La mala espera

“En nombre del Estado y de todos los ciudadanos del Estado, el Gobierno desea ofrecer sus disculpas, sinceras y largamente debidas, a las víctimas del abuso infantil por nuestro fracaso colectivo en intervenir, en detectar su sufrimiento, en venir a su rescate”. Taoiseach (Primer Ministro) Bertie Ahern, ante el Parlamento Irlandés, 11 de Mayo de 1999.

Quisiera advertir que éste es un posteo largo. Podría haberlo dividido en partes, pero venía pujando en un solo respiro. A fines del año 2010, cuando escribí mi primera columna para un medio (El Post), me solicitaron que ésta tratara sobre el tema de los abusos sexuales en la Iglesia Católica. Tal vez, sea éste una suerte de párrafo final de aquel escrito.

En mi vida, la magnitud del abuso sexual en la Iglesia comenzó a revelarse a fines de los años noventa, residiendo en EEUU (tenía yo 27, 28 años). Había pocos días en que no se comentara una noticia, o nuevas denuncias, testimonios de sobrevivientes. En un gesto solidario (y de indignación) recuerdo haber escrito al Tribunal Eclesiástico en Chile (sin saber si era el canal adecuado) para solicitar ser “desafiliada” de la Iglesia –por llamarlo de alguna forma- .

La decisión del bautismo, tan importante (desde la pertenencia oficial a una religión), debió ser mi derecho (y creo, de cada niño y niña, pues es una importante deliberación de consciencia) y una elección discernida a una edad pertinente, no a pocos días de nacer. Más importante que eso, era mi necesidad de no ser parte, no tener vínculo, y expresar así mi reproche por los abusos conocidos. No recibí respuesta, y sinceramente, no perseveré. Mi recorrido espiritual ya había sido definido, sólo por mí.

Han pasado muchos años (hoy tengo 46) desde ese primer acto de consciencia y creo no haber conocido una historia ni cantidad comparable –en el siglo pasado y lo que llevamos de éste- de delitos sexuales cometidos (y encubiertos) en todas las latitudes, al amparo de una institución, de sus autoridades y de un Estado (el Vaticano). Es difícil de asimilar, tanta trasgresión; son muchas generaciones de niños, niñas y adolescentes. Sólo porque las noticias parecen llegarnos en bits y destellos fugaces, parece ser menos horrible, pero apenas un poco menos.

Conocí al regresar a Chile (2011), la historia de una señora que vivía en mi barrio de infancia. Fue violada por el sacerdote con quien preparaba su primera comunión, antes de sus diez años. Siendo muy anciana, develó los abusos a sus hijos adultos (mayores de 60) al día siguiente de la histórica entrevista a James Hamilton en Tolerancia Cero (ver). Ella tenía casi noventa años.

Ochenta años de silencio. Quizás como decía alguien ayer en twitter, la empatía efectivamente es imposible. Pero no desde nuestro sentido de conexión humana o el esmero honesto de tratar de ponerse en el lugar del otro, sino desde las limitaciones de nuestros cuerpos y consciencias para situarse en una experiencia que en verdad nos es desconocida.

Ochenta años de silencio en casi noventa vividos. Sesenta años de esos ochenta rogando que su marido jamás se diera cuenta. Murió antes que ella, sin conocer la verdad. Ella nunca pudo perdonarse su “mentira”, su “deslealtad” (que no fueron, pero así las sentía). Tampoco se perdonaba el que habiendo vivido esa experiencia y reconocido su sombra en una familia vecina (la mía) no hubiese tenido fuerzas para decir algo que la detuviera. Escuchar a James Hamilton le regaló una paz inmensa, valor, y auto perdón, antes de su muerte.

No pude evitar recordar a esta señora con nombre de flor, durante la más reciente entrevista al cardenal Ricardo Ezzati, máxima autoridad de la Iglesia de Chile (y cómo comprender que así sea, a la luz de todo lo ya sabido).

