Tardar y no llegar

(posteo noviembre 16, 2011, as in http://www.elpost.cl)

Es triste decirlo, pero creo que la noticia del sobreseimiento del caso Karadima no tomó por sorpresa a casi nadie. La resignación siempre estuvo al acecho de muchos chilenos, conscientes de la restricción que imponía sobre la justicia el tema de los plazos de prescripción del delito. Dentro del margen amargo de “lo posible”, de todos modos, creo también que hemos sido muchos los que valoramos que al menos se haya explicitado -a diferencia de muchos casos de DDHH cuyas responsabilidades jamás lo fueron- que el ex párroco sí era culpable de los cargos de abuso sexual de menores (con 3 de los 4 denunciantes) de los cuales ya había sido acusado y declarado culpable, en primer lugar, por el propio Vaticano.

En el magma de emociones que causa una noticia como ésta, nunca sobra destacar la admiración y gratitud por cuatro hombres valientes, su persistencia y generosidad en insistir en una conversación que por dios que le hacía falta –y todavía más- a nuestro país. Cuando comenzaron este proceso, debe haberse sentido como navegando riscos, pleno surf sobre abismos. No es una gesta menor interpelar a la Iglesia, su tradición, secretos y encubrimientos. La palabra de cuatro ciudadanos levantada contra la palabra de una institución gigante, requiere no solo de inmenso coraje, sino asimismo de capacidad de humildad y de visión: tanto de los posibles logros por el bien de muchos, como de los costos personales e inevitables derrotas que, demasiadas veces, son infligidas frente a las honestidades que se levantan en la desventaja (pensemos en la palabra de cualquiera de nosotros versus un policía apenas, o un juez; o la de un niño versus un profesor, y así las diferencias en las voces y sus dimensiones de poder).

El camino de Juan Carlos Cruz, James Hamilton, Fernando Batlle y Jose Andres Murillo, fue recorrido de buena forma y ellos son “guías” que podemos reconocer en la manada. Sumaron voces, valentías contenidas de muchos otros seres humanos, hombres y mujeres, que habían sufrido abusos; vencieron estigmas y hablaron con transparencia sobre lo que se siente haber sido abusado; conminaron a la Iglesia a revisar sus procedimientos y a revisarse completamente, en realidad, sabiendo que sí no hay transformación, al igual que en EEUU e Irlanda, la sanción social y el abandono de sus parroquias y colegios pueden llegar a ser inestimables; nos movilizaron a todos a repensarnos, a reflexionar sobre el abuso, no solo sexual sino de poder, y a mirar a nuestros hijos quizás con renovado tesón en el imperativo del cuidado. Pero por encima de todo, y la más alta obra, es que ellos volcaron en servicio la experiencia, transformando el dolor en acción comprometida por la prevención del abuso. Así se refleja en la creación de Fundación Para la Confianza y la propuesta de un nuevo trato relacional para Chile basado en la confianza lúcida: esa herramienta imprescindible para todos, pero especialmente para que nuestros niños puedan tanto esperar la más alta ética del cuidado de parte de nosotros los adultos, así como para desplegar, paso a paso mientras crecen, su propio caminar en el autocuidado y la dignidad.

No quiero extenderme más de la cuenta y quizás solo decir que las noticias de esta semana deberían valer como motivo para insistir –aunque canse- sobre la responsabilidad que tenemos todos en lograr que el abuso sexual infantil sea declarado imprescriptible (ojalá, crímen de lesa humanidad). Sabemos ya que recordar, integrar la experiencia, develar la verdad del abuso, son procesos que toman años y generalmente más de los que la ley contempla dentro de sus plazos (ver posteo anterior, El Tiempo Diferente, donde se explica mejor). ¿Cuántas explicaciones más debemos dar, cuánto más pedir consideración y respeto por lo que no debería ameritar mayores justificaciones a estas alturas?

En nuestro Congreso se ha esperado ya casi todo este año para aprobar el proyecto ley que propone revisar y cambiar los plazos de prescripción de los delitos de abuso sexual (y hay que agradecer la persistencia y tolerancia a la frustración de los Senadores Walker y Quintana). Esperando el momento en que fuera posible al fin discutir el proyecto ley en el Congreso, pedimos –y agradecemos el apoyo de muchos- que se firmaran dos cartas para apoyar a moción: una para sobrevivientes de abuso sexual y familiares y seres queridos que nos acompañan (http://www.petitiononline.com/21082011/petition.html, con 94 firmas a la fecha) y otra para profesionales –de salud, justicia, educación, derechos humanos, etc.- que trabajamos en el tema y que, fehacientemente, podemos atestiguar las dificultades y plazos que el proceso de reparación implican para las víctimas
(http://www.petitiononline.com/66471955/petition.html, con 198 firmas a la fecha). Estas cartas solo esperan poder cumplir su propósito. De nosotros depende, no solo de los senadores ya comprometidos, desde hace mucho, con este afán.

En tweeter decía el pasado lunes que cuando la justicia tarda demasiado, no llega; que de poco sirve que alguien sea declarado culpable de un delito, si la prescripción hace imposibles la sanción y restitución. Espero no tener que volver a repetir estas palabras; que no sigamos demorando. Esto debe cambiar. Imprescriptibilidad ahora, por favor.

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