Agasajo (cumpleaños infantiles)

I will be the gladdest thing/Under the sun/I will touch a hundred flowers and not pick one — Edna St Vincent Millay

Los ritos son importantes, como comunidades, familias, a toda edad, y pocos ritos son más importantes para los niños que sus cumpleaños.

Para madres y padres también es un momento muy especial: de alegría por la presencia de ese hijo o hija en sus vidas, de gratitud por su propia maternidad o paternidad, una instancia para expresar amor, para contemplar (y detener el tiempo) la sonrisa más radiante del mundo. En alguna parte de esta historia algo salió fuera de curso.

La sociedad de consumo y la industria de las celebraciones expanden su influencia y cada vez son producciones mayores no sólo los cumpleaños infantiles, sino muchos otros festejos, bienvenidas a los recién nacidos, santos, días para celebrar a todos, la madre, el padre, abuelos y tíos, la amistad, en fin. El calendario queda corto para tanto “día de…”. Y es un placer poder recordar y celebrar afectos y a personas especiales en nuestras vidas. Debería ser, cuando lo que queremos decir, a fin de cuentas, es “yo te aprecio, te quiero, te doy gracias”.

El placer pierde un poco de energía ante las expectativas desmedidas que inclusive nosotros mismos podemos imponernos. El “ideal”, y la oferta que es inmensa en formas de materializar una celebración (junto a los más diversos presupuestos) nos cercan. A la par, proliferan propuestas para “simplificar” los cumpleaños, pero que éstas se hayan vuelto necesarias nos habla justamente de la escasez de simpleza y de la dificultad en estos días para lograrla.

Lo positivo es que el tema de los cumpleaños no sólo se está revisando en Chile: en otros países se reflexiona también sobre el mismo estrés, así como sobre resistencias, preguntas y  posibles soluciones. La creatividad es una forma hermosa de desacato

Hay familias que han optado por cumpleaños alternativos a las mini o mega producciones que se realizan por estos días. Manualidades, el hogar, una forma “ecológica” de responder. Mientras no sea sólo otra versión para el estrés, esta vez uno “alternativo” (sumado a la angustia, más de una vez, de no querer afectar la relación de nuestros niños con sus compañeros, o su percepción en el grupo), bien pueden servirnos de ejemplo y de guía.

Algo que puede ayudarnos es que quizás antes de llegar al primer cumpleaños del primer hijo o hija -y como en todo tema relativo a sus vidas-, pudiéramos conversar sobre cómo los imaginamos o nos gustaría que fueran: qué queremos expresar con ellos, qué  estamos priorizando en verdad.

Vale hacernos la pregunta sobre qué nos mueve: ¿la alegría inolvidable de nuestros niños, un estilo e identidad de la familia, la inserción de nuestro hijo, sentirnos aprobados, buenos padres, enmendar por algo del pasado? Cualquiera sea la motivación principal, tratemos de definirla, volver a examinarla de forma que los cumpleaños puedan ser sólo un gusto y un gesto amoroso y entusiasta, y no una pesadilla.

Puede ser útil, entre las consultas que hacemos padres y madres a los jardines, escuelas, colegios donde matriculamos a nuestros hijos, incluir la pregunta del cumpleaños y qu[e se prioriza. O bien, cuando asistimos a las primeras reuniones de apoderados, ojalá no tener timidez en plantear el tema porque el estándar que se pueda acordar determina años por venir para ese grupo de niños y familias. Si en kinder todos están con la presión al máximo, ¿qué queda para los 13, 15 años? Podemos partir con más simpleza.

Eso supone conversar del cómo, el dónde, y es distinto un lugar donde sea posible jugar juntos, que uno donde los niños terminen jugando cada uno por su lado. También está el tema de los presupuestos, el valor de los regalos, etc. Sobre estos y más puntos se pueden tomar acuerdos; reflexionar sobre qué necesita realmente un pequeño de 2, 6 u 8 años. No se trata de restricciones sino de colaboraciones en una comunidad que al menos, como se da en Chile, podría compartir más de una década en un mismo colegio.

