Furia y amor

Escribo con la luz en furia, con lágrimas pero de rabia, algo que me cuesta, y no hablo sólo de indignación ética, sino de ira en estado puro, esa que uno agradece sentir en medio de un bosque lejano, en soledad, y obligada a disimular o contener prontamente porque la salida del colegio se acerca y debo ir a buscar a mi niña que no merece encontrarse con su mamá así.

Esta semana ha sido de dar toques finales a un libro para niñ@s (cuya versión online será descarga de regalo para ell@s) y, a la par, intentar escribir una columna a propósito del proyecto de legislación para la interrupción terapéutica del embarazo por tres causales de salud (riesgo vital para la madre, biológico y/o psicológico como es en el caso de las violaciones, e inviabilidad del feto). Me siento salir disparada al vacío cuando en un día como hoy, reviso la prensa y las redes sociales y encuentro que un parlamentario de mi país ha realizado comentarios reprochables, sobre mujeres que “quizás tomaron unos traguitos de más”, en el contexto de conversaciones sobre violaciones como causal de interrupción terapéutica de embarazos.

Que el parlamentario haya usado diminutivos no hace menos dañinas y violentas sus palabras, y deja la pregunta abierta sobre su mundo, dónde habita, por qué es primero la sospecha (antes que la reflexión o la pregunta compasiva) y cómo concibe el consentimiento, las relaciones entre hombres y mujeres, o de qué manera se plantea frente a la violencia sexual que claramente para él, puede tener atenuantes y hasta justificaciones.

No necesita una violación dejar laceraciones para serlo; y podría no dejar ninguna huella física en víctimas intimidadas o inconscientes. De otras huellas, no imagina el Sr. Lorenzini la magnitud que pueden tener, y todas sus explicaciones y retractaciones no disminuyen un milímetro su negligencia ni el riesgo de haber desencadenado en más de una joven o mujer violada un episodio de re-vivencia traumática. O en un joven u hombre adulto, también.

Adolescentes varones y hombres adultos también pueden ser violados aunque una mayoría de ellos guarde silencio en sociedades donde es escasa la compasión y comprensión, y donde probablemente -y el sr. Lorenzini así lo confirma- antes vendrán el juicio y la sospecha que la pregunta empática sobre cómo se sobrevive a un quiebre así, o cómo habitamos, todavía, entornos donde se abusa y victimiza a otros,  o cuán vulnerables podríamos ser tod@s y no sólo un grupo de seres humanos “más débiles” o “susceptibles de ser abusados” como más de una vez se ha querido proponer inclusive en reflexiones académicas. Vergüenza. Son los contextos los que vulneran, dejemos por favor de poner la responsabilidad o la sospecha en las víctimas.

Más grave y preocupante resulta que en un país, la sospecha e indolencia -y la propia violencia sexual, directa o indirectamente- sean estimuladas en la ciudadanía ni más ni menos que por un representante del Congreso: un servidor público (se supone) más motivado por justificar su incredulidad, desconfianza y advertencias sobre posibles segundas intenciones de mujeres y víctimas, que por guiar una conversación sensible y lúcida entre ciudadan@s.

El parlamentario, ignoro si por arrepentimiento sincero o si conminado a hacerlo, pidió disculpas. Un gesto que puede ser aceptado pero no confundido con absolución y luego pasemos a la próxima oportunidad del exceso y la trasgresión.  Disculpas y derecho a exoneración y no son necesariamente equivalentes. El perdón es una cosa, y las consecuencias de nuestras acciones, otro territorio.

Todos quienes trabajamos sabemos que si cometemos ciertas faltas en nuestros oficios, podemos pedir todas las disculpas del mundo (y está bien, y corresponde, y nunca dejará de ser necesario) pero igualmente enfrentaremos una sanción o el término de nuestro contrato. Si somos desleales en una relación, asimismo podemos pedir perdón y la pareja, amig@, colaborador, aceptarlo y, simultáneamente, cortar su vínculo con nosotros para siempre. Niñas y niños han sido expulsados de sus colegios, porque incluso habiéndose dado cuenta de un error y pedido perdón por él, las reglas de convivencia establecidas estipulaban la cancelación de la matrícula sin derecho a apelación (por ejemplo, cuando la falta involucra daños a terceros).

En distintos entornos, seres humanos de distintas edades debemos hacernos responsables por nuestras acciones, o lamentar el final de relaciones como resultado de nuestras conductas. No puedo comprender por qué el mismo criterio no sería aplicable al trabajo de parlamentario. Más aún, desbordando en el absurdo de que un legislador de la nación incurra en justificar -o abrir el flanco para que eso ocurra- la comisión de delitos tan graves como una violación, así sea en un 0,000001%.

