NOSTALGIA

Mi querido amor, compañero y marido, me envió esta foto (solemos hacerlo, a propósito de todo y de nada,  gracias al gentil e infinito catálogo de google-images). Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y es muy cierto. Porque además del “compromiso” que destaca el mensaje en mayúsculas, no puedo dejar de ver el esfuerzo, los malabares, a veces los sacrificios y, siempre, la persistencia de estar presentes en este camino de ser pareja… aliados, mejores amigos, amantes, cuidadores, viejos de la tribu…y esa yunta de bueyes preciosa y fiel, en la que puede apoyarse y levantarse una familia.

En estos días, me encuentro lejos –un viaje con tareas académicas, laborales y trámites familiares varios- y sobre mi hija mayor y mi marido descansa el cuidado de la más chiquita que por primera vez no sube y baja conmigo de aviones, buses y otros medios de transporte, como ha sido desde sus primeros meses de vida.

Fue difícil la decisión de partir sola, pero me convencieron. No solamente por un criterio práctico y económico –muy sensato por lo demás-, sino porque mi familia quería “regalarme” unos días “especiales”. Para andar a mi ritmo, hacer mis cosas, y cumplir algunas metas añoradas. En otras épocas podría haber sido la casa de una amiga en el Cajón del Maipo,  la playa, un sábado en casa de descanso, o un viaje a lugares más remotos: cualquiera el destino, los días de soledad son tiempo de regalo, oportunidad de orden interno y autoexamen, gratitudes, y renovación de energías que apostar en la vida propia y de quienes amamos.

La generosidad de mi familia, conforme avanzan los días, queda en el registro de retratos que  llegan a toda hora: despertar de Emilia, luego partiendo y regresando del jardín (estampada de pintura y tierra), jugando en la plaza, haciendo casitas en su dormitorio, baño de tina (en bikini y con una decena de botes, patos de hule, dinosaurios, muñequitas, peces de juguete), cena y luego durmiendo al fin.

Además está skype. En pixeles más o menos concentrados, veo a mi niña feliz, serena, y sin embargo -quizás como muchas madres- no me libro de ese fantasma del desapego que ronda con preguntas malignas e inconfesables: ¿no será algo traumático que “justo ahora” la mamá se aleje por unas semanas? o ¿cómo: no se deshizo llorando y pudo seguir jugando, riéndose a carcajadas, siendo la exquisita que siempre es, aun no estando yo?

El relato patriarcal, vírgenes y cruces multiplicadas en el inconsciente, modernas residencias en la escisión impía entre maternidad, trabajo, vocaciones (cada vez más palpable para los hombres-padres, también). No soy inmune. Pocos los somos. Pero el acto de resistencia y de salud es este insistir en el cuidado, como quien insiste en la paz, el fin del hambre, de las muertes que escribe con mano cada vez más temblorosa, la codicia.

Lucideces más o menos, como decía, no soy inmune. Sin embargo, la pócima necesaria, el paño mentolado en el pecho, llegan antes de alcanzar a  expresar mi división entre la serenidad de suponer un apego seguro versus la angustia ante un posible vacío en el vínculo que me hiciera “dispensable” en la nostalgia de mi hija.

Recibo un mail de mi marido. Sus breves líneas son casi una oda, gratuita e inesperada, sobre el camino de mi segunda maternidad (tanto más cuesta arriba, admito, que la primera). Pequeña medalla de tréboles, y establo de letras donde puedo reposar un poco porque el hombre con quien hago el nido, cada día, me jura y rejura que el pajarito anda bien: Emilia está tranquila y contenta porque así –eso me dice él-  la ha  acompañado su mamá en lo que lleva de vida. “Claro… hasta ahora”, dice una voz llena de remordimientos que viene de lo profundo de mí; inconmovible ante cualquier objeción de ternuras y responsabilidades que yo pueda levantar.

Leo el correo varias veces, salgo, veo cientos de árboles, y a un grupo de ciervos que hacen cabriolas frente a mí. Podría ser puro gozo de correr sobre hojas secas, o bien agitación y algo de temor ante el material perfecto para desatar algún incendio de otoño (o soy solo yo viendo contradicciones en todas las criaturas). Lágrimas, muchas; errancia entre mi alma materna, esa culpa celular, y el contrargumento de un amor –el de mi marido y de mi niña chiquita- que salva a mi corazón  de su zozobra. Ahí me quedo. Y descanso un poco.

