Condolerse

(Extracto de una carta recientemente enviada a dos muy queridos amigos que ponen el alma en su trabajo pastoral y en la apuesta –no importa si improbable- por una Iglesia que se decida a ser buena con toda su gente, sin dejar fuera a las víctimas de abuso sexual)

Queridos xxxx y xxxx,

No imagino la decepción y tristeza que debe afligirlos. La vergüenza, que es de tod@s, y no sólo ajena.

Pienso en ustedes por estos días. Y en tantas personas de buen corazón que todavía quieren creer que hay esperanza en la Iglesia. Más todavía, pienso en miles de hombres, mujeres (yo misma), jóvenes, niñas y niños que comparten una historia -y no sólo de abusos sexuales en la Iglesia, sino en otros entornos- y duele, literal, físicamente, el cuerpo entero. El nombramiento de J. Barros es un golpe en las vísceras, los huesos. No podemos entenderlo.

Un cómplice de abusos sexuales, investido como obispo. ¿Qué dice eso de la Iglesia, quienes la conducen, o de nuestro país, y de todos nosotros?

He visto noticias donde se señalan “los supuestos abusos” del “controvertido sacerdote”. La cobardía de estas palabras. Como si Juan Carlos Cruz,James Hamilton (que vivieron abusos terribles, a manos de F. Karadima), Fernando Batlle, José Andrés Murillo, no nos hubiesen compartido su experiencia y su lucha por justicia. A ellos les creimos, les creemos.

J. Barros es cómplice de abusos y estos no son “controversias”. Son crímenes. Deberían serlo, además, de lesa humanidad. Imprescriptibles.

Con todo lo que sabemos y hemos vivido como país, este obispado es una daga. No comprendo el criterio de las autoridades, partiendo por Francisco I. Para qué dañar, si cuesta menos amar (de verdad lo creo así). El sentido común de construir versus destruir. ¿Cómo perderse tan garrafalmente?

Tomas una iglesia mellada, y ahondas en su ruina. Qué propósito tiene imponer, dividir a una comunidad, si luego responder a reproches, recomponer confianzas y asumir más ausencias (de personas extenuadas) es mucho más difícil.

Las consecuencias de ser compasivo pueden ser decepcionantes alguna vez, pero nunca serán oscuras y densas como las que devienen de actos crueles. Crueldad del sumo Pontífice es la revictimización de sobrevivientes de abusos sexuales: cuánt@s niñ@s y jóvenes, hoy adult@s, recordarán sus propias experiencias con otros clérigos, sólo leyendo el nombre del nuevo obispo de Osorno.

Es imposible encontrar coherencia alguna en todo esto. Contraviniendo TODO el mensaje de un buen hombre como Jesús (al que tanto dice amar), el Sumo Pontífice habilita el nombramiento de J. Barros para obispo en nuestro país y compromete a la Iglesia completa –con su peso en la espalda, y miles de adhesiones menos desde el alud de denuncias por ASI que comenzó el siglo pasado-, sin que pareciera importar ninguna consecuencia.

Francisco I (junto a una Nunciatura y Conferencia Episcopal que validan acríticamente las decisiones del Pontífice) no es sólo es responsable de este acto. Es también responsable de insistir en él contra todo buen juicio, desoyendo consejos y súplicas, atendiendo a su obcecación más que a alguna lucidez pastoral (o lucidez a secas).

El Papa parece más aferrado al poder de su investidura que al de esa misericordia que pregona y en la que, a estas alturas, no es posible creer más allá de los límites de una muy bien articulada estrategia de comunicación corporativa. Lo decía el año pasado en un escrito (“la mala espera”, ver). Uno que esperaba fuera el último en la temática de abuso sexual e Iglesia, al menos, desde el recuento de sufrimientos y complicidades con el horror.

De lo que soñaba escribir, algún día, era de una trayectoria distinta: poder decir que la Iglesia y su máxima autoridad habían enmendado el camino y dado un giro al que sólo podíamos responder con gratitud y respeto, al fin. Que las relaciones entre sacerdotes, religiosas, y la infancia, se daban -en ese  futuro- con gozo sólo cristalino, con reverencia por el balance de afectividad/sexualidad humana y la separación nítida de estos universos entre adultez-infancia.

