“Agüita de Cloro” (Cecilia Casanova 1922-2014)

cecilia

 

Esta mañana partió Cecilia Casanova, poeta chilena infinita, mamá del amigo que más he amado en mi vida, y una mujer por la que habría sentido admiración y cariño en cualquier universo donde nos hubiésemos encontrado (con o sin mi amigo tendiendo el puente). No puedo estar allá, ni con ella ni con él, y recurro a lo único que sé. Escribir, recordar.

Mi pena tiene 10 años de edad, luego tiene 46. No es tanto tiempo, pero es.

Fue en 1978, en mi colegio. Una de sus sedes, la de Bellavista, dejó de existir y sus alumnos llegaron a nuestro anexo, en almirante Pastene. Vendrían, entonces, nuevos cumpleaños. Uno muy especial, en una casa de Pedro de Valdivia cerca del cerro, con papás artistas y un amigo (el hijo menor) que sería para la vida. Observador, sensible, distinto a todos mis compañeros de entonces, y pilar de momentos indecibles –jamás supo entonces qué historia exactamente estaba acompañando-. Cómo no jurarle amor y amistad, más allá de los tránsitos que nos tocaran a cada uno (y las muchas latitudes) en los años venideros.

san gabriel

Su mamá era una mujer apasionada, tornasol, bastante mayor que las demás mamás del curso. Su compañero era un hombre sereno, dulce, buen padre. Había entre ellos algo poderoso que a nuestros años -como niños y luego adolescentes- no habríamos sabido cómo describir. Energías de fuego y península, dispares a veces, siempre cómplices, distinto su amor a lo que nos era conocido hasta entonces. La adultez podía quizás ser compleja, pero también vasta e interesante: entre dos, lealtad, y tan intensa. Cuando él murió, nada cambiaría.

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 El año 2008, a punto de dar a luz a mi segunda hija, Cecilia nos regaló una ceremonia que jamás había tenido ni tendría con mi propia madre biológica. Una tarde de té, de letras. Conmigo, el aliento a seguir escribiendo, los consejos, el desprendimiento de su maestría (esto, a un año de haberse publicado el Agua Fresca…) y un tiempo maternal, de preguntas y respuestas inconfesables en ningún otro espacio.

Para mi niña por venir, esa tarde sería de abuela, mujer sabia y más antigua de la tribu que necesita contarle a la más chiquita la historia de todo…todo lo que pudiera establecer como inolvidable (por si faltaba tiempo): encajes, lluvias, subversiones, autos antiguos, el deseo, el coraje, el lugar en el mundo que sólo la voz propia (sin capitulaciones) conquista, y la sencillez, alas, ceremonias, fragancias, banderas enormes y anónimas. Ser inocente.

Como Cecilia: entregarse a la hondura de crecer, de envejecer (a pesar de todo). Decenas de silabarios que le servirían a Emilia como niña y como la mujer que algún día llegaría a ser.

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Mi Emilia escuchó –y su cuerpo recordará- entre soplos de sangre y bocinas de micro, la voz diáfana de una mujer que pasados los ochenta, seguía siendo tan lúcida y hermosa como en nuestro primer encuentro, treinta años antes. Nadie a mi niña le ha hablado como Cecilia, ni antes ni después de nacer. En la ronda de mujeres (las que debieron ser), no hubo más que ella, que entregara tanto, y sin conocerla.

Me quedé en el sofá y acomodé mi cuerpo para que mi niña pudiera escuchar. Cecilia había perdido en un período breve no sólo al amor de su vida, si no también a un hijo mayor: la mayoría de sus poemas de esa tarde fueron de duelo, de nostalgia, desde la cornisa de su alma, y no obstante había tanta vida ahí. Jamás habría imaginado que uno de los regalos más sagrados que mi hija podía recibir –aún en mí- serían poemas que desde la muerte la invitaban a venir y saciarse de amor. En lavida.

Bienvenida Emilia, apenas dos semanas después. Junto a la nueva generación, sueño que mi hija descubra la poesía de Cecilia y la haga suya una vez más. Que la acompañe para dar gracias, o para tomar decisiones aguerridas. Para amanecer cualquier día, y cuidar.

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Me cuesta decir más, hacer pausa en imágenes que no se detienen desde que recibí la noticia de su partida, por teléfono, esta tarde. Sólo puedo afirmarme de dos años, 1978 y 2008, recuerdos de sus pinturas, su voz, sus escritos, sus ojos claros. Dos momentos como muletas, como espadas en vela de armas, como flores y brazos que no llegarán a cruzar el Ecuador en esta noche que queda abierta e incompleta hasta que yo misma parta hacia la otra orilla también.

Que sea una buena travesía para ella. Que la esperen con mucho amor.

*****

La última aparición pública de Cecilia Casanova fue para la presentación de “Poesía Reunida” una selección de sus poemas, prologada por Adriana Valdés, Colección Poesía UV de la Universidad de Valparaíso de Chile (ver video).

