Abuso Sexual Infantil: el cuerpo recobrado

 “En este cuerpo están los ríos sagrados; aquí están el sol y la luna, y los lugares de peregrinaje. No he encontrado otro templo tan bienaventurado como mi propio cuerpo”. – Saraha, monje hindú del siglo VIII

 

 

A veces la obviedad y simpleza nos prodigan la mejor respuesta en las situaciones más complejas y desafiantes.

Todos nosotros, grandes y niños, somos nuestros cuerpos; los habitamos, desde ahí crecemos, nos vinculamos, y ojalá nos maravillemos, la vida entera. Nacemos y llegamos al mundo ya en nuestro “hogar” primario e inseparable, de un modo semejante, aunque mucho más portentoso, al de otros seres (como los caracoles o las tortugas). ¿Cómo no querer que nuestro “hogar” sea un buen lugar: el más amable y mejor cuidado?

Todo lo que aprendemos, sentimos, imaginamos, realizamos, es posible desde y gracias a nuestros cuerpos y sus regalos: sus sentidos, órganos, funciones. El cuerpo es la base inexorable y primaria que nos permite guiar a nuestros hijos mientras conocen y definen la métrica de sus preferencias, límites, cercanías, formas preferidas de relacionarse con los demás –sus pares y/o el mundo adulto- y consigo mismos (desde el juego autónomo, hasta las definiciones identitarias de la adolescencia y más allá). Su bienestar, su salud, su estado de gracia, comienzan y descansan en ese cuerpo que pide, a cambio de su dádiva, cuidado y autocuidado.

Cuando la frontera entre amparo y desamparo se diluye y ya no es claro dónde y con quién se está a salvo, y con quién no, el cuerpo es también el primero en registrarlo. En situaciones de malestar emocional, o en el extremo de las experiencias de abuso sexual, bien pueden los niños pequeños no ser capaces de decir siquiera “me pasa algo, no me siento bien”, y mucho menos verbalizar algo que está lejos de sus posibilidades de comprensión, al menos no con el significado correcto. Pero el cuerpo habla por ellos.

Es así que muchos pequeños mencionarán, muchas veces como al pasar y en la misma tonalidad de un relato sobre paseos a la verdulería o salidas a la plaza, situaciones de trasgresión que solo los adultos –cuando escuchamos- seremos capaces de identificar, o de llevarnos a la pregunta al menos, de si no se tratará de un abuso. En estos casos, más allá de las palabras y relato del niño, el cuerpo será la “voz” y los síntomas vendrán en el idioma de la biología tensionada, o ciertos hábitos, y conductas muy alejadas de su ritmo habitual.

Luego de la develación y confirmación de un diagnóstico de abuso sexual, se abre, inexorable y necesariamente, el tiempo y territorio de la reparación. Ya es reparador, para comenzar, haber acogido al niño durante la develación, escucharlo (y con apoyo de los especialistas correspondientes, realizar el diagnóstico), y de inmediato asegurar una situación protegida (lejos de la persona responsable del abuso). Pero además, en el tiempo que sigue, será necesario contar con un proceso de contención/reparación que, sobre todo, ayude a “normalizar” (ritmos biológicos, el sueño, el apetito, asistencia al jardín, al colegio, por mencionar algunos ejemplos), y permitir el retorno y continuidad de la infancia, que es la etapa y recorrido que corresponde por derecho. En este proceso, realizado comúnmente vía terapia tradicional, la figura del psicólogo es central y básica -tal cual la familia que acompaña- en la restitución del suelo del cuidado (luego del abuso con su mensaje opuesto: de fracaso en el cuidado, de no-amparo).

Ahora, si bien la psicoterapia es de tremenda ayuda, me gustaría insistir sobre la necesidad de incorporar la imprescindible dimensión corporal en el abordaje terapéutico del abuso sexual y maltrato físico sufrido por niños y adolescentes.  Aunque las conversaciones de especialistas en la materia se centren fundamentalmente en los aspectos psicológicos, emocionales y sociales del daño (y aunque la psicoterapia se desarrolle fundamentalmente desde la esfera cognitiva-conductual), no podemos olvidar el cuerpo. Este es el lugar donde no solamente se experimentó la vulneración, sino donde además quedó su registro, memoria e impronta traumática. Y también, maravillosamente, su posibilidad de servir como herramienta principal de sanación (ref. M. Stupiggia, M. Weltman)

La sensatez sería suficiente para proponer que cualquier esfuerzo de sanación en materia de abuso sexual y maltrato físico, contemple de modo irrecusable la dimensión del cuerpo. De hecho, ya en la década de los 50, el trabajo vanguardista de Marian Chace comprobó que la inclusión de técnicas de danza y movimiento resultaron determinantes en la recuperación de soldados traumatizados por la II Guerra. No obstante, y por increíble que parezca, ha tomado décadas  lograr justificar –con un aporte sustantivo de la neurociencia, menos mal- y conferir amplio reconocimiento al uso de la danza, junto a otras “terapias creativas”, como necesaria en el abordaje de diversos problemas de salud, y sobre todo en la recuperación de traumas graves. Entre ellos, el abuso sexual sobre niños y también sobre mujeres se han mostrado especialmente receptivos al impacto favorable de la terapia de danza/movimiento (Dance/Movement Therapy, DMT).

La DMT en sobrevivientes de abuso sexual (y doy fe de ello, en lo personal y en lo profesional), se ha observado como un factor clave en el trabajo sobre fenómenos disociativos, síntomas de estrés post traumático, la recuperación de un sentido de propiedad y conexión consigo, de familiaridad y eficacia con el propio cuerpo (ref: Bessel van der Kolk), mejora en la autoestima, una forma de re-aprender y definir límites y de recobrar un sentido de integridad (y la recuperación paulatina de confianza) no solo con compañeros de danza, sino también en otros entornos (colegio, grupo de pares, incluso la propia familia) donde a la identidad de “víctima”, se suma y muchas veces superpone, la identidad de “artista” o creador.

Gracias a la DMT se potencian las posibilidades de resignificar la experiencia de abuso hacia el futuro –pensando en los más pequeños, especialmente-; y el cuerpo, antes objeto de daño y vulneración, pasa a ser concebido como un agente de belleza, posibilidades y fortaleza (ref: M. Chace, Sharon Chaiklin, Marsha Weltman, G.E. Valentine, Cristina Deveraux, D. Finkelhor). Asimismo, la DMT provee a las víctimas con una herramienta o recurso que puede ser útil no solo inmediatamente después de vivido el trauma, sino también durante otras etapas del proceso de sanación y del ciclo de vida (donde nuevas tareas o tránsitos pueden ser demandantes de nuevos ajustes para integrar síntomas y/o huellas de la experiencia abusiva traumática).

El arte tiene para los niños una larga lista de beneficios: en su bienestar general, desempeño escolar y desarrollo en otras esferas. No debería ser distinto en procesos más complejos. Más aún tomando en cuenta que la maduración en la infancia toma tiempo, que los progresos cognitivos y lingüísticos tienen su cadencia, y que los niños –e inclusive los adolescentes- no siempre contarán con los repertorios suficientes para expresar verbalmente sus emociones de modo preciso, durante la terapia de abuso. De ahí que las artes, la danza y el movimiento sean tan útiles en proveer de una voz o idioma alternativo que, según un gran número de estudios, reduce el estrés y/o dolor del paciente (al evitar la verbalización a veces reiterativa de la experiencia traumática), a la vez que aporta a la sensación de integridad y sanación, acortando muchas veces, los tiempos de psicoterapia.

Un dato importante: una vez finalizado un ciclo de 6 meses a un año de trabajo corporal en sesiones de 90 minutos, una a dos veces por semana, pueden observarse (ref: Cheryl Lanktree y John Briere; D. Finkelhor) hasta 12 meses adicionales de mejoría de síntomas, ya sin apoyo de la DMT. Para los niños y niñas de hasta 8 años, de hecho, se señala que la terapia corporal de danza/movimiento por sí sola, o en combinación con la psicoterapia “tradicional” (que es clave en la restitución de una base ética de cuidado del mundo adulto hacia el niño) tiene mucho mayor impacto que la psicoterapia (como única intervención) en la normalización de los niños (su “regreso” al mundo, a la confianza, solidaridad y pertenencia con sus semejantes) y en la sanación no solo emocional, sino física, material, de áreas de cerebro afectadas por el trauma (ref: G.E. Valentine, D.C Baraero-Sharma, S. Chaiklin).

Es importante señalar que el componente grupal de la danza (que también puede trabajarse en sesiones individuales, adicionales y paralelas a las sesiones grupales) y el componente individual de la psicoterapia son, juntos, un acelerador tanto de los procesos de integración y resignificación de la experiencia traumática, como de la sanación en un sentido integral (Finkelhor, Valentine).

Quisiera ahora detenerme en el hecho de que, por una parte, siguen siendo las niñas y las mujeres quienes más viven experiencias de vulneración sexual (y física en general), y por otro, el tremendo impacto que tiene la danza clásica en la sanación del abuso. En la intersección de estas realidades, mi propia biografía (y el hecho de no haber recibido terapia de abuso cuando niña, pero sí de haber bailado ballet muchos años) y, de adulta, mi práctica profesional en EEUU y Chile, con niñas, y/o con sus familias, sugiriendo siempre que, a la psicoterapia, se sumara ojalá la instrucción y práctica del ballet (o bien de otros tipos de danza, gymnastics, o disciplinas orientales, según características de cada niña y disponibilidad en su lugar de residencia). Los resultados, excelentes.

Adicionalmente, en casos donde el comienzo de la psicoterapia se encuentra condicionado a los tiempos del proceso judicial, realizar un trabajo corporal paralelo, ya responde al imperativo de sanación (que no debería estar sujeto a procesos que pueden ser inmensamente prolongados y frustrantes) y comienza a movilizar energías, sin desacatar los requerimientos de la ley.

Dejar a los niños detenidos, o a las familias con sensación de tiempo suspendido y de no poder concurrir plenamente en el cuidado y reparación de sus hijos, no es bueno para nadie. La justicia debería tomar mucha atención sobre esto, y actuar con cuidado ético en relación a niños víctimas y sus familias. Por lo pronto, creo que el trabajo corporal, en este sentido, prodiga un camino viable y benéfico para todos. Y si no es posible realizar cursos –por su valor, o porque aun gratuitos, sea difícil acceder a ellos o incluirlos en agenda familiares a veces ya sobre exigidas- se puede considerar bailar en la casa, hacer ejercicios de respiración, salir a caminar o correr, todo esto a diario (los 7 días de la semana), como una rutina de ojalá al menos una hora. Fuera de ayudar a la reparación del niño o la niña, puede ser una hermosa instancia familiar, y colateralmente, ayudar a los adultos –que también sufren y están pasándolo mal en estos tránsitos- a aliviar tensiones.

Volviendo al valor de las técnicas corporales, quiero recalcar que a nivel de reducción de síntomas en el corto/mediano plazo, integración de la experiencia traumática y la relación con el cuerpo (durante el resto del ciclo vital), el ballet se perfila como una de las mejores estrategias de DMT para facilitar la sanación al menos para las niñas, y por cierto que  también puede ser válido para los niños, pero es importante considerar estereotipos y prejuicios sociales, asociados a lo “masculino”, propios de cada país y cultura. La idea es que la dimensión corporal de la terapia sea un espacio positivo, que no agregue peso por tener que estar dando explicaciones -¿por qué el niñO estudia ballet?- y/o exponiéndose a  estreses (ni para el niño, ni para su familia, lo que igualmente incide en el niño).

Pensando en las niñas, considerar que entre las muchas ventajas del ballet encontramos: el trabajo postural (como un eje para situarse en el cuerpo y reconocer/focalizar emociones, pasadas o presentes), la estructura (control y autogobierno, límites), la concentración y coordinación (con un impacto favorable en desempeños cognitivos, y en la modulación de la hipervigilancia y estrés asociados al trauma), su estética (que facilita reconciliación con lo femenino y su corporalidad, ref. Chaikilin) y sus movimientos muy delicados, tanto como fuertes y precisos. En CHile, el primer programa de terapia abuso sexual- ballet  para niñas (Adagios, iniciado en la V Región, año 2011-12, apoyado por Sename), es tremendamente auspicioso en sus resultados y solo cabe desear su continuidad y expansión a otras regiones (contacto: adagios.terapia@gmail.com, psicóloga Evelyne Zuñiga) .

No quiero ni por un momento subestimar el aporte que otras formas de terapia corporal, de danza/movimiento (el jazzdance, muy cercano al ballet en beneficios, así como las danzas folklóricas, y prácticas como el yoga), mediante las artes (musicoterapia, plástica, escritura, teatro), y el deporte, puedan tener para la reparación en abuso infantil sexual/físico de niños y adolescentes. Y siempre-siempre en los calendarios infantiles: jugar y jugar libremente.

Para distintos niños y/o grupos de niños, puede haber diversas alternativas y ojalá todas pudieran ser tomadas en consideración al momento de establecer alianzas en abordajes terapéuticos más eficaces para enfrentar el abuso. Lo importante de destacar es que no solo los símbolos, percepciones o metáforas en relación al cuerpo deben ser consideradas en la terapia de abuso, sino también y por encima de todo, el cuerpo que experimentó directamente el trauma: un cuerpo real, vivo, que necesita continuar su movimiento hacia todo lo bueno y amable que le espera en la vida.

Por último, aunque quizás ameritara un desarrollo aparte, detenernos un momento en el cuerpo de los prójimos, de los otros que acompañan a los niños en procesos de reparación. Primero, la persona del o la terapeuta: del niño, de la familia y/o de la pareja de padres (o de cada uno por separado, y me refiero a padres y madres que no fueron responsables del abuso, por cierto).

El o la terapeuta son también, aunque suene obvio, un cuerpo vivo, con todas las imágenes, mensajes y sensaciones que pueda reflejar a los niños o los adultos con quienes se vincula. Es una responsabilidad nuestra, estar bien (de salud, estado físico y también, no es un detalle, nuestra presentación personal), ojalá cómodos y agradecidos en nuestros cuerpos (no importa si más viejos o jóvenes, esbeltos o sedentarios, pero confortables y seguros en ellos), cuidadosos de nuestros mensajes explícitos sobre lo corporal (aquí la urdimbre y elección de palabras empoderantes o bellas, es clave), y también, aunque parezca una sutileza -y no lo es-, conectados con lo humano, imperfecto y/o feliz de nuestras sexualidades. Me cuesta pensar que yo misma, como paciente en la terapia de abuso, hubiese podido avanzar mucho con un terapeuta separado de su afecto, conflictuado con su cuerpo o con su imagen frente al espejo (sintiéndose muy bajo, muy alto, desproporcionado, viejo, etc), o cargado de prejuicios y prescripciones morales sobre la experiencia humana de la sexualidad. Afortunadamente, tuve un terapeuta cuyo mayor regalo era una coherencia a todo evento.

DEsde otro ángulo, compartir también y es útil, que desde mi lugar como acompañante en la terapia de niños o familias,  mi propia coherencia fue un desafío en tiempos donde todavía lo corporal y lo sexual eran tareas incompletas para mí (y siempre están en construcción, es cierto, pero me refiero a lo incompleto desde algo que era todavía susceptible de miedos y fríos). Pero sí hubo un compromiso siempre de equilibrar desde otros lugares, como por ejemplo la danza, la actividad física, y la lectura de decenas de textos hermosos, creativos y esperanzadores donde podía apoyarme para hacer la mejor entrega a los pacientes, y de paso, en ese tránsito, ganar muchas lecciones valiosas para mi propio recorrido, que hoy, más madura, puedo tasar y agradecer.

No siempre estaremos bien o cómodos en nuestra propia piel, o en nuestros vínculos corporales (con el propio cuerpo o en la relación con los demás). Somos solo humanos. Pero la proposición es a  mantener la mirada muy atenta sobre nuestra dimensión corporal, cuando trabajamos en procesos tan delicados como la terapia de abuso. Esto enriquece nuestra entrega para la sanación de los niños (y sus futuras vidas de jóvenes/adultos en otra dimensión de su sexualidad). Y también con los adultos: por supuesto los sobrevivientes de abuso (que enfrentan, en un gran número de casos, desafíos importantes en el área de la autoimagen corporal y/o la sexualidad, y para quienes se recomienda, de modo continuo, la actividad física). Pero en esta ocasión querría detenerme en los adultos que acompañan a los niños durante la reparación. Especialmente las madres y los padres.

Un nivel es lo verbal, y lo que las familias son capaces de continuar integrando en sus conversaciones y relatos, sobre temas relativos a información/orientación sexual (como parte del acompañamiento de los hijos en sus distintas etapas de desarrollo), y esto ya propone un desafío. Pero el desafío se hace más vasto cuando tomamos en cuenta la dimensión corporal, y sus lenguajes, todo lo que desde ahí se comunica, los mensajes que desde ahí -sin palabras, pero con fuerza igualmente- se comparten. Todo lo que en un nivel sutil de la experiencia, pero no por ello menos influyente, reciben y perciben los niños en procesos de reparación.

