

 

 

El mundo nunca está preparado para el nacimiento de un niño (Wistawa Szymborska)

 

Me cuesta creer, con milenios de tránsito humano a cuestas, que aún debamos enfrentar realidades como la del abuso sexual infantil y, en general, de toda violencia infligida sobre los niños.

Periódicamente, constato la persistencia de estos males en las noticias, en ensayos de profesionales comprometidos con la protección de los niños, y en los incontables testimonios de personas que, vulneradas durante su infancia, todavía deben relacionarse con sus experiencias y heridas, en plena etapa adulta.

Yo misma, cuando menos lo espero, paso por el espejo y éste me devuelve trazas de recuerdos viejos o nuevos (de la misma trama) para los cuales casi no tengo energía ni voluntad disponibles. Y me es difícil tenerlas porque las requiero para afanes que me son mucho más gratificantes.

La vida acontece y avanza con su plétora de afectos, posibilidades y oficios (y necesitan de nuestra absoluta concurrencia) y no quiero sentir que pierdo regalos de mi presente –y del futuro que construyo día a día– por tener la vista y el alma puestas en un pasado que, de tiempo en tiempo, asalta con nuevas tareas, penosas o vivificantes; generalmente ineludibles.

Escribo y me doy cuenta, confieso, de que no me eximo de actitudes y conductas que he condenado en otros, en muchas oportunidades, por el costo que implican para muchos niños; los niños que son y los que ya fueron.

Quizás es sólo humano, me repito (como disculpa), mientras reconozco la resistencia que me habita, como a tantos: el deseo de negar, de no ver, de esconder bajo alguna alfombra interior –en un aseo rápido, como si se tratara de un puñado de pelusas molestas– una parte dolorosa de la propia biografía. La posibilidad del horror. De la crueldad. La indefensión absoluta.

Luego reflexiono que si una, con todos sus años de vida, de formación y de sanación dedicados a inteligir e integrar la experiencia del abuso –propia y de muchas personas con quienes he trabajado en terapia–, puede oponerse con tal brío a recaídas y pedidos de ayuda de la propia memoria emotiva o corporal, ¿cómo no entender a quienes, por siempre distantes de esta experiencia, prefieren mantenerse intactos? ¿Cómo no empatizar con el temor o la simple sensación de repertorio insuficiente para responder a una problemática que excede lo ordinario en niveles que llegan a parecer imposibles de comprender o abordar?

Efectivamente, el abuso sexual infantil se nos presenta como tan ajeno a lo ordinario, que es simplemente extraordinario. Así lo he creído por largo tiempo y he declarado esta creencia en decenas de ocasiones, por arrebatada o delirante que pueda parecer.

Extraordinario por movilizar en sus víctimas recursos, fortalezas y creaciones –de habilidades, caminos, consuelos, esperanzas– que reflejan lo más portentoso de la inclinación humana a la vida. Y extraordinario asimismo, por exceder, al punto del desmembramiento y como pocas experiencias, todo límite elemental y necesario para garantizar justamente la vida, en seres pequeños, con cuerpos también pequeños y engranajes afectivos frágiles, en pleno proceso de construcción.

El abuso sexual embiste sobre todas estas dimensiones con una fuerza difícilmente comparable a otras sobre la tierra. Tal vez, irónicamente, su potencia destructiva sólo sea equiparable a la demanda de energía de supervivencia –y más tarde de reconstrucción– que moviliza en sus víctimas.

Los niños y niñas que lo han experimentado no sólo han requerido de una excepcional resistencia al dolor –físico y/o psíquico– para transitar la barbarie, sino que además habrán de necesitar de una inconmensurable capacidad de rearticulación y de “regreso” a sí mismos, luego de haber sido de algún modo catapultados al margen del propio cuerpo, de sus emociones, y de su vida, en suma. En este esmero de reclamarse de vuelta, podrían gastarse años, más, si no concurrimos a tiempo en su auxilio.

Quiero tomar un momento para referirme a esta particularidad sobrecogedora del abuso que se mide en unidades de tiempo: meses, años e incluso décadas gastadas en el empeño de vencer el silencio, develar la verdad, eliminar (o administrar) pesadillas y espectros, lavar el alma, rearticular la identidad, repararse, sanar.

Son cientos de tareas diminutas o grandiosas, con innegable valor de aprendizaje y de transformación, pero que consumen un tiempo desviado de curso, por no decir robado. Es distinto levantar escombros luego de un desastre natural, que posponer el transcurso propio para reconstruir aquello devastado por la violencia de otros. Un esfuerzo que, por lo demás, no solamente toma tiempo de la infancia (que debió destinarse a jugar y soñar), sino que tiempo de la juventud, de la adultez y, en muchos casos y sin ánimo de desmoralizar a nadie, de la senectud de muchos sobrevivientes.

No son infrecuentes los casos de adultos mayores que recién a los sesenta o setenta años de edad comienzan a conocer y revisar las cicatrices heredadas por abusos ocurridos durante su niñez. Situaciones, de más está decir, de las cuales otras personas fueron responsables; otros, que no siempre habrán sido justamente sancionados ni habrán tenido gestos reparatorios para con sus víctimas, que sería lo mínimo, o lo necesario para que ambos –agredido y agresor– pudieran ir hacia delante, dejando atrás un ciclo cerrado, ojalá.

Dejar la historia atrás, no equivale a olvido ni a sanación instantánea para las víctimas (aunque puede resultar clave en su proceso de reparación). Tampoco implica exoneración para el abusador, y mucho menos una suerte de conjuro que lo inmunice contra posibles reincidencias (inclusive, por anciano que éste ya sea). Muy por el contrario, creo que cualquier acto reparatorio debe sustentarse en una descarnada toma de consciencia sobre el o los abusos cometidos (y sobre los factores que hicieron posible estas conductas lesivas) y, obviamente, sobre el imperativo de prevenir y evitar a toda costa su repetición, algo que obligatoriamente requiere de alguna modalidad de orientación y/o tratamiento terapéutico.

Pero la terapia no será una posibilidad para los agresores (arriesgando nuevos daños sobre otros niños), si nuestra sociedad ni siquiera la contempla –y hablo de Chile– como necesidad urgente para los cientos de víctimas infantiles que suma cada año. Ya sería hora de abordar el abuso sexual como problema de salud pública con cobertura gratuita para víctimas niños/as y sus familias.

Menos existen soluciones reparatorias para mujeres y hombres fueron abusados en tiempos donde no se hablaba del tema de la violencia contra los niños y donde existían aún menos mecanismos protectores de la infancia y de la salud mental de las personas. El número de estas víctimas puede ser inclusive por lejos superior a víctimas de violaciones a DDHH durante dictadura. Pero todavía no existen en el horizonte de la justa restitución.

Todos los sobrevivientes ex-niños y niñas, de abuso sexual infantil han movilizado sus propios recursos –psicológicos, morales, materiales– para reparar el daño o para simplemente cohabitar con él, sin mediar curación ni sutura, al mismo tiempo de intentar hacer las mejores vidas posibles. Es admirable, pero creo que la deuda ética es impresentable en un país como el nuestro. Confío en que mientras escribo estas líneas, puedan estar gestándose avances que yo ni imagino y que agradecería hasta los huesos.

Quizás, me digo en silencio, el torrente tanto de horror como de resiliencia que el abuso infantil trae consigo, sea suficiente un día para horadar, y utilizo esta palabra con todo su peso, las consciencias y corazones de todos aquellos que, en el entorno íntimo o más lejano de las niñas y niños niños afectados, no se eximen de esta experiencia por más que ella no los toque directamente. Y es que aunque sea una obviedad decirlo, no somos inmunes: a nada que tenga que ver con la vida humana. Todas las vidas.

Hambrunas y guerras pueden no caer sobre nosotros y no obstante sus repercusiones se dejan sentir. Podemos ignorar las noticias o despersonalizar las estadísticas de víctimas (y de familias y redes sociales completas afectadas por la mengua de un solo ser humano) hasta sólo ver números borrosos, pero eso no nos garantiza la separación de otros humanos ni protección alguna frente al espanto; no como quisiéramos (y menos mal que no podemos).

Al menos, nos hemos ido haciendo cargo de lo colectivo de nuestras vulnerabilidades, en la reacción masiva frente a problemáticas, por ejemplo, como la del calentamiento global y la crisis ecológica. Sueño con igual compromiso en relación a los niños, que no están amenazados de extinción como tantas especies y, no obstante, corren muchos otros peligros que a estas alturas de la historia de la civilización debieron haber sido erradicados.

Mientras tragedias evitables no sean evitadas, siempre existe la probabilidad –aunque sea remota– de que aquello que es cotidiano para niñas y niños “lejanos” (africanos, iraquíes, rusos o haitianos, o los del barrio contiguo, por mencionar algunos), pudiera algún día tocar la vida de nuestros propios hijos. “Nadie está libre…”, dicen, y es amargamente cierto.

El hambre, la miseria, la falta de vacunas en muchos países, la dificultad de acceso a una educación verdaderamente transformadora y empoderante, la violencia y la posibilidad de ser abusados y explotados sexualmente, entre otros, constituyen peligros reales que nos recuerdan cuán frágiles podemos ser (cada uno, yo misma, mis propias hijas) y nos hacen sentir, tal cual dice el verso con que comienzo este escrito, que el mundo no está preparado para recibir a un solo niño en su seno. No, en tanto estas sombras persistan.

El mundo no es un lugar allá afuera, lejos, inasible de puro extenso: el mundo es cada uno, nuestros hogares y comunidades (con todos sus miembros, luminosos y no), nuestras vidas y relaciones, aquello que nos rodea y nos hace quiénes somos y que cobra función de nido, cada vez que nace un niño. Niño que no sólo es responsabilidad de sus padres, sino de todos. Somos un solo tejido. Estamos juntos en esto.

Responsabilidad viene del latín respondĕre (responder). Y ser responsable es justamente responder, más que desde el deber, desde una disposición entrañable a adherir a valores positivos como la vida, la compasión y generosidad, el derecho a un desarrollo pleno para todo ser humano y el respeto por la integridad –física, psicológica y moral– del prójimo (especialmente de aquellos más indefensos).

Esta adhesión implica una actitud de cuidado y de riguroso compromiso, sin hacernos por ello perder libertad. Toda responsabilidad entraña elección. No puedo concebirlo de otra forma.

Frente a los niños esto cobra mayor importancia puesto que las obligaciones de los adultos para con ellos –amparo, alimento, provisión de salud y educación, entre otras– pueden ser altamente demandantes y arduas de cumplir, especialmente en estos tiempos. Sentir estos deberes como una imposición inescapable no ayuda tanto como la sensación, en cambio, de que elegimos desempeñar nuestro rol de padres y madres –ojalá con pasión y gratitud– de forma de habilitar, alentar, ayudar a construir buenos destinos para nuestros hijos, los hijos de todos.

El amor nos sostiene en estas lides; un buen sentido del humor e imaginación, también. Pero el apoyo y concurso de otros es asimismo vital, especialmente considerando el largo tiempo que debemos dedicar al cuidado y formación de nuestros niños.

Los padres y madres de toda especie deben acompañar a sus crías hasta que éstas puedan valerse por sí solas, cuidar y elegir sus propias vidas. Para la especie humana este período de preparación es mucho más largo (sus etapas y tareas tanto más complejas) lo que aumenta considerablemente la carga de responsabilidad parental, volviéndola muchas veces abrumadora o, peor aún, susceptible de quiebres y fracasos de envergadura, dejando a los niños expuestos a diversos padecimientos, uno de ellos la violencia.

Es aquí donde la presencia y soporte prodigado por otros –parientes, amigos, especialistas, comunidades, el Estado y sus instituciones– se convierte no sólo en un factor de contención para padres e hijos por igual, sino en un medio para prevenir situaciones de daño extremo para los más pequeños, y una forma de promover y ojalá garantizar (de una buena vez) pleno respeto por sus derechos humanos y el cuidado ético que requieren (quiero decir también, su felicidad). Somos todos responsables.

