Indignidad y cercos de luz

En mi país, en estos días, ha sido cansadora la reaparición de un ex senador de la República desaforado por delitos de abuso sexual infantil (condenado a prisión por algunos de ellos solamente, ahora en libertad luego de cumplir un poco más de la mitad de su condena de 5 años) y asimismo ha sido triste el intento de muchos por lavar su imagen o atenuar culpabilidades, bajo el argumento de sus anteriores aportes a la nación (en la causa de derechos humanos, paradojalmente, y en la minería).

Ignoro si los canales de televisión le dan tribuna para que ejerza su derecho a voz y aporte antecedentes de una inocencia que no sé cómo pueda pensarse es sostenible desde ningún ángulo a estas alturas, o por simplemente mostrarlo, casi como si estuviera desnudo (es sobrecogedor y escalofriante al mismo tiempo, escucharlo hablar y exponerse a mayor pérdida de dignidad), para que la ciudadanía juzgue y saque sus propias conclusiones.

Este señor, muchos años ha, fue un hombre que se jugó por causas nobles. Pero además ha sido conocido amargamente por su inclinación a abusar de menores -lo que no solo se ha develado ante la justicia sino en otros mundos, donde ex niños y niñas cuentan su experiencia a manos del ex senador-. Él no admite responsabilidad alguna, ni la más mínima falibilidad. Ni siquiera ha reconocido alguna actitud “inapropiada” suya que pudiese haber sido objeto de “malas interpretaciones”. Solo existe la negación total. Negación por falta de consciencia, por cobardía, por enfermedad mental o acaso por senilidad, algo que sinceramente me pregunto luego de verlo un día en las noticias.

Pensaba anoche en sus víctimas, las familias de éstas, o en qué sentiría yo viendo al responsable del abuso de una hija o de un nieto mío, apareciendo en televisión. Miedo, indignación, desconcierto. Quizás hasta compasión, por el grado de confusión que proyecta; de indiferencia absoluta ante ciertas realidades, como la lectura, macabra por cierto, de detalles de las denuncias de los niños/as que fueron abusados por él (según el ex senador, “sobornados/comprados” para testificar en su contra).

Pensaba luego en la dignidad, o falta absoluta de ella. Y no me refiero únicamente a la indignidad de los abusos cometidos, sino a aquella que veo asociada a la no-admisión de la posibilidad de ellos siquiera; y menos, veo remordimientos, aspiración de restituir éticamente. Nada. Carencia absoluta e infinita de respeto y piedad por el sufrimiento de los niños; por lo que otros ciudadanos pueda provocarles todo esto; o consigo mismo.

Quizás este ex senador no está en condiciones de revisar con razón y lucidez nada. Quizás los años son su peor castigo en esta hora de intentar e intentar, extenuante y lastimeramente, demostrar su punto de vista; probar conspiraciones de mineras transnacionales al tiempo que promueve su último libro y gana alguna adhesión en personas que por argumentos políticos o ideológicos, han podido minimizar o directamente invisibilizar el hecho de que este señor sea un abusador sexual. Tanto así, que hasta querían rendirle un homenaje por su contribución a la causa de la nacionalización del cobre (mineral principal en Chile, pilar portentoso de nuestra economía).

Nadie desconoce que los humanos somos mucho más que algunos de nuestros actos, heroicos o fallidos. Muchos creemos en el derecho al beneficio de la duda, en el perdón, y hasta las segundas oportunidades. Pero no pueden levantarse segundas partes de historias de vida, sobre aire. Y tampoco nos hace bien omitir o arriesgar bienes éticos irrenunciables como el cuidado y respeto que se debe a los niños, no importa si para ello es preciso renunciar a otros intereses (por épica o impostergable que sea una causa): cobre, oro, petróleo o todos los tesoros sumados de esos piratas de leyenda cuyos barcos encallados aún no se encuentran.

Del otro lado de esta vereda de acontecimientos, en todo caso, hay una calle clara y sólida, recorrida por personas de todas las edades, muy atentas y dispuestas a la lucidez y el cuidado de los más pequeños de nuestras manadas: de su hijo, de la mía, de los del prójimo, el vecino, y también los niños de la familia del ex senador.

Lo que más fuerte y dignamente irradia, junto a muchos padres y madres preocupados, ha sido la cantidad de jóvenes, estudiantes secundarios y universitarios que en las redes sociales se han manifestado con sus preguntas, aspiraciones y reclamos, apostando a un Chile donde más que el cobre u otras riquezas -que nos son necesarias y por cierto valiosas para el progreso de nuestra nación- el más alto valor sea proteger a los niños, velar por sus derechos y por la posibilidad de que puedan ser niños, explorar sus talentos y sueños, y asimismo poder desplegarlos más adelante en un país donde -como en otros lugares del mundo- cada vez sea más tenue (y desaparezca, ojalá) la frontera que separa a los niños según variables incomprensibles (dónde nacieron, dónde estudiaron, con qué medios económicos han contado sus familias).

La única frontera que es posible imaginar es aquella levantada por el cerco de cuidado (muchos cercos, enceguecedores en su luz) que los más grandes levantemos alrededor de los niños, y entre ellos y todo aquello (y todos aquellos) que pueda interrumpir sus caminos o tornarlos en grietas.

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