Soñar también, con una voz salida de la propia iglesia, llamando al cuidado de la nueva generación y la protección/promoción de límites exactos (y no sujetos a ninguna relatividad) en los términos de relación física, corporal, emocional, de consciencia, con los más pequeños y jóvenes. Todo esto, se siente como pérdida en estos días.

Si el 2014 la Iglesia se comprometió luego de la condena de la ONU (desde la noción el ASI como tortura), a trabajar seriamente en prevención y en la sanción de abusadores y encubridores, ¿cómo se explica que apenas pasado un año, apoye el nombramiento de un cómplice de abusos sexuales como obispo chileno?

Fin del beneficio de la duda. Game over.

Perdonen la dureza de mis palabras, la pena e impotencia que no pueden disimular. Yo no me pido perdón, no esta vez. Me voy a permitir sentir lo que siento.

Como muchas personas a quienes conozco, he tratado de ser responsable, de no alienar a la Iglesia (e incluso de trabajar en conjunto, en muchas instancias colectivas entre 2011-2014) y de no ser injusta, precipitada o corta de vista.

Ha sido arduo sostener la atención, la fe, y no confundir la frontera que distingue a quienes viven cercanos a la bondad y el servicio a sus prójimos, de aquellas personas que no tienen ojos para el que sufre, que son indiferentes, indolentes.

Son muchos los hombres y mujeres de distinta edades que no han querido correr el riesgo de enfurecer (muy entendible) ni de sumarse a turbas ni discursos mesiánicos, y menos de anular horizontes posibles para toda la humanidad: la visión de una época (en unos años) donde sólo junt@s, incluida la Iglesia, lográramos articularnos como un cerco seguro y amoroso en torno a los niñ@s. Y a quien lo necesite, nosotros también.

Somos interdependientes, todos los seres humanos. Nada es completamente “del otro”, “ajeno”. Nos toca, nos afecta, y también nos puede hacer bien, hacer crecer. En un país con un número importante de católicos, todos y todas entretejemos nuestras vidas con personas a quienes amamos y son aún parte de la Iglesia. ¿Cómo no vamos a desearle bien a su comunidad? 

Pero la buena voluntad es una cosa, y la ceguera es otra. Aunque ver duela, siempre será mejor que ir a tientas. En ciertas oscuridades, hay más peligro que nada. En la acción de la luz, agradecemos.

Ver a Francisco I. VERLO. Y a todos quienes le “obedecen” (ésa ha sido la justificación).

Claro de luz y de duelo. En lo personal, no tuve esperanza cuando fue investido como Papa, y no lo conocía, pero las decepciones sumadas en los últimos pontificados eran suficientes como para justificar una “confianza ultra-condicionada”. Ver para creer. Querer ver, y querer creer también. Ya no.

Muchos hemos persistido mucho más de lo que la elasticidad de nuestras consciencias permitía. Quienes tenemos hijos y sabemos de los miles (acaso millones, no sabemos) de casos de ASI documentados, y de la protección a los abusadores por muchos años ya, desafiamos nuestra propia cordura queriendo confiar en la Iglesia del mundo. Hay quienes además, corren el riesgo de vincular a sus niños con esta institución que sostenidamente los daña e ignora; que les da la espalda y les niega el cuidado.

Si una cafetería, fuente de soda, restorán, teatro, tratara con descuido a un niño, o simplemente colgara un anuncio diciendo “los niños no son bienvenidos”, arderían las redes sociales, habría reclamos y denuncias, y posiblemente, aunque retiraran el letrero y hasta pidieran disculpas, no iríamos ahí, al menos quienes tenemos niños en nuestras vidas.

Es extraño que, en cambio, muchos continúen confiando en una institución que desoye a víctimas infantiles, encubre y hasta recompensa a abusadores y pederastas (con retiros espirituales dentro o fuera de sus países), e inflige nuevas lesiones, desde la indolencia activa, no casual. No podemos confundirnos. La espera ya no es mala: ha dejado de ser.