No hace mucho leí un estudio sobre madres que habían muerto a sus hijos (lo inexpiable). Uno de los elementos presentes en la época justo anterior a los filicidios, era una profunda sensación de soledad. Sobre estreses agudos –ligados a extenuación física, escasez económica y precariedades varias– y/o enfermedades mentales nunca antes diagnosticadas, la soledad actúa con la mayor potencia, precipitando tragedias que, tal vez, con la contención provista por vínculos afectivos y redes sociales activas, no habrían llegado a ser jamás.

En el abuso sexual infantil, la soledad también juega un rol sombrío y determinante. Ella facilita la exposición, la predación, la confusión y ese silencio cruel donde la voz de alarma, dolor y auxilio se extingue no sólo en los niños, sino también en muchos padres y madres sobrepasados por la dimensión de ciertos daños, y de su propia responsabilidad –real o no– en haber podido evitarlos. En este descampado, la compañía de otros humanos con sus ojos, oídos, intuiciones, sabidurías o simplemente su buen corazón, pueden radicalmente transformar una vida, y muchas más.

Muchos sobrevivientes del abuso sexual y de la violencia dicen que bastó una sola persona para cambiar sus destinos. Alguien lúcido, atento y bien dispuesto a escucharlos a tiempo; a darles crédito y considerar que su experiencia no era irrelevante ni ajena; a reconocerlos como dignos de protección y de autoridad sobre sus vidas y el diseño de éstas.

A veces, esta solidaridad vino de sus propias familias, otras de un profesor, o de un amigo y, casi siempre –más temprano o más tarde en la vida–, de un terapeuta. Profesionales como los que presentan este texto que se agradece muchísimo desde la mirada formativa, pero aún más desde la contribución a una ética que aporta dignidad, compasión y confianza sobre el mundo infantil y adolescente.

En lo personal, siempre espero un particular sentido de dignidad y compasión en el trabajo con niños y jóvenes, pero me conmueve y sorprende el elemento de la confianza, que marca una diferencia. Quizás a más de alguien le ha pasado, revisando literatura psicológica o informes institucionales especializados, que lo embarga una profunda sensación de desesperanza.

Inclusive, puede quedarles a muchas personas,también  a nosotros (indecible) la pregunta latente de para qué siquiera destinar recursos al apoyo de niños de la calle, o explotados sexualmente, o aquellos que habiendo sido violentados, luego ejercen violencia sobre otros niños: casos que parece imposibles. Casos que parecen perdidos. Y lo serán, por supuesto, en tanto se carezca de amor, de confianza y, también, de un buen poco de tozudez para sostener esa confianza.

En Corporación Paicabí, desde sus orígenes hace más de una década, siento que la marca de esta confianza es firme y clara: en sus principios y misión, en el modo de explicarse y de vertebrar las experiencias del prójimo con su quehacer profesional (volviéndolas profundamente cercanas), en la excelencia y calidad del estilo de trabajo, en el amor y dignidad de éste.

Querría destacar, especialmente, la gratitud que me provoca (desde distintos lugares) observar a equipos terapeúticos capaces de profundo respeto y humildad,  o reverencia mejor dicho, frente a procesos que son vividos por un otro. Un prójimo (niño, niña), un par humano, que tiene derecho no sólo a contar, sino a ser respetado en sus ritmos, sus preferencias, incluso sus silencios (esta vez, elegidos), más de una vez. Mientras, todo el tiempo, quien acompaña la reparación sostiene y nutre -en el niño, la niña, sus seres queridos- la necesaria convicción de que un quiebre temprano en la biografía, por grave y horrendo que parezca, y por adverso que sea el entorno en que ocurra, no determina un destino a permanencia.

Cada ser humano trae consigo materia prima para construir una identidad y una vida donde los talentos, la felicidad, los amores y satisfacciones sean accesibles. Que esta promesa sea interrumpida en la niñez, indudablemente dificulta y demora las cosas, pero no agota la posibilidad de que, con los apoyos adecuados y oportunos, una vida desplazada lejos de su órbita original pueda retomar su curso benévolo y creativo en algún momento.

Años de trabajo terapeútico con niños y adultos me han enseñado, una y otra vez, que un destino inenarrable puede ser escrito y reescrito las veces que sean necesarias, hasta articular una nueva historia: una biografía que ampare y enaltezca a quien la escribe y que incorpore toda experiencia, aún la más desgarradora, con valor de crecimiento y de lumbre. Para que lo vivido ayude a iluminar y hacer más nítida la mirada sobre sí, frente a cualquier espejo, y especialmente frente a los que se llevan dentro, muy dentro. Los más importantes.

Llegando al fin de este escrito, me acompaña suave y tenaz la palabra esplendor. En alguna parte leí que la habían elegido la palabra más bella de la lengua castellana, por su musicalidad y por su significado superlativo: apogeo, auge, plenitud, cúspide, fulgor. Contenidos que emergen al escucharla, aunque no seamos capaces de traducirlos, al menos no en palabras.

Me gustaría que junto a reparación, elaboración del trauma, reconstrucción vital y tantos otros términos que definen las metas de nuestro quehacer terapéutico sobre la violencia infantil, pudiera estar esplendor: como directriz de bienestar, y como la aspiración más alta de desarrollo para todo niño. Y ojalá algún día, confío esperanzadamente, como una definición –entregada por ellos mismos– sobre el pulso y color de sus vidas.

Junio de 2009.

Estigma

“After all the bad advice that had nothing at all to do with life, I’ve gotta know: Can we work it out?” Afterlife, Arcade Fire (aquí para escuchar y ver letra de la canción que inspira este posteo)

  1)      “¿Le doy un consejo m’hijita? No le cuente a su pareja, a su marido, a quien sea que esté con usted. Le va a tener lástima y le va a perder todo respeto”. Palabras de un ginecólogo luego de que una paciente le revelara que su crisis de angustia ante el examen (imposible de completar) se debía a una experiencia de abuso sexual infantil

2)      “Aunque ahora se habla más del tema, uno prefiere no comentar nada ni con la familia ni con los amigos. En la oficina he oído decir ‘esta gente queda entera dañada ¿te imaginas los que se casan con una abusada? Hasta ahí les llegó no más la vida sexual’”. Palabras del marido de una paciente explicando su soledad en la lid con el dolor de su esposa, y el propio. Huelgue decir que algunas dificultades tenían en su sexualidad (no más que muchas personas comunes y corrientes), pero las enfrentaban con amor y apoyados en la intimidad que habían construido luego de una década juntos.

3)      “Ok. Contaste tu verdad. Pero no podemos seguir alimentando la ‘telecebolla’. Es suficiente vergüenza: todas nuestras ‘amistades’ hacen preguntas. Piensa en la carrera de mi hijo”. Palabras del suegro de una sobreviviente de incesto que develó su experiencia después del matrimonio y luego decidió dedicarse a apoyar a fundaciones que trabajaban en el tema.

4) “No es falta de compasión, pero primero tenemos que pensar en nuestros hijos…¿por qué tenían que aceptarla justo en este colegio? ¿no podían consultarnos a los apoderados antes? ¿Ahora qué hacemos con la niñita metida en nuestro curso”.  Palabras de padres y apoderados de un segundo básico -y queja a la dirección- al enterarse que al comenzar el segundo semestre sus niños tenían una nueva compañera, proveniente de otro colegio donde fue abusada sexualmente por un miembro del personal.

5)      “No negamos que fue valiente denunciar, pero mira toda la humillación que provocas para ti y para nosotros. Todo el colegio sabe, tus compañeros, los apoderados. ¿Crees que alguien va querer que su hijo siquiera vaya al cine contigo?”. Palabras de los padres de una muchacha de 16 años violada por dos compañeros en una fiesta. Inmediatamente luego de los hechos, por sus medios, fue a la policía a reportarlos.

6)      “¿Pero ustedes nos garantizan que no va a ser gay? Lo único que falta es que encima del abuso, nuestro hijo se convierta en homosexual”. Palabras del padre de un pequeño abusado por un entrenador de artes marciales (heterosexual).

7)      “Los niños tienen que arreglárselas solos; aprender a defenderse. Si tu hijo no es capaz de hacerlo es porque quizás se siente débil, víctima… considerando tu historia personal…” Palabras de una apoderada a otra (sobreviviente ASI) que solicitó apoyo porque su niño –alumno de kinder- estaba teniendo dificultades de inserción social con algunos de sus compañeros.

8) “¿Cómo no iban a saber en qué se estaban metiendo, a qué se arriesgaban? Ya eran bien grandecit@s”. Objeciones mil veces oídas cuando el abuso sexual, las violaciones, o la explotación sexual son experiencias sufridas por adolescentes menores de edad, o apenas algo mayores (según las leyes del país definan la edad de consentimiento).

 

Quedan en estas letras siglosañosinfinitosdediáspora. La vergüenza anciana, tan fuera de lugar. Su velo desacomodado. Ver borroso y no querer ver así. Resistencia mayor.

Estigma. Podría completar páginas de historias oídas, a lo largo de los años, de pacientes sobrevivientes de abuso sexual, sus familias, o vividas en carne propia: los muchos espejos del prójimo donde se nos recuerdan dobles exilios. De nuestras propias vidas, cuando niños, y de la legitimidad, en la adultez. Lejos de dondequiera que habitan “los normales” (en palabras de Goffman, inolvidables).

Desde niños, sabíamos, y no fue inusual que nos sintiéramos profundamente unidos a otros “no-normales”, inhabilitados –no importa cuánto esfuerzo se apostara- en poder conformarse al estándar o identidad que la sociedad reconoce como aceptable, esperable. ¿Saludable?

A fin de cuentas, entender que los años de silencio siempre fueron en dos direcciones, todo el tiempo: el temor o las confusas lealtades afectivas con nuestros abusadores, y también el pudor ante la comunidad, el terror –casi más que al abuso- a la sospecha irrevocable. La descalificación. When love is gone, where does it go?

La “diferencia” no fue elegida; la herida por la cual, de alguna forma, en más de un momento de la vida, sentimos que debemos disculparnos. No lo hagamos más.

Estigma: la inferioridad que se desprende en el trato de los otros, en sus omisiones. Discrepancia entre nuestra intimidad y el reflejo de nuestras identidades en el mundo. Los demás nos piensan. Sus palabras dicen. Sus ojos dicen.

Nosotr@s callamos y más de una vez. La espalda ha perdido todas sus palabras. El peso del estigma la enmudece.

El estigma alimenta el silencio, la negación de parte de la comunidad. Quienes se desdibujan y son sacrificados en la negación son muy diversos, no los olvidamos, aunque la palabra alzada aquí sea desde la experiencia del abuso sexual. Estos hombres, estas mujeres, est@s niñ@s.

Después del abuso sexual infantil, no las víctimas, sino muchos de quienes las rodean auguran daños permanentes (así lo sienten al fragor del duelo): humanos defectuosos, cuerpos rotos, vidas y hasta “reputaciones” cuestionables. La vergüenza que se siente caer sobre muchas familias. A veces, desde la sensación de no haber concurrido a tiempo, no haber podido cuidar a sus caídos. Otras, desde el relato que teñirá -así lo sienten- cualquier posibilidad de glorias y honores familiares.

Estigma. Desplazamiento al país del “como si”: haremos “como si” ustedes fueran sanos y normales, queremos hacer “como si” lo fueran, sinceramente. Sobre todo, porque la evidencia de las consecuencias no es algo que nadie quiera realmente iluminar. Por algo los gobiernos demoran, los adultos no son activistas (no en número suficiente), la prensa se despreocupa o insulta la dignidad de las víctimas niñ@s, sus cuerpos. La barbarie,  este siglo: una de cada cuatro niñas, uno de cada seis niños vivirá abusos sexuales antes de su mayoría de edad.

Vidas sobran, es lo que se desprende de la no-urgencia por evitar y detener abusos sexuales. Leyes raídas y polvorientas sobre los escritorios en parlamentos deplorables. Anuncios y más anuncios. Autoridades poco convincentes repiten sus slogans sin mayor emoción. Mil y una formas de hacer o decir nada. NADA.

Esperar la próxima tragedia para avanzar unos pasos. Expresar condolencias. Paupérrima es una triste palabra. La conversación y el debate social se sienten así a veces.

Se hace difícil abrir conversaciones sobre abuso sexual infantil. Quizás, en algún nivel, si la sociedad se niega a hablar, se niega a escuchar, es para sostener la ilusión de que el ASI no existe. Especialmente, en relación al incesto (según estudios). Lo que no se nombra, no es real.