“Mamá yo te quiero en-todo el día… te quiero tanto… más que a yo” me dijo Emilia unos días antes de partir. Repaso esas palabras como cuentas de rosario, y aunque no quiero que me quiera “más que a yo” (“a yo”, a sí misma, tiene que ser su amor primario), me doy cuenta del voto de cariño que intenta declamar. Un voto multiplicado en su hermana, mi hija mayor, que por estos días averigua (con instinto feroz, como solo una mamá o papá lo haria) sobre vacunas de meningitis, mientras desenreda rulos colorines, pinta y organiza juegos y paseos (además de llevar temas míos en Chile), sin dejar de preparar su examen de grado.

Veo a mi hija mayor tan alta y luminosa; me veo yo, no sé de qué estatura, contando ahora con su ayuda. Recordé un tiempo lejano donde con total devoción de familia, nos apostamos a que ella pudiera ir a su beca en Oxford. La parte de pasajes y gastos varios que no eran cubiertos por la beca, nos encontró en otro carril de obligaciones financieras y no quedaba mucho ahorro del que echar mano. Entonces, horas extra, conversión de pequeños vueltos en inversión magnífica, mil variedades de pasta-sopa-salad por meses, cero salidas a nada que no fuera obligatorio. Y lo logramos. Qué tiempo increíble: cualquiera evocador de los mosqueteros (uno para todos, todos para uno).

Hoy, de otra forma, veo esos esmeros familiares desprendidos y sonrientes en rutinas diarias que son por ahora, para mí, trazos de imágenes y anécdotas al teléfono. Pero conozco bien el enorme esfuerzo y despliegue de traslados, trastorno de agendas, y cansancios que hay en el ensamble de apenas 24 horas con una niña pequeña, y un hogar. Por eso la solidaridad de mi trío más amado, me desarma y enamora. Embeleso. Esa es la palabra justa. Con ellos, con la manada más extensa de la que somos parte.

En largos recorridos de carretera, me dejo llevar en reflexiones sobre genéticas, evoluciones e historias mamíferas, humanas; devociones colectivas o de pequeños grupos apostados al cuidado y el aliento mutuo, más allá de los tuyos, los míos, los nuestros. Nosotros. Nosotros. Las palabras abren la distancia como girasoles. Veo en luz intensa los contornos de mi familia, los colectivos que se trenzan con ella, y al centro, un hombre y una mujer que aun separados por medio planeta siguen siendo apasionadamente, el engranaje central del amparo.

Por supuesto cometemos errores, cada uno, y como pareja, y vemos el impacto de nuestros humanos tropiezos, escaseces y desajustes en el espejo del otro, o de nuestro hogar, de nuestra familia. Triunfamos a veces, y suspiramos de alivio y de dicha cuando lo hemos hecho bien. Y otras, pedimos perdón, enmendamos, y nos acompañamos en duelos, derrotas, despedidas o cambios pantagruélicos en el diseño de nuestras vidas que no siempre fueron imaginados, planeados o deseados, pero que sí entendemos pueden y piden ser aceptados, para poder seguir avanzando.

Porque eso hemos elegido en plena voluntad. Y en ello respira nuestro compromiso, ser vivo inacabado pero portentoso, al que alimentamos con constancia cada día, de verdad cada día. Claros en que el mito o la proporción del 50-50% en el matrimonio y los compromisos perdurables de amor, no es siempre absoluta (y en verdad, las menos de las veces… aunque sí en el balance final). A veces será 70-30, 40-60, y diferentes entregas se darán dependiendo de la necesidad (si uno es mejor organizando las finanzas, y el otro la vida cotidiana; y uno es más ingenioso para planear paseos, y el otro para actividades recreativas en casa). Cualquiera sea la aritmética, y cuidando suavemente los equilibrios, sigue siendo un 100% NOSOTROS.

Confía en mí, no te preocupes, disfruta, no trates de organizar nada desde lejos, “I’ve got your back”. La voz de tono profundo y calmado de mi compañero describe mi tiempo ausente y su semana de “single dad” como quien anduviera en carrúsel. Sé que ha habido dificultades, desafíos, mi hija mayor algo me cuenta aunque también con una ligereza casi musical. Pero sobre todo con la certeza -la siento en su voz- de que su hermana, y ella también, están siendo bien cuidadas y queridas. Pienso en ellas, en él, en lo que hace con tanta alegría, por todos, por nosotros, y me superan las ganas de abrazarlo.