Esperamos en tanto el Papa Francisco I iba desplegando un primer tramo, luego otro, de autoridad, en su estilo (tan alabada por los medios, su “simpatía”, su carisma). Queríamos salvaguardar nuestros ojos, su brillo; para poder ver algo exacto, sincero, sin vericuetos ni posibles reversas, o transformable según conveniencias o contingencias. Fue en vano. Para mí, ésta es la gota que rebalsa el vaso.

Osorno. No soy creyente, pero en esta noche sólo puedo imaginar que la fuerza de un milagro, y nada menos que un milagro, podría desandar este mal camino.

Apenas quedan tres días para la asunción del nuevo obispo, y es contrario a todo sano juicio pensar que el Papa cambiará drásticamente de rumbo en las próximas 72 horas. Pero la gracia de los milagros es que no saben de tiempos, de sensatez, de nada. Ellos son, simple y maravillosamente, lo que son.

La revocación del nombramiento por el sumo Pontífice –o la renuncia, completamente improbable de parte de J. Barros- podría ser una señal positiva, la única admisible (y siempre desde la confianza aún condicionada). Ninguna otra sirve.

Si llegamos al sábado 21 y el nuevo obispo asume su cargo, Francisco I se habrá desenmascarado completamente, y la trayectoria esperable, será al fin sin espejismos. “No me importa” es lo que se escucha desde acá.

No importan las víctimas, ni sus padecimientos para lograr reconstruirse y no renunciar al amor que, justamente, entraña la voluntad de hacer, trabajar, de seguir en la vida mientras algo a veces cercano a la muerte te habita, respira y roba tu oxígeno, negocia contigo, ganas la mano, cobijas a esa bestia que también trae sus duelos y sigues caminando, sabiendo que no importa cuánto quieras acunarla, va a morderte en el futuro, y vuelta a repetir el rito de apaciguar sus latidos.

Del pasado, nada podemos cambiar. Pero “no me importa” invoca nuestro futuro, y lo lesiona.

Actos como el reciente nombramiento de J. Barros detonan en nuestros esfuerzos por prevenir y erradicar el abuso sexual contra niños y jóvenes no sólo en la Iglesia, sino en toda esfera de convivencia humana.

Entre escombros, más terrible aún, ese nombramiento parece exonerar, para el presente, la comisión de nuevos delitos, o a lo menos, la indiferencia ante ellos. El olvido.

Quizás más de alguien ve el abuso sexual de la Iglesia como un accidente limitado a una época, o a los rostros de un grupo de mujeres y hombres adultos a quienes hemos debido mirar al corazón. No podemos perdernos: el ASI no se ha detenido. Sólo recordemos el año pasado el juicio y sentencia de culpabilidad del sr John O’Reilly quien, no obstante, camina libremente entre nosotros (dondequiera que vayamos, también con nuestros niños).

Tal como el ASI continúa en hogares, escuelas, barrios, la Iglesia no se exime. No hay lugar para superioridades ni arrogancia en esto. Con humildad y aun valorando nuestros progresos -difíciles y modestos- necesitamos reconocer que el ASI habita con nosotros todavía, que no hemos logrado dejarlo atrás en algún siglo perdido. Nos queda trabajo.

“No me importa” es entonces, todavía más inaceptable, e inconcebible el que una autoridad espiritual sea relacionada con ese mensaje cuando se trata de crímenes.

Quizás nuestra concepción de lo “espiritual” dista mucho de lo que quizás Francisco I o el Nuncio o la Conf. Episcopal en Chile entienden. Pero son una autoridad. Y el Papa es la máxima autoridad de la Iglesia Católica en todo el planeta tierra. No debería poder darse el lujo de que no le importe, o dejar el flanco abierto para que sus obras puedan ser interpretadas ni en un 0,00001% como faltas a la justicia y piedad por sus prójimos, en general, y por las víctimas de abusos sexuales, en particular.

Ha sido suficiente. Los seres humanos tenemos solo dos mejillas. Podemos ponerlas ambas, pero son sólo esas, dos nada más. Y puedes poner el cuerpo entero, cada uno de sus milímetros dentro y fuera, y eso también llega a un límite. No hay más dónde. De verdad no hay más.