Silencio mandatario del abuso. Y la consecuencia de develar. Niños de quienes se conoce su historia reciente son observados con lástima, a veces; otras, con miedo (¿qué pueden traer, “contagiar”, hacer a otros niños?: la pregunta decenas de veces declarada en colegios que reciben a víctimas de ASI). Con los adultos y adultas, el coro lejano: ¿para qué hablan ahora, por qué? Porque aquello que no se nombra, no existe. No existe. No existe. NO EXISTE.

Hablo desde los libros, otras voces (no la mía): “es preciso permitir a niños y adultos relatar lo vivido; parientes, amigos, seres amados, alumnos, prójimos desconocidos deben tener espacio para conversar de la experiencia. No ocultar, no negar. Resignificar las historias. Escribirlas con lápices propios. Sólo así es posible la restitución. Más importante aún: sólo así, la prevención”.

La voz repara; la escucha ética. Si los niños y niñas no perciben estos signos ¿cómo pedirán auxilio? No nos engañemos: cada omisión, cada estigma, son obstáculos para el socorro y la verdad.

Se habla de victimización secundaria por la reiteración del relato traumático durante procesos judiciales, pero poco y nada se menciona sobre el inmenso potencial de revictimizar a otros cuando se los conmina a callar para absolverse de juicios, suspicacias, tanta energía que sólo empuja hacia los márgenes más allá de los márgenes. Meta acantilados.

Callar por vergüenza. Ver borroso. Hasta no ver. Esta vergüenza no debe pertenecernos; no a nosotr@s. (#tribu)

Una amiga querida decía, años atrás, corrigiéndome un escrito para un ministerio (que jamás hice llegar): “es mejor evitar la mención de daños y estadísticas si muchas personas ya ven a los adult@s abusad@s con desconfianza, inestables, como que en cualquier momento podrían estallar o desmoronarse”. Quería cuidarme, cuidarnos a tod@s.

L@s niñ@s abusad@s, las mujeres golpeadas, violadas, los hombres agredidos (también lo son aunque poco hablemos en Chile de ellos), sólo son algunos ejemplos: avenidas y avenidas de sospechosos lesionados, en distintas esferas de la experiencia. Patti Smith escribió “if you miss a beat, you create another”. Mantra. En serio: esas palabras sí.

Las palabras construyen. O demuelen. Pongámoslas con cuidado sobre el mundo, con propósito. Tratar de evitar, al menos, los daños de su atropello y su turba. Respirar. Redactar internamente. Declarar. Dialogar. Querer oír la voz de los demás.

“Yo arrastro mi cadáver a la playa, día por medio, como salvando al soldado Ryan, esa película me quedó grabada (y es capaz de reír consigo). Es tanto el esfuerzo en tiempos de guerra interna. Nadie imagina lo que una gasta de energía, a veces, para sólo quedarse un día más aquí y no escapar cuando duele todo el cuerpo… los fantasmas son capaces de ultrajar también, como en la niñez”. Son palabras de una paciente (años ha, EEUU) abusada y filmada durante años por un tío sanguíneo. El abusador murió y aunque ella revisó cada membrana de su casa (bajo tablas y escalones), no pudo encontrarlas. Esa ausencia, su calvario.

Conductas de autoagresión (cortarse no las muñecas, sino distintas partes del cuerpo; quemarse –sus senos eran el mapa externo de laceraciones mucho más profundas-, golpearse la cabeza con objetos pesados), e intentos suicidas de la adolescencia, se toman gran parte de su adultez. En el amor de un buen compañero y dos hijos encontró al fin el espacio de intimidad y cuidado que necesitaba para animarse a emprender la terapia de reparación.

Era una mujer bella, de una dulzura extraordinaria, una mamá y docente (prescolar) cálida y optimista. Su marido me decía “no puede ver la fuente de luz que es. Y sé que ella siempre siente miedo. Vive ahí, lo veo en sus ojos, pero en la casa, ella es quien nos alimenta la alegría, las ganas. Es como un camión de esos de gasolina, pero lleno de luciérnagas”. Nunca olvidé esa imagen.

Imputar daños a los dañados, como si se tratara de delitos… no sé si podrá llamarse “pecado” (jamás me ha gustado esa palabra) pero debe estar entre las faltas de tamaño importante. Es innegable el peso del miedo: a lo diferente, esa grieta inimaginable, si no se la ha vivido. Pero no se puede descartar una parte, también, de indolencia y crueldad. O a lo menos, un punto de fuga del sentimiento que no necesita ser piadoso, sino empático a lo menos. Compartimos los mismos órganos y sentidos. Tod@s por igual.

Ojos, oídos, cerebro, la red donde debería ser posible percibir el sollozo o la mudez de una cicatriz del prójimo. No es más ceremonia que esa. No es menos, tampoco. Hablo en favor de la cercanía. Sobriamente. Sin altruismo ni desuellos, sin homenaje ni reverencia. Apenas detenerse en el viento e imaginar, un instante (no más, para no arriesgarse), la ráfaga de un asalto. ¿Menos dignidad? De ninguna manera.

La vida es delicada. La inmortalidad de los niños también lo es. ¿Cuántos pequeños entienden o quieren saber de la muerte? Ninguno, posiblemente. Los niños juegan en el infinito; se lavan los dientes, cruzan la calle, se lanzan por un resbalín sin temor a accidentes ni lesiones ni al mañana ¿qué es todo eso frente al placer de sentirse vivos?

La pérdida sólo existe en el límite del cuerpo que un otro revela: otro que toca, saquea, se impone sobre cuerpos pequeños que en plena embestida, recién ratifican que existen. En la mayor pérdida: ganar consciencia de sí.

Para el prójimo, no debería hacer falta dibujar contornos. Los contornos de una violación, o del tormento. ¿Para qué?

Lo noble sería renunciar a los contornos. Hay quienes renuncian, y aceptan no saber, no entender inclusive, sin por ello dejarnos fuera del albedrío, la humana estatura de nuestros actos. Sí nos dejan fuera del defecto; del peligro (cuánto se agradece). Las historias que todavía podemos escribir para nosotros, nos pertenecen. Como a todos, las suyas.

En un congreso de una prestigiada casa de estudios, algunos años atrás, se cuestionó a un querido neuropsiquiatra por llevar a sobrevivientes de trauma a entregar su testimonio (uno de ellos, un hombre joven, abusado por su familia cuando niño y egresado del sistema de protección de Sename al que agradecía por haberlo “devuelto a la vida”), como un aporte a la conversación académica y humanitaria sobre resiliencia.

Comentarios como “circo freak”, “un reality patético”, fueron algunos que oí de profesionales a quienes había admirado desde mi juventud (hasta ese congreso). La falta de respeto era agravada por el hecho de que esas personas trabajaban en terapia con víctimas. ¿Eso es lo que en verdad pensaban de sus pacientes? ¿”Freaks”? ¿Despojos trágicos o ridículos de seres humanos?

La aptitud de la ferocidad. Devorar sin amor, sin urgencia de abrazar. Solo devorar. Romper la carne.

Somos más de uno o una, los terapeutas –en Chile, y en el mundo- que en la niñez vivimos experiencias de abuso sexual e incesto. Conocemos de los cuestionamientos invalidantes de algunos de nuestros colegas; sabemos del estigma, también. Yvonne Dolan, Boris Cyrulnik, colosos en sus campos, fueron vulnerados cuando niños: a pocos se les ocurriría cuestionar sus competencias, saberes, intenciones, aportes. Su inexpugable cordura.

En años de universidad, un psiquiatra chileno retornado del exilio enfrentó muchas preguntas sobre la “neutralidad terapéutica” en una charla sobre procesos de reparación con víctimas de tortura y represión política.

“Nunca somos neutrales, no podemos ni deberíamos serlo: somos humanos. Entre semejantes nos reconocemos, nos cuidamos, nos devolvemos o recordamos la dignidad. Que el terapeuta sea el responsable de guiar un proceso jamás será pretexto para la sumisión o aquiescencia del otro. La relación es de iguales en dignidad y derechos”. No imagina el espacio de aire que sus palabras abrieron: permiso para sanar y trabajar. Derecho a la propia historia. Habilidades. Vocación. No hay piedra que lanzar sobre los cuerpos: sólo al agua, para amplificar ondas. Ondinas (las hadas del agua), tal vez. ¿Por qué no?

Cuánta salud: imaginar. Recordar la inocencia con afecto. Escuchar. Vengo años escuchando. Los dioses duermen. El cometido susurra. Luego es un grito. Ya basta.

Los cuerpos de esta basílica, cada plegaria valiente, las pilas y pilas de ramitas y polvo de estrellas (dicen que cae cada día sobre nuestro planeta y lo barremos junto a otras pelusas y partículas). Las personas arman nidos. Las personas son sorprendentes.

Mujeres y hombres, niños y niñas (#tribu). Pasadizos después de la vida. Canales uterinos propios. Construirse a pesar del saqueo y del estigma. Construirse amorosamente; desde encuentros gentiles, benévolos. Desde el desacato a ciertas preguntas o dictámenes: la transmisión intergeneracional del abuso, la disfunción sexual/afectiva, los excesos de la angustia. Tanta profecía inclemente.

La neurociencia ha documentado el daño en imágenes: áreas del cerebro lesionadas de modo permanente luego de años de abuso sexual infantil. Marcadores en patrones neuronales, en la química de rescate del organismo (las respuestas de supervivencia ante el peligro, desplazadas de su órbita original: fuga, acción, inacción, escasas o excesivas, revueltas, disonantes. Afinar hasta donde se pueda el radar. La imagen de los astronautas en el film Gravity: esa dedicación).

La doble ciudadanía en la salud y sus momentos frágiles la tenemos todos en uno u otro momento, o a veces de por vida (pienso en los niños con diabetes). La doble ciudadanía no es condenable. Es humana.

Podría alguien enunciar escombros. O podemos describir fragmentos, elementos: oro, mercurio, fuego, agua, sangre, recuerdos, deseo. Deseo. Seguir en la vida. De eso se trata. Para niños y adultos. Libres de estigma. Que los siglos no tengan idea de esa identidad. Los sueños sí sean bienvenidos. La gratitud, más.

Entre cenizas: cientos, miles de sílabas intactas. Las vocales exhalan. Sólo ellas. Ahh….

Poder decir. Esta vez en voz alta. Decidir sobre qué y cuándo hablar. Con quiénes.

¿Cómo fue de niña tener una mamá “con esos daños”? Decenas de veces la pregunta a mi hija mayor, luego del debut de la primera edición de “Agua Fresca en los espejos”. Y tantos otros hijos, parejas, amigos buenos.

La madre de un amigo norteamericano, sobreviviente del holocausto, sufrió reiteradas violaciones (individuales y grupales) de soldados alemanes en el campo de concentración. Él respondió a la pregunta de un colega con las siguientes palabras: “mi infancia fue feliz, tuve una mamá y un papá que se adoraban y que nos amaron incondicionalmente. El humor nunca faltó. Por supuesto me duele la historia de mi madre. Pero creo que más me duele que sigan violándola personas como tú, con esa clase de preguntas. Ojalá nunca nadie se las haga a ella”.

Creía cuando más joven que había respuestas demasiado duras. Hoy pienso que son justas. L@s hij@s son sagrad@s. L@s hij@s habitaron la sangre de sus madres y sus padres. Las historias son miguitas, retorno a una raíz, una épica de tod@s.

Sobre los bosques, en las ramas más altas, hay un lugar desde donde mirar el futuro y su urdimbre. Hilar y deshilar, tantas veces como sea necesario y como colores nos sean recordados contra el cielo. En lugar de desamparos: confianza. Alguna confianza. Punto de partida que no se puede transar. Es intransable (y pocas veces uso esa palabra).

Una nación buena. El beneficio de la duda. El beneficio del respeto. El beneficio de no ocultarse. La mutualidad de aceptarnos y cuidar unos de los otros. La vida después de.

Afterlife. Limpiar las tumbas, hacendosamente. Afterlife. La legitimidad de narrativas y afectos. Con los otros. Estamos juntos en la vida, la gran manada.

