Claves del cuidado ético

Si tuviera que renunciar a todas las palabras, y conservar sólo un puñado de ellas para compartir con las nuevas generaciones, y mis propias hijas (como una luz para la intimidad donde cada ser humano examina y elige, día a día, sus actos de amor, trabajo, ciudadanía), éstas serían las de un viejo proverbio irlandés que reza: “En el cuidado de los unos por los otros, la gente vive”.

La gente vive, la vida es posible, en el cuidado. Milenios de la humanidad han dependido de ese solo acto que nos hermana sin objeciones: todos hemos sido, somos, hijos e hijas de alguien; todos comenzamos nuestras vidas en la dependencia de los demás. Y sobrevivimos el delicado tránsito del vientre materno al mundo (y muchos otros momentos en la vida), gracias al cuidado que otros nos prodigaron respondiendo a un imperativo inexorable: “alguien necesita ser cuidado: alguien cuida”.

Antes del lenguaje, de la organización racional de principios como “el derecho a la vida”, los seres humanos respondían al imperativo de la supervivencia y de la continuidad de la vida -como otras especies lo hacen, desde siempre-, cuidando de las nuevas generaciones.

Entre nuestros orígenes y el día de hoy, el cuidado ha atravesado por diversas etapas y aunque existen marcadores nobles -como los esfuerzos para promover y proteger los derechos humanos de la infancia-, la realidad en este nuevo siglo y milenio, aun con todos sus progresos y conocimientos, nos encuentra todavía lamentando pérdidas y daños infligidos a los niños, niñas, y sus vidas. En todas las latitudes.

La responsabilidad es colectiva en el cuidado de la infancia, y también lo es cuando fracasamos en dicho cuidado: cada  vez que los niños deben vivir sufrimientos que son evitables (a diferencia de algunos sufrimientos inevitables que resultan, por ejemplo, de catástrofes naturales). Como el abuso sexual infantil, cuya realidad nos ha interpelado muy duramente como país,  en los últimos años.

A pesar de la revuelta interna (cada vez que recordamos que existe el abuso), la verdad es que hace mucho que no se dialogaba en Chile, de forma tan significativa y frecuente, sobre los derechos y los tratos a los niños, el rol de familias y comunidades en la formación y cuidado de las nuevas generaciones, o sobre la educación (aunque sigue siendo una gran ausencia, el acceso y calidad de la educación prescolar y básica). Nos estamos preguntando, mucho más que antes, cómo hacerlo mejor durante todo el ciclo de la infancia y adolescencia. Los 0 a 18 años, quizás más tiempo. Pero al menos esos 18 años.

La ley define los 0 a 18 años de vida como el período en que los niños deben ser protegidos por sus padres y la sociedad adulta. Este período concluye, en una mayoría de los casos, coincidente con el egreso de la educación secundaria. Desde el desarrollo evolutivo, la biología indica los 20 a 25 años como el momento en que el cerebro completa su maduración (muy recomendables las investigaciones de Beatriz Luna sobre desarrollo cerebral). El calendario es inmenso y relevante, y muy especialmente durante la infancia temprana. La educación, en toda etapa y sobre todo en los primeros años, no es separable del cuidado

¿De qué hablamos cuando hablamos del cuidado? Intentando un definición tan completa como sea posible -a partir del desarrollo de la teoría, por Carol Gilligan, en los setenta-, podemos decir que el cuidado incluye todas aquellas actividades de nuestra especie destinadas a sostener, y mejorar o reparar nuestro mundo para que podamos vivir en él de la mejor manera posible.

Nuestro “mundo” incluye nuestros cuerpos (el “hogar primario”), nuestro ser; prójimos conocidos (personas amadas o cercanas)  y desconocidos (las personas que no conocemos ni llegaremos a conocer), y nuestro entorno. Este entorno es provisto por el medio ambiente, la naturaleza, nuestra civilización, nuestra convivencia y nuestros vínculos, nuestras comunidades, nuestra democracia. Todo niño debe tener un lugar seguro en este entorno; y todo adulto debería poder sentirse habilitado y/o apoyado para cuidar de sí, de su familia, y contribuir a su comunidad.

El cuidado es una actividad, y es también una disposición, una voluntad. Una respuesta humana que puede/debe ir mucho más allá del imperativo de la supervivencia, y amplificarse en la aspiración de una vida buena, ojalá feliz, para los que viven: en todas sus edades, tomando en cuenta sus diferentes necesidades y vulnerabilidades, y su igual dignidad y derechos. Entre estos derechos, se cuentan el derecho a ser cuidado (especialmente los más indefensos, los niños, las personas enfermas o que tienen su capacidad de autocuidado restringida y/o disminuida) y el derecho a cuidar.