Tanto en casos de abuso sexual infantil, como de asaltos sexuales y violaciones de adolescentes, no es inesperado que los cuerpos de sus padres (los cuerpos que gestaron a esas niñas) reciban parte de la embestida, no solo en el inmenso duelo ante lo vivido por sus hijas, sino en la contracción del propio cuerpo y de la relación con el cuerpo de la pareja. “Hasta que ella no esté bien, mi cuerpo está congelado, me cuesta recordar que existe”, palabras inolvidables de una mamá cuya hija fue violada (un caso que vi en EEUU). No fue sino hasta ver a su hija normalizarse, volver a vestirse (luego de meses en buzo y ropas anchas), comer, ir contenta al colegio, y comenzar a salir con un buen muchacho, que la mamá pudo retomar sus ritmos –alimentación, sueño, ejercicio- y volver a acercarse al papá que, todo ese tiempo, esperó y contuvo a su mujer (que a su vez hacía de contenedora de la hija, reticente a mucha cercanía con nadie del género masculino, incluido el padre).

En muchos casos con niños pequeños, también la sexualidad de la pareja es de las primeras áreas resentidas, no solo por estreses y depresiones de los padres ante la situación de abuso sexual de los hijos (y la exigencia adicional de procesos judiciales), sino por un sentimiento de culpa o rechazo muy específico en relación a la pulsión sexual, el deseo, o la sencilla expresión de afecto físico. Aquí hay un trabajo enorme y hermoso que podemos realizar quienes acompañamos la terapia: no solo favoreciendo la integración de la experiencia para los padres y activando sus recursos para acompañar mejor a sus hijos, sino logrando transmitirles que, por comprensible y esperable que sea, la detención del flujo normal de afectos y de su libido, tensiona el tejido o los espejos donde niños, niñas y adolescentes reconocen –aun inconscientemente- sus cuerpos y las posibilidades reparadoras y vitales (no destructivas) que estos entrañan.

Esto es clave después de una experiencia de abuso: que el cuerpo no termine teñido de terrores, culpas, y la casi certeza de nuevos daños, o su peligro inminente, sino que recobre su conexión con lo vital, la ternura, y en el caso de los adolescentes, sus primeras entradas en el vínculo romántico y/o sexual con sus pares. Cualquier esfuerzo y progreso de los padres y madres en el área de su corporalidad y sexualidad, puede aportar al proceso de sanación de sus hijas e hijos en el mismo sentido.

Por último, no tengo mejores palabras para cerrar este posteo que las que encontrarán en otros dos escritos, y les pido al menos archivarlos para, quizás, leerlos después, con calma, como un regalo de fin de semana o de noche serena. De un querido y muy respetado colega en Chile, el psicólogo Tomás Ojeda, “El cuerpo: superficie, imagen, palabra” , y uno antiguo, en mi columna de ElPOst.cl , CUERPOS.

Gracias por concurrir en estas lecturas.

Manifiesto (o algo así)

Me gustaría compartir un texto que me parece de valor (abajo, en negrilla, “Cuidado y Gratitud”). Es el texto exacto que aparece en el epílogo del Libro BASTA! +de 100 cuentos contra el abuso infantil (Ediciones Asterión, Pía Barros-Editora).

Lo comparto porque siento que, en verdad, es un resumen bien logrado y significativo sobre las premisas éticas del cuidado  y de una pregunta que me parece, lejos, la más urgente y desafiante de responder:  ¿Cómo hacer para preservar íntegros los derechos de quien es más vulnerable? Pienso en los niños…

He insistido en muchas oportunidades sobre la angustia de sentir que la ciudadanía de los niños nos elude, que es invisible, como si no tuvieran voz ni derechos, y sí los tienen (los garantiza la Constitución del país donde nacieron y viven, y una serie de cuerpos legales que a veces parecen tener más textura en la letra, que en acciones reales). Lo que no tienen es voto, ni relevancia económica (en el sentido de que no pagan impuestos, no trabajan ni producen). Si los tuvieran, quizás otra sería la historia; una buena historia. Eso pensaba, y creía que mis disgresiones podían ser a lo menos ingenuas, sentimentales, o de poco peso, hasta el año pasado.

Sucedió entonces que, en una jornada de trabajo y una conversación riquísima con Carol Gilligan (pionera en investigación, proposición, desarrollo teórico y activismo en pos del Cuidado Ético), ella -infinitamente más sabia y preparada-, me dijo que sus reflexiones eran exactamente las mismas: los niños no eran vistos ni escuchados -al igual que otros grupos de humanos vulnerables- y se requería un compromiso particular por ellos (tal cual se luchó alguna vez por los derechos civiles de mujeres, o las minorías étnicas). Y que todos quienes compartiéramos esta voluntad, debíamos estar juntos, hablar y sobre todo, canalizar y hacer de voceros de los niños, tan ausentes del diálogo ciudadano: ausentes como tema, demasiadas veces, y ausentes porque no tienen edad todavía, ni canales oficiales desde donde hacerse presentes para ser escuchados. Nosotros sí podemos hacerlo por ellos.

Yo, en lo personal, me siento vocera de mi hija, mis hijas. La mayor ya encontró su voz, y además ha asumido su propia vocería -y es alta y contundente no solo en la crítica , sino en su participación cívica, su capacidad de proponer, gestar, hacer que cosas sucedan, y eso, desde adolescente-. Es la más pequeña quien más me compromete ahora, igual que sus hijos lo hacen con muchos de ustedes, padres y madres muucho más jóvenes que yo, que inician su camino.

También, he usado mi voz para tratar de abrir conversaciones sobre temas que me importan, que no me dejaban respirar por momentos: el abuso sexual infantil, y asumo que habrá quienes que ya no quieren saber más (creánme, yo también quisiera callar o no necesitar decir nada), pero una y otra vez la realidad se presenta feroz e ineludible, y cuesta omitir. Desde el imperativo ético, y también desde el recuerdo de una sensación tan sombría, cuando niña, ante al silencio de los adultos, me pasa que cuando escribo, o cuando hablo, no puedo evitar pensar en que algún niño podría llegar a saber, y encontrar consuelo porque una “señora grande” (una voz más de un coro grande de adultos comprometidos) moleste, insista y crea firmemente en el mensaje de cuidar, escuchar, concurrir.

Cuidar. Más que los daños, lo que me ha inspirado, es el tema del cuidado que nos seguirá acompañando mientras existan humanos que nacen, y humanos que los reciban y cobijen para asegurar su supervivencia. Frente al abuso, el cuidado es antídoto, el lado de luz, la semilla en toda su potencia (sin desintegrarse ni corromperse). Cuando el cuidado es débil, impreciso, inconstante, ahí se abre el espacio aciago para vulneraciones de distintas gradaciones. Entendido el abuso infantil como un fracaso mayor -y colectivo- en el cuidado ético, la oportunidad de enmienda y prevención descansa evidentemente en la restitución del cuidado, y mejor aún: en la construcción de una convivencia distinta entre adultos y niños, donde no exista aire ni espacio para irrespetos ni abusos infantiles (ahí la asfixia y el ahogo me parecen benditos) porque el cuidado ético lo ocupe todo.

Cuidar: desde el nacimiento, en la salud de los niños -y la provisión de apoyo en lo físico y lo psicológico de parte de los prestadores- y la mirada de la familia como esencial para sostener el bienestar de los pequeños, y también para sostenerlos (y ojalá sanar) cuando están enfermos; y la educación, ojalá maravillosa y rica al punto que tuviéramos que despegar a los niños adheridos a la puerta del colegio, y prometerles no sé qué tipo de actividades en casa,  para traerlos de vuelta. Y tantos temas más donde reconozco a hombres y mujeres haciendo historia y no rindiéndose para lograr un progreso, a veces modesto, y luego otro, confiados en que si no alcanzan a lograr lo justo y soñado en sus años, siguen las nuevas generaciones para hacer lo suyo también.

En un año marcado por las elecciones en Chile, querría escuchar que se habla de infancia,  con y para ella: en debates,  propuestas, compromisos, los que sean, así sean los más sobrios y prudentes, pero que importe. Y ojalá que importe mucho. Si no por los niños y sus vidas en el valor intrínseco que tienen, entonces por la nación. Nación que no existe en el PGB, ni el cobre, ni nada, si no tiene hombres y mujeres que la sostengan y le den existencia. Hombres y mujeres que no aparecen en escena gracias a la mano de una suerte de dibujante cósmico: antes, mucho antes, son niños y niñas.

Lo que hagamos durante las infancias, se recoge en la cosecha de la adultez, y no imagino país del mundo que no quiera estar bien ni contar con ciudadanos bien dispuestos para todas las tareas que son el alma insustituible de una comunidad, y otras tantas tareas más, que hacia el cielo propone la imaginación e inventiva (cuando se les permite cauce): desde construir casas, recolectar la basura (ojalá reciclando, en estos días), organizar plazas, hacer calles y autopistas, o levantar observatorios astronómicos; contar con recursos para educar gratuitamente a todos los niños y niñas, alentar talentos, y llegar a becar a miles de jóvenes destacados para ir a los mejores centros internacionalses de formación (en ciencia, tecnología, las artes y las humanidades que, sí, también: no son accesorias); contar con centros de salud para recibir a los que nacen así sea en medio de un ventisquero, y contar c0n otros centros ultrasostificados para que de cualquier lugar del país, puedan venir personas a sanar de las enfermedades más difíciles o infrecuentes. Podría continuar.

Añoro conversaciones sentidas, urgentes, y también interesantes. Extraño que se escuche, se hable  y se recuerde a los niños -y entre ellos, a la mía, al suyo, a los de todos- , y el imperativo de cuidarlos, y de abrirnos a todo lo que ellos nos enseñan en el digno e ingenioso ejercicio de su inocencia (¿y si les preguntáramos qué país sueñan, qué les preocupa? Esa sí es una encuesta que me interesaría leer). Extraño también la pertenencia, la ciudadanía de chicos y grandes por igual (y que todos podamos ver en los niños no a “personitas” en formación, pequeñas y enternecedoras, sino ver por encima de todo, a seres humanos, en toda dignidad).

Se lee y se escucha en las radios a personeros políticos, unos más creíbles que otros, pero me llama especialmente que muchos de quienes participaron de gobiernos pasados, repiten en estos días casi hasta el hartazgo, la palabra “ciudadanos” sin resonancia alguna. Tal vez los expertos en comunicación los instruyeron en su mayor uso; pero eso no basta. A estas alturas, lamento decirlo, son muchos, pero muchos a quienes no les creo, NADA, y es terrible esa sensación luego de haber puesto tanta confianza en lo que habrían de hacer por esta nación, luego de su regreso a la democracia. Excepciones nobles existen: pero no son la mayoría. Y debió ser: una mayoría de líderes ansiosos por volcarse en el nuevo tiempo, y dar lo mejor de sí para pensar, inventar, materializar la nación digna de un final de siglo. La que daría la bienvenida al nuevo milenio.

El desencanto nos ganó de a poco. Lo correcto, lo digno, la estatura cívica, no fueron la norma. En cambio, lo que debió habernos dejado estupefactos terminó siendo corriente, esperado, aquello a lo que incluso, tal vez, hasta nos terminamos resignando: malas prácticas, fugas de recursos, obscenidad salarial, pusilanimidad para  batallas que se prometió dar (en la educación, por ejemplo), ineficiencia, excusas inaceptables (y francamente estúpidas, y casi nunca uso esa palabra, pero no hay otra para cuando la más alta autoridad señala ante un yerro mayúsculo de cálculo :”nunca pensé que XXX fuera así, a resultar así”… ¿????), demoras, demoras y más demoras. Y pasaron 20 años que no fueron malos. Pero tampoco, ni por lejos, excelentes o cercanos a lo que debieron ser.

Un ejemplo que duele: el primer gobierno democrático (de don Patricio Aylwin) suscribió  a la convención internacional de derechos del niño. Silencio… el recorrido de las dos décadas que siguieron. Y aquí estamos todavía pidiendo lo elemental: que cuente esa ratificación para algo; que se proteja de modo integral a la infancia; que el Estado actúe como garante. No estamos soñando alto siquiera (y deberíamos); más bien  retomando algo así como una vieja lista de útiles y tareas de kindergarten, solo que ya egresamos del colegio. La contribución en materia de Derechos de infancia, de esos veinte años, me deja sin encontrar el adjetivo preciso; pero dentro, el eco cede a su frustración y pesar.

En total honestidad -y reconocimiento, y es solo justo-, no ha sido poco mi desconcierto (y pena, también), cuando haciendo lo mismo, perseverando igual, tocando en cada viaje mío, año tras año, las mismas puertas para tratar de hablar de derechos de los niños, y abuso infantil, para acercarlo a la luz  y a un accionar más colectivo de prevención, encontré mucha pero MUCHÍSIMA mayor disposición a conversar y aprender, en años del actual gobierno que en todos los anteriores (más cercanos a mi vereda política, y en uno de ellos, a mi sensibilidad hasta de género).

El gobierno actual, admito, no fue sencillo de asimilar para mí,  y no lo es todavía, cuando recuerdo y veo entre sus autoridades y líderes a personas que, desde mi memoria corporal, agitan y duelen por su vinculación (directa, o así fuera solo entregando comunicados públicos) con violaciones a los derechos humanos. Pero también he visto a otros, sin esa historia, nuevas generaciones (como la mía), dispuestos a trabajar, abiertos a preguntarse y actuar, siendo muy especialmente sensibles al tema de infancia: no por los dividendos políticos (que en sus cargos no tienen mayor impacto), sino porque son padres, madres, tíos o abuelos. Ahí el punto de intersección. Y podemos no votar igual, y soñar mundos diferentes en muchos sentidos, pero ha habido con ellos mucha más afinidad en el compromiso por el bienestar de los niños y niñas, y por el cuidado ético en nuestro país. ¿Cómo no valorarlo explícitamente? y pienso en Emilia, y en tantos otros niños, y más lo agradezco todavía. Aunque falta mucho por hacer

Miro este año, y se me despiertan la esperanza y el desaliento casi a la par, con ventajas tímidas de una sobre el otro. No entiendo mucho de política, y menos entiendo (puede ser que tan larga ausencia de Chile, me hizo perder pulso) por qué se insiste en volver sobre lo ya intentado (que ni siquiera fue excelente, sino apenas promedio, y hasta deficiente) en vez de correr el riesgo -y es bastante controlado- de dar un espacio a la nueva generación.

Puede que me juegue en contra el interés, y es solo generacional, de ver a más gente de mi edad o cercanos a ella, proponiendo la nación. Pero no puedo evitarlo, y me llena de bríos solo creer -aunque la evidencia vaya en contra- que pueda ser posible un recambio. Lo viví en EEUU con la elección del Pdte Obama (sobre todo la primera vez), y esa sensación alucinante de cercanía generacional, de lenguajes comunes (en la campaña para Senador, él ya hablaba de sus dilemas en materia de educación sexual con hijas que se iban acercando a la prepubertad), de experiencia más reciente y urgente (no la II guerra mundial, o Vietnam, sino la crisis ecológica en ciernes, por ejemplo). Algo similar me ha pasado en nuestro país cuando son candidatos y líderes -no todos, pero algunos al menos- de mi generación, y no de la anterior (más preocupados, como se deja sentir, de sus disputas y parcelas de poder), los que están poniendo energía en querer dialogar sobre temas de infancia (sus inequidades, los talentos que no pueden volar,  o dolores de todos los niños -más o menos vulnerables- y la prevención de abusos, como un tema de todos), la familia/pareja y los balances entre afectos/trabajo/la felicidad, tantos desafíos actuales.

Valoro a mis mayores, y creo en que se debe honrar totalmente su contribución (a cada familia, o a una patria), pero cada oveja con la pareja de su tiempo y desafíos. Las generaciones que han gobernado Chile durante casi la totalidad de este tramo democrático, traían tremenda historia: antes del golpe militar, y durante, con todo su dolor y sus luchas inmensas; la vida los obligó a desarrollar un radio de mirada profundo que los más jóvenes no teníamos al momento del plebiscito del 88, y del retorno a la democracia. Pero en veintialgo años desde entonces, hemos crecido, tuvimos hijos, hemos amado y trabajado al tiempo que hemos debido asimilar un planeta que ha cambiado a velocidades antes nunca vistas (y continúa haciéndolo, y creo que nuestros niños probablemente estarán mucho mejor equipados para intervenir y participar de las nuevas tramas y paisajes que ya se avizoran).

También en estas décadas, los de mi generación y cercanas, hemos escrito historias interesantes: en familia, en la crianza, en el ejercicio parental, en la pareja y la experiencia de la sexualidad (con mucha mayor apertura e información), en la mirada y el vínculo entre los géneros, en las ciencias, en las letras, en la economía, en la espiritualidad, en las universidades (muchos docentes de mi generación), en la música, el cine, en las vindicaciones ecológicas, en una noción de bienestar y camino de vida que ya no contempla -quizás porque no está la urgencia de la generación anterior, de enfrentar persecusiones- dejar a sus hijos atrás en razón de ninguna causa o revolución (y ya lo decía un filósofo francés, de apellido Ferry, no recuerdo su nombre de pila, que actualmente pocos darían su vida por militancias como en los 60 o los 70; que las generaciones de hoy solo darían su vida por sus hijos, o seres amados). Todo eso, y mucho más, es lo que traemos y podemos contribuir, confío. Dos marcadores (y son muchos más), a modo de ejemplo: es nuestra generación la que propició abrir el diálogo sobre abuso infantil, sobre diversidad sexual, y todo lo que a partir de esos ejes se moviliza en un valioso efecto dominó.

No me gustan las monarquías, pero la referencia es inevitable y salta la imagen de  la Reina Isabel que de abdicar, ya debería hacerlo por alguno de sus nietos, no por sus hijos. Que no nos pase lo mismo aquí. Que no nos saltemos etapas y que toda generación pueda hacer su aporte. Para que nuestros niños esperen o nos pidan lo mismo el día de mañana. O que no haga falta mencionarlo siquiera, porque se dé naturalmente. Como tiene que ser.