Que lo que cae de los ojos seque bajo el sol. No es solemne el gesto, o acaso sí. Intuimos algún milagro, el bien, dios, cualquiera el nombre que venga libre de juicios mas no de maravilla y de amor.

Desoír lo demás. Distanciar la resonancia. Pedir, quizás valga pedir algún silencio –de diagnósticos, reparos, malos consejos, moralejas- para poder escuchar el nuestro. Desentrañarlo.

Tomará otra vida más (y otra, y otra) llegar a conocer nuestros silencios. Es siempre valiente mirar el agua, cada uno, cada una: su reflejo. Guirnaldas de flores se deslizan hacia donde ya no vemos. Anillos de fuego. Dilucidarse es un acto de rendición ante la fiebre, la memoria (su llaga), el olor a naranjas, chocolate caliente, bocas, besos, cuerpos que abrigan y vuelan y dejan su señal en el aire: podemos oler, seguir a ciegas. Lealtad.

Si otros callan un poco, podremos poner atención en nuestra voz. Qué necesita decir y qué no, cuáles palabras hará suyas, cuáles desistirá. Lo innombrable se aloja donde respiramos. Nombremos a nuestro ritmo, en nuestros términos. Un derecho básico. Un cuidado justo. Nada más.

La enmienda es otra génesis, otro pacto de siglos. Vamos paso a paso. Lo primero es lo primero. Un día. Luego otro. Sus noches. ¿Y amar? Es posible. Caer al cielo, ala u omoplato, qué más da: 360° de azul. Cerrar los ojos, a veces encandilados, desobediencia magnífica, coraje: cada destello (con los ojos cerrados, hacer durar la luz).

No tendremos gobierno sobre nuestros fantasmas, pero algunas reglas existen. Habitar el segundo siguiente, la hora, “algún día”. Can we work it out? Podemos dar una mano a los espectros como a los niños en una multitud. Sólo una. Con la otra, abierta, tocamos el corazón propio, el de los nuestros. A ellos sí queremos tocarlos, y que nos toquen también. Puede ser suave al fin. Y debe serlo, para l@s más pequeñ@s sobre todo, desde siempre, para siempre.

Elegir. Ir con nuestr@s elegid@s, nuestras vidas preferidas. Where do we go?

Where do we go?

Archivo El Post: Entrevista a Carol Gilligan (2013)


carol gilliganEntrevista a Carol Gilligan, New York University, en exclusiva para El Post (Enero 2013)

En lo personal, me emociona y creemos, como medio, que es un evento muy especial el poder compartir con nuestros lectores esta conversación -realizada el pasado mes de Noviembre, 2012, en NYU- con una pensadora del siglo XX-XXI del calibre de Carol Gilligan. Determinante como ha sido y es ella en la promoción y enriquecimiento de conversaciones sociales, a nivel internacional, sobre la Ética del Cuidado.
El año 1996, la Dra. Gilligan –psicóloga clínica y social- era reconocida por TIME Magazine como una de las 25 personas más influyentes de EEUU. Diecisiete años después, su radio de influencia se ha multiplicado y alcanzado a nuevas generaciones, e impactado no solo la esfera de la psicología, filosofía y la política, sino también del derecho y la economía.
Me es difícil intentar una presentación que haga justicia a Carol Gilligan, o transmitir fielmente lo que provoca su presencia sólida y serena. Es hoy una mujer de 76 años, pero todo el tiempo se deja sentir el espíritu vivo de la niña que tocaba el piano, o de la joven que desarrolló una carrera en la danza moderna, mientras cursaba estudios en literatura y psicología (Harvard) durante la década de los sesenta.
En nuestro primer cruce de caminos, algunos años atrás, recuerdo haberme presentado a la Dra. Gilligan como “mamá, psicóloga y escritora”. “¡Igual que yo!” dijo: “y en ese mismo exacto orden, aunque ahora debo agregar abuela, además”. Con una modestia extraordinaria, no hace mención alguna a sus vastos méritos como psicóloga, docente, escritora prolífica, activista, investigadora, y pionera en el desarrollo y difusión de la Ética del Cuidado.
Su obra más conocida es “In a Different Voice (Psychological Theory and Women’s development)”, y la más reciente “Joining the Resistance”. Su trabajo vuelve con insistencia sobre el desarrollo moral, el contrapunto y necesaria integración entre la ética del cuidado y de la justicia, la responsabilidad social de escuchar y recoger todas las voces que somos (con especial interés por las voces de las niñas y de las mujeres jóvenes y adultas), y comprender su resonancia a partir de cuatro preguntas ineludibles: quién está hablando, en qué cuerpo, qué historia es relatada, y en qué contexto, es decir, en qué marco cultural específico y de relaciones humanas se inserta este relato.
Actualmente C. Gilligan enseña Ética del Cuidado en la Escuela de Derecho de New York University, cuyo curriculum releva la irrenunciable dimensión del cuidado ético, en el ejercicio de la justicia y la formación de futuros abogados. La presente es una entrevista que tuvo la generosidad de concederme –en el contexto de una reunión de trabajo en NYU- durante el pasado Noviembre 2012, en exclusiva para El Post:
 
VJ: En las recientes elecciones presidenciales en EEUU la Ética del Cuidado estuvo muy presente,  durante la campaña, y en las conversaciones ciudadanas y los debates políticos. En este contexto ¿qué significado tiene la reelección de Barack Obama, para la  sociedad americana?
CG: Esta elección presidencial fue una clara elección entre valores: aquellos del patriarcado versus los valores de una democracia sustentada en el Cuidado. La victoria fue rotunda para la Ética del Cuidado.
El ex Presidente Clinton lo señaló, el Vicepresidente Biden y el propio Presidente Obama: que la decisión, más que entre candidatos, sería entre un set de valores que enfatizaba el “cada uno se vale por sí solo, estás por tu cuenta” y otro set que de valores que propone “estamos en esto todos juntos”.
Para Mitt Romney y los republicanos, no solo se trató de propiciar el “estás por tu cuenta”, sino de imponer una serie de valores patriarcales donde los hombres deciden sobre el destino de las mujeres; o donde la gente en las altas esferas es la que “merece” estar ahí, en tanto muchos otros pueden ser observados con descuido o desdén. Recordemos solamente el comentario de Romney sobre ese 47% de americanos (los que se “victimizaban”, no aportaban suficientes impuestos, y eran una carga para el gobierno).
Por otro lado, la pregunta de ¿estamos en esto todos juntos? que es ética del cuidado pura, fue la propuesta de los demócratas y del Presidente Obama y ello se refleja en la concepción del sistema de salud, la protección de los derechos de las mujeres, la niñez y la mirada de cuidado que se debe al fenómeno de la pobreza, la justicia social, la educación, la ecología. Esta mirada fue la que prevaleció y triunfó en las elecciones.
La omisión de los republicanos fue desde la creencia que un grupo de hombres blancos privilegiados poseía “la verdad”, olvidando que, en una democracia, todas las personas pueden tener voz en su voto. Y la gente votó, de la forma más multitudinaria.
De alguna forma, lo que vimos este año -las largas esperas para votar, la tenacidad de la gente- fue evocador del movimiento por los derechos civiles. Porque aquí las personas no expresaron su resistencia o su protesta frente a lo que no está bien, de modos violentos. Lo hicieron mediante su voto y así se observa en el aumento del voto femenino, latino, afroamericano, y especialmente de los jóvenes de quienes se esperaba mayor abstención y, no obstante, su votación superó con creces la elección pasada (2008). Reitero: la victoria fue para la ética del cuidado, desde el “estamos en esto todos juntos” (desde un sentido de responsabilidad, vertebral en el cuido ético, donde el beneficio propio no es separado ni superior al beneficio colectivo).
 
VJ: En el marco que propone la ética del cuidado para dar cuenta de todas las voces que articulan el relato democrático, preocupan las voces de los niños. Los niños son ciudadanos pero sin voto, y de alguna forma los límites en el ejercicio de su “ciudadanía” nos eluden, en muchos países. ¿Cómo respondemos a esta realidad?
CG: Estás en lo correcto: TODOS los niños tienen voces, y eso es clarísimo, pero es justamente porque no tienen voto ni rol económico, que la tendencia es básicamente a hacer o actuar como si no tuvieran voz alguna.
En una democracia, lo que hace falta es que los adultos canalicen las voces de los niños y las traigan al frente de forma prioritaria, para que sean escuchados. Esta mediación adulta supone el comprometerse en crear las condiciones que permitan a los niños y adolescentes expresarse, hablar y confiar en que serán tomados en serio. Los adultos son quienes deben asegurar que las voces y necesidades de los niños sean incluidas en el debate. Los niños no pueden hacerse cargo de esto.
Mi investigación ha descansado en “las voces”, y mi trabajo académico y literario está poblado de relatos de personas que no han sido o no son escuchadas, comenzando con las mujeres, las adolescentes,  los niños y niñas. De todas ellas, he observado que las voces de las mujeres son las más cruciales, porque si ellas no hablan, se silencia toda la conversación social. Un claro ejemplo de ello es el relato en relación al abuso sexual infantil.
Fueron voces de mujeres las que abrieron la conversación sobre sus experiencias de abuso sexual cuando niñas, y luego siguieron los hombres, porque para ellos era más difícil compartirlo, y había un sentimiento de vergüenza vinculado a las percepciones sobre masculinidad y las imposiciones del género. Ahora, cuando los hombres hablaron, eso implicó en este país, por ejemplo, la exposición de una verdad donde conocimos cuántos sacerdotes habían estado implicados en el abuso de niños y niñas. Pero no tendrían que haber esperado a la adultez para ser escuchados: la escucha de los niños y adolescentes es siempre, durante todo el ciclo de desarrollo (especialmente para poder estar atentos a ese momento en que muchas niñas y niños dejan de decir lo que realmente sienten y piensan, para decir lo que se espera que digan, o que callen, en función de expectativas o presiones sociales, en general, o vinculadas al género, en particular).
 
VJ: La develación del abuso sexual infantil, como una problemática inescapable a diversos entornos humanos –la Iglesia, los hogares y escuelas-, también se ha abierto en Chile con fuerza el año 2012 ¿qué reflexión y actuaciones, desde la ética del cuidado, podemos desplegar como país?
CG: Una de las consecuencias del abuso, el que sea, es que se pierde la voz y también la memoria. La recomendación, por doloroso que sea el proceso, es crear las condiciones bajo las cuales los niños, niñas y jóvenes que han sido abusados y silenciados, puedan recobrar sus voces -aunque nunca las perdieron en realidad, están dentro de ellos- y reconstruir sus memorias sin necesidad de disociación con lo que han vivido.
En la experiencia traumática del abuso sexual infantil –tal cual en sobrevivientes de guerras-, los niños y adolescentes han sufrido una “herida moral”. Esta herida debe ser reconocida primero, y luego sanada, pero en la comunidad. Lo urgente de comprender es que el proceso de reparación no es responsabilidad ni puede ser logrado solo mediante una terapia individual, o en el seno de la familia de la víctima, sino contando con la presencia y apoyo del colectivo; toda la sociedad. Solo ahí, con sentido de pertenencia y respeto, se puede restablecer lo dañado: la confianza, y el sentido de dignidad.
LECTURA SUGERIDA:
Gilligan, Carol (2013) La ética del Cuidado. Cuadernos de la Fundación Víctor Grífols i Lucas, 10-40, España

La mala espera

“En nombre del Estado y de todos los ciudadanos del Estado, el Gobierno desea ofrecer sus disculpas, sinceras y largamente debidas, a las víctimas del abuso infantil por nuestro fracaso colectivo en intervenir, en detectar su sufrimiento, en venir a su rescate”. Taoiseach (Primer Ministro) Bertie Ahern, ante el Parlamento Irlandés, 11 de Mayo de 1999.

Quisiera advertir que éste es un posteo largo. Podría haberlo dividido en partes, pero venía pujando en un solo respiro. A fines del año 2010, cuando escribí mi primera columna para un medio (El Post), me solicitaron que ésta tratara sobre el tema de los abusos sexuales en la Iglesia Católica. Tal vez, sea éste una suerte de párrafo final de aquel escrito.