¿Qué podría entender el cardenal del silencio de esa mujer, o del miedo con que vivió la mayor parte de su vida? No lo conozco a él personalmente, pero me atrevería a decir que poco y nada. Su actitud para con las víctimas de abusos sexuales en nuestro país no ha sido empática, compasiva, o respetuosa. No las ha protegido ni defendido

Lo escucho hablar de abuso, observo sus expresiones, su forma de abordar el tema, y no logro reconocer las señas del cuidado o la conmiseración en el cardenal. De Fernando Karadima reconoció los abusos: “pero ya recibió la peor sanción que es no poder ejercer el ministerio”. Cuando Juan Manuel Astorga lo interpela por el incumplimiento de dicha sanción -según consta en este video donde aparece celebrando misa-, poco se entiende de lo que R. Ezzati explica entre excusas, fechas y argumentos difíciles de creer.

En #ElInformante, el cardenal Ezatti dejó pasar una generosa oportunidad de decir algo con sentido, contrición, algo que humanizara las palabras dichas sobre personas inocentes y crímenes indecibles; que indicara alguna humildad, autoexamen, voluntad de restitución (en Chile las denuncias continúan; por favor revisar nómina de ofensores sexuales religiosos, entregada por el propio Episcopado). No le preguntaban a R. Ezzati por una infracción de tránsito o una malversación de fondos. Le preguntaron sobre abuso sexual. Escucharlo no es un shock ni una sorpresa, pero reduce aún más la esperanza de cambio y enmienda desde la Iglesia.

Sin embargo, y a pesar de mi distancia o de la pena e indignación, vuelvo a los amigos católicos, parientes, personas a quienes amo y en quienes pienso cada vez que he debido reflexionar o dialogar sobre la temática del  abuso sexual en la Iglesia. Ahí, resistir en la esperanza.

No olvido tampoco a religiosas, sacerdotes y seminaristas que son personas de bien, y grandes valentías (nunca han abandonado a quienes más sufren). O a los muchos niños y jóvenes que estudian en colegios de orientación católica (casi seiscientos mil: 16,3% del total nacional de estudiantes según datos de la Vicaría de Educación del Arzobispado de Santiago, 2012), o que participan con todo su buen corazón en organizaciones pastorales.

En Chile, casi el 70% de la población mayor de 15 años se considera católica (Censo 2002). En el mundo, son casi mil doscientos millones de personas(Fides, 2011).

Aunque las autoridades eclesiales parezcan olvidar su responsabilidad ética frente a jóvenes y adultos que son fieles (aun en la zozobra y la vergüenza de su institución), fuera, en nuestro cotidiano, sí importan la mirada y las palabras que podamos elegir para referirnos a la Iglesia y sus abusos, aunque no sea fácil sostener una actitud de cuidado y equilibrio cuando pasan y pasan los años, y poco cambia.

En estos tiempos, el único perímetro posible es la credibilidad condicionada a los hechos. Ver para creer.

El entusiasmo de miles por el nuevo pontífice, Francisco I, me es difícil de compartir. Los cardenales a quienes ha elegido o que cuentan con su confianza (y aquellos a quienes omite o desprotege), y sus declaraciones recientes sobre el rol de la Iglesia en la “lucha contra la pederastia” (leer) son a lo menos opinables y plantean el siguiente dilema:

si en verdad el Papa cree en lo que dice y considera que existen los respaldos materiales para sostener su afirmación (o designaciones de cargos), entonces da para pensar en una preocupante alteración de su juicio de realidad. Si por otro lado, sus declaraciones han sido concebidas en el contexto de una estrategia comunicacional, ésta adolece de importantes defectos. Una cosa es administrar contenidos selectivamente, y otra muy distinta, incurrir en la falacia. Nadie ha hecho más que la Iglesia en la lucha contra la pedofilia”; “la Iglesia es probablemente la única institución pública que ha reaccionado con transparencia y responsabilidad” (ver enlace). No se sostiene.

Son demasiados años de conocer sobre abusos sexuales silenciados y sacerdotes culpables asignados a otras diócesis (en su mismo país o uno remoto) o enviados a “retiro espiritual” (recordemos a Francisco Cox). Y existen cientos, sino miles de reportes sobre encubrimiento criminal en la Iglesia y el ocultamiento de información relevante para la justicia civil (cuando las denuncias estallaron en Bélgica, la policía debió llegar al extremo de abrir la tumba de un cardenal para rescatar documentos, ver).

Nos ha impactado la indolencia de obispos y cardenales para con víctimas que han sido por años cuestionadas, desmentidas, o juzgadas interdictas (el índice de denuncias falsas nunca dio para sojuzgar a nadie: se estimó entre un 1,5- 2%, como señala el John Jay report 1950-2002, y www.bishop-accountability.org).

