aprender con amor (o nada)

Muchos pero muchos años atrás, recibí una llamada de la señora que cuidaba a mi hija mayor (y con sus casi sesenta años, mi hija 5 y yo 25, era en realidad casi la madre de las dos) para preguntarme por qué había castigado a “su niña”. Yo estaba trabajando y quedé perpleja, no creía mucho en castigos (sí en la disciplina positiva) y menos recordaba haber restringido sus “monos” esa tarde. No puede ser, le digo, pregúntele de qué habla por favor. Vuelve al teléfono y me cuenta que mi hija había decidido no hacer las tareas que le enviaron, que ella era chica, que estaba cansada de que “todo el día era puro colegio”, pero sabía que no estaba bien así es que por eso no vería su media hora de tele.

“Yo encuentro que la niña tiene razón” me dice la querida señora. Yo también se la encontré, y mientras anticipaba una maternidad desafiante con una hija capaz de “auto-administrar justicia”, sentí una inmensa emoción ante su claridad con todo: la consciencia de su agobio, la noción de las reglas y responsabilidad a tan corta edad, y su confianza para expresar todo eso en su hogar. No vio los monos, leyó un libro, pintó y dibujó cuentos propios. No se quedó “flojeando”. Al tiempo nos fuimos de Chile y no se convirtió en anarquista ni fracasada ni delincuente (al contrario, el derecho fue su vocación). Es una gran mujer.

Escribo y no recuerdo una sola vez en su colegio en Chile, en que me llamaran para contarme sólo algo bueno; sí un par de veces para pedirme ir al psicopedagogo. Yo la había postulado a prekinder y decidió el colegio que fuera a kínder por los “excelentes resultados” en el examen de admisión. Números, cifras, rankings, recuerdo la entrevista de admisión como una clase de estadísticas. Llegué a ese colegio porque era pequeño y tenía un proyecto social (el francés iba siendo menos útil que el inglés, pero seguía siendo una lengua maravillosa), pero me equivoqué y mi hija sufrió 3 años las consecuencias (menos mal no fueron más). Fue la menor del curso, le faltaba madurez para aprender al mismo ritmo de niños más grandes (seis meses pueden ser una tremenda diferencia a esa edad), pero sus promedios de notas eran sobre 6,5, el colegio encontraba todo “fantástico” y de nada valió el argumento de que ella lo pasaba mal, y que sus aprendizajes no estaban siendo bien consolidados. Me dijeron que quienes sabían de educación eran ellos y  si no me gustaba, “ya sabía qué podía hacer”. Cuántos no hemos escuchado esas amenazas

Era mamá sola, joven, y me dejé intimidar, pero no por mucho y agradecí esas lecciones en nuestro segundo hogar, lejos. Mi hija estaba bien, y yo también. Jamás nos amenazaron; jamás nos desoyeron. Trabajé años como orientadora y como profesora en aula, y me prometí jamás-jamás trasgredir ni arriesgar la relación imprescindiblemente colaborativa que debía sostener con los apoderados y familias de mis alumnos. Sobre todo, esas lecciones volverían a ser de gran valor enfrentada a una segunda maternidad, dos décadas después.

Con mi hija menor, los límites los he cuidado yo en ambos países donde asiste a la escuela, y con respeto y fundamentos he sido escuchada por sus maestr@s. Ella así lo ha sentido también.Y es un privilegio que lo sienta, sobre todo en CHile, donde muchos niños viven el agobio, tal cual hace veinte años lo vivía mi hija mayor.

Poco ha cambiado en Chile en un cuarto de siglo: la presión por rendir tal cual, la mengua del tiempo de niñez. La desconfianza en lo que la vida ha venido haciendo por millones de años_ aprender, vivir aprendiendo. El aprendizaje no se interrumpe, trina y brinca de hogar a escuela y viceversa, y extiende su radio por doquier, en cada lugar donde estén los niños. No hace falta “forzarlo”, temer que se debilite, se “olvide”. Tampoco olvidamos respirar, dormir.

La más chica menos mal es un dechado de optimismo en verdad, y en períodos ha creído que las “tareas” -breves, interesantes, pertinentes y optativas- hasta eran un “regalo de la profesora”. En EEUU, el “journaling” o bitácora de aprendizaje ya me era familiar con mi hija mayor: todos los días unas pocas líneas acerca de algo vivido en la escuela y su emoción, sus reflexiones. Su hermanita hoy ama tanto ese ejercicio que decidió tener un cuaderno aparte para “inventar cuentos”.

No es “chochera”, ni es ningún genio ni fenómeno mi hija menor (aunque para mí sea lo más radiante que existe). Es como todos los niños, curiosa, y tiene que serlo, viene en su programa de cachorro humano: aprender y aprender, para vivir, para conocer su mundo, crecer, y asimilar paso a paso, etapa tras otra, una serie de herramientas que un día le permitan cuidar de sí, ser autónoma, tomar decisiones informadas en relación a su propia vida, a sus proyectos de vida. Una vida que se ame, se agradezca (y deberíamos angustiarnos y levantarnos viendo los índices al alza de suicidio infantil, y de intentos de suicidio de nuestros niños en Chile…¿qué les estamos haciendo?).

Los niños nacen con esa “necesidad” o imperativo de aprender a vivir en su programa, y se disponen al aprendizaje con entusiasmo, con reverencia -ese respeto instintivo ante misterios que a veces se revelan, y otras, permanecen indescifrables y hermosos-, con mucho espíritu lúdico, y con la “responsabilidad” que atraviesa el cuerpo entero en un cometido de seguir vivo (por eso se conservan aprendizajes como no meter los dedos al enchufe, ni a la estufa, ni se tiran por la ventana cual pajaritos o superhéroes). Miro a mi hija chica y aun cuando todavía no llegue a comprender al 100% el sentido profundo de esa palabra, “responsabilidad”, yo la veo latiendo en ella todo el tiempo, cada vez que se dispone a responder, a dar respuesta: ante sí misma, ante otros, ante su mundo, sus seres. Me quedaría contemplándola años (y sé que pasarán en un suspiro)

“mamá hay hormigas en el baño, ¿cómo las llevamos al patio del edificio?”, me dijo hace poco. Un papá me comenta “quizás es muy sensible para estos tiempos”. Escuché una advertencia similar acerca de mi hija mayor, a sus 5 años, y vuelvo a rebelarme por “pisar el palito” y, como muchos papás y mamás, llegar a cuestionarme así sea por un segundo, si el amor, la empatía, la gentileza, no serán un perjuicio y en cambio, para el Guantánamo emocional que algunos conciben como terreno propicio para los niños (¿qué tanto “bullying”? son cosas de niños, que se las arreglen… ok, dediquémonos a la cerámica), no sería mejor de frentón entregarles un bate de beisbol, una pistola y un manual del psicópata para dummies junto a un dvd de American Psycho.

Me frustra, sí, y me enoja tener que explicar a estas alturas de la vida, con todo lo que sabemos del daño, de la soledad, de la violencia y las llagas que deja, por qué uno elige ciertos caminos con sus hijas y con el mundo de los niños en general. No es locura ni estupidez ni “sensiblería” apreciar la niñez, dedicarle lo mejor a nuestro haber.

Es en realidad muy demencial, decadente, lo repetiré mil veces, y además intimidante, vivir en un entorno que genera culpa o dudas por amar, por cuidar a los hijos, por querer convivir con otros sin andar a punta de zarpazos. El territorio propio necesita límites, no alambres de púas, y para cuidarlo, defenderlo -si no es una situación de vida o muerte-, en el año 2016 D.C., existe una diversidad de formas no agresivas, ni proclives al exterminio (físico, espiritual, emocional, intelectual) de nadie.

Le comentaba a mi marido, hace unos días, que no sabía cómo darle la vuelta ni cómo expresar la falta de aprecio y amor que veía por doquier (por la niñez, por las personas ancianas, por nosotros mismos, por el país, por la democracia, por nuestra tierra, por el agua, los árboles), sin correr el riesgo de sonar shalaila, o de retroceder o restar peso a las proposiciones centrales que han nutrido mi trabajo por dos décadas ya. Le decía que si tuviera el poder de convocar a algo, no sería a marchas de “no más x,y,z”, sino a un gran rally nacional por el amor, con los niños de la mano, con pancartas que manifestaran intenciones empoderantes y cargadas de vida, no de pérdida, no de muerte.

Vuelvo a lo esencial, lo que más rescato desde que recuerdo: aprender con amor, acompañada de ese sentimiento, movida por él, hacia él (sobre todo en la adultez tal y como lo he aprendido de mis hijas, con ellas). Hago estas reflexiones ya en defensa de nada, sólo por la delicia de contemplar el borde fluorescente que reconozco y no me deja de asombrar, sin importar mi edad, en la profunda conexión de los niños con la vida.

Veía hace un mes, más o menos, un documental llamado “the beginning of life” y volví a aprender, y a tener que revisar, y descartar inclusive, principios que creía completamente arraigados e inmutables. Ante el dolor habría que arrodillarse, pero más debería postrarse el cuerpo entero ante la maravilla. En mi casi medio siglo, junto a la naturaleza, nada me ha dejado más conmovida que ver a niños crecer, mis hijas en primera fila. Conocer a través de ellas, la inclinación a vivir, a estar bien (no mal), empujar hacia adelante.

Lo he visto en las situaciones más terribles, y en mi esfera de trabajo en abuso sexual infantil, si uno no queda pulverizado después de ciertas sesiones de terapia o de trabajo, es porque además de ver la infinita capacidad restaurativa del amor en las víctimas –el amor de sus familias, de sus entornos, el cariño que se prodiguen a sí mismas-, atestiguo la fuerza incontenible de la niñez, de su energía, de su disposición a hacer propios nuevos conocimientos, de ensayar y poner a prueba capacidades y talentos que se van reconociendo. Ahí, la escuela es un universo mayor, y los maestros. Verdaderos tótemes, ángeles guardianes, líderes de la manada (y cuándo entenderemos que la educación de pregrado, que los sueldos, las oportunidades de desarrollo e intercambio, y el aval colectivo que se prodigue al magisterio son DETERMINANTES para nuestro país y nuestros niños).

Los docentes no sólo dejan huella en la formación de cada ser humano niño que llega al mundo, sino también actúan como mediadores “no oficiales” de reparación del abuso sexual infantil (y de muchos otros traumas que se pueden experimentar en la niñez).

Si sólo uno de cada seis niños y niñas devela abusos, los que callan siguen estando ahí, asistiendo a clases, habitando el aula sin contar su historia, pero recibiendo la experiencia de la escuela y de lo que llega de sus maestros, como una energía reparadora, quizás al punto de que lleguen a encontrar una forma de develar lo que padecen (los abusos se dan mayoritariamente en contextos intrafamiliares). Y aunque se graduaran de la secundaria sin jamás haber compartido su tormento, al menos en paralelo, habrán escrito otra historia, ganando resiliencias y permitiendo al cuerpo sentir una música diferente a la del silencio impuesto, mediante deportes, teatro, la expresión artística. Lo corporal como una experiencia alineada con la vitalidad y el placer de aprender, de creer en otro futuro posible, restando poder al daño.

Son incontables los relatos de pacientes que recién hablaron de adultos sobre el abuso vivido de niños, donde la escuela fue el pilar principal para construirse como personas, y un lugar de consuelo también, de luz y reposo por horas, antes de volver a lo inenarrable. En mi memoria, el colegio también: sagrado. El mayor respeto, la mayor sensación de que la humanidad sí era mi lugar pese a lo desdibujado del hogar que sigue siendo, debería ser (el nido), para todo niño, el lugar FUNDAMENTAL donde aprender a aprender

Hace unas semanas mi hija menor entra a mi escritorio y ve en mi pantalla del computador el tweet de un astronauta italiano de la Estación Espacial Internacional (ISS, sigla en inglés) donde aparecía el nombre de su mamá. Me preguntó si lo conocía, le dije que no, pero sí sus fotos desde el espacio. ¿Le puedo escribir? Por supuesto, veamos qué pasa. Hizo una notita con dibujos y se la envié por DM. Él le respondió “felicito tu motivación, sigue aprendiendo, aquí va un sitio web para estudiar del espacio, you rock!”. Emocionadísima, la vi pegar su dibujo, pasearlo, llevarlo al colegio, compartir con sus compañeros y profesora el dato del sitio web, y llegar a casa varios días queriendo aprender más. Qué importante lo que hizo este astronauta, lo que cualquiera de nosotros puede hacer por los niños.