En mi vida, la magnitud del abuso sexual en la Iglesia comenzó a revelarse a fines de los años noventa, residiendo en EEUU (tenía yo 27, 28 años). Había pocos días en que no se comentara una noticia, o nuevas denuncias, testimonios de sobrevivientes. En un gesto solidario (y de indignación) recuerdo haber escrito al Tribunal Eclesiástico en Chile (sin saber si era el canal adecuado) para solicitar ser “desafiliada” de la Iglesia –por llamarlo de alguna forma- .

La decisión del bautismo, tan importante (desde la pertenencia oficial a una religión), debió ser mi derecho (y creo, de cada niño y niña, pues es una importante deliberación de consciencia) y una elección discernida a una edad pertinente, no a pocos días de nacer. Más importante que eso, era mi necesidad de no ser parte, no tener vínculo, y expresar así mi reproche por los abusos conocidos. No recibí respuesta, y sinceramente, no perseveré. Mi recorrido espiritual ya había sido definido, sólo por mí.

Han pasado muchos años (hoy tengo 46) desde ese primer acto de consciencia y creo no haber conocido una historia ni cantidad comparable –en el siglo pasado y lo que llevamos de éste- de delitos sexuales cometidos (y encubiertos) en todas las latitudes, al amparo de una institución, de sus autoridades y de un Estado (el Vaticano). Es difícil de asimilar, tanta trasgresión; son muchas generaciones de niños, niñas y adolescentes. Sólo porque las noticias parecen llegarnos en bits y destellos fugaces, parece ser menos horrible, pero apenas un poco menos.

Conocí al regresar a Chile (2011), la historia de una señora que vivía en mi barrio de infancia. Fue violada por el sacerdote con quien preparaba su primera comunión, antes de sus diez años. Siendo muy anciana, develó los abusos a sus hijos adultos (mayores de 60) al día siguiente de la histórica entrevista a James Hamilton en Tolerancia Cero (ver). Ella tenía casi noventa años.

Ochenta años de silencio. Quizás como decía alguien ayer en twitter, la empatía efectivamente es imposible. Pero no desde nuestro sentido de conexión humana o el esmero honesto de tratar de ponerse en el lugar del otro, sino desde las limitaciones de nuestros cuerpos y consciencias para situarse en una experiencia que en verdad nos es desconocida.

Ochenta años de silencio en casi noventa vividos. Sesenta años de esos ochenta rogando que su marido jamás se diera cuenta. Murió antes que ella, sin conocer la verdad. Ella nunca pudo perdonarse su “mentira”, su “deslealtad” (que no fueron, pero así las sentía). Tampoco se perdonaba el que habiendo vivido esa experiencia y reconocido su sombra en una familia vecina (la mía) no hubiese tenido fuerzas para decir algo que la detuviera. Escuchar a James Hamilton le regaló una paz inmensa, valor, y auto perdón, antes de su muerte.

No pude evitar recordar a esta señora con nombre de flor, durante la más reciente entrevista al cardenal Ricardo Ezzati, máxima autoridad de la Iglesia de Chile (y cómo comprender que así sea, a la luz de todo lo ya sabido).

¿Qué podría entender el cardenal del silencio de esa mujer, o del miedo con que vivió la mayor parte de su vida? No lo conozco a él personalmente, pero me atrevería a decir que poco y nada. Su actitud para con las víctimas de abusos sexuales en nuestro país no ha sido empática, compasiva, o respetuosa. No las ha protegido ni defendido

Lo escucho hablar de abuso, observo sus expresiones, su forma de abordar el tema, y no logro reconocer las señas del cuidado o la conmiseración en el cardenal. De Fernando Karadima reconoció los abusos: “pero ya recibió la peor sanción que es no poder ejercer el ministerio”. Cuando Juan Manuel Astorga lo interpela por el incumplimiento de dicha sanción -según consta en este video donde aparece celebrando misa-, poco se entiende de lo que R. Ezzati explica entre excusas, fechas y argumentos difíciles de creer.

En #ElInformante, el cardenal Ezatti dejó pasar una generosa oportunidad de decir algo con sentido, contrición, algo que humanizara las palabras dichas sobre personas inocentes y crímenes indecibles; que indicara alguna humildad, autoexamen, voluntad de restitución (en Chile las denuncias continúan; por favor revisar nómina de ofensores sexuales religiosos, entregada por el propio Episcopado). No le preguntaban a R. Ezzati por una infracción de tránsito o una malversación de fondos. Le preguntaron sobre abuso sexual. Escucharlo no es un shock ni una sorpresa, pero reduce aún más la esperanza de cambio y enmienda desde la Iglesia.

Sin embargo, y a pesar de mi distancia o de la pena e indignación, vuelvo a los amigos católicos, parientes, personas a quienes amo y en quienes pienso cada vez que he debido reflexionar o dialogar sobre la temática del  abuso sexual en la Iglesia. Ahí, resistir en la esperanza.

No olvido tampoco a religiosas, sacerdotes y seminaristas que son personas de bien, y grandes valentías (nunca han abandonado a quienes más sufren). O a los muchos niños y jóvenes que estudian en colegios de orientación católica (casi seiscientos mil: 16,3% del total nacional de estudiantes según datos de la Vicaría de Educación del Arzobispado de Santiago, 2012), o que participan con todo su buen corazón en organizaciones pastorales.

En Chile, casi el 70% de la población mayor de 15 años se considera católica (Censo 2002). En el mundo, son casi mil doscientos millones de personas(Fides, 2011).

Aunque las autoridades eclesiales parezcan olvidar su responsabilidad ética frente a jóvenes y adultos que son fieles (aun en la zozobra y la vergüenza de su institución), fuera, en nuestro cotidiano, sí importan la mirada y las palabras que podamos elegir para referirnos a la Iglesia y sus abusos, aunque no sea fácil sostener una actitud de cuidado y equilibrio cuando pasan y pasan los años, y poco cambia.

En estos tiempos, el único perímetro posible es la credibilidad condicionada a los hechos. Ver para creer.

El entusiasmo de miles por el nuevo pontífice, Francisco I, me es difícil de compartir. Los cardenales a quienes ha elegido o que cuentan con su confianza (y aquellos a quienes omite o desprotege), y sus declaraciones recientes sobre el rol de la Iglesia en la “lucha contra la pederastia” (leer) son a lo menos opinables y plantean el siguiente dilema:

si en verdad el Papa cree en lo que dice y considera que existen los respaldos materiales para sostener su afirmación (o designaciones de cargos), entonces da para pensar en una preocupante alteración de su juicio de realidad. Si por otro lado, sus declaraciones han sido concebidas en el contexto de una estrategia comunicacional, ésta adolece de importantes defectos. Una cosa es administrar contenidos selectivamente, y otra muy distinta, incurrir en la falacia. Nadie ha hecho más que la Iglesia en la lucha contra la pedofilia”; “la Iglesia es probablemente la única institución pública que ha reaccionado con transparencia y responsabilidad” (ver enlace). No se sostiene.

Son demasiados años de conocer sobre abusos sexuales silenciados y sacerdotes culpables asignados a otras diócesis (en su mismo país o uno remoto) o enviados a “retiro espiritual” (recordemos a Francisco Cox). Y existen cientos, sino miles de reportes sobre encubrimiento criminal en la Iglesia y el ocultamiento de información relevante para la justicia civil (cuando las denuncias estallaron en Bélgica, la policía debió llegar al extremo de abrir la tumba de un cardenal para rescatar documentos, ver).

Nos ha impactado la indolencia de obispos y cardenales para con víctimas que han sido por años cuestionadas, desmentidas, o juzgadas interdictas (el índice de denuncias falsas nunca dio para sojuzgar a nadie: se estimó entre un 1,5- 2%, como señala el John Jay report 1950-2002, y www.bishop-accountability.org).

Abogados y miembros de la propia Iglesia han revelado acuerdos millonarios de “confidencialidad” –a costa de contribuciones de los feligreses también- para garantizar el silencio de las víctimas (al día de hoy, sólo en EEUU, se estiman 3 mil millones de dólares destinados a este tipo de avenimientos, ver detalle).

Es cierto que la Iglesia Católica algo ha avanzado en cartas de compromiso y protocolos de respuesta y prevención de abusos, no sólo sexuales, sino también físicos y psicológicos como se detallan en el  Ryan Report (2009) encargado por el gobierno Irlandés (ver noticia resumen, y para descarga completa de documentos de la Child Abuse Commission, ir aquí). No obstante, de poco valen las iniciativas de aparente rectificación si sólo quedan en las intenciones, o en la memoria de las relaciones públicas y de lo “políticamente correcto”.

Al año 2011, un seguimiento de casi diez años que fue publicado en el New York Times (ver aquí), provocó masivas suspensiones de sacerdotes abusadores que continuaban en sus funciones, o habían regresado a su ejercicio.

Actualmente, organizaciones como SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests, la mayor organización internacional de sobrevivientes de abusos cometidos por la Iglesia Católica y otras denominaciones religiosas) y Bishop Accountability (banco de datos históricos sobre abuso sexual e Iglesia desde las décadas de los 40 y 50), están determinadas a que la información sea de acceso y dominio público:

nóminas de religios@s acusad@s y sancionad@s –por la justicia civil o canónica-; otros que han sido reasignados –para advertir a sus nuevas comunidades sobre el riesgo- y finalmente, el seguimiento de nuevas denuncias y causas judiciales. Sus esfuerzos son meritorios, e imprescindibles en estos tiempos. Desacato absoluto a las sombras.

La Iglesia Católica no ha sido transparente ni expedita en la entrega de información, ni orientación. Debemos recurrir a otras fuentes que por imperfectas que puedan ser, al menos están disponibles. Gracias a ellas, hemos sabido que en EEUU se estiman entre cien mil a doscientas ochenta mil víctimas. En Australia, el año 2012, se dio a conocer la muerte (suicidio) de cuarenta víctimas de abusos del clérigo (ver reporte y video). En Canada, cientos de denuncias: y en un solo orfanato vinculado a la Iglesia, 300 víctimas (leer). La valentía de las voces. ¿Y si tod@s?

Lamentablemente, al igual que en los silencios que rodean al abuso sexual ocurrido en otros entornos (la estimación es que por cada niñ@ que devela, otr@s 6-7 permanecerán en silencio), nunca se sabrá a ciencia cierta cuántas víctimas ha dejado la Iglesia. O cuántas más podrían llegar a ser. El daño a quienes hoy son adult@s, lo han dicho ell@s mism@s, ya fue infligido. El horizonte es hoy, el futuro, los niños, niñas y adolescentes que vienen. No cabe la espera.

En países del hemisferio norte (Norteamérica y Europa) las personas parecen cada vez menos dispuestas a correr riesgos con sus niños, o bien, se resisten a avalar a una institución que ha violado sistemáticamente los derechos humanos de la infancia. Muchos hombres y mujeres así lo han expresado, a viva voz o desde sus actos silenciosos de desvinculación y despedida de lo que una vez fue “su” Iglesia.

Entre 1990 y 2007 el número de colegios católicos en los EEUU disminuyó en un 14%, y su enrolamiento en colegios católicos en un 7%, un dato que no es trivial si se considera que representa a más de un tercio de las escuelas privadas del país (con mayor presencia que cualquiera otra religión según datos del Centro Nacional de Estadísticas Educacionales para EEUU; ver también este informe).

En Europa, la situación del catolicismo es semejante (ver resumen, The Economist, 2010). La declinación de feligreses y seminaristas católicos ha sido sostenida y se reconoce la develación de abusos sexuales a manos del clérigo como un factor que, a lo menos, ha acelerado la mengua (sin ser el único). Solamente en Africa y Asia se observa un crecimiento de la Iglesia, y en Latinoamérica todavía las confianzas no reflejan la horadación que quizás sería esperable.

El nuevo pontífice –en virtud del carisma y originalidad (ver) que muchos le atribuyen, y de su compromiso con los pobres- ha traído alguna nueva energía a la imagen de la Iglesia. En Europa, ha tenido una recepción favorable que se vincula a un leve aumento en la asistencia a misa, aunque no en la adhesión a la religión católica. En EEUU no se observa cambio alguno (estudio Pew Research Center, fines 2013); más bien una actitud desapegada y muy cauta. Es sólo sensato.