Condolencia, es lo que queda, y no como resignación, sino como acto portentoso de ver claro, de no negar el dolor, y de ponernos a disposición unos y otros en este momento, y oponer resistencia desde la verdad, el cuidado mutuo.

Ahí nuestro poder. Ahí sentir, acompañarnos, compartir asertivamente la indignación ante esta violencia, reflexionar sobre acciones y decisiones para este momento y otras que vendrán ineludiblemente. Pero también sostener firme el amor y la solidaridad que nos rescata a unos y otros. Ese amor que nos deja reconocer y actuar con toda fuerza por lo que deseamos, lo que nos hace bien, lo que merecemos. Este trato no.

Este trato no nos lo merecemos, ni ustedes, ni yo, ni miles.

La Iglesia y Francisco I, o el Estado Vaticano, o nuestra propia Conferencia Episcopal en Chile, no tienen derecho a actuar como canal de daño. Y ya no solo deberían atender a los pedidos de este tiempo; escuchar otra voz, si es que alguna honorable y franca aún habla con ellos en momentos de plegaria y recogimiento. Hoy, además, la Iglesia debería tal vez pedir perdón por tanta demora, señal errática, tanto daño que no termina. Y por este nombramiento.

Yo debo pedirles perdón por este desahogo, y ojalá esta carta no sea del todo inútil en sus propias trayectorias, dentro de esa Iglesia que sé quieren amar y transformar en un hogar de todos, y en la que sin embargo tantos otros nos hemos sentido ajenos, aunque nunca al punto de perder de vista a personas como ustedes o como los cientos de fieles que en Osorno han sostenido el reproche y el cuidado: lo que piden no viene sino de ese imperativo. Cuidar a las víctimas, cuidar a quienes creen y no creen, a todos quienes comparten una comunidad (y también, a una muy desgastada Iglesia).

Gracias también, y nunca lo imaginé, porque hemos escuchado a sacerdotes, líderes pastorales, jóvenes, parlamentarios, políticos de diversas avenidas, educadores, artistas, madres y padres, incontables familias, el propio Pdte del Senado (y un ex presidente de la Nación). No recuerdo un momento en que esta diversidad de voces se haya expresado así, en Chile, en contra los abusos de la Iglesia, y en abierto cuestionamiento de su máxima autoridad.

Ojalá la inspiración para actuar no se detenga y que muchas capillas, parroquias, pastorales, suspendan sus actividades este próximo fin de semana en todo nuestro país, en solidaridad con Osorno y con las víctimas de ASI a manos de la Iglesia.

Además del grito dolorido, estoy convencida que la dignidad y poder del silencio son de la mayor estridencia. La paz tiene una solemnidad demoledora: las bancas vacías, los altares inmóviles, un sacerdote solo, o muchos de ellos ausentes, en solidaridad con los suyos, sus comunidades, su pueblo, como dijo otro querido amigo hace unos días.

Que se entienda en Roma que la impunidad no es una opción, ni la desmemoria. Que sepan que recordamos, que nos importa, y que en el abandono del Santo Padre y el Estado Vaticano, unos y otros no dejamos de cuidarnos ni concurrir por quienes sufran, mientras declaramos un no categórico el próximo sábado 21, cuando se celebre una ceremonia vergonzante.

En medio de la aberración, la bocanada de vida que es recordarlos a ustedes.

No soy cristiana, pero mucho he aprendido a vuestro lado del amor que profesaba Cristo (y antes de él, Buda, y quizás cuántos otros hombres y mujeres de quienes nunca llegamos a saber). Son también ustedes testimonio vivo de una bondad que necesitamos como especie, porque es ella la que nos permite continuar en la vida. Doy gracias por conocerlos. Mi amistad y mi amor están intactos.

Mis condolencias por este momento, y por la batalla amorosa y justa que en días como hoy parece haberse perdido irreversiblemente.

blake

EL NIÑO PERDIDO
 
“Padre, padre, ¿dónde vas?
Oh, no marches con tanta prisa.
Habla, padre, habla a tu hijito
Que si no me perderé”.
La noche era oscura,
no regresó el padre.
Estaba el pequeño bañado en rocío;
Profundo era el lodo y el niño sollozaba
Y la niebla entonces, desvaneció.

William Blake (1782-1827)

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