Pocos días después, me pregunta por el movimiento para repensar las tareas (#latareaessintareas), le cuento que son muchos papás y mamás y profesores queriendo hacerlo mejor, cuidar a los niños, su salud, su imaginación, aprovechar bien el tiempo en la escuela, y en el hogar también. Pasando cerca del Nacional, le digo que esos adultos llenarían el estadio casi dos veces, y abre tamaños ojos. Qué agradecida de que ella sintiera esas presencias, y ojalá todos los niños las sintieran  (sin que lleguen jamás a enterarse de cómo un sencillo pedido -no más sobrecarga, cuidemos a nuestros hijos- genera enemigos, turbas, acosos)

Más claro me queda que la educación, especialmente para los más pequeños, no se percibe como un hábitat separado del cuidado, y hasta del propio hogar (dos lugares donde “hacer la lumbre”). Y los adolescentes de un modo semejante, también esperan ese cuidado, la dedicación de tiempos y experiencias de los adultos, el poder conversar, encontrarse, y hasta recibir “consejos”. Hacerse ciudadanos, también

En un sinnúmero de textos, escritos internacionales y nacionales, y también en la información que acopió la campaña “Yo opino” del Consejo Nacional de la Infancia, se puede observar cómo niñ@s y jóvenes realizan pedidos y expresiones de deseo en relación al mundo adulto –sobre todo a familias, profesores y el Estado- que francamente, hasta ni merecemos cuando pienso en  que por 26 años se dilapidó tiempo y que las garantías integrales para la protección de la niñez son recién un proyecto de ley en trámite. Por la ausencia irresponsable de esa ley, cada defensa de derechos vulnerados, cada intento por erradicar abusos de cualquier tipo, o interrumpir negligencias, ha sido y sigue siendo una gesta hasta el día de hoy.

Si denunciamos el abuso sexual a niños, se desacreditan sus relatos o se los revictimiza; si tratamos de difundir, promover o exigir sus derechos, se condicionan a “deberes” (¿cuáles podría tener un lactante? ¿un prescolar?);  si se expone la necesidad de una educación que cuide, avale la creatividad, enseñe a los niños a aprender (antes que a memorizar), se sueñe con calidad y equidad para todos, entonces es “intromisión”; si se levanta un movimiento para repensar las tareas (NO para prohibirlas sin razonamiento previo, sin diálogo, sin concierto de comunidad-docentes-expertos-familias), con  casi ochenta mil papás y mamás a la fecha, se les reclama por no ocuparse de otros temas, o se les acusa de flojos, sobreprotectores, histéricos, sin considerar que se trata de un país con pésimos índices de educación, 1200 horas anuales de escuela + horas de tarea (y por favor no nos confundamos con datos sobre tareas que aparecen por ahí sin sincerar que se trata de países con jornadas escolares de 5,6 horas: NO DE 8 o 9 como en Chile).

Desbordan el agobio escolar y agobio docente, el curriculum es abultado y anticuado (y conforme se avanza a paso de tortuga senil en la reforma educativa, ya ésta va quedando obsoleta), y el mismo sistema que alejó a la educación de su valor como bien colectivo (para convertirlo en bien de consumo) ha llevado a que se estén enviando tareas para la casa en salacunas “para que los niños (guaguas) se familiaricen con ese tipo de trabajo”, y en jardines infantiles “para preparar su admisión a buenos colegios”, y en escuelas con 8 horas y más de jornada “para que refuercen hábitos, para que formen autodisciplina, les vaya bien en el simce o PSU, etc” o para que terminen de leer la materia que no se logra ver en días ya eternos.La salud física, los límites humanos de descanso, la autoestima de los niños frente al aprendizaje, su amor por aprender: TODO lesionado, o en riesgo de. Unos pocos colegios se eximen. Unos pocos. 

Ya no es sólo daño, es robo a mano armada del tiempo de la niñez que sí pudieron disfrutar adultos de hoy: algunos bienintencionados, quiero creer, que se limitan a resolver con leyes o decretos prohibitivos express (que nos distraen, y no abordan el problema de fondo), y otros adultos indolentes que se atrincheran en su inercia, en sus creencias o en sus egos, olvidando infancias donde sí pudieron jugar con sus amigos en la plaza, o leer muchos, muchísimos libros por placer y aventura.

La educación cambió, otros países están discutiendo cómo crear la escuela del 2030 para ciudadanos globales, y nosotros llevando el diálogo alumbrados por cuatro fósforos, da la sensación; intentando reparar algo que se desmorona hace rato, sin conectar con el tiempo, los cambios, sin conectar con lo esencial: las nuevas generaciones, los niños. ¿Importan, pero en serio?, ¿y si lo sinceramos? ¿Para qué se está educando, a quiénes? ¿qué soñamos, qué queremos, cómo se aprende a aprender? Pensando en todos los niños, no sólo en un porcentaje ínfimo y el que permita la desigualdad bestial.

Necesitamos dialogar, colaborar, conversar TODOS -todos somos necesarios: ministerio de educación, profesorado, estudiantes, familias, todo a quien le importe y ame lo que entraña educar-  sobre qué estamos haciendo y soñando para nuestros niños y su educación. Una educación humanizadora, empoderante para sus vidas.

Me imagino mientras escribo -y como cada vez que dicto cursos o seminarios en Chile, y es aquí que ocurre, no lo vivo en otros lugares-, las objeciones de siempre, los juicios a los niños, o contra quien quiera que los defienda. Quizás no es más que la expresión de un pan acostumbrado, la carencia nuestra de cada día en contextos de desconfianza, violentos, sojuzgadores, con pocas proposiciones o preguntas, o donde no nos vemos como parte de lo mismo, ni nos reconocemos interconectados, responsables unos de otros.

Puede ser que hasta la imaginación se repliegue o desvanezca entre tanta autocensura aprendida, el temor a vocalizar y ser descalificado de inmediato, o a sonar descabellado, o a equivocarse y “fracasar” en un país donde los relatos de ensayo-error no son muy valorados, o donde las historias de triunfo generan todavía algún grado de sospecha y hasta resentimiento, más que sólo servir de inspiración y estímulo.

Veo a los niños y querría ser más como ellos, atentos a las ideas e ingenios que vuelan en nosotros los humanos, que respiran y gestan cosas nuevas, imaginaciones que podríamos ayudarnos, unos y otros, a encauzar, sin perder ninguna por estar más ocupados en defender trincheras que en hacer lo mejor, sacar lo mejor de nosotros para cambiar una esquina o un mundo.

Tal vez sentiríamos mucho más presentes nuestras maravillosas capacidades humanas de inventiva, si nos propusiéramos prestarles atención todo el tiempo, en un esfuerzo muy dedicado, consciente, conectado con nuestra vitalidad, con el deseo de vivir, endosando el placer o gratitud por estarlo, o bien, la voluntad –que también entraña rebeliones- por vivir mejor. Llenar los pulmones del alma (¿tendrá los suyos?).

La orientación al bienestar no obliga a disociarse de criterios de realidad ni a negar malestares y sufrimientos. Una amiga que tuve –era genio en su mundo, reconocida por miles- me dijo alguna vez: “desconfío de la gente positiva, o que habla de ser feliz, por estúpida, carente de inteligencia”. Sería todo. ¿Cuánto persiste esa creencia en Chile?

Uno se pregunta hasta cuándo tener que rendir cuentas por cómo o cuánto o por qué se sufre, o por qué a pesar de todo, sentimos alegría o gratitud, Y hasta cuándo tener justificar lo que parece cuerdo -no abusar, respetar a los niños, querer vivir vidas vivibles- a costa de tener que perder enormes energías y tiempo defendiéndose, explicando una y mil veces, jurando y rejurando que no hay agendas “ocultas” o pidiendo perdón porque otras causas “más importantes” no concitan igual dedicación. Qué cómodo vociferar en medios, cartas al director o RRSS sin moverse ni intentar nada, o sin informarse siquiera, antes de demoler a otros o sus intenciones.

Este país más devora a su gente de lo que la alimenta. Eso cansa, silencia a muchos. Ni hablar de cómo devora generaciones y generaciones de niños sin darles oportunidad de desplegar todo su potencial, rodeados por una comunidad que los cuide y empodere, que los aprecie, los respete, no los vea como adversarios o seres humanos dispensables.

Escucho la voz de mi maestra mayor, Carol Gilligan, su insistencia en la conexión, en la vitalidad del amor, pese y frente a todo aquello que, en estos tiempos, promueve la separación de nosotros mismos, del otro, de la tierra que nos ofrece refugio. He preferido esa mirada, y es eso, una preferencia nada más, nada menos. La aprendí de mis hijas, de otros niños, y de mujeres y hombres alineados con el cuidado y la fascinación por vivir. Lo que me queda por aprender, y es mucho, no quiero aprenderlo de otra forma.

 

sin titulo (sb sename)

no tengo FB (uno de autor, pero no lo llevo yo), pero aquí en esta hoja suelta (es word, pero como si fuera un cuaderno) escribo esta breve nota atropellada y de comienzo del día, para reconocer el valor de la carta de Mario Waissbluth, y la columna de Marco Antonio de la Parra ayer en voces, y el reportaje de revista Paula en los hogares de mamás niñas-adolescentes (violadas, embarazadas, abandonadas a su suerte), el de ciper sobre el poder judicial, y mañana el de Contacto sobre la muerte de Lisette, y las decenas y quizás ya cientos de columnas escritas y cartas a la autoridad (algunas, yo misma) a lo largo de tantos años intentando denunciar, apelar, suplicar, persuadir, convencer, hasta encantar, y podría seguir con los verbos porque en realidad han sido muchos verbos, muchas personas, preocupadas de los niños y sosteniendo una voz adulta que los recordara, visibilizara, que atendiera a sus necesidades. Fracasos sobre fracasos. La indolencia fue, ha sido, sigue siendo otra forma de continuar victimizándolos y todos los reportajes del mundo no han ayudado a despertar ante el horror, y actuar urgente, no sólo como ciudadanos sino quienes hacen las leyes y llevan la marcha del gobierno. Cuando vi el anuncio de los millones para TVN, como muchos, habría salido a gritar, pero era tanta la rabia que  tomé una pausa, le tengo tanto miedo a la violencia, tanto, de quien sea, incluso si llega esa energía a habitarme por un día (peor, si me secuestrara, y no, no es de shalaila y viva la paz, es de rebeldía, de resistencia, porque la violencia es la peor sombra de mi vida y no quiero cederle un mm cuando por años me quitó tanto y eso daría ya lo mismo, yo estoy vieja, pero cada día sé de niños y niñas, y de seres humanos de tyodas las edades a quienes el abuso sexual, la violencia física o psíquica, dejó malheridos, entonces no, menos todavía, con ella, con la violencia, ni a misa, ni a la vuelta de la esquina).

