pequeños laureles y gemas

Existen, durante la maternidad, todo tipo de días: de sentirse recién llegada al mundo y sin saber nada,  o de andar saltando y corriendo sobre techos de locomotoras cual espía británico. Días también de recogimiento, preguntas e intraducibles gozos o melancolías (desde la sangre y leche que somos, cuando vemos a nuestros hijos felices; o desde la lágrima insondable, si están enfermos o o tristes).

Otros días, que pueden ser una gran mayoría de ellos, simplemente gloria (si tenemos la fortuna de poder siempre alimentar y cuidar a nuestros hijos, y así de bendecidas, gozar lo majestuoso de verlos crecer). Hoy fue uno de esos días gloriosos con mi hija menor.

Fui a buscarla al colegio, y lo primero que me advierten es que se había caído durante el recreo. En el microsegundo de pausa entre una frase y otra de la inspectora, miedo. “Nada grave, está bien”. Alivio cuando la veo venir corriendo hacia mí. Respiro, la beso y abrazo y espero a que ella me cuente. “Me troMpecé y me pegué en la frente y la boca, pero la Rebeca me puso hielito y me lo comí”. Se veía bien, apenas un puntito enrojecido, brillantes y divertidos (lo son) sus dientes en la tremenda sonrisa con que terminó su relato.

Me dio gusto ver a Emilia tranquila, contando su caída, y agradecida de Rebeca y su  “remedio”. Rebeca, sí, la misma que 40 exactos años atrás, ya trabajaba en el colegio cuando comenzaba mi propio kindegarten.

En los años que siguieron, pilar de afecto y  cobijo: en su cocina esperaba que me fueran a buscar, ahí comía con gusto sus tostadas (las mejores), de su brazo me tomaba fuerte cuando no quería terminar esas horas de solaz que, luego, serían reserva de luz para otras experiencias menos radiantes. Rebeca era entonces una mujer muy joven, de pelo largo y brillante, como una princesa. La mirada más dulce que recuerdo.

Décadas después,  un juramento tan bello como sorpresivo : “Yo a ella, la voy a cuidar mucho mejor”. Eso me prometió cuando supo que EMilia sería también alumna del colegio. ¿Mejor?:mejor es imposible. Me es difícil imaginar más ternura y cuidado de los que yo conocí y recibí de ella. “Pero esta vez no se me va a pasar ningún detalle”, contrargumentó, con la solidez de sus años que como si no hubiesen pasado (she always glows). La historia ya es conocida, los silencios decodificados, y a la vuelta de décadas, como otras personas, el rompecabezas es completo para la “Rebe”. Mi infancia. Tanto más linda y redimible gracias a personas como ella que, a menos de una semana de iniciadas las clases, va dejando en mi hija esa misma buena huella que tan bien conozco.

En el recorrido hacia la casa, Emilia comparte las historias del día, los juegos, dibujos, nombres nuevos de amiguitas y amiguitos, y sus originales y exquisitas declaraciones de nostalgia y de amor: “Yo te eché de menos mamá cuando tú no estás. Yo te quiero tanto, y tú me quieres mucho más.  Porque yo igual te quiero desde que era bebé pequeñita… pero ahí yo no te quería… no tanto”. Otro microsegundo del terror, pero Emilia respira y  sé que no ha terminado su alocución. Mi cuerpo entero espera las palabras que siguen: “no te quería tanto…porque ahí no te conocía. O sea, te conocía ‘recién’. Pero hora ya sí te conozco y por eso te quiero y eres mi mejor mamá del mundo, etc, etc” (todo esto con una entonación que me recuerda algún mono, no sé bien cuál, de Nickelodeon o Discovery kids)

Escucho la carcajada deliciosa del taxista, mientras yo me habría largado a llorar con una alegría equivalente en intensidad a la suya, pero muy distinta en el material del que estaba hecha. Para mí, lo que había oído de mi hija, significaba el mundo.

Cada afán, cada lento y diminuto paso, cada pregunta relevante -¿QUIERES dar/darnos un abrazo, un beso? ¿PODEMOS darte un abrazo, un beso? ¿No?, muy bien, sigamos jugando-, cada declaración de nuestro afecto y respeto, y especialmente,  todo lo que sin palabras -o no todas las que uno podría usar porque los niños tienen un idioma mucho más amplio y diverso- me he esmerado en tratar de dejarles saber a mis dos niñas sobre sus derechos, preferencias, y sus límites, TODO eso se volvió gloria, aleluyas, coronas de laureles. Qué corona: tiara. De Miss-Mamá-más feliz del universo.

