Niñ@s, saudade y soledad

Dónde construir la casa, la ciudad de los niños, dónde la escuela, la vida. No dejar pasar las preguntas que informan cada tiempo y edad sobre la tierra. ¿Desde dónde las prioridades los desvelos, los regocijos?, ¿dónde el horizonte?

Activistas y trabajadores por la niñez han reconocido en el 2014, un año devastador. Unicef lo ha descrito (leer) como  “de una brutalidad indescriptible”.

Árboles de navidad, pesebres, candelabros, linternas en el agua, velas multicolores en kwanza. Festividades en diversas culturas y tratamos de recordar de todas un poco, mientras ponemos el centro en la que mejor conocemos.¿De qué niño era este cumpleaños? y podría escribir un salmo en la emoción de escuchar a mi hija mayor contando una historia a su hermana pequeña. Saltando de Jesús, a Anna Frank, Luther King, y cada familia, o lo que un niño o niña pequeña podría ayudar a cambiar, en cualquier lugar del mundo.

En NY, dos mujeres convocaron a una marcha. Miles respondieron. El sábado asistimos a la #MillionsMarchNYC, no sé cuántas personas éramos (se ha dicho que 10, 20, 50 mil) pero sumaban cuadras y cuadras, desde el mediodía y hasta la noche. Más que contra la brutalidad policial solamente, sus voces eran contra toda violencia… la violencia mayor de que existan aún en estos tiempos tantas diferencias, tanto sufrimiento.

Ese mismo día, era el día de “Santa-Con”. Otras decenas, o cientos de personas jóvenes disfrazadas de Santa Claus o con trajes alusivos a navidad, caminaban por la ciudad, y en muchas cuadras casi paralelamente a la marcha por los derechos civiles. Los “viejitos pascueros” iban de juerga, bar-hopping, de bar en bar el festejo.

En una esquina, a una muchacha activista, otro joven vestido de “Santa” (y algo ebrio) le dijo “get a job”, como si a las manifestaciones asistieran sólo personas que no tienen nada mejor que hacer, o son desempleadas, flojas, o “débiles” y dependientes de beneficios sociales: esa “carga” para el país que veía el candidato -y supremacista, en realidad- Romney, esos “otros” de quienes habló con desprecio en un acto privado de la campaña presidencial (filtrado a las redes sociales) el año 2012, asegurando su derrota.

“Los otros”, los que se ven lejos, hasta que la experiencia y la rueda de la vida, nos intersecta y nos convierte en ellos, en “nosotros”. He compartido esa experiencia con muchas familias en la esfera del abuso sexual infantil.

Viene pronto el cambio de año y 2014 hereda al 2015, quince millones de niños y niñas que sufren lo inimaginable, en distintas latitudes.

Secuestros, torturas, tráfico humano, genocidio: como dijo Unicef, “indescriptible”. Siglos de evolución humana, toda la información o educación imaginables, y nada, nada ha servido para detener y erradicar atrocidades como las que hemos atestiguado este 2014, sin pausa, sin que se aviste final.

En Chile, nos sentimos lejos, tan al sur en la Tierra. Son “otros niños”, “otros países”. Nuestra lejanía de conflictos armados y miserias inimaginables, a veces, nos permite creernos un poco más a salvo. Pero la vulnerabilidad de nuestros niños existe, de todos modos. Y para nuestro país sigue siendo demasiado el riesgo que asumimos cuando no prevenimos sufrimientos que deberían ser -y que pueden ser- perfectamente prevenidos.

Es diciembre, se va el año, y un cuarto de siglo desde el retorno a la democracia. En 1990, con don Patricio Aylwin como presidente, Chile suscribía a la Convención  Internacional de Derechos del Niño. Era un acto de inmediata apuesta al presente y al futuro, y una imagen profundamente inspiradora: de nuestra democracia como un cerco de cuidado mayor alrededor de los más pequeños. ¿Qué nos pasó?