Preferí leer la noticia (la de tvn, y tantas noticias que bordean la locura, la insanidad) una vez y cerrar el computador, y seguir insistiendo, por otros lados, y esperando que la comisión sename 2 (una nueva comisión para –y no es broma- evaluar “los avances y retrocesos de lo informado por la comisión del 2013-2014”, palabras del dip. Saffirio) actuara. Hemos escuchado las denuncias del diputado Saffirio esta semana (y me van a perdonar, pero para mí, no es verosímil que se venga enterando del espanto ni de las grises formas de hacer las cosas para sename desde su expartido..), pero como sea, hemos estirado un poco más el estupor ante ciertas revelaciones. Pero qué se mueve? Qué cambia? Dónde está la cámara y el senado, donde coninfancia (sin comentarios), donde está la Presidenta, y perdón la ingenuidad, pero dónde están todos. Porque habría esperado hace rato verlos en los hogares, quedarse ahí, pedir perdón, o decir nada, y sólo dormir ahí una noche, en esas camas (que sí están consumidas, muchas, por orines de niños que no ven para cuándo poder reducir su enuresis), y comer esa comida, ir a esos baños y tratar de tomar una ducha con casi cero privacidad (ni tranquilidad). Y también, hace mucho, habría esperado que nuestras autoridades, algunas, un puñado, dieran un dia libre a los funcionarios y tomaran un turno, un turno apenas (y muchos son de 24 horas) y vieran cómo se puede, si es que se puede -en un contexto de precariedad, de todo insuficiente, de miseria también- acompañar, contener, estar despierto la noche entera para evitar que unos niños abusen sexualmente de otros, y consolar a los que lloran con pesadillas, y cambiar sábanas de madrugada, y seguir al día siguiente en el empeño de guiar rutinas, o jugar con veinte, treinta niños, y responder a sus necesidades particulares, sus estados de salud, sus tareas (los que van a la escuela ¿quien los ayuda?) sus conflictos, sus nostalgias, sus insomnios, sus deseos incumplidos, o sus “accidentes” (un niño que se caiga y rasmille las rodillas, uno vomite, uno con diarrea, sólo uno a quien ayudar, y la atención se aleja de todos los demás que quizás justo están tensionados o peleando por algo). Padres con 3 o 4 hijos cuentan lo difícil que es a veces el sencillo ejercicio de tener ojos para todos ellos en un paseo, o escucharlos a todos en un almuerzo…

Los informes no sirven, los reportajes, las fotografías… la agitación desborda un poco, qué terrible, qué inhumano, y es sincera la congoja, el consenso en el dolor, incluso, algo de vergüenza porque como seres humanos podamos permitir que a otros seres humanos, pequeños, los traten así. Pero la compasión es inestable, lábil, la prensa tiene otro ritmo, los temas caen por aludes, y la atención a lo que va siendo inmediato, supera a la memoria. Se olvida. Quizás porque los sentidos no lo han registrado. Porque lo que no se ha visto, ni olido, o tocado, y los llantos no escuchados, permiten distancia, dejarlo “para después”, o incluso, resignarse a que no hay más nada que hacer. Las fotos de niños refugiados pueden dejar margen para esa distancia, tal vez (no podemos ir allá y hacer algo en vivo, y me pregunto y me pregunto, y es una lesera quizás, pero cómo se va a enseñar de DDHH o de ciudadanía, o de nada en Europa en estos tiempos, mientras los niños en las aulas están posiblemente viendo a esos otros niños, como ellos, tras alambradas y siendo tratados con menos dignidad y piedad de la que se trata probablemente a muchos animales de zoológicos o reservas de conservación naturalista en sus países de la UE.

Pero no quiero alejarme: aquí, ahora, los niños en Sename que no están del otro lado de un océano, sino en cada ciudad, de cada región, de todo el país. ¿Quién intercede por ellos? ¿El INDH preguntaba Mario Waissbluth y yo también me lo pregunto? ¿y unicef (que les falló garrafalmente el 2013 al punto que debimos denunciar a la sede chilena en EEUU), o la OEA, o alguien en CHile? De ninguna parte, luz, cero luz, y  van varias semanas de colegas o amigos intentando entender si se puede denunciar al Estado de Chile en cortes internac (mientras vemos que CIDH está al borde la quiebra), escribiendo cartas, y esperando en el frente interno que por ej se devuelva el presupuesto de salud mental que habia quedado aprobado el gob anterior pero no llegó a los niños…. cada cosa que sabemos aumenta la angustia, la frustración, la indignación pero éstas no alcanzan para reflexionar y decidir cursos de acción, ¿qué hacemos solamente con más denuncias, con más sentimiento de culpa? sabemos que lo hemos hecho mal, pésimo (y muchas responsabilidades deben ser sancionadas, eso no está en cuestionamiento) pero mientras tanto están los niños pasando otro día en iguales condiciones. ¿ahora qué?  Escucho voces debatirse entre salir a marchar o mejor concentrar nuestra energía en proponer ideas, casi hacerle la pega a un Estado con el que no da para sentirse encariñado ni orgulloso ni nada en este momento (y no tiene que ver con adhesiones o si se votó o no por el gobierno de turno), pero que sigue siendo el de “nuestro país”…

Confieso que pienso en Sename y siento en la cabeza gritos antiguos o un ruido como el que sale de esos parlantes gigantes cuando están mal ajustados, en un concierto rock (o lo que recuerdo de ellos, no voy hace mil años, y a veces hasta querría), las neuronas desobedecen quizás porq el cuerpo entero también opone resistencia, porque hay cuotas y límites de lo que podemos procesar de penas en un día humano, o en 7 de una semana (y quienes trabajamos en abuso sexual sabemos que a cualquier hora llegan llamados, mails, denuncias, o pacientes de un tiempo, y no es llegar y decirle a alguien “ahora no puedo, y vamos a esperar a mañana para conversar”, cuando esa persona está queriendo morirse, o cuando son papás y mamás que no saben qué hacer ante el relato de un hijo de 4, años que recién, casi al pasar, antes de dormir, les cuenta algo que ellos claramente reconocen como abuso). Mañana será el Contacto con La vida de Lisette, y será terrible muy posiblemente (es difícil imaginar que no lo sea), y nos iremos a dormir con el corazón apretado, y luego será lunes y esperaremos leer en alguna parte que fue tal la conmoción, que Ejecutivo y Legislativo interrumpieron sus agendas casi por un estado de emergencia nacional comparable al de un sismo, para poner toda su energía en  comenzar no sólo  a pensar cómo responder a la crisis (y esperar que el comité asesor del comité asesor and so on, diga algo), sino actuar, poner manos a la obra y definir un plazo, nunca escuchamos un plazo, necesitamos desesperadamente un plazo y no del tipo “de aquí a noventa días entregaremos las bases mínimas para que el Ejecutivo luego proponga la nueva estructura blablá” (revisen declaraciones de pdte comisión Sename 2, son esas, menos el blablá que lo agrego yo, el ruido vacío, el chicharreo que queda en el alma luego de escuchar cien veces lo mismo). Necesitamos un plazo que diga cuándo, cómo, qué espacios se conseguirán o construirán comenzando ayer, qué dinero se va a sacar de no sé dónde, cuánto tomará materializar correcciones inmediatas, en fin (por favor lean si pueden 7 medidas urgentes del abogado Pancho Estrada). Queda mañana domingo, tengamos miedo no del reportaje de contacto, sino de la no-reacción, la complacencia, la demora todavía. Miedo de que sigamos habilitando este trato a los niños en Sename, no tan distinto del que condenamos cuando se trata de los niños refugiados tras alambradas y en medio del barro frío o el calor incinerante, o frente a sus cuerpos mínimos e inermes en orillas de playas del atlántico (aquí, lejos, en muchos hogares del sistema de protección, para los niños y niñas es la misma orilla, aunque no la queramos ver)

Niños vs un metro cuadrado

(*)  Versión completa de Carta al director, publicada (en versión abreviada) el día sábado 8 de agosto, 2015, Diario La Tercera, en Correos de los Lectores (ver texto). Ojalá vecinas y vecinos que tenemos niñxs, y vivimos y/o trabajamos en la comuna de Providencia, en Santiago de Chile, podamos hacer llegar nuestras opiniones al Consejo Municipal.

NIÑOS VERSUS UN METRO CUADRADO

Sr Director:

En un acto incomprensible, el pasado 4 de agosto de 2015, el  Concejo Municipal de Providencia rechazó un proyecto de sala cuna completamente financiado por el gobierno central, tanto en su infraestructura como en su operación.

El municipio sólo debía aportar el terreno, una propiedad ubicada en la calle Padre Mariano -en desuso por años- donde Junji construiría dos sala cunas y dos niveles medios más que necesarios en una comuna donde contamos con una sala cuna y dos jardines infantiles públicos, nada más.

La demanda de residentes para el proyecto está plenamente justificada sólo tomando en cuenta a los niños de 0 a 2 años que viven en esa área (correspondientes a las Juntas de Vecinos 1 y 3). Además, son muchas las madres y padres de otras comunas que trabajan en Providencia, con hijos pequeños que requieren de cuidados, estimulación, y de la cercanía de sus progenitores en un período  crítico y determinante de sus vidas.

El derecho a la lactancia, y al desarrollo de un apego seguro son insuficientemente protegidos en un país donde el postnatal sólo cubre 6 meses y no es universal (dejando fuera a madres trabajadoras independientes, temporeras, y estudiantes), y donde la conciliación es todavía una quimera. El imperativo de cuidar, ya tensionado en esta realidad, dependerá en gran medida de la disponibilidad y posibilidad de mamás, y/o papás, de acceder a sala cunas cercanas a su lugar de residencia o trabajo.

Chile es un país donde el bienestar de cada nueva generación está lejos de ser una prioridad. El maltrato a la niñez es consuetudinario y llega a niveles barbáricos (71% de los niños y niñas viven alguna clase de violencia, física, psicológica y/o sexual, según reporte UnicefCL 2012). Y la educación parvularia se posterga sistemáticamente, mientras el resto del mundo desarrollado duplica y hasta cuadruplica su inversión en ésta (con un retorno de 200% por cada dólar invertido).

Cuando cinco ediles (Rodrigo Garcia Marquez, Pedro Lizana, Ivan Noguera, Pilar Cruz y Manuel José Monckeberg), defienden “el valor del metro cuadrado” por sobre el cuidado y educación temprana de 48 niños, o de uno, no sólo malversan la misión de servicio público que les fue encomendada, sino que vulneran un acuerdo colectivo de protección a la niñez,  asumido por el gobierno municipal del cual ellos también forman parte. Deben por lo mismo actuar en coherencia.

Como madres-vecinas de la comuna, respetuosa y muy categóricamente, les conminamos a rectificar.

Vinka Jackson y Daniela Miranda

Psicólogas

@CriandoContigo

Lava

Yo la esperaba desde el 2013 (ver enlace) y, al fin, hace unos días, fuimos con mi hija menor a ver Intensa-Mente (Inside out, título original, aquí un adelanto) Es la nueva película de Pixar sobre los cambios experimentados por una niña en su camino hacia la adolescencia.

El lugar donde se despliega la trama: el cerebro. Los personajes: las emociones de la alegría, la tristeza, el enojo, el temor y el desagrado, y un amigo imaginario de la niña que sobrevive en la memoria.

La película es cautivante, encantadora, también para los adultos (con nuestras propias “voces en la cabeza”, ver tráiler 2), y sólo un poco larga para los muy chiquitos –algunos salieron a caminar, o al baño. Pero para todxs un regalo o “llave” para abrir y continuar conversaciones con los niñxs sobre formas de sentir, recordar, aprender,  la maravilla del cerebro (y todo el cuerpo humano), la identidad, y la importancia de todas nuestras emociones, junto a una resignificación muy especial de la tristeza, que no puede ser suprimida.

Antes de la película, otro regalo: el cortometraje “Lava” que juega todo el tiempo con esa palabra en su sentido literal, y como amor en inglés, love, love-ah. No quiero adelantar mucho más, pero volví hoy a la canción, las imágenes de los volcanes, la tristeza- alegría, la memoria.

Sé que fue mi padre –a pesar de nuestra historia- quien primero me habló de la creación de los planetas. De mares y volcanes. Si éramos hijos de la tierra, algo semejante al magma llevábamos dentro. Quizás el corazón, solía pensar de niña. ¿Podríamos estallar en fuego a veces? Lo ignoraba.

En días de erupción del volcán Calbuco (ver time lapse, por Martin Heck), con mucha gente comentando que era lo más cercano al apocalipsis que podían imaginar, recibí una llamada de mi hija mayor. Con delicadeza y casi como pidiendo disculpas, quería compartir que aun siendo consciente de la catástrofe y de lo terrorífica que tenía que ser para las personas en esa región, no podía evitar sentirse emocionada de observar algo que para ella era lo más cercano a cómo imaginaba la génesis de nuestra tierra.

“Me dejó muda de reverencia”, dijo. A mí, ella, también me dejó sin palabras. Y vi pasar en una cola de cometa, cientos de recuerdos de su niñez y adolescencia; incontables ocasiones en que ella puso vitalidad frente a obstáculos que salían al camino de nuestra familia. A veces, me inquietaba la pregunta de si no habría en ella algo genético, parte de ese “optimismo crónico” que según mi terapeuta y maestro de años, podría llegar a tener ribetes patológicos sin el contrapeso de la tristeza.