********

Por último, y aunque se repita, éste escrito fue publicado el 2012 cuando Cecilia Casanova había sido nominada (y debió haberlo recibido) al Premio Nacional de Literatura. La selección de versos que acompañan, la hicimos juntos su hijo y yo, para El Post.cl.

Con agüita de Cloro: Cecilia Casanova, Archivo ElPost 2012 (Premio Nac. Literatura)

“… la pureza de un vaso de agua fresca en el cual lo artificioso y lo falso están descartados en aras del difícil amor hacia la verdadera luz de la poesía”: Jorge Tellier sobre Cecilia Casanova, poeta chilena nominada al Premio Nacional de Literatura 2012.

Tiempo atrás escribía con admiración y prudencia sobre la poeta polaca Wislawa Szymborska, en días de su partida de este mundo. Hoy escribo con timidez semejante para celebrar, en vida, a otra poeta tremenda: Cecilia Casanova, de 89 años, nacida y residente en Santiago de Chile.

Ella dice siempre (y lo dejó muy claro en Una Belleza Nueva, con Cristian Warnken, el año 2011) que sus poemas los pasa “por agüita de cloro”. Así queda lo esencial: todo eso que es sencillo y cotidiano, y no por ello deja de ser hermoso, desafiante y problemático, o cargado de milagro.

Pájaros de todos los días; un retrato, o un cascabel, que puebla completo el hogar; quinientas posibilidades de sol en plétoras o duelos; migas de pan, insectos, globos, polveras y objetos domésticos; campos y cerros, playas o ciudades donde las personas se conocen, se aman y mueren también; emociones y energías femeninas, masculinas, infantiles y ancianas; autos antiguos donde refugiarse para hacer el amor con el marido, lejos de hijos también adorados.

A UNA FLOR: Me había habituado a verte/salir del vaso/blanca/lisa/fastuosa/Símbolo de lo que se inicia/Anoche/mientras dormías/la muerte te echó el ojo/Transfigurada/angélica/insustituible/reposas entre dos versos de Rilke.

PREPARATIVOS: Su miopía/impartió una suerte de neblina/en el espejo. Algo irreal, fantástico/ No escapó ni al tordo de azabache/ que silbaba en su sombrero.

RESUMEN DE LA TARDE: El color de tu piel /una pastilla de menta/sobre un libro/Los pájaros/vociferando/en el árbol/RESUMEN/DE LA TARDE.

DESVELO: Nada puedo hacer/para acortar las noches/donde pienso/muero/y hasta resucito.

Los momentos y las vidas que habitan los poemas de Cecilia Casanova nos son familiares a muchos de nosotros, cada día. Pero gracias a su pluma, nuestras emociones, rutinas y humanos pasos, todos ellos, cobran una estatura  y sacralidad especiales. Quizás porque en voz alta subvierten la distracción, esa tentación o imposición de tiempos vertiginosos y egoístas, donde la gratitud y la necesaria y elemental vigilia sobre nuestro corazón, corren peligro.

TEMA DE PÁJAROS: Porque tenemos mucho que decir/callamos de una manera torpe/Habituados a oírnos/ en el movimiento de las manos/en la actitud de volver los ojos/ La ventana nos brinda temas de pájaros/pero cuando voy a señalártelos/el cielo está solo/Regresamos perdidos cada uno en un bosque/ demasiado cerca para rozarnos.

SIETE COLORES: Fue un acto triste descolgar la jaula/mucho más cuando los niños descubrieron/una plumita pegada al columpio/Era un pajarito sin gracia/comprado en la vega/por un arranque de ternura/En el entierro/cantaron sus compañeros libres/una misa de réquiem.

Me pasa, desde mi nostalgia de niña con el paraíso y tierra prometida del hogar, que leyendo sus poemas gano alas inmensas (y no obstante, delicadas en no pasar a llevar un orden solemne) para orbitar o danzar alrededor de las cosas más  sobrias y majestuosas: lo que respira en la cocina, el jardín, las habitaciones de mis seres queridos. El mismo arrobamiento que he sentido desde siempre frente a cajas de música de distintas épocas y materiales (desde maderas nobles a cristal o papel maché), me toma entera leyendo a esta dama.

Del libro “DE CADA DÍA”:

IV. De vez en cuando/existo tanto/como si hubieran/ miles de yo multiplicándose. Hoy por ejemplo/si me aplastaran/bajo unas piedras/o me enterraran/surgiría más allá/y más allá.

VII. Una mariposa vuela/por mi pieza oscura/ Compadecida he abierto/la ventana/para mostrarle los faroles/que alumbran la calle. Pero ella persiste/en volar aquí/ Como si fuera mi simple alegría/su única luz.

ÚLTIMOS DÍAS: Te doy pedacitos de chocolate en la boca/te abrazo/te quiero/Desde afuera/la primavera se esfuerza/para que la oigas/Pero a lo mejor te haría mal/como a mí/cuando esta mañana/al abrir las ventanas/se desmoronó el canto de los pájaros.