A estas alturas, con todo lo que sabemos, cuesta explicarse que en cualquier país, las generaciones jóvenes, y especialmente los adultos que tienen hij@s o niñ@s en sus vidas, todavía puedan confiar en una institución que ha vulnerado grave y sistemáticamente a los más indefensos, y que aún no actúa, inequívocamente, desde la compasión, y desde la justicia (canónica y CIVIL) .

Los sacerdotes y religiosas que pertenecen a la Iglesia comparten nuestro imperativo de especie, son humanos, y, no obstante, uno llega a preguntarse si desde la distancia del celibato y de la no-parentalidad, acaso se haga más sencillo olvidar completamente el cuidado, para abusar de los hijos e hijas de otros. Es una pregunta extrema, pero inevitable.

Los perpetradores de abuso, en su mayoría, no actúan desde la patología o el impulso sino desde la razón, la acción organizada y el sentido del tiempo y la oportunidad. No existe ausencia de discernimiento: pueden distinguir entre lo correcto, permitido, legal, y sus opuestos. Saben que son imputables ante la ley civil y su religión, y aun así, eligen abusar. ELIGEN.

Y pueden no tener elección en lo que sienten, en sus biografías tempranas, todo el tejido interno que los hizo/hace ser como son, humanos y falibles en una de las peores versiones imaginables de esa falibilidad. Pero siempre -y aun en aquellos que puedan pedir perdón y comprometerse en la restitución de sus víctimas- hubo y hay elección: entre actuar y no, vulnerar o no, abusar o no. Más estridente aun, es el albedrío que se despliega en el encubrimiento cómplice. No hay ángulo desde el cuál exonerar a la Iglesia.

Se entiende que a nivel local (de cada pueblo, ciudad, país) el catolicismo – en sus autoridades y clérigo- tal vez pueda mostrarse en mayor coherencia con el mensaje de Cristo, del evangelio, los valores universales de la compasión y la benevolencia. Pero es una ilusión, asimismo local, creer que existe diferencia o autonomía, y que uno puede sentirse separado de esa Iglesia que sigue siendo una sola; con su autoridad central, en el Vaticano; y una historia común, de siglos.

Los abusos no son un escándalo moderno, o un puñado  de eventos “de responsabilidad individual” como sostenía e insistía el propio Ricardo Ezzati, un par de años atrás. Son crímenes. Muchos querríamos que fueran declarados de lesa humanidad, imprescriptibles, susceptibles de ser llevados a la justicia nacional e internacional. Pero aunque ello sea debatible, nadie puede negar la dimensión del daño sobre las víctimas. Miles.

Miles han sido los abusos, omisiones, encubrimientos, y la impunidad. Basta recordar a Juan Pablo II y su inacción ante las denuncias contra Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo; y la negativa del cardenal chileno Fco. Javier Errázuriz a investigar las denuncias contra Fernando Karadima.

Apenas dos ejemplos y la sensación persistente de que nada puede augurar transformaciones importantes mientras la Iglesia no se mire profundo, no asuma plena responsabilidad por sus delitos, y no aborde los cambios necesarios, sin continuar ignorando las destemplanzas profundas –emocionales, psicológicas, sexuales, sociales- que han permitido y todavía permiten que sacerdotes y religiosas abusen de niños y adolescentes confiados a su guía y cuidado.

En años pasados, la figura y esfuerzos del Papa Benedicto eran argumentos para convencernos sobre cambios “en curso”, “ahora sí”. El Papa Benedicto dimitió y fue elegido un nuevo pontífice.

“Ahora sí que sí”, volvimos a escuchar al ser investido Francisco I. Quizás como a muchos, las palabras por primera vez se me volvieron partícula de polvo, flotando en un aire o un mundo muy lejano. Ver para creer, me dije y sigo diciendo. Pero ver no un mes, no tres noticias, no dos anuncios grandilocuentes, sino ver de un modo perdurable y digno de crédito.

Finalizando el 2013, Francisco I excomulgó a un sacerdote australiano por manifestarse a favor de la ordenación de mujeres y del matrimonio homosexual (ver). En enero del 2014 (leer), apenas comenzando el año, el Papa aún se negaba a la extradición del Arzobispo polaco Josef Wesolowski acusado de abusos sexuales contra niños de República Dominicana. La discrepancia desoladora. No perdamos atención.

En Febrero 2014 ocurre un hecho histórico cuando Naciones Unidas reconoce que el Estado Vaticano es responsable de encubrir delitos sexuales contra niños y adolescentes, y debe ahora dar garantías de protección a la infancia (ver noticia y por favor, ojalá puedan leer esta excelente columna sobre Derechos del Niño y responsabilidad de la Santa Sede, del psicólogo clínico infanto-juvenil Tomás Ojeda y la académica especializada en Derecho Internacional y DDHH, Judith Schönsteiner). El Vaticano, por su parte, calificó la acción de Naciones Unidas como “un intento de interferir con la libertad religiosa” (¡?).

Poco tiempo después, Francisco I destacaba la “ejemplar lucha” de la Iglesia en contra de la pederastia, y advertía sobre los riesgos de buscar “un chivo expiatorio del abuso sexual” (leer, inglés) cuando, en comparación a los abusos ocurridos en el resto de la sociedad, los delitos del clérigo eran una cifra estadísticamente “no significativa” (al menos aclaró “un abuso es demasiado”). Muchos permanecen en silencio frente a estos argumentos; el frío en que nos dejan.

Durante este mes de marzo, fue creada la Comisión Vaticana contra la Pederastia, noticia que fue bienvenida, especialmente por la inclusión de Marie Collins –sobreviviente de abuso sexual y conocida activista irlandesa-.

Collins fue sincera en admitir su total desconfianza con la Iglesia y su temor de una nueva decepción, pero aun así, no podía restarse de aportar a la definición de mejores prácticas para la protección de los niños, y el logro de justicia. En sus palabras: “mi prioridad es que el Vaticano castigue a los obispos que encubrieron a sacerdotes abusadores” (ver nota, Religión Digital).

Ojalá esa Comisión avance, y cómo no querer que esto se detenga y cambie, aunque nos cueste aceptar que con toda la información de la cual ya se dispone (desde el primer escándalo con denuncias masivas, en los 90), todavía se requieran o sean especialmente determinantes nuevos estudios, consideraciones, informes, comités. Acción es lo que falta. Y no solamente en la Iglesia.

Me he considerado la mayor parte de mi vida una persona optimista, pero llega un punto en que los límites se trizan, o la energía es menos y puede ser la edad, o simplemente los años de vida cívica y la extenuación ante iteraciones, vueltas en círculos, promesas redactadas de maneras más o menos anodinas o creativas, y al final, la espera de siempre: para los que sufren; para quienes en verdad la urgencia es urgencia y no una palabra que se agrega a los documentos para enfatizar un tono de voz que sólo escucha quien lee y frente al cual son completamente sordos los relojes y calendarios.

Mientras los niños esperan, crecen y dejan de ser niños, suman experiencias y también cicatrices, llegan a jóvenes y adultos. Sin que hayamos concurrido.

Luz y sombra. La espera oscura, densa, y muchas veces, hasta irresponsable e insensible. Por otro lado, la espera alegre que antecede un cumpleaños, navidades, paseos familiares, encuentros con amiguitos para salir a jugar, las golosinas o el postre que siguen a guisos de acelga, espinaca y esos buenos alimentos ante los cuales los niños arrugan la nariz. Ansiosas y deliciosas anticipaciones que permiten a los niños rendirse sonrientes ante los “después”, “mañana”, “al terminar equis tarea”, “en unos meses más” o incluso esos lejanos y esperanzados “cuando seas grande”. Esas esperas sí. Esas sí.

 

17 años

“… es como descrifrar signos, sin ser sabio competente”, Violeta Parra (Volver a los 17)

1-La travesía de cinco años, los ojos de los cinco años, los rostros que ya recuerdan esos ojos.

El infierno en una palabra. El niño no conoce “felación”. Tampoco otros nombres y verbos sobre actos de su vida cotidiana.

No llegué a saber si conocía su nombre (Gonzalo). Ante la pregunta: “Me llamo Chalo”.

No ha asistido al jardín ni a kinder en el colegio. Quizás ya es tarde. Aunque ojalá no lo sea.

Adultos buenos, tratan. Otros, dejaron de tratar. No preguntan por él. No lo buscan.

 

2-Dos niñas, con cara de niñas. Trece años los cuerpos, las señas de la pubertad.

Ninguna conoce la palabra “proxeneta”. Una conoce la palabra “cuidado”.  La otra niña no. No en su real sentido.  

-¿No puedes arrancarte?

– Él es el único que me “cuida”, me da comida; a nadie más le importa.

– Pero no puede obligarte a hacer esas cosas. ¿Supiste del Sida? Te puedes morir de eso.

– Me da lo mismo.

– ¿Pero no usas condones, al menos?

– Ni sabría dónde conseguirlos.

-¿y una bolsa de plástico?… se me ocurre. Pero no muy gruesa. Para que no te duela tanto.

 Escuché este diálogo, más de una década atrás, en un refugio nocturno para niños de calle.

Las niñas conversan en la antesala del baño-vaso de leche-camarote: la secuencia solemne de un amparo que sólo llega a ser esporádico. No alcanza a dejar huella.  

La niña que viene de mejor vida comenta algo sobre el miedo que sentía su madre “cuando chica”  frente a las vitrinas de las carnicerías. La otra guarda silencio.

 

3-“No voy a denunciar, ¿de qué serviría?”. La pupila se rinde. Los prismas. Toda la luz

Los 16 años, su alquimia inexacta y confusa: riesgos versus recompensas. La candidez arrolladora de ese punto ciego donde el peligro que más nos elude, es el prójimo.

Era su novio.

Un vaso como cualquier otro, un líquido.

El cuerpo en el sacrificio.

Agonizar en un segundo festivo, o amoroso, o insensato. Despertar, y encontrarse con el horror. No recuerda casi nada de las horas robadas. No sabe cómo llegaron unas partes del cuerpo a sentirse separadas, en duelo unas por las otras.  

“¿Quién me va a creer?”  El final de la inocencia según términos ajenos: “ya sabía a qué se exponía”. Esa frase. Esa letra avergonzada. El diccionario de las lesiones.

A ser humanos, aprendemos. A dejar de serlo también.

En la manada, algunos juzgan.

El cuerpo humano en altares de piedra y mesas de disección; animales prometidos para el sacrificio y colgando de la maquinaria de los mataderos. Las imágenes que rondan. Ser ciega no haría la diferencia.

Detrás de la vida vivida, otra vida: la mano invisible del amor sobre mi hombro. Ser más vieja. Dar gracias por ello. Pedir perdón por la lentitud, el ensayo en la traducción, el error. La experiencia que conozco. Los muslos blancos del alma y el lápiz que más que decir, reza.

¿Cómo escribir a la velocidad debida? Cómo dar cuenta del tormento, sin culpa por reconocer el gozo. Ser consciente del humano combate interior donde a pesar de uno misma, la vida se venera. La intimidad con ella.

“Volver a los 17” cantaba la gran Violeta Parra. El número enemigo alrededor del cual damos vueltas en estos días, en esta nación. “Pero si tenían 17”… el argumento de algunos para excusar la humillación, los cuerpos vejados. El espectáculo noticioso y la complicidad indolente suma a cientos, quizás miles. Y es menos, pero intensa y determinada, la compasión: disenso y victoria en las entrelíneas del desdén y el olvido. La bondad de algunos.

¿Recordamos los 17 años? ¿nuestra capacidad de deliberar?, ¿cuál era nuestra sapiencia saliendo del colegio, cuáles nuestras certezas? ¿Qué historias traíamos con nosotros? ¿Qué siente la tristeza en el privilegio, o en la miseria? No es igual.

Después de. Nadie que no lo haya vivido, entendería ese después-de. Lo que queda del grito mudo, las palabras mudas, el silencio que no es siquiera sobre lo innombrable; que no lleva otras voces. Sólo es silencio y nada. Lágrima y cuerpos profanados. Parecen muertos, pero no lo están. Aunque deseen.

Víctimas de abuso sexual, de violación. A los 16, 17 años. Más de alguien preguntó sobre ellas “¿y dónde andaban, a qué horas, con quiénes, qué ropas vestían, qué hacían?”. La pregunta no es por su herida, o su cicatriz.