Ahora sí, lo adeudado. El texto sobre ética del cuidado que motivó, sin querer, toda esta reflexión indetenible. Mis disculpas.

Epílogo: CUIDADO Y GRATITUD

De Vinka Jackson

” RELUMBRA un punto de intersección inobjetable en la humanidad: mujeres y hombres, niños y niñas, TODOS somos hijos o hijas de un padre y una madre. Pueden estos haber sido más o menos incondicionales, amables, o benévolos, pero siempre inexorables en nuestra gestación.

Llegados a la vida, sobrevivimos los siguientes minutos, horas y días, gracias al cuidado de alguien más: nuestras madres, padres y otros prójimos dispuestos a abrigarnos, alimentarnos, y velar por nuestro bienestar en un tránsito –del  útero al mundo- de la más alta fragilidad. Más adelante, en cada ciclo, poco cambia. Sigue siendo el cuidado un afán irrenunciable para nuestra supervivencia como especie, y una pregunta siempre urgente sobre cómo honrar términos justos de trato en un contexto de máxima desigualdad.

Porque pocas relaciones puedo imaginar más desiguales -en tamaño, resiliencias, capacidad de provisión y de respuesta a necesidades-, que aquella entre adultos y cachorros de la manada humana.  Inclusive en las mejores condiciones, con la mayor contención y abundancia familiar, la relación entre grandes y pequeños sigue siendo delicada e inefablemente desigual. Solo basta mirar el contorno de nuestros cuerpos tan dispares, contra cualquier paisaje.

 ¿Cómo hacer entonces para preservar íntegros los derechos de quien es más vulnerable?

La respuesta importa no solo en relación a nuestros niños, sino también frente a otras indefensiones, tan humanas: momentos de enfermedad, de minusvalía, de avanzada vejez, o indigentes soledades.

Nos vinculamos, queramos o no, desde el cuidado y este vínculo no exige igualdad de condiciones, atributos, o recursos. Desafía al individualismo y se afirma de certidumbres casi orgánicas: alguien necesita ser cuidado; alguien cuida. Esta dependencia no debería arriesgar dignidades; ni invocar a la sumisión. Simplemente es, y no reconocerla, nos expone al fracaso que ha sido, y es, la existencia de tanta violencia, descuidos, injusticias y abusos infligidos sobre los niños.

Soñar, ejercer y defender el derecho al cuidado de unos y otros, enmendar curso y detener daños, escuchar y ayudar a desplegar voces y alas en todos los niños, es el sentido que tiene el encuentro de tantos en este libro, hijo de los anteriores volúmenes gestados por la maestra Pía Barros y Ediciones Asterión.

Aquí se escribe, a mano firme, una historia que conmina a reparar y sanar, despertar consciencias, construir convivencias diferentes y mundos más gentiles para los pequeños, y para todos. Como mamá, escritora y sobreviviente de abuso sexual infantil (que sanó su alma justamente desde el cuidado… ese aprendizaje tardío, pero inolvidable), mi gratitud es infinita”.                 BASTA! +100 cuentos contra el abuso infantil, 2012.

pequeños laureles y gemas

Existen, durante la maternidad, todo tipo de días: de sentirse recién llegada al mundo y sin saber nada,  o de andar saltando y corriendo sobre techos de locomotoras cual espía británico. Días también de recogimiento, preguntas e intraducibles gozos o melancolías (desde la sangre y leche que somos, cuando vemos a nuestros hijos felices; o desde la lágrima insondable, si están enfermos o o tristes).

Otros días, que pueden ser una gran mayoría de ellos, simplemente gloria (si tenemos la fortuna de poder siempre alimentar y cuidar a nuestros hijos, y así de bendecidas, gozar lo majestuoso de verlos crecer). Hoy fue uno de esos días gloriosos con mi hija menor.

Fui a buscarla al colegio, y lo primero que me advierten es que se había caído durante el recreo. En el microsegundo de pausa entre una frase y otra de la inspectora, miedo. “Nada grave, está bien”. Alivio cuando la veo venir corriendo hacia mí. Respiro, la beso y abrazo y espero a que ella me cuente. “Me troMpecé y me pegué en la frente y la boca, pero la Rebeca me puso hielito y me lo comí”. Se veía bien, apenas un puntito enrojecido, brillantes y divertidos (lo son) sus dientes en la tremenda sonrisa con que terminó su relato.

Me dio gusto ver a Emilia tranquila, contando su caída, y agradecida de Rebeca y su  ”remedio”. Rebeca, sí, la misma que 40 exactos años atrás, ya trabajaba en el colegio cuando comenzaba mi propio kindegarten.

En los años que siguieron, pilar de afecto y  cobijo: en su cocina esperaba que me fueran a buscar, ahí comía con gusto sus tostadas (las mejores), de su brazo me tomaba fuerte cuando no quería terminar esas horas de solaz que, luego, serían reserva de luz para otras experiencias menos radiantes. Rebeca era entonces una mujer muy joven, de pelo largo y brillante, como una princesa. La mirada más dulce que recuerdo.

Décadas después,  un juramento tan bello como sorpresivo : “Yo a ella, la voy a cuidar mucho mejor”. Eso me prometió cuando supo que EMilia sería también alumna del colegio. ¿Mejor?:mejor es imposible. Me es difícil imaginar más ternura y cuidado de los que yo conocí y recibí de ella. “Pero esta vez no se me va a pasar ningún detalle”, contrargumentó, con la solidez de sus años que como si no hubiesen pasado (she always glows). La historia ya es conocida, los silencios decodificados, y a la vuelta de décadas, como otras personas, el rompecabezas es completo para la “Rebe”. Mi infancia. Tanto más linda y redimible gracias a personas como ella que, a menos de una semana de iniciadas las clases, va dejando en mi hija esa misma buena huella que tan bien conozco.

En el recorrido hacia la casa, Emilia comparte las historias del día, los juegos, dibujos, nombres nuevos de amiguitas y amiguitos, y sus originales y exquisitas declaraciones de nostalgia y de amor: “Yo te eché de menos mamá cuando tú no estás. Yo te quiero tanto, y tú me quieres mucho más.  Porque yo igual te quiero desde que era bebé pequeñita… pero ahí yo no te quería… no tanto”. Otro microsegundo del terror, pero Emilia respira y  sé que no ha terminado su alocución. Mi cuerpo entero espera las palabras que siguen: “no te quería tanto…porque ahí no te conocía. O sea, te conocía ‘recién’. Pero hora ya sí te conozco y por eso te quiero y eres mi mejor mamá del mundo, etc, etc” (todo esto con una entonación que me recuerda algún mono, no sé bien cuál, de Nickelodeon o Discovery kids)

Escucho la carcajada deliciosa del taxista, mientras yo me habría largado a llorar con una alegría equivalente en intensidad a la suya, pero muy distinta en el material del que estaba hecha. Para mí, lo que había oído de mi hija, significaba el mundo.

Cada afán, cada lento y diminuto paso, cada pregunta relevante -¿QUIERES dar/darnos un abrazo, un beso? ¿PODEMOS darte un abrazo, un beso? ¿No?, muy bien, sigamos jugando-, cada declaración de nuestro afecto y respeto, y especialmente,  todo lo que sin palabras -o no todas las que uno podría usar porque los niños tienen un idioma mucho más amplio y diverso- me he esmerado en tratar de dejarles saber a mis dos niñas sobre sus derechos, preferencias, y sus límites, TODO eso se volvió gloria, aleluyas, coronas de laureles. Qué corona: tiara. De Miss-Mamá-más feliz del universo.

Es un regalo tan grande darme cuenta de que Emilia, aunque todavía no entienda la dimensión “tiempo” (y “ayer” puede ser 6 meses atrás, o una hora)  la siente. Porque ha contado con él, a manos llenas -gracias a su familia, personas cercanas, educadores y hasta los conserjes de nuestro edificio- para ir acercándose y explorando sus formas de expresar simpatía, cariño, frustración y deleite, según cada ocasión (a veces nos abraza, y otras nos dice que “después” o que, y con una sonrisa segura, “ahora” no quiere). También, para expresar su distancia, rechazo o incomodidad, a veces sin poder explicar por qué, encogiéndose de hombros, no nombrando  (y en ese silencio dejándonos saber mucho más de lo que ella imaginaría). No siempre sus motivos serán claros, pero sí son siempre  respetados. Asumiendo yo que para más de alguna experiencia o emoción de mi hija -eso ya debí aprenderlo con la mayor- no podré tener una “versión definitiva u oficial” (le cae mal X persona por X situación; o el amiguito XX la empujó y por eso no quiere hablarle ni jugar con él en la plaza) pero que en la constancia de nuestro caminar, siempre podemos ir escribiendo una historia mejor, preferida.

Al llegar a casa, almorzamos y cayó dormida. Le comenté a mi marido y mi hija mayor lo que EMilia había dicho sobre el amor. No lo podíamos creer, pero sí, claro que sí, es solo coherente con este nido y sus formas de hacer y vivir.

Emilia puede confiar y decir lo que quiera en relación a sus afectos porque así lo ha aprendido (y nosotros junto a ella). Y aunque es muy improbable que recuerde bien sus tiempos de recién nacida, es solo sensato suponer que no me quería, o no tanto, porque “recién me conocía” (aunque desde el día uno, yo no haya sentido más que una corriente amorosa infinita ir y venir entre las dos, pero claro,  desde mi mirada). No imagino una declaración mejor ni más sabia sobre el amor, y viniendo de alguien tan pequeño (que, por cierto, no ha leído aún El Principito).

Pocos seres humanos son más incondicionales en su amor que los niños, pero qué bueno saber que ellos también pueden intuir o palpar -si así lo permitimos y alentamos- que el amor nace y crece con cadencias y estaciones, tiempo tras tiempo, vínculo y otro, hasta necesitar inventar o encontrar su lenguaje preferido, su latido de corazón y de piel, su lucidez y gratitudes, su forma de ir de menos a más (aunque sin cuidado ni nutrientes, puede también extinguirse). De menos a más… me repito. Y miro mi vida, y la de mis hijas…

Lo que Emilia dijo, proyectado al futuro -con las amigos y amigos que elija, con maestros y mentores, con quien la corteje y la quiera, y a quien ella elija como pareja- me alegra y me esperanza. Cuánto no demoré yo en llegar a mi casa: la libertad sin prisa ni temor, mis límites bien templados, mi integridad, mi calendario diferente, la plétora de residir al fin en el cuerpo, mi corazón… oh my heart, (como cantaba R.E.M en su despedida musical). Oh, my heart, and yours. Tuyo hija, para gozarlo y compartirlo según tu compás sagrado.

Me cuesta decir mucho más. Recuerdo a abuelas, madre, tías, mujeres antes de ellas, con historias tan fantásticas algunas, y otras, devastadoras, y esa sensación mía, de niña y hasta bastante adulta, de querer regresar a algunas de esas mujeres a la vida, o conseguir para todas -vivas y muertas-, un siglo más ahora sí de regocijo y plétora: sin urgencia ni desmesura, sin naufragio ni vocaciones dimitidas, con más sueños que conceciones; sin más  hijos invisibles u omnipresentes al punto de la asfixia (para ellos, impedidos de crecer, y para sus madres, sin más horizonte de existir); sin susurros ni gritos (de protesta o placer) ahogados, sin cegueras ni secuestros del alma en pasiones tórridas que jamás permitieron el descanso o la contemplación serena de  las vidas.

Estas tardes de primera semana de colegio en Chile, por las tardes, justo antes de la cena, hemos hilado collares de cuentas. El ritual con EMilia me regala una imagen: el collar antiguo y entrañable de las genealogías (que una lleva colgado en el alma) donde nuestras ancestras puedan heredar lo que ellas aprendieron (lo bueno y lo áspero) a las niñas y mujeres que les siguen. Y donde ojalá ellas, más grandes, donde se encuentren, puedan también recibir algo de las más pequeñas y jovenes, algo importante: toda la nueva luz y textura de vida que traen estas nuevas generaciones.

Que entre las ancianas cuentas de ámbar que relatan las historias de amores de una familia y sus mujeres, mis niñas hagan refulgir ese talismán compuesto de perlas de río, piedras preciosas, ópalos, diamantes, y engarces minerales de muchas tierras y buenos amores.  Amores de Diamela y Emilia, y sin importar mi edad, justo a tiempo, los míos también.

En el Día de la Mujer, la carta a mi hija que no fue

“We need to seize again the whole language in search of better desires” Jorie Graham” (Necesitamos capturar una vez más, todo el lenguaje en búsqueda de mejores deseos).

Porque ha sido fin de bosques y de vacaciones, por el regreso a Chile, por el comienzo de su vida escolar en un colegio donde no sé, en verdad, por cuanto tiempo podrá estar, por el día de la mujer, y porque sí, porque la amo cada día más, porque la veo crecer, tenía ganas de escribirle una carta a mi hija menor, sabiendo que su hermana, más grande, entendería y celebraría esta exclusión que es solo una diminuta excepción en ternuras siempre duplicadas.

No llegaré a escribirle mi carta a Emilia, agradeciéndole por su alegría y sentido del humor, su asombrosa autonomía y capacidad de multiplicar mundos imaginarios, su solemnidad –tan chiquita- para viajar, explorar, ofrecer cuidado a otros, componer canciones y melodías casi a diario (incluso con efectos de mix, cual DJ). Tanto.

Tampoco podré compartirle esta vez (para que quede hacia el futuro y ella se mire, algún día, con certera benevolencia en su propia maternidad o en cualquier esmero) que me cuesta este camino, con 45 años no es fácil, y es extenuante a niveles que no puedo verbalizar porque, además, ha sido mi elección no delegar en terceros el cuidado de mi hija y tener, en cambio, una cafetera cerca y horarios  muy peculiares de trabajo (con turnos diurnos y nocturnos), para no restar tiempo maternal debido a los oficios con pacientes, comunidades o la literatura.

Cómo explicarle ahora a Emilia –su hermana ya sabe, y lo hizo propio- que no puedo ni quiero abandonar mis vocaciones, no completamente, ni siquiera por ella, porque el hambre de creación y humanidad me haría desaparecer, aunque más mengua y vergüenza sentiría ante mis niñas por ser una mujer/ser humano/madre que no les muestre, en movimiento, que ellas tienen derecho a elegir, hacer, diseñar una vida donde todo su potencial, inspiraciones y talentos encuentren  resonancia y cauce.

Si no puedo escribir mi carta es porque me embosco, una es lo que es, y aunque no siempre tenga bien claro de dónde proviene cada defecto e impedimento mío, al menos sé que vi paralizada mi intención epistolar por una noticia quizás demasiado común en Chile, o hasta irrelevante y tediosa en el torrente cotidiano de información –política, crímenes, mil fútbol, farándula, política and so on– en una mayoría de medios nacionales (y no es extraño que prefiera saber de acontecimientos en otras latitudes, experiencias plurales, vividas por miles más de seres humanos que miramos el cielo desde vidas y lugares tan diferentes, y tan semejantes también).

“La persona equis dijo que…”, el encabezado. Las réplicas, casi dignas de terremoto. Vi algo al pasar en redes sociales y no pude evitar preguntarme qué tan grave u horrible habría dicho “la persona equis” que pudiera explicar el encono, reproche e insultos; y esa intolerancia sobre la que pongo aguda atención, no por morbosa curiosidad, sino por miedo. Un miedo inmenso, inmaniobrable.  Viene conmigo desde la misma edad que hoy tiene EMilia; hipervigilante, veloz en detectar cualquier giro sutil de las furias.

Hace tiempo vengo sintiendo que me cuesta escuchar o leer ciertas cosas en Chile. Noticias y luego cadenas de comentarios donde brillan como gemas muy escasas, casi de otra galaxia, aquellos que son constructivos, cargados de preguntas o nueva información, sin suspicacias ni descalificaciones, abiertos a debates donde no es preciso destruir a quien expresa una opinión diferente, y donde los acuerdos o disensos pasan por lo que se dice (y de todo deberíamos poder hablar), no por quien.

Qué hacer si la libertad de expresión pierde contornos y se torna maledicencia irresponsable, daño…

Ayer, recordé que justo antes de partir a Atlanta al comenzar el año, vi la hoguera crepitar –antorchas por igual en manos de hombres y mujeres (¿y la solidaridad de género?)- en contra de la esposa de un candidato presidencial de la coalición de derecha en el gobierno.

Ella, muchos años atrás, no había apoyado iniciativas legislativas para el divorcio en Chile. El tiempo pasa, y los relatos de vida cambian. No la conozco, pero supe que ella misma enfrentó una separación, seguramente un duelo (como todos los que hemos estado en ese lugar, sea que lo hayamos elegido, o que nos haya caído como un alud). Luego conoció a alguien digno de su amor y de sus sueños con quien finalmente se casó. Qué bueno por ella y por él, sinceramente lo digo (desde una empatía universal y muy particular de mujer, y algo de niña que siempre celebra los happy endings). Prefiero pensar hacia el cielo antes que hacia infiernos y vertederos, e imaginar que quizás todo lo vivido ha sido crecimiento, y que tal vez, puesta en la misma disyuntiva que antaño, esta vez ella sí habría votado por la ley de divorcio (que menos mal, sí llegó a existir en Chile, uno de los últimos países en lograrla en el mundo).