Siendo mamá de dos niñas con veinte años de diferencia, ha sido complejo el tema de los cumpleaños porque el escenario cambió radicalmente en dos décadas.

Al partir de Chile a mediados de los noventa, los cumpleaños a los que asistía mi hija mayor se realizaban en las casas de sus amiguitos, había torta y golosinas, se invitaba a todo el curso (como política del colegio, informada al momento de la matrícula), y los apoderados sólo iban a dejar y a buscar. Adicionalmente, se le podía pedir a un hermano o prima joven (generalmente scout), y si no, a universitarios que trabajaban part time que ayudaran con juegos y animaciones para un grupo de niños que no era menor: compañeros más primitos.

No fue muy distinto lo que encontré en nuestro nuevo hogar, en otro país donde recién a los 12, 13 años, hubo algunas fiestas más producidas, pero durante la enseñanza media todos los cumpleaños fueron en las casas y en horarios bastante razonables. No sé si fue solo buena fortuna, pero no recuerdo ni una sola oportunidad en que mi hija volviera triste o accidentada de una fiesta durante su vida escolar: siempre regresó feliz y lista para dormir. Tampoco recuerdo de ella o sus compañeros que compitieran en esta esfera, ni que exigieran a sus padres mucho más que una torta de un sabor preferido y quizás con un personaje o un mensaje especial junto a las velas. Ni siquiera en EEUU, el imperio del consumo, vi mayores estreses en esa época.

Muy distinta fue la realidad que me encontré en el regreso a Chile el 2011. Inclusive, los cumpleaños en  jardines infantiles habían aumentado la “producción”. Un colega me dijo “esto no es nada. Prepárate cuando entre al colegio”. No le creí y tuvo que mostrarme fotos en su celular de varios cumpleaños del curso de una de sus hijas. Comencé a preguntar en todos lados, y me di cuenta de los esfuerzos, a veces al punto de importantes endeudamientos, que hacían las familias para celebrar los cumpleaños. No era lo único que había cambiado.

Ahora, además de los niños, asisten los apoderados. Todos ellos, en prekinder, kinder y hasta segundo básico a lo menos, a veces más. Cualquier presupuesto de cumpleaños duplicado o triplicado no es menor, y pocos hogares cuentan con el espacio donde reunir a tantas personas permitiendo además holgura para los juegos de los niños, que al final es lo que debería ser central. Quizás por eso la enorme oferta de locales y modalidades de cumpleaños – verdaderos “paquetes”- para todos los presupuestos. La presión es evidente.

En tres años nos ha tocado asistir a sólo un cumpleaños, que no era del colegio, organizado sin papás (el pedido fue explícito: NO vengan). Confieso que me costó, dejé teléfonos, un papelito con recordatorios varios (sobre alimentos, susto a la piñata, idas al baño, y casi frecuencia cardíaca y número de pecas) y nos fuimos con mi marido a un café muy cercano, por cualquier cosa.

Cuando llegamos puntualmente a buscarla (duraba dos horas exactas) encontré a mi hija dichosa -y todos los niños, en verdad-, los papás conversamos unos minutos, ayudamos a recoger algunas cosas, y acordamos todos partir al mismo tiempo de forma que los niños no sintieran que se perdían de algo. Salí de ese festejo preguntándome muchas cosas.

Soy enfática en vindicar el argumento del cuidado, la cercanía de los padres y madres, y la construcción de confianzas gradualmente, pero también me surge la pregunta sobre nuestro rol en ir habilitando seguridades, autonomías en nuestros hijos, paso a paso. El ritmo lo va estableciendo cada familia, en función del niño o niña, su edad, sus características, sus recursos.

En estos días, muchas veces, si una mamá pregunta si debe acompañar a su hijo o si quizás no los estaremos ahogando, muchos la miran como desnaturalizada o antisocial. He oído comentarios como “estos papás sí son preocupados” –siempre asisten a las celebraciones- pero pueden estar perfectamente haciendo vida social sin ocuparse mayormente de un niño o niña que está, por ejemplo, no corriendo riesgos físicos, pero sí tratando mal a sus compañeros durante la fiesta.