Abogados y miembros de la propia Iglesia han revelado acuerdos millonarios de “confidencialidad” –a costa de contribuciones de los feligreses también- para garantizar el silencio de las víctimas (al día de hoy, sólo en EEUU, se estiman 3 mil millones de dólares destinados a este tipo de avenimientos, ver detalle).

Es cierto que la Iglesia Católica algo ha avanzado en cartas de compromiso y protocolos de respuesta y prevención de abusos, no sólo sexuales, sino también físicos y psicológicos como se detallan en el  Ryan Report (2009) encargado por el gobierno Irlandés (ver noticia resumen, y para descarga completa de documentos de la Child Abuse Commission, ir aquí). No obstante, de poco valen las iniciativas de aparente rectificación si sólo quedan en las intenciones, o en la memoria de las relaciones públicas y de lo “políticamente correcto”.

Al año 2011, un seguimiento de casi diez años que fue publicado en el New York Times (ver aquí), provocó masivas suspensiones de sacerdotes abusadores que continuaban en sus funciones, o habían regresado a su ejercicio.

Actualmente, organizaciones como SNAP (Survivors Network of those Abused by Priests, la mayor organización internacional de sobrevivientes de abusos cometidos por la Iglesia Católica y otras denominaciones religiosas) y Bishop Accountability (banco de datos históricos sobre abuso sexual e Iglesia desde las décadas de los 40 y 50), están determinadas a que la información sea de acceso y dominio público:

nóminas de religios@s acusad@s y sancionad@s –por la justicia civil o canónica-; otros que han sido reasignados –para advertir a sus nuevas comunidades sobre el riesgo- y finalmente, el seguimiento de nuevas denuncias y causas judiciales. Sus esfuerzos son meritorios, e imprescindibles en estos tiempos. Desacato absoluto a las sombras.

La Iglesia Católica no ha sido transparente ni expedita en la entrega de información, ni orientación. Debemos recurrir a otras fuentes que por imperfectas que puedan ser, al menos están disponibles. Gracias a ellas, hemos sabido que en EEUU se estiman entre cien mil a doscientas ochenta mil víctimas. En Australia, el año 2012, se dio a conocer la muerte (suicidio) de cuarenta víctimas de abusos del clérigo (ver reporte y video). En Canada, cientos de denuncias: y en un solo orfanato vinculado a la Iglesia, 300 víctimas (leer). La valentía de las voces. ¿Y si tod@s?

Lamentablemente, al igual que en los silencios que rodean al abuso sexual ocurrido en otros entornos (la estimación es que por cada niñ@ que devela, otr@s 6-7 permanecerán en silencio), nunca se sabrá a ciencia cierta cuántas víctimas ha dejado la Iglesia. O cuántas más podrían llegar a ser. El daño a quienes hoy son adult@s, lo han dicho ell@s mism@s, ya fue infligido. El horizonte es hoy, el futuro, los niños, niñas y adolescentes que vienen. No cabe la espera.

En países del hemisferio norte (Norteamérica y Europa) las personas parecen cada vez menos dispuestas a correr riesgos con sus niños, o bien, se resisten a avalar a una institución que ha violado sistemáticamente los derechos humanos de la infancia. Muchos hombres y mujeres así lo han expresado, a viva voz o desde sus actos silenciosos de desvinculación y despedida de lo que una vez fue “su” Iglesia.

Entre 1990 y 2007 el número de colegios católicos en los EEUU disminuyó en un 14%, y su enrolamiento en colegios católicos en un 7%, un dato que no es trivial si se considera que representa a más de un tercio de las escuelas privadas del país (con mayor presencia que cualquiera otra religión según datos del Centro Nacional de Estadísticas Educacionales para EEUU; ver también este informe).

En Europa, la situación del catolicismo es semejante (ver resumen, The Economist, 2010). La declinación de feligreses y seminaristas católicos ha sido sostenida y se reconoce la develación de abusos sexuales a manos del clérigo como un factor que, a lo menos, ha acelerado la mengua (sin ser el único). Solamente en Africa y Asia se observa un crecimiento de la Iglesia, y en Latinoamérica todavía las confianzas no reflejan la horadación que quizás sería esperable.

