Cuidado de nuestros niños: las catástrofes

Leer a Matías Asun  en el quinto poder, a propósito del reciente terremoto en el norte de nuestro país, (por favor compartir, ¿Cómo explicar catástrofes a los niños?) sirvió de aliento para este post.

Ser padres y madres es maravilloso, pero pocas angustias son comparables a las que sentimos cuando el bienestar de nuestros hijos corre riesgos (desde un resfrío hasta un cataclismo).

Catástrofes naturales, accidentes y, lamentablemente en estos tiempos, la violencia y el terrorismo (una realidad en muchos países) son situaciones que imponen una demanda inmediata y enorme sobre nuestra capacidad de respuesta adulta ante las crisis, en la protección y contención de nuestros niños.

Vuelvo, como en otras oportunidades, a la imagen de “La vida es bella”, el film donde el padre, dentro de un campo de concentración, hace lo imposible por permitir a su hijo muy chiquito continuar siendo niño, con la esperanza de que jamás llegue a darse cuenta del verdadero horror que los rodea.

El anterior puede ser un ejemplo extremo y hasta naive, pero la actitud es inspiradora en la voluntad del cuidado: de preservar y proteger la vida, su integridad física, emocional, inclusive en las condiciones más adversas imaginables. Esa voluntad se deja sentir; su intención desprendida, alentadora. Nuestros niños la perciben nítidamente en nosotros, cada día, y no sólo en situaciones catastróficas. Si en esa actitud hay además espacio para el buen humor, y el juego, qué regalo. También hay regalo si la experiencia permite compartir con nuestros niños, en algún momento y de forma tranquila, la humanidad de nuestro miedo o desconcierto (“sí, a mí también me asustó el ruido de la tierra, o del mar”, o “no tengo claro qué viene, pero lo importante es que estamos juntos). Son lecciones valiosas en su camino hacia la adultez.

Cada miembro de una familia tiene sus formas propias de reaccionar o expresar emociones durante una situación adversa: lo importante es recordar que desde distintos atributos y resiliencias podemos darnos fuerza unos a otros, contenernos, acompañarnos en la trayectoria. Asimismo, es importante recordar que existen recursos externos de ayuda para enfrentar estas situaciones. A propósito del terremoto de anoche, quizás la primera gran recomendación a tomar en cuenta es la anticipación.

Vivimos en un país sísmico. Periódicamente, cada generación, desde los más pequeños a los más ancianos, enfrenta temblores de distinta intensidad, terremotos mayores, y en zonas costeras, tsunamis. Prepararnos para estos eventos no nos arriesga a ser fatalistas o a vivir en el pánico, ni llama a la desgracia: es sólo natural y sensato reconocer cómo es y qué viene con el lugar donde nacimos y/o donde vivimos con nuestras familias.

Una responsabilidad esencial es conocer de antemano las guías para responder a emergencias y desastres naturales que tienen organismos como ONEMI, Carabineros de Chile, los ministerios, las municipalidades y consultorios, los organismos que trabajan con infancia (por ejemplo Unicef), así como también la información que pueden prodigarnos en escuelas y jardines infantiles donde asisten  nuestros niños.

Desde mi trabajo, y como parte de una familia que vive entre dos hogares, he aprendido que en terremotos (hemisferio sur) y tornados y huracanes (hemisferio norte) una de las mayores ayudas fue haber conversado con mis hijas antes, siempre antes, sobre estos fenómenos y sobre qué hacer, especialmente, en caso de encontrarse sin sus padres. Esto puede ocurrir si los desastres naturales ocurren en horas y días de colegio, o si en medio de una evacuación (o en un evento de asistencia masiva), los padres nos vemos separados de nuestros hijos.  A cualquier edad es una situación angustiante, pero con niños muy pequeños (o con condiciones específicas de salud), la preocupación se amplifica cuando consideramos su menor desarrollo del lenguaje y de otras habilidades (orientación espacial, noción del tiempo, sentido de la vista, etc., que inclusive al comenzar la escolaridad no están completamente disponibles).

Desde la infancia más temprana,  algunas sugerencias de protección que vale tomar en cuenta:

1-      Tener siempre una foto actualizada de nuestros niños no sólo en el celular (que puede perder batería) sino impresa, en la billetera o junto a nuestro carné de identidad.

2-      Tener una tarjetita en la billetera (siempre con nosotros) y en el hogar (en un lugar visible para todos, especialmente, otros cuidadores), con teléfonos de emergencia: familiares, carabineros (133 y si es posible comisaría más cercana), bomberos, consultorio/hospital/servicio de ambulancia o información seguro escolar,  y otros que estimemos pertinentes.