Pensemos en las madres y los padres, en los primeros años de vida de sus hijos, o cuando estos sufren accidentes y/o enfermedades, más aun cuando éstas son catastróficas, como el cáncer, por ejemplo. Y podríamos pensar también en nuestra pareja, o en padres y abuelos ancianos a quienes querríamos cuidar para sanar o para acompañarlos a morir, si es el caso. Cuando somos limitados o privados de estas opciones, sufrimos, se siente injusto, lo vivimos con impotencia y esa restricción no es inocua en otras esferas de nuestras vidas. Si tanto importa la “productividad”, es irracional pensar que divididos podamos rendir más o mejor, y es hora de debatir seriamente sobre la conciliación familia-trabajo, desde el derecho a cuidar a nuestros niños, y también a los adultos que amamos. Y a nosotros mismos.

Un atributo esencial del cuidado es su incondicionalidad. Un ejemplo hermoso de este atributo, es la atención y movimiento que se despliega en lugares de asistencia masiva –estadios, parques, playas, centros comerciales-, cuando un niño pequeño está perdido. Asimismo, en un accidente de carretera, el auxilio a los heridos no se condiciona según se trate de las víctimas o el responsable del accidente.

La entrega de cuidado no depende de transacciones, juicios o consideraciones particulares sobre el ser humano que necesita recibirlo. Tampoco debe comprometer la dignidad del otro en relaciones de sumisión, coerción o abuso. Esto es muy importante de destacar puesto que el cuidado se despliega, generalmente, en condiciones de asimetría: alguien que goza de mayor salud cuida a alguien enfermo; los adultos cuidamos a los niños.

El cuidado nos presenta el desafío, y la pregunta moral, todo el tiempo, sobre cómo preservar íntegros los derechos de quien es más indefenso; y sobre cómo honrar términos de trato justo, como iguales, con quien está en situación de mayor dependencia y vulnerabilidad. Las consideraciones del cuidado, por encima de todo, apelan profundamente a nuestra responsabilidad.

La ética del cuidado, de hecho, ha sido definida como equivalente a una ética de la responsabilidad que adhiere y practica un conjunto de valores imprescindibles para cuidar la vida: la empatía, la sensibilidad, la comprensión, el respeto, la solidaridad, la consideración, la atención y preocupación por el otro (y nuestro entorno), la escucha ética de diversas voces, la compasión, y también la indignación ante la injusticia.

Algo que me parece profundamente sencillo y revolucionario a la vez, es que el cuidado ético no se enmarca, aunque lo parezca, en el altruismo (el bien del otro, inclusive a costa del bien propio), o en la resistencia al egoísmo. El cuidado responde porque es irrecusable responder, porque es la única alternativa coherente con la vida. Y la vida del otro y/o del entorno, y la propia vida, son valiosas. Por eso no se pueden invocar martirios ni auto sacrificios (aunque sean inevitables en determinadas circunstancias), sino insistir sobre equilibrios entre dar y recibir cuidado; entre cuidar y cuidarse.

El cuidado no existe si no es junto al autocuidado. Especialmente en el proceso formativo de las nuevas generaciones, ambas dimensiones deben estar presentes: en el ejemplo de los adultos, y en las instancias donde se comparten con los niños y adolescentes, aquellos conocimientos y herramientas para el desarrollo del cuidado de sí y de otros.

La responsabilidad del cuidado (y el autocuidado) nos pide ser sensibles a distintas realidades y necesidades, y hacernos cargo, ponderando la incidencia de nuestras continuas decisiones (actos y palabras) en nuestras relaciones. En todas ellas, el cuidado está presente (en mayor o menor medida).

Cada niño que nace depende de los cuidados de sus padres, pero también de otros cuidadores (personal de salud, educación, instituciones del Estado, etc. ). Todos cuidamos y ante experiencias hermosas o devastadoras, las preguntas de mujeres y hombres en una sociedad democrática que cuida, deberían ser: ¿Y si fuera mi hija, mi hijo?, ¿cómo querría que lo cuidaran?, ¿de qué manera puedo contribuir como adulto/a al cuidado, bienestar, y a la realización de los sueños y proyectos de vida de la nueva generación?

Omitir estas preguntas, nos hace más vulnerables al sufrimiento de los niños, y de todos. Si en cambio las integramos a nuestra vida de todos los días, cambiamos el presente y el futuro: las vidas actuales de los niños y las niñas, y ojalá, también, de los hombres y mujeres que llegarán a ser.

 

(Referencias: Carol Gilligan, Joan Tronto, Virginia Held) 

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