Nos ha costado tanto poder visibilizar la violencia sexual contra niños y niñas, adolescentes, mujeres y hombres también, que no hay forma de excusar declaraciones irresponsables, que confunden. Quienes trabajamos en esta esfera, a diario vemos las consecuencias de la indolencia, las excusas aberrantes hasta para niños pequeños.

“Pero si ella quería meterse en la ducha con el papá”, “pero si los niños igual tienen que iniciarse sexualmente con alguna mujer”, “pero si ella fue a la fiesta y se metió en la boca del lobo”, “ pero si él se dejó hacer”, “pero cómo una mujer de esa edad no iba a saber que ese barrio era peligroso”, y así suma y sigue la crueldad hilada en declaraciones que dan ganas de llorar, gritar, y cubrir los oídos de víctimas y sobrevivientes porque una sabe bien el daño que cada una de esas palabras inflige en sus psiquis, en sus cuerpos (no están separados el cuerpo y la mente), en sus relaciones, en el latido de culpa, vergüenza o esa duda desgarradora de “y si tienen razón, quizás pude hacer más, oponerme, no arriesgarme”. Cuántas ideaciones de muerte han surgido sólo desde el daño de las palabras.

Tal vez el parlamentario sería más responsable con su cargo y con sus dichos si pudiera habitar por un día el cuerpo de alguien que fue violado, y escuchar por otro día, el coro de voces internas, algunas orgánicas, y otras un susurro de preguntas o recriminaciones inmerecidas por demás (nadie tiene derecho a tomar el cuerpo de otro, de ninguna edad, por la fuerza). Sólo 48 horas, y no es mucho. Pero en este lado de la historia, pueden ser siglos.

El diputado debe saber que hoy, debido a sus palabras, muchas y muchos resonamos en la memoria corporal con nuestras violaciones, o las de nuestras hijas, hijos, amigas, personas amadas. Historias tristes sobre delitos, en su mayoría, impunes. Ignoro si habrá tomado consciencia sobre la magnitud del daño que ocasiona con sus dichos. Decir “la embarré” no alcanza a dar cuenta de que así sea.

Comencé a leer no hace mucho un libro llamado “Why some politicians are more dangerous than others?” del hombre más lúcido, a mi parecer, en el tema de la violencia (James Gilligan). Pensaba en Chile, en la responsabilidad no sólo legal, constitucional, lo que es exigible de nuestras autoridades, sino también en el rol de conducir a una comunidad y de sumarnos y velar por TODOS y TODAS en la nación que eligieron liderar y servir (y este verbo lo uso con extrema cautela pues no es evidente el espíritu de servicio público más que en un número muy reducido de parlamentarios y funcionarios del Estado).

Lleguar a la triste conclusión de que en Chile, una mayoría de nuestros políticos nos hace mal, nos hace daño, y no es “victimizarse”, es sólo hablar fuerte y claro. A fin de cuentas, todos estamos volcados en nuestras vidas, nuestros afectos y esfuerzos, y no porque nuestras autoridades muchas veces (demasiadas) no están a la altura, o sean directamente lesivas por acción u omisión, vamos a quedarnos sentados llorando en nuestros hogares.

Pero nos menguan, nos erosionan en pequeñas dosis, a veces a diario, o semanalmente, y en la cuenta final de 25 años de nuestra democracia contamos con pocos nombres que salten espontáneamente a la pregunta de ¿quién recuerda usted que nos haya hecho bien como país, que nos haya invitado a sanar, respirar un momento antes de insultar al otro, que nos haya pedido trabajar juntos de verdad (derecha, izquierda, verdes, morados, tornasoles, quién sea, por ejemplo, por una causa tan universal como la infancia) y a dejar de vernos como enemigos eternos y en cambio como compatriotas, reconociendo lo que nos ha herido, y también lo que nos puede encontrar y hacer sentir orgullosos de ser parte de un colectivo que se llama Chile?

Un señor taxista me dijo una vez: no voté por Piñera, tampoco por Bachelet, pero siempre quiero que a los gobiernos les vaya bien, lo hagan bien, porque así todos nos beneficiamos. Su inteligencia y ética del cuidado superaban por lejos las de nuestras autoridades.

Vivimos tiempos realmente desconcertantes. Uno escucha en un mismo día, en las noticias, las atrocidades de un ejército que parece organizado en el mismo infierno (si existiera), los reportes de inequidad mundial y de una miseria que no tiene ninguna, pero ninguna forma de ser explicada que no sea la codicia fuera de control, o al Pdte. de los Estados Unidos decir “las barbaridades del estdilsmc (sigo negándome a escribirlo), son las mismas que cometía el cristianismo” (¡¡pero en el siglo XI!!), a Francisco I avalando el castigo corporal a los niños, o en un tono acaso tragicómico (más lo primero), a la Presidenta de Argentina tuiteando de “aloz y petlóleo” mofándose de los chinos en una visita de Estado. En nuestro país, un parlamentario relativiza violaciones.