3-      Enseñar a nuestros niños apenas logren mayor desarrollo del lenguaje, su nombre. Luego, apenas sea posible, su apellido. Imprescindible: repetir desde chiquitos al menos la comuna donde viven, sin insistir de inmediato en que aprendan el domicilio completo. La comuna siempre es información útil en situaciones de emergencia o cuando los niños se extravían. En la medida de sus progresos, podemos agregar a la comuna, el nombre de la calle donde viven. Finalmente domicilio completo y ojalá un teléfono de memoria (aprovechar juegos y viajes en micro o auto para ir repitiendo o cantando esta información). Los niños pequeños que tienen condiciones de cuidado (por ejemplo diabetes) suelen usar pulseras o unos colgantes con información vital. Puede ser una idea a considerar con nuestros hijos más pequeños.

4-      Enseñar a nuestros niños, desde pequeños, a reconocer a cuidadores de la comunidad como son por ejemplo, policías o carabineros/as, bomberos, etc. Ellos tienen la mejor disposición si uno se acerca para estos “ejercicios de aprendizaje”. Yo los presentaba a mis hijas como “ellos/as nos cuidan a todos”, le mostraba bien el uniforme, la gorra, para que pudiera reconocerlos. Y practicábamos: si no está la mamá o no la ves,  ¿qué haces?, “busco un carabinero”, muy bien y ¿qué le dices?, “me llamo …….., vivo en …..” (luego, más información conforme la incorporaba). Los carabineros participaban del juego de roles, de la forma más generosa.

Si los carabineros merecen nuestra confianza para responder y ayudar cuando se extravían niños (y bien puede ser prerrogativa de algunas familias no verlo así), entonces no podemos olvidar lo siguiente: delante de nuestros hijos, necesitamos cuidar nuestro lenguaje y ojalá nunca referirnos a los carabineros de forma iracunda, peyorativa o insultante pues malamente podrán recurrir a ellos por ayuda. Lo segundo es evitar que los más chiquitos vean las noticias. Conscientes de que en más de una oportunidad aparece la fuerza policial reprimiendo manifestaciones, o disparando, éstas no son imágenes compatibles con el mensaje de cuidado que queremos transmitir (algo que la institución asimismo necesita recordar). A los 2, 3, 5 años es muy difícil explicar a un niño que existen funciones policiales distintas (e historias tristes en la patria). La entrega de información, como en todo, es incremental y de acuerdo a cada etapa y posibilidades de comprensión de los más pequeños.

5-      Antes de paseos a lugares con asistencia masiva (playas, estadios, etc), en cualquier día, podemos “jugar” a anotarnos números en el antebrazo (con marcador indeleble y formato grande). Estos números deben ser algún teléfono de contacto donde de seguro responderán  (puede ser nuestro celular o el fono de los abuelos por ejemplo).  O pegar una pulserita de papel alrededor de la muñeca del niño con sus datos esenciales. De hecho, en parques intercomunales, para fiestas patrias por ejemplo, la policía de investigaciones ha tenido la iniciativa de instalar unos kioskos donde se regala a los niños una pulsera semejante.

6-      Una mochila para segurizar a los niños: a toda edad (luego con niños mayores, ellos mismos pueden elegir sus contenidos e irlos actualizando), y muy especialmente si tenemos hijos pequeños, es de utilidad siempre tener a mano, accesible, y preparada una pequeña mochila para situaciones de emergencia. En terremotos (en tornados y huracanes también), existe la posibilidad de tener que evacuar, dejar el hogar (a veces por un rato, por una noche, o más), y esto es estresante para todos, sobre todo para los más chiquitos. Además de las personas queridas que siempre los acompañan, ayuda contar con algo que sí sea “conocido” y propio, en una situación donde casi nada les será familiar.

En esta mochila pequeña (puede ser de un color o con motivos preferidos para el niño) es recomendable tener una botella de agua mineral sin gas (nueva) o  una cajita de leche o jugo (ir cambiando según fechas expiración),  algún snack (barra cereal, chocolate, pasas/almendras, etc., algo que satisfaga y aporte energía), pañuelitos desechables o un buen puñado de papel higiénico, una mantita y/o un chaleco (aun en verano siempre la noche puede ser fresca), un juguete, y si es posible lápices y papel (para dibujar/pintar).