Se desoye a niños pequeños, se dice que fabulan, se confunden, hasta “mienten”. Se cuestiona su sanidad, a veces hasta su moralidad. Su credibilidad. Con víctimas adolescentes de abusos sexuales, mayor es la inmisericordia: “él/ella tenía edad de consentimiento, se fue a meter a la boca del lobo, no sabemos si en realidad se lo buscó”.

Se dicen las cosas más crueles. También, contra mujeres adultas víctimas de violación, o  jóvenes que fueron sodomizados por sacerdotes (“¿pero cómo se dejó?: si era grande, pudo oponer resistencia, quizás lo disfrutó”).

No querer escuchar ni sollozar. Imaginar un mundo antes de nosotros, entender el horror en su prenatalidad. Haber sido capaces de desviarlo de curso… ¿sin él, cómo habrían sido los siglos, habríamos aprendido más de amor?

En mi país, la semana que termina vio el regreso a la comunidad de un hombre (el nombre no es importante) que cumplió una condena de 12 años de cárcel (rebajados a 10 en consideración a su “conducta sobresaliente” dentro de la prisión). Sus delitos fueron estupro (de cinco adolescentes), producción de pornografía infantil y explotación sexual de menores de edad (aunque muchos hablen aún de “prostitución”, “clientes”, “prostitutos de 17 años”).

No era alguien impedido de discernir. No es alguien de quien conozcamos en qué condiciones sale en libertad o cuál es la probabilidad de reincidencia que estiman los profesionales que lo han evaluado/atendido. Pero si existiera alguna certeza tranquilizadora para la comunidad, no es difícil suponer que ésta ya habría sido compartida con nosotros. Debería ser exigible. No basta saber que cumplió condena alguien que abusó de menores de edad (plural); alguien que podría volver a abusar.

Los medios cubren diversos ángulos, pero olvidan a los jóvenes de quienes ese hombre abusó; sus víctimas (y todas las víctimas). Se ha dicho de ellos que “no eran ningunos muchachitos inocentes, recibieron dinero, no fue ese hombre ni el primero ni el último ‘cliente’”. Se les ha degradado, de la misma forma en que lo hicieron sus proxenetas y los adultos que los explotaron sexualmente. Pero en esta oportunidad, no son perversos, desviados ni criminales los responsables de su victimización: es la propia comunidad, o parte de ella, la que condena y desposee.

Las cifras de explotación sexual comercial infantil son casi siempre inciertas, pero Sename informó de la atención en Chile -durante el año 2012- de 1198 niños, niñas y adolescentes explotados sexualmente, quienes, y es lo más triste, no suelen reconocerse como abusados y explotados por el hecho de haber recibido “algo a cambio” (dinero, comida, hasta un par de zapatos). Volver a mirar, leer, sentir: 1198 menores de edad. De ellos sabemos que existen, que han sobrevivido el infierno -no hay otra palabra para describir el que unos seres humanos, indefensos, sean mercancía de otros seres humanos-. De ellos, sabemos…

Cinco, doce, diecisiete años de edad. La biografía desmembrada en la calle y en las redes de explotación sexual (no puedo imaginar peor forma de esclavitud ni mayor fragilidad). Cualquiera sea la edad no hace la diferencia, ni un decimal, en la inocencia de estos niños y jóvenes. Si hay culpa es nuestra, como sociedad, como nación: no es de la infancia vulnerada. Pretender poner sobre sus espaldas una parte o todo el peso de nuestro fracaso en cuidarlos, es inhumano. Y una nueva victimización.

La culpa no transfigura. Sobre la llaga, otra marca. Vergüenza sobre horror, crueldad sobre crueldad, cuerpos vivos apilados unos sobre otros, y cada uno, fosa de sí mismo.

Carol Gilligan, Judith Herman. Sus voces de décadas advirtiéndonos del tremendo poder de la comunidad en restituir intimidades, dignidades, éticas del respeto, el latido inequívoco de la seguridad ante quienes cuidan, y quienes no. Cuerpos, espíritus quebrantados, trauma: recobrarse junto a los otros, todos quienes somos, nuestras víctimas. Aquí, fracaso.

Yo también fallé, en alguna medida. No los conozco, no hemos cruzado camino, pero quedo en deuda con esos jóvenes. No lo digo por exceso de severidad, ni exceso de trauma como algunas personas han querido suponer con el mayor desconocimiento.

Es cierto, no soy neutral. No hablo desde lejos de la cicatriz. Y el abuso sexual es una cicatriz que no se borra, que por épocas duele más, ajena a nuestra voluntad y mejores esfuerzos (entretejida a la memoria del cuerpo, las alquimias, el telar neuronal, la vida). Pero la cicatriz es piel cerrada, y en un cuerpo que envejece, además (como mi alma). No es importante. Otros esmeros sí lo son, y otros seres humanos, más jóvenes en la tribu.

Hubo un programa de televisión, destacado, contribuyente –como ha sido- en conversaciones sociales inmensas: por ejemplo, acerca del embarazo infantil. Es una tribuna donde podría hablarse, confié, de l@s niñ@s y jóvenes que sufren de explotación sexual, de su protección y restitución; del ejercicio no-imposible (y moriré viéndolo así) de la justicia dentro de coordenadas de cuidado.

Los crímenes contra niños y adolescentes piden otra mirada, y asimismo otras respuestas. No se trata de asaltos a bancos. Son cuerpos vivos, indefensos, vidas apenas escribiéndose. Las leyes deberían revisarse, modificarse o derogarse -aquellas que no sirvan al propósito de proteger-, y nadie propone anarquías ni incivilidades.  El pedido es actualizar (nuestra ley de menores es del siglo pasado, no incluye consideraciones sobre víctimas, reparación desde un marco de derechos, restitución en la comunidad), aprender, entender que la justicia no es enemiga, sino hermana del cuidado; que la vida de un niño es mucho más importante (en todo sentido, y como “bien jurídico” también).

Lamentablemente, la insistencia no ha sido sobre los derechos de las víctimas, sino del victimario, su libertad, su “deuda saldada”, el “beneficio de la duda” (algo que no existe para sus víctimas sojuzgadas). Algo se incumple. O todo.

Aunque prefiero mil veces escribir en soledad (como en esta columna), o cuando mucho, conversar en la radio (le tengo terror –físico, psíquico- a las cámaras), acepté ir al programa mencionado. Con dos especificaciones: la primera, hablar desde el cuidado de la infancia y de las víctimas de abuso, y no desde la polémica sobre un abusador en particular y las disgresiones (que podían llegar a ser interminables, inútiles) acerca de gradaciones de pedofilia o perversión que por demás, son dominio de un experto en psiquiatría forense. Yo no lo soy (ni querría. Tampoco podría).

La segunda recomendación fue contar ojalá con un abogado (recomendamos a dos destacados en el trabajo por la infancia), pues el debate no podía prescindir y necesitaba para sostenerse, de un experto en derecho penal que pudiera iluminar, adicionalmente, la relación entre justicia y el cuidado a las víctimas y la comunidad.

De más está decir que ambas coordenadas propuestas, se diluyeron entre día y noche: el momento de aceptar concurrir, y la hora decisiva del diálogo en cámara. Me cuesta perdonarme no haber declinado, o haberme retirado junto al primer augurio del tenor de lo que venía, inclemente con las víctimas. Los acuerdos se honran. Los límites han sido una gesta. Merecen respeto.

Durante ese día, antes de llegar al programa y en las horas que siguieron, las voces de pacientes o sobrevivientes a quienes conozco, y el impacto que tuvo sobre ellas el juicio a los jóvenes víctimas del abusador liberado. Algunas con crisis de angustia. Otras, pánico. Retroceso. Lo que se leía u oía decir a algunos comunicadores, personas influyentes, tuiteros en las redes sociales, o personas comentando en el metro o las oficinas, fue demasiado. También lo fue el diálogo por televisión, sus puntos de fuga.

El daño indivisible. No son tan distantes, aunque algunos así lo crean, la realidad de un adolescente que sobrevive en la calle (quizás desde muy niño) y que es sometido a la explotación sexual acaso diaria (o muchas veces en un mismo día), y la realidad de un hombre o mujer que desde otra vida, igualmente atravesó la experiencia del abuso sexual durante su juventud, o su infancia temprana, o la mujer anciana víctima de violación o de torturas. No son realidades imposibles de hermanar.

El daño, ese daño, puede intersectar a much@s y no solamente, como algunos acusan, desde el “están tod@s traumad@s”, sino desde el duelo compartido; la solidaridad más íntima imaginable. Pueden ser 80 años, 50, 20, o los que sean: respiramos juntos (#tribu) y a veces más intensa y fieramente (los más viejos) cuando se trata de los más jóvenes. Víctimas que tienen menos años y más futuro, más vida por delante.

Me fui a negro. Como nunca. Los ojos turquesa de una mujer admirada (senadora de la república), esos los recuerdo bien. Diáfanos y ansiosos, en el otro extremo de la mesa. Compartimos la súplica, pero las otras voces –de los interlocutores hombres- fueron acaso más fuertes, inconmovibles. No lo sé. Pero sé que no logramos llegar a destino; el prójimo se nos escapó de las manos.

He pasado por pruebas mayores, preguntas mucho más difíciles. Pero aquí no pude. La calma se corrompe, la lucidez. La imperturbabilidad es imposible ante violaciones a los derechos humanos. No me he visto jamás en televisión (ni una vez he revisado una grabación y es largo de explicar); tampoco en esta oportunidad, aunque bien sé que estuvo lejos de ser una contribución. No cuando apenas recuerdo el evento. Sólo el pulso en ascenso de una sensación cautiva, impotente. Ganas de irme a casa con los míos, mis hijas, nítidas en sus edades, protegidas de desuellos y sospechas. No como esos jóvenes a quienes fallamos en defender.

En los balances, al menos haber logrado decir que lo que importa es la protección integral de la infancia, que los menores de edad son eso, menores, y que no se puede hablar de prostitución cuando la definición correcta –no es una interpretación ni un capricho de “radicales por la infancia”, sino el término consensuado por comunidades autorizadas- es Explotación Sexual Comercial de Niños, Niñas y Adolescentes (ESCNNA). La exactitud de las palabras permite situar las preguntas sobre el rol de la justicia, las acciones de enmienda y prevención. Palabras en las cuales todavía insistiremos para detener y reparar el retroceso que significa que personas con peso en la opinión pública, omitan o banalicen daños y vulnerabilidades de los más indefensos.

Hace poco, Google, Microsoft y Terres des Hommes (Sweetie), dieron importantes pasos para proteger a niños y adolescentes de la explotación sexual, cyberbullying y otros peligros vía la web. Si un/a adolescente publica una foto que luego lamenta, no se le considera descriteriado/a o co-responsable: se le sigue cuidando, sin condiciones ni distinciones absurdas y despiadadas sobre la edad o capacidad de deliberación que pueda haber tenido. El cuidado es un imperativo ético incondicional. Incondicional.

Cuando se condiciona o niega el cuidado, no sé qué nos ocurre, de verdad, no lo entiendo. Nadie en su sano juicio podría retener un remedio para la gripe o la indigestión cuando un niño o un adolescente están enfermos, mientras se evalúa su posible “responsabilidad” (por andar descalzos, jugar en el frío, o haber comido demasiadas golosinas) o sus notas, o su conducta. Lo mismo debería ser para el sufrimiento en otras experiencias, a veces, mucho más destructivas para el cuerpo, sus vidas.

Lo que de humanidad se desdibuja en los juicios colectivos, quizás pueda ganar contorno valiéndonos del trabajo en la salud: nadie, en las urgencias de los hospitales, preguntaría al herido de un choque si fue el responsable o la víctima del accidente, para prestarle atención. En los campos de refugiados -por guerras o desastres climáticos-, no existe la pregunta sobre creencias, trayectorias, faltas o virtudes de las personas que requieren auxilio: todas son acogidas. Que en naufragios se priorice por niños y mujeres, refleja el instinto de la supervivencia que debe ser preservada, cuidada. Podría seguir, aunque quizás de todos modos no logre poner luz donde necesito. Se siente un fracaso esta semana.