Hay un abrazo en el que pienso, una calidez que me resuena familiar. Al día siguiente de las elecciones en EEUU, mi compañero y yo compartimos nuestra rendición ante la fotografía que acompañó al “twitter más retuiteado de la historia”: four more years. Fue todo lo que escribió Barack Obama para compartir su re-elección como Presidente de los EEUU. Y una fotografía. Un retrato que no era de él con banda presidencial, ni de toda la familia en algún salón de la Casa Blanca. Solo una imagen muy cándida entre esposos, Michelle y Barack, en plena campaña, un rally donde el fotógrafo apuntó al cielo y nunca se vieron los miles de asistentes que había en el lugar. Obama había estado largo tiempo en el camino sin ver a su mujer. La fotografía captura el momento de su  reencuentro, al fin.

Este abrazo hermoso también lo conocemos –y reconocemos en todos sus detalles- muchas parejas que no somos candidatos a la presidencia. Es un abrazo de vueltas al hogar, de alegría en la cocina, de consuelo a veces, de felicitaciones por algún buen cometido, de esperanza y de “todo estará bien amor mío” ante obstáculos y situaciones desconocidas. También, de preámbulo nocturno (o diurno, a cualquier hora).

En este abrazo nos vimos reflejados porque si hay un espacio y una historia que nos hemos prometido (ambos traemos nuestros aprendizajes y enmiendas) y esmerado en cuidar es la de nuestra pareja. Nosotros a la cabeza, cielo y cimiente de nuestro hogar, nosotros origen. Juntos en la vigilia, en ese abrazo, dispuestos a responder y cuidar, y dispuestos también a dejar crecer y dejar partir: a los hijos, a todos, y seguir siendo nosotros dos, algún día, cuando viejitos. Reencuentro, re-abrazo, aventuras finales, nueva morada quizás en qué latitudes, y esa vuelta a la luz que, mientras gozamos a quienes amamos, jamás querríamos considerar ni llegar a aceptar (yo casi he llegado a pensar que ser vampiro no sería tan malo si eso me permite siglos más viendo a los míos). Si mi marido es antes, o yo, que la muerte nos encuentre como siempre: acumulando deseos, riéndonos, conversando hasta el amanecer, tocándonos, prestándonos el hombro y queriendo la alegría del otro, tanto como la del propio corazón.

Mirando un cielo siempre majestuoso en estas montañas, algo me toca dentro, espesa mi sangre, me sobrecoge. Un pudor inexplicable, delicadamente separa todo lo que crepita entre la atmósfera, mi alma y yo: besos de niñas adoradas, las manos del hombre más amado. Siento por doquier el tenue roce de esas caricias imprescindibles, familia, nido, hogar, progenies, esencia mía, mujer, diosa, compañera, humana que solo junto a un otro semejante en amor, es capaz de dar a luz el refugio que habitamos. Por un instante, pienso en todo, soy todo, soy los míos, su misterio, su existencia perfecta e irrenunciable. Miro hacia atrás, tanto recorrido (quién lo habría dicho… y exhorto a mi historia, a los finales felices) y solo puedo añorar que esta gratitud no me abandone nunca.

Advertisements

2 thoughts on “NOSTALGIA

  1. Te leo, y muchos sentimientos invaden mi mente. Tu fortaleza asoma completa en cada línea que escribes….
    Mi hermana una vez me dijo “Eres mi persona favorita”… y con esas palabras me di cuenta del AMOR que habita en nosotras. Con 21 años de diferencia, el sentimiento que me une a ella es indescriptible, el amor e instinto de madre que suponemos vive en toda mujer, despertó en mí para no volver a dormirse, para no apagarse más y de esa forma acompañarla en un camino que espero en lo más profundo de mi ser, sea el más fácil, el menos pedregoso y el más tranquilo que pueda existir.
    Ser hermana de una niña tan pequeña es un compromiso, un cariño sin límites y una preocupación constante y despierta por esa personita que trajeron a nuestro lado. Sin duda tu niña está cuidada por una hermana grande que asume con amor ese compromiso, un compromiso que va desde peinar delicadamente su cabello hasta dar todo por ella si fuece necesario.
    Un fuerte abrazo

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s