La tristeza, y no la “depresión”. Un diagnóstico (muy serio, y por cierto, devastador) que, según varios expertos, nos ha dañado como humanidad. Justamente, porque en gran medida nos ha robado el derecho a la tristeza. Y con ella, otras emociones.

Pensé en una conocida de quien muchos en su familia dicen que es depresiva, deprimida, o a lo menos “deprimible”.  Ama en abundancia, camina firme (es alta y buenamoza), tiene un agudo sentido del humor, trabaja y lo hace con placer (cero ganas de jubilar), celebra nacimientos, cuida feliz a sus nietos, duerme y come bien, disfruta haciendo regalos y auto-regalos (“engañitos” diríamos en Chile), adora viajar, y si no puede hacerlo, entonces sueña que viaja.

Pero perdió a su hermano cuando ambos apenas llevaban unos años en la universidad. Él es detenido desaparecido, y esa tristeza no se disipa ni disipará jamás, ¿y por qué habría de hacerlo, o cómo, sin habeas corpus? Ella está triste, no deprimida. No está enferma, no adolece de un mal. Le duele una ausencia; con amor, por amor (que tampoco se disipa).

Los niños al nacer, lloran y uno se angustia-alegra de que lo hagan porque es una forma de comunicarse, de llamarnos. Sin llanto y todavía sin palabras, cómo podrían expresar su frío, hambre, desconcierto, sus ganas de ser arrullados, su cansancio, o si les duele la guatita, y si alguna pelusa les molesta entre los dedos de los pies. No tienen otra forma, y uno agradece que el llanto exista.

Unos pasos más adelante, expresarán su dolor ante un golpe, un susto, o su pena pura, por no poder jugar con un amiguito/a, o porque no saben bien qué les pasa. A veces, lloran sólo por eso. El cuerpo llora: no sólo los ojos. Y no es sólo líquido salino: caben mundos ahí.

gotita

Escuchamos a menudo que se dice a los más pequeños, “no llores”, “si ya pasó”, “¿pero por qué estás llorando?!, ¿ya estás llorando otra vez?! En el subtexto, la descalificación a la tristeza, quizás desde la fantasía de evitar que nuestros niños sufran (y es inevitable: las pérdidas van con nosotrxs en el camino), desde una sobrevaloración del estoicismo -que no es igual a resiliencia, y arriesga enmudecimientos-, o desde las propias exasperaciones y ansiedades del mundo adulto.

Sin embargo, objetar las lágrimas envía una señal sin distinciones y bien podrían evaporarse otras: lágrimas de felicidad, de gozo, placer. Si son silenciadas, se pierden voces necesarias: la tristeza, y con ella, de la mano, también la alegría.

(“You cannot protect yourself from sadness without protecting yourself from happiness.”  Jonathan Safran Foer)

Un veterano de guerra a quien conocí, sufre de estrés post traumático, y lo acepta con la compostura de quien convive con una hipertensión. Sin embargo, defiende a brazo partido su no-depresión, y su sí-dolor: por lo que vio, vivió, lo que no puede perdonarse ni perdonar, y menos olvidar. Entre esos recuerdos, lágrimas que quemaban, y tanto, que no se permite casi llorar por miedo a repetir esa sensación.

En años de trabajo, compartir otros sí-dolores, no-depresiones. Los duelos de hombres y mujeres, jóvenes y adult@s que han enfrentado otras pérdidas. Pérdidas. Y la humana tristeza que nos hacen sentir.

Una mayoría de ell@s, especialmente durante procesos de sanación y reparación del abuso sexual infantil, descubrieron cuán ávidas y contumaces podían ser las lágrimas no lloradas en la niñez.

Días, semanas, de corrido o intermitentemente: una mordedura en el corazón que parecía no tener fin ni nombre. Una tristeza antigua y profunda, casi desconocida, que luego de años se revelaba en agua de sal. O en lava.

Ése el líquido, ésas las lágrimas que he atestiguado cuando la develación del ASI, con una voz audible al fin, permite su integración en el resto de una biografía. Lava.

(“We only live, only suspire, Consumed by either fire or fire”. TS Eliot)

Lava. Magma. Energía acumulada de silencios y ahogos, estupores y restricciones (irrupción en la vida, y su ritmo hasta ahí, lento y preciso). Un estallido que se libera, quema y llora hasta completar su itinerario. Otros fuegos, tanto amor (¿el deseo?). Habría que esperar, un poco más. Todavía otro poco.

(Pues en el río había algo como el fuego del hogar. Y cuan­do ella advirtió que, además del frío, llovía en los árbo­les, no podía creer que tanto le fuese dado. Y el acuer­do del mundo con aquello que ella ni siquiera sabía que precisaba como el pan. Llovía, llovía. El fuego encendi­do guiñaba hacia ella y hacia él. Clarice Lispector)

Pensaba en el temblor y rugido previos, la humareda, las cenizas y lo que nos evocan; el líquido naranjo revolviendo minerales, plantas, todo a su paso. Escapar, buscar refugio. El corazón sólo quiere volver a casa.

Brincar sobre lava tibia; acariciar con manos y pies y con toda la piel, sus brasas. Luego la costra, el suelo diferente. Quizás islas. Nuevo territorio. El cuerpo recobrado. Más de una vez y las que sean necesarias.

(If you’re going to try, go all the way. There is no other feeling like that. You will be alone with the gods, and the nights will flame with fire. You will ride life straight to perfect laughter. It’s the only good fight there is. Charles Bukowski).

Mi hija menor me decía, a propósito de la película, que no sólo “Tristeza” hacía llorar sino también “Enojo” o “Temor” y que a veces era difícil saber “cuál es cuál”, pero que siempre se podía saber cuándo uno lloraba de risa, de alegría: eso sí, ¿cierto mamá?

Diásporas, orillas de río, el hogar, lavar, lava, dejar ir, dejar arder, dejarse. Esferas doradas con miles de rostros y paisajes de cada era, hiedras y buganvilias neuronales, hologramas de nacimientos, un hijo, hija en nuestros brazos y todos nuestros muertos acompañando. Llorar complet@s. Una canción de amor, y todas. Llorar de pura vida, Atizar ese fuego, cuidarlo, y reír perfectamente entre lágrimas (también la tristeza). Y claro que sí, hija. Es muy cierto.

(Call it whatever you want, it is happiness, it is another one of the ways to enter fire. Mary Oliver)

Me gusta, no me gusta

To sustain hope requires us, moment by moment, to hold steady, to stay with ourselves and each other.–Carol Gilligan 

Would we open to each other’s sweetness, if we quit asking, what’s next for me?”– Mary Oliver

Leía anoche una serie de afirmaciones de un líder espiritual y político chileno, el sr. Alfredo Sfeir, y comenzaban con #NoNosGusta. Recordé lo que se siente al escuchar a otros, o en la propia voz interna, decir “no quiero, sí quiero”, o “deseo esto, y no esto otro”, “aquí sí; aquí de ninguna manera”.

Lugares decisivos que cruzan de la infancia a la adultez: las preguntas sobre crecer, qué me gusta y qué no, qué podría ser o no “ley”, mis códigos, términos de conducta, coherencias; con qué no querría consentir jamás. De qué forma quiero, preferiría vivir, y cómo no.

Preguntas que entrañan preferencias, elecciones, éticas preferidas, formas de decidir: las mismas que, poco a poco y desde que nacemos, construyen el suelo del consentimiento –que ejerceremos de adultos. Preguntas esenciales para una tríada protectora en prevención de abusos, el aprendizaje de la responsabilidad, y en la promoción del cuidado y autocuidado: derechos-límites-preferencias.

Qué tremendo poder, creo, poder aprender desde niños qué derechos tenemos, qué lugar en el mundo (igual a todo ser humano, sólo más pequeños). Entender que también otros deben gozar de los mismos bienes para la vida; afinar cambios, crecimientos, predilecciones, deseos, realizar elecciones portentosas, una de ellas, los límites.

Hasta dónde llego, qué sí y qué no, y aunque no siempre podamos vivir en concordancia con estas directrices íntimas –por motivos a veces ajenos a nuestra voluntad- que al menos la claridad sobre ellas (y la claridad sobre nuestras contradicciones, también), nadie nos la arrebate, como tampoco la mutualidad de un respeto que de ser sacrificado, nos arriesga a desequilibrios, sufrimientos, nuestros y de quienes amamos en la primera línea, y de otros prójimos, y así hasta no ser capaces de visualizar o contener su alcance.

Hay pensadores brillantes que reflexionan y explican mucho mejor estos procesos, pero desde la sencillez de observar nuestras conexiones, sé que si hoy digo “no importa tanto –y no me involucro, y omito- que otros niños y familias vivan en la miseria o no tengan acceso a una aspirina si se resfrían”, alguien podría sentir lo mismo respecto de mis hijas el día de mañana, o ahora mismo.

En un período de reposo médico, los tiempos en vigilia permiten ponerse al día en ciertos eventos, y escuchar con mayor atención lo que se cuenta y declara en el lugar donde uno vive, su comunidad, su país.

No es nada nuevo constatar la sensación de desencanto, rabia también, por tanto engaño probado y otros sospechados o limítrofes (lo que no cae fuera de la ley, pero sí de la ética del sentido común). Más de lo mismo, y pareciera no tener para cuándo terminar.

Sin embargo, no todo es la crisis en lo que llevamos vivido este año con la pérdida inconmensurable de credibilidad en la clase política y gobernante; el malestar es anterior: burbujeaba ante malos tratos, abusos e indiferencias, dichos que ahondaban cismas y resentimientos, y ese boomerang que permitió a algunos sentirse seguros, jactanciosos, juzgando a sus adversarios, invalidándolos, humillando o derechamente dañando a personas o colectivos, sin prever que todo podría venirse de vuelta y amplificado en el golpe.

Sincerarse, pedir disculpas (no hacer como que se piden), habría sido de tanta ayuda, todavía podría ser, aunque cada día que eso no ocurre, pierde fuerza en su valor. Pero aún sin los gestos necesarios, observar una voluntad de enmienda refulgente, nos haría mucho bien. 

Mientras siguen develándose hechos pasados que merman nuestra confianza, los hechos del presente no parecen muy vigorosos todavía, y desde el futuro imagino varios pares de ojos confundidos, expectantes, casi queriendo viajar a este ciclo para advertirnos y aconsejarnos, o rogarnos, que por favor emprendamos buen curso porque nos estamos jugando mucho más que este solo 2015 (los abandonos que persisten difícilmente podrán superarse en la escisión, la enemistad perpetua).

Me asombra, no deja de asombrarme (por ignorancia, candor, o terquedad) ver cómo la polaridad, la violencia, el fundamentalismo nos pisa los talones. Disentir, aun con el mayor respeto, es casi una trasgresión para muchas personas. Criticar, aun cuando tengamos capacidad de también relevar lo positivo, se considera “desleal”. Realizar distinciones o precisiones (no-todos los políticos/carabineros/obispos por ejemplo, no-todas las instituciones, no-toda la derecha o no-toda la izquierda), se confunde con exoneración, capitulación, o palidez conveniente (como en el “nunca quedas mal con nadie”). Declarar que luego de todo lo que hemos sabido, no vamos a conferir confianza nuevamente a ciertas personas (y eso no excluye a la y las máximas autoridades de la nación), es casi considerado una traición y no se toma en cuenta que aún existe, a pesar de todo, el mejor espíritu para seguir colaborando en la construcción de un país bueno. Como dijo Alfredo Sfeir, también, hace falta una nueva gramática para poder entendernos en códigos que no sean polares, blanco/negro, excluyentes.

Cada uno, una, es más que una sola versión de sí mism@: existen dudas, preguntas pendientes, inseguridades, tantas contradicciones haciendo fuerza o sombra a nuestros deseos y amores. También historias, y hasta de la persona que peor nos cae o más daño pueda habernos hecho, no tenemos una noción acabada, o siquiera suficiente que quizás haría toda la diferencia… tal cual podría hacerla en nuestro caso, si otros que nos rechazan o condenan, nos conocieran un poco mejor. Creo que al menos la pregunta sobre el otro -que no cambia nuestros sentimientos y opciones, no necesariamente-, puede humanizar nuestros cismas.

