UN BILLON DANZANDO

ONEBILLION

Humanity has advanced, when it has advanced, not because it has been sober, responsible and cautious, but because it has been playful, rebellious…”  ― Tom Robbins

El pasado 14 de febrero, día de San Valentín, fue también el día más importante (luego de un año) para la campaña ONE BILLION RISING –con participación de 265 países, mujeres, hombres, niños y niñas- impulsada por la fundación VDay para exigir el fin de la violencia contra niñas y mujeres y derrotar la estadística actual que señala que durante su vida, en el mundo, al menos una de cada 3 mujeres será abusada y/o violada.

Fue un día muy especial, el primero soleado luego de semanas de frío, tormentas, tornados y nieve. Las fuentes de agua de Woodruff Park en Atlanta tenían un color rosa que cautivó sobre todo a las más pequeñitas, como mi Emilia, que asistieron junto a sus mamás, papás, abuelos, personas de todas las edades, países y colores, queriendo expresar de la forma más bella y pacífica, su protesta y su esperanza de un mundo mejor. Si le preguntaban a mi pequeña por qué íbamos, su respuesta era “para cuidar mejor a las niñitas”.

Semanas antes, escuelas de danza (incluido el Ballet Municipal) y centros comunitarios en las diversas comunas de la ciudad de Atlanta facilitaban sus sedes y maestros para ensayos ciudadanos abiertos. Nosotras asistimos, Emilia y yo (ver enlace), y fue increíble para ella ver a familias completas concurriendo, pero mayor sorpresa y enseñanza fue ver a señoras y señores muy mayores, con muletas y ayudas para caminar, que dejaban todo de lado para pararse en el centro del estudio y, a su ritmo, con su cadencia particular, sumarse al baile que otros más ágiles y jóvenes encontraban incluso “muy sencillo”. Debby Allen (sí, ella misma, la inolvidable de Fama), responsable de la coreografía, se aseguró de que pudiera ser algo universal, realizable por personas con capacidades diversas, con o sin cercanía al mundo de la danza (ver ensayo completo).

ONEBILLION2

En distintos momentos de bailar “Break the Chain”, la canción oficial de la campaña, durante ensayos, y luego en el parque el día 14 de febrero (ver enlace), nos pasó a muchas mujeres que entre que llorábamos y nos reíamosn. La energía de todas las personas, los testimonios de muchas mujeres, saber que al mismo tiempo en lugares que jamás conoceré posiblemente, familias y niños estaban haciendo lo mismo en una sincronía extraordinaria for a lifetime...

Mii mayor gratitud, admito, fue viendo a Emilia bailar, como a Diamela en sus tiempos, en coche o ya caminando, a mi lado en multitud de actividades y buenas causas defendidas con métodos pacíficos y creativos. Quería que mis hijas sintieran, aun sin entender mucho, que el ejercicio ciudadano es relevante, que sus prójimos (no los “otros” lejanos, sino iguales a ellas), que las voces: la posibilidad de ser parte de relatos relevantes para la vida que uno vive en su rango específico de experiencias y, en un riel simultáneo, lo que uno comparte en la experiencia humana colectiva (compatriotas, hermanas de género, las madres, los estudiantes, los niños-hijos de todos, tantas causas que aunque no directamente vinculadas con nuestra biografía, pudieran tocarnos alguna vez, o a nuestros seres amados).

La decisión, muy consciente, de abrir a mis hijas tempranamente a estas dimensiones de experiencia fue bien medida y reflexionada. Me ocupaban, y ocupan, preguntas gigantes: ¿Cómo lograrían distinguir bien entre el amor y el daño, sin observar el mundo en todas sus dimensiones de luz  y sombra? ¿Cómo discernir la justicia o injusticia sobre sus propias vidas, si no podían reconocerlas en las vidas de sus prójimos? ¿Cómo sentir derecho a verbalizar ciertas verdades y actuar sobre ellas, si nunca se aprendió que era posible decir No o Basta, y soñar mundos mejores? La rebeldía importa. Eso es lo que trato de decir.

No encontré durante mi primer embarazo, y tampoco durante el segundo, veinte años después, libros sobre cómo  guiar o nutrir el valor de la rebeldía en los niños. Por supuesto una combinación de ejercicio de derechos, práctica de límites, formación ética desde el cuidado y el marco de los derechos humanos universales, más otros elementos, me ayudaron en el camino. Sin referentes que la ayudaran a una como mamá a desplegar una crianza que no anulara la rebeldía –y por el contrario, la convirtiera en un valor fundante-  ni expusiera al riesgo, por inexperiencia o destemplanza, de hacerse un auto-atentado familiar (especialmente en la perspectiva de las adolescencias).

Si la libertad era un valor, si la inocencia (esa obertura de la vida; esa develación de las cosas en su estado puro, benévolo o lesivo; esa inclinación, de todos modos, hacia la gracia, la unción), si el respeto, si el amor de la vida a tal punto que creyeran que casi habían deseado llegar aquí y con esa pasión cuidar sus cuerpos, sus éticas, cuidarSE ¿cómo develar o alentar esos ejercicios en mis hijas? ¿cómo establecer permanencia y a la vez alzar un arco de vuelo; cómo habitar el albedrío y las normas justas de convivencia?