Otra alternativa es que la mochila del niño/a sólo tenga el juguete y algo para abrigarse, y todo lo demás puede ir en una mochila algo más grande –también preparada de antemano- que los adultos llevarán (en ella puede agregarse un cuento favorito, por ejemplo, y debería tener un pequeño kit de primeros auxilios: desinfectante, parches curitas, analgésico, etc). Si los niños tienen edad de participar de este ritual de preparación de una mochila, ayudarlos a elegir qué más quieren llevar que sea importante para ellos (liviano). También puede ser buena idea agregar una pequeña linterna de mano (para niños que puedan llevarla); y si se puede, otra buena idea son esos cintillos para la frente que vienen con una linterna (también útil para campings, cortes de luz). Algunas familias incorporan mascarillas desechables que venden en sets de 10 (ferreterías) y que se utilizan en construcciones o días de alta contaminación.

7-      Tal cual la mochila para los niños o la familia debe estar a mano, nuestros documentos importantes también deben estarlo en caso de que debamos evacuar.

8-      Esto puede ser debatible, pero también puede ser de utilidad: el uso de “correas” o “arneses” (ignoro si es el nombre correcto).  En viajes constantes, en aeropuertos o estaciones de tren y bus, o en el propio metro, a cierta edad (prescolares), los hijos no pueden siempre ir en brazos, en ocasiones deben cruzar controles independientemente de sus padres, y si tenemos más niños y viajamos solos (sin nuestra pareja o acompañantes adultos), dos manos pueden hacerse insuficientes. Lo mismo en un parque, una actividad al aire libre, o un estadio (dos segundos y un niño pequeño puede perderse), y hasta en un centro comercial, en época navideña.

Existen unas mochilas (para los niños) con una correa que se amarra a la mano del adulto, o bien unos elásticos gruesos (vienen en colores, son suaves, un extremo va en la muñeca del adulto y otra en la del niño). Podemos convertir esta práctica en un juego (y es importante probar en la casa, al menos una vez) e ir explicando a nuestros niños que es una forma de cuidarlos y de caminar muy cerca ellos y nosotros, cuando debemos ir a lugares donde hay muchas personas y movimiento. Sinceramente, hablo desde mi experiencia con dos niñas, ha sido de enorme utilidad, y he visto a muchos niños usar estos elementos en diversas latitudes, sin que constituya un factor de trauma, ni codependencia, y sin implicar consecuencias fantasmagóricas para el desarrollo infantil (aunque sí nuestros hijos puedan reírse mucho de estas historias, y de sus padres, durante la adolescencia).

 

En relación a situaciones de emergencia y desastres naturales, como ya decía, es muy importante conocer protocolos de respuesta emitidos por organismos oficiales, y muy especialmente, en salacunas, jardines y escuelas de nuestros niños. Ya al momento de la matrícula podemos tomar en cuenta las siguientes recomendaciones:

1-      Consultar por protocolos del jardín/escuela en caso de terremotos, incendios, inundaciones, etc. Pedir copia de estas pautas si es posible, y si no, tomar nota en un cuaderno.

2-      Tener en nuestro teléfono móvil y además anotados en una tarjeta en la billetera y en el hogar, los números de teléfono del jardín/colegio: mesa central, más 2 o 3 números más (Directora, inspectora, enfermera, guardia de la entrada).

3-      Preguntar por teléfonos o canales de comunicación en caso de emergencia, para lograr saber si nuestro hijo/a está bien. Seguramente habrá una persona designada (inspectores, profesoras jefe, etc) que pueda entregar esa información.

4-      Independientemente del grado de amistad que exista entre apoderados, contar ojalá con todos los teléfonos del curso, o al menos de unos cinco apoderados. Podemos pedir a hijos más grandes o adolescentes, los números celulares de un grupo de compañeros/as  más cercanos, explicándoles que es desde nuestra motivación de cuidarlos, y para usar sólo en casos de emergencia (definiendo muy bien qué entendemos por “emergencia”).

5-      Compartir oportunamente –además de la información de contacto esencial- con administración del colegio, educadores e inclusive otros apoderados, información relevante sobre nuestros hijos: medicamentos, alimentos que les producen alergias, estresores y/o reacciones particulares a ciertos estímulos, etc.