Se juega el tiempo en distracciones accidentales o alevosas, tapando forados, inventando eufemismos y campañas comunicacionales que den la impresión de que no se trata de una ética sinvergüenza,de corrupciones y abandonos (y un profundo irrespeto por las personas); se blinda y casi santifica a líderes caradura y/o inept@s (sacrificando a otros, de paso), sin obligarse tod@s a recordar el honor, el gozo también, del servicio público.

Entre tanta escaramuza y tanto cálculo desprovisto de amor, se magulla el horizonte del cada día, de los meses o años que vienen para nuestras vidas, y para las generaciones que no obstante nuestra inmovilidad, siguen llegando, creciendo y desplegando alas.

A veces pienso que en las condiciones actuales decepciones e inequidad, es un milagro que no existan más violencia y desbordes en nuestro país, y habrá quienes vean en ello pasividad, sometimiento, desesperanza y resignación, pero querría creer sobre todo, quiero, y por ingenua que pueda ser, que nos queda un flanco de autocuidado (aunque se sienta tenue por estos días) donde la indignación ética no excluye la posibilidad de concurrir, y así sea heridos, hipervigilantes, o sólo a regañadientes, podamos conectarnos con un sentido de colectivo, de responsabilidad compartida (que como en todo, hasta en la pareja, no es 50-50% exacta en su distribución, y a veces será 70/30, y hasta 10/90, y más que pelear o competir por porcentajes tuyos o míos, lo importante es que juntos damos con un total imprescindible), y más aún: conectarnos con las ganas, ganas de hacerlo mejor, de hacerlo bien.

Ganas de no tener que vivir en la separación y el encono, de poder autorizarnos incluso a no sentir confianza (por un tiempo) sin por ello perder de vista la convivencia que continuamos habitando y creando al mismo tiempo. Aquí, donde también nacen, habitan y aprenden nuestros hijxs.

Respiramos, y en cada respiro, hay miles de susurros de aire más, de años atrás, de pueblos originarios, de primeros migrantes y luego miles más, entretejidos, respirando y volviendo a respirar hoy lo que un otro antes, tod@s los que han, hemos vivido, vivimos aquí. ¿Tendrá Chile un cuerpo? Cómo puede combatir una infección, con cuáles glóbulos, con qué defensas. ¿Y su alma, su psiquis, su espíritu: de qué manera se protegen, convalecen, sanan?

(No sé por qué, se me cruza la imagen hermosa de una amiga del pasado que se enamoró de su marido, ahí supo ella y nació el futuro, en el momento en que él preguntó ¿qué te gusta, que es lo que más te gusta?… con casi treinta años de edad, nadie le había hecho esa pregunta en relación a paisajes, alimentos, la sexualidad, a nada en realidad. Yo la escuché de muy adulta, también, ¿qué te gusta, cómo? Todavía estoy aprendiendo a responder).

Recuerdo los tiempos del NO, la aspiración del retorno a la democracia. Quizás no previmos cuán honda era la huella que cargábamos, o soñamos en términos demasiado genéricos, o no dedicamos suficiente tiempo a trazar el mapa, a revisarlo cada ciertos tramos, amorosa, obsesivamente incluso, con la reverencia que merecía. ¿Qué nos habría gustado, cómo preferíamos vivir la experiencia que comenzaba? Repetir “nuestra, nuestro”. Nosotroxs. Recordar esa alegría del junt@s

Hoy no parecemos estar para mucha celebración, aun habiendo motivos que en la crisis mayor, pasan hasta inadvertidos o frágiles (y el gozo se esfuma a golpe de noticias y encuestas ominosas, semanales, indolentes al ahogo cuando los países son también criaturas que respiran o dejan de hacerlo). Yo todavía estoy procesando la alegría de que hayamos podido ver un programa como Contacto (TV13) y conocer la historia de Andy (que es niña, pero nació en un cuerpo de niño), el amor de su familia, y la recepción que tuvo en las audiencias, las preguntas que se abrieron, el diálogo sobre inclusión y derechos de los niños y niñas, sin distinciones de ninguna clase.

En otro tono de emoción, más recientemente, un joven colgando de su noche inducida, Rodrigo Avilés (sólo ahora, sin riesgo vital y recobrándose), su padre que llama a la no-violencia, y acepta las disculpas del carabinero responsable de la que debe haber sido la espera más terrible de su vida (mientras su hijo permanecía en coma, sin saber cómo o si volvería a su vida). Oda de humanidad, como dice un querido amigo.

Señas. Señas de un país que, no exento de dolor y con más amor del que nos reconocemos, está cambiando, creciendo, y nosotros con él (además, en un milenio que es fascinante, podría serlo, pienso especialmente en los más chicos). Cómo no va a ser motivo de esperanza, y hasta gratitud. Y son muchas historias y procesos más los que marcan bondades posibles, pese a todo lo duro e injusto que espera ser transformado también.

Ojalá, al menos, este ciclo difícil (y hasta deprimente) abra o insista en la pregunta de ¿y si…,? ¿y mañana, y qué hacemos entonces?… no es ¿quién podrá defendernos? en clave chapulincolorado, ni en la expectativa –o desidia- de que venga alguien o “algo” a sentenciar las respuestas y salidas de una u otra forma exclusiva y excluyente de otras, con una sola verdad y una sola virgen amarrada en un trapito.

Entre muchas posibilidades, la brújula insiste, a veces rotunda y otras insegura, en la necesidad de tod@s, aunque sea intensa y legítima la tentación de restarse, de usar la energía disponible, cuando mucho, en protestar y gritar alto el descontento. Ahora. ¿Y luego qué? … de la mano el ahora y el después-de: inseparables. Los niños preguntan ¿ahora estás enojado, pero después no, cierto?, ¿después te vas a alegrar? Claro que sí, decimos a nuestros hijxs. Sonreír.

Inseparables los tiempos, inseparables me gusta/no me gusta, derechos y responsabilidades, emociones de toda tonalidad, y un me cuido/te cuido/nos cuidamos que puede sonar elemental, hasta pedestre, pero con 47 años, al menos he aprendido que nada lo es, y que hasta lo más aparentemente anodino tiene su engranaje a preservar o desarticular, y no quedamos fuera en esa elección.

Vivir (sentirse en el hogar). Cómo queremos, quiero vivir (sin amor, no. Prefiero con).

Me gusta/no me gusta, el runrún que no cesa, la disposición a que esas palabras puedan ir siempre “tomadas de la manito” como dice mi hija menor. Y luego de nuestros duelos por todo lo que no nos gusta y nos ha dañado, poder quedarse un momento, sólo un momento, y otro, y otro más, cada vez más largo, en el “me gusta”, “me gustaría”, todo eso que abona los sueños pero no como adornos o salmos a repetir sin mayor sentimiento, sino como declaraciones de amor, tan grande: proyectos de vida posible.

Prisma de colibrí

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Mural iniciativa de adolescentes del colectivo “Arte y Libertad” (vinculado a programa CRC de Sename), para promover en su comunidad el cuidado de los niños. Punta Mira Sur, Coquimbo, Chile.

***

Los colibríes pueden extraer el néctar de cientos de flores en un día. En un minuto pueden respirar 250 veces; más de mil latidos, su corazón.

El cuerpo de los recién nacidos humanos. Crecer. La resiliencia: energía de colibrí. También nosotros: cuidadores, madres y padres atentos y en constante movimiento (en alguna parte leí que los infantes pueden requerir atención o ayuda de sus progenitores cada cinco minutos como promedio diario).

Miden entre 7 y 13 centímetros, los colibríes, y muchos pesan apenas lo que una moneda pequeña. Vuelan a velocidades exorbitantes para su tamaño (50 y algo kms/hora), y son capaces de batir sus alas hasta 70 veces por segundo.

Los vuelos gigantes de la pequeñez: cruzar de norte a sur una ciudad enorme, pasar días largos en salacunas, jardines, escuelas, horas que se suman a muchas otras en el tráfico detenido, el transporte público (donde la norma no suele ser ceder el asiento a los niños, o a sus ma/padres que los acompañan). Jornadas equivalentes a las nuestras, de adultos que trabajan, pero en cuerpos que miden la mitad de los nuestros, a veces un tercio, o menos.

Los colibríes tienen alas firmes, pueden emprender migraciones de hasta tres mil kilómetros y una especie cruza el Golfo de México (unos 800 kms) sin parar una sola vez, dos veces al año: primavera y otoño, aun con viento y lluvias. Los humanos también migran. O deben escapar.

Niños y familias, diásporas en todo el globo. Destinos planificados o intempestivos,  sin tiempo de mirar los mapas porque arrecia el espanto. Los desiertos si hablaran; las barcas hacinadas y trémulas en alta mar. ¿Preguntarán algo los niños en estas travesías o sólo callan y confían en sus padres?

No sabemos de resiliencia, o muy poco en verdad, si nunca hemos vivido a la deriva o necesitado refugio; si jamás hemos debido temer no poder alimentar a nuestros hijos, o arroparlos antes del sueño. Un vaso de agua. Un vaso.

Los objetos más familiares, los actos más cotidianos –que solemos no ver como milagro-, en ausencia, son una herida mayor. La intemperie “bajo las estrellas” difícilmente puede ser mágica sintiendo el cuerpo frágil, en peligro. ¿Qué significará, ahí, el canto de un pájaro? No puedo imaginar si alegra; si duele.

El corazón de los niños. ¿Cómo late en el miedo, en la soledad, sintiéndose simplemente diferentes, o demasiado bajitos en un mundo enorme? Cuál es el pulso, la noche antes de cumpleaños o navidades, acariciando una mascota o viendo el primer arcoíris de sus vidas. ¿Y si escuchan a sus padres y madres discutir, o descubren que también los adultos, a veces, pueden llorar como niños? Latidos que exceden la capacidad del cuerpo que los contiene.

“Las mesas me pegan en el ojo”, “cuando llueve, las parkas de los grandes me mojan la cara en el metro”, “hay sillas que necesitan una escalera”, “los grandes empujan y me pisan, y en verano ‘no saben’ que duele más con chalitas”, “mi mamá da un paso, yo doy muchos y me canso”. Palabras de los niños. El mundo para quienes tienen tamaño de colibrí.

Diminutos, pero iridiscentes. Si bien algunos colibríes cuentan con pigmentos especiales, la mayoría debe su tonalidad a características de su plumaje que permite refractar la luz.

Vemos un ave tornasol, de tonos azul metálico, luego rojos, oh no, era verde: el más mínimo desplazamiento de ángulo puede resultar en cambios de color rotundos. Colibríes camaleónicos, teatrales, acaso y hasta se divierten en la travesura de confundir a quienes los observan intentando diferenciar una especie de otra.

Los humanos, iridiscentes…podríamos ser. Cada hora de un niño, cada día. También los adultos. Todxs cambiamos según ángulos de luz. Miles de veces, o millones, en horas apenas de un encuentro amoroso.

Jugar con las persianas en noches de plenilunio: cuántos retratos hermosos de nuestros hijos durmiendo quedan en la memoria; o de nuestr@ compañer@ desvistiéndose, cada final de jornada.

Caleidoscopios por doquier, si miramos con atención. Ver cada giro de luz: como hábito, como rito excepcional, como protesta. Da igual. Pero ver. Levantar la vista. Cuánto poder.

Los ojos de mi niña, su luz. Existen sólo en nuestro continente, los colibríes (entre Alaska y Tierra del fuego). ¿Ya vamos a nuestra otra casa? Entre el norte y sur de América, mi hija pequeña deja volar rizos y risas. Dulce. Arrebatada. Su fuego no termino de conocerlo.

También salvajes, los colibríes, si se trata de defender sus territorios de alimentación y sus nidos. Esa furia, tal vez como muchos, puedo entenderla, y hasta hacerla mía. Esa furia no puedo sojuzgarla.

Los colibríes usan ramas y hojas, y también seda de telarañas (telarañas útiles, o terribles, cada vez que las especies más pequeñas de colibríes quedan atrapadas). Cuesta creer que estas aves pasen el menor porcentaje de su existencia volando, y la mayor parte de su tiempo dedicado a anidar.