Si todo esto no se siente como esquizofrenia, no sé entonces qué.  Pero en realidad, y aun agradeciendo a las palabras su ayuda en resiliencias, consuelos y corduras, podemos prescindir de ellas y conectar solamente con lo que estamos sintiendo, construyendo o dejando de construir cuando dejamos la memoria en el viento, y no tomamos acción responsable, al menos, sobre lo que podemos tomarla.

No está en nuestras manos detener la barbarie en Oriente, ni en los mercados financieros (distinta, pero asimismo inmisericorde), pero sí poner, expresar, exigir un límite en el trato que recibimos de nuestras propias autoridades.

Una mamá, hace un par de horas, me escribió contándome de su hija: agregaron drogas a su bebida y de otras dos muchachas, las violaron (por supuesto, sin su consentimiento, y tampoco sin mediar resistencia pues estaban inconscientes), y ese crimen quedó en la impunidad, mientras su hija continúa en terapia, sintiéndose culpable, hoy, gracias a un representante del Congreso de su país. ¿Se hará responsable él si esa joven requiere hoy una sesión de terapia de urgencia?

¿Nos haremos responsables tod@s el día en que por la negligencia o los mensajes dañinos de autoridades que nosotros elegimos o de personalidades a quienes nosotros habilitamos como “voceros”, un o una adolescente víctima de violación se quite la vida? Perdón la dureza, pero a veces parecemos olvidar que todo tiene un efecto, y que nuestra complacencia o inacción frente a aquello que pensamos no podemos cambiar (y quizás  justamente: hartos, desmoralizados o agotados), puede tener conscuencias lamentables. Al menos en relación a la infancia, la juventud, los derechos de las personas, necesitamos darnos ánimo uno a los otros y empoderarnos para actuar, en la medida que cada uno y una pueda.

No puedo hablar con pleno conocimiento desde la ley, pero desde el sentido común es inapelable la certidumbre: aquellos parlamentarios que dañen a sus conciudadan@s y que avalen o justifiquen delitos, sencillamente NO deben estar en el parlamento, por más disculpas que expresen. Es un pedido justo: la renuncia de este parlamentario u otros. O tal vez esperable sería de su propio partido, la desvinculación.

Más allá de la situación de hoy, o del parlamentario de turno en los “errores involuntarios”, se trata de detenernos y observar un patrón cuyos contornos ya no podemos eludir o hacer como que no vemos. Esto no es un fenómeno reciente, me refiero a la conducta errática del Congreso y a sus malos tratos hacia l@s ciudadan@s. El punto es cuándo diremos “éste es nuestro estándar, y éste nuestro límite”. El límite final. Y por autocuidado.

Leyes casi ridículas (ipads, memes, cueca, etc) toman -amplificadas por los medios- protagonismo sobre necesidades en verdad urgentes como la protección integral de la infancia. Parlamentarios han aludido a matrimonios de la edad media para justificar que una niña de 11 años, violada, deba llevar adelante un embarazo; o han acusado a funcionarias públicas de “embarazarse” para abusar de beneficios maternales y evitar despidos; y recientemente, varios pidieron un minuto de silencio para homenajear a un dictador responsable -según dictámenes de la justicia nacional e internacional- de crímenes contra los DDHH.

Hoy, una vez más, el daño. Sin consecuencias. La impunidad que nos devora.

Un Congreso Nacional no puede conducirse de esta manera. Estamos hablando de cargos de representación popular (y de remuneraciones desmedidas que se pagan con nuestros impuestos. Uno feliz de ver escuelas, plazas y carreteras, pero no de financiar a personas que nos maltratan). Lo decía hace un rato en las redes y lo sostengo: a estas alturas, amerita como en todo trabajo, una evaluación psicológica obligatoria para al menos descartar psicopatía y evaluar control de impulsos en quienes lleguen al parlamento.

Hemos atestiguado ya suficiente caos, mezquindades, faltas de probidad, agresividad y hasta garabatos en la gestión habitual de los legisladores. Hoy en día, no sólo debemos apagar la televisión en programas subidos de tono frente a nuestros niños, sino en sesiones del Congreso. ¿Qué es eso, por favor?

Recuerdo, mientras escribo, que muchos años atrás, en Irlanda, un país católico, fue el parlamento de la nación quién pidió perdón a las víctimas de abuso sexual infantil a manos de sacerdotes, en nombre de toda la sociedad civil. Qué distancia, esa compasión, del trato que nosotros recibimos de nuestro parlamento.

