Esquina de corazón

No tiene que ser una enemistad, pero tampoco hay tiempo para devociones. Rondan las tristezas de muchos, y me pregunto, también en relación a las mías, cuánto de elección hay en este vínculo.

Más allá de ramitas neuronales y químicas misteriosas que inclinan las balanzas hacia el pulso de la melancolía, más allá de pérdidas infinitas y rasgaduras crueles de la integridad, ¿por dónde esa ventana donde queda la vista fija de un duelo privado –a veces traducible, otras no- se convierte en azotea de edificio, riel de trenes, veneno posible? No se trata de querer morir, me parece, sino de negarse a vivir en pleno. Una negativa que no siempre es consciente ni activa pero que se expresa en decenas de formas y desánimos. Desalientos, más bien. Los siento rondándome, y no son tanto míos como de personas queridas, MIS personas queridas. Por eso no hay derecho a omisión ni quietudes de mi parte. Por eso estas letras necesarias.

Los tiempos actuales no están para carnavales, concedo, y no podríamos ni levantarnos sin una cierta dosis de separación del mundo (cómo levantar el alma, si despertáramos en el hambre de Africa, las muertes en Libia, las luchas de tantos padres y jóvenes en Chile y esta crisis educacional que es mucho, pero mucho más que eso). Despertar puede ya ser una gesta, proporcional a nuestras extenuaciones físicas o morales. Y también lo puede ser simplemente bajarse de la cama, tan sobria, tan mágica, pero tremenda en establecer una distancia entre las sábanas y nuestras terrenas obligaciones, a veces, demasiado arduas.

Dan ganas a veces de recogerse, es verdad. Y tornar la cama en cuna, en pupa, apósito para las heridas, refugio seminuclear, o inocente camuflaje ante la obligatoriedad de nuestra humana existencia. No es pecado; no hay falta. Pero sí la hay, me parece, en no dar a nuestro lugar de descanso el beneficio de otras posibles identidades: envoltorio de caramelo, paño para envolver el pan recién horneado, manto sagrado (no santo sudario) donde dejar la huella de esperanzas, pasiones, sueños de amores mayúsculos o loterías, por último.

No soy partidaria de negar ni anestesiar las tristezas; menos de exiliarlas completamente. Debe haber una forma de amistad con ellas, que permita agradecerles el contrapunto, la alerta, la voz distinta en que permiten al cuerpo y al alma hablarnos, a veces. No podemos negarnos a atender, a recibir la lágrima a veces invisible (y no por ello menos valiente), a perdonar la pequeñez de un pulmón o ambos, recogidos ante el peso de un miedo o del desamor. Pero sin olvidar más tarde agradecer, un segundo y por pedestre que suene, la capacidad de sentir; de no habernos perdido en vértigos e indolencias (predadores conocidos en tiempos como éstos); de estar vivos, al fin y al cabo.

Bajo la nieve, pueden brotar mantos y mantos de hierba; después de un día inmisericorde, alguien nos espera para abrazarnos, así ese alguien seamos nosotros mismos. No hay que olvidarlo. Que no nos ahogue la culpa por sentirnos tristes; que no amerite reproche. Y nos cuidemos de la complacencia. Recordarnos que a veces puede ser menos desconcertante permanecer en el dolor, que ir con él en nuevas direcciones, desconocidas en sus resultados. Cuesta; asusta; y hay un peso extra por llevar en andas la herida, hasta que ella aprenda a caminar por su cuenta, o hasta que decida habitar sólo una esquinita del corazón sin tomarse el territorio entero. Ése que uno necesita íntegro para seguir viviendo, cuidando a seres amados, proyectando sobre la noche (o sobre un cuerpo compañero, entrañable), como sombras chinescas, la multitud de ángeles, gárgolas, lobos, cisnes, mujeres y hombres, silvestres y domésticas criaturas que podemos ser en distintos momentos.

¿Cómo no seguir tratando, entonces?

Una amiga muy querida está triste. Ella me lo ha dicho. Yo, a nadie, y sol o no, estos días han tenido su afán en la sombra; un cierto latido invernal que no ceja (como esta melodía). Pero como hortelanos frente a heladas y aguaceros, algo ya sabe una sobre qué hacer para proteger sus cultivos (y siempre, siempre, veo al Principito cubriendo su rosa), en cualquier estación. Clara en que no hay primaveras garantizadas, pero la disposición a ver un desierto florido gana casi siempre.

Advertisements

One thought on “Esquina de corazón

  1. Aún cargadas de algo de tristeza y melancolía, siempre laa palabras de Vinka Jackson son luminosas, esperanzadoras y por sobre todo tan humanas. sa humanidad que a veces se muestra esquiva y borrosa en la tantas veces dura y monótona cotidaneidad.
    Una escritora brillante a quien agradecemos escriba, escriba, escriba.

    Eduardo Burlé

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s