Nido. Hogar. Palabras que a muchos hombres y mujeres nos suenan a plegaria, alabanza. Nos deshacen la piel; de nuestros huesos podrían extraer pepitas de oro y gemas preciosas. Tornar la sangre y otros líquidos orgánicos, en néctar. Añoranza encantadora. Supervivencia (si caemos del nido, que alguien nos ayude a subir otra vez).

Un verso de Gabriel Mistral decía “si tú me miras, yo me vuelvo hermosa”. Si mi hogar me viera -mi verdadero hogar-, yo me sentiría un poco así también.

Prisma de colibrí.

Adoración de la vida, sin vendas: su esplendor y también sus pequeñeces, fisuras, desuellos, plumas recortadas.

No fueron siete días, pero cada siete podríamos crearnos, crear. Cincuenta millones de años, dicen, así tan antiguos los colibríes.

Si tod@s llevamos átomos de todo, algo también llevamos de colibrí. Eso me repetía de niña; quería ser. Todavía.

Prisma de colibrí. Para mirar a los niños y niñas, a mis hijas. Contar latidos de resbalín, de juntar letras, de nerviosismos en la puerta de la escuela el primer día de clases, de aprender a caer, a escribir en miles de páginas blancas, soñar.

Prisma de colibrí, para los pequeños y jóvenes que han debido vivir -sobre la demanda ya extraordinaria de crecer y de pasar de cachorros a adultos- experiencias de vulneración (golpear o violar a un colibrí, esa metáfora, en un grupo terapeútico con ofensores sexuales, acalló todos los sonidos y voces, dentro y fuera del recinto. Lo inexpiable).

Nada me ha hecho más sentido en mis años de trabajo en la esfera del abuso sexual infantil que imaginar un lente especial que nos proteja a los adultos de vistas fragmentadas, “cámaras” lentas o rápidas, clasificaciones. Poder mirar a cada niñ@ según su tiempo, su par único de alas, sus colores. Y esperar. Dejar convalecer. Recobrar la risa, como un trino. Acompañar todas las estaciones necesarias; ser much@s quienes acompañamos.

En Chile, 71% de los niños, niñas y adolescentes viven experiencias de violencia física, psicológica, y de abuso sexual (Unicef, 2012). Según el Ministerio Público (2014) un niño o niña sería abusad@ cada 33 minutos. Desidia de alas, la nuestra. “El interés superior del niño” suena vacío. Anuncios de ley son eso, “anuncios”. Ver para creer. VER.

También en nuestro país, hace unos días: la expulsión de un niño de 5 años de su colegio, por ser transgénero (ver). Sus padres apoyan y aman su ser niña. No la escuela. Un nido menos. Un abandono que se suma a otros cientos, o miles.

Anteayer, otra invocación a vulnerar, a separar: un alcalde de la capital (ver) proponía cárceles para niños y sentencias más duras para menores de edad que infrinjan la ley.

(La justicia y las leyes, el amor y el cuidado. ¿Y si no los separamos más?)

Cómo se puede hablar de cárcel y nada más. Decir nada sobre las causas que llevan a niños y adolescentes a colgar de esas cornisas; nada, sobre emboscadas y miserias (en un país donde sobre el 40% de la riqueza se concentra en menos del 10% de sus habitantes). Nada sobre educación, exploración de talentos infantiles, apoyo a las familias que cuidan (o intentan cuidar) a esos niños.

¿Creerá alguien, en su sano juicio, que un ser humano que no termina de crecer, sea capaz de decidir un buen día “ok, voy a involucrarme en robos y crímenes cuando grande para así tener una vida buena y feliz”? Por favor. Es imposible hablar de “discernimiento” sin que éste haya recorrido, etapa tras etapa, un camino provisto de cuidados imprescindibles, y de oportunidades para desarrollarse plenamente.

Prisma de colibrí, no sólo ante el sufrimiento, sino ante toda experiencia de la niñez, cada giro lumínico que da cuenta de cuerpos y psiquis que crecen, capacidades diferentes y talentos que necesitan cielos y suelos benévolos para ir tomando su lugar. Los sueños y amores de los niños, ¿cómo cambian sus cuerpos, sus voluntades? El conmovedor y portentoso time-lapse de la vida en su transcurso. Valiosa, toda vida, de todo niño y niña que crece. Mis hijas, los suyos. Nuestr@s.

Quizás haga falta un prisma de colibrí para mirar el propio recorrido también. El de los adultos, de los hombres y mujeres que hemos llegado a ser. Cada un@ y su consciencia, su lugar en el colectivo. Y los seres amados, el compañero o compañera de ruta, cada familia, las buenas amistades, el prójimo.

Cuánto nuevo podríamos reconocernos de belleza, si nos mirarámos con ánimo de ave. Cuantos juicios menos ante defectos que no necesitan ser arrinconados ni azuzados con palos y púas (la responsabilidad sólo se repliega así; y el cariño). Cuánta mayor precisión, también, para poder identificar daños, predadores; detenerlos. Cuidar. Cuidarnos tod@s.

Quizás también, prisma de colibrí para un país donde cuesta ver por estos días, tonos boreales, desinteresados. El zumbido hacendoso de alas cuesta escucharlo, también, y es que la bulla es imposible: entre las palabras que mienten o dicen nada (ese son intolerable, fastidioso) y la estridencia de una ley del más fuerte (o más astuto) que agobia y genera encono, más que ganas de volar y cantar.

Nostalgia de nuestra iridiscencia. Tanta nostalgia. Pero sin pesadumbre. Cuerpo de colibrí (mi animal totémico, me dijeron alguna vez), tarde o temprano. Tarde o temprano, pronto ojalá, bajo los ángulos de luz que cambian, cambiar nosotros. Y de una buena vez, todo lo demás.

ps. Katia Cardenal, del duo nicaragüense Guardabarranco, “Colibrí”

Descansar el corazón

” You only have to let the soft animal of your body love what it loves” .

Mary Oliver.

Al prójimo ecuánime y entrañable, que también los hay, no le seduce la retórica del olvido sino las cuentas claras

Mario Benedetti

La infancia servida abundante y hasta excesivamente por el Estado, debería ser la única forma de lujo -vale decir, de derroche- que una colectividad honesta se diera, para su propia honra y su propio goce.La infancia se merece cualquier privilegio. —  Gabriela Mistral 

1.

  • Los ojos pueden ver todo, pero no a ellos mismos, ¿cómo podríamos hacer para ayudarlos?
  • Los niños chiquitos no quieren dormir solos porque las almohadas no dan amor, y tampoco tienen brazos para abrazar.
  • Si yo miro el fondo del agua ¿ella me mira a mí desde ahí? …
  • No entiendo por qué tengo que aprender “cafilagría” si las teclas son más rápidas, pero igual las palabras tinene que ser más felices “de la manito”.
  • Yo sé, AHORA, que me gustan los animales y los planetas. Después voy a saber qué “me gusta después”. ¿Los profesores no saben ese orden del tiempo?
  • Si no “habría” pianos ni nada que tocar, ¿vamos a cantar todo el rato por turnos así no nos cansamos?
  • Si hay niños que no pueden escuchar, ¿les podemos cantar si aprendemos eso de las manos? (lenguaje de señas)
  • Si tuviera mucho dinero se lo regalaría a todos los científicos para que descubrieran una forma que nadie pelee y nadie se muera nunca.
  • ¿Por qué venimos a la marcha “de que traten bien a todos los niños”? ¿Alguien no sabe ver que las vidas parten chiquitas y no-fuertes?
  • No te preocupes de tus ojos, mamá: yo puedo contarte cómo se ve el cielo, pero con pocas palabras. Cuando aprenda las nuevas “en los meses de después”, ahí te puedo dar más detalles.
  • Muchas veces mi cerebro es como el cielo: yo no sé cómo va cambiar de un momento “en” otro, pero es igual lindo.
  • Si yo no obligo a mi amiga a creer en el espacio y el “stardust”, ¿por qué ella me “asusta” que el dios de sus papás nos va a castigar?
  • Las mariposas tampoco tenían alas cuando eran gusanos. ¿O sea los humanos “podemos crecer” alas “algún día, después, en cien años?
  • ¿Cuántas flores han “venido” a la tierra, desde que nació? ¿Te imaginas mamá si no “se secarían”? Seríamos más flores que personas.
  • Si yo nací de tu guata, ¿ahí también hubo un big bang de mí?

2.

No quiero, me niego a que se apoderen de mis palabras, la desazón y la furia de este tiempo.

“Transparencia” era una palabra bella, hoy llena de polvo y mentira. “Acuerdo”, antes promisoria, me revuelve el estómago. Hay otras erosionadas, olvidadas, arrumadas en desvanes mientras pierden sentido, o reemplazan sus significados y sinónimos por otros vergonzantes.

Bien público, bienes para la vida, democracia, proyectos y sueños de país: palabras que apenas se escuchan ante la densidad y repetición de otras como corrupción, trampa, estafa, egoísmo, abusos.

Imagino los subtítulos en el aire ante declaraciones tediosas, slogans y frases cliché, promesas tan valiosas como mano de miss saludando y deseando la “paz mundial”.

Si las intenciones tuvieran un idioma, una lengua audible, qué estaríamos escuchando a viva voz. Mejor no imaginar.

Recuerdo cuando pequeña, no haber conocido los significados de “trabajador” o “sindicato”, pero me sorprendió que se prohibiera y temiera su uso (avalado por los diccionarios que continuaban vigentes), por mucho tiempo. También recuerdo las disyuntivas crueles que se dejaban escuchar “esto (este horror), nosotros, o el cáncer, el caos”, o consignas confusas “patria o muerte, vencer o morir”, ¿quién moriría, por qué tanta muerte?

Siempre las palabras.

Aguzar el oído, el corazón: ¿cuáles se repiten, cuáles languidecen?

Un guión está roto; es sólo descrédito, palabras vacías. Podríamos ahora tomar el lápiz y contar otra historia. Podríamos al fin integrar y para siempre, otras voces. La infancia. Sus derechos, su mirada de nuestro país.

3.

Me niego, por estos días, a ceder espacio de mi corazón. Su amor, sus bríos, o su cansancio son mi gobierno; mi derecho.

Si voy a dejarme fatigar prefiero que sea por caricias sorprendentes en la madrugada, o la voz de mi hija: ¿mamá estás despierta?, tic-tic su dedo en mis ojos. ¡Te quiero contar un sueño increíble! La escucho, semidormida, mientras recuerdo el uniforme, la blusa blanca que me faltó planchar o la polera de gimnasia lavada a medianoche. Ojalá esté seca.

Me digo que los desvelos de la noche anterior fueron adorables (junto a otros que no lo son, en un marzo exigente) y comienzo la jornada, como todos. Camino al colegio, o el trabajo, cantamos canciones favoritas. Mi hija, por alegría de vivir. Yo, para doblegar el sonido de las noticias.

Pesar, o la decepción generalizada, sin un punto cardinal indemne en el territorio nacional.

Al fin somos tod@s y no da para dedos acusadores, mesías de turno, ni el auxilio de un pasado exprimido al límite como argumento de unos y otros para justificar, unos contra otros, las más diversas aberraciones y exclusiones (cuánto daño han infligido sobre nuestra capacidad de escuchar, dialogar, mirarnos con humanidad. Es imperdonable).

Las imágenes de nuestra tierra consumida, avasallada, y la pregunta de ¿y si?: lo que pudo evitarse, ser prevenido, las vidas que pudieron ser a tiempo protegidas. Cuántas respuestas responsables y eficientes pudimos haber anticipado para catástrofes sobre las que no tenemos control alguno, pero que sabemos siempre posibles.

En la arista de la deslealtad, y la vulgaridad mayor del alma: las consideraciones del dinero por encima de las vidas de los seres humanos.

De fondo, a diario, un reverberar irritante de boletas falsas y manipulaciones millonarias. Descriterios, insensateces, negocios turbios de un hijo, y una madre que calla, desvanece. No sabía, dijo. No podemos creerlo, aunque quisiéramos. Nos jugamos el auto-respeto, la adultez si seguimos creyendo así, pueril, frívolamente. Sin cuidado. Confundiendo lealtades con obsecuencias y con falta de cordura.