Entre 1990 y 2014, no llegamos a materializar una Ley de Protección Integral de la Infancia.  Somos el único país de Sudamérica que no cuenta con ella, y seremos el último en tenerla. En materia de educación el trazado es confuso y en ello se compromete el proyecto de vida futuro de muchas generaciones de niños. En salud, sólo quisiera recordar  a una niña de 13 años en Carahue -y antes otra niña de 11 años, en Puerto Octay-. Su embarazo resultado del abuso sexual sin posibilidad de elegir, de interrumpir ese sufrimiento por razones humanitarias y de salud. Tanta desgraciada soledad en que la dejamos.

No podemos estar pensando sólo en penas, está claro; cada uno tiene un cierto tiempo sobre la tierra, en la vida. Pero desconectarnos de nuestra emoción y humanidad, nos deja más solos que nada. Más desvalidos.

Hablaba con una mamá, hace poco, cuyas hijas fueron abusadas. No habría podido sobrevivir la trayectoria, ni ella ni sus niñas, “si no hubiese sido por los demás”. Se refería a la justicia, vecinos, profesionales de apoyo (profesores, abogados, enfermeras en consultorios, psicólogos, etc), otros padres y madres de su escuela. Ahí estuvo lo más terapéutico, lo más sanador: la comunidad, la compañía. Ahí algún alivio.

Poder descansar, dormir, traer a nuestros hijos al hogar, la ciudad, velar por ellos, nosotros. No soy católica ni creyente pero algo resuena hondo del Salmo 127 (o 126; y su salto del hebreo al griego, latín, español, con todo lo que puede haber quedado “lost in translation”).  “Cum dederit” de Vivaldi (para escuchar, aquí), lo que no puede ser dicho con palabras.

¿Quién cuida? ¿A quién le urge? ¿Nos urge?

En Chile, el año 2012, se presentó al Senado un proyecto de Protección Integral a la Infancia (P. Walker, M.Soledad Alvear, JP Letelier). ¿Por qué no pudimos avanzar sobre eso? Ya contaríamos con la ley. Talvez, con un Defensor del Niño independiente de gobiernos de turno.

En cambio, se optó este 2014 por crear una comisión ad hoc (Consejo Nacional de la Infancia) que debe formular una propuesta legislativa de Protección Integral a la Presidenta, en el plazo de un año (al 14 de marzo 2015, prorrogables en 6 meses y eso daría Septiembre del 2015, ojalá que no).

Existen buenas intenciones y creo que todos podemos valorar actividades para la niñez, e instancias donde se ha recogido la voz de los niños. Y si fuera el 2008, 2000, 1996, apreciaríamos todavía más que se consulte la opinión de expertos y ciudadanos para articular una ley de protección integral (ver sitio web de Coninfancia). Pero es 2014, y no podemos seguir gastándonos tiempo que no es nuestro; tiempo de la nueva generación.

Miro los ojos de Emilia. Brillan, se inquietan. Escucho a mi hija mayor, hablando a su hermanita de ese “buen hombre que vivió hace mucho y quería a los niños”. Luego los porqué, todo aquello que la más pequeña no logra engranar en lo poco que ya conoce de ciertas realidades.

No tenemos respuestas.

Vuelvo a los meses y semanas pasadas, días recientes. Reportes sobre los niños en hogares de protección (y hasta cuándo serán administrados por personas ajenas al Estado, y condonado el hecho esencial de que no sean nada, pero nada cercano a lo que entendemos por “hogar” o por “protección). En el pasado, hubo niños que en dictadura vivieron las peores pesadillas, y casi siempre, a lo largo de los años, han sido más bien una línea al final, o a un costado de Infomes de DDHH sobre esa época.

El Informe Valech dio cuenta de 2200 niños que sufrieron prisión y tortura. Sólo el 2013, apenas un año atrás, una joven periodista hizo visibles sus experiencias (Gabriela García, en revista Paula). Y ahora, apenas anoche, diciembre 2014, otra periodista mujer (Consuelo Saavedra en Informe Especial, ver) abre el tema de la tortura, los sistemáticos abusos sexuales y  violaciones a mujeres detenidas o detenidas y desaparecidas, lo que desconocemos sobre el destino de sus hijos vivos, o no, pero ¿quién los busca, con qué urgencia?