Fue una sorpresa amarga, ver la forma en que fue tratada esta mujer por personas a quienes tampoco conozco, pero que en las redes sociales me dejaban la impresión de inclinarse a buenas causas, sensibilidades afines a las mías. No revisé tweets un par de días de pura frustración y desencanto. Más que con personas específicas, mi objeción es con ese pulso violento que en otros espacios, también se deja sentir. Violencia en las palabras, juicios frívolos y ligeros, fundamentalismos aterradores, vulgaridad en el sentido de ausencia y asfixia total de bellezas posibles, de empatía, compasión.

Es consensual que los lenguajes construyen realidades. Niños tratados con amor y reconocimiento en las palabras, levantan mejores autoestimas y capacidad de goce y progreso. Niños desmoralizados, maltratados o  desprovistos de aliento y cariño en los lenguajes con que se les habla, tienden a reflejar menores aplomos y sentidos de valía, a veces mucho dolor, otras, rabia.

Las palabras que traen las personas con ellas, las palabras con que se expresan en relación al prójimo y a sí mismas: destello de almas y países interiores; textura de sus intenciones.

Me rodeo de personas a elegidas –o deselegidas- en pleno albedrío y luz. Ciertas señas del lenguaje –manipulador con los afectos o vía chantajes y amenazas, posesivo, ciego a los límites o argumentos del otro (o ciego al prójimo, derechamente), descalificador, difamatorio o dado al sarcasmo, la pesadez, el chisme– me bastan para salir corriendo y cerrar la puerta por siglos.

En el oficio de escribir, coordenadas similares. No he escrito en otro medio chileno que no sea ElPost.cl (y uno que otro más, en oportunidades especiales), y aprecio mucho mi primera experiencia y la “comunidad” de lectores-posteadores que se ha ido articulando en apenas dos años de existencia, así como el tono general del diálogo, comentarios a las columnas, proposiciones de temas.  Me doy cuenta de que es posible. Y así también lo constato en mi hogar, y otros entornos que me permiten resistir el alarido interno, o peor aún, el silencio irredimible que me secuestra –a modo de sedición y duelo también- cuando observo excesos y crueldades pasar casi inadvertidas.

En el verano, comenté a algunas amigas sobre lo que había sentido al respecto de esta mujer, esposa del candidato. Estuvimos de acuerdo, pero no dijimos mucho más, y de alguna forma nos hicimos cómplices de esas piras donde fue quemado el beneficio de la duda, el reconocimiento de la legítima subjetividad o humanidad del otro, la tolerancia, la aceptación y el respeto. Ahora, que sale al camino otro hecho que me parece serio y disonante éticamente, no puedo evitar sentir, decir algo. A la vez que debo aceptar que pierdo la alegría de escribirle a mi hija menor, con tanto ruido en el alma. Sobre el trato que nos damos unos a otros, y entre las mujeres; o la forma en que podemos mirar, o negar, nuestros méritos y nuestras carencias.

No somos perfectas, ni santas absolutas, y parece que se necesita mucha más valentía y probidad de las que yo creía, para admitir lo que no somos; quizás, lo que tememos no llegar a ser (¿?).

Ayer, nuevamente en las redes sociales, los insultos y descalificaciones en contra de una mujer me llevaron a buscar en la prensa qué hecho tan grave habría ocurrido como para explicar estas reacciones. No pensé en imprecisiones o torpezas comunicacionales, tampoco en disensos de opinión. Lo que se decía de ella era demasiado fuerte: bajeza, deslealtad, falta de integridad ética.

No resoné con  lo que se decía. Sobre todo, porque la conozco personalmente. Inolvidable ella que unos años atrás, siendo de una vereda política y hasta profesional completamente diferentes a la mía, por iniciativa propia, íntimamente, del modo más discreto y delicado, me invitó a conversar con ella, si yo quería. Había llegado a sus manos mi libro “Agua Fresca en los Espejos” y sentía que necesitaba comprometerse más, aprender, entender, compartir preguntas, buscar respuestas, caminos, toda la información que pudiera ayudarla a “hacer las cosas mejor”.

Con una calidez y respeto que no se extinguen, recuerdo también la correspondencia que siguió al primer encuentro. Ahí se dejaba sentir esa genuina avidez de los aprendices (me siento una también, y quizás por eso el instinto de reconocer a otros, afines): por leer, seguir preguntando, pensar en las niñas, en mujeres sobrevivientes de abuso, hombres también, cómo apoyarl@s, y cómo imaginar una nación más orientada al cuidado. Impecable puente de ida y vuelta; veraz; humano. Me pareció entonces y me parece ahora, una mujer luminosa. Hablo de la Ministra de Sernam, Carolina Schmidt.

“Desgraciadamente, vemos que la participación de las mujeres en cargos de elección popular no ha aumentado en nuestro país. A pesar de haber tenido a  una Presidenta mujer, eso no incrementó el número de mujeres que nos representa en el Parlamento”. “Todos los gobiernos han hecho un aporte importante en que Chile avance en eliminar las tremendas desigualdades que tenemos en nuestro país entre hombres y mujeres, todo suma”. “Hoy tenemos que ver cambios concretos y cambios reales que permitan una mayor participación de las mujeres en el mundo de la política”  (en diarios nacionales).

¿????????????????? No puedo usar otros símbolos para traducir mi desconcierto. Estas fueron declaraciones de la Ministra ayer, en el contexto de un acto público; el desencadenante de una avalancha de críticas (y algunas nobles y escasas defensas respetuosas del espíritu cívico). Leyendo y oyendo opiniones de varias personas en relación a las declaraciones de la Ministra –o a sus años de gestión y otros aspectos que ni venían al caso–, me preguntaba qué moviliza y motiva esas indignaciones; qué sincera ocupación republicana, o qué sensación de fondo cargada de inseguridad, miedo, o hasta de mezquindad y fealdad (y rara vez usaría esta palabra, pero hay cuestiones que rayan en lo grotesco) en la forma de hacer política, de sentirse ciudadanos.

No quiero entrar en análisis para los que me siento sin autoridad. Pero leo y releo los dichos de la Ministra y me cuesta –como persona común y corriente– explicarme el revuelo, la rabia y la infantería de defensores de un solo gobierno anterior (y todos tienen cosas buenas y cosas pésimas): una presidencia por primera vez femenina que efectivamente, durante su tiempo e inmediatamente a continuación, no se reflejó en mayor presencia y participación política de las mujeres.

Es más, recuerdo desde Atlanta, haber leído columnas de mujeres adherentes al gobierno de la primera presidente mujer en Chile, comentando el fenómeno de que esto no garantizaba necesariamente otros cambios y progresos para el género (o su aceleración) y conminando a la Presidenta a ser más enfática en promover el avance de las mujeres de forma global, y en la esfera de representación política, en particular. A nadie le pareció aberrante ni inadecuado, y mucho menos bajo o artero, desleal con el género (y me repito, las mujeres, como todos los seres humanos, tenemos lados de luz y de opacidad, talentos e incompetencias, triunfos y yerros). Como ahora no debería parecerlo tampoco.

Las democracias se construyen sobre debates (que ojalá se enseñara en todas las escuelas), voces, distintas miradas, y podemos preguntar por qué alguien asevera algo, cuáles son los datos que lo/la respaldan, o rebatir y expresar nuestro desacuerdo y cuestionamientos, en distintos estilos quizás, unos más intelectuales o emocionales, con sentido de humor e ironía, pero claros en su no–violencia, y su irrenunciable respeto por el otro.

Me cuesta habitar una democracia donde el derecho básico a la voz, el relato, las opiniones y el debate, es malversado o trasgredido; donde se detiene la mirada de presente o de futuro al omitir que los seres humanos somos multidimensionales, maravillosos y falibles, capaces también de rectificar, cambiar, o no (y siempre existe la posibilidad de no vincularnos y poner límites). Si alguien hoy no despierta mi adhesión o confianza, no quiere decir que mañana no pueda hacerlo; y si piensa distinto, quizás no seremos cercanos, pero siempre podemos respetarnos. Si el otro ha actuado de forma imperdonable –desde mi ética y marco de referencia–, puedo protestar, resistir, o alejarme, pero no destruirlo.  Emilia, hija, a ti te hablo, para que lo recuerdes por favor (y no: no es la carta original que tenía pensada, pero espero de todos modos sirva).

Necesito mi ciudadanía, es una parte viva de mí, desde niña. Y necesito vivirla –en cualquier lugar del mundo– sin exponerla a cegueras, rencores e inseguridades que se tornen en violencia (quien está tranquilo con lo que cree y con sus obras no se perturba).

Prefiero las ideas, las conversaciones e inspiraciones, los sueños de una nación mejor, de una identidad que se nutra del sentido de colectivo,  ”estamos en esto, nos guste o no, todos juntos”. (Ese mar de hombros, como cuando ocurren desastres naturales, donde colaboran unidas personas jóvenes y viejas, mujeres y hombres con diversas historias, creencias y colores políticos, todos compatriotas). Qué ganas de sentirme, también, contenida y nutrida en mis esfuerzos de mamá –durante la crianza y formación valórica– si mi niña pequeña, aunque no entienda mucho todavía, puede respirar y crecer en un paisaje donde el respeto jamás llegue a ser frágil, deslucido.

No soy política (ni milito, ni soy de derecha, y tampoco voté por el actual gobierno), y puede que no comprenda decenas de argumentos que personas expertas puedan presentar –con mayor o menor ecuanimidad– sobre desempeños de personeros gubernamentales, estrategias, logros o retrocesos. Yo conozco de otros haceres; otros lenguajes y métricas. Desde ahí me detengo a mirar. Desde ahí mi esperanza, tristeza o la indignación ética. Desde ahí el silencio de mi carta radiante que sí espero escribir, muy pronto.

Por ahora, Emilia, de regalo el verso de Graham que sirve, creo yo, de brújula para levantar tu propia nación interna, sus afectos y pasiones, tu identidad más allá de cualquier geografía, ciudadana chiquita del mundo: que donde quiera que estés, al final del día, el alimento sea amoroso y las palabras propongan y encarnen los más increíbles y hermosos propósitos. Y que el respeto –por ti, por los otros– te prodigue serenidad y alas (y te juro hija, que nada de esto te restará holgura ni fuerza… todo lo contrario). Tu mamá.

 

UN BILLON DANZANDO

ONEBILLION

Humanity has advanced, when it has advanced, not because it has been sober, responsible and cautious, but because it has been playful, rebellious…”  ― Tom Robbins

El pasado 14 de febrero, día de San Valentín, fue también el día más importante (luego de un año) para la campaña ONE BILLION RISING –con participación de 265 países, mujeres, hombres, niños y niñas- impulsada por la fundación VDay para exigir el fin de la violencia contra niñas y mujeres y derrotar la estadística actual que señala que durante su vida, en el mundo, al menos una de cada 3 mujeres será abusada y/o violada.

Fue un día muy especial, el primero soleado luego de semanas de frío, tormentas, tornados y nieve. Las fuentes de agua de Woodruff Park en Atlanta tenían un color rosa que cautivó sobre todo a las más pequeñitas, como mi Emilia, que asistieron junto a sus mamás, papás, abuelos, personas de todas las edades, países y colores, queriendo expresar de la forma más bella y pacífica, su protesta y su esperanza de un mundo mejor. Si le preguntaban a mi pequeña por qué íbamos, su respuesta era “para cuidar mejor a las niñitas”.

Semanas antes, escuelas de danza (incluido el Ballet Municipal) y centros comunitarios en las diversas comunas de la ciudad de Atlanta facilitaban sus sedes y maestros para ensayos ciudadanos abiertos. Nosotras asistimos, Emilia y yo (ver enlace), y fue increíble para ella ver a familias completas concurriendo, pero mayor sorpresa y enseñanza fue ver a señoras y señores muy mayores, con muletas y ayudas para caminar, que dejaban todo de lado para pararse en el centro del estudio y, a su ritmo, con su cadencia particular, sumarse al baile que otros más ágiles y jóvenes encontraban incluso “muy sencillo”. Debby Allen (sí, ella misma, la inolvidable de Fama), responsable de la coreografía, se aseguró de que pudiera ser algo universal, realizable por personas con capacidades diversas, con o sin cercanía al mundo de la danza (ver ensayo completo).

ONEBILLION2

En distintos momentos de bailar “Break the Chain”, la canción oficial de la campaña, durante ensayos, y luego en el parque el día 14 de febrero (ver enlace), nos pasó a muchas mujeres que entre que llorábamos y nos reíamosn. La energía de todas las personas, los testimonios de muchas mujeres, saber que al mismo tiempo en lugares que jamás conoceré posiblemente, familias y niños estaban haciendo lo mismo en una sincronía extraordinaria for a lifetime...

Mii mayor gratitud, admito, fue viendo a Emilia bailar, como a Diamela en sus tiempos, en coche o ya caminando, a mi lado en multitud de actividades y buenas causas defendidas con métodos pacíficos y creativos. Quería que mis hijas sintieran, aun sin entender mucho, que el ejercicio ciudadano es relevante, que sus prójimos (no los “otros” lejanos, sino iguales a ellas), que las voces: la posibilidad de ser parte de relatos relevantes para la vida que uno vive en su rango específico de experiencias y, en un riel simultáneo, lo que uno comparte en la experiencia humana colectiva (compatriotas, hermanas de género, las madres, los estudiantes, los niños-hijos de todos, tantas causas que aunque no directamente vinculadas con nuestra biografía, pudieran tocarnos alguna vez, o a nuestros seres amados).

La decisión, muy consciente, de abrir a mis hijas tempranamente a estas dimensiones de experiencia fue bien medida y reflexionada. Me ocupaban, y ocupan, preguntas gigantes: ¿Cómo lograrían distinguir bien entre el amor y el daño, sin observar el mundo en todas sus dimensiones de luz  y sombra? ¿Cómo discernir la justicia o injusticia sobre sus propias vidas, si no podían reconocerlas en las vidas de sus prójimos? ¿Cómo sentir derecho a verbalizar ciertas verdades y actuar sobre ellas, si nunca se aprendió que era posible decir No o Basta, y soñar mundos mejores? La rebeldía importa. Eso es lo que trato de decir.

No encontré durante mi primer embarazo, y tampoco durante el segundo, veinte años después, libros sobre cómo  guiar o nutrir el valor de la rebeldía en los niños. Por supuesto una combinación de ejercicio de derechos, práctica de límites, formación ética desde el cuidado y el marco de los derechos humanos universales, más otros elementos, me ayudaron en el camino. Sin referentes que la ayudaran a una como mamá a desplegar una crianza que no anulara la rebeldía –y por el contrario, la convirtiera en un valor fundante-  ni expusiera al riesgo, por inexperiencia o destemplanza, de hacerse un auto-atentado familiar (especialmente en la perspectiva de las adolescencias).

Si la libertad era un valor, si la inocencia (esa obertura de la vida; esa develación de las cosas en su estado puro, benévolo o lesivo; esa inclinación, de todos modos, hacia la gracia, la unción), si el respeto, si el amor de la vida a tal punto que creyeran que casi habían deseado llegar aquí y con esa pasión cuidar sus cuerpos, sus éticas, cuidarSE ¿cómo develar o alentar esos ejercicios en mis hijas? ¿cómo establecer permanencia y a la vez alzar un arco de vuelo; cómo habitar el albedrío y las normas justas de convivencia?

Sigo sin poder articular respuestas precisas, pero entre intuiciones, improvisaciones,  y licencias creativas fui entendiendo con mis niñas que no había mejor lugar para sus aprendizajes que el hogar. También para la rebeldía. Ahí tenían que poder objetar, cuestionar la norma, aceptar argumentos o contra-argumentar, a veces conceder (ojalá sin rabia ni resentimiento) o negarse a hacerlo, y ganar en ocasiones (pero ganar-ganar, salirse con la suya aunque solo fuera un poco, y en algo completamente inocuo) disfrutando ese triunfo con suficiente amor –cosa que por fortuna existe con los padres-  como para no ceder a la tentación de la soberbia o la humillación del otro. Alegrarse o admitir el triunfo de alguien más, sin peso, sin sonrisa falsa, y sin sentirse menos. Perdonar, también. Y perdonarse.

Cuando tenía 13 años, una de las mejores amigas de mi hija mayor, proveniente de una familia musulmana, comenzó una relación con un muchacho un poco mayor (16 años, suficiente como para tener licencia de conducir) a quien veía los sábados. Los padres de esta niña la dejaban en el punto de encuentro, convencidos de que ella se reunía con compañeras de curso. Cuando ellos se iban, la muchacha partía a pasear en auto con su enamorado.

“¿Por qué no se rebela dignamente, por último? Huelga de silencio, o de hambre, tendría que hacer, si no quieren escucharla. Pero no mentir, y menos arriesgarse así. Si lo que ella quiere es justo”. Yo sabía de qué hablaba Diamela. Lo peor de la niñez fue hablarle de Gandhi. Ya a los 7 años se encerraba en su habitación a protestar silenciosamente, dos, tres, cuatro horas, en disenso conmigo por algún motivo que ella consideraba justo. Pero del mismo modo, me recordaba de “castigos” -no patinar, no ver un programa de monos- por negarse obcecadamente a cumplir con algún deber escolar, por ejemplo, y que ella asumía dignamente (tan dignamente como se mantenía en su negativa), al punto de recordarme la duración –días o semanas- si la olvidaba, algo que confieso podía sucederme. Desde esa lógica temprana, la adolescencia no fue un período conflictivo sino de mucha luz. Luz que compartió con su amiga americana-musulmana quien, long story short, logró luego de arduas batallas íntimas, que sus papás la dejaran ser visitada por el pretendiente, o salir con él, pero ya nunca más a hurtadillas.