Tocando la psicosis, justamente: los posibles financiamientos políticos de familiares de victimarios (yernos o así fuera el primo en vigésimo grado de un genocida) a familiares de víctimas de crímenes de derechos humanos. Freeze. Shutdown.

Las explicaciones son ridículas, insanas, tanto como ofensivos los mutismos y omisiones ante una ciudadanía que observa con angustia esa grieta vuelta fosa (los restos de tanta promesa incumplida) en nuestra democracia.

Si tuviera un cuerpo nuestra nación. Piel, huesos, como cada uno de nosotros. Qué sería si la escucháramos respirar bajo cenizas, lodo, ácido sulfúrico, quejarse de dolor mientras se quema viva o se ahoga bajo lluvias desatadas. O llorar.

Qué cansancio sentirá nuestro país. Qué angustia. ¿Y sus ganas de soñar?

¿Y sus ganas de soñar?

4.

Se publican amenazas -quizás desesperadas, impotentes, arrogantes, no lo sé-  de un político bastante viejo. Pero no senil: sabe lo que dice (otros tal vez piensan lo mismo, pero no lo dicen, o no en público). La crueldad es exacta, no resultado de un impulso. Elige intimidarnos. Elige.

“¿Quieren que venga un militar?”. No, no queremos, ni a nadie que horade -como los políticos actuales lo han hecho- nuestra democracia. Ni que nos trate de la forma en que lo hacen.

Se ha utilizado como arsenal nuestro trauma más difícil como nación, para avalar exoneraciones de un sinfín de faltas que ya no están “bajo sospecha”, sino que han sido desenmascaradas.

Sin embargo, y “Por el bien del Estado” nos piden no ver ni juzgar abusos, y aunque no lo digan con estas palabras, nos rondan: “ustedes sigan trabajando, pagando impuestos (y siendo sancionados al menor error o demora de un pago insignificante, en realidad, para la banca). Déjennos continuar con esto que llamamos gobierno, y bajen la vista.

No.

Mil veces no.

5.

Es perverso si nos necesitan cieg@s. Y no puede ser bueno para ningún Estado proscribir la luz, caminar a tientas.

Aunque duela, es mejor ver, y escribo estas palabras desde lucideces ganadas entre la niñez y la adultez, y desde la aceptación de mis limitaciones que en los últimos meses, menguan mi sentido de la vista sin que logre nadie entender por qué. Miro a mi hija, horas, los bosques, mis libros favoritos, las estrellas. Acopio belleza, como quien acopia víveres.

He educado a mis hijas en su derecho y responsabilidad de contemplar el mundo: su coherencia, su maravilla y también su injusticia, sus desastres. Recuerdo que “desastre” tiene su origen en el italiano, “disastro” (1500s): sin estrellas. Sin auspicio ni protección estelar. El ser humano a merced de calamidades e infortunios (algunos, de su creación).

Leemos esta carta escrita desde Chañaral, o nos sumamos a la iniciativa sensible y asertiva de un Juan Carlos Cruz (en las redes #FueraBarros, y antes, los mensajes a  @Pontifex pidiéndole se retractara de nombrar a un cómplice de abusos sexuales como obispo de la Iglesia Chilena).

Queremos afirmarnos de una dignidad colectiva que nos negamos a olvidar, y que autoridades y élites de nuestro país han elegido ignorar en su desenfreno por hacerse ricos, unos, y otros tantos, riquísimos.

Riqueza de poder, dinero, licencia para desacatar toda ley, ética, o decencia del sentido común. Supremacía, privilegios, y abusos: todo cabe en la riqueza, y esa palabra es reducida a desechos. Y nosotros que solíamos usarla en frases luminosas: junto al amor, la vida, la naturaleza, los aprendizajes y los vínculos que nos hacen bien.

Debemos buscar otra palabra, en reemplazo. Quizás “abundancia”, esplendor. O “plétora”. Por ahí sí. Esa palabra sí.

6.

Hoy Emilia nos preguntaba por el tamaño de su corazón. Conversábamos con su hermana sobre las investigaciones, de larga data ya, que han comprobado cómo el corazón humano se beneficia no sólo de dietas y ejercicios, sino en el afecto, la compasión. Y cómo se lesiona (lesiones observables, medibles) luego de pérdidas, desamores, duelos.

Hay mucho de duelo en estos días, y sobran razones y frentes. En el corazón, en cambio, la misma superficie pequeña de siempre (una mano empuñada) para lo propio, y para la patria que fuímos, que somos, e importa. Como cualquier hogar.

“A servir y amar a la patria”: de niña apenas podía tararear este verso en actos del colegio. Hoy, mi hija menor no logra entender eso de “la patria”, y la mayor cuestiona el tono militar, según ella, de la música y letra de mi viejo himno de colegio.

Algo de eso hay, el pulso marcial, y muy poco de “la escuela es un cielo para ensayo de vuelos, lalalá” (sería pésima compositora, es claro). Pero más allá de mis nostalgias, ese verso era completamente sincero. A fines de los años 30, la fundadora del colegio, una maestra británica respetuosa de sus colegas y de los niños, creía con todo su ser en una educación-fuente de bienes para la vida, para la comunidad (o “la patria”)

Alcancé a cantar ese verso apenas 6 meses en mi primer año de escuela. Vino el golpe militar y “patria” se convirtió en una palabra confusa, escindida; hecha jirones entre significados no sólo diferentes sino enemigos, tanto como pueden ser la vida y la muerte, el terror y la esperanza.

Pero “patria”, en el diccionario de la rae, es una palabra que incluye “vínculos afectivos” con la tierra natal o adoptiva, el lugar que habitamos y donde aprendemos también, a habitarnos: reconocer nuestros cuerpos, amores, vocaciones,  vulnerabilidades, resiliencias; y a habitar junto a otros. Patria. País. Nuestro, con o sin estrellas.

Aun en el peor trance histórico, “esto es de tod@s”. Eso me lo dijo, a mis quince años, la sra. Ana González, dirigente de la agrupación de familiares de Detenidos Desaparecidos.

A comienzos de los 80, no era difícil contagiarse de resentimiento y sed de venganza (aunque siempre tuve claro que tenía sólo 5 años para el golpe militar y que no podría invalidar a mi generación ni otras más jóvenes a perpetuidad). En cambio, una mujer lúcida me llenó de esperanza y claridad: inclusive los soldados  deberían volver, en democracia, a ser parte de la comunidad. Del “nosotros”.

Es extraño que leyendo a poetas, y admito, sobre todo en otra lengua (Louis McNeice, irlandés, fue clave) haya resucitado a “la patria” y su corazón que imagino no tan distinto al nuestro. Puede que también, ahora, necesite descanso

Ya no somos (nunca fuimos) los “ingleses” de Latinoamérica, ni jaguares o tigres (ya ni recuerdo). Los que mirábamos con alivio –otros con jactancia- no compartir los índices y prácticas corruptas del resto del continente (y quienes quizás hasta dejamos pasar la emoción al escuchar “Latinoamérica”, de Calle 13).

No hay lugar para más desdén. En cambio, sí, para la humildad que no equivale a humillación, jamás. Sólo reconocimiento de un punto siempre falible, de quiebre; de mutación de fragilidades en fortaleza (o viceversa), de crisis en posibilidad.

Patria, república. Un territorio que es todo el planeta, o un metro cuadrado donde podamos sentir pertenencia, cercanía; donde nos acongojamos si otros sufren, y nos alegramos si sus vidas son bien cuidadas. (Los niños son la mayor fuerza. Expanden la patria: nos conminan dentro y fuera de sus fronteras, hasta que éstas casi desaparecen).

Nuestra, nuestro. Repetir mil veces.

Hasta el amor.

Hasta recordar lo que nuestros abuelos nos enseñaron. Cada uno de nuestros muertos y nacidos.

7.

Hemos conocido, escuchado, leído (y casi ya, dejado pasar e ignorado), decenas de análisis sobre “la crisis” y la desilusión que parece irreversible. Proposiciones, pocas, y pobres.

Comisiones eufemísticas, o “acuerdos” (o colusiones entre delincuentes, más bien, como señalara J. Baradit, y cuánto debe dolernos resonar con estas palabras). Salvatajes de emergencia que no garantizan ni enmienda ni prevención de recaídas. Y cómo podrían.

Continuamos estancados generacionalmente (no sólo en quienes detentan muchos de los liderazgos de este ciclo político 1990-, sino en una forma de ejercerlos, que es independiente de la edad), y secuestrados en claves pasadas (pre años 70, post golpe, transición democrática).

Por supuesto nos construimos desde nuestra historia, y podemos agradecer a cada generación sus esfuerzos y luchas (y no termina el duelo por tantas vidas perdidas). Pero de poco nos sirve si el presente se nos evapora, o la línea del horizonte se avizora exánime, flat-line: a eso no querríamos llegar. Revivir un corazón apagado es un proceso de alto impacto, incluso violento. Y a veces, vano.

No queremos descampados ni zombies en el corazón. Si este país tiene uno, cómo no vamos a quererlo bien, diáfano, conectado con sus ganas de vivir, su integridad; no resignado ni latiendo a duras penas.

8.

Escribía no mucho tiempo atrás, sobre la clase política que nos hacía mal, que dañaba nuestra salud y vitalidad no solo como ciudadanos, sino como hombres y mujeres en nuestras vidas de cada día.

Es tóxico lo que respiramos entre dichos indolentes, absurdos, y la suma de delitos y actos que, si bien no necesariamente ilegales, malversaron completamente (pretérito indefinido, categórico, irrebatible) nuestras confianzas.

Los daños no son menores. Las medidas de reparación necesitan ser coherentes con la magnitud de nuestras pérdidas. Y como en procesos traumáticos –y disculpas por la comparación, pero no encuentro otra mejor- se requieren contenciones colectivas, concurrencias de todos y todas. También perdón.

Además del accionar de la justicia (“caiga quien caiga”, y ojalá antes de caer, podamos atestiguar actos reparadores como renuncias e inhabilitaciones de motu proprio), podrá ser una asamblea constituyente, los aportes a iniciativas como “tu constitución” (aunque lo lamento: mi memoria de Ricardo Lagos como presidente, me desincentiva), movilizaciones, o bien, nuestro propio radio de incidencia, nuestros actos de atención y cuidado para con nuestra democracia. Cualquier votación, elección, no puede NUNCA más ser desinformada, ligera.

El ciclo de la transición terminó, y con él, el pacto social que permitió avances -algunos inimaginables y otros incompletos, a puro patchwork- pero que también nos vistió con más de una camisa de fuerza que ya no tendríamos que llevar sobre nosotros (esa sí, sería una pira hermosa). No hoy. Y tampoco en el futuro que  “por el bien del estado” o de la democracia recobrada, ya hipotecamos en demasiados períodos, siempre a la espera de un momento más propicio, y en la medida de lo posible. Veinticinco años.

Veinticinco años. Tanta separación,  olvido de los más indefensos (la situación de la niñez, no sé cómo conservamos fuerzas para insistir). La consolidación de castas y abandonos sociales que no podemos explicar ni perdonar (nos).

Veinticinco años. ¿Cuántos nombres podemos evocar remotamente semejantes al de un ex-pdte Mujica? ¿Cuántos políticos podemos señalar como admirables, respetables, inolvidables?

¿Cuánta legitimidad, sinceramente, conferimos a nuestro Congreso, nuestro gobierno?

¿Cuántos de nosotros querríamos que nuestros hijos dijeran “cuando grande voy a ser presidente”?  Yo no. No así.

Veinticinco años, y  a pesar de la deuda que tenemos con ellas (inaceptable conforme más niños y niñas crecen y se convierten en adult@s sin que les hayamos prodigado todo lo que era su derecho recibir), muchas nuevas generaciones llegaron a la vida. Somos otro país. Hemos cambiado. Crecido, ojalá.

9.

Las salidas a la crisis, con buena intención o mafiosamente, están siendo pensadas. Pero varios metros más adelante, urge el sueño pendiente de Chile que hace mucho debió dejar atrás la cota “dictadura-democracia” y reconocer su derecho a mirar al cielo, optimista y desmesuradamente.

El ahogo mayor, es sentir que por demasiados años hemos estado como esos terneros encerrados entre cuatro palitos, frenando su crecimiento (y del modo más despiadado, para no sé qué “cuisine”).