En el cotidiano de una ciudad, la semana pasada se comparte la foto de un abusador de compras en el supermercado, en atuendo, o disfraz más bien, de sacerdote (y digo esto responsablemente, pensando en otros hombres que sí dedican su vida al servicio de los demás, y que jamás han abusado ni abusarían de los más indefensos).

Cualquiera de nosotros, con nuestr@s hij@s de la mano, podríamos encontrarlo en la ciudad. Su víctima, también (una niña al menos, según la justicia, pero yo le creo a su hermana, y de otros niños no sabemos).

La impunidad que nos acompaña. La indolencia, demasiado tiempo ya, y son much@s l@s niñ@s y adolescentes que también corren el riesgo de encontrarse con sus victimarios en “libertad vigilada” y pido perdón por insistir en estas miradas pero sumamos ya demasiadas historias, otro año, y siento que los finales ni siquiera felices, sólo decentemente humanos, nos eluden.

A veces pareciera que no nos importa.  Cada uno y una, en familia, de seguro nos condolemos y nos sentimos en deuda. Pero como PAIS (así en mayúscula) estamos todavía en la espera. Ha sido mucha ya. Y queda aún.

Protestas se dejan sentir de vez en cuando, pero no interpelamos a nuestro gobierno con una claro basta, o hasta cuándo, si se trata de los niños, y tampoco los distintos colectivos políticos están dando el ancho en relación a la infancia.

En períodos breves es posible observar, en todo el espectro de partidos/liderazgos políticos, las más extrañas combinatorias de desatinos, irrespetos, desorientaciones (o errores flagrantes) y no dejan de ser angustiantes, más, cuando vienen de la máxima autoridad. Puede sonar naive, pero la resonancia es cercana a soledad. No encuentro otra palabra.

Presidentes y líderes políticos pueden sumar a las personas, y pueden también incidir en la salud o el desgaste (material, moral, emocional) de una democracia, y de su gente. Si se alimenta -por acción u omisión- la soledad, la frustración, la indiferencia, no veo cómo ninguna democracia podría ser capaz de cuidar una sola vida. Menos si se trata de sus niños.

Llegando al fin de este 2014 -y aunque nos haya despertado el ánimo el Premio Nobel de la Paz otorgado a dos activistas mayores por la infancia- cuesta mirar hacia el nuevo año. ¿Cómo disponernos? Con amor, a pesar del sentimiento de saudade que nos ronda.

Saudade. Una palabra prestada y difícil de traducir si se aleja de su lengua madre (el portugués), pero que trae nostalgia (por lo que fue o no fue, lo que pudo haber sido, o lo que podría ser), melancolía un poco, y también un deseo profuuuundo de llegar a un lugar que no es todavía. Tal vez esta definición de una cantante portuguesa (ella tiene que saber mejor) sirva:

”La saudade es algo que sentimos cuando estamos, por ejemplo, lejos de quien amamos. Es un sentimiento inclusive un poco alegre, porque permite sentir el amor en la ausencia, que el amor no desaparezca. Es siempre un sentimiento de esperanza… una espera creativa… una manera de acreditar que nuestras experiencias del pasado que nos han sido significativas tienen vida futura, porque están con nosotros.  La saudade tiene que ver mucho con la vivencia del tiempo: del presente, pasado y futuro. Es un sentimiento que conecta todos estos momentos”, Teresa Salgueiro, grupo Madredeus 

Saudade como talismán, sortilegio, perdón sobre lo que no hemos realizado aún, y memoria sobre lo que, igualmente, hemos logrado aprender. Saudade como acto de resistencia ante la inacción, la dureza; con toda el alma, nuestros duelos, y también nuestra buena voluntad. Junt@s. Sobre todo para l@s niñ@s, sin más soledad.

 

 

muural

Mural realizado por jóvenes artistas (CRC Sename, ex-infractores) en Punta Mira Sur, ciudad de Coquimbo, Chile, para los niños de su comunidad.

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