Creo que luego de ese episodio, miré no solo la vida, sino la muerte de otra manera. Podía caerme un rayo encima, y mi ausencia no cambiaría la espesura magnífica de los valores ya enraizados en esta hija de 13 años, cada día más cerca de su autonomía y gobierno en plenitud. La miro hoy, y me acompaña la misma certeza.

Más aún, veinte años después, reconozco en Emilia un registro similar al de su hermana cada vez que despliega sus sediciones, el particular tejido de sus manías y tozudeces, la elección que realiza al insistir en travesuras y trasgresiones y la inmediata auto-aplicación de penitencias, como último gesto soberano (“me voy a time out a mi “casa”, que es su dormitorio, eso nos dice, y luego de unos minutos se reintegra sonriente a la dinámica familiar), y su profundo regocijo cuando nos gana, así sea que eso la ponga en desventaja: “una cucharada más”, le pedimos, “no, tres!”, replica. Bueno ya :) .

A esta pequeña, con un temperamento intenso, la he visto también convertir su impaciencia en brisa, y plegarse sutil y solemnemente a velatones  o a ensayos prolongados de baile,  y algunos años antes que con su hermana (y quizás, sobre todo, porque existe ella como cuidadora eterna), tengo la misma sensación de semilla que ya sabe qué hacer, o sabrá, poco a poco, honrar su dirección: triunfante, cada vez de volar, y capaz también de aceptar –en tiempos de invierno o alas frágiles- detenerse y esperar.

Es lo lindo de la escritura y la parentalidad: partir con un mapa o un abecedario, y terminar encontrando que podíamos asombrarnos creando tantos más. Vine a contar de VDay y la rebeldía se toma la pluma. Somos padres, formamos, compartimos éticas, enseñamos normas para convivir, y en el camino terminamos alimentando inmensas soberanías, aplomos y dignidades. También rebeldías: esa grieta perfecta y esperable sobre un fondo azul (así la imagino) por donde la libertad es urgente y hermosa, y prefiere cruzar ríos donde no hay puentes tendidos aún, para tener la experiencia de construirlos con sus propias manos.

Esas sencillas carreras donde dejamos que nuestros hijos llegaran primero (solo para escucharlos reír y gozar, pero también resultó que serviría al propósito de descubrir que sus padres no éramos imbatibles), esas sobremesas eternas que disfrutamos para escuchar sus voces (fortaleciendo su derecho a voz y opinión), o ese momento cuando, ya más grandes, nos mostraron un error o incoherencia y guardamos silencio, y elegimos no justificarnos, porque tocaba que nos bajaran del altar y se vincularan con nuestra falible humanidad (que también necesitan reconocer en su propio reflejo)… el recorrido es increíble, la vida con los hijos: un billón de historias danzando.

Gracias 2012. O solo gracias.

“Nuestro PGB no refleja la alegría de los juegos infantiles… no incluye la belleza de nuestra poesía… no mide nuestro humor ni coraje; nuestra sabiduría ni nuestros aprendizajes; tampoco nuestra compasión, o la devoción a nuestro país; mide todo, en resumen, excepto lo que hace a nuestras vidas, valiosas”. (Robert Kennedy, 1968)

Atardece el año, en toda latitud. Cae de sus ojos algo de sol, de noche, de lágrima y rocío. Todo a la vez.

31 de diciembre, como en cualquier día (un ejercicio y una responsabilidad de autocuidado) me lleva al repaso de verdades, las radiantes y difíciles; trayectorias humanas admirables, y otras que hacen temer y tomar distancia; proyectos hermosos que esperan, labores cumplidas, y también equivocaciones y aprendizajes; los buenos amores y buenas personas, o sus desventurados opuestos; quienes llegaron como regalo, y a quienes debimos dejar partir o pedirles claramente que lo hicieran; los afectos de padres y madres, hermanos, maestros, cerca de donde crecen los niños; las señas del cuidado responsable e íntegro, o su humano fracaso.

2012 fue todo eso y mucho más. Balances, tantos como personas habitamos este país. Y horas antes del paso al 2013, ojalá también las gratitudes. Por lo vivido, lo crecido, a pesar de todo, o justamente gracias a lo que fue el ciclo que termina. Este ciclo, o cualquiera. Cualquier día.

Confieso mi debilidad ante días como hoy. Me gustan los ritos, pasajes y bautismos, tránsitos entre etapas, así sea que ocurran en el lapso de una mañana a una tarde. Puede ser que me cueste instalarme en el tiempo y los vínculos, sin esas necesarias ceremonias de comienzo y de término. El cuerpo tiene sus marcadores, también las relaciones, o un año cualquiera: su inocencia, su adolescencia, sus muertes y transformaciones, sus renacimientos.

Observando el altar de cualquier era, encontrarse con semillas y flores secas, gloria y derrota. Entre adaptaciones, resiliencias y evoluciones: la constancia del amor y del dolor. Algún amor, o todos. Es tan versátil la experiencia del afecto. Desde el que sentimos por la vida, alguien elegido, o hijos, sobrinos, familias, y las amistades, o una causa de servicio que llena el alma. Del dolor, ahí está. We all know. Puede habitarnos en una herida vieja o nueva; en nuestras azoteas con sus fantasmas. O en intemperies y escombros de alma que ojalá nos hagan entender algo más de la compasión, y no correr peligro de llegar a considerar al prójimo como alguien o algo distinto de nosotros mismos.

Somos todos nuestras restricciones e injusticias (y nuestras pérdidas impronunciables), pero también somos nuestras virtudes, y nuestra gracia. No aquella inasible, de dioses que no se dan a conocer, sino la que viene como posibilidad en cada humano día. Sabemos que el sufrimiento puede teñir el cielo de una hora o una vida: somos esa fragilidad y esa angustia ante la sombra posible y no siempre previsible de nuestra circunstancia. Pero nuestra condición humana es más completa y es, todo el tiempo, el misterioso e indisoluble lazo entre nuestra fortaleza y nuestra vulnerabilidad. Ese vínculo que, no sé si será solo mi sensación, tiende a un punto de fuga o ceguera en la mirada que hacemos sobre aquello que es más urgente o terrible. Y también, puede ser quizás por prejuicio o prudencia, que no hablamos tanto de felicidad, o de esas virtudes, experiencias y relaciones enriquecedoras, prójimos admirables, o simplemente prójimos; el amor portentoso; el bienestar  posible.

Pienso en lo sencillo que resulta, en estos tiempos, acceder a toneladas de información sobre trastornos humanos, conflictos, disfunciones; tomos dedicados a la disección de traumas, miserias y espantos, y en cambio bastante menos material disponible –aunque va creciendo- para conocer la influencia de la gratitud, la camaradería, la risa o el buen humor en todos nuestros entornos y esferas de hacer. Sé que puede sonar casi demencial pensar en estos atributos ante realidades ominosas en una lista del horror que a veces parece interminable, pero si no clavamos el corazón en la vida y su bondad ¿entonces qué? ¿si no, cómo?

No se trata de ignorar o pecar de ingenuos ante el estado grave de muchas cosas, ni de querer olvidar el sufrimiento de la humanidad tomando cocacola (por eso del instituto de la “felicidad”) o leyendo libros de autoayuda. Pero sí podría tratarse de reclamar, y reapropiar todo lo bueno que también viene en nuestra especie y usarlo como arsenal de bien: propio, familiar, de nuestros seres amados, nuestras escuelas, barrios, instituciones, gobiernos, y hasta ejércitos inclusive (con todas las ganas que uno tiene de que no existieran ojalá). Sin esa voluntad benéfica, a la que considero completamente digna y valiente tanto como necesaria, no sé cómo uno sigue caminando.

Los que tenemos hijos, al menos sabemos que a no ser que queramos invitarlos al suicidio colectivo, debemos tratar de mostrar todo el tiempo el contrapunto sobre la vida, sobre lo vivo y lo posible de crear y hacer nacer: sea dentro de ellos (nuestros niños), o irradiando hacia su paisaje, y hacia su presente y futuro. No podemos solo repetirles cuánto se aprende en la lucha, la adversidad y el sufrimiento (que sí, por dios que se crece) sin recordarles y enseñarles cómo se aprende también en la belleza, el aprecio, todo aquello que la gratitud permite reconocer y hacer explícito. Y hasta multiplicar.

En las últimas décadas del siglo pasado, y en lo que llevamos de éste, los estudios, relatos y conversaciones sobre resiliencia han cubierto parte de esa necesidad humana de orientarnos a la luz, a conocer lo mejor de nosotros y no solo nuestras sombras, lo inadmisible, lo inacunable que llevamos dentro, carencias de cuidado y de amor, eso que dolió y dejó huella. Sin embargo, algo en el atributo de adaptación y reinvención desde la adversidad que nos regala la resiliencia, resuena de un modo diferente a la capacidad, también necesaria, de simplemente conceder y adaptarnos a lo agradable, lo alegre, lo bondadoso, lo suave. Hay una lista radiante que aquí podría ser muy larga también…

Por incomprensible que parezca, acomodarnos al bienestar o la alegría, no es tan natural y espontáneo como uno querría creer. He visto a chiquitos llegar a terapia “estresados” porque luego de años de precariedades y pesares familiares, no podían asimilar la llegada de un tiempo de bonanza, serenidad y alegría duraderas. También he conocido a adultos tan habituados históricamente –desde su infancia- a vivir con el pulso de fondo de la tristeza, la subvaloración, que a las señales y ofrendas del buen amor y la dicha, no pudieron responder o lo hicieron desde la emboscada: esa profecía de “no durará mucho”, “no me lo merezco”, que termina siendo cumplida las más de las veces. Lo he vivido, también, años atrás, y a veces, todavía paso por ahí cerca. Afortunadamente, con una alarma mejor templada que prontamente levanta la voz de advertencia y de conminación al gozo como si se tratara de un derecho digno de revolución francesa, a salvaguardar.

Si algo parece bueno, no desconfiemos de entrada, por favor. Observemos, conozcamos su pulso. Sin prisa, con atención. En un año, en una noche, apenas una hora, siempre hay mensajeros que anuncian lo que no oímos o no vemos, y que podría hacernos tan bien reconocer y descifrar. Un beso en la cocina puede ser el tremendo testimonio de amor y promesa renovada de estadía y lealtad, cuando las cosas han estado difíciles para uno, otro, o ambos miembros de una pareja. Ver dormir a nuestros hijos bien, más allá de rendimientos escolares o conflictos de cada etapa, es el recordatorio más irrefutable de lo bendito. O nuestros propios cuerpos, al despertar. Agradecer respirar, caminar, tomar el lápiz o abrazar: quienes han compartido de cerca con quienes no pueden hacerlo, o les ha resultado titánico dar un paso, o sentarse derechos, sabrán de qué  hablo.

En una película hermosa, “Restless”, una joven amante de la naturaleza contaba de una especie de pajaritos  que cantaban cada día al constatar que estaban vivos (porque al atardecer, con la puesta del sol, había una sensación de muerte). No sé qué tan científico será, o cuál será el ave específica, pero me pareció en verdad que el argumento era suficiente para ese canto, y para muchos otros más. Nuestros cantos.

En mi esfera de trabajo no hay cómo omitir o adjetivar el dolor (y tampoco la maravilla de la resiliencia y de la capacidad de reinventarse de seres humanos pequeños y grandes). Como ciudadana, me basta leer noticias y conversar con otros ciudadanos como yo, para sentir recogerse el corazón con esa impotencia de no saber por dónde una podría plegarse y ayudar significativamente a cambiar una realidad. Esa misma sensación se expande hacia la tierra con tristezas superlativas que a todos nos tocan: la muerte de tantos niños en el mundo (Syria, un kindergarten completo en EEUU, otros colegios en Chile), y hace apenas unas semanas, la violación masiva y la muerte por heridas internas indescriptibles de una joven india tal cual podría ser mi hija, o la suya. No parece haber morada para inocencias ni consuelos. Ni descanso. Pero a pesar de todo esto, uno pide que Dios, o lo que sea el Bien en la esencia de la vida, tenga piedad de nosotros y nos permita de todos modos, despertar con un canto, y sin soberbia pero tampoco con timidez o temor a ser indolentes con otros, poder valorar y agradecer y declamar todo lo bueno que existe en nuestras vidas.

Yo quiero dar gracias. En esta oportunidad, especialmente, a todos los que este año trataron, y tratan ardua, delicada y humanamente por poner luz sobre la infancia de nuestro país (y en toda latitud). Agradezco no solo desde la ética universal del cuidado, sino también porque en esa generosidad y compromiso de tantos –padres y madres, abuelos, tíos, adultos y jóvenes, y aquí incluyo a los estudiantes que se la han jugado por el futuro de las nuevas generaciones-, tocan directamente el presente y futuro de mi hijita más chica, así es que es como mamá, muy íntimamente, que agradezco. Y doy gracias también por las comunidades educativas en Santiago y regiones, y por los educadores, maestros y profesionales y trabajadores de todos los campos que cuidan y se proponen continuar abriendo y sosteniendo espacios, este 2013, para que los niños desplieguen sus sueños y sus talentos, guiándolos con alegría, respeto, dádiva y buen juicio (que no es igual a juzgar).

Gracias, especialmente, porque a pesar de lo difícil del año, y a pesar de mesianismos irresponsables y llamados a la turba -producto quizás del desconcierto o el miedo-, sean muchos todavía los profesores comprometidos sin reparo ni retrocesos, con su estatura noble en el cuidado y formación de nuestros niños. Me tocó ver en el jardín infantil de mi hija menor, a un profesor de Tae Kwon Do realizando la presentación más linda de fin de año con niños y niñas muy chiquitos. Orgullosos y tranquilos los papás: de nuestros peques, y de que nuestra elección de jardín hubiese sido la que fue. Porque toda la estridencia y clima de terror instalado por algunas personas y/o medios en materia de abuso infantil, no hicieron mella a la convicción de que educadoras y educadores tienen un aporte que realizar, que hombres y mujeres adultos podemos ser modélicos y relevantes en la vida de los estudiantes más pequeños, y que no era preciso cambiar nada, porque las cosas se estaban haciendo bien, porque el equipo de educadoras y profesores colaboradores (en actividades como ballet o tae kwon do) denotan su respeto y afecto por los niños con una constancia irrefutable, y porque el voto de confianza es compartido en comunidad, conversando sobre ocupaciones y preocupaciones, queriendo hacerlo bien, y siempre mejor.

Agradezco también, aunque cueste y sea lento o difícil, tanto camino avanzado por el respeto a la diversidad y el diseño de vida preferido de nuestros niños y nuestras familias. Queda mucho por hacer pero lo que está lográndose en Chile en materia de derechos para las parejas y familias homosexuales, anima e inspira a levantar algo azul, un cerco de agua o estrellas, para darse mayores bríos y protegerse, también, de prejuicios y discriminaciones que hacen perder energía y que confío irán disolviéndose en el tiempo y ante la evidencia de lo que ya no se puede detener.

No puedo terminar sin dar las gracias, con todas mis voces y mis vidas, a mi mundo cercano. Amigos y amigas que me perdonaron este año de ausencias, mientras ellos, con su sola presencia, llenan mi vida de flores y música; mujeres y hombres que nutren, enseñan, me guían, contienen, y con quienes escribimos relatos inolvidables que espero algún día poder reunir en un solo gran libro. A mis pacientes, por su confianza, el camino recorrido semana a semana, la honestidad y la valentía, tanto amor en movimiento. Ustedes son maestros. Maestras. Como las hermanas de #tribu con quienes, desde otro espacio, hemos hilado en seda y lana las infancias, heridas, cumbres soñadas, otras logradas, sabidurías, tantas pero tantas preguntas aún sin respuesta (quizás nunca) y un concepto de lo “acunable” que se multiplique desde nosotras a nuestras vidas y quienes las acompañan.

También gracias a todas esas personas que ni siquiera conozco en vivo y en directo pero que en mensajes, cartas, correos y en las redes sociales también han enriquecido la trayectoria de este año y son parte de los vínculos entrañables. Y gracias, no puedo olvidarlo, a todos los jóvenes y adultos que escriben en blogs y otros medios compartiendo lenguajes de lucidez y de cuidado. Y a los periodistas extraordinarios que, del mismo modo luminoso y mesurado, contribuyeron a la conversación colectiva sobre la ética del cuidado y la prevención del abuso infantil, velando por quienes leían, escuchaban, y por mi propia familia, tratando el tema con dignidad, sin sensacionalismos escabrosos, y con humanidad.

Por último, gracias infinitas a mi marido y mis hijas, intemporales, omnipresentes, los pilares del hogar que puedo ser y abrir a otros también. La búsqueda que comenzó en mi niñez, es la búsqueda siempre. Quizás porque el primer hogar, el del cuerpo, demoró tanto en reconocerse habitable, habitado por mí. Quizás por mi nomadismo incorregible. Quizás porque no hay otro sentimiento que me oriente mejor en situaciones y con el prójimo, que ese de “como si llegara a casa”.