Siempre hay más de un ángulo y quizás lo que valdría preguntarse, además de las preferencias y recursos de cada familia y las consideraciones muy específicas en relación a nuestros hijos, es si entre la producción épica y masiva del cumpleaños, y formas más sencillas de hacerlo, no habrá otras modalidades intermedias donde, con confianza en el cuidado,  los niños puedan disfrutar de sus festejos, y los papás y mamás disfruten también, con menos presiones. Por ejemplo tomando turnos en grupos de mamás y papás (no todos los del curso) para potenciar el cuidado de los hijos y para ayudar durante la fiesta, o bien reuniendo un par de cumpleaños cuando fechas son cercanas, en fin.

Un papá me comentaba que hay períodos en que todos los fines de semana hay cumpleaños, a veces sábado y domingo, y que se siente culpable de no querer llevar a su niño. A mí me ha pasado también. Porque quiero tiempo personal, de familia y con mi hija en un pulso diferente al de la semana. Agasajo, el hogar.

Tan importante como el juego libre en días feriados y hábiles (y soy enemiga de las tareas, y no uso “enemiga” livianamente), es que los niños puedan estar en su casa, ser parte de y ojalá disfrutar de rutinas domésticas (para no asociarlas el día de mañana al “tedio”), conversar con sus papás y mamás, o hacer nada a veces, y aprender a descansar, a ir más lento, a no tener que correr de una actividad a otra. Hay chiquitos que con o sin cumpleaños pasan mañanas y/o tardes enteras del fin de semana ocupados y te dicen “yo quiero estar en mi casa, eso no más”. Escuchar.

Escuchar también lo que cuentan en relación a los cumpleaños.  “Lo que más me gustó” puede no ser el regalo más caro o más trendy, sino que vino una primita de fuera de Santiago, un determinado juego, o que la profesora les haya escrito un pequeño saludo. Me pasó con mi hija que de su cumpleaños más reciente (el sexto, y fue importante, confieso, porque era cumpleaños y fiesta de despedida de Chile) lo que más disfrutó fue un dibujo que le hizo una amiguita, unas guirnaldas que recortamos juntas semanas antes, y el que su hermana mayor se disfrazara de Spider-man. Ese fue su relato principal, para nuestra sorpresa. Incluso semanas después, en otro país, la misma memoria.

Siento que acaso lo más valioso de los cumpleaños tiene que ver con que nos invitan a mirar el significado que celebrar amores tiene para cada uno. Cuánto espacio libre encontramos ahí; cuánta consideración. Hay preguntas sobre la ostentación, la moderación, los ciclos de la vida (¿cómo lo haríamos en tiempos difíciles, de cesantía ni dios quiera, de apremios, o esfuerzos por otros horizontes donde el ahorro es esencial? cuánto autogobierno podemos sensata o ligeramente sacrificar por endeudarnos), los límites que nos ponemos y los que no elegimos, lo que queremos hacer, transmitir a nuestros seres queridos con nuestros actos de agasajo.

Como todo, los cumpleaños también son instancias de aprendizaje para nosotros y especialmente para nuestros niños, y junto a otros valores como la amistad, el compartir, convivir, asimismo es un valor el cómo nos acercamos a los ritos, cómo aprendemos a dar, a recibir, a disfrutar y pasarlo bien, qué necesitamos para ello (cuánto puede necesitarse, en verdad),  qué sentido le damos.

He conocido niños y niñas que al crecer, eligen por ejemplo pedir de regalo de cumpleaños (o navidad) algo para otros, o cumplir un sueño especial (que no necesariamente implica gastos), o que esperan ansiosos la fecha porque sus papás, o sus abuelos, cada año les hacen un pequeño álbum de recuerdos del año que acaba de pasar. Hay más matices que sólo una gran fiesta y los esmeros que se ponen en ella (o los sacrificios, que muchos papás realizan amorosamente). Este tiempo nos abre una buena oportunidad de explorar y conocer estos matices. De aprender y re-descubrirnos también, junto a nuestros niños, en las familias que somos.

 

P.S: Recomiendo la lectura de esta excelente  nota de la periodista Mónica Stipicic acerca del tema “El Estrés de los Cumpleaños”– Oct. 11, 2014

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