La vergüenza no es sólo ajena, es nuestra, nuestra vergüenza y responsabilidad en la forma en que votamos (perpetuando a una generación en el Congreso que hace mucho debió permitir el recambio), en que cuidamos nuestra democracia, en que decidimos (o nos restamos de hacerlo) cuáles serán las energías y las personas que la van a alimentar (o desnutrir, en realidad). Nos costó tanto recobrarla, y perdón por la emocionalidad, pero en mi generación, los jóvenes que fuimos, recordamos a nuestros compañeros de clase o de universidad que arriesgaron todo no por una utopía improbable, sino por la sencilla y poderosa razón de soñar una convivencia distinta, de poder traer a nuestros hijos a la vida, en un país en democracia. Para tod@s, sin excepciones.

Me parte el alma pensar en aquell@s compañer@s de generación, y me da vergüenza también, pero no tengo dónde ni cómo ir a pedirles perdón por nuestras insuficiencias. Sólo seguir trabajando, insistiendo en que estamos juntos en esto, y en que la violencia (cualquiera sea su forma), la separación, la insensibilidad, nos hacen mal, y nuestras autoridades, también. Y nada bueno se avizora si no recuerdan el enorme poder que tienen en sus manos, y la tremenda posibilidad que les ha dado el destino, de liderar cómo se escribe una historia buena. Una historia que seguirá pospuesta si seguimos levantando la casa sobre ciénagas. Éste, este país, y no tengo una metáfora más rimbombante, es nuestro hogar, comparable al que compartimos con nuestras familias. No podemos descuidarlo tanto, tratarlo así, tratarnos así.

La semana pasada, independientemente de nuestras adhesiones o posiciones valóricas, creo la Presidenta de la nación dio un discurso firme al momento de presentar un proyecto de ley sobre un tema difícil como la interrupción terapéutica del embarazo. Una semana después, un parlamentario de la coalición gobernante aparece ofendiendo y vulnerando a víctimas de violación, banalizando el debate así como la comisión de delitos sexuales, completamente desalineado, además, de la responsabilidad y cuidado que una legislación delicada como la que va a discutirse, requiere.

Queremos, de verdad muchos añoramos, poder respetar al Congreso, a todos los poderes del Estado, y en el contexto de ese respeto merecido, algún día, poder colaborar (y no sentir que uno lo hace por el adversario político, sino por el país) y también disentir, o expresar indignación cuando es lo que corresponde, como hoy.

Dudo que más allá de disculpas o retractaciones, sigamos sintiendo confianza. Lo sensato, en relación al sr. Lorenzini, sería inhabilitarse. O ser inhabilitado -por la Comisión Ética del Congreso, o su propio partido- sino de modo permanente al menos para la votación del proyecto ley sobre 3 causales de interrupción terapéutica del embarazo. Pero sabemos que lo más probable es que no exista sanción y, como es habitual, se sostenga el tono impune y amnésico en que mejor se cultiva la irresponsabilidad cívica y el daño.

Ahora depende de nosotr@s, y no esperemos a la convocatoria colectiva necesariamente, si cada uno y cada una puede hacer mucho. Hoy existen como nunca antes –y no hablo de las redes sociales, solamente- canales de comunicación entre ciudadanos y las autoridades.

El correo electrónico del Gobierno, la Segpres, el Congreso, los teléfonos, las cartas con sobre y estampilla, nuestra constancia, así sea en vacaciones (un período en que se da por descontado que olvidamos todo, con mayor facilidad aún). Existe una diversidad de caminos para expresar nuestro pedido y reproche (y nuestra gratitud o reconocimiento, también, cuando corresponda).

Actuemos sin dejar de pensar desde el cuidado, en el “para qué”: para qué hacemos lo que hacemos, decimos lo que decimos. Qué país estamos esbozando, añorando, deseando con toda el alma, para nosotros y nuestros niños, en cada acción, en cada palabra. Cómo hacer un pedido, por ejemplo (sea posible o no), de desafuero parlamentario, sin absolvernos de nuestro propio compromiso y voluntad por otro universo posible, sin daños, en el hogar que habitamos y donde aprendemos. La luz puede traer furia, lo decía al comienzo, pero estoy convencida: no necesita renunciar a su amor. No puede.

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3 thoughts on “Furia y amor

  1. Bravo!! esta rabia es necesaria para iluminar el espacio oscuro y dejar de buscar donde nos venden las luces. Gracias nuevamente Vinka, el respeto es tu bandera y yo la comparto y celebro.

  2. La misma furia y el mismo dolor q sientes, me estremeció cuando en plena recuperación de una cirugía de apendicitis, escuché la noticia. Algunos dijeron “cierto”, yo “repudié con todo lo q se me vino a la mente”.
    Un abrazo sist!

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