El hogar es amparo, espacio de danza y de recogimiento, refugio y altar y mesa donde compartir, es salto dichoso de corazón celebrando egresos de carrera (Diamela) y de jardín infantil (Emilia), es primer rayo de sol y es primera estrella de cada día  y noche, es conversar de madrugada y vibrar en la médula con la felicidad del compañero (o sus angustias), es cocinar todos juntos, y es tenernos paciencia y espera, es ropa ordenada y desordenada, es termómetros y paños fríos para la fiebre, es ternura y es deseo, es entusiasmo y también extenuación; es juguetes y libros y sábanas, es estar en el hemisferio sur y en el norte, es compartir lo que tenemos y podemos con otras personas, es tomar decisiones difíciles y otras sencillas (todas pensando en el mayor regalo para cada uno), es cuidarnos mutuamente y es alentarnos a volar… es todo lo acunable y lo que yo, ni un milagro más ni uno menos, necesitaba en esta vida. Gracias a mi family porque el amor de ustedes, y el que reciben de mí y me dejan sentir por cada uno, es el eje de mi estadía y mis recorridos a mis casi 45 años. Me encantaría tener otros 45 más a su lado.

Solo eso por ahora. Bendiciones. Y gracias.

…Y tres canciones sobre el hogar de regalo:

Cinematic Orchestra, to build a home

Phillip Phillips, HOME

Radical Face, Welcome Home

Lejos, pero en integridad

Ronda la palabra disociación, en semanas donde algo instala esa alarma tan ancestral como inasible que declama peligro superlativo, dentro del cuerpo, en los sentidos. Regresar a Chile, entrar en Santiago, recibir las noticias de una red de explotación infantil, y el flashback de tres hombres y tres nombres que, entre tantos otros, resultan ser los únicos que persisten, insisten, vuelven una y otra vez desde el cuerpo y psiquismo de la infancia, sin poder comprender por qué solo esos tres, por qué ahora, por qué.

Me fuerzo a la lucidez y continuidad maternal, profesional, cotidiana. Los días admiten poca pausa. Yo debo admitir mi fragilidad tan humana. Pasan los años y compruebo, tal cual debo recordarle a mis pacientes, o tal cual los textos de especialistas en abuso me recuerdan a mí misma, que esto nunca termina del todo (y en esta consciencia, cómo no insistir en el cuidado y la responsabilidad que tenemos con los niños de hoy). La fisura en el sistema primigenio de reconocimiento de amparos y amenazas, se suaviza pero no se repara completamente. Ni llega a borrarse como quisiéramos: para volver a su forma original, antes de todo, antes del canal uterino, antes, antes del mundo.

Mi hija menor encuentra unas fotos mías de cuando niña y me pregunta ¿esta soy yo mamá? Un segundo para que el cielo caiga a pedazos, y otra fracción más, para sostenerlo adherido a fuerza de  amor por ella. Nuestra semblanza podría ser tan maravillosa como abismante y no puedo dilucidar qué es más en ese momento. “No, esa es la mamá cuando era chica”, le digo. “Qué linda… tú eras de pelo naranjo igual que mi pelo”, me dice. Eras, eres, es ella, somos, y la intersección de genéticas, colores y rasgos me deja aterida porque jamás querría que nadie viera en mi hija lo que sea que vieron en la niña que una fue, siglos atrás, cuando enmudecían los caminos.

La memoria arrecia (las noticias son tan poco cuidadosas y veo su huella negligente sobre mis pacientes, semana tras semana) y es un desafío mantenerse del lado inocente y ligero de los días. Mis hijas, marido, mis pacientes, mis amigos, a todos ellos que nos los alcance esta batalla sin aire, la envoltura en su membrana sofocante, su doble velo, las señas que colonizan lo más íntimo, todos los sentidos que traen de vuelta, a cualquier hora, esa tríada lamentable cuyos nombres busco en obituarios antiguos, vía google, por si acaso.

Voy a dejar a mi hija al jardín, paso levitando, queriendo pasar desapercibida. Me encuentro con una amiga y hermana –ella sabe- y me abraza fuerte a propósito de nada. ¿Dónde andas?, me susurra. Respondo que algo lejos, pero no en son de broma como otras veces de compartir las ventajas, a pesar de todo, de esa habilidad heredada del abuso para escapar de la mente o el cuerpo, y casi llevar existencias paralelas a la oficial (en la tierra) ante ciertos conflictos o dificultades. Esta vez es distinto.

La nomenclatura psiquiátrica, psicológica, no siempre, pero a veces, sí deja espacio para revisar, aportar. Aquí no se trata del arsenal defensivo de la niñez (ni su desplazamiento a otras edades). Me doy cuenta, y qué ganas de llamar a algunos colegas y maestros para contarles que, aun en lo que se siente como una predación en absoluta oscuridad, existe luz. Luz, en la certeza de haber ganado tal posesión del cuerpo, que uno pueda realizar distinciones con la exactitud fina que deben tener las plumas de aves migratorias cuando estiman vientos a favor y horas de vuelo entre continentes.

Disociación no es lo mismo que erradicación, o desalojo. Conozco los procesos disociativos, muy bien. No fue, el de semanas recientes, uno de ellos. Más bien, una erradicación, una ocupación hostil a la que sí fue posible oponer alguna resistencia: la de sentirse consciente todo el tiempo. Nunca me separé de mi territorio, ni perdí trazos de cada hora y día. Me quedé, atenta y aceptando la memoria imbatible, la energía puesta en no soltar cuando una siente que cuelga del borde de su propia piel, haciendo de represa para evitar su propio desalojo ante materia densa, viva. Tres cuerpos grandes y todas sus formas de confirmarse existentes, embutidos dentro del cuerpo propio, día y noche, y día nuevamente, esa confirmación al despertar sobre seguir con los alienígenas o parásitos habitándote y comiéndote viva. A pesar de todo, gratitud por lo que jamás se termina de aprender, conocer, dilucidar. Si hay que recorrer una sombra inevitablemente, prefiero hacerlo con capacidad de valorar lo que venga de crecimiento con ella, a someterme ciega y resignadamente a su tiniebla.

Cantar, bailar ballet un poco, menos que otras veces, pero hacerlo igual. Recordarse mil veces la soberanía, el lugar en el mundo, la edad (cuán benditas llegan a parecer arrugas y otras señas óseas o musculares del paso del tiempo). Dudar en tocar a mis hijas, pero cruzar el puente igual, y entender que un roce, en ciertas condiciones, es la gesta más amorosa y valiente que puede dedicarse a alguien amado. Y las palabras también. Ese decir necesario para advertir al otro el tono de una cierta ausencia, compartir, perdonar lo que no está a su alcance visualizar, y apreciar que, en tiempo adverso, sea capaz de entender la fragilidad que es temporal (de tiempo… y de tormenta, a la deriva en altamar, también) y de apostarse a confiar en nuestra resiliencia, nuestra capacidad de mitigar la memoria, y volver a las alquimias de siempre, el cuerpo de siempre.

Los primeros días, guerra. Mido y peso más que otrora, tengo más fuerza. El halo corpóreo de la niñez debería ser solo eso: un halo. Pero es más, y como las muñecas rusas (de las que escribí alguna  vez), hay un cuerpo de la infancia que siempre podría regresar a la escena más grande y vasta que ocupa mi presencia adulta.  Toda resistencia es insuficiente. Derrota. Y triunfo también en la tozudez de buscar una nueva forma, que desgaste menos, que cuide la energía que sí es necesaria para otros afanes que no se congelan ni detienen solo porque una quiera poner en pausa la vida por un rato.

Vuelve, una vez más, la imagen budista que me regaló mi más querido y antiguo amigo: del tigre que toca suave y mansamente la hierba, el mundo. Ahí me quedo y resuelvo esperar, no luchar, pero seguir en la intención de recobrar mi hogar en el cuerpo mientras agradezco de los días cada pequeño o gran regalo que llega con prójimos nobles, sin dobleces, capaces de hacer refulgir la ciudad con el movimiento de sus almas. Caminar en mansedumbre y atención, como el tigre, me ayuda. Y pienso que quizás, solo quizás, cualquier noche, hasta pueda deslizarme, asaltar y tomar por sorpresa a los invasores, para recobrar lo que me pertenece. Mi compañero me ayuda, y en la alianza paciente pero determinada de antorchas que los cuerpos amados levantan (para iluminar trayectos o para espantar bestias y demonios), logramos ganar algo mío de vuelta. Y luego algo más.  Y otro poco.

En retrospectiva, sonrío ante esos símbolos entrañables, a los que siempre es posible recurrir. Tal vez la imaginación de la niñez, o lo que sea que traen las historias, épicas o relatos sencillos que alimentan el amor por la literatura, es lo más fuerte como pilar de resiliencia. Junto al tigre budista, regresa Scarlett O’Hara que a los 9 años se ganó mi admiración viendo “Gone with the wind” en el cine Santa Lucía. Resuena Tara, Tara y acaso no sea solo coincidencia que mi hogar primario, mi sensación de inexpugnable amparo, sea en Georgia. Freud hablaba del dolor del trauma como un estar “fuera del hogar”. Y aunque el hogar sea el cuerpo, sus ramas están también en mis bosques, y allá regreso, a ojos cerrados, gracias al consejo y apoyo de una querida colega que me da una mano en plena tormenta.

Recién llegada del norte, de mi pequeña casa en las montañas Appalachian, no puedo regresar de inmediato, físicamente me refiero. Pero uno viaja a todo lugar con todo dentro de sí, y es cosa de buscar el punto donde una resuena en sensaciones familiares, amadas y exactas. Tan exactas como la protección, lo intacto de un territorio que jamás conocerá la huella de épocas y fantasmas raídos; donde la memoria corporal puede ser invicta.

Todos podemos traer algo cargado de gracia y fortaleza -tenemos ese derecho, esa rebeldía, dignidad posible- que nos sostenga en tránsitos difíciles. Para mí, el bosque (su olor, sus recovecos, su música venerable) es pulso y ejército en mis días en Santiago, y a insistencia feroz de verde, de ciervo, de compás de grillos y neón de luciérnagas –puedo verlo todo casi sin cerrar los ojos-, el corazón late distinto y, junto a caricias de seres amados, vamos sumando días y laureles.

Un anillo celta (recordatorio de la presencia de mi Anam Cara), un canastito tejido por los cherokee que es lo primero que veo en mi velador cuando detengo la alarma, la porcelana diminuta del Principito, y otros pequeños abalorios con valor solo sentimental, cobran vida y se acoplan en un cotidiano arco del triunfo construido también con juguetes de Emilia, sueños de Diamela, tostadas con mermelada de damasco y corajes que me regala mi compañero. Luego de quince días de espanto, voy agradeciendo la constatación de que todo pasa, que caminamos, que el tiempo no se detiene y queramos o no, nos demos cuenta o no, nos lleva con él y es posible cruzar aguas, fuegos, bosques. O el territorio más íntimo, aún expropiado por ánimas en pena, y aun sin ganarlo completamente de vuelta (pero ya casi). Sabiendo, como he vuelto a aprender en este tiempo, que “lejos” no equivale a des-habitar. Ni obliga a la renuncia de un milímetro siquiera de esa integridad hace mucho, y en derecho pleno, recobrada.

NOSTALGIA

Mi querido amor, compañero y marido, me envió esta foto (solemos hacerlo, a propósito de todo y de nada,  gracias al gentil e infinito catálogo de google-images). Dicen que una imagen vale más que mil palabras, y es muy cierto. Porque además del “compromiso” que destaca el mensaje en mayúsculas, no puedo dejar de ver el esfuerzo, los malabares, a veces los sacrificios y, siempre, la persistencia de estar presentes en este camino de ser pareja… aliados, mejores amigos, amantes, cuidadores, viejos de la tribu…y esa yunta de bueyes preciosa y fiel, en la que puede apoyarse y levantarse una familia.

En estos días, me encuentro lejos –un viaje con tareas académicas, laborales y trámites familiares varios- y sobre mi hija mayor y mi marido descansa el cuidado de la más chiquita que por primera vez no sube y baja conmigo de aviones, buses y otros medios de transporte, como ha sido desde sus primeros meses de vida.

Fue difícil la decisión de partir sola, pero me convencieron. No solamente por un criterio práctico y económico –muy sensato por lo demás-, sino porque mi familia quería “regalarme” unos días “especiales”. Para andar a mi ritmo, hacer mis cosas, y cumplir algunas metas añoradas. En otras épocas podría haber sido la casa de una amiga en el Cajón del Maipo,  la playa, un sábado en casa de descanso, o un viaje a lugares más remotos: cualquiera el destino, los días de soledad son tiempo de regalo, oportunidad de orden interno y autoexamen, gratitudes, y renovación de energías que apostar en la vida propia y de quienes amamos.

La generosidad de mi familia, conforme avanzan los días, queda en el registro de retratos que  llegan a toda hora: despertar de Emilia, luego partiendo y regresando del jardín (estampada de pintura y tierra), jugando en la plaza, haciendo casitas en su dormitorio, baño de tina (en bikini y con una decena de botes, patos de hule, dinosaurios, muñequitas, peces de juguete), cena y luego durmiendo al fin.

Además está skype. En pixeles más o menos concentrados, veo a mi niña feliz, serena, y sin embargo -quizás como muchas madres- no me libro de ese fantasma del desapego que ronda con preguntas malignas e inconfesables: ¿no será algo traumático que “justo ahora” la mamá se aleje por unas semanas? o ¿cómo: no se deshizo llorando y pudo seguir jugando, riéndose a carcajadas, siendo la exquisita que siempre es, aun no estando yo?

El relato patriarcal, vírgenes y cruces multiplicadas en el inconsciente, modernas residencias en la escisión impía entre maternidad, trabajo, vocaciones (cada vez más palpable para los hombres-padres, también). No soy inmune. Pocos los somos. Pero el acto de resistencia y de salud es este insistir en el cuidado, como quien insiste en la paz, el fin del hambre, de las muertes que escribe con mano cada vez más temblorosa, la codicia.

Lucideces más o menos, como decía, no soy inmune. Sin embargo, la pócima necesaria, el paño mentolado en el pecho, llegan antes de alcanzar a  expresar mi división entre la serenidad de suponer un apego seguro versus la angustia ante un posible vacío en el vínculo que me hiciera “dispensable” en la nostalgia de mi hija.

Recibo un mail de mi marido. Sus breves líneas son casi una oda, gratuita e inesperada, sobre el camino de mi segunda maternidad (tanto más cuesta arriba, admito, que la primera). Pequeña medalla de tréboles, y establo de letras donde puedo reposar un poco porque el hombre con quien hago el nido, cada día, me jura y rejura que el pajarito anda bien: Emilia está tranquila y contenta porque así –eso me dice él-  la ha  acompañado su mamá en lo que lleva de vida. “Claro… hasta ahora”, dice una voz llena de remordimientos que viene de lo profundo de mí; inconmovible ante cualquier objeción de ternuras y responsabilidades que yo pueda levantar.

Leo el correo varias veces, salgo, veo cientos de árboles, y a un grupo de ciervos que hacen cabriolas frente a mí. Podría ser puro gozo de correr sobre hojas secas, o bien agitación y algo de temor ante el material perfecto para desatar algún incendio de otoño (o soy solo yo viendo contradicciones en todas las criaturas). Lágrimas, muchas; errancia entre mi alma materna, esa culpa celular, y el contrargumento de un amor –el de mi marido y de mi niña chiquita- que salva a mi corazón  de su zozobra. Ahí me quedo. Y descanso un poco.

“Mamá yo te quiero en-todo el día… te quiero tanto… más que a yo” me dijo Emilia unos días antes de partir. Repaso esas palabras como cuentas de rosario, y aunque no quiero que me quiera “más que a yo” (“a yo”, a sí misma, tiene que ser su amor primario), me doy cuenta del voto de cariño que intenta declamar. Un voto multiplicado en su hermana, mi hija mayor, que por estos días averigua (con instinto feroz, como solo una mamá o papá lo haria) sobre vacunas de meningitis, mientras desenreda rulos colorines, pinta y organiza juegos y paseos (además de llevar temas míos en Chile), sin dejar de preparar su examen de grado.

Veo a mi hija mayor tan alta y luminosa; me veo yo, no sé de qué estatura, contando ahora con su ayuda. Recordé un tiempo lejano donde con total devoción de familia, nos apostamos a que ella pudiera ir a su beca en Oxford. La parte de pasajes y gastos varios que no eran cubiertos por la beca, nos encontró en otro carril de obligaciones financieras y no quedaba mucho ahorro del que echar mano. Entonces, horas extra, conversión de pequeños vueltos en inversión magnífica, mil variedades de pasta-sopa-salad por meses, cero salidas a nada que no fuera obligatorio. Y lo logramos. Qué tiempo increíble: cualquiera evocador de los mosqueteros (uno para todos, todos para uno).

Hoy, de otra forma, veo esos esmeros familiares desprendidos y sonrientes en rutinas diarias que son por ahora, para mí, trazos de imágenes y anécdotas al teléfono. Pero conozco bien el enorme esfuerzo y despliegue de traslados, trastorno de agendas, y cansancios que hay en el ensamble de apenas 24 horas con una niña pequeña, y un hogar. Por eso la solidaridad de mi trío más amado, me desarma y enamora. Embeleso. Esa es la palabra justa. Con ellos, con la manada más extensa de la que somos parte.

En largos recorridos de carretera, me dejo llevar en reflexiones sobre genéticas, evoluciones e historias mamíferas, humanas; devociones colectivas o de pequeños grupos apostados al cuidado y el aliento mutuo, más allá de los tuyos, los míos, los nuestros. Nosotros. Nosotros. Las palabras abren la distancia como girasoles. Veo en luz intensa los contornos de mi familia, los colectivos que se trenzan con ella, y al centro, un hombre y una mujer que aun separados por medio planeta siguen siendo apasionadamente, el engranaje central del amparo.