 

Con los más pequeñitos, apenas caminen y dispongan de mayor lenguaje (y especialmente si ocurre un pequeño temblor), podemos explicarles que la tierra se acomoda cada cierto tiempo y que esto genera movimiento y ruido. Podemos mostrarles en el suelo, con piedritas y tierra, pequeños desplazamientos para entender la idea. Paralelamente, todo el trabajo de reconocimiento de lo corporal (sentidos, funciones, motricidad), de cómo el cuerpo expresa bienestar y malestar (parte del silabario de las emociones), es una valiosa herramienta cuando pensamos en situaciones de catástrofe. Movimientos precisos, capacidad de respirar (para calmarse un poco, no será mucho, pero ayuda), poder expresar el miedo, etc., son acciones que aportan durante una crisis. Si nuestros niños no se encuentran con nosotros, dependemos de otros cuidadores. De forma anticipada, recordemos a nuestros hijos que si tiembla, por ejemplo, y ellos están en el jardín o en la escuela:

1-      Deben mantenerse cerca de sus profesoras y compañeros, no alejarse nunca. (esta recomendación asimismo corre si están con nosotros)

2-      Deben escuchar y seguir las instrucciones que den sus profesores, y ponerse a resguardo (lejos de ventanas, bajo su mesita en la sala, o donde indique protocolo), o bien, salir en orden, sin correr y caminando hacia dónde les digan sus profesores, junto a todos sus compañeros.

3-      Nosotros confiamos en que estarán bien cuidados, mientras podemos buscarlos y reunirnos con ellos. Aunque demoremos, vamos a llegar (nosotros, o los abuelos, o quien pueda concurrir más expeditamente al jardín/escuela en medio de una catástrofe).

Dependiendo de cada niño, su seguridad y confianza, su capacidad de comprensión, etc., asimismo podemos comentar –por ejemplo si vemos un incendio en nuestro barrio, al pasar (los niños no deberían ver noticias en TV, son muy impactantes y no están pensadas para niños)- sobre qué hacer en otras situaciones de emergencia. Conforme tengan edad para marcar un teléfono, es recomendable enseñarles al menos el 133 de carabineros y algún número más.

Es sumamente importante el apoyo de vecinos y de habitantes de nuestras comunidades, ciudades, en situaciones de emergencia. Dependemos los unos de los otros.  Si en situaciones de evacuación vemos niños pequeños solos, detengámonos a ver qué pasa con ellos, y si es posible esperar unos minutos por si sus padres regresan, hagámoslo. Si debemos continuar caminando (evacuación por posible tsunami) digámosles, en tono muy tranquilo y amable (aunque por su edad no entiendan bien lo que decimos) que los vamos a acompañar y buscar un carabinero para que pueda reunirlos con sus papás (también puede ser una persona de otras fuerzas armadas, si no vemos carabineros o no existe una comisaría cerca). Si nuestro celular está funcionando y podemos informar que encontramos un niño vía redes sociales, hagámoslo. Si vemos un periodista dispuesto a ayudar, recurramos a él/ella. Y en relación a la cobertura periodística, por cierto importante, ojalá el mayor rol sea de utilidad pública y dentro de un marco de trabajo ético y sensible ante lo que viven las personas y comunidades.

Preguntar ¿cómo o qué se siente? a familias que están escapando hacia zonas altas por riesgo de tsunami, o que han perdido sus casas, es desconsiderado y hasta cruel. He visto fotografías (pueden haber sido tomadas por reporteros nacionales o internacionales, no lo sé) que muestran zonas en escombros, pero también retratos de personas (incluidos niños) en albergues y no puedo evitar preguntarme si ellas autorizaron ser fotografiadas. Algunos rostros no dan esa sensación. Es necesario examinar las prácticas periodísticas en situaciónes traumáticas y el ángulo desde donde potencian necesidades críticas de información (que todos agradecemos), pero cuidando a las personas y promoviendo la calma y la solidaridad, antes que la alarma y el miedo.

Son muchas las formas en que podemos prepararnos y responder solidariamente, en comunidad, o con nuestros seres queridos y otras personas, en situaciones de catástrofe. Conversar y compartir “recursos” que hayan probado ser útiles (y muy creativos) en nuestras familias o localidades, nos ayuda a todos. Desde la premisa de la ayuda mutua, quiero detenerme en el cuidado de los niños, una vez pasado lo peor.

A veces, una región, o un país, pueden quedar convulsionados por muchos días, o semanas, como fue luego del terremoto 27F. En ese contexto, es posible que se den mayores solidaridades, apoyos, reorganización de jornadas de jardines y escuelas para apoyar a los niños y sus familias; y mayor comprensión, por ejemplo, de parte de los empleadores en las comunidades más afectadas, permitiendo a las personas que trabajan, flexibilidad para ausentarse y cuidar a sus hijos, mujeres embarazadas, y/o adultos mayores, mientras se restablece alguna normalidad para poder seguir funcionando por el momento (las secuelas de temor y post traumáticas para muchos niños y adultos pueden durar mucho tiempo).