Es un regalo tan grande darme cuenta de que Emilia, aunque todavía no entienda la dimensión “tiempo” (y “ayer” puede ser 6 meses atrás, o una hora)  la siente. Porque ha contado con él, a manos llenas -gracias a su familia, personas cercanas, educadores y hasta los conserjes de nuestro edificio– para ir acercándose y explorando sus formas de expresar simpatía, cariño, frustración y deleite, según cada ocasión (a veces nos abraza, y otras nos dice que “después” o que, y con una sonrisa segura, “ahora” no quiere). También, para expresar su distancia, rechazo o incomodidad, a veces sin poder explicar por qué, encogiéndose de hombros, no nombrando  (y en ese silencio dejándonos saber mucho más de lo que ella imaginaría). No siempre sus motivos serán claros, pero sí son siempre  respetados. Asumiendo yo que para más de alguna experiencia o emoción de mi hija -eso ya debí aprenderlo con la mayor- no podré tener una “versión definitiva u oficial” (le cae mal X persona por X situación; o el amiguito XX la empujó y por eso no quiere hablarle ni jugar con él en la plaza) pero que en la constancia de nuestro caminar, siempre podemos ir escribiendo una historia mejor, preferida.

Al llegar a casa, almorzamos y cayó dormida. Le comenté a mi marido y mi hija mayor lo que EMilia había dicho sobre el amor. No lo podíamos creer, pero sí, claro que sí, es solo coherente con este nido y sus formas de hacer y vivir.

Emilia puede confiar y decir lo que quiera en relación a sus afectos porque así lo ha aprendido (y nosotros junto a ella). Y aunque es muy improbable que recuerde bien sus tiempos de recién nacida, es solo sensato suponer que no me quería, o no tanto, porque “recién me conocía” (aunque desde el día uno, yo no haya sentido más que una corriente amorosa infinita ir y venir entre las dos, pero claro,  desde mi mirada). No imagino una declaración mejor ni más sabia sobre el amor, y viniendo de alguien tan pequeño (que, por cierto, no ha leído aún El Principito).

Pocos seres humanos son más incondicionales en su amor que los niños, pero qué bueno saber que ellos también pueden intuir o palpar -si así lo permitimos y alentamos- que el amor nace y crece con cadencias y estaciones, tiempo tras tiempo, vínculo y otro, hasta necesitar inventar o encontrar su lenguaje preferido, su latido de corazón y de piel, su lucidez y gratitudes, su forma de ir de menos a más (aunque sin cuidado ni nutrientes, puede también extinguirse). De menos a más… me repito. Y miro mi vida, y la de mis hijas…

Lo que Emilia dijo, proyectado al futuro -con las amigos y amigos que elija, con maestros y mentores, con quien la corteje y la quiera, y a quien ella elija como pareja- me alegra y me esperanza. Cuánto no demoré yo en llegar a mi casa: la libertad sin prisa ni temor, mis límites bien templados, mi integridad, mi calendario diferente, la plétora de residir al fin en el cuerpo, mi corazón… oh my heart, (como cantaba R.E.M en su despedida musical). Oh, my heart, and yours. Tuyo hija, para gozarlo y compartirlo según tu compás sagrado.

Me cuesta decir mucho más. Recuerdo a abuelas, madre, tías, mujeres antes de ellas, con historias tan fantásticas algunas, y otras, devastadoras, y esa sensación mía, de niña y hasta bastante adulta, de querer regresar a algunas de esas mujeres a la vida, o conseguir para todas -vivas y muertas-, un siglo más ahora sí de regocijo y plétora: sin urgencia ni desmesura, sin naufragio ni vocaciones dimitidas, con más sueños que conceciones; sin más  hijos invisibles u omnipresentes al punto de la asfixia (para ellos, impedidos de crecer, y para sus madres, sin más horizonte de existir); sin susurros ni gritos (de protesta o placer) ahogados, sin cegueras ni secuestros del alma en pasiones tórridas que jamás permitieron el descanso o la contemplación serena de  las vidas.

Estas tardes de primera semana de colegio en Chile, por las tardes, justo antes de la cena, hemos hilado collares de cuentas. El ritual con EMilia me regala una imagen: el collar antiguo y entrañable de las genealogías (que una lleva colgado en el alma) donde nuestras ancestras puedan heredar lo que ellas aprendieron (lo bueno y lo áspero) a las niñas y mujeres que les siguen. Y donde ojalá ellas, más grandes, donde se encuentren, puedan también recibir algo de las más pequeñas y jovenes, algo importante: toda la nueva luz y textura de vida que traen estas nuevas generaciones.

Que entre las ancianas cuentas de ámbar que relatan las historias de amores de una familia y sus mujeres, mis niñas hagan refulgir ese talismán compuesto de perlas de río, piedras preciosas, ópalos, diamantes, y engarces minerales de muchas tierras y buenos amores.  Amores de Diamela y Emilia, y sin importar mi edad, justo a tiempo, los míos también.

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