Por supuesto cometemos errores, cada uno, y como pareja, y vemos el impacto de nuestros humanos tropiezos, escaseces y desajustes en el espejo del otro, o de nuestro hogar, de nuestra familia. Triunfamos a veces, y suspiramos de alivio y de dicha cuando lo hemos hecho bien. Y otras, pedimos perdón, enmendamos, y nos acompañamos en duelos, derrotas, despedidas o cambios pantagruélicos en el diseño de nuestras vidas que no siempre fueron imaginados, planeados o deseados, pero que sí entendemos pueden y piden ser aceptados, para poder seguir avanzando.

Porque eso hemos elegido en plena voluntad. Y en ello respira nuestro compromiso, ser vivo inacabado pero portentoso, al que alimentamos con constancia cada día, de verdad cada día. Claros en que el mito o la proporción del 50-50% en el matrimonio y los compromisos perdurables de amor, no es siempre absoluta (y en verdad, las menos de las veces… aunque sí en el balance final). A veces será 70-30, 40-60, y diferentes entregas se darán dependiendo de la necesidad (si uno es mejor organizando las finanzas, y el otro la vida cotidiana; y uno es más ingenioso para planear paseos, y el otro para actividades recreativas en casa). Cualquiera sea la aritmética, y cuidando suavemente los equilibrios, sigue siendo un 100% NOSOTROS.

Confía en mí, no te preocupes, disfruta, no trates de organizar nada desde lejos, “I’ve got your back”. La voz de tono profundo y calmado de mi compañero describe mi tiempo ausente y su semana de “single dad” como quien anduviera en carrúsel. Sé que ha habido dificultades, desafíos, mi hija mayor algo me cuenta aunque también con una ligereza casi musical. Pero sobre todo con la certeza -la siento en su voz- de que su hermana, y ella también, están siendo bien cuidadas y queridas. Pienso en ellas, en él, en lo que hace con tanta alegría, por todos, por nosotros, y me superan las ganas de abrazarlo.

Hay un abrazo en el que pienso, una calidez que me resuena familiar. Al día siguiente de las elecciones en EEUU, mi compañero y yo compartimos nuestra rendición ante la fotografía que acompañó al “twitter más retuiteado de la historia”: four more years. Fue todo lo que escribió Barack Obama para compartir su re-elección como Presidente de los EEUU. Y una fotografía. Un retrato que no era de él con banda presidencial, ni de toda la familia en algún salón de la Casa Blanca. Solo una imagen muy cándida entre esposos, Michelle y Barack, en plena campaña, un rally donde el fotógrafo apuntó al cielo y nunca se vieron los miles de asistentes que había en el lugar. Obama había estado largo tiempo en el camino sin ver a su mujer. La fotografía captura el momento de su  reencuentro, al fin.

Este abrazo hermoso también lo conocemos –y reconocemos en todos sus detalles- muchas parejas que no somos candidatos a la presidencia. Es un abrazo de vueltas al hogar, de alegría en la cocina, de consuelo a veces, de felicitaciones por algún buen cometido, de esperanza y de “todo estará bien amor mío” ante obstáculos y situaciones desconocidas. También, de preámbulo nocturno (o diurno, a cualquier hora).

En este abrazo nos vimos reflejados porque si hay un espacio y una historia que nos hemos prometido (ambos traemos nuestros aprendizajes y enmiendas) y esmerado en cuidar es la de nuestra pareja. Nosotros a la cabeza, cielo y cimiente de nuestro hogar, nosotros origen. Juntos en la vigilia, en ese abrazo, dispuestos a responder y cuidar, y dispuestos también a dejar crecer y dejar partir: a los hijos, a todos, y seguir siendo nosotros dos, algún día, cuando viejitos. Reencuentro, re-abrazo, aventuras finales, nueva morada quizás en qué latitudes, y esa vuelta a la luz que, mientras gozamos a quienes amamos, jamás querríamos considerar ni llegar a aceptar (yo casi he llegado a pensar que ser vampiro no sería tan malo si eso me permite siglos más viendo a los míos). Si mi marido es antes, o yo, que la muerte nos encuentre como siempre: acumulando deseos, riéndonos, conversando hasta el amanecer, tocándonos, prestándonos el hombro y queriendo la alegría del otro, tanto como la del propio corazón.

Mirando un cielo siempre majestuoso en estas montañas, algo me toca dentro, espesa mi sangre, me sobrecoge. Un pudor inexplicable, delicadamente separa todo lo que crepita entre la atmósfera, mi alma y yo: besos de niñas adoradas, las manos del hombre más amado. Siento por doquier el tenue roce de esas caricias imprescindibles, familia, nido, hogar, progenies, esencia mía, mujer, diosa, compañera, humana que solo junto a un otro semejante en amor, es capaz de dar a luz el refugio que habitamos. Por un instante, pienso en todo, soy todo, soy los míos, su misterio, su existencia perfecta e irrenunciable. Miro hacia atrás, tanto recorrido (quién lo habría dicho… y exhorto a mi historia, a los finales felices) y solo puedo añorar que esta gratitud no me abandone nunca.

SÚPLICA RESPONSABLE

“Recuerdo mi niñez, cuando yo era una anciana”. Alejandra Pizarnik (poeta argentina).

Constancia en pedir que se escuche a los niños –con especial énfasis en los más pequeños y con menor repertorio lingüístico-. Que les prestemos atención, que los acojamos, que les demos tanto amor como crédito, que los cuidemos y respetemos, y seamos sensibles a sus ritmos, tamaños, necesidades, malestares, derechos, sueños.

Constancia en recordarnos sobre la credibilidad de los niños, su tendencia a callar o minimizar eventos más que a exagerarlos, especialmente cuando se trata de experiencias disruptivas, conflictivas, difíciles de comprender para ellos, de violencia y vulneración.

En relación al abuso sexual infantil, algunos niños -que han sido sometidos a amenazas o intimidación- develarán lo vivido desde la urgencia de auxilio, el miedo y la desesperación. Muchos otros, podrían hablar casi de modo casual, al pasar: mencionarán algo a sus padres, o a un hermano mayor, o a sus cuidadoras. Apenas un evento o una frase que puede ser la primera seña de un relato que no podemos predecir si se completará en corto tiempo, o en meses, a veces años.

Los niños pequeños pueden desplegar una inocencia sobrecogedora al describir relatos sobre eventos y actos que a nosotros los adultos pueden dejarnos temblando, pero que ellos –los niños- no podrían significar como “abuso sexual” porque sus sistemas nerviosos y su escasa madurez no permiten decodificar la experiencia en esos términos, o reconocer intenciones subyacentes a acciones con contenido o relación con lo sexual. Por ejemplo,  alguien puede poner crema o talco a un niño en su zona genital o anal solamente para prevenir o sanar una cocedura, y alguien más pudo haberlo hecho con dolo y la velada intención de lograr una satisfacción sexual…  una mayoría de los niños tendrá dificultades para reconocer la diferencia entre situaciones (si han sido en un contexto no intimidante) y bien podría darse que el relato de eventos no difiriera demasiado en tono: tanto para el acto inofensivo como para el acto abusivo.

Poder realizar distinciones y precisiones a fin de lograr un diagnóstico serio, requiere de otros elementos, factores y síntomas acompañantes que permitirán, en conjunto, reconocer y calificar una situación como abuso sexual o limítrofe (de riesgo), o bien descartarla. Esta tarea es responsabilidad de los especialistas, no de la familia y ni siquiera de los educadores en relación cotidiana con los niños.

El trabajo de los especialistas en torno al abuso sexual infantil, señala que los parámetros para realizar preguntas a los niños, requieren de extrema delicadeza y rigor. Generalmente los niños se expresan con mayor facilidad en presencia de personas queridas (en EEUU incluso se ha considerado que puedan dar testimonio en brazos de su mamá, siempre y cuando ella no sea parte del sistema que permitió el abuso) y será una situación nueva para ellos conversar con un psicólogo (o un médico, o un abogado). Una situación donde tomará tiempo establecer un vínculo y clima que permita al niño expresarse (hablando, dibujando, jugando).

Habrá casos donde tal vez baste una o dos instancias para lograr definir lo que ocurre con un niño. Sin embargo, es muy frecuente que sean necesarias varias sesiones para acopiar suficiente información de parte de éste –y de sus familiares u otros cuidadores que puedan aportar antecedentes y haber observado síntomas del pequeño, en el tiempo- antes de poder entregar un diagnóstico preciso: concluyente de abuso, o de su inexistencia (ojalá). En un gran número de casos, aunque duela decirlo, habrá diagnósticos no concluyentes y/o revaluaciones necesarias luego de un período.

Stephen Ceci, psicólogo norteamericano que se ha especializado en investigar el testimonio, la entrevista forense, y la sugestionabilidad de los niños, ha señalado que los relatos más veraces y completos suelen ocurrir desde el pedido de auxilio inmediato y urgente (ante una situación inequívocamente amenazante para ellos) o bien meses después de la primera develación y/o evaluación. En ambos escenarios, la mayoría de estos recuentos de todos modos incluirán elementos fantásticos, en conjunto con los eventos reales descritos. Asimismo, Ceci ha sido claro –como muchos otros expertos en pericia psicológica y entrevista forense- en requerir de los entrevistadores y/o profesionales cercanos a procesos de denuncia por abuso, máxima precaución en evitar inducción de respuestas infantiles y contaminación de los relatos (hablados o gráficos).

Los niños perciben su mundo mucho más de lo que pueden “traducirlo”: sienten las expectativas y/o ansiedad de los adultos (en su voz, tono, gestualidad) e instintivamente –porque se les juega el cuidado y supervivencia en la aceptación y acogida del mundo adulto- tenderán a “complacernos” o a “protegernos”. Esto puede implicar que los niños terminen admitiendo un abuso que no ha ocurrido –si las preguntas de los padres o un interrogador señalizan los hechos como dados y a un “culpable” de antemano- , o negando un abuso que sí haya sido real (al darse cuenta del nivel de conflicto y dolor que la admisión del abuso pueda traer en el hogar o su colegio). Por otro lado, la sugestión puede operar si a un niño se le dice que otros pequeños cercanos a él –por ejemplo primos o compañeros- han vivido una determinada situación, no podemos olvidar el elemento instintivo de querer sentirse parte del grupo, o de no ser excluido de experiencias grupales, así estas sean negativas.

Hemos insistido, pedido, advertido, casi rogado, que padres, parientes, educadores, cuidadoras y babysitters u otros personas vinculadas a los niños, no intenten realizar diagnósticos de abuso por su cuenta. La sintomatología -a no ser que presente lesiones físicas inequívocas y/o que exista una narrativa clara sobre abusos infligidos-, puede ser vasta y diversa. Los síntomas observados –emocionales, de alteración de rutinas, de desempeños escolares, de relación con lo corporal, etc- articulan una suerte de “voz” que desacata al silencio y compensa por la escasez de palabras de los niños. Pero esa voz profunda, orgánica, tanto puede estar señalizando una amenaza latente de trasgresión o una vulneración ya ocurrida, como también podría estar expresando un reclamo o malestar ante otros eventos estresantes de la vida de un niño/a. Discernir voces y constelaciones de signos, es un trabajo para el que se requiere preparación y neutralidad (de una forma que es imposible para uno, como mamá o papá, en situaciones que nos comprometen vitalmente porque se trata de nuestros hijos).

Adicionalmente, tal cual las familias o personas cercanas al niño no deben sentirse responsables de realizar diagnósticos psicológicos ni médicos, tampoco deberían sentirse responsables de intervenir como entrevistadores forenses y realizar interrogatorios que no solamente podrían contaminar testimonios de modo irreparable (para efectos de una demanda judicial, por ejemplo), sino que también, y esto sea acaso lo más grave, se pueden agregar daños al exponer a los niños a una situación de victimización, por inexperiencia e ignorancia en cómo realizar preguntas dirigidas a ellos.

Quienes somos madres y padres sabemos que preguntar a nuestros niños pequeños simplemente por su día en el jardín puede ser un ejercicio no exento de imprecisiones. Preguntar en una sola secuencia, si lo pasaron bien, se “portaron bien”, o se comieron la comida y el postre, puede ser confuso (con ellos hay que ir de lo muy genérico a lo particular, primero si están contentos, luego otros puntos y por separado: primero preguntamos por la comida principal, luego preguntamos por el postre, o el vaso de leche, la siesta, o si jugaron con tal o cual compañero).

En numerosas ocasiones, y no es que mientan ni fabulen, nuestros pequeños revolverán personajes y/o eventos de distintos días y semanas, u omitirán información que para nosotros podría ser preocupante (un compañero los mordió o les pegó mientras jugaban, y están los dientes marcados o los moretones para probarlo) y no así para ellos. Muchos de nosotros, padres y madres, recabamos mayor información gracias a la libreta diaria, correos con el jardín, o preguntando directamente a las educadoras/es sobre situaciones específicas.

Cualquiera sea la situación (y más si es de riesgo o traumática), no es llegar e interrogar a un niño. Es importante crear climas, ser cálidos y serenos, sensibles a sus ritmos y a su capacidad de interés y atención (por ejemplo en niños de 3 años esta llega a 15 minutos máximo, de 4-5 años a unos 20-25 minutos, y 6 a 10 años, 30 a 45 minutos), permitirles expresarse (las preguntas abiertas, genéricas, ayudan), y también permitirles retirarse, cansarse y respetar sus tiempos (de otro modo, un niño puede terminar respondiendo lo que sea, o lo que él piensa que queremos que responda, con tal de dar por terminado el interrogatorio). También se deben conocer bien las restricciones y posibilidades del lenguaje a cada edad, el desarrollo cognitivo, y el estado emocional y físico de cada niño en particular(a veces el sueño o un dolor de guatita basta para interferir la comunicación).

Si los sentidos toman tiempo para formarse (la vista, por ejemplo, no termina de desarrollarse hasta los 9 años), si los niños no antes de los 5-6 años pueden comenzar a comprender la pregunta “¿cuándo?” y a establecer un sentido de orden temporal (en días de semana, y en mañana-noche, o “antes de- después de”) o de espacialidad (y es común que se mezclen hogares y otros lugares, en el relato de un evento), o si en el período prescolar, aun cuando exista recolección y memoria, es difícil el acceso a ella, no podemos pretender que los peques respondan a series de preguntas, o francamente interrogatorios  conducidos sin preparación y, a veces, más determinados por nuestro criterio adulto, que por consideraciones pertinentes al nivel de madurez y características únicas de cada niño/a, y de su vida.

La comunicación y atención para con nuestros niños es cotidiana, y cuando estamos en sintonía con ellos, todo va sumando o modificando nuestra percepción sobre su bienestar o incomodidad: los más sutiles giros en la frecuencia de sus sonrisas, en el disfrute de un alimento favorito, en silencios luego de ir a jugar a la plaza. Si notamos que están inquietos, asustados, tristes, ausentes, por los motivos que sean (y no solo sospecha de abuso, por favor), trataremos de explorar por qué, y ojalá contemos con ayuda si la situación escapa de nuestra capacidad de llegar a conclusiones inequívocas sobre qué sucede y qué cursos de acción son los más correctos.

Si tenemos la sabiduría, generosidad (pensando en nuestros hijos) y modestia de reconocer la necesidad de guía o apoyo de terceros, tratemos de ir con calma también al elegir a nuestros compañeros de camino –médicos, psicólogos, abogados, psicopedagogos, etc-. Creo que es bueno realizar nuestras elecciones –toda elección, pero más todavía en tiempos adversos- pensando en nuestros niños y en su interés superior, su integridad, el cuidado que los profesionales profesan por la infancia: por cada niño y niña (únicos) y también por nosotros, sus familias, y el tejido íntimo de la experiencia (un abuso o sospecha de este, es algo inmensamente complejo y frágil), y la privacidad –no el secreto, pero sí la intimidad nuevamente- que se requiere para vivir procesos tremendamente pesados como son el duelo, la reparación, la justicia y la vuelta a los equilibrios necesarios para continuar la vida, y sobre todo, para que la niñez vuelva a su cauce.

Cuidar en todo momento. Cuidar al observar, al escuchar, al conversar con nuestros niños, al acoger sus verdades. Cuidar cuando elegimos quienes los ayudarán. Velar porque denuncias, procesos judiciales, reparación terapeútica, cada centímetro de recorrido, recuerde que el amparo y bienestar de los más pequeños es prioridad. Cuidarlos también de nosotros, de nuestro ahogo, nuestra tristeza, nuestra desesperación. Protegerlos desde el amor y el cuidado exacto y constante, no desde el arrebato o el pánico. Cuidar la infancia, los tiempos de juego (que deben seguir existiendo en toda situación), de risa y danza, de aprender cosas nuevas, de lectura de cuentos, de prodigar cariños. Caminar paso a paso y con calma, sin apuros, pero con tenacidad, al son cotidiano de la niñez.

Y sin perder el norte irrenunciable de ese regreso a su niñez (para todo niño o niña que ha vivido una experiencia de abuso sexual), recordarnos que  el cuidado –que es primordial para los peques- también debe tocar a los adultos. No hay contención ni reparación plausible para un niño si  están ausentes los adultos, o si no están en condiciones de acompañar a los más pequeños sólidamente.

Los adultos también necesitamos ser cuidados y tratados éticamente, con respeto por nuestra integridad y con sensibilidad para alentar nuestros recursos parentales.