Sin embargo, en situaciones como la de anoche, que sólo implican la suspensión de clases por un día o dos, pero no así la cancelación de actividades laborales, el problema del cuidado no se resuelve para un gran número de familias.

Durante temporales e inundaciones, ha habido ocasiones cuando las clases se suspenden y existen turnos éticos o escuelas y jardines abiertos (donde además se provee alimentación a los niños). Pero para eventos como los terremotos, es preciso contar con otras soluciones, y otras legislaciones. Mientras no existan, quizás el ministerio del trabajo podría solicitar o recomendar enfáticamente a las empresas de las zonas más afectadas, permitir a empleadas/os con hijos (y en cargos con responsabilidades que así lo permitan) ausentarse sin cargo a su salario, para poder cuidar a sus niños el o los días de suspensión de clases. O bien, entre vecinos, amigos y/o apoderados, organizarse para que quien sí pueda quedarse en su casa (y esté en pie su casa para hacerlo, o bien en un albergue), pueda cuidar de dos o tres niños más, mientras sus padres trabajan. Puede haber diversas modalidades, y en la práctica unas se probarán más efectivas que otras. Lo importante es el sentido de colectivo en todo esto. No sólo en la gran dimensión de una reconstrucción post terremoto, sino también en los pequeños y grandes detalles de la vida cotidiana.

Mi experiencia en ambos países donde vivo, ha sido –tanto en jardines como en colegios- que entre apoderados conocemos de nuestros trabajos (y estilos personales y familiares), quiénes son free lance u operan desde los hogares, quiénes pueden trasladarse con mayor facilidad, quiénes no pueden perder un día porque su cargo es crítico. Este conocimiento es vital y también lo son aquellas conversaciones, siempre anticipadas, sobre cómo podríamos hacerlo para apoyarnos en días de temporal, nieve, tornados, terremotos, o simplemente días en que, por ejemplo, se enferman las mamás o papás que viven solos con sus niños (y no tienen cómo llegar al colegio con 41 grados de fiebre). Tan importante como es poder segurizar a nuestros hijos frente a catástrofes y emergencias, es que nosotros los padres  podamos contar con la confianza de que no estamos solos en su cuidado. No debemos estarlo. L@s hij@s son de tod@s.

Luego de un terremoto, una de las recomendaciones más importantes, es intentar volver a las rutinas de siempre, y esto es un desafío, para los niños y los adultos. Los niños, luego de una experiencia traumática, experimentarán diversas emociones y requerirán distintos grados de apoyo (escolar, médico, terapéutico), pero algo que se ha observado de modo constante, es que su reparación depende en enorme medida de las actitudes y solidez de los adultos que los cuidan.

Ahora, los adultos, como fuente de cuidado y resiliencia para sus hijos, necesitan apoyo y contención prioritarias, y si no es desde el sistema de salud (Fonasa, o isapres), la ayuda debe estar disponible desde otras fuentes. En las regiones existen Institutos de terapia o terapeutas que pueden trabajar con precios preferenciales, arancel diferenciado o probono. Consultemos por estas alternativas.

Asimismo, existen iniciativas como un grupo de psicólogos voluntarios, disponibles para responder ante situaciones de catástrofe (ver www.psicologosvoluntarios.cl) y también pueden/podrían existir pediatras, geriatras, médicos de diversas especialidades, trabajadores sociales, educadores, todos voluntarios.  Preguntemos. Las federaciones de estudiantes universitarios son un canal también, y por supuesto Fundaciones como Desafío Levantemos Chile (creada por Felipe Cubillos, QEPD) y Recupera Chile (DRCLAS, Universidad de Harvard).

Mientras en el sur de Chile aún es demasiado cercano el recuerdo y el duelo del terremoto y tsunami del año 2010, en el norte, en estos días, las réplicas todavía demoran el regreso a sus hogares de muchas familias. Éste es un momento para que todos no sólo seamos solidarios, sino también para que observemos la experiencia ganada (y hay mucho aprendizaje cada vez, y sobre todo del 2010 a esta fecha) y lo que todavía podemos mejorar y sumar. El recientemente creado Consejo de la Infancia podría ser clave en impulsar iniciativas y legislaciones que permitan garantizar el cuidado de los niños y adolescentes en situaciones de catástrofe (durante y después, por el tiempo que sea necesario). Estemos atentos y aportemos con nuestras inquietudes e ideas. Lo hacemos mejor, si estamos juntos.

 

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