La cota era aceptable (y con pesar) durante el primer gobierno post-dictadura. Luego no. Hace rato que no.

Hoy podemos volver a reconocernos parte y dueños de nuestro buen destino, sin camisas de fuerza ni microestablos. Juntos. Negándonos a más separaciones. No podemos ser para siempre “ellos” y “nosotros” –desde donde quiera que observemos-, porque además, nadie es ya super héroe de la historia, de la moral política, del rescate de la democracia.

Una cosa es la gratitud y otra la usura: podemos estar en deuda con una generación de líderes, pero no en sometimiento ni aceptando intereses descabellados como renunciar a saber qué han hecho o a que se juzguen sus actos sin acomodos según ideología o avenida política (para Penta sí, para Caval un poco menos). ¿En qué quedamos: no era inaceptable la impunidad? No nos hablen de ética ni transparencia si están pensando en amnistías y amnesias del grado que sean.

La vergüenza compartida ojalá no sea en vano. Pero si no puede ser una oportunidad para la humildad y autoexamen, al menos que lo sea para el retiro y cesión de espacios de quienes nos gobiernan. Es hora de partir. Es suficiente.

Soberanía. Qué palabra hermosa y gigante. Como “deseo”. Ciudadan@s que desean. Que soñamos vidas preferidas.

La rueda de la vida, los ciclos cumplidos, el tiempo abierto. Sentirnos plenamente adultos. Que pueda también la nueva generación, tomar su lugar.

10.

Junt@s.

Las responsabilidades son compartidas (pero en distintas medidas, seamos asertivos y no llevemos más carga de la que en realidad es nuestra). También la llamada “crisis” que vivimos.

En alguna parte de nuestro ser, un susurro nos recuerda que tenemos parte en esto y no se trata de culpas vs inocencias sino de venas, arterias, conexiones, vidas intersectadas, un territorio que nos encuentra.

En alguna parte, sabemos muy bien cuánto costó recobrar el derecho a elegir a quienes nos conducen y deciden, en nuestro nombre y junto a nosotros, los destinos de nuestro país.

Autoexamen, también como ciudadan@s. Es un tiempo propicio. Impostergable.

¿Cuánto respeto hemos puesto en nuestros votos, cuánta seriedad y memoria, cuánto amor por nuestros niños, o por nosotros mismos? Nuestras elecciones no reflejan una gran autoestima si continúan siendo investidas personas que lo han hecho mal, y que nos hacen mal.

Somos cuerpos, historias, voluntades que no son llegar y separar si al final del día queremos, casi todos y todas, continuar en la vida, en el deseo de una buena vida.

Además de nuestras afinidades: nuestra interdependencia irrenunciable (desde el origen de nuestra humanidad(. Nos necesitamos, estimulamos, o menguamos unos a los otros.  Sólo los psicópatas permanecen inmunes a la huella que dejan los días: en sus vidas, o en las que comparten con el colectivo.

Somos responsables en el sentido de responder o de elegir no actuar, dejar hacer, que son también formas de respuesta. Y somos responsables de haber demorado o capitulado en nuestros sueños; y dejar que nuestra imaginación perdiera ánimo y dignidad.

En imaginar no hay dolo, no hay ingenuidad: sólo una pureza contumaz de la cual nada ni nadie debería distraernos o expropiarnos. Menos aún cuando necesitamos contagiarla a nuestros niños.

11.

Imaginar, con todo poder, con amor, un país bueno.

“Bueno” de bienestar, de bondad, de bienes para cada uno, para nuestros hijos e hijas, para nuestros padres que envejecen,  para las araucarias, las escuelas, los glaciares azules, los hospitales, el desierto, los museos y plazas, los pudúes, la robótica, cada pueblo y ciudad, para la música, la democracia, los derechos humanos, y así al infinito: para lo que queramos, donde queramos.

Existen tantos y tan diversos motivos, de todos los tamaños, para la pasión de cada un@, en cada edad. Y siempre tenemos alguna.

Pocas personas, por ejemplo, no tendrían una respuesta para preguntas tales como “¿y si te concedieran 3 deseos ahora, cuáles pedirías?” o “y si ganaras un súper loto o herencia de un tío desconocido, ¿qué harías con ese dinero?”.

Aun en las mayores y más desoladoras adversidades, guardamos un destello de ilusión, una rayita milimétrica de horizonte; esa “zanahoria” que mueve carretas o carruajes en nuestro corazón y cada órgano de nuestro cuerpo.

Vivir. Vivir bien. Si no es hoy, entonces mañana, pero mañana solamente. No en diez años, no en dos siglos. No llegar a la muerte y pensar en “lo que pudimos ser”, o lo que debimos.

12.

No le robaríamos a nuestra pareja, ni sacaríamos el dinero de las alcancías de chanchito (o quizás, con personajes de minecraft, u otros, en estos tiempos) de nuestros hijos. No tiraríamos papeles al suelo de nuestro dormitorio ni fósforos a medio apagar en cualquier rincón de la casa; no dejaríamos las llaves de agua abiertas el día entero ni la comida expuesta al sol.

No nos negaríamos a reparar una gotera si llueve, o a cambiar ciertas rutinas para cuidar mejor a un miembro de nuestra familia (cualquiera su edad), convalesciente, o sólo más cansado que los demás. No nos perderíamos un agasajo, la oportunidad de hacer regalos, tener gestos de amor.

Nos sonaría absurda la envidia o la suspicacia entre habitantes de un hogar: ¿cómo se saca tan buenas notas mi hijo?, ¿por qué mi pareja se ve tan linda, o tan guapo, luego de tantos años?, ¿por qué mi abuelo -jubilado- tiene derecho a levantarse más tarde y yo no?

No esconderíamos frutas ni frazadas, dejando a los demás desprovistos de alimento o calor. No derrocharíamos tiempo en astucias, conspiraciones, acopios incompatibles con la vida de uno o todos los que hacemos una familia. No sobreviviríamos negándonos afecto, consuelo. No nos restaríamos de soñar, de suspirar ante una noche estrellada.

En la analogía más elemental, pero no por ello menos urgente, nuestro país.

El refugio de cada un@ está dondequiera que habitemos: casa, edificio, barrio, ciudad, la nación, la naturaleza. ¿Por qué nos permitirmos hacer distinciones que nos arriesgan? ¿Y si el buen trato? ¿Y los pequeños actos que declaran nuestra ética elegida?

13.

Pensaba, hace unos días, en poetas y aviones, como Zurita alguna vez, y en mi desesperación imaginaba dejar caer sobre el país millones de papelitos recortados con algún mensaje, nada muy hermoso ni sofisticado, ni versos ni citas magníficas, sólo preguntas copiadas de un libro lúdico que siempre está en nuestro comedor (pensando en los niños, sobre todo):

¿si fueras un instrumento musical, cuál serías?, si fueras un personaje de la historia, una novela, si un árbol o un ave, si una batalla o una obra de arte, un gran invento, un objeto de la cocina, en fin… ¿Por qué? por qué esa elección, esa primera preferencia.

Qué ganas de hacer esas preguntas a diario, a nuestros niños (y a nosotros, por qué no) para despertar en ellos ingenios y maravilla, conversaciones fascinantes, risa, gozo puro, inventos e ideas increíbles y la fe para perseverar en ellas (u otras en reemplazo, si las primeras no dan fruto), pasiones.

Y vuelta entonces al aeroplano con sacos de papelitos como si fueran almohadas minúsculas lanzadas cielo abajo: para descansar (que falta nos hace) y para soñar despiertos, o para hacer guerras emplumadas saltando sobre algún trampolín imaginario y salir largados lejos, más alto que lo que este país nuestro, actualmente, está permitiendo de altura de vuelo.

Quizás como a muchos nos pasa por estos días, los niños preguntan. Mi hija menor lo hace por #Fuerabarros, por la presidenta, por los bidones de agua (no logra concebir un norte sin agua ni luz ni alimentos), por los árboles bajo el fuego.

“Si esto está mal, ¿por qué no lo cambiamos así y asá y ahora?”. Sus proposiciones y ejemplos son sensatos e inapelables (como casi todo análisis de los más pequeños) y en cambio tan pobres mis argumentos, o tan derrotados.

Antes de llegar a decir nada de lo que me arrepienta, y arriesgarla a la decepción o la rabia, me queda volver a los universos cotidianos,  lo que sí podemos hacer desde nuestro hogar, nuestro barrio, y desde nuestros deseos.

¿Cómo te gustaría que fuera: un presidente, este país, las personas, “la escuela en la nube” cómo la imaginas, las plazas y las bicicletas del futuro, la vida de los más chicos? (por estos días, los niños, niñas y adolescentes comparten su voz en la campaña #yoopino del Consejo Nacional de la Infancia. Escuchemos).

12.

Suelo escribir muchas cosas en las libretas que siempre traigo en mi cartera. Mis anotaciones favoritas son los dichos de mi hija menor (en su tiempo, los de mi hija mayor, y aún hoy siendo una mujer, no abandono esa bitácora). Las frases con que comencé este largo escrito le pertenecen.

Cada semana, cada día, puedo escuchar de Emilia, seguramente como muchos padres de sus hijos, y de muchos otros niños, “qué venga la maravilla, qué venga el amor a manos llenas”, aunque no lo digan, o no de esa forma.

Sí parecen decirlo en gestos, risas, comentarios que nunca son “al pasar” porque se nos quedan en el oído medio como un zumbido que, a diferencia de todos los demás, no querríamos despejar.¿Y cómo? Hay algo ahí que recordamos, que fue nuestro también.

Esa capacidad de los niños de fascinarse, de entregarse al oficio de los sentidos, al esplendor de la naturaleza, a las “soluciones” y acertijos, todo eso es un tremendo regalo; una forma inteligente y a firme que tiene la vida, de vincular a cada nueva generación con el deseo de vivir, justamente.

A manos llenas, sin aprensiones, el deseo de vivir bien afinado con todo aquello que se nos revelaría conmovedoramente, también a nosotros, si viéramos con ojos de niños, como solíamos hacer no demasiados años atrás.

Si sintiéramos latir nuestros cuerpos con el encanto de esas cientos y miles de “primeras veces” que deben habernos desbordado de placer cuando pequeños.

Si nos permitiéramos descansar el corazón, sin detenernos tanto en aquello que lo ha herido o agotado, sino en la necesidad de reponer fuerzas lo antes posible para poder volver a jugar, soñar, construir, mirar nuestro mundo con su tablero todavía a favor de la maravilla (si hubiesen ganado atrocidades y crímenes, sería insensato querer seguir aquí. Por algo nos quedamos, y por algo el deseo de ir a dormir y despertar siempre, al día siguiente).

Estamos cansados, y como dice Carol Gilligan, “podemos haber perdido parte del deseo, coraje, o habilidad de nuestra voz para reclamar nuestra historia. Pero nunca perdemos la voz”. Esa voz, es más que nuestras cuerdas vocales y capacidad de decir y proponer (o gritar de impotencia).

Enseñamos a nuestros niños a escuchar su cuerpo, sus emociones, su intuición, tanto como a distinguir el sonido de un ave, un instrumento musical, las olas, distintos motores, o dl silencio, y sus distintas especies. Peligrosas algunas (como el silencio del abuso), otras vitales para nuestra supervivencia: callar para escuchar lo que se mueve en la noche, al aire libre; para distinguir el zumbido de un bichito del rugido de un predador; para oír el viento y su dirección si es preciso ponerse a resguardo. Para escuchar el corazón de alguien amado.

Nunca el silencio de callar amordazados; enmudecer por violencia, temor, por hartazgo, renunciando; ni por desamor o desapego.

Hay un silencio que es amoroso y valiente: descanso para renovar el asombro, la buena voluntad. Pausa para imaginar, resucitar nuestras voces y recobrar las palabras por las cuales sentimos cariño. Silencio, desde el cuidado y sin desmemoria, para macerar las preguntas e historias que queremos compartir con nuestros hijos. Y para saber que nuestro corazón en su deseo de vivir, así como en estos días, no puede-quiere seguir. Ni el corazón de cada uno, ni el de un país que –y es una hermosa constatación, a la luz de lo que nos ha despertado en este tiempo-, de alguna forma, siempre late dentro de nosotros.