Intentar describir la unción, es casi imposible. Un estado similar se cuela en los versos de Cecilia Casanova, y en ese estado permanece todo: segundos, horas y a veces tiempos infinitos después de leerla. Hay transformaciones que acompañan, sutiles unas (como en el giro de mis residencias luego de leer Tormentas de Marzo: abrí la ventana/para que se metiera la tormenta/segura de que arrasaría con la mía/pero se quedaron las dos) y otras, a temperatura de fundición (como cuando mi marido y yo leímos Poemas del Vago y del Simpático, y el amor y el cuidado se nos tornaron plegaria y juramento).

Es inútil. No lograré expresar lo que quiero. Pero hay otras personas, con mucha mayor autoridad, quienes han dicho y dicen de Cecilia Casanova y su obra:

 “Parece que las palabras resbalaran, despreocupadamente, como ignorando su propia carga de vastedad, y, de repente, se alzan en un salto que rasga las nubes más altas del pensamiento”, Andrés Sabella.

“Una atmósfera donde los cuentos de hadas no son necesarios ya, pues la más elemental de las realidades los ha superado”, Jorge Tellier.

“… como un trazo caligráfico de la escritura china, a medio camino entre la palabra y la imagen, haciéndolas tocarse en la gracia de una sola, ligera huella …presente al borde la nada. Poemas hechos de instantes mínimos, en lo que relumbra, intempestivamente, lo inmenso”,  Adriana Valdés.

Releo estas sentencias magníficas, reflexionando sobre cuánto más debe ser traducido o descubierto  para reconocer virtudes y trayectorias relevantes e inolvidables en la literatura de un país, o de un mundo. Desde Gabriela Mistral no ha habido una poeta chilena que reciba el premio nacional de literatura.

No soy experta ni jurado; nadie que pueda decidir laureles, o entender por qué no han sido ya conferidos, décadas atrás, a poetas de la talla y recorrido de Cecilia Casanova. Pero al menos sí tengo derecho a preguntarme, como ciudadana común, qué hace falta demostrar o hacer (que no sea lobby), para reverenciar dignidades y talentos que irradian y que nos ennoblecen a todos, de alguna forma.

La poesía es agasajo compartido y colectivo: llega a nuestros hogares en libros o en papelitos donde copiamos versos imperdibles, y en resonancias del corazón que tiene la mejor memoria auditiva para ciertos mensajes que, como decía, transforman lo que somos y sentimos.

¿Cómo no agradecer a tiempo, entonces? ¿Qué relato sobre las virtudes, los méritos, los años de esmeros, dejamos a las generaciones jóvenes cuando se ignoran o desconocen obras chilenas destacadas?

Más allá de todo, sé que solo puedo hacerme responsable de mis deudas, y homenajes. Escribo este posteo escuchando a Laura Veirs, una trovadora preferida y caigo en la cuenta de que, en sus canciones, ella marca el mismo latido que Cecilia Casanova deja aquí, cada vez de leerla: grácil y horadante, frente a todo lo incierto, precario y también virtuoso que se apuesta en cada humano día sumado a nuestro haber.

En las palabras perfectas de nuestra poeta de casi noventa años (que son un aval potente sobre la integridad de lo vivido):

“Algo me afirma aquí dentro/ Mi amor por la vida, los seres, las cosas/ se hace cada día tan mayor”.

 

(Agradecemos a Enrique Moletto Casanova, por los versos de todos los tiempos, y por estos videos, donde su madre recita cinco de sus poemas, el año 2007, ver enlace)

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3 thoughts on ““Agüita de Cloro” (Cecilia Casanova 1922-2014)

  1. ¡Un comentario? para el homenaje que Vinka Yackson le rinde a “Cecilia Casanova poetisa Chilena” (l922.2014…..imposible de comentar sería muy soberbio de mi parte tratar de ponerme a las alturas de Vinka, cuando todo lo que ella escribe y ha escrito es realmente maravilloso ….ésta lectura a sido un relajo y un premio, ¿por que? por poder leer, un precioso, sentido y soberbio homenaje a Cecilia Casanova, y respecto de ésta última, hago mías las palabras de nuestro insigne poeta “Andres Sábella” que dice sobre la poesía de Cecilia: “Parece que las palabras resbalaran, despreocupadamente,como ignorando su propia carga de vastedad y, de repente, se alzan en un salto que rasga las nubes más altas del pensamiento”….(Andres Sábella)….
    Vinka, Andrés, en un par de lineas, sobrecogen por su altura. Solo me queda atesorarlas y disfrutarlas en silencio, esperar que Andrés y Cecilia, se reencuentren y que sus dones regresen a nosotros….
    Para Vinka mi sincero reconocimiento a su basta labor y que mis nietos sigan contando con ella muchisimos años mas.
    Con mucho cariño y admiración.
    Cecilia Reyes Franzani.

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