Sigo sin poder articular respuestas precisas, pero entre intuiciones, improvisaciones,  y licencias creativas fui entendiendo con mis niñas que no había mejor lugar para sus aprendizajes que el hogar. También para la rebeldía. Ahí tenían que poder objetar, cuestionar la norma, aceptar argumentos o contra-argumentar, a veces conceder (ojalá sin rabia ni resentimiento) o negarse a hacerlo, y ganar en ocasiones (pero ganar-ganar, salirse con la suya aunque solo fuera un poco, y en algo completamente inocuo) disfrutando ese triunfo con suficiente amor –cosa que por fortuna existe con los padres-  como para no ceder a la tentación de la soberbia o la humillación del otro. Alegrarse o admitir el triunfo de alguien más, sin peso, sin sonrisa falsa, y sin sentirse menos. Perdonar, también. Y perdonarse.

Cuando tenía 13 años, una de las mejores amigas de mi hija mayor, proveniente de una familia musulmana, comenzó una relación con un muchacho un poco mayor (16 años, suficiente como para tener licencia de conducir) a quien veía los sábados. Los padres de esta niña la dejaban en el punto de encuentro, convencidos de que ella se reunía con compañeras de curso. Cuando ellos se iban, la muchacha partía a pasear en auto con su enamorado.

“¿Por qué no se rebela dignamente, por último? Huelga de silencio, o de hambre, tendría que hacer, si no quieren escucharla. Pero no mentir, y menos arriesgarse así. Si lo que ella quiere es justo”. Yo sabía de qué hablaba Diamela. Lo peor de la niñez fue hablarle de Gandhi. Ya a los 7 años se encerraba en su habitación a protestar silenciosamente, dos, tres, cuatro horas, en disenso conmigo por algún motivo que ella consideraba justo. Pero del mismo modo, me recordaba de “castigos” -no patinar, no ver un programa de monos- por negarse obcecadamente a cumplir con algún deber escolar, por ejemplo, y que ella asumía dignamente (tan dignamente como se mantenía en su negativa), al punto de recordarme la duración –días o semanas- si la olvidaba, algo que confieso podía sucederme. Desde esa lógica temprana, la adolescencia no fue un período conflictivo sino de mucha luz. Luz que compartió con su amiga americana-musulmana quien, long story short, logró luego de arduas batallas íntimas, que sus papás la dejaran ser visitada por el pretendiente, o salir con él, pero ya nunca más a hurtadillas.

Creo que luego de ese episodio, miré no solo la vida, sino la muerte de otra manera. Podía caerme un rayo encima, y mi ausencia no cambiaría la espesura magnífica de los valores ya enraizados en esta hija de 13 años, cada día más cerca de su autonomía y gobierno en plenitud. La miro hoy, y me acompaña la misma certeza.

Más aún, veinte años después, reconozco en Emilia un registro similar al de su hermana cada vez que despliega sus sediciones, el particular tejido de sus manías y tozudeces, la elección que realiza al insistir en travesuras y trasgresiones y la inmediata auto-aplicación de penitencias, como último gesto soberano (“me voy a time out a mi “casa”, que es su dormitorio, eso nos dice, y luego de unos minutos se reintegra sonriente a la dinámica familiar), y su profundo regocijo cuando nos gana, así sea que eso la ponga en desventaja: “una cucharada más”, le pedimos, “no, tres!”, replica. Bueno ya :).

A esta pequeña, con un temperamento intenso, la he visto también convertir su impaciencia en brisa, y plegarse sutil y solemnemente a velatones  o a ensayos prolongados de baile,  y algunos años antes que con su hermana (y quizás, sobre todo, porque existe ella como cuidadora eterna), tengo la misma sensación de semilla que ya sabe qué hacer, o sabrá, poco a poco, honrar su dirección: triunfante, cada vez de volar, y capaz también de aceptar –en tiempos de invierno o alas frágiles- detenerse y esperar.

Es lo lindo de la escritura y la parentalidad: partir con un mapa o un abecedario, y terminar encontrando que podíamos asombrarnos creando tantos más. Vine a contar de VDay y la rebeldía se toma la pluma. Somos padres, formamos, compartimos éticas, enseñamos normas para convivir, y en el camino terminamos alimentando inmensas soberanías, aplomos y dignidades. También rebeldías: esa grieta perfecta y esperable sobre un fondo azul (así la imagino) por donde la libertad es urgente y hermosa, y prefiere cruzar ríos donde no hay puentes tendidos aún, para tener la experiencia de construirlos con sus propias manos.

Esas sencillas carreras donde dejamos que nuestros hijos llegaran primero (solo para escucharlos reír y gozar, pero también resultó que serviría al propósito de descubrir que sus padres no éramos imbatibles), esas sobremesas eternas que disfrutamos para escuchar sus voces (fortaleciendo su derecho a voz y opinión), o ese momento cuando, ya más grandes, nos mostraron un error o incoherencia y guardamos silencio, y elegimos no justificarnos, porque tocaba que nos bajaran del altar y se vincularan con nuestra falible humanidad (que también necesitan reconocer en su propio reflejo)… el recorrido es increíble, la vida con los hijos: un billón de historias danzando.

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