Para movilizarnos y comprometernos en un recorrido difícil junto a nuestros niños (por ejemplo, una denuncia de abuso o maltrato), no necesitamos que nos demuelan, aterroricen o amenacen. La mayoría de nosotros, dispuestos a responder, necesitamos templanza, mesura, exactitud en los pasos que damos. Y si durante el proceso nos sentimos desorientados, confundidos o cometemos errores, no podemos pensarnos “cómplices del mal” o casi criminales, sino humanos que aun falibles, igual nos levantaremos y nos exigiremos más, y más, y todavía otro poco más, cuando se trata de proteger y estar presentes para nuestros hijos.

El compromiso con el abuso sexual infantil y la capacidad de respuesta para prevenirlo, detenerlo, repararlo, y devolver así a un niño al curso digno de su infancia, pasa por estar muy conscientes de las consecuencias de las elecciones y actos que desencadenamos como adultos responsables: si sirven impecable y claramente al propósito de proteger a nuestros hijos, qué bueno. Si otras motivaciones o sentimientos tiñen nuestro accionar –nuestra ira, nuestro instinto de revancha más que de castigo en justicia, nuestro dolor, nuestra precipitación-, ojalá podamos revisarlo y enmendar la brújula a tiempo. Aquí se trata de los niños, no de nosotros los grandes, o nuestros itinerarios… o nuestra turba del alma.

La turba, no lleva en su esencia más que desahogo y nuevos saqueos, sobre otros escombros. Ella no tiene piel suficiente para ser constructiva, o contenedora; todo lo contrario. Y no querría a mi hija, ni a ningún niño, observando o recibiendo esa energía excedida y muchas veces violenta –en gestos, palabras, acciones-. ¿Qué bien podría hacerles, qué regalo o fuerza podría venir de ahí para sus vidas…?

Confieso que el campo minado es personal, y me asustan (un miedo tan profundo y anciano, recordatorio de tiempos indecibles) las acciones de la prisa y la furia, de las palabras incendiarias, o del mesianismo. Aunque vengan con la mejor intención de salvar al mundo. La energía de la violencia, que es hebra también en el abuso sexual, me pavoriza, venga en nombre de quien sea y de la causa que sea. Y como escribía no hace mucho en un ensayo que no se publica todavía, antes me clavaría yo misma al incesto nuevamente, que permitirme a causa de éste, más violencias o crueldades.

No hablo solo desde mi voz. Conozco a estas alturas de mi vida a suficientes padres, madres, víctimas y sobrevivientes de abuso sexual infantil, como para poder expresar que la energía que moviliza, sana y permite la reparación de un niño, es la templanza y el amor. No es que no exista el dolor, ni que lo neguemos por un instante: para el niño y para su familia y entorno. Conocer del abuso de un niño o niña es devastador. Para sus padres, detona una bomba en el cuerpo, en cada rincón, y sí: hay desgarro, rabia, impotencia, sentimientos demoledores, instintos de muerte también (propia o de otro), pero es tan urgente, tan inmediata la necesidad de actuar y responder y cuidar al niño o niña que ha sufrido, que de verdad una gran mayoría de los padres y madres y adultos no gastarían ni un gramo de fuerza vital en propagar odios, jurar cruzadas ni declamar arengas, porque toda su fuerza la necesitan para proteger y acompañar amorosamente a su hijo o hija. Y no hay olvido de la justicia, y es un norte la separación y castigo del responsable de los abusos, pero no a costa de la negligencia o descuido sobre la delicadeza del corazón de los niños, de su salud e integridad.

En un seminario del cual participé hace algunas semanas, escuché a un abogado muy lúcido compartir el relato de una situación de denuncia de abuso en regiones, en un curso de un colegio determinado. En menos de una semana, por un efecto de irrefrenable miedo colectivo, había más de 35 denuncias –o informaciones de sospecha o posible abuso- lo que es estadísticamente impensable a no ser que nadie, absolutamente nadie, hubiese supervisado o siquiera existido en la superficie de ese colegio. El abogado nos advertía sobre el riesgo, justamente, de la sugestión, el terror y la precipitación de muchos adultos –apoderados, educadores, profesionales- en tratar de obtener información de los niños y verificar si estos habían sido vulnerados o no. El resultado: todos sentían –niños y padres- que bien podían haberlo sido y emergieron relatos de todo tipo asociados a esa sensación.

Otra niña a quien una compañera (ambas de 7 años) le hizo una broma señalando y nombrando su zona vaginal como “chichi”, le dijo a su madre que eso era ilegal y un abuso y una “violación” (así se lo informaron en su colegio, profesionales que trabajan en prevención). Otro pequeño rasguñó y agredió fuertemente a un compañero (ambos prescolares) porque accidentalmente tocó sus “partes privadas”, y la instrucción de su padre había sido responder atacando a cualquier situación de esta naturaleza.

Otros niños y niñas oyen que se está “a la caza de pederastas” y hacen crisis –interfiriendo con su reparación- porque aun no siendo “pederastas” (lo que implica la presencia de una parafilia y el riesgo o consumación de abusos sobre niños sistemática e indiscriminadamente), sienten que esas persecuciones podrían ser desatadas contra sus padres o abuelos que cometieron incesto (otro fenómeno dentro de la temática del abuso sexual infantil, sumamente complejo por su vinculación con afectos que no es llegar y cancelar). Me preocupa escuchar, una y otra vez, cómo todo se considera lo mismo y se hermanan categorías como abuso y violación, o  padre incestuoso/abusador/pedófilo, con daños para niños víctimas, tanto como para sobrevivientes ya adultos de abuso sexual infantil.

Los anteriores son ejemplos de cómo se reacciona en tiempos de desconcierto y temor, y aunque podamos comprender la fuente de nuestros comportamientos (y a veces, errores), debemos como adultos preguntarnos sobre qué estamos creando o destruyendo con nuestras respuestas. Qué clase de mensaje (o nuevas victimizaciones, de orden psicológico o emocional) corremos el riesgo de dejar como huella en quienes justamente más queremos proteger: nuestros niños. Y también, qué clase de clima estamos generando para nosotros mismos, y para otras personas necesarias y relevantes en las vidas de nuestros hijos.

Yo quiero que mi hija chiquita –que el próximo año debería comenzar el colegio- sepa que los adultos la cuidan y la respetan, que son capaces de permitirle ir encontrando su equilibrio entre distancias y cercanías, y formas de expresar también su respeto, afecto o simpatía. Pero esta forma de convivencia entre pequeños y grandes y el reconocimiento de los niños como sujetos de derechos, no requiere que el día de mañana, ningún profesor quiera acoger, consolar o ayudar a levantarse a nuestros críos si se caen en el patio, por temor a “tocarlos” y ser acusados de abuso sexual, o simplemente enfrentar la sospecha de una conducta impropia que, a las finales, dé igual si toda inocencia ya está perdida antes de concluir investigaciones o comprobarse responsabilidades (como podría ser o ha sido en más de un caso).

Los desafíos y exigencias de este período han sido inmensos, inimaginables. Quiero seguir creyendo que representan una oportunidad, si así la tomamos, para aprender, crecer, construir una ética del cuidado acorde a las necesidades de la infancia, y de toda etapa humana ojalá. No veo eso siendo posible desde el terror y la violencia, como tampoco lo veía siendo posible desde la indolencia y el silencio de décadas. Hoy en día hemos dado pasos valiosos, y no da igual, e importa, y hablamos, conversamos de abuso sexual (y de otras vulneraciones de la niñez), y nos preguntamos y tenemos la humildad, muchos de nosotros, de reconocer que no contamos con todas las respuestas, pero que estamos abiertos con sensibilidad y coraje, a buscarlas y encontrarlas.

Si en verdad aspiramos a transformar nuestros mundos (hogares, escuelas, nuestro país), esto pide un pulso que sabemos no es fácil lograr en medio de la confusión y la congoja. Pero es un pulso que por nuestros niños –si así tanto nos importan- vale la pena tratar de sentir, domesticar, hacer nacer: lúcido, bien aplomado, solidario, compasivo, protector, empático, responsable. Latir así, no es indicación de sensiblería ni debilidad; no es despojo temeroso de heridas que, a cierta edad, todos conocemos; no es comodidad ni capitulación.

Creo firmemente en que la máxima fortaleza viene de otro lugar, y que el cuidado más certero se macera en consciencia y bien despiertos, protegidos de espejismos y estridencias, de arrogancias éticas, de egoísmos (o egotismos) donde no cabe la mirada del prójimo más indefenso (y esa pregunta irrecusable sobre qué necesitan los niños, LOS NIÑOS, para sentirse contenidos, protegidos, defendidos, seguros).

Me cuesta decir todo lo que querría decir, y se me ahoga algo dentro, entre sombras, polvo de huesos y navíos suspendidos que quieren avanzar lejos de ciertos lutos, con brisa y marea cadenciosas. Pero en el horizonte de este presente en mi país, veo a veces una espada y no es siempre la espada lustrosa y reflexiva del samurái, sino aquella desatada y errática de las hordas bárbaras. Por eso la súplica, el ruego desde el fondo del alma, de situarnos en este camino de otra forma, de mirar otras trazas de horizonte. El abuso sexual infantil pide fuerza, determinación y responsabilidad en nuestras acciones; y lo mismo piden el cuidado y el amor. Desde ahí, tomemos la mano de nuestros niños, o las nuestras, alrededor suyo, con voluntad  de buen amparo.

¿Cómo recordarnos?

“Qué necesita un ser humano para no apartarse de sí. A qué distancia está mi mano de la gente que conocí… Por qué fingimos confusión, hasta acabar con la razón” Silvio Rodríguez, Trovador.

No quisiera hablar de abusos sexuales, juro que me niego. Lo digo como mamá, una de muchas, y papás también, que por un día no querrían saber más sobre espacios y seres humanos que debieron ser protectores y no lo fueron; o sobre un país que debería tener –y aún no tiene completamente- a los hijos de todos como su máxima prioridad y brújula (y eso se deja sentir en muchos ámbitos).

Qué benévolo sería participar de menos diálogos en torno al abuso (soñando en que ya no hiciera falta hablar de ello) y, en cambio, en más conversaciones sobre creatividad, talentos, ejercicio progresivo de autogobiernos de los niños (con libertades y responsabilidades), o colaboraciones entre ellos y nosotros los grandes en proyectos de construcción de un lugar mejor, una escuela, o un país, una calle: nutridos con pequeños jardines artesanales, actos de arte por doquier, obras sociales mayores, en fin.

Imaginar por un momento diarios y noticieros con experiencias menos demoledoras  o urgentes, y en cambio conocer relatos que pudieran hacernos sonreír junto a nuestros niños:  nacimientos de jirafas, descubrimientos de nuevas especies botánicas, bosque de celtas y hadas, pergaminos milenarios con historias desobedientes, viajeros y tribus lejanas, las ciencias de lo minúsculo e invisible, juventudes y ancianidades del nuevo milenio, nuevas convivencias y rebeldías, las abundancias como mandato de consciencia, vida extraterrestre o pasiones y amores terrenos… todas esas historias que deben esperar muchas veces a que amainen otros huracanes de realidad.

Qué maravilla sería, también, que en nuestros distintos trabajos –orfebres, aseadores, ingenieros, ministros- hubiese más intercambios, y más periódicos, con el mundo de los niños. Que ellos y nosotros pudiéramos ir inventando nuevos y fantásticos lenguajes que dejen en estado de extinción a juicios y prejuicios, pero jamás al pensamiento crítico y sensible; crecer todos en la aceptación de diferencias de los demás, tanto como el aplomo en expresar íntegra y respetuosamente las propias preferencias; que se dejen oír voces con  futuro, poesía (falta más, falta siempre), y aire en las palabras, no murallas de bóvedas egipcias dentro del corazón (o fuera de él, aplastando al prójimo) que restrinjan preguntar, pensar, ingeniar,  compadecernos, ganar aliento para más vidas.

“Lo que quisiste ser”, canta Silvio. Lo que quisimos. ¿Es semejante hoy a eso que soñamos de niños, o jóvenes? ¿Se acerca lo que somos a esos primeros esbozos o declamaciones que hicimos alguna vez sobre nuestra identidad, o vocaciones? “Yo nunca…, yo siempre…”: ¿cuántas veces redactamos internamente esas frases jurándonos no capitular frente a ciertas situaciones, y cuántas otras nos prometimos fidelidad a ciertos valores, encantos, caminos? Y hoy, ¿somos lo que queremos ser?, ¿nos sentimos tranquilos en nuestra piel la semana que pasó, o este día, en esta hora?

En la memoria íntima, donde nadie más que nosotros tiene acceso, qué criaturas lucen la piel de lo que fuímos de niños, de adolescentes, de adultos y ancianos (porque todas las eras pueden cabernos en la biografía completa, sin importar nuestra edad, o caber en un solo día de lecciones). Qué voces internas nos arrullan o interpelan. Cuáles espejos han sido lavados o quedaron con salares tristes enquistados, o mohos paralizantes de nuevos bríos. Cómo recordarnos que intangible, indefinible, imposible de narrar, hay un algo dentro que nos acompaña y constituye, que nos recuerda -si queremos- la simpleza de una verdad tan exacta y compleja como la del ser vivo que cada uno es, del corazón que hace de eje y centro.

Ser mujeres, ser hombres, ser uno con nosotros, firmes ante errores o arrepentimientos tanto como frente a nuestros propósitos cumplidos y todo aquello que podamos sentir como bendiciones (desde nuestra salud y la de quienes amamos, a regalos inesperados, o proyectos magníficos). Ser, también, con otros: compañer@s de ruta de alguien amado, parejas, hijos, amigos leales, familias, alguna o todas las anteriores. O bien otros seres humanos lejanos o desconocidos que movilizan nuestros esfuerzos, ideas, oficios y luchas.

Conocí hace unos días a un taxista que soñó ser abogado o cientista político y, por distintos motivos, no pudo estudiar. Entonces se volcó entero al amor por su mujer y al estímulo de dos hijos hombres que, gracias al padre-proveedor de esa familia, no solo estudiaron en la universidad las carreras que soñaron (uno humanista y el otro, científico), sino que ambos resultaron ser inquietos políticamente y capaces de desplegar importantes liderazgos por la causa estudiantil en sus entornos. “Salió distinto el plan, pero salió”, me dijo el taxista con orgullo, voz fuerte, y contagiosa alegría.

A muchos puede habernos pasado que planeamos una cierta vida, y terminamos viviendo una distinta y, no obstante, completamente coherente. Estoy segura de que este sabio señor del taxi habría puesto inmenso tesón y entusiasmo en el estudio de esas carreras que soñó, tal cual con ese mismo corazón elevado, se apostó a otros amores y demandas. Y no estoy haciendo una apología al consuelo, la resignación o el conformismo. Tampoco este hombre la haría y sigue pensando que más adelante, quizás él pueda arreglárselas para estudiar lo pendiente. Pero más allá de lo que sea su futuro, él ha sido y es un hombre que está en paz consigo; y me atrevo a decir, feliz. Feliz. Qué palabra inmensa, palabra-arcano, palabra-mapa… palabra que podríamos declamar como un derecho también.

Este encuentro me dejó pensando sobre mi propia vida, y sobre las vidas de mis seres queridos o de algunas personas que conozco y que constantemente están juzgándose por lo no-logrado, reprochándose por no haber sido más persistentes en seguir ciertas rutas, o por sentir actualmente que no cumplen con sus expectativas, o las de terceros. Yo los miro y los veo nobles, generosos, inquietantes (ganas de seguir conociéndolos), queribles, admirables desde tantos ángulos, muchos más que aquellos convencionales o mandatarios por no sé quién (¿la sociedad, el mercado, los credos?). Cuando pienso en ellos, o en el día que están ausentes, sé que los recordaré con integridad. Así como los hijos del señor del taxi lo recordarán a él como hombre y como padre. O como mis niñas, tal vez, puedan evocarme el día en que ya no las acompañe. ¿Cómo nos recordaríamos nosotros mismos? ¿Qué diríamos de nosotros, nuestras vidas, si en otro mundo u otro cielo nos preguntaran?

Bendición que el tiempo no termina. Que estemos aquí todavía. Los balances no están finalizados y tienen margen para nuestro desacato y creaciones, aunque ojalá no para nuestro autoengaño: que la lucidez revele lo que sea necesario, por mucho que duela, y nos deje ver sin apelaciones todo aquello que necesita ser corregido o sanado. Pero también que la luz se deje caer clara y valiente sobre todo lo que es bello, esperanzador, cargado de dignidad y amable intención.

Termino, inevitablemente, en la revisión de huellas íntimas y otras colectivas. Lo personal, pequeños paraísos o carencias, se guardan en reposado silencio. De lo colectivo, decir que no dejaré que esta semana me demuela a pesar de haber concluido con la revelación (apoyada por grabaciones privadas y chocantes) de los abusos sobre adolescentes del Obispo de Iquique, o la confirmación de las denuncias por ASI sobre 3 chiquitos de 3 años en un jardín infantil de la red Integra.

Por el contrario, este domingo voy a clavarme con todas mis fuerzas en lo que destella e irradia del encuentro, el pasado miércoles, con educadores de una comunidad educativa destacada por su ética del cuidado; o el viernes, con educadoras de párvulos inspiradas en la definición de una visionaria identidad como “maestras de niños pequeños de este siglo”, o ayer sábado con padres y apoderados en un Seminario organizado por la Vicaría de la Educación que no ahora, sino desde hace muchos años, está trabajando en el tema de prevención ASI. Prójimos que hacen de la memoria un lugar que anima y enaltece, y que permite casi tocar y oler la piel de un tiempo mejor, para los niños y para nosotros también.