Hay personas que disfrutan hablar en público. Hay personas para quienes es mucho más difícil. Diferencias que pesan al momento de querer ser efectiva en comunicar algo, cuando el medio no es el preferido o el que se siente más natural. Para mí, sólo las letras: desde que tengo memoria, ellas son la voz y el hábitat primordial. Con ellas, junto al trabajo de cada día, espero servir mejor.

Me queda poco tiempo en esta ciudad y país, la cuenta regresiva está en marcha, los adioses comienzan a reunirse todos en uno. Pero hasta el último día en julio 2014, al menos desde esta tribuna y refugio (wordpress), las palabras serán en mis términos. Sin olvido de la #tribu, ni de las nuevas generaciones que han visto su vida interrumpida por tragedias que ningún niño ni adolescente debería conocer. Seguiremos hilando la gasa que necesitamos ser, todos juntos, mientras y hasta que cada herida transmute en cicatriz. Cuidar. Cuidarnos. Sin condiciones.

Muñecas rusas

No cambiaría mi vida. Si fuera posible recortar un pedacito, sin alterar nada de lo que vino después, podría haber borrado los años de abuso. Pero si haciéndolo, borro también las caras de mis profesoras queridas, mis años de ballet, y decenas detalles y memorias que son más cercanas al milagro que al horror, entonces ya no quiero. Además, si fuese posible borrar un tramo de la existencia, uno alteraría inevitablemente tránsitos que siguieron a ese tiempo, nuevos encuentros, nacimientos de hijos, amores plenos a los que no renunciaría por ningún motivo. Por eso, me repito, no cambiaría nada de mi vida.

En días como hoy, como los últimos, más sentido cobra esta declaración, a pesar de fricciones y comparecencias del pasado que no son sencillas de integrar en el curso de un día cualquiera, o de muchos días a veces. Días en que siento  abandonan las energías, o simplemente la voluntad (no quiero, no quiero, me niego) para convivir con la propia biografía. Sus huellas que laten muchas veces ajenas al propio arbitrio y control. Por más que una se esfuerce y se cuide.

Mi hija chiquita cumplió 4 años. Agasajo interior celebrar que haya llegado, que me haya tocado ser su mamá, que ella, justamente ella, sea mi hija. Una hija, desde otro ángulo, sobrecogedoramente similar a mí, cuando tenía su edad. La edad en que todo comenzó.

No imagina mi niña inocente, lo que ha significado su cumpleaños. Las evocaciones que han emergido. Le digo que su pelo “naranjo” viene del sol, de las hadas, de magas y guerreras primero vikingas, luego celtas, de tintes de la tierra y sus frutos. Como la princesa de la película Disney que se anuncia para Julio, también le digo que la suya es una cabellera de “valientes”. Trato de decírmelo a mí misma, también.  Para no poner sombra en esa seña que es casual, que es genética. Para tantos, motivo de celebración; para mí de algo indefinible. Indecible, más bien.

Afortunadamente, cuando estoy a punto de creer que el recordatorio de la fractura debe ser indicativo, seguramente, de un desplome inevitable, entonces acuden las voces y manos buenas de mis compañeras de tribu. Compañeras que ante las noticias de una niña que no conocen, de otros niños y niñas que siguen dando a conocer su voz, caen rendidas en los cuerpos de las propias niñas que ellas, alguna vez, también fueron.

No soy la única. La única que recuerda aunque no quiera, o que siente a veces como si fuera una muñeca rusa de esas que contienen dentro otras muñecas, cada vez más pequeñas, que van revelándose mientras se abre una y otra, hasta llegar a casi un pedacito de madera, semejante a una semilla. Entre todas, el cuerpo que alguna vez fuimos, nuestras distintas edades vividas en dimensiones distintas de las mandatarias por el tiempo real, y por los espacios de la infancia.

No sé si crecimos antes de tiempo, o si en cambio envejecimos. O nos pudimos haber quedado, también, en estado de suspensión. Entre distintas salidas, es claro que el tiempo cobró un volumen distinto en nuestras almas: a veces ocupando más lugar, sumándonos la sensación de haber vivido siglos en vez de décadas. Y otras, reduciéndose a un suspiro hecho de años faltantes o pendientes, juegos incompletos, infancias demasiado vertiginosas como para alcanzar a hacer registro o goce de ellas completamente. La marea de fondo: ese dolor ahogado, cargado de voces mudas e imágenes casi siempre imprevistas y no bienvenidas que tratamos de hacer como que no vemos mientras cocinamos, trabajamos, acunamos hijos, y le damos un beso a nuestra pareja sabiendo que más vale mantenerla lejos de tanto horror. Y no la tocamos para proteger.

Los padres (abuelos, tíos, la genealogía vuelta arsenal nuclear). El padre, de vuelta. Su ahogo, el mío. Efemérides propias y prestadas, zona de silencio. Comparecemos. No tengo nada nuevo que decir. Él tampoco. Solo rondar en la cercanía, quizás con ansias de absolución o quizás porque sí, por la inexorabilidad de nuestra historia. No todo tiene motivo ni sentido; no todo “pasa por algo”. Es una la que se esmera por encontrarle valor a las experiencias. Mal que mal, son propias, cada una: una hija más, una rama de mi árbol que no por quebradiza o espinuda deja de pertenecerme o de merecer mi respeto.

En medio de todo, un país que asuela con sus noticias, su demora y, a veces, hasta su indiferencia. Porque rasa en la indiferencia la falta de respuesta, sus esperas (siempre, como si sobraran el tiempo y las vidas), esa atención reactiva y efímera –por bienintencionada que sea, no alcanza- a hechos que son mucho más que el daño de turno. Son la constancia del daño, cada día, cada vida que sale disparada de su curso original por la irrupción del abuso sexual. No se imaginan. Cómo podrían presidentes o legisladores más ocupados de los movimientos del poder, los discursos (o silencios), las encuestas. Si la calle vociferara no más abusos, si una marcha ciudadana de veinte mil, llevara en un tercio (apenas un tercio) de sus consignas “no más cuerpos de niños rotos”, quizá se oiría más fuerte y claro. Ya no sé qué pensar. Qué creer. Cómo pedir lo que debió ser establecido veinte años atrás, en los albores de nuestro retorno democrático. En el lapso de las primeras décadas, cuántas más niños y niños habrán visto disectada su infancia en pedazos. Cuántas más mujeres y hombres se esmeran por contener y cuidar a sus niños heridos (que los habitan) y a los que han dado a luz, para que nadie nunca. Nunca.

Las noticias pasarán, vendrán otras en unas semanas (no querría que así fuera, pero el calendario de los últimos años me desmiente periódicamente, con demasiada frecuencia), y en el intertanto los afanes cotidianos serán los mismos en la construcción y la contención; en el compartir lentes entre madres, amigas, familias, para no caer en la ceguera y tampoco en la lobreguez, la desesperanza, la creencia de que no podemos “empatar” o nivelar este suelo. Se puede. Se puede lavar la mano herida por el abuso con la otra mano del cuidado y los amores. Contener una a la otra. Frotarlas, en espera de tiempos más tibios, que siempre llegan. Eso ya lo sé. De las pocas certezas que traen los inviernos.

SIN OXIGENO (grounding)

El colibri lloró, detrás del sol, por su adorada flor
Pero habitaba dentro
de su corazoncito
…Y no la podía ver
(Guardabarranco)

Hay días que nos dejan sin aire. De sólo tratar de decir ciertas palabras, el pecho se recoge, no podemos respirar y, antes de intentarlo una segunda vez, nos damos por vencidos. Es que a veces no hay cómo traducir la lengua interior. Ella tiene su propio diccionario; un sistema de códigos tan diminutos que llegan a ser invisibles; tan enraizados en nuestro fondo abisal, que se hacen inaudibles. Si hubiera que capturarlos, esos agujeritos cuadrados de la gasa serían demasiada red. Todo pasaría de largo: el susurro sagrado, el ruido de nuestro tráfico íntimo (con sus acertijos y revelaciones), la canción justa en la memoria (La Distracción, de Silvio Rodríguez), con esos versos que nos ahorran años de vida y de sangre, tratando de decir algo que es indecible.

No hay palabras para el hambre, para el luto, para tanto niño vencido en el mundo, tanta soledad, y esos lobos que no importa cuántas cartas firme y haga firmar a todos mis amigos, están condenados a desaparecer antes de que llegue a conocerlos, como he soñado desde niña. Tampoco hay palabras para descifrar el eco que todo lo anterior, provoca en mi alma.

Me aquieto mirando muy fijo a mi hija más chiquita, el gato blanco que nos acompaña, unas piedras del jardín que, no sé cómo, ambos hicieron llegar rodando al comedor. Saco un pequeño espejo de la cartera y observo, como siempre, pecas y pequeñas arrugas. La nueva piel que se revela luego de una muda importante; ciertas pérdidas que honro y despido, con mucho más perdón, luego de comprender que no debo comenzar todo de nuevo; solamente comenzar ALGO nuevo.

Maybe, I miss home. Si tuviera un dedo luminoso y rojo, como el de E.T., estaría apuntando al norte. Pero estoy en el sur y no debería importar tanto; es apenas un tiempo. Y el tiempo nos gana, casi sin darnos cuenta de su transcurso. Se supone, además, que yo sea mi propio hogar; que lo lleve conmigo, lo habite siempre. Sin embargo esta certeza no se sostiene, no hoy. Frágil como me siento, luego de un par de meses en estas latitudes.

Extraño un verde específico, ciertos ciervos, uno en particular. Sobre todo, extraño caminar por calles donde jamás me asalta la memoria. Para las veredas de Atlanta yo apenas comienzo a los 28 años, ni una hora antes. Los años previos, los más antiguos, le pertenecen a Chile, a Santiago, y durante los veranos a Viña del Mar, entre mis 7 y 20.

Hoy visité Viña del Mar. Crucé la plaza, me encontré con mi estatua favorita: una niña de mármol preciosa con una sonrisa mejor que la de la Mona Lisa (los críticos de arte todavía no se dieron cuenta), réplica de otra escultura que vi en el MET de Nva. York, años atrás, provocándome la misma emoción; la misma añoranza de sonreír de esa forma, con esa inocencia, a esa edad.

Quizás las noticias, la columna del Post, la indiferencia de la justicia civil –o de un juez, nada más- frente al abuso infantil en Chile, expresada en un fallo muy reciente que favorece a un sacerdote (sólo por omisión)… o esa escultura, esa escultura, tan evocadora, su belleza inasible en mi nombre. No sé bien qué exactamente, pero algo abre ese pasillo misterioso donde se cruzan los tiempos y sus huéspedes fantasmas.

El Patito Feo derrota en un segundo la ilusión de cisne macerada en años de bracear contra decretos hechos de acero puro, de volar en caída libre. Por un instante, valgo menos que nada, me hago invisible y no entiendo cómo me duele todo el cuerpo, un cuerpo que ha dejado de ser, si no es mío, si está en manos (es el recuerdo, pero lo siento) de los amigos del padre, pero él no está con ellos: me han llevado a sus casas, y no conozco a nadie ahí. Tampoco conozco a la niña que sale de ahí, menos… todo es menos después de perderme en manos enemigas.

Ésta es la clase de momentos en que habría lavarse los ojos con limón o sentarse sobre un cactus para volver a ser parte del paisaje, reconocerse en la vitrina de la panadería, tropezar con un extraño y reír confundidos y torpes, recordar mis 42 años, mis dos hijas, el hombre que me ama, mis mejores amigas, mis cosas favoritas (como la canción de Julie Andrews en La novicia rebelde).

Suena la sirena de bomberos, y debería ser dentro de mí, pero es en la avenida principal. Puedo ver el humo sobre la Quinta Vergara, y pareciera ser en el sector de Forestal, donde vive un querido amigo poeta (todavía, a pesar del tiempo). Caigo en la cuenta del verano que arrecia, el pavimento en que se aquietan mis pasos, grounding (la técnica que me socorre), grounding, la mano dentro de mi cartera acariciando un brazalete de plástico rosa en forma de canguro que mi chiquita me regaló, días atrás. La puedo oler, tocar. Puedo oír la voz de mi hija mayor, también. Y en el teléfono celular, un abrazo de amor, porque sí, me llega de regalo. Es aquí, y es difícil, pero es ahora. AHORA. Es todo lo que necesito saber para volver a respirar.

(Gracias Carolina, tú sabes)