El nuevo pontífice –en virtud del carisma y originalidad (ver) que muchos le atribuyen, y de su compromiso con los pobres- ha traído alguna nueva energía a la imagen de la Iglesia. En Europa, ha tenido una recepción favorable que se vincula a un leve aumento en la asistencia a misa, aunque no en la adhesión a la religión católica. En EEUU no se observa cambio alguno (estudio Pew Research Center, fines 2013); más bien una actitud desapegada y muy cauta. Es sólo sensato.

A estas alturas, con todo lo que sabemos, cuesta explicarse que en cualquier país, las generaciones jóvenes, y especialmente los adultos que tienen hij@s o niñ@s en sus vidas, todavía puedan confiar en una institución que ha vulnerado grave y sistemáticamente a los más indefensos, y que aún no actúa, inequívocamente, desde la compasión, y desde la justicia (canónica y CIVIL) .

Los sacerdotes y religiosas que pertenecen a la Iglesia comparten nuestro imperativo de especie, son humanos, y, no obstante, uno llega a preguntarse si desde la distancia del celibato y de la no-parentalidad, acaso se haga más sencillo olvidar completamente el cuidado, para abusar de los hijos e hijas de otros. Es una pregunta extrema, pero inevitable.

Los perpetradores de abuso, en su mayoría, no actúan desde la patología o el impulso sino desde la razón, la acción organizada y el sentido del tiempo y la oportunidad. No existe ausencia de discernimiento: pueden distinguir entre lo correcto, permitido, legal, y sus opuestos. Saben que son imputables ante la ley civil y su religión, y aun así, eligen abusar. ELIGEN.

Y pueden no tener elección en lo que sienten, en sus biografías tempranas, todo el tejido interno que los hizo/hace ser como son, humanos y falibles en una de las peores versiones imaginables de esa falibilidad. Pero siempre -y aun en aquellos que puedan pedir perdón y comprometerse en la restitución de sus víctimas- hubo y hay elección: entre actuar y no, vulnerar o no, abusar o no. Más estridente aun, es el albedrío que se despliega en el encubrimiento cómplice. No hay ángulo desde el cuál exonerar a la Iglesia.

Se entiende que a nivel local (de cada pueblo, ciudad, país) el catolicismo – en sus autoridades y clérigo- tal vez pueda mostrarse en mayor coherencia con el mensaje de Cristo, del evangelio, los valores universales de la compasión y la benevolencia. Pero es una ilusión, asimismo local, creer que existe diferencia o autonomía, y que uno puede sentirse separado de esa Iglesia que sigue siendo una sola; con su autoridad central, en el Vaticano; y una historia común, de siglos.

Los abusos no son un escándalo moderno, o un puñado  de eventos “de responsabilidad individual” como sostenía e insistía el propio Ricardo Ezzati, un par de años atrás. Son crímenes. Muchos querríamos que fueran declarados de lesa humanidad, imprescriptibles, susceptibles de ser llevados a la justicia nacional e internacional. Pero aunque ello sea debatible, nadie puede negar la dimensión del daño sobre las víctimas. Miles.

Miles han sido los abusos, omisiones, encubrimientos, y la impunidad. Basta recordar a Juan Pablo II y su inacción ante las denuncias contra Marcial Maciel, fundador de los Legionarios de Cristo; y la negativa del cardenal chileno Fco. Javier Errázuriz a investigar las denuncias contra Fernando Karadima.

Apenas dos ejemplos y la sensación persistente de que nada puede augurar transformaciones importantes mientras la Iglesia no se mire profundo, no asuma plena responsabilidad por sus delitos, y no aborde los cambios necesarios, sin continuar ignorando las destemplanzas profundas –emocionales, psicológicas, sexuales, sociales- que han permitido y todavía permiten que sacerdotes y religiosas abusen de niños y adolescentes confiados a su guía y cuidado.

En años pasados, la figura y esfuerzos del Papa Benedicto eran argumentos para convencernos sobre cambios “en curso”, “ahora sí”. El Papa Benedicto dimitió y fue elegido un nuevo pontífice.

“Ahora sí que sí”, volvimos a escuchar al ser investido Francisco I. Quizás como a muchos, las palabras por primera vez se me volvieron partícula de polvo, flotando en un aire o un mundo muy lejano. Ver para creer, me dije y sigo diciendo. Pero ver no un mes, no tres noticias, no dos anuncios grandilocuentes, sino ver de un modo perdurable y digno de crédito.

Finalizando el 2013, Francisco I excomulgó a un sacerdote australiano por manifestarse a favor de la ordenación de mujeres y del matrimonio homosexual (ver). En enero del 2014 (leer), apenas comenzando el año, el Papa aún se negaba a la extradición del Arzobispo polaco Josef Wesolowski acusado de abusos sexuales contra niños de República Dominicana. La discrepancia desoladora. No perdamos atención.

En Febrero 2014 ocurre un hecho histórico cuando Naciones Unidas reconoce que el Estado Vaticano es responsable de encubrir delitos sexuales contra niños y adolescentes, y debe ahora dar garantías de protección a la infancia (ver noticia y por favor, ojalá puedan leer esta excelente columna sobre Derechos del Niño y responsabilidad de la Santa Sede, del psicólogo clínico infanto-juvenil Tomás Ojeda y la académica especializada en Derecho Internacional y DDHH, Judith Schönsteiner). El Vaticano, por su parte, calificó la acción de Naciones Unidas como “un intento de interferir con la libertad religiosa” (¡?).

Poco tiempo después, Francisco I destacaba la “ejemplar lucha” de la Iglesia en contra de la pederastia, y advertía sobre los riesgos de buscar “un chivo expiatorio del abuso sexual” (leer, inglés) cuando, en comparación a los abusos ocurridos en el resto de la sociedad, los delitos del clérigo eran una cifra estadísticamente “no significativa” (al menos aclaró “un abuso es demasiado”). Muchos permanecen en silencio frente a estos argumentos; el frío en que nos dejan.

Durante este mes de marzo, fue creada la Comisión Vaticana contra la Pederastia, noticia que fue bienvenida, especialmente por la inclusión de Marie Collins –sobreviviente de abuso sexual y conocida activista irlandesa-.

Collins fue sincera en admitir su total desconfianza con la Iglesia y su temor de una nueva decepción, pero aun así, no podía restarse de aportar a la definición de mejores prácticas para la protección de los niños, y el logro de justicia. En sus palabras: “mi prioridad es que el Vaticano castigue a los obispos que encubrieron a sacerdotes abusadores” (ver nota, Religión Digital).

Ojalá esa Comisión avance, y cómo no querer que esto se detenga y cambie, aunque nos cueste aceptar que con toda la información de la cual ya se dispone (desde el primer escándalo con denuncias masivas, en los 90), todavía se requieran o sean especialmente determinantes nuevos estudios, consideraciones, informes, comités. Acción es lo que falta. Y no solamente en la Iglesia.

Me he considerado la mayor parte de mi vida una persona optimista, pero llega un punto en que los límites se trizan, o la energía es menos y puede ser la edad, o simplemente los años de vida cívica y la extenuación ante iteraciones, vueltas en círculos, promesas redactadas de maneras más o menos anodinas o creativas, y al final, la espera de siempre: para los que sufren; para quienes en verdad la urgencia es urgencia y no una palabra que se agrega a los documentos para enfatizar un tono de voz que sólo escucha quien lee y frente al cual son completamente sordos los relojes y calendarios.

Mientras los niños esperan, crecen y dejan de ser niños, suman experiencias y también cicatrices, llegan a jóvenes y adultos. Sin que hayamos concurrido.

Luz y sombra. La espera oscura, densa, y muchas veces, hasta irresponsable e insensible. Por otro lado, la espera alegre que antecede un cumpleaños, navidades, paseos familiares, encuentros con amiguitos para salir a jugar, las golosinas o el postre que siguen a guisos de acelga, espinaca y esos buenos alimentos ante los cuales los niños arrugan la nariz. Ansiosas y deliciosas anticipaciones que permiten a los niños rendirse sonrientes ante los “después”, “mañana”, “al terminar equis tarea”, “en unos meses más” o incluso esos lejanos y esperanzados “cuando seas grande”. Esas esperas sí. Esas sí.

 

Advertisements

One thought on “La mala espera

  1. Hay un film muy impresionante: MEA MAXIMA CULPA acerca de los abusos en un orfanato por sacerdotes de la iglesia